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S.S. Pío XII, Carta encíclica Evangelii Praecones
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Carta encíclica Evangelii Praecones

Del Sumo Pontífice
Pío XII
sobre el modo de promover la obra misional

Introducción

1. Motivo: 25.¬ļ aniversario de la ¬ęRerum Ecclesiae¬Ľ

l. Los heraldos del Evangelio, que trabajan fatigosamente en inmensos campos de apostolado para que ¬ęla palabra de Dios se propague y sea glorificada¬Ľ (2Tes 3,1), se presentan de un modo particular a nuestra mente y a nuestro coraz√≥n, al recurrir el vig√©simo quinto aniversario de la enc√≠clica Rerum Ecclesiae 1 , por la que nuestro predecesor de inmortal memoria, P√≠o XI, mediante normas sapient√≠simas, cuid√≥ de promover m√°s y m√°s las Misiones cat√≥licas. Al considerar cu√°ntos progresos ha hecho esta sant√≠sima causa durante este per√≠odo, nos llenamos de grande gozo. Pues, como tuvimos ocasi√≥n de afirmar el 24 de junio de 1944, al recibir a los dirigentes de las Obras Misionales Pontificias, ¬ęaquel activo celo de los propagadores de la religi√≥n cristiana, tanto en las religiones que ya est√°n en posesi√≥n de la cruz del Evangelio como entre los gentiles a quienes esta luz no ha iluminado todav√≠a, alcanz√≥ tal vigor, impulso y amplitud cual quiz√°s nunca se hab√≠a registrado en los anales de las Misiones cat√≥licas¬Ľ 2 .

2. Mas ahora, cuando corren tiempos turbios y amenazantes, y no pocos pueblos se separan unos de otros y se combaten mutuamente, parécenos en gran manera oportuno recomendar de nuevo con insistencia esta empresa, por cuanto los legados evangélicos inculcan a todo el mundo la bondad humana y cristiana, y lo exhortan a una convivencia fraterna que está por encima de las luchas entre los pueblos y de las fronteras de las naciones.

3. Al hablar en aquella misma ocasi√≥n a los directores de las mencionadas Obras, dijimos, por eso, entre otras cosas: ¬ęLa naturaleza de vuestra vocaci√≥n, que no se circunscribe a ningunas fronteras nacionales, y vuestra labor universalista y fraterna ponen ante los ojos de todo el mundo aquella gloriosa caracter√≠stica de la Iglesia cat√≥lica que reh√ļsa las discordias, evita las discrepancias y es enteramente ajena a aquellas luchas que perturban a los pueblos y a veces los arruinan miserablemente; nos referimos a la fe cristiana y a la cristiana caridad para con todos, la cual pasa m√°s all√° de las partes en lucha, m√°s all√° de cualesquiera fronteras entre Estados, m√°s all√° de todas las distancias terrestres y de las inmensidades del oc√©ano, y excita y estimula a todos y a cada uno de vosotros a alcanzar aquella meta que, una vez alcanzada, har√° que el Reino de Dios se extienda a todas las partes de la tierra¬Ľ 3 .

4. Por lo cual, aprovechando la oportunidad del vig√©simo quinto aniversario de la enc√≠clica Rerum Ecclesiae , alabamos con gran satisfacci√≥n del alma la fecunda labor ya realizada, y exhortamos a todos a proseguir adelante con el mayor entusiasmo posible; a todos, decimos: a los venerables hermanos en el Episcopado, a los propagadores del Evangelio, a los sagrados ministros y a cada uno de los fieles, tanto a los que trabajan en territorios que a√ļn hay que cultivar en la verdad cristiana como a los que en cualquier regi√≥n del mundo contribuyen a una empresa tan importante, ya elevando a Dios sus oraciones, ya instruyendo y ayudando a los frutos misioneros, ya tambi√©n por medio del √≥bolo de su limosna.

l. Mirada retrospectiva sobre los √ļltimos veinticinco a√Īos

2. Auge misionero

5. En primer lugar, queremos resumir aqu√≠ brevemente los progresos felizmente realizados en este campo. En 1926 exist√≠an 400 Misiones y hoy en d√≠a son ya unas 600; los cat√≥licos residentes en ellas no llegaban a 15 millones, mientras hoy son ya casi 20 millones. En aquella misma fecha los sacerdotes, tanto del clero extranjero como ind√≠gena, se acercaban a 14.800, al paso que hoy son ya m√°s de 26.860... Entonces, los sagrados pastores de casi todas las Misiones proven√≠an del extranjero; en cambio, durante estos veinticinco a√Īos, 88 Misiones han sido confiadas al clero ind√≠gena, y en no pocos territorios la implantaci√≥n de la jerarqu√≠a eclesi√°stica y la designaci√≥n de obispos originarios de los mismos habitantes de la regi√≥n demuestran de un modo m√°s elocuente que la religi√≥n de Jesucristo es en realidad ¬ęcat√≥lica¬Ľ, y que en parte alguna del mundo debe ser tenida por extranjera.

6. As√≠, para aducir algunos ejemplos, en China y en algunas regiones del √Āfrica, la jerarqu√≠a eclesi√°stica ha sido establecida seg√ļn las normas de los sagrados c√°nones. Se han celebrado tres concilios plenarios, todos muy importantes: el primero en Indochina el a√Īo 1934, el segundo en Australia en 1937, el tercero el a√Īo pasado en la India. Los seminarios de estudios inferiores, que suelen llamarse seminarios menores, han crecido mucho en n√ļmero y en importancia; mientras los seminaristas de cursos superiores, que hace veinticinco a√Īos eran s√≥lo 1.770, en la actualidad son 4.300; y han sido edificados muchos seminarios regionales. En Roma se ha creado el ¬ęInstituto Misionol√≥gico¬Ľ en el Ateneo Urbaniano de Pro da; tambi√©n en Roma, como en otras partes, se han erigido facultades y no pocas c√°tedras de ¬ęMisionolog√≠a¬Ľ. En esta misma alma ciudad se ha fundado el Colegio de San Pedro Ap√≥stol, para que los sacerdotes nativos reciban en √©l una formaci√≥n m√°s honda y m√°s perfecta en los estudios sagrados, en la virtud y en la preparaci√≥n al apostolado. Se han fundado adem√°s dos universidades; los colegios de estudios superiores y medios, que antes eran alrededor de 1.600, pasan hoy de 5.000; las escuelas primarias casi han duplicado su n√ļmero, y lo mismo puede decirse de los dispensarios y de los hospitales, en los cuales son atendidos toda suerte de enfermos, aun los leprosos. A todo ello hay que a√Īadir todav√≠a que la Uni√≥n Misional del Clero ha tomado un gran incremento en este per√≠odo, que ha surgido la Agencia Fides, cuyo fin es obtener, suministrar y divulgar informaciones sobre los sucesos religiosos; que los escritos impresos se multiplican y difunden m√°s y m√°s casi en todas partes, que se han celebrado no pocos congresos para promover las Misiones, entre los cuales es digno de especial recuerdo el celebrado en Roma durante el A√Īo Santo, el cual demostr√≥ elocuentemente cu√°ntas cosas y cu√°n grandes se han realizado en esta empresa; que poco antes se hab√≠a celebrado un Congreso Eucar√≠stico en Kumasi (Costa de Oro, √Āfrica), notable por la muchedumbre de los asistentes, admirable por el fervor y la piedad; y, finalmente, que hemos se√Īalado un d√≠a al a√Īo para promover con la oraci√≥n y la limosna la ¬ęObra Pontificia de la Santa Infancia¬Ľ 4 . Todo lo cual claramente manifiesta que las iniciativas apost√≥licas, empleando m√©todos nuevos y m√°s adaptados, responden oportunamente a las nuevas circunstancias y a las necesidades cada d√≠a mayores de nuestros tiempos.

7. Tampoco hay que pasar en silencio que en este lapso de tiempo han sido creadas leg√≠timamente en varias regiones cinco Delegaciones Apost√≥licas dependientes de la Sagrada Congregaci√≥n de Pro da Fide, adem√°s de que existen no pocos territorios de Misiones sometidos a nuncios o internuncios apost√≥licos. Y, a este prop√≥sito, nos es grato afirmar que la presencia y la actividad de estos prelados han dado ya ub√©rrimos frutos, sobre todo consiguiendo que los trabajos apost√≥licos de los misioneros contribuyesen a alcanzar la meta com√ļn m√°s ordenadamente y en m√°s √≠ntima cooperaci√≥n. Para obtener lo cual, no poco han ayudado adem√°s nuestros legados, ya visitando con frecuencia cada una de las regiones, ya interviniendo a veces con nuestra autoridad en las reuniones de los obispos, en las que los ordinarios locales expon√≠an lo que la experiencia les hab√≠a ense√Īado y a los dem√°s pudiera ser √ļtil, y de com√ļn acuerdo adoptaban m√©todos de apostolado m√°s aptos y m√°s f√°ciles, Esta fraterna uni√≥n en la fe y en las obras apost√≥licas ha tra√≠do tambi√©n la ventaja de que las autoridades civiles y los no cat√≥licos tengan mayor estima de la religi√≥n cristiana.

8. Lo que hemos mencionado aqu√≠ brevemente por escrito acerca de los progresos misionales en el transcurso de estos veinticinco a√Īos, y lo que pudimos ver Nos mismo durante el A√Īo Santo ‚ÄĒcuando muchedumbres no peque√Īas vinieron a Roma desde remotas tierras cultivadas por los predicadores del Evangelio, para alcanzar los dones sobrenaturales de Dios y nuestra bendici√≥n, todo ello‚ÄĒ, decimos, nos mueve vehementemente a formular de nuevo los encendidos deseos del Ap√≥stol de las Gentes, quien escribe a los Romanos: ¬ęque yo os comunique alguna gracia espiritual con la que se√°is fortalecidos; quiero decir que, hall√°ndome entre vosotros, podamos consolarnos mutuamente por medio de la fe, que es com√ļn a vosotros y a m√≠¬Ľ (Rom 1,11-12).

9. Par√©cenos que el mismo Divino Maestro nos repite a todos aquellas palabras llenas de consolaci√≥n y de aliento: ¬ęAlzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse¬Ľ (Jn 4,35). Con todo eso, como los propagadores del cristianismo no pueden dar abasto a las necesidades presentes, a esas palabras corresponde en cierto modo aquella invitaci√≥n del mismo divino Redentor: ¬ęLa mies es verdaderamente mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al due√Īo de la mies que env√≠e obreros a su mies¬Ľ (Mt 9,37-38).

10. Sabemos en verdad, no sin grande consolaci√≥n del alma, que el n√ļmero de los que actualmente, movidos por cierta inspiraci√≥n divina, se sienten llamados a la grande empresa de propagar el Evangelio por todas partes del mundo, aumenta felizmente, y con √©l crece la firme esperanza de la Iglesia. Pero a√ļn queda mucho por hacer; es mucho lo que hay que alcanzar de Dios por medio de la oraci√≥n. Recapacitando sobre aquellas innumerables gentes que por medio de estos ministros sagrados han de ser llamadas a un solo redil y a un solo puerto de salvaci√≥n, Nos elevamos al celestial Pr√≠ncipe de los Pastores esta s√ļplica del Eclesi√°stico: ¬ęAs√≠ como a vista de sus ojos demostraste en nosotros tu santidad, as√≠ tambi√©n a nuestra vista muestres en ellos tu grandeza; a fin de que te conozcan, como nosotros hemos conocido, oh Se√Īor, que no hay otro Dios fuera de ti¬Ľ (Eclo 36,4-5).

3. Persecución y martirio

11. Este salut√≠fero incremento que la empresa misional ha tenido se debe no s√≥lo a los arduos trabajos de los sembradores de la palabra divina, sino tambi√©n a mucha sangre vertida generosamente por el martirio. Pues en el decurso de estos a√Īos no faltaron, en algunas naciones, ac√©rrimas persecuciones contra la naciente Iglesia; y en nuestros d√≠as no faltan tampoco en el Extremo Oriente regiones purpuradas con sangre santa por este motivo. Pues ha llegado hasta Nos que no pocos fieles, por el solo hecho de haber sido y ser fidel√≠simos a su religi√≥n, al igual que v√≠rgenes consagradas a Dios, misioneros, sacerdotes ind√≠genas y aun algunos obispos, se han visto despose√≠dos de sus casas y de sus bienes, y perecen de hambre en el destierro, o se hallan detenidos en prisiones, c√°rceles y campos de concentraci√≥n, o a veces han sido b√°rbaramente asesinados.

12. Nuestra alma se llena de la mayor tristeza cuando pensamos en las angustias, en los dolores y en la muerte de estos querid√≠simos hijos nuestros; no s√≥lo sentimos hacia ellos un afecto paterno, sino que aun los veneramos con paternal reverencia, puesto que sabemos perfectamente que su alt√≠sima vocaci√≥n se ve a veces elevada a la dignidad misma del martirio. Jesucristo, el Pr√≠ncipe de los m√°rtires, dijo: ¬ęSi me han perseguido a m√≠, tambi√©n os han de perseguir a vosotros¬Ľ (Jn 15,20); ¬ęen el mundo tendr√©is grandes tribulaciones; pero tened confianza, Yo he vencido al mundo¬Ľ (Jn 16,33); ¬ęsi el grano de trigo, despu√©s de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; mas si muere, produce mucho fruto¬Ľ (Jn 12,24-25)

13. Los propagadores y heraldos de la verdad y de las virtudes cristianas que, lejos de sus hogares, sucumben a la muerte en el ejercicio de este sant√≠simo oficio, con semillas de las que alg√ļn d√≠a, cuando Dios disponga, germinar√°n ub√©rrimos frutos. Por lo cual afirmaba el ap√≥stol San Pablo: ¬ęNos gloriamos en las tribulaciones¬Ľ (Rom 5,3); y San Cipriano, obispo y m√°rtir, consolaba y animaba a los cristianos de su tiempo con estas palabras: ¬ęQuiso el Se√Īor que nosotros nos alegr√°semos y nos goz√°semos en las persecuciones, porque, cuando hay persecuciones, entonces hay tambi√©n corazones de fe, se prueban los soldados de Dios y se abren los cielos a los m√°rtires. No nos alistamos en este ej√©rcito para pensar s√≥lo en la paz, evitando y rehuyendo el servicio militar; pues que el primero que milit√≥ en este ej√©rcito fue el mismo Se√Īor, maestro de humildad, de paciencia y de sufrimiento, haciendo El mismo osotros lo que exhorta a padecer¬Ľ 5 .

14. Estos sembradores del Evangelio, que hoy trabajan denodadamente en apartadas regiones, promueven una empresa semejante a la que incumb√≠a a la primitiva Iglesia. Pues casi en las mismas circunstancias viv√≠an en Roma los que con los pr√≠ncipes de los ap√≥stoles, San Pedro y San Pablo, introduc√≠an la verdad evang√©lica en la fortaleza del Imperio romano. Quien considere que en aquellos tiempos la Iglesia naciente carec√≠a de recursos humanos, mientras era oprimida con tribulaciones, trabajos y persecuciones, no podr√° menos de admirarse vehementemente viendo que un inerme pu√Īado de cristianos venci√≥ a la mayor potencia que tal vez jam√°s haya existido. Lo que entonces sucedi√≥, sin duda suceder√° tambi√©n de nuevo una y otra vez. Como el joven David, fiado m√°s en el auxilio de Dios que en su honda, ech√≥ por tierra al gigante Goliat protegido por su armadura de hierro, as√≠ aquella divina sociedad fundada por Jesucristo no podr√° jam√°s ser vencida ing√ļn poder humano, sino que superar√° todas las persecuciones con frente serena. Aunque bien sabemos que ello proviene de las divinas promesas, que no fallar√°n nunca, no podemos menos de manifestar nuestro agradecimiento a los que han atestiguado su fe invicta e imp√°vida en Jesucristo y en la Iglesia, columna y apoyo de la verdad (cf. 1Tim 3,15), a la vez que los exhortamos a que con la misma constancia prosigan por el camino comenzado.

15. Con mucha frecuencia nos llegan noticias de esa fe invicta y de ese valor esforzado, que nos llenan de grande consuelo. Y si no han faltado quienes intentasen separar de esta alma Urbe y de esta Sede Apostólica a los hijos de la Iglesia católica, como si el amor y la fidelidad a la nación propia demandara esa separación, ellos, empero, han podido y pueden responder con toda razón que no ceden en amor patrio a ninguno de sus conciudadanos, pero que con la mayor sinceridad de miras desean gozar de la justa libertad.

4. Lo que queda por hacer

16. Ante todo hay que tener presente el hecho que ya hemos indicado: lo que en esta empresa queda a√ļn por realizar exige un trabajo en verdad ingente e innumerables operarios. Acord√©monos de que aquellos hermanos nuestros que ¬ęyacen entre las tinieblas y las sombras¬Ľ (Sal 106,10) son una gran multitud de hombres que puede calcularse en unos mil millones. Parece, Pues, que a√ļn resuena aquel gemido inenarrable del amant√≠simo Coraz√≥n de Jesucristo: ¬ęTengo tambi√©n otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo Yo recoger, y oir√°n mi voz, y se har√° un solo reba√Īo y un solo pastor¬Ľ (Jn 10,16).

17. Y no faltan pastores, como bien sab√©is, venerables hermanos, que se esfuerzan por separar a las ovejas de este √ļnico aprisco y de este √ļnico puerto de salvaci√≥n; y sab√©is tambi√©n que tal peligro en algunas partes es cada d√≠a mayor. Por lo cual Nos, considerando ante Dios la inmensa multitud de hombres que todav√≠a est√°n privados de la luz de la verdad evang√©lica y a la vez ponderando como conviene el grave peligro en que muchos se encuentran, d o al creciente materialismo ateo o a cierta doctrina que se dice cristiana, pero que en realidad est√° contagiada de los errores y falsedades del comunismo, nos sentimos movidos, con intensa solicitud y ansiedad del alma, a promover en todas partes y con todos los medios posibles las obras de apostolado, y estimamos como dirigida a Nos mismo aquella exhortaci√≥n del profeta: ¬ęClama, no ceses, haz resonar tu voz como una trompeta¬Ľ (Is 58,1).

18. Y de un modo particular encomendamos a Dios a los operarios apostólicos que trabajan en las regiones interiores de la América Latina, teniendo bien sabido a qué peligros y a cuántas insidias están expuestos por parte de los errores de los no católicos, que se difunden, ya abierta, ya solapadamente.

II. Principios y normas de acción misionera

5. Formación de los misioneros

19. A fin de que la obra de los predicadores del Evangelio sea cada d√≠a m√°s eficaz y ni una sola gota de su sudor y de su sangre caiga en tierra in√ļtilmente, deseamos exponer aqu√≠ brevemente los principios y las normas que deben regular las actividades y el celo de los misioneros.

20. Y desde el principio hay que advertir que el que es llamado por divina inspiraci√≥n a cultivar en la verdad evang√©lica y la virtud cristiana los lejanos campos de la gentilidad, ha recibido una vocaci√≥n en verdad grandiosa y excelsa. Porque el misionero consagra a Dios la vida, a fin de que su Reino se propague hasta los √ļltimos confines de la tierra. El misionero no busca sus propios intereses, sino los de Jesucristo (cf. Flp 2,21). El misionero considera como suyas estas palabras del Ap√≥stol de las Gentes: ¬ęSomos embajadores de Cristo¬Ľ (2Cor 5,20) ¬ęporque aunque vivimos en carne, no militamos seg√ļn la carne¬Ľ (2Cor 10,13). ¬ęMe hice d√©bil con los d√©biles, por ganar a los d√©biles¬Ľ (1Cor 9,22). El misionero debe, por tanto, considerar la regi√≥n a la que ha ido a llevar la luz del Evangelio como una segunda patria, y amarla con el d o amor, de modo que no busque ventajas terrenas ni lo que favorezca a su naci√≥n o a su Instituto religioso, sino ante todo lo que sirva a la salvaci√≥n de las almas. Ha de amar, s√≠, √≠ntimamente a su naci√≥n y a su familia religiosa, pero con m√°s ardiente entusiasmo ha de amar a la Iglesia. Y acu√©rdese de que nada que perjudique al bien de la Iglesia puede ser provechoso a su Congregaci√≥n.

21. Es adem√°s necesario que los que son llamados a este g√©nero de apostolado, mientras todav√≠a est√°n en la patria, no s√≥lo se formen en la pr√°ctica de todas las virtudes y sean instruidos en todas las disciplinas eclesi√°sticas, sino aprendan tambi√©n aquellas ciencias y artes que, cuando est√©n predicando el Evangelio en las naciones extranjeras, les han de ser de suma utilidad. As√≠ conviene que est√©n versados en lenguas, sobre todo las que el d√≠a de ma√Īana les ser√°n necesarias, y que adquieran una suficiente instrucci√≥n en algunos tratados pertenecientes a la medicina, a la agricultura, a la etnograf√≠a, a la historia, a la geograf√≠a y a otras ciencias semejantes.

6. Objetivo de la acción misional

22. El intento primario de las Misiones es, como todos saben, el que brille con m√°s esplendor la luz de la verdad cristiana en otras naciones y se consignan nuevos cristianos. Pero es necesario tiendan tambi√©n, como √ļltima meta ‚ÄĒy esto conviene tenerlo siempre ante los ojos‚ÄĒ, a que la Iglesia se establezca s√≥lidamente en otros pueblos y se constituya en ellos una jerarqu√≠a propia, formada con elementos ind√≠genas.

23. En la carta que el a√Īo pasado, el 9 de agosto, Nos dirigimos a nuestro querido hijo el cardenal presb√≠tero de la Santa Romana Iglesia Pedro Fumasoni Biondi, prefecto de la Sagrada Congregaci√≥n de Pro da Fide, escrib√≠amos, entre otras cosas: ¬ęLa Iglesia ciertamente no abriga ambici√≥n alguna de dominio sobre los pueblos o sobre las cosas meramente temporales. Su √ļnico anhelo es el de llevar la luz sobrenatural de la fe a todas las gentes, de favorecer el incremento de la cultura humana y civil y la concordia fraterna entre los pueblos¬Ľ 6 .

24. En la carta apost√≥lica Maximum illud 7 , de nuestro predecesor, de inmortal memoria, Benedicto XV, escrita en 1919, y en la enc√≠clica Rerum Ecclesiae , 8 de nuestro inmediato predecesor de feliz memoria P√≠o XI, se dec√≠a que en las Misiones todos deber√≠an trabajar denodadamente hasta obtener este supremo ideal: que la Iglesia se funde en nuevos territorios. Y Nos mismo, cuando, como m√°s arriba dijimos, en 1944 recibimos en audiencia a los directores de las Obras Misionales, pronunciamos las siguientes palabras: ¬ęEl fin que con grandeza y generosidad de √°nimo pretenden los misioneros es propagar de tal modo la Iglesia uevas regiones, que eche all√° ra√≠ces cada d√≠a m√°s profundas y llegue cuanto antes, en virtud del crecimiento conseguido, a poder vivir y florecer sin la ayuda de las Obras Misionales. Estas Obras Misionales no son un fin en s√≠ mismas; deben tender con todo empe√Īo y energ√≠a al sublime ideal que antes indicamos; y una vez que lo hayan conseguido, deben dirigirse de buen grado a iniciar otras empresas¬Ľ 9 . Por lo cual, los sembradores y propagadores de la divina palabra no permanecen como en casa propia en los campos de apostolado ya cultivados; su oficio es m√°s bien iluminar a todo el orbe con la verdad evang√©lica y consagrarlo con la santidad cristiana. El fin que pretende el misionero es √©ste: hacer avanzar con paso cada vez m√°s veloz el Reino del Divino Redentor, que resucit√≥ triunfante de la muerte, y a quien se le ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18), hasta conseguir que este Reino llegue aun a la m√°s remota e ignorada caba√Īa y al hombre m√°s lejano y desconocido¬Ľ 10 .

7. Clero nativo

25. Es evidente que la Iglesia no podr√° establecerse convenientemente en nuevos territorios si no ha precedido una oportuna y apta organizaci√≥n de las diversas obras, y sobre todo una formaci√≥n del clero ind√≠gena acomodada a las necesidades de la regi√≥n. Deseamos en este punto repetir algunas expresiones importantes y sabias de la enc√≠clica Rerum Ecclesiae: ¬ęAhora bien: si cada uno de vosotros ha de tomar a pecho el aumentar lo m√°s posible el n√ļmero de sus seminaristas, con mayor cuidado a√ļn debe formarlos en la virtud propia del estado sacerdotal y en el esp√≠ritu de apostolado y celo de las almas, de modo que se hallen dispuestos hasta a dar la vida por la salud espiritual de sus compatriotas¬Ľ 11 .

¬ęSup√≥ngase que por una guerra o por otros acontecimientos pol√≠ticos que pueden sobrevenir en el pa√≠s que se misiona y, como consecuencia de ello, se pida o decrete la expulsi√≥n de los misioneros de tal o cual naci√≥n que all√≠ trabajan, o tambi√©n, aunque esto pueda ocurrir en menor escala, las aspiraciones de ciertos pueblos de Misiones, m√°s civilizados y m√°s cultos, de bastarse a s√≠ propios en todo, sobre todo si determinan para lograrlo el arrojar violentamente de sus territorios a gobernantes, tropas y misioneros venidos de la metr√≥poli. En tales casos, ¬Ņcu√°l no ser√≠a la ruina de la Iglesia en aquellos pa√≠ses, si antes no se tuvo la precauci√≥n de asegurar, como con una red organizada de sacerdotes ind√≠genas, todo el campo de las cristiandades?¬Ľ 12 .

26. Al ver c√≥mo en no pocas regiones del Extremo Oriente se han cumplido estas previsiones de nuestro inmediato predecesor, sentimos una √≠ntima tristeza. Misiones que estaban muy florecientes, ¬ęblancas ya a punto de segarse¬Ľ (Jn 4,35), hoy por desgracia sufren grav√≠simas dificultades. Ojal√° pudi√©ramos esperar que los pueblos de Corea y de China, de sentimientos naturalmente humanos y nobles, y que brillaron desde anta√Īo por el esplendor de su civilizaci√≥n, se vean pronto libres no s√≥lo de las luchas turbulentas y conflictos b√©licos, sino tambi√©n de aquella doctrina funesta que busca solamente los bienes terrenos y rechaza los celestiales; y, por tanto, que aprecien justamente la caridad y virtud de los misioneros extranjeros y de los sacerdotes nativos, que con sus trabajos y, cuando es necesario, con el sacrificio de la misma vida, no pretenden sinceramente sino el verdadero bien del pueblo.

27. Damos a Dios gracias perpetuas de que en ambas naciones crece el clero indígena, esperanza de la Iglesia, y de que no pocas diócesis han sido allí confiadas a obispos del país. El que se haya podido llegar a eso redunda en alabanza de los misioneros extranjeros.

28. En este punto nos parece conveniente notar una norma que juzgamos se debe tener muy presente cuando las Misiones, que antes eran confiadas al clero extranjero, se encargan a la direcci√≥n de obispos y sacerdotes ind√≠genas. El Instituto religioso, cuyos miembros labraron con el sudor de su frente el campo del Se√Īor, cuando por orden de la Sagrada Congregaci√≥n de Pro da Fide conf√≠a a otros operarios la vi√Īa por ellos cultivada y cargada ya de copiosos frutos, no crea que por eso deba abandonarla; har√° obra √ļtil y oportuna si continuara prestando su colaboraci√≥n al nuevo obispo ind√≠gena. Porque, as√≠ como en todas las dem√°s di√≥cesis del mundo los religiosos ayudan com√ļnmente al Ordinario local, de la misma manera en las Misiones no dejen dichos religiosos, aunque extranjeros de tomar parte en la santa batalla como fuerzas auxiliares, as√≠ se realizar√°n felizmente las palabras pronunciadas por el Divino Maestro junto al pozo de Sicar: ¬ęAquel que siega recibe su jornal y recoge frutos para la vida eterna, a fin de que igualmente se gocen as√≠ el que siembra como el que siega¬Ľ (Jn 4,36).

8. Cooperación de los seglares y de la Acción Católica

A) Resumen histórico

29. Deseamos adem√°s dirigirnos y exhortar en esta enc√≠clica no s√≥lo a los sacerdotes o misioneros, sino tambi√©n a los seglares que ¬ęcon grande esp√≠ritu y con un √°nimo fervoroso¬Ľ (2Mac 1,3) ayudan a las Misiones en las filas de la ¬ęAcci√≥n Cat√≥lica¬Ľ.

30. Pu√©dese afirmar que esta ayuda de los seglares, que hoy llamamos Acci√≥n Cat√≥lica, no falt√≥ desde los or√≠genes de la Iglesia; m√°s a√ļn, se puede decir que de ella recabaron los ap√≥stoles y los dem√°s propagadores del Evangelio no peque√Īo auxilio, y la religi√≥n cristiana no exiguo incremento. As√≠, v.gr., el Ap√≥stol de las Gentes hace menci√≥n de Apolo, Lidia, Aquila, Priscila y Filem√≥n; y escribe estas palabras en la carta a los Filipenses: ¬ęTambi√©n te pido a ti, fiel compa√Īero, que asistas a los que conmigo han trabajado por el Evangelio, con Clemente y los dem√°s coadjutores m√≠os, cuyos nombres est√°n en el libro de la vida¬Ľ (Flp 4,3).

31. Del mismo modo, nadie ignora que la fe cristiana la propagaron por las v√≠as del imperio no s√≥lo los obispos y sacerdotes, sino tambi√©n las autoridades civiles, los soldados y los simples ciudadanos. Millares de cristianos, recientemente convertidos a la fe cat√≥lica, cuyos nombres hoy nos son desconocidos, anhelando ardientemente extender la nueva religi√≥n que hab√≠an abrazado, se esforzaban por preparar el camino a la verdad evang√©lica; y as√≠ sucedi√≥ que en unos cien a√Īos el nombre y la virtud cristiana penetraron en todas las principales ciudades del Imperio romano.

32. San Justino, Minucio F√©lix, Ar√≠stides, el c√≥nsul Acilio Glabri√≥n, el patricio Flavio Clemente, San Tarsicio e innumerables santos y santas m√°rtires, que corroboraron y fecundaron la Iglesia naciente con sus trabajos y con el derramamiento de su sangre, pueden en cierta manera llamarse adalides y precursores de la Acci√≥n Cat√≥lica. Queremos citar aquellas hermos√≠simas palabras del autor de la Carta a Diogneto, palabras que conservan todav√≠a hoy toda su fuerza amonestadora: ¬ęLos cristianos habitan en su propia patria, pero como forasteros... cualquier naci√≥n extranjera es patria para ellos, y cualquier patria es lugar de paso¬Ľ 13 .

33. En la Edad Media, en tiempo de las invasiones de los b√°rbaros, vemos se√Īores pr√≠ncipes y nobles damas, humildes artesanos y mujeres animosas del pueblo cristiano trabajar con todas sus fuerzas para que sus compatriotas se convirtiesen a la religi√≥n de Jesucristo y se conformasen a ella sus costumbres, y para que la religi√≥n y civilizaci√≥n se conservasen en aquellas peligrosas circunstancias. As√≠, cuando nuestro inmortal predecesor Le√≥n Magno resisti√≥ valientemente a Atila, que invad√≠a Italia, iba acompa√Īado de dos consulares romanos, seg√ļn refiere la historia. Cuando las hordas terribles de los hunos asediaban Par√≠s, la santa virgen Genoveva, que ten√≠a sus delicias en la continua oraci√≥n y √°spera penitencia, atendi√≥ seg√ļn sus fuerzas y con admirable caridad a las necesidades corporales y espirituales de sus conciudadanos. Teodolinda, reina de los lombardos, consigui√≥ la conversi√≥n de su pueblo a la religi√≥n cristiana. Recaredo, rey de Espa√Īa, se esforz√≥ por convertir a su naci√≥n de la herej√≠a arriana a la verdadera fe. En la Galia no solamente se encuentran prelados ‚ÄĒcomo, Remigio de Reims, Ces√°reo de Arl√©s, Gregorio de Tours, Eloy de Nimega y otros muchos‚ÄĒ que resplandecieron por su virtud y celo apost√≥lico, sino tambi√©n reinas, que en aquellos tiempos adoctrinaban en la verdad cristiana a los iletrados e ignorantes, sustentaban a los hambrientos y aliviaban y consolaban todas las miserias: son ejemplos de esto Clotilde, que atrajo el √°nimo de Clodoveo hacia la religi√≥n cat√≥lica, hasta que logr√≥ llevarlo de buen grado a la fuente bautismal; Radegonda y Batilda, que cuidaban con gran caridad a los enfermos y curaban aun a los leprosos. En Inglaterra, la reina Berta recibi√≥ a San Agust√≠n, ap√≥stol de los ingleses, y de prop√≥sito persuadi√≥ a su esposo, Etelberto, a acoger favorablemente la ley evang√©lica. Apenas los anglosajones, nobles y plebeyos, hombres y mujeres, ancianos y j√≥venes, abrazaron la fe cristiana, arrastrados como por un impulso del amor divino, se unieron a esta Sede Apost√≥lica con estrech√≠simos v√≠nculos de piedad, de fidelidad y de reverencia.

34. De igual modo, la Germania ofrece un espect√°culo maravilloso cuando San Bonifacio y sus compa√Īeros recorren aquellas regiones en sus viajes apost√≥licos y las fecundan con su generoso sudor. Los hijos e hijas de aquel noble pueblo prestaron a porf√≠a su colaboraci√≥n activa a los monjes, a los sacerdotes y a los obispos, para que la luz de la verdad evang√©lica difundiese cada d√≠a m√°s lejos sus rayos en aquellas vastas regiones, y la doctrina y virtud cristiana hiciesen cada d√≠a mayores progresos con abundantes frutos de salvaci√≥n.

35. La Iglesia católica, pues, no sólo con la labor infatigable del clero, sino también con la cooperación de los seglares, fue siempre aumentando la religión y conduciendo los pueblos a un mayor bienestar aun en el terreno social. Todos conocen lo que en este campo realizaron Santa Isabel, duquesa de Turingia, en Alemania; San Fernando, rey de Castilla; San Luis IX, de Francia: todos éstos, con su santidad y su actividad asidua, contribuyeron a vigorizar saludablemente los órdenes varios de la sociedad, ya iniciando obras benéficas, ya pro do en todas partes la verdadera religión, ya protegiendo con firmeza a la Iglesia, ya principalmente precediendo a todos con el ejemplo. Ni son desconocidos los méritos de las asociaciones de seglares de la Edad Media; en ella eran recibidos artesanos y obreros de ambos sexos que, continuando a vivir en el mundo, se proponían una elevada norma de perfección evangélica, aspiraban a ella con entusiasmo y, en colaboración con el clero, se esforzaban por que todos los demás tendiesen también a conseguirla.

B) Importancia actual

36. Ahora bien: las circunstancias que exist√≠an en los primeros tiempos de la Iglesia son las mismas en que se encuentra hoy la mayor parte de los pa√≠ses evangelizados por los misioneros; o por lo menos se debaten con las mismas dificultades a cuya soluci√≥n fue necesario atender en √©pocas siguientes. Por lo cual, conviene absolutamente que los seglares unan all√≠ su actividad generosa, diligente y laboriosa con el apostolado jer√°rquico del clero, engrosando las filas de la Acci√≥n Cat√≥lica. La obra de los catequistas es ciertamente necesaria y deseamos que se les tenga en el d o honor; con todo, no lo es menos aquella actividad asidua de los que, sin esperar compensaci√≥n humana, sino movidos s√≥lo por la caridad divina, ayudan y auxilian a los ministros sagrados en el desempe√Īo de su ministerio. Deseamos, por consiguiente, que en todas partes se creen asociaciones cat√≥licas de hombres y mujeres, de estudiantes, de obreros y artesanos, de deportistas y otras corporaciones y uniones piadosas, que sean como las fuerzas auxiliares de los misioneros. En la constituci√≥n y formaci√≥n de las cuales se ha de mirar m√°s a la bondad, virtud y actividad que al n√ļmero.

37. Conviene advertir además que nada contribuye tanto a conquistar la confianza de los padres y madres de familia hacia los misioneros como encargarse con diligencia del cuidado de sus hijos, los cuales, si se aplican a conocer la verdad cristiana y a adquirir las virtudes, conferirán vitalidad, honor y gloria no sólo a su familia, sino a la población entera, y muchas veces se obtendrá con este medio que la vida de la comunidad cristiana, tal vez un tanto relajada, recobre felizmente el antiguo vigor.

38. Aunque, como todos saben, la Acci√≥n Cat√≥lica despliegue su actividad principalmente promoviendo las obras de apostolado cristiano, nada impide que los inscritos en ella puedan participar en otras asociaciones cuyo fin sea el conformar la vida social y pol√≠tica a los principios y normas evang√©licas; a√ļn m√°s, no s√≥lo como ciudadanos, sino tambi√©n como cat√≥licos tienen el derecho y el deber de obrar as√≠.

9. En el campo de la educación, prensa y acción caritativa

39. Como quiera que los j√≥venes, principalmente los que se forman en las letras, en las ciencias y en las artes, ser√°n la clase directora del futuro, no hay quien no vea cu√°nto importe que se ponga sumo inter√©s en las escuelas y en los colegios. Exhortamos, pues, paternalmente a los superiores de Misiones a que promuevan estas instituciones con todas sus fuerzas, sin escatimar gastos, seg√ļn las posibilidades de cada uno.

40. Pues las escuelas y los colegios producen, ante todo, este fruto: que por medio de ellos se establezcan oportunas relaciones entre los misioneros y los os de todas clases, y que principalmente la juventud, modelable como blanda cera, se sienta más fácilmente atraída a entender, estimar y abrazar la doctrina católica. Estos jóvenes así formados, es claro, son los futuros directores de la nación, y los pueblos los seguirán como guías y maestros. El Apóstol de las Gentes explicó la sabiduría evangélica ante una asamblea de hombres doctísimos cuando anunció el Dios ignoto en el Areópago de Atenas. Y si, aun empleados estos recursos, no se lograre que muchos se entreguen completamente a obedecer a los preceptos del Divino Redentor, bastantes serán los que se sientan conmovidos suavemente, al considerar la belleza de esta religión y la caridad de sus seguidores.

41. Estas escuelas y colegios son además utilísimos para la refutación de toda clase de errores, que hoy se difunden cada vez más por la obra principalmente de los no católicos y de los comunistas, y oculta o manifiestamente se inoculan sobre todo en las almas de los jóvenes.

42. No es menos √ļtil la edici√≥n y divulgaci√≥n de buenas publicaciones. Creemos que no es necesario insistir mucho en este punto; es manifiesto a todos cu√°nto contribuyen los peri√≥dicos, revistas y folletos a ilustrar la verdad y la virtud, e inculcarles en las inteligencias y en los corazones, a desenmascarar el error disfrazado con apariencias de verdad, a refutar las falsas opiniones que ultrajan a la religi√≥n o exponen equivocadamente cuestiones muy debatidas de orden social con perjuicio de las almas, mucho alabamos, pues, a aquellos Pastores de almas que tienen sumo inter√©s en que se propaguen lo m√°s posible escritos de este g√©nero, cuidadosamente elaborados e impresos.

43. Queremos tambi√©n recomendar aqu√≠ con ah√≠nco las obras y empresas que tienden a remediar en lo posible las enfermedades, dolencias y toda clase de sufrimientos. Nos referimos a los hospitales, a las leproser√≠as, a los dispensarios, a los asilos de ancianos y de ni√Īos, a las casas de maternidad, y a los dem√°s institutos que, seg√ļn las posibilidades, ofrecen refugio a los indigentes. Estas instituciones, que nos parecen las m√°s hermosas flores del jard√≠n en que trabajan los sembradores de la palabra evang√©lica, ponen ante los ojos de todos la imagen del Divino Redentor, ¬ęel cual pas√≥ haciendo el bien y curando a todos¬Ľ (Hch 10,38).

44. Est√° fuera de duda que estas obras insignes de caridad preparan eficac√≠simamente los √°nimos de los gentiles, y los atraen a profesar la fe cristiana y a abrazar la ley cristiana; y por esto dijo Jesucristo a los ap√≥stoles: ¬ęEn cualquier ciudad en que entrarais y os hospedaran... curad los enfermos que en ella hubiese, y decidles: el Reino de Dios est√° cerca de vosotros¬Ľ (Lc 10,8-9).

45. Sin embargo, es necesario que los religiosos que se sientan llamados a ejercer con fruto estos ministerios, cuando a√ļn se hallen en su propia patria, adquieran aquella preparaci√≥n intelectual y moral que la moderna t√©cnica exige. Sabemos que no faltan religiosas que, habiendo obtenido t√≠tulos acad√©micos para ejercitar esta profesi√≥n, se han hecho acreedoras de merecida alabanza, investigando con estudios especiales algunas terribles enfermedades, como la lepra, y descubriendo remedios eficaces. A ellas, como a todos los misioneros que generosamente ejercen su ministerio en las leproser√≠as, bendecimos con √°nimo paterno y encomiamos con admiraci√≥n su caridad sublime.

46. En medicina y cirugía será conveniente valerse de la cooperación de seglares que no sólo hayan adquirido ya los grados académicos que los capaciten al ejercicio de esta profesión y voluntariamente se decidan a abandonar su patria para ayudar a los misioneros, sino además posean las cualidades necesarias de sana doctrina y de virtud.

10. Doctrina y pr√°ctica social de la Iglesia

47. Pasemos ahora a otro punto, que no es de menor importancia y gravedad: deseamos decir una palabra sobre la cuesti√≥n social, que se debe regular seg√ļn las normas de la justicia y de la caridad. Mientras las doctrinas comunistas, que se difunden hoy por todas partes, enga√Īan f√°cilmente la simplicidad e ignorancia del pueblo, parecen resonar en nuestros o√≠dos las palabras de Jesucristo: ¬ęTengo compasi√≥n de esta muchedumbre¬Ľ (Mc 8,2). Es absolutamente necesario que se lleven cuidadosa y diligentemente a la pr√°ctica los rectos principios que sobre este punto ense√Īa la Iglesia. Es absolutamente necesario conservar inmunes de aquellos perniciosos errores a todos los pueblos, y si han sido ya inficionados, librarlos de estas doctrinas nocivas, que proponen a los hombres, como meta √ļnica de esta vida mortal, el goce del mundo presente, y, como quiera que conceden al poder y arbitrio del Estado poseer y regular todo lo que existe, de tal manera disminuyen la dignidad de la persona humana, que casi la reducen a la nada. Es absolutamente necesario que p√ļblica y privadamente se ense√Īe a todos que somos desterrados, que caminamos hacia una patria inmortal, y que hemos sido destinados a una vida eterna y a una eterna felicidad, la cual debemos finalmente conseguir guiados por la verdad y movidos por la virtud. Jesucristo es el √ļnico defensor de la justicia humana y el √ļnico consolador suav√≠simo del dolor humano, inevitable en esta vida; El es el √ļnico que nos muestra el puerto de la paz, de la justicia y del gozo eterno, al cual todos los que hemos sido redimidos con la sangre divina es menester que lleguemos despu√©s de la peregrinaci√≥n terrena.

48. Pero es deber de todos mitigar, suavizar y aliviar, en cuanto sea posible, las angustias, las miserias y las inquietudes que en esta vida padecen nuestros hermanos.

49. La caridad puede remediar en alguna manera muchas de las injusticias sociales; pero no suficientemente. Ante todo es menester que se haga valer, que se imponga y se practique la justicia.

50. A este prop√≥sito queremos repetir (traduci√©ndolo del lat√≠n) lo que el a√Īo 1942, en la v√≠spera de Navidad, dijimos ante el Sacro Colegio de Cardenales y dem√°s Prelados reunidos: ¬ęLa Iglesia, as√≠ como conden√≥ los varios sistemas del socialismo que siguen la doctrina de Carlos Marx, de igual modo los condena hoy de nuevo, como lo exige su deber y como lo pide la salvaci√≥n eterna de los hombres, que este modo sofistico de argumentar y estas instigaciones insidiosas ponen en grave peligro. Pero la Iglesia no puede ignorar o dejar de percatarse que los obreros, en el esfuerzo por mejorar su condici√≥n, tropiezan con frecuencia contra cierto mecanismo que, lejos de ser conforme a la naturaleza, est√° en oposici√≥n con el orden establecido por Dios y con el fin que El ha se√Īalado a los bienes terrenos. Por lo tanto, aunque los caminos y los modos que antes dec√≠amos deban ser reprobados como pernicios√≠simos, ¬Ņqu√© cristiano, qu√© sacerdote podr√° permanecer sordo al grito que se levanta de lo profundo del alma y que, en un mundo creado por un Dios justo, pide justicia y convivencia fraterna de todos los hombres? Prescindir de ello, silenciarlo, ser√≠a una culpa injustificable delante de Dios; ser√≠a contrario a la doctrina del Ap√≥stol, quien, si inculca la necesidad de refutar los errores, ense√Īa tambi√©n que es necesario salir al encuentro de los descarriados con suma benignidad, y ponderar sus razones, fomentar su confianza y llenar sus anhelos.

51. Por lo cual, la dignidad de la persona humana exige, como fundamento natural, esta norma general: todos tienen derecho al uso de los bienes de la tierra necesarios para vivir, y a este derecho corresponde la obligación fundamental de conceder a todos y a cada uno, de ser posible, alguna propiedad privada. Las normas jurídicas nacidas de las leyes humanas, que regulan el derecho de la propiedad privada, pueden sufrir cambios y conceder un uso más o menos restringido de las cosas; pero si se quiere sinceramente contribuir a la pacificación y tranquilidad de la sociedad humana, hay que impedir absolutamente que los obreros que son o serán padres de familia estén condenados a una esclavitud económica irreconciliable con los derechos de la persona humana.

52. Que esa esclavitud provenga de la prepotencia abusiva del capital privado o que provenga del poder absoluto y universal del Estado, poco importa; m√°s a√ļn, cuando la autoridad suprema de un Estado lo domina y regula todo, tanto en la vida p√ļblica como en la privada, y procura invadir hasta el campo de las ideas, de las iniciativas, de las opiniones y aun de la misma conciencia, resulta una tal falta de libertad, que puede ser origen de mayores da√Īos y mayores desgracias, como lo demuestra la experiencia¬Ľ 14 .

53. Tambi√©n vosotros, venerables hermanos, los que trabaj√°is con solicitud en los territorios de las misiones cat√≥licas, deb√©is procurar diligentemente que estos principios y normas se lleven a la pr√°ctica. Teniendo en cuenta las peculiares y diversas circunstancias de cada lugar, despu√©s de discutir el asunto en las conferencias episcopales, s√≠nodos y reuniones semejantes, procurad, seg√ļn os sea posible, que se creen oportunamente pr√≥vidas asociaciones, corporaciones e institutos de car√°cter econ√≥mico y social que os parezcan requerir las condiciones actuales de nuestros tiempos y la √≠ndole de vuestro pueblo. Esto, sin duda, lo exige vuestro oficio pastoral, a fin de que los nuevos errores, disfrazados con apariencias de justicia y verdad, o las malas seducciones no desv√≠en del camino recto la grey confiada a vuestros cuidados. Procurad que los propagadores del Evangelio, que competentemente trabajan con vosotros, se aventajen a todos en promover esta causa; de esta manera estar√°n seguros que no se refiere a ellos aquel dicho: ¬ęLos hijos de este mundo son m√°s sagaces que los hijos de la luz¬Ľ (Lc 16,8). Ser√°, con todo, conveniente que, de ser posible, se valgan de cat√≥licos seglares capaces, eminentes en bondad y en el manejo de los negocios que tomen a su cargo y promuevan estas instituciones.

11. Colaboración entre los Institutos misioneros

54. En tiempos pasados, el vastísimo campo del apostolado misional no estaba dividido por límites de circunscripciones eclesiásticas determinadas, ni se encomendaba a una Orden o Congregación religiosa para que lo cultivase juntamente con el clero indígena a medida que éste fuese creciendo. Esta es, hoy, como todos saben, la costumbre general, y sucede también a veces que algunas regiones confiadas a religiosos sean de una determinada provincia del mismo Instituto. Nos, en verdad, vemos la utilidad de este sistema, pues que con estos métodos y normas se simplifica la organización de las misiones católicas.

55. Pero puede suceder que de este modo de proceder se sigan inconvenientes y da√Īos no peque√Īos, a los cuales hay que poner remedio en cuanto sea posible. Ya nuestros predecesores trataron este asunto en las cartas apost√≥licas 15 que antes hemos recordado, y dieron normas prudent√≠simas en esta materia; las cuales nos es grato ahora repetir y confirmar, exhort√°ndoos paternalmente a que, por el conocido celo de la religi√≥n y de la salvaci√≥n de las almas que os anima, las recib√°is con √°nimo filial y d√≥cil.

¬ęLos territorios y distritos de Misiones que encomend√≥ a vuestro cuidado y diligencia la Sede Apost√≥lica, para que los reduzc√°is al imperio de Cristo, son muchas veces tan extensos que no bastan ni con mucho para cultivarlos los misioneros de que puede disponer uno u otro Instituto misionero. En este caso imitad sin vacilaciones la conducta que en las di√≥cesis ya constituidas guardan los obispos, vali√©ndose de religiosos de varias Congregaciones clericales o laicales, y de hermanas pertenecientes a diversos Institutos. Esa ha de ser vuestra norma en requerir la ayuda de otros misioneros, sean o no sacerdotes, pertenezcan o no a vuestra Congregaci√≥n o Instituto, ya para la dilataci√≥n de la fe, ya para la educaci√≥n de la juventud ind√≠gena, ya para otros cualesquiera ministerios.

56. Gloríense santamente todas las Ordenes y Congregaciones religiosas de las misiones vivas, que les han sido confiadas, y de los trabajos y éxitos que por el amor de Cristo han realizado en ellas hasta el día de hoy; pero entiendan bien que no laboran en aquellas regiones ni por derecho propio ni para siempre, sino sólo por concesión de la Sede Apostólica y a voluntad de la misma. A ella, por lo tanto, compete el derecho y el deber de mirar por su entera y cumplida evangelización.

57. No puede, pues, satisfacer a esta obligaci√≥n apost√≥lica el Papa con s√≥lo distribuir los pa√≠ses de misiones, grandes o peque√Īos, entre las varias Congregaciones misioneras, sino que ‚ÄĒlo que m√°s importa‚ÄĒ est√° obligado a proveer siempre y cuidadosamente a que los dichos Institutos manden tantos y sobre todo tales misioneros a cada regi√≥n, como all√≠ fueren necesarios, para difundir copiosa y eficazmente por toda ella la luz del cristianismo¬Ľ 16 .

12. Adaptación y respeto por las culturas

58. Queda un punto por tratar, el cual deseamos ardientemente que todos entiendan claramente. La Iglesia, desde sus or√≠genes hasta nuestros d√≠as, ha conseguido siempre la prudent√≠sima norma que, al abrazar los pueblos el Evangelio, no se destruya ni extinga nada de lo bueno, honesto y hermoso que, seg√ļn su propia √≠ndole y genio, cada uno de ellos posee. Pues cuando la Iglesia llama a los pueblos a una condici√≥n humana m√°s elevada y a una vida m√°s culta, bajo los auspicios de la religi√≥n cristiana, no sigue el ejemplo de los que sin norma ni m√©todo cortan la selva frondosa, abaten y destruyen, sino m√°s bien imita a los que injertan en los √°rboles silvestres la buena rama, a fin de que alg√ļn d√≠a broten y maduren en ellos frutos m√°s dulces y exquisitos.

59, La naturaleza humana, aunque inficionada con el pecado original por la miserable ca√≠da de Ad√°n, tiene con todo en s√≠ ¬ęalgo naturalmente cristiano¬Ľ 17 ; lo cual, si es iluminado con la luz divina y alimentado por la gracia de Dios, podr√° alg√ļn d√≠a ser elevado a la verdadera virtud y a la vida sobrenatural.

60. Por lo cual, la Iglesia cat√≥lica ni despreci√≥ las doctrinas de los os ni las rechaz√≥, sino que m√°s bien las libr√≥ de todo error e impureza, y las consum√≥ y perfeccion√≥ con la sabidur√≠a cristiana. De la misma manera acogi√≥ benignamente sus artes y disciplinas liberales que hab√≠an alcanzado en algunas partes tan alto grado de perfecci√≥n, las cultiv√≥ con diligencia y las elev√≥ a una extrema belleza a la que antes tal vez nunca hab√≠a llegado. Tampoco suprimi√≥ completamente las costumbres t√≠picas de los pueblos y sus instituciones tradicionales, sino que en cierto sentido las santific√≥; y los mismos d√≠as de fiesta, cambiando el modo y la forma, los hizo que sirviesen para celebrar los aniversarios de los m√°rtires y los misterios sagrados. A este prop√≥sito escribe muy oportunamente San Basilio: ¬ęComo los tintoreros preparan de antemano con ciertos procedimientos lo que hay que te√Īir, y as√≠ f√°cilmente despu√©s le dan el color de p√ļrpura o cualquier otro, de la misma manera nosotros tambi√©n, si queremos que permanezca indeleble y para siempre en nosotros el esplendor de la virtud, procuraremos en primer lugar iniciarnos en estas artes externas y despu√©s aprenderemos las doctrinas sagradas y arcanas; acostumbrados a ver el sol, por decirlo as√≠, en el reflejo del agua, podremos alzar nuestros ojos directamente a la luz... Y as√≠ como la vida propia del √°rbol es producir a su tiempo frutos abundantes, y, sin embargo, las hojas adheridas a los ramos les proporcionan alg√ļn ornato, de igual modo el fruto principal del alma es la misma verdad, pero, sin embargo, no es desagradable el adorno de la sabidur√≠a externa, que, como follaje, proporciona al fruto sombra y agradable aspecto. Se dice que Mois√©s, var√≥n verdaderamente eximio y de gran fama entre todos los hombres por su sabidur√≠a, despu√©s de haber ejercitado su esp√≠ritu en las ense√Īanzas de los egipcios, lleg√≥ a la contemplaci√≥n de Aquel que es. De igual manera, posteriormente, del profeta Daniel se refiere que lleg√≥ al conocimiento de las doctrinas sagradas despu√©s de haber sido instruido en Babilonia en la sabidur√≠a de los caldeos¬Ľ 18 .

61. Y Nos mismo, en la primera enc√≠clica que publicamos, Summi Pontificatus , escribimos lo siguiente: ¬ęLos predicadores de la palabra de Dios, despu√©s de muchas investigaciones realizadas en el decurso de los tiempos con sumo trabajo e intenso estudio, se han esforzado en conocer m√°s profunda y dignamente la civilizaci√≥n e instituciones de los diversos pueblos y cultivar las buenas cualidades y dotes de sus almas, para que as√≠ el Evangelio de Cristo obtuviese en ellos m√°s f√°ciles y abundantes progresos. Todo aquello que en las costumbres de los pueblos no est√° vinculado indisolublemente con supersticiones o errores, se examina siempre con benevolencia y, si es posible, se conserva inc√≥lume¬Ľ 19 .

62. En el discurso que tuvimos en 1944 a los directores de las Obras Pontificias entre otras cosas dec√≠amos: ¬ęEl misionero es ap√≥stol de Jesucristo. Su oficio no le exige que introduzca y propague en las lejanas tierras de misi√≥n precisamente la civilizaci√≥n de los pueblos europeos, y no otra, como quien trasplanta un √°rbol; sino m√°s bien que ense√Īe y eduque a aquellas naciones, que a veces se ufanan de sus culturas antiqu√≠simas, para que se apresten a recibir pr√°cticamente los principios de la vida y costumbres cristianas. Tales principios pueden armonizarse con cualquier civilizaci√≥n que sea sana e √≠ntegra, y pueden conferirle un mayor vigor en la defensa de la divinidad humana y conseguir la felicidad. Los cat√≥licos nativos deben ser en primer lugar miembros de la gran familia de Dios y ciudadanos de su Reino (cf. Ef 2,19); pero sin dejar por esto de ser ciudadanos de su patria terrena¬Ľ 20 .

13. Importancia del sector artístico

63. Nuestro predecesor de feliz memoria P√≠o XI, en el A√Īo jubilar de 1925, mand√≥ hacer una gran Exposici√≥n Misional cuyo √©xito, en verdad sumamente feliz, El mismo describi√≥ con estas palabras: ¬ęParece una manifestaci√≥n hecha por el mismo Dios, con la cual aun experimentalmente hemos visto, con nuevo argumento, c√≥mo el organismo vivo de la Iglesia de Dios goza en todas partes de unidad perfecta... Verdaderamente, la Exposici√≥n ha sido, y lo es a√ļn, como un libro inmenso y de proporciones grandiosas¬Ľ 21 .

64. Nos tambi√©n, obedeciendo al mismo pensamiento de que el mayor n√ļmero posible de gente conociese los egregios m√©ritos de las misiones, sobre todo los que especialmente se refieren a la civilizaci√≥n, mandamos reunir durante el √ļltimo A√Īo Santo una copiosa documentaci√≥n y exhibirla p√ļblicamente, como sab√©is no lejos del Palacio Vaticano, por la cual quedase ampliamente demostrada la restauraci√≥n del arte cristiano realizada por los misioneros, tanto entre las gentes m√°s cultas como entre los pueblos de cultura aun m√°s primitiva.

65. Con ello se mostró claramente cuánto ha aportado la obra de los heraldos del Evangelio al progreso de las artes liberales y a las investigaciones universitarias que versan sobre esta especialidad; quedó asimismo patente que la Iglesia, lejos de ser una rémora al desarrollo de las características de cada pueblo, más bien las perfecciona en alto grado.

66. Al Dios de las misericordias atribuimos el que todos hayan considerado con inter√©s especial y complacencia este hecho, el cual es evidente argumento de la crecida vitalidad y del vigor cada d√≠a mayor de que goza la obra misional. Ya que, gracias a la actividad de los misioneros entre pueblos os tan distanciados en el espacio unos de otros y de costumbres tan diversas, el aliento evang√©lico ha penetrado tanto en las almas cuanto claramente demuestra el elocuente testimonio de estas artes renacientes. Esta exposici√≥n prueba tambi√©n que la fe cristiana, grabada en las almas y exteriorizada en costumbres en armon√≠a con ella, es la √ļnica que puede elevar el entendimiento humano a producir esas excelentes obras art√≠sticas, que ciertamente constituyen una alabanza perenne de la Iglesia cat√≥lica y un ornamento esplendid√≠simo del culto divino.

14. Obras Misionales Pontifícias

67. Record√°is c√≥mo la enc√≠clica Rerum Ecclesiae recomendaba insistentemente la Uni√≥n Misional del Clero, cuya finalidad es reunir los miembros de ambos cleros y los aspirantes al sacerdocio para que propaguen en unidad de fuerzas y con todo empe√Īo la causa de las misiones cat√≥licas. Nos, pues, que no sin gran contento de nuestro coraz√≥n, como antes dijimos, hemos visto los progresos de esta uni√≥n, ardientemente deseamos que se extienda m√°s y m√°s y que incite cada d√≠a con mayor entusiasmo la voluntad de los sacerdotes y de los pueblos encomendados a sus cuidados a ayudar a la obra de las misiones. Es esta uni√≥n como un manantial en la cual salen las corrientes que riegan los florecientes campos de las dem√°s Obras Pontificias, a saber: de la Propagaci√≥n de la Fe, de San Pedro Ap√≥stol para el clero ind√≠gena y de la Santa Infancia. No hay por qu√© nos detengamos al presente a explicaras la excelencia, la necesidad y los m√©ritos esclarecidos de estas Obras, las cuales enriquecieron nuestros predecesores con muchos y abundantes tesoros de indulgencias. Nos agrada sobremanera ver c√≥mo se piden las limosnas de los fieles, especialmente el Domingo de las Misiones; pero ante todo deseamos que todos eleven a Dios omnipotente sus preces, que ayuden a los llamados a la Acci√≥n Misional, y que se alisten en las mencionadas Obras Pontificias y las promuevan lo m√°s posible. No ignoramos ciertamente, venerables hermanos, que, con esta finalidad, poco ha instituimos una fiesta que ha de ser celebrada principalmente por los ni√Īos, en la cual se promueva con oraciones y limosnas la Obra de la Santa Infancia. De este modo aprender√°n estos hijitos nuestros a orar incesantemente a Dios por la salvaci√≥n de los infieles; y quiera Dios que en sus almas, que a√ļn conservan el perfume de la inocencia, brote y se desarrolle convenientemente el germen del apostolado misional.

68. Sentimos adem√°s especial complacencia en alabar como se merecen tantas y tan laudables iniciativas que, en favor de esta misma causa y con denodado empe√Īo, han llevado a cabo los Institutos religiosos para ayudar por todos los medios a las Obras Misionales Pontificias. Igualmente merece que mostremos nuestra benevolencia de Padre a aquellos grupos de se√Īoras que trabajan con gran utilidad en confeccionar vestiduras sagradas y pa√Īos de altar. Por fin, a todos los colaboradores de la Iglesia, tan queridos para Nos, les aseguramos que la colaboraci√≥n prestada por el pueblo cristiano a la obra de la salvaci√≥n de los infieles florece y da √≥ptimos frutos de nueva fe, y que a los esfuerzos hechos en favor de las misiones responde un mayor aumento de piedad.

Conclusión

69. No queremos poner fin a esta enc√≠clica sin antes dirigirnos al clero y a los fieles cristianos todos, y mostrarles sobre todo el agradecimiento de nuestro coraz√≥n. Sabemos que nuestros hijos han aumentado considerablemente tambi√©n en este a√Īo la aportaci√≥n material en ayuda de las Misiones. Verdaderamente que vuestra caridad en ninguna otra obra puede ejercitarse m√°s fructuosamente que en √©sta, ya que se trata de extender m√°s y m√°s el Reino de Cristo y de procurar la salvaci√≥n de tantos que carecen de la fe; toda vez que el mismo Se√Īor ¬ęencarg√≥ a cada uno tener cuidado de su pr√≥jimo¬Ľ (Eclo 17,12).

70. Movidos por una nueva solicitud, queremos recomendar con mayor insistencia lo que escrib√≠amos en la carta a nuestro querido hijo, el cardenal presb√≠tero de la Santa Romana Iglesia, Pedro Fumasoni Biondi, prefecto de la Sagrada Congregaci√≥n de Pro da Fide, el 9 de agosto de 1950: ¬ęQue todos los fieles cristianos... perseveren en la empresa comenzada de ayudar a las Misiones, que multipliquen sus iniciativas en bien de las mismas, que sin cesar eleven a Dios fervientes plegarias y presten su cooperaci√≥n a los llamados a la obra misional, ofreci√©ndoles los recursos necesarios seg√ļn las posibilidades de cada uno.

71. Porque la Iglesia es el Cuerpo m√≠stico de Cristo, en el cual "si hay un miembro que padece, todos los miembros se compadecen" (1Cor 12,26). Por lo cual, estando hoy tantos de estos miembros atormentados por los dolores acerb√≠simos y graves heridas, pesa sobre todos los fieles de Cristo el sagrado deber de unirse a ellos con v√≠nculo de colaboraci√≥n y de amor. En algunas tierras de misi√≥n el furor b√©lico ha devastado y destruido horriblemente no pocas iglesias, casas de misi√≥n, escuelas y hospitales. Para resarcir tantos da√Īos y para reconstruir tantos edificios, ofrecer√° liberalmente los subsidios necesarios todo el orbe cat√≥lico, el cual debe ciertamente especial solicitud y caridad a las Misiones¬Ľ 22

72. Bien sabéis, venerables hermanos, que casi toda la humanidad tiende hoy a dividirse en dos campos opuestos: con Cristo o contra Cristo. El género humano se ve hoy en un momento sumamente crítico, del cual se seguirá o la salvación en Cristo o la más espantosa ruina. Es verdad que la actividad y el esfuerzo eficaz de los predicadores del Evangelio luchan por propagar el Reino de Cristo; pero hay también otros heraldos, quienes, reduciendo todo a la materia y rechazando toda esperanza en una existencia feliz y eterna, trabajan por llevar a los hombres a una vida incompatible con la dignidad humana.

73. Con toda raz√≥n, la Iglesia cat√≥lica, madre amant√≠sima de todos los hombres, llama a todos sus hijos, diseminados por toda la tierra, para que se esfuercen, seg√ļn las propias posibilidades, por cooperar con los intr√©pidos sembradores de la verdad evang√©lica, ayud√°ndolos con limosnas, oraciones y vocaciones misioneras. Con insistencia materna los invita a que ¬ęse revistan de entra√Īas de misericordia¬Ľ (Col 3,12); a que tomen parte en el trabajo misional, si no personalmente, al menos con el deseo; a que, finalmente, no dejen irrealizado aquel deseo del benign√≠simo Coraz√≥n de Jes√ļs, el cual ¬ęvino a buscar y salvar lo que hab√≠a perdido¬Ľ (Lc 19,10). Si cooperan en alguna manera a que al menos una familia sea iluminada y recreada con la fe cristiana, sepan que de all√≠ nacer√° un impulso de gracia divina que ha de crecer continuamente para la eternidad; si ayudan al menos en la formaci√≥n de un misionero, en ellos redundar√°n abundantemente tantos frutos de sacrificios eucar√≠sticos, de trabajos apost√≥licos y de santidad. Pues todos los fieles de Cristo forman una misma y grande familia, cuyos miembros participan mutuamente de los bienes de la Iglesia militante, purgante y triunfante. Nada, pues, parece m√°s eficaz para inculcar en la mente y en el coraz√≥n del pueblo cristiano la utilidad y la importancia de las Misiones que el dogma de la Comisi√≥n de los Santos.

74. Con estos paternales votos, habiendo dado oportunas normas y directivas, confiamos en que todos los católicos tomen este vigésimo quinto aniversario de la publicación de la encíclica Rerum Ecclesiae como punto de partida para procurar que las Misiones avancen con paso cada día más acelerado.

75. Entre tanto, animados con esta suavísima esperanza, tanto a cada uno de vosotros, venerables hermanos, como al clero y pueblo todo, especialmente a aquellos que o en patria, con oraciones y limosnas, o en naciones extranjeras con su acción personal, promueven esta santísima empresa, de todo corazón damos, la bendición apostólica, presagio de los dones celestiales y testimonio de nuestra benevolencia paterna.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 2 de junio, en la fiesta de San Eugenio I, a√Īo 1951, decimotercero de nuestro pontificado.

Pío PP. XII


1

Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae, 28-2-1926: AAS 18 (1926) 65-83.

2

Pío XII, Discurso Vivamente gradito, 24-6-1944: AAS 36 (1944) 299.

3

Pío XII, Discurso Vivamente gradito, 24-6-1944: AAS 36 (1944) 299.

4

Pío XII, Epis. Praeses Consilii, 4-12-1950: AAS 43 (1951) 88-89.

5

San Cipriano, Epis. 56: PL 4, col.351A.

6

Pío XII, Carta al cardenal Fuumasoni Biondi Perlibenti quidem, 9-8-1950: AAS 42 (1950) 727.

7

Benedicto XVI, Carta ap. Maximum illud, 30-11. 1919: AAS 11 (1919).

8

Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae, 28-2-1926: AAS 18 (1926) 65-83.

9

Pío XII, Discurso Vivamente gradito, 24-6-1944: AAS 36 (1944) 210.

10

Pío XII, Discurso Vivamente gradito, 24-6-1944: AAS36 (1944) 208.

11

Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae, 28-2-1926: AAS 18 (1926) 76.

12

Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae, 28-2-1926: AAS 18 (1926) 75.

13

Epis. ad Diognetum 5,5 (edic. Funk, 399).

14

Pío XII, Discurso a los Emm. Cardenales Di anno in anno en al vigilia de Navidad 24-12-1942: AAS 35 (1943) 16-17.

15

Benedicto XVI, Carta ap. Maximum illud, 30-11. 1919: AAS 11 (1919) 444.

16

Pío XI, Enc. Rerum Ecclesiae, 28-2-1926: AAS 18 (1926) 81-82.

17

Cf. Tertuliano, Apologético c. 17: PL 1, col.377A.

18

San Basilio, Ad adolescentes, 2: PG 31, col.567A.

19

Pío XII, Enc.Summi Pontificatus, 20-10-1939: AAS 31 (1939) 429.

20

Pío XII, Discurso Vivamente gradito, 24-6-1944: AAS36 (1944) 210.

21

Alocución 10-1-1926.

22

Pío XII, Carta al cardenal Fuumasoni Biondi Perlibenti quidem, 9-8-1950: AAS 42 (1950) 727-728.
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