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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los monjes cistercienses de la Abadía de Heiligenkreuz
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Discurso del Santo Padre a los monjes cistercienses de la Abadía de Heiligenkreuz

Reverendísimo padre abad;
venerados hermanos en el episcopado;
queridos monjes cistercienses de Heiligenkreuz;
queridos hermanos y hermanas de vida consagrada;
ilustres huéspedes y amigos del monasterio y de la Academia;
se√Īoras y se√Īores:

Con placer, en mi peregrinaci√≥n a la Magna Mater Austriae, he venido tambi√©n a la abad√≠a de Heiligenkreuz, que no es s√≥lo una etapa importante en la via sacra que lleva a Mariazell, sino tambi√©n el m√°s antiguo monasterio cisterciense del mundo que ha seguido activo sin ninguna interrupci√≥n. He querido venir a este lugar rico en historia, para atraer la atenci√≥n hacia la directriz fundamental de san Benito, seg√ļn cuya Regla viven tambi√©n los cistercienses. San Benito dispone concisamente que "no se anteponga nada al Oficio divino" (Regula Benedicti 43, 3).

Por eso, en un monasterio de inspiraci√≥n benedictina, las alabanzas a Dios, que los monjes celebran como solemne plegaria coral, tienen siempre la prioridad. Ciertamente, gracias a Dios, no s√≥lo los monjes oran; tambi√©n lo hacen otras personas: ni√Īos, j√≥venes y ancianos, hombres y mujeres, personas casadas y solteras; todos los cristianos oran o, al menos, deber√≠an hacerlo.

En la vida de los monjes, sin embargo, la oraci√≥n tiene una importancia especial: es el centro de su tarea profesional. En efecto, ejercen la profesi√≥n de orante. En la √©poca de los Padres de la Iglesia, la vida mon√°stica se defin√≠a como vida al estilo de los √°ngeles, pues se consideraba que la caracter√≠stica esencial de los √°ngeles era ser adoradores. Su vida es adoraci√≥n. Esto deber√≠a valer tambi√©n para los monjes. Ante todo, no oran por una finalidad espec√≠fica, sino simplemente porque Dios merece ser adorado. "Confitemini Domino, quoniam bonus!", "Dad gracias al Se√Īor porque es bueno, porque es eterna su misericordia", exhortan varios Salmos (por ejemplo, Sal 106, 1). Por eso, esta oraci√≥n sin finalidad espec√≠fica, que quiere ser puro servicio divino, se llama con raz√≥n officium. Es el "servicio" por excelencia, el "servicio sagrado" de los monjes. Se ofrece al Dios trino que, por encima de todo, es digno "de recibir la gloria, el honor y el poder" (Ap 4, 11), porque ha creado el mundo de modo maravilloso y de modo a√ļn m√°s maravilloso lo ha renovado.

Al mismo tiempo, el officium de los consagrados es tambi√©n un servicio sagrado a los hombres y un testimonio para ellos. Todo hombre lleva en lo m√°s √≠ntimo de su coraz√≥n, de modo consciente o inconsciente, la nostalgia de una satisfacci√≥n definitiva, de la m√°xima felicidad; por tanto, en el fondo, de Dios. Un monasterio en el que la comunidad se re√ļne varias veces al d√≠a para alabar a Dios testimonia que este deseo humano originario no cae en el vac√≠o: Dios creador no nos ha puesto a los hombres en medio de tinieblas espantosas donde, andando a ciegas, deber√≠amos buscar desesperadamente un sentido √ļltimo fundamental (cf. Hch 17, 27); Dios no nos ha abandonado en un desierto de la nada, sin sentido, donde, en definitiva, nos espera s√≥lo la muerte. No. Dios ha iluminado nuestras tinieblas con su luz, por obra de su Hijo Jesucristo. En √©l Dios ha entrado en nuestro mundo con toda su "plenitud" (cf. Col 1, 19); en √©l, toda verdad, de la que sentimos nostalgia, tiene su origen y su culmen (cf. Gaudium et spes, 22).

Nuestra luz, nuestra verdad, nuestra meta, nuestra satisfacci√≥n, nuestra vida no es una doctrina religiosa, sino una Persona: Jesucristo. Mucho m√°s all√° de nuestra capacidad de buscar y desear a Dios, ya antes hemos sido buscados y deseados, m√°s a√ļn, encontrados y redimidos por √©l. La mirada de los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, de todas las filosof√≠as, religiones y culturas, encuentra finalmente los ojos abiertos del Hijo de Dios crucificado y resucitado; su coraz√≥n abierto es la plenitud del amor. Los ojos de Cristo son la mirada del Dios que ama. La imagen del Crucificado sobre el altar, cuyo original romano se encuentra en la catedral de Sarzana, muestra que esta mirada se dirige a todo hombre. En efecto, el Se√Īor mira el coraz√≥n de cada uno de nosotros.

El alma del monaquismo es la adoraci√≥n, vivir al estilo de los √°ngeles. Sin embargo, al ser los monjes hombres de carne y sangre en esta tierra, al imperativo central "ora", san Benito a√Īadi√≥ un segundo: "labora". Seg√ļn el concepto de san Benito, as√≠ como de san Bernardo, no s√≥lo la oraci√≥n forma parte de la vida mon√°sti , tambi√©n el trabajo, el cultivo de la tierra de acuerdo con la voluntad del Creador. As√≠, a lo largo de los siglos, los monjes, partiendo de su mirada dirigida a Dios, han hecho que la tierra fuera acogedora y hermosa. Su labor de salvaguardia y desarrollo de la creaci√≥n proven√≠a precisamente de su mirada puesta en Dios. En el ritmo del ora et labora la comunidad de los consagrados da testimonio del Dios que en Jesucristo nos mira; y el hombre y el mundo, mirados por √©l, se convierten en buenos.

No s√≥lo los monjes rezan el officium; siguiendo la tradici√≥n mon√°stica, la Iglesia ha establecido para todos los religiosos, y tambi√©n para los sacerdotes y los di√°conos, el rezo del Breviario. Es importante que tambi√©n las religiosas y los religiosos, los sacerdotes y los di√°conos ‚ÄĒy, naturalmente, los obispos‚ÄĒ en la oraci√≥n diaria "oficial" se presenten ante Dios con himnos y salmos, con acci√≥n de gracias y plegarias sin finalidades espec√≠ficas.

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal y diaconal; queridos hermanos y hermanas en la vida consagrada, s√© que se requiere disciplina; m√°s a√ļn, a veces tambi√©n es preciso superarse a s√≠ mismo para rezar fielmente el Breviario; pero mediante este officium recibimos al mismo tiempo muchas riquezas: ¬°cu√°ntas veces, al rezarlo, el cansancio y el abatimiento desaparecen! Y donde se alaba y se adora con fidelidad a Dios, no falta su bendici√≥n. Con raz√≥n se dice en Austria: "Todo depende de la bendici√≥n de Dios".

Por consiguiente, vuestro servicio principal a este mundo debe ser vuestra oraci√≥n y la celebraci√≥n del Oficio divino. Todo sacerdote, toda persona consagrada, debe tener como disposici√≥n interior "no anteponer nada al Oficio divino". La belleza de esta disposici√≥n interior se manifestar√° en la belleza de la liturgia, hasta tal punto que donde cantamos, alabamos, exaltamos y adoramos juntos a Dios, se hace presente en la tierra un trocito de cielo. No es temerario afirmar que en una liturgia totalmente centrada en Dios, en los ritos y en los cantos, se ve una imagen de la eternidad. De lo contrario, ¬Ņc√≥mo habr√≠an podido nuestros antepasados construir, hace cientos de a√Īos, un edificio sagrado tan solemne como este? Aqu√≠ ya la sola arquitectura eleva nuestros sentidos hacia "lo que ni el ojo vio, ni el o√≠do oy√≥, ni al coraz√≥n del hombre lleg√≥, lo que Dios prepar√≥ para los que le aman" (1 Co 2, 9).

En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es opus Dei, con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la sagrada liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres.

Por √ļltimo, el alma de la oraci√≥n es el Esp√≠ritu Santo. En verdad, cuando oramos, siempre es √©l quien "viene en ayuda de nuestra flaqueza, intercediendo por nosotros con gemidos inefables" (cf. Rm 8, 26). Confiando en estas palabras del ap√≥stol san Pablo os aseguro, queridos hermanos y hermanas, que la oraci√≥n surtir√° en vosotros el efecto que una vez se expresaba llamando a los sacerdotes y a las personas consagradas simplemente Geistliche (personas espirituales). Mons. Sailer, obispo de Ratisbona, dijo en cierta ocasi√≥n que los sacerdotes deber√≠an ser antes que nada personas espirituales. Me agradar√≠a que volviera a usarse la expresi√≥n Geistliche. Pero, sobre todo, es importante que se haga realidad en nosotros lo que significa esa palabra: que en el seguimiento del Se√Īor, en virtud de la fuerza del Esp√≠ritu, seamos personas "espirituales".

Austria es verdaderamente, como se dice con doble sentido, Kl√∂sterreich: reino de monasterios y rica en monasterios. Vuestras antiqu√≠simas abad√≠as, con or√≠genes y tradiciones que se remontan a siglos pasados, son lugares de la "preferencia por Dios". Queridos hermanos, manifestad claramente a los hombres esta prioridad de Dios. Como oasis espiritual, un monasterio indica al mundo de hoy lo m√°s importante, m√°s a√ļn, en definitiva, lo √ļnico decisivo: existe una raz√≥n √ļltima por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable.

Queridos fieles, os pido que consideréis vuestras abadías y vuestros monasterios como lo que son y quieren ser siempre: no solamente lugares de cultura y de tradición, o incluso simples empresas económicas. Estructura, organización y economía son necesarias también para la Iglesia, pero no son lo esencial. Un monasterio es sobre todo un lugar de fuerza espiritual. Al llegar a uno de vuestros monasterios aquí, en Austria, se tiene la misma impresión de cuando, después de una caminata por los Alpes, que ha costado sudor, finalmente se puede uno refrescar en un arroyo que viene de un manantial. Aprovechad, pues, estos manantiales de la cercanía de Dios en vuestro país, apreciad las comunidades religiosas, los monasterios y las abadías, y recurrid al servicio espiritual que los consagrados están dispuestos a prestaros.

Por √ļltimo, mi visita se dirige a la Academia, ya pontificia, que celebra el 205¬į aniversario de su fundaci√≥n y a la que, en su nueva condici√≥n, el abad ha a√Īadido el nombre del actual Sucesor de san Pedro. Aunque es importante la integraci√≥n de la disciplina teol√≥gica en la universitas del saber mediante las facultades teol√≥gicas cat√≥licas en las universidades estatales, es igualmente importante que haya lugares de estudio tan espec√≠ficos como el vuestro, donde es posible un v√≠nculo profundo entre teolog√≠a cient√≠fica y espiritualidad vivida.

En efecto, Dios no es jamás simplemente el objeto de la teología; al mismo tiempo, también es siempre su sujeto vivo. Por lo demás, la teología cristiana no es jamás solamente un discurso humano sobre Dios, sino que al mismo tiempo es siempre el Logos y la lógica en la que Dios se revela. Por eso la intelectualidad científica y la devoción vivida son dos elementos del estudio que, en una complementariedad irrenunciable, dependen una de otra.

El padre de la Orden cisterciense, san Bernardo, luchó en su tiempo contra la separación de una racionalidad objetivante de la corriente de espiritualidad eclesial. Nuestra situación actual, aun siendo diversa, tiene notables semejanzas. En su anhelo de obtener el reconocimiento de un riguroso carácter científico en el sentido moderno, la teología puede perder el aliento de la fe. Pero así como una liturgia que olvida dirigir la mirada a Dios es, como tal, casi insignificante, de igual modo una teología que ya no está animada por la fe, deja de ser teología; acaba por reducirse a una serie de disciplinas más o menos relacionadas entre sí. En cambio, donde se practica una "teología de rodillas", como pedía Hans Urs von Balthasar (cf. Theologie und Heiligkeit, Aufsatz von 1948, en: Verbum Caro. Schriften zur Theologie I, Einsiedeln 1960, 195-224), no faltará la fecundidad para la Iglesia en Austria y también más allá.

Esta fecundidad se muestra en el apoyo y en la formación de personas que han recibido una llamada espiritual. Para que hoy una llamada al sacerdocio o al estado religioso pueda sostenerse fielmente durante toda la vida, hace falta una formación que integre fe y razón, corazón y mente, vida y pensamiento. Una vida en el seguimiento de Cristo necesita la integración de toda la personalidad. Donde se descuida la dimensión intelectual, nace muy fácilmente una forma de infatuación piadosa que vive casi exclusivamente de emociones y de estados de ánimo que no pueden sostenerse durante toda la vida. Y donde se descuida la dimensión espiritual, se crea un racionalismo enrarecido que, a causa de su frialdad y de su desapego, ya no puede desembocar en una entrega entusiasta de sí a Dios.

Una vida en el seguimiento de Cristo no se puede fundar en esos criterios unilaterales; con entregas a medias, una persona quedaría insatisfecha y, en consecuencia, quizá también espiritualmente estéril. Toda llamada a la vida religiosa o al sacerdocio es un tesoro tan precioso, que los responsables deben hacer todo lo posible a fin de encontrar los caminos de formación idóneos para promover en unidad fides et ratio, la fe y la razón, el corazón y la mente.

Como acabamos de escuchar, san Leopoldo de Austria, siguiendo el consejo de su hijo, el beato obispo Ot√≥n de Freising, que fue mi predecesor en la sede episcopal de Freising (en Freising se celebra hoy su fiesta), fund√≥ en 1133 vuestra abad√≠a, d√°ndole el nombre de "Unsere Liebe Frau zum Heiligen Kreuz" (Nuestra Se√Īora de la Santa Cruz). Este monasterio no s√≥lo tradicionalmente est√° dedicado a la Virgen ‚ÄĒcomo todos los monasterios cistercienses‚ÄĒ, sino que aqu√≠ arde el fuego mariano de san Bernardo de Claraval. San Bernardo, que entr√≥ en el monasterio junto con treinta compa√Īeros, es una especie de patrono de las llamadas espirituales. Si ejerc√≠a un ascendiente tan entusiasta y alentador en muchos j√≥venes de su tiempo llamados por Dios, era quiz√° porque estaba animado por una particular devoci√≥n mariana. Donde est√° Mar√≠a, all√≠ est√° la imagen primigenia de la entrega total y del seguimiento de Cristo. Donde est√° Mar√≠a, all√≠ est√° el viento de Pentecost√©s del Esp√≠ritu Santo, all√≠ est√° el inicio y una renovaci√≥n aut√©ntica.

Desde este lugar mariano en la via sacra deseo a todos los lugares espirituales en Austria fecundidad y capacidad de irradiaci√≥n. Antes de partir, quiero pedir una vez m√°s a la Madre de Dios, como hice ya en Mariazell, que interceda por toda Austria. Con palabras de san Bernardo, invito a cada uno a hacerse confiadamente "ni√Īo" ante Mar√≠a, como lo hizo el mismo Hijo de Dios. San Bernardo dice, y nosotros decimos con √©l: "Mira la estrella, invoca a Mar√≠a. (...) En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres, piensa en Mar√≠a, invoca a Mar√≠a. Que su nombre no se aleje de tu boca, que no se aleje de tu coraz√≥n. (...) Sigui√©ndola, no te pierdes; invoc√°ndola, no te desesperas; pensando en ella, no te equivocas. Si ella te tiene de la mano, no caes; si ella te protege, no temes; si ella te gu√≠a, no te cansas; si ella te concede su favor, llegas a tu meta" (In laudibus Virginis Matris, Homil√≠a 2, 17).

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