1. "El reino de Dios está cerca. Estad seguros: no tardará".
Estas palabras, tomadas de la liturgia de hoy, expresan el clima, impregnado de ferviente esperanza y oración, de nuestra preparación para las fiestas navideñas, ya cercanas.
El Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá a visitarnos con su salvación, realizando en plenitud su reino de justicia y paz. La conmemoración anual del nacimiento del MesÃas en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza, que toca en lo más hondo nuestra experiencia personal y comunitaria.
2. Todo hombre sueña un mundo más justo y solidario, donde unas condiciones de vida dignas y una convivencia pacÃfica hagan armoniosas las relaciones entre las personas y entre los pueblos. Sin embargo, con frecuencia no sucede asÃ. Obstáculos, contrastes y dificultades de diversos tipos abruman nuestra existencia y a veces casi la oprimen. Las fuerzas y la valentÃa para comprometerse en favor del bien corren el riesgo de ceder ante el mal, que parece triunfar en ocasiones. Es especialmente en estos momentos cuando viene en nuestra ayuda la esperanza. El misterio de la Navidad, que reviviremos dentro de pocos dÃas, nos asegura que Dios es el Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso, jamás debemos sentirnos solos. Dios está cerca de nosotros, se ha hecho uno de nosotros, naciendo en el seno virginal de MarÃa. Ha compartido nuestra peregrinación en la tierra, garantizándonos la consecución de la alegrÃa y la paz a las que aspiramos en lo más Ãntimo de nuestro ser.
3. El tiempo de Adviento pone de manifiesto un segundo elemento de la esperanza, que atañe más en general al significado y al valor de la existencia. Con cierta frecuencia nos preguntamos: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué sentido tiene lo que hacemos en la tierra?, ¿qué nos espera después de la muerte?
No cabe duda de que hay objetivos buenos y honrados: la búsqueda de mayor bienestar material, la consecución de metas sociales, cientÃficas y económicas cada vez más altas, o una mejor realización de las expectativas personales y comunitarias. Pero, ¿bastan estas metas para colmar las aspiraciones más Ãntimas de nuestra alma?
La liturgia de hoy nos invita a ensanchar nuestra perspectiva y a contemplar la SabidurÃa de Dios, que sale del AltÃsimo y es capaz de extenderse hasta los confines del mundo, disponiéndolo todo "con firmeza y suavidad" (Aleluya).
Del pueblo cristiano se eleva espontánea la invocación: "Ven, Señor, no tardes".
4. Conviene subrayar, por último, un tercer elemento caracterÃstico de la esperanza cristiana, que el tiempo de Adviento pone claramente de manifiesto. Al hombre, que, elevándose de las vicisitudes diarias, busca la comunión con Dios, el Adviento, y sobre todo la Navidad, le recuerda que es Dios quien tomó la iniciativa de salir a su encuentro. Al hacerse niño, Dios asumió nuestra naturaleza y estableció para siempre su alianza con la humanidad entera.
Por consiguiente, podrÃamos concluir que el sentido de la esperanza cristiana, que el Adviento nos vuelve a proponer, es el de la espera confiada, la disponibilidad activa y la apertura gozosa al encuentro con el Señor. Él vino a Belén para quedarse con nosotros para siempre.
Alimentemos, por tanto, amadÃsimos hermanos y hermanas, estos dÃas de preparación inmediata para la Navidad de Cristo con la luz y el calor de la esperanza. Este es el deseo que os formulo a vosotros, aquà presentes, y a vuestros seres queridos. Lo encomiendo a la intercesión maternal de MarÃa, modelo y apoyo de nuestra esperanza.
¡Feliz Adviento! y ¡Feliz Navidad a todos!
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de empresarios argentinos y a los venidos de Cartagena y Murcia. Os encomiendo a la santÃsima Virgen MarÃa, modelo y apoyo de nuestra esperanza cristiana. ¡Feliz Adviento! y ¡Feliz Navidad a todos!
(En polaco)
Dentro de poco viviremos la fiesta de Navidad. Presentándonos en la cueva de Belén, juntamente con los pastores, cantaremos: "Alza la mano, Niño divino, y bendice a nuestra amada patria...: nuestra casa, nuestro patrimonio, todas las ciudades y todos los campos...". Ruego a Dios que esta bendición se derrame abundantemente sobre todos los polacos y los acompañe siempre. Pido al Señor que la esperanza y el amor recÃproco permitan vencer todas las dificultades y sean fuente de la auténtica felicidad. Este es mi deseo para vosotros, aquà presentes, y para todos nuestros compatriotas del paÃs y del mundo entero. ¡Que Dios os bendiga!
(A los fieles italianos del Valle de Aosta, que acudieron, juntamente con su obispo, monseñor Giuseppe Anfossi, y las autoridades civiles, para ofrecerle el gran árbol de Navidad )
Recuerdo siempre con viva gratitud la cordial acogida que me habéis dispensado durante mis estancias entre las hermosas montañas de vuestra región, a la que me siento profundamente unido.
Os doy las gracias por estos árboles, que son un regalo de vuestra región autónoma del Valle de Aosta. Expreso mi gratitud en especial a los que han hecho posible este regalo navideño, que recordará a los visitantes y a los peregrinos el nacimiento de Jesús, luz del mundo.
Agradezco, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, su participación en este encuentro. A pocos dÃas de la Navidad, os deseo que esta fiesta solemne traiga a cada uno consuelo y esperanza.
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