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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre en el Encuentro con las autoridades y el Cuerpo Diplom√°tico
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Discurso del Santo Padre Benedicto XVI en lo encuentro con las autoridades y el Cuerpo Diplom√°tico

Sala de las Recepciones de la Residencia de Hofburg, Viena

Estimado se√Īor presidente federal;
estimado se√Īor canciller federal;
ilustres miembros del Gobierno federal;
honorables diputados del Parlamento nacional y miembros del Senado federal;
ilustres presidentes regionales;
estimados representantes del Cuerpo diplom√°tico;
ilustres se√Īoras y se√Īores:

Introducción

Es para m√≠ una gran alegr√≠a y un honor encontrarme hoy con usted, se√Īor presidente federal, y con los miembros del Gobierno federal, as√≠ como con los representantes de la vida pol√≠tica y p√ļblica de la Rep√ļblica de Austria. Este encuentro en la residencia de Hofburg refleja las buenas relaciones, marcadas por la confianza rec√≠proca, que existen entre su pa√≠s y la Santa Sede, de las que ha hablado usted, se√Īor presidente. Por eso me alegro vivamente.

Las relaciones entre la Santa Sede y Austria forman parte de la vasta red de relaciones diplom√°ticas, en las que Viena constituye una importante encrucijada, pues aqu√≠ tienen su sede tambi√©n numerosas organizaciones internacionales. Me complace la presencia de tantos representantes diplom√°ticos, a quienes saludo cordialmente. Os agradezco, se√Īoras y se√Īores embajadores, vuestro compromiso no s√≥lo al servicio de los pa√≠ses que represent√°is y de sus intereses, sino tambi√©n al servicio de la causa com√ļn de la paz y el entendimiento entre los pueblos.

Austria

Esta es mi primera visita como Obispo de Roma y Pastor supremo de la Iglesia cat√≥lica universal a este pa√≠s, que, sin embargo, ya conozco desde hace mucho tiempo por mis numerosas visitas anteriores. Para m√≠ ‚ÄĒpermitidme decirlo‚ÄĒ es realmente una gran alegr√≠a estar aqu√≠. Tengo aqu√≠ muchos amigos y, como vecino b√°varo, el estilo de vida de Austria y sus tradiciones me son familiares. Mi gran predecesor, de venerada memoria, el Papa Juan Pablo II visit√≥ Austria tres veces. Cada vez fue recibido muy cordialmente por los habitantes de este pa√≠s, sus palabras fueron escuchadas con atenci√≥n y sus viajes apost√≥licos han dejado huellas imborrables.

En los √ļltimos a√Īos y d√©cadas, Austria ha logrado grandes √©xitos, que incluso hace dos generaciones nadie hubiera so√Īado. Vuestro pa√≠s no s√≥lo ha experimentado un notable progreso econ√≥mico, sino que tambi√©n ha desarrollado una convivencia social ejemplar, que se puede resumir con la expresi√≥n "solidaridad social". Los austriacos, con raz√≥n, se sienten agradecidos por ello, y no s√≥lo lo manifiestan abriendo su coraz√≥n a los pobres y necesitados de su pa√≠s, sino tambi√©n siendo generosos al mostrar solidaridad con ocasi√≥n de cat√°strofes y desastres en el mundo. Las grandes iniciativas de Licht ins Dunkel ("Luz en la oscuridad") antes de Navidad, y Nachbar in Not ("Vecino necesitado") constituyen un elocuente testimonio de esos sentimientos.

Austria y la ampliación de la Unión europea

Nos encontramos en un lugar hist√≥rico, que durante siglos fue sede del gobierno de un Imperio que abarcaba vastas √°reas de Europa central y oriental. Este lugar y este momento nos brindan una ocasi√≥n providencial para dirigir nuestra mirada a toda la Europa actual. Tras los horrores de la guerra y las traum√°ticas experiencias del totalitarismo y la dictadura, Europa emprendi√≥ el camino hacia una unidad del continente capaz de asegurar un orden duradero de paz y justo desarrollo. La dolorosa divisi√≥n que parti√≥ el continente durante d√©cadas ha sido superada pol√≠ticamente, pero la unidad est√° a√ļn, en gran parte, por realizar en la mente y en el coraz√≥n de las personas. Aunque despu√©s de la ca√≠da del tel√≥n de acero, en 1989, algunas esperanzas excesivas quedaron defraudadas, y en algunos aspectos se pueden formular cr√≠ticas justificadas contra algunas instituciones europeas, el proceso de unificaci√≥n se puede considerar un logro de gran alcance, que ha tra√≠do un per√≠odo de paz, desde hac√≠a mucho tiempo desconocido, a este continente, antes desgarrado por continuos conflictos y fatales guerras fratricidas.

Para los pa√≠ses de Europa central y oriental, en particular, la participaci√≥n en ese proceso es un incentivo ulterior para consolidar dentro de sus fronteras la libertad, el estado de derecho y la democracia. A este respecto, quiero recordar la contribuci√≥n que dio mi predecesor el Papa Juan Pablo II a este proceso hist√≥rico. Tambi√©n Austria, como pa√≠s puente, al encontrarse en el conf√≠n entre Occidente y Oriente, ha contribuido en gran medida a esta uni√≥n y adem√°s ‚ÄĒno debemos olvidarlo‚ÄĒ se ha beneficiado mucho de ella.

Europa

La "casa europea", como solemos llamar a la comunidad de este continente, sólo será para todos un buen lugar para vivir si se construye sobre un sólido fundamento cultural y moral de valores comunes tomados de nuestra historia y de nuestras tradiciones. Europa no puede y no debe renegar de sus raíces cristianas, que representan un componente dinámico de nuestra civilización mientras avanzamos por el tercer milenio. El cristianismo ha modelado profundamente este continente, como lo atestiguan en todos los países, particularmente en Austria, no sólo las numerosas iglesias y los importantes monasterios. La fe se manifiesta sobre todo en las innumerables personas a las que, a lo largo de la historia hasta hoy, ha impulsado a una vida de esperanza, amor y misericordia. Mariazell, el gran santuario nacional de Austria, es también un lugar de encuentro para varios pueblos de Europa. Es uno de los lugares en donde los hombres han encontrado, y siguen encontrando, la "fuerza de lo alto" para una vida recta.

En estos d√≠as, el testimonio de la fe cristiana en el centro de Europa se manifiesta tambi√©n en la "III Asamblea ecum√©nica europea" que se est√° celebrando en Sibiu-Hermannstadt (Rumania), cuyo lema es: "La luz de Cristo ilumina a todos los hombres. Esperanza de renovaci√≥n y unidad en Europa". Viene espont√°neamente a la memoria el recuerdo del Katholikentag centro-europeo, que en el a√Īo 2004, con el tema: "Cristo, esperanza de Europa", congreg√≥ a numerosos creyentes en Mariazell.

Hoy se habla a menudo del modelo de vida europeo. Con esa expresi√≥n se alude a un orden social que combina eficacia econ√≥mica con justicia social, pluralismo pol√≠tico con tolerancia, liberalidad con apertura; pero tambi√©n significa conservaci√≥n de valores que otorgan a este continente su caracter√≠stica peculiar. Este modelo, con los condicionamientos de la econom√≠a moderna, afronta un gran desaf√≠o. La ‚ÄĒa menudo citada‚ÄĒ globalizaci√≥n no se puede detener, pero la pol√≠tica tiene la tarea urgente y la gran responsabilidad de regularla y limitarla para evitar que se realice a expensas de los pa√≠ses m√°s pobres y, en los pa√≠ses ricos, de las personas pobres, y que vaya en detrimento de las futuras generaciones.

Ciertamente, como sabemos, Europa tambi√©n ha vivido y sufrido terribles caminos equivocados. Entre ellos: restricciones ideol√≥gicas de la filosof√≠a, de la ciencia y tambi√©n de la fe; el abuso de la religi√≥n y la raz√≥n con fines imperialistas; la degradaci√≥n del hombre mediante un materialismo te√≥rico y pr√°ctico; y, por √ļltimo, la degeneraci√≥n de la tolerancia en una indiferencia sin referencias a valores permanentes. Pero Europa tambi√©n se ha caracterizado por una capacidad de autocr√≠tica que la distingue y cualifica en el vasto panorama de las culturas del mundo.

La vida

Fue en Europa donde se formuló por primera vez la noción de derechos humanos. El derecho humano fundamental, el presupuesto de todos los demás derechos, es el derecho a la vida misma. Esto vale para la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En consecuencia, el aborto no puede ser un derecho humano; es exactamente lo opuesto. Es una "profunda herida social", como destacaba continuamente nuestro difunto hermano el cardenal Franz König.

Al afirmar esto, no expreso solamente una preocupaci√≥n de la Iglesia. M√°s bien, quiero actuar como abogado de una petici√≥n profundamente humana y portavoz de los ni√Īos acer, que no tienen voz. No cierro los ojos ante los problemas y los conflictos que experimentan muchas mujeres, y soy consciente de que la credibilidad de mis palabras depende tambi√©n de lo que la Iglesia misma hace para ayudar a las mujeres que atraviesan dificultades.

En este contexto, hago un llamamiento a los l√≠deres pol√≠ticos para que no permitan que los hijos sean considerados una especie de enfermedad, y para que en vuestro ordenamiento jur√≠dico no sea abolida, en la pr√°ctica, la calificaci√≥n de injusticia atribuida al aborto. Lo digo impulsado por la preocupaci√≥n por los valores humanos. Pero este es s√≥lo un aspecto de lo que nos preocupa. El otro es la necesidad de hacer todo lo posible para que los pa√≠ses europeos est√©n nuevamente dispuestos a acoger a los ni√Īos. Impulsad a los j√≥venes a fundar nuevas familias en el matrimonio y a convertirse en madres y padres. De este modo, no s√≥lo les har√©is un bien a ellos mismos, sino tambi√©n a toda la sociedad. Tambi√©n apoyo decididamente vuestros esfuerzos pol√≠ticos por fomentar condiciones que permitan a las parejas j√≥venes criar a sus hijos. Pero todo ello no servir√≠a de nada si no logramos crear nuevamente en nuestros pa√≠ses un clima de alegr√≠a y confianza en la vida, en el que los ni√Īos no sean considerados una carga, sino un don para todos.

Otra gran preocupaci√≥n que tengo es el debate sobre lo que se ha llamado "ayuda activa a morir". Existe el temor de que, alg√ļn d√≠a, sobre las personas gravemente enfermas se ejerza una presi√≥n t√°cita o incluso expl√≠cita para que soliciten la muerte o se la procuren ellos mismos. La respuesta adecuada al sufrimiento del final de la vida es una atenci√≥n amorosa y el acompa√Īamiento hacia la muerte ‚ÄĒespecialmente con la ayuda de los cuidados paliativos‚ÄĒ y no la "ayuda activa a morir".

Sin embargo, para realizar un acompa√Īamiento humano hacia la muerte hacen falta reformas estructurales en todos los campos del sistema sanitario y social, y la organizaci√≥n de estructuras para los cuidados paliativos. Tambi√©n se deben tomar medidas concretas para el acompa√Īamiento psicol√≥gico y pastoral de las personas gravemente enfermas y de los moribundos, de sus parientes, de los m√©dicos y del anitario. En este campo el "Hospizbewegung" est√° realizando una buena labor. Sin embargo, la totalidad de esas tareas no puede delegarse solamente a ellos. Muchas otras personas deben estar dispuestas ‚ÄĒo ser impulsadas a esa disponibilidad‚ÄĒ a dedicar tiempo e incluso recursos a la asistencia amorosa de los enfermos graves y de los moribundos.

El diálogo de la razón

Por √ļltimo, tambi√©n forma parte de la herencia europea una tradici√≥n de pensamiento que considera esencial una correspondencia sustancial entre fe, verdad y raz√≥n. Aqu√≠, en definitiva, se trata de ver si la raz√≥n est√° al principio de todas las cosas y en su fundamento, o si no es as√≠. Se trata de ver si la realidad tiene su origen en la casualidad y la necesidad y, por tanto, si la raz√≥n es un producto casual secundario de lo irracional y si, en el oc√©ano de la irracionalidad, se convierte, en fin de cuentas, en algo sin sentido; o si es verdad, en cambio, lo que constituye la convicci√≥n de fondo de la fe cristiana: "In principio erat Verbum", "En el principio era la Palabra", es decir, en el origen de todas las cosas est√° la Raz√≥n creadora de Dios, que decidi√≥ comunicarse a nosotros, los seres humanos.

Permitidme citar, en este contexto, a J√ľrgen Habermas, un fil√≥sofo que no profesa la fe cristiana, el cual afirma: "Para la auto-conciencia normativa del tiempo moderno, el cristianismo no ha sido solamente un catalizador. El universalismo igualitario, del que brotaron las ideas de libertad y de convivencia solidaria, es una herencia directa de la justicia jud√≠a y de la √©tica cristiana del amor. Esta herencia, sustancialmente inalterada, ha sido siempre hecha propia de modo cr√≠tico y nuevamente interpretada. Hasta hoy no existe una alternativa a ella".

Las tareas de Europa en el mundo

Sin embargo, por el car√°cter √ļnico de su vocaci√≥n, Europa tiene tambi√©n una responsabilidad √ļnica en el mundo. A este respecto, ante todo no debe renunciar a s√≠ misma. Europa, que desde el punto de vista demogr√°fico est√° envejeciendo r√°pidamente, no debe convertirse en un continente viejo espiritualmente. Adem√°s, ser√° cada vez m√°s consciente de s√≠ misma si asume la responsabilidad que le corresponde en el mundo por su singular tradici√≥n espiritual, por sus extraordinarios recursos y por su gran poder econ√≥mico. Por tanto, la Uni√≥n europea debe desempe√Īar un papel destacado en la lucha contra la pobreza en el mundo y en el compromiso en favor de la paz.

Con gratitud podemos constatar que los pa√≠ses de Europa y la Uni√≥n europea son de los que m√°s contribuyen al desarrollo internacional, pero tambi√©n deber√≠an hacer sentir su importancia pol√≠tica, por ejemplo, ante los urgent√≠simos desaf√≠os que plantea √Āfrica, las inmensas tragedias de ese continente, como el flagelo del sida, la situaci√≥n en Darfur, la injusta explotaci√≥n de los recursos naturales y el preocupante tr√°fico de armas.

Asimismo, los esfuerzos diplomáticos o políticos de Europa y de los países que la integran no pueden descuidar la situación siempre grave de Oriente Próximo, en donde resulta necesaria la contribución de todos para promover la renuncia a la violencia, el diálogo recíproco y una auténtica coexistencia pacífica. También deben seguir mejorando las relaciones de Europa con las naciones de América Latina y con las del continente asiático, mediante oportunos vínculos de intercambio.

Conclusión

Estimado se√Īor presidente federal; ilustres se√Īoras y se√Īores, Austria es un pa√≠s colmado de bendiciones: una gran belleza natural que, a√Īo tras a√Īo, atrae a millones de personas para sus vacaciones; una extraordinaria riqueza cultural, creada y acumulada por muchas generaciones; y numerosas personas dotadas de talento art√≠stico y de gran capacidad creativa. Por doquier se pueden ver los frutos de la diligencia y de las habilidades de la poblaci√≥n que trabaja. Este es un motivo de gratitud y de sano orgullo. Pero, ciertamente, Austria no es una "isla feliz", y no se considera as√≠. La autocr√≠tica siempre es √ļtil y, desde luego, es muy com√ļn en Austria. Un pa√≠s que ha recibido mucho, tambi√©n debe dar mucho. Puede contar en gran medida con sus propios recursos, pero tambi√©n debe exigirse a s√≠ mismo cierta responsabilidad con respecto a los pa√≠ses vecinos, a Europa y al mundo.

Mucho de lo que Austria es y posee, se lo debe a la fe cristiana y a su beneficiosa eficacia sobre las personas. La fe ha modelado profundamente el carácter de este país y a su gente. Por eso, todos deben tener la preocupación de no permitir que un día en este país sólo las piedras hablen del cristianismo. Sin una intensa fe cristiana, Austria ya no sería Austria.

A vosotros y a todos los austriacos, especialmente a los ancianos y los enfermos, as√≠ como a los j√≥venes, que tienen a√ļn la vida por delante, deseo la esperanza, la confianza, la alegr√≠a y la bendici√≥n de Dios. Muchas gracias.

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