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S.S. Pío XI, Carta Encíclica Mens Nostra
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Carta Encíclica Mens Nostra

Del Sumo Pontífice
Pío XI
sobre los ejercicios espirituales

Introducción

1. A ninguno de vosotros, venerables hermanos, se le oculta cu√°l fue nuestra intenci√≥n o nuestro √°nimo cuando, al comenzar este a√Īo, anunciamos al orbe cat√≥lico un jubileo extraordinario para celebrar el quincuag√©simo aniversario de aquel d√≠a en que, recibida la ordenaci√≥n sacerdotal, ofrecimos por vez primera el santo sacrificio del altar.

Porque, como solemnemente declaramos en la constituci√≥n apost√≥lica Auspicantibus Nobis, promulgada el d√≠a 6 de enero de 1929 1 , con dicha celebraci√≥n no s√≥lo quer√≠amos que nuestros queridos hijos, la gran familia cristiana confiada a nuestro coraz√≥n por el benign√≠simo Coraz√≥n Divino, participasen en la alegr√≠a de su Padre com√ļn, y unidos con √©l diesen gracias al Supremo Dador de todo bien, sino que, adem√°s y sobre todo, abrig√°bamos la dulce esperanza de que, franqueados con paternal liberalidad los tesoros celestiales de que el Se√Īor nos ha hecho dispensadores, tendr√≠an los fieles dichosa oportunidad para fortalecerse en la fe, crecer en la piedad y perfecci√≥n cristiana y ajustar fielmente a las normas del Evangelio las costumbres p√ļblicas y privadas; con lo cual, y como fruto hermos√≠simo de la total pacificaci√≥n de cada uno consigo mismo y con Dios, se podr√≠a esperar la mutua pacificaci√≥n de las almas y de los pueblos.

2. No fue vana nuestra esperanza. Porque aquel encendido ardor de devoci√≥n, con que fue acogida la promulgaci√≥n del jubileo, lejos de menguar con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo cada vez m√°s, ayudando a ello el Se√Īor con memorables acontecimientos que har√°n imperecedera la memoria de este a√Īo, verdaderamente de salud.

Con indecible consuelo hemos podido ver, en gran parte con nuestros propios ojos, este magn√≠fico aumento de fe y de piedad, y entra√Īablemente nos hemos complacido en contemplar tan gran muchedumbre de hijos querid√≠simos, a los cuales pudimos recibir en nuestra casa y, por decirlo as√≠, estrechar con paternal afecto contra nuestro coraz√≥n.

Hoy, mientras desde lo m√°s √≠ntimo del alma elevamos al Padre de la misericordia un ardiente himno de gratitud por tantos y tan se√Īalados frutos como El se dign√≥ producir, madurar y cosechar en su vi√Īa durante este A√Īo Jubilar, nuestra pastoral solicitud nos mueve e impulsa a procurar que de tan pr√≥speros comienzos resulten en lo sucesivo grandes y permanentes beneficios para la felicidad y salvaci√≥n de los individuos, y, por tanto, de toda la sociedad.

3. Y meditando Nos c√≥mo podr√≠a esto conseguirse, recordamos que nuestro predecesor, de f. m., Le√≥n XIII, al promulgar en otra ocasi√≥n el santo jubileo, con palabras grav√≠simas, que hac√≠amos nuestras en la citada constituci√≥n Auspicantibus Nobis 2 , exhortaba a todos los fieles a recogerse alg√ļn tiempo para poner en cosas mejores sus pensamientos apegados a la tierra 3 , y recordamos tambi√©n c√≥mo nuestro predecesor, de s. m., P√≠o X, tan celoso promotor y ejemplo vivo de santidad sacerdotal, al promulgar en el a√Īo jub√≠lar de su sacerdocio una piados√≠sima y memorable exhortaci√≥n al clero cat√≥lico 4 , daba ense√Īanzas preciosas y escogidas para elevar a mucha altura el edificio de la vida espiritual.

4. Siguiendo, pues, las huellas de estos Pont√≠fices, hemos juzgado oportuno hacer tambi√©n Nos algo, aconsejando una pr√°ctica excelente, de la cual esperamos que el pueblo cristiano sacar√° much√≠simo y extraordinario provecho. Nos referimos a la pr√°ctica de los Ejercicios espirituales, que deseamos ardientemente se promueva y difunda m√°s y m√°s cada d√≠a, no s√≥lo en ambos cleros, sino tambi√©n entre las agrupaciones de seglares cat√≥licos, y que nos complacemos en dejar a nuestros amados hijos como recuerdo de nuestro A√Īo Jubilar.

Lo cual hacemos con tanto mayor gusto, al declinar ya el a√Īo del quincuag√©simo aniversario de nuestra primera Misa, cuanto que nada nos puede ser m√°s grato que recordar las celestiales gracias e inefables consolaciones que muchas veces hemos experimentado al hacer los Ejercicios espirituales, con cuya pr√°ctica asidua hemos marcado como con otros tantos jalones las distintas etapas de nuestra vida sacerdotal, y hemos sacado luz y alientos para conocer y cumplir el divino benepl√°cito. Nada nos es m√°s grato, finalmente, que recordar cuanto en todo el transcurso de nuestro ministerio sacerdotal trabajamos por instruir al pr√≥jimo en las cosas del cielo por medio de los mismos Ejercicios, con tanto fruto y tan incre√≠ble provecho de las almas, que con raz√≥n juzgamos que los Ejercicios espirituales son y constituyen un especial medio para alcanzar la eterna salvaci√≥n.

I. Importancia, oportunidad y utilidad de los ejercicios

Su valor en nuestro tiempo

5. Y en verdad, venerables hermanos, que al considerar, siquiera sea de paso, los tiempos que vivimos, se verá por más de una razón la importancia, utilidad y oportunidad de los santos retiros. La más grave enfermedad que aflige a nuestra época, siendo fuente fecunda de los males que toda persona sensata lamenta, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres.

De ah√≠ la disipaci√≥n continua y vehemente en las cosas exteriores; de ah√≠ la insaciable codicia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita y extingue en las almas el deseo de bienes m√°s elevados, y de tal manera las enreda en las cosas exteriores y transitorias, que no las deja elevarse a la consideraci√≥n de las verdades eternas, ni de las leyes divinas, ni aun del mismo Dios, √ļnico principio y fin de todo el universo creado; el cual, no obstante, por su infinita bondad y misericordia, en nuestros mismos d√≠as y a pesar de la corrupci√≥n de costumbres que todo lo invade, no deja de atraer a los hombres hacia S√≠ con abundant√≠simas gracias.

Pues para curar esta enfermedad que tan reciamente aflige hoy a los hombres, ¬Ņqu√© remedio y qu√© alivio mejor podr√≠amos proponer que invitar al piadoso retiro de los Ejercicios espirituales a estas almas d√©biles y descuidadas de las cosas eternas? Y, ciertamente, aunque los Ejercicios espirituales no fuesen sino un corto retiro de algunos d√≠as, durante los cuales el hombre, apartado del trato ordinario de los dem√°s y de la bara√ļnda de preocupaciones halla oportunidad, no para emplear dicho tiempo en una quietud ociosa, sino para meditar en los grav√≠simos problemas que siempre han preocupado profundamente al g√©nero humano, los problemas de su origen y de su fin, de d√≥nde viene el hombre y ad√≥nde va; aunque s√≥lo esto fuesen los Ejercicios espirituales, nadie dejar√≠a de ver que de ellos pueden sacarse beneficios no peque√Īos.

Para formar hombres

6. Pero todav√≠a sirven para mucho m√°s. Porque al obligar al hombre al trabajo interior de examinar m√°s atentamente sus pensamientos, palabras y acciones, consider√°ndolo todo con mayor diligencia y penetraci√≥n, es admirable cu√°nto ayudan a las humanas facultades; de suerte que en esta insigne palestra del esp√≠ritu, el entendimiento se acostumbra a pensar con madurez y a ponderar justamente las cosas, la voluntad se fortalece en extremo, las pasiones se sujetan al dominio de la raz√≥n, la actividad toda del hombre, unida a la reflexi√≥n, se ajusta a una norma y regla fija, y el alma, finalmente, se eleva a su nativa nobleza y excelencia, seg√ļn lo declara con una hermosa comparaci√≥n el papa San Gregorio en su libro Pastoral:

¬ęEl alma humana, a la manera del agua, s√≠ va encerrada, sube hacia la alto, volviendo a la misma altura de donde baja; pero si se la deja libre, se pierde, porque se derrama in√ļtilmente en lo m√°s bajo¬Ľ 5 .

Adem√°s, al ejercitarse en las meditaciones espirituales, la mente, gozosa en su Se√Īor, no s√≥lo es avivada como por ciertos est√≠mulos del silencio y fortalecida con inefables raptos, como advierte sabiamente San Euquerio, obispo de Ly√≥n 6 , sino que es invitada por la divina liberalidad a aquel alimento celestial, del que dice Lactancio: Ning√ļn manjar es m√°s sabroso para el alma que el conocimiento de la verdad 7 , y es admitida a aquella escuela de celestial doctrina y palestra de artes divinas 8 , como la llama un antiguo autor (que largo tiempo se crey√≥ fuese San Basilio Magno), donde es Dios todo lo que se aprende, el camino por donde se va, todo aquello por donde se llega al conocimiento de la suprema verdad 9 .

De donde se sigue claramente que los Ejercicios espirituales tienen un maravilloso poder, as√≠ para perfeccionar las facultades naturales del individuo como principalmente para formar al hombre sobrenatural o cristiano. Ciertamente que en estos tiempos, cuando el genuino sentido de Cristo, el esp√≠ritu sobrenatural, esencia de nuestra santa religi√≥n, vive cercado por tantos estorbos e impedimentos, cuando por todas partes domina el naturalismo, que debilita la firmeza de la fe y extingue las llamas de la caridad cristiana, importa sobre toda ponderaci√≥n que el hombre se sustraiga a esa fascinaci√≥n de la vanidad que obnubila lo bueno 10 , y se esconda en aquella bienaventurada soledad, donde, alumbrado por celestial magisterio, aprenda a conocer el verdadero valor y precio de la vida humana para ponerla al servicio de s√≥lo Dios; tenga horror a la fealdad del pecado; conciba el santo temor de Dios; vea claramente, como si se le rasgase un velo, la vanidad de las cosas terrenas, y, advertido por los avisos y ejemplos de Aquel que es el camino, la verdad y la vida 11 , se despoje del hombre viejo 12 , se niegue a s√≠ mismo, y acompa√Īado por la humildad, la obediencia y la voluntaria mortificaci√≥n de s√≠ mismo, se revista de Cristo y se esfuerce en llegar a ser var√≥n perfecto, y se afane por conseguir la completa medida de la edad perfecta seg√ļn Cristo, de la que habla el Ap√≥stol 13 ; y m√°s a√ļn, se empe√Īe con toda su alma en que tambi√©n √©l pueda repetir con el mismo Ap√≥stol: ¬ęYo vivo, o m√°s bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en m√≠¬Ľ 14 . Estos son los grados por los que sube el alma a la consumada perfecci√≥n, y se une suav√≠simamente con Dios, mediante el auxilio de la gracia divina, lograda m√°s copiosamente durante esos d√≠as de retiro, por m√°s fervorosas oraciones y por la participaci√≥n m√°s frecuente de los sagrados misterios.

Cosas son √©stas, venerables hermanos, verdaderamente singulares y excelent√≠simas, que exceden con mucho a la naturaleza. En su feliz consecuci√≥n se hallan, y solamente en ella, el descanso, la felicidad, la verdadera paz, que con tanta sed apetece el alma humana, y que la sociedad actual, arrebatada por la fiebre de placeres, busca in√ļtilmente en el ansia de los bienes inciertos y caducos, en el tumulto y agitaci√≥n de la vida. En cambio, vemos muy bien por experiencia c√≥mo en los Ejercicios espirituales hay una fuerza admirable para devolver la paz a los hombres y elevarlos a la santidad de la vida; lo cual tambi√©n se prueba por la larga pr√°ctica de los siglos pasados, y quiz√° m√°s claramente por la de nuestros d√≠as, cuando una multitud casi innumerable de almas, que bien se han ejercitado en el sagrado retiro de los Ejercicios, salen de ellos arraigadas en Cristo y edificadas sobre El como sobre fundamento 15 , llenas de luz, saturadas de gozo e inundadas por aquella paz que supera a todo sentido 16 .

Para formar apóstoles

7. Pero de esta plenitud de vida cristiana, que a todas luces producen los Ejercicios espirituales, además de la paz interior, brota como espontáneamente otro fruto muy exquisito, que redunda egregiamente en no escaso provecho social: el ansia de ganar almas para Cristo, o lo que llamamos espíritu apostólico. Porque natural efecto de la caridad es que el alma justa, donde Dios mora por la gracia, se encienda maravillosamente en deseos de comunicar a las demás almas aquel conocimiento y aquel amor del Bien infinito que ella misma ha alcanzado y posee.

Ahora bien: en estos tiempos en que la sociedad humana tiene tanta necesidad de auxilios espirituales, cuando las lejanas tierras de las Misiones blanquean ya para la siega 17 y reclaman cada vez m√°s numerosos operarios, cuando nuestros mismos pa√≠ses exigen escogid√≠simas legiones de sacerdotes de ambos cleros que sean id√≥neos dispensadores de los misterios divinos y numerosos ej√©rcitos de piadosos seglares que, unidos estrechamente con el apostolado jer√°rquico, le ayuden con celosa actividad, consagr√°ndose a las m√ļltiples obras y trabajos de la Acci√≥n Cat√≥lica, Nos, venerables hermanos, ense√Īados por el magisterio de la historia, consideramos y celebramos los sagrados retiros de los Ejercicios como Cen√°culos ‚ÄĒalzados como por inspiraci√≥n divina‚ÄĒ donde los corazones generosos, fortalecidos por la gracia, ilustrados por las verdades eternas y alentados por los ejemplos de Cristo, no s√≥lo conocer√°n claramente el valor de las almas y se encender√°n en deseos de salvarlas en cualquier estado de vida en que, despu√©s de diligente examen, crean que deben servir a su Creador, sino que, adem√°s, aprender√°n plenamente el celo, los medios, los trabajos y las arduas empresas del apostolado cristiano.

II. Los ejercicios en la historia de la Iglesia

En el principio de la Iglesia

8. Por lo dem√°s, √©ste fue el procedimiento y m√©todo que nuestro Se√Īor emple√≥ muchas veces para formar los pregoneros del Evangelio. Porque el mismo divino Maestro, no satisfecho con permanecer largos a√Īos en su retiro de Nazaret, antes de brillar a plena luz ante las gentes e instruirlas con su palabra para las cosas del cielo, quiso pasar cuarenta d√≠as enteros en la mayor soledad del desierto.

Y m√°s a√ļn, en medio de las fatigas de la predicaci√≥n evang√©lica, acostumbraba asimismo a invitar a los ap√≥stoles al amable silencio del retiro: Venid aparte a un lugar desierto y reposad un poco 18 ; y, vuelto ya al cielo desde este mundo de trabajos, quiso que sus ap√≥stoles y disc√≠pulos recibieran su √ļltima formaci√≥n y perfecci√≥n en el Cen√°culo de Jerusal√©n, donde por espacio de diez d√≠as perseverando un√°nimes en la oraci√≥n 19 , se hicieron dignos de recibir al Esp√≠ritu Santo: memorable retiro, a la verdad, el primero que bosquej√≥ los Ejercicios espirituales, del que la Iglesia sali√≥ dotada de perenne vigor y pujanza, y en el que, con la presencia y poderos√≠simo patrocinio de la Virgen Mar√≠a, Madre de Dios, se formaron ‚ÄĒjunto con los ap√≥stoles‚ÄĒ aquellos que justamente podr√≠amos llamar los precursores de la Acci√≥n Cat√≥lica.

Desde aquel d√≠a, la pr√°ctica de los Ejercicios espirituales, si no con el nombre y m√©todo que hoy se usa, por lo menos en cuanto a la cosa misma, se hizo familiar entre los antiguos cristianos 20 , como ense√Īa San Francisco de Sales y como lo dan a entender los indicios manifiestos que se encuentran en las obras de los Santos Padres.

As√≠, San Jer√≥nimo exhortaba a la noble matrona Celancia: ¬ęEl√≠gete un lugar conveniente y apartado del tr√°fago familiar, en el cual te refugies como en un puerto. Lee all√≠ tanto la Sagrada Escritura, sea tu oraci√≥n tan asidua, tan s√≥lido y concentrado el pensamiento sobre todo el futuro, que con esa vacaci√≥n f√°cilmente compenses todas las ocupaciones del tiempo restante. Y no decimos esto por apartarte de los tuyos; m√°s bien lo hacemos as√≠, para que all√≠ aprendas y medites c√≥mo habr√°s de portarte con los tuyos¬Ľ 21 '. Y el contempor√°neo de San Jer√≥nimo, San Pedro Cris√≥logo, obispo de R√°vena, dirig√≠a a sus fieles esta conocid√≠sima invitac√≠√≥n: ¬ęHemos dado al cuerpo un a√Īo, concedamos al alma unos d√≠as... Vivamos un poco para Dios, ya que el resto del tiempo lo hemos dedicado al siglo... Resuene en nuestros o√≠dos la voz divina, no ensordezca nuestro o√≠do el tr√°fago familiar... Armados ya as√≠, hermanos, ordenados as√≠ para el combate, declaremos la guerra a los pecados... contando segura nuestra victoria¬Ľ 22 .

En la Edad Media

9. En el decurso de los siglos, los hombres han experimentado siempre en su interior este deseo de la apacible soledad, en la cual, sin testigos, el alma se dedique a las cosas de Dios. M√°s todav√≠a: es cosa averiguada que cuanto m√°s borrascosos son los tiempos por que atraviesa la sociedad humana, con tanta mayor fuerza los hombres sedientos de justicia y verdad son impulsados por el Esp√≠ritu Santo al retiro, ¬ępara que, libres de los apetitos del cuerpo, puedan entregarse m√°s a menudo a la divina sabidur√≠a, en el aula de su coraz√≥n, y all√≠, enmudecido el estr√©pito de los cuidados terrenos, se alegren con meditaciones santas y delicias eternas¬Ľ 23 .

San Ignacio de Loyola

10. Y habiendo Dios suscitado providencialmente en su Iglesia muchos varones, dotados de abundantes dones sobrenaturales y conspicuos por el magisterio de la vida espiritual ‚ÄĒlos cuales dieron sabias normas y m√©todos de asc√©tica aprobad√≠simos, sacados ora de la divina revelaci√≥n, ora de la propia experiencia, ya tambi√©n de la pr√°ctica de los siglos anteriores‚ÄĒ, por disposici√≥n de la divina Providencia y por obra de su insigne siervo Ignacio de Loyola nacieron los Ejercicios espirituales, propiamente dichos: Tesoro ‚ÄĒcomo los llamaba aquel venerable var√≥n de la √≠n a Orden de San Benito, Ludovico Blosio, citado por San Alfonso Mar√≠a de Ligorio en cierta bell√≠sima carta ¬ęSobre los Ejercicios en la soledad¬Ľ‚ÄĒ, ¬ętesoro que Dios ha manifestado a su Iglesia en estos √ļltimos tiempos, por raz√≥n del cual se le deben dar muy rendidas acciones de gracias¬Ľ 24 .

San Carlos Borromeo

11. De estos Ejercicios espirituales, cuya fama se extendió muy pronto por toda la Iglesia, sacó nuevos estímulos para correr más animosamente por el camino de la santidad, entre otros muchos, el venerable y por tantos títulos carísimo para Nos, San Carlos Borromeo, quien, como en otra ocasión recordamos, divulgó su uso entre el clero y el pueblo 25 , no sólo con su continuo trabajo y autoridad, sino tambíén con aptísimas normas y directorios, hasta el punto de fundar una casa con el fin exclusivo de que en ella se practicasen los Ejercicios ignacianos. Esta casa, que el mismo santo cardenal denominó Asceterium, viene a ser, en nuestra opinión, la primera de cuantas más tarde, como feliz copia, han florecido por doquier.

Casas de Ejercicios

12. Pues como de d√≠a en d√≠a creciera en la Iglesia la estima de los Ejercicios, vinieron tambi√©n a multiplicarse por singular manera las casas a ellos reservadas, verdaderos oasis felizmente colocados en el √°rido desierto de esta vida, en los que con alimento espiritual se reaniman y confortan a su vez los fieles de uno y otro sexo. Realmente, despu√©s del enorme desastre de la guerra, que tan acerbamente perturb√≥ a la gran familia humana; despu√©s de tantas heridas como han lastimado la prosperidad espiritual y civil de los pueblos, ¬Ņqui√©n ser√° capaz de enumerar la ingente cifra de los que, viendo c√≥mo se extenuaban y desvanec√≠an las enga√Īosas esperanzas que antes hab√≠an alimentado, entendieron claramente c√≥mo hab√≠an de posponer las cosas terrenas a las celestiales y, empujados por secreta inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, volaron a la conquista de la verdadera paz en el sagrado retiro? Prueba clar√≠sima son todos aquellos que, enamorados de la belleza de una vida m√°s perfecta y santa, o combatidos por las crudel√≠simas tempestades del siglo o conmovidos por las inquietudes de la vida, o envueltos en los fraudes y sofismas del mundo, o atacados por la terrible pestilencia del racionalismo, o seducidos por los placeres de los sentidos, enderezaron un d√≠a sus pasos hacia aquellas santas casas y gozaron del descanso de la soledad, tanto m√°s dulcemente cuanto mayores fueron las pasadas tribulaciones; y con el recuerdo de las cosas del cielo dieron a su vida una orientaci√≥n sobrenatural.

III. Ejercicios espirituales para las diversas clases de hombres

13. uestra parte, mientras de lo íntimo de nuestro corazón agradecido nos alegramos de esos comienzos de excelente piedad, en cuyo acrecentamiento tenemos por cierto que se halla un eficacísimo remedio y auxilio contra los males que amenazan, nos disponemos a secundar con todas nuestras fuerzas los suavísimos designios de la divina bondad, a fin de que esta secreta inspiración, suscitada por el Espíritu Santo en las mentes de los hombres, no quede privada de la deseada abundancia de los dones celestiales.

Para la Curia Pontificia

14. Y esto lo hacemos con tanto mayor gusto cuanto que ya lo vemos hecho uestros predecesores. Largo tiempo hace ya que esta Sede Apost√≥lica, que muchas veces hab√≠a recomendado los Ejercicios espirituales, ense√Īaba tambi√©n a los fieles con su ejemplo y autoridad, convirtiendo los augustos palacios vaticanos, durante unos d√≠as, en Cen√°culo de la oraci√≥n y la meditaci√≥n; costumbre que Nos mismo hemos adoptado espont√°neamente con no peque√Īo gozo y consuelo de nuestra alma. Y para procurar este gozo y consuelo a Nos y a los que cerca de Nos viven, satisfaciendo sus comunes deseos, hemos ordenado ya que se dispongan todas las cosas para que cada a√Īo se practiquen los Ejercicios espirituales en nuestros palacios.

Para los obispos

15. Y bien manifiesta est√° la gran estima que vosotros, venerables hermanos, ten√©is a los Ejercicios espirituales: los practicasteis antes de vuestra ordenaci√≥n sacerdotal y os dedicasteis a ellos antes de recibir la plenitud del orden sacerdotal; m√°s tarde, y no pocas veces, presidiendo vosotros mismos a vuestros sacerdotes, oportunamente convocados, acud√≠s a los mismos para alimentar vuestro esp√≠ritu con la contemplaci√≥n de las verdades eternas. Vuestra conducta a este respecto es tan preclara y meritoria, que Nos no podemos menos de citarla con p√ļblico elogio. Y no juzgamos dignos de menor recomendaci√≥n a aquellos obispos de la Iglesia, tanto oriental como occidental, que, junto con el Metropolitano o Patriarca, se han reunido a veces en piadoso retiro, acomodado a sus oficios y cargos. Ejemplo por cierto muy luminoso que esperamos sea imitado con celosa emulaci√≥n cuando lo consienta la naturaleza de las cosas. Y no habr√°, acaso, gran dificultad en esto si tales retiros se hacen con ocasi√≥n de aquellas reuniones que celebran por oficio todos los prelados de alguna provincia eclesi√°stica, ya para atender al bien com√ļn de las almas, ya para deliberar sobre lo que m√°s reclame la condici√≥n de los tiempos. Esto es lo que Nos pens√°bamos hacer con todos los obispos de la regi√≥n lombarda en aquel brev√≠simo tiempo en que gobernamos la Iglesia de Mil√°n, y sin duda lo habr√≠amos realizado en aquel primer a√Īo de pontificado si la Providencia no hubiese tenido otros secretos designios sobre nuestra humilde persona.

Para sacerdotes y religiosos

16. Con raz√≥n, pues, estamos convencidos de que los sacerdotes y religiosos que, anticip√°ndose a la ley de la Iglesia, con laudable empe√Īo practicaban con frecuencia los Ejercicios espirituales, en lo futuro emplear√°n con tanta mayor diligencia este medio de santificaci√≥n cuanto m√°s gravemente les obliga a ello la autoridad de los sagrados c√°nones.

Por lo cual exhortamos insistentemente a los sacerdotes del clero secular a que sean fieles en practicar los Ejercicios espirituales, al menos en aquella módica medida que el Código del Derecho Canónico les prescribe 26 , de suerte que los emprendan y lleven adelante con ardiente deseo de su perfección, para que adquieran aquella abundancia de espíritu sobrenatural, que les es sumamente necesaria para procurar el provecho espiritual de la grey a ellos encomendada y para conquistar muchas almas para Cristo.

Ese es el camino que han seguido siempre todos los sacerdotes que, ardiendo en celo de las almas, más se han distinguido en dirigir al prójimo por la senda de la santidad y en formar al clero, como, por citar un ejemplo moderno, el beato José Cafasso, recientemente elevado os al honor de los altares. Pues siempre fue cosa ordinaria en aquel varón santísimo el dedicarse asiduamente a los Ejercicios espirituales, con los cuales se santificara más eficazmente a sí propio y a los otros ministros de Cristo y conociera los celestiales designios; siendo al salir de uno de esos sagrados retiros cuando, enriquecido con luz divina, indicó claramente a un sacerdote joven, penitente suyo, que siguiera aquel camino que le condujo a él al sumo grado de la virtud: nos referimos al beato Juan Bosco, cuyo solo nombre es su mayor elogio.

Los religiosos, que est√°n obligados a practicar cada a√Īo los santos Ejercicios 27 , cualquiera que sea la regla en que militen, hallar√°n sin duda en estos sagrados retiros una rica e inagotable mina de bienes celestiales, que todos pueden alcanzar seg√ļn la necesidad de cada uno, para progresar m√°s y m√°s en la perfecci√≥n y andar con m√°s aliento el camino de los consejos evang√©licos. Porque los Ejercicios anuales son un m√≠stico Arbol de vida 28 , con cuyos frutos tanto los individuos como las comunidades crecer√°n en aquella laudable santidad con que debe florecer toda familia religiosa.

Y no crean los sacerdotes de uno y otro clero que el tiempo dedicado a los Ejercicios espirituales cede en detrimento del ministerio apost√≥lico. Conviene a este prop√≥sito o√≠r a San Bernardo, quien no dudaba en escribir al Sumo Pont√≠fice beato Eugenio III, de quien hab√≠a sido maestro, estas palabras: ¬ęSi quieres ser todo para todos, a imitaci√≥n de Aquel que se hizo todo para todos, alabo tu humanidad, con tal que sea completa. Mas ¬Ņc√≥mo ser√° completa si te excluyes a ti mismo? Tambi√©n t√ļ eres hombre; luego para que tu humanidad sea completa e √≠ntegra, debe acoger en su seno a ti y a todos los dem√°s; porque de otro modo, ¬Ņde qu√© te sirve ganar todo el mundo si t√ļ te pierdes? Por lo cual, cuando todos te posean, pos√©ete t√ļ tambi√©n. Acu√©rdate, no digo siempre, no digo a menudo, sino a lo menos algunas veces, de volverte a ti mismo¬Ľ 29 .

Para los laicos de Acción Católica

17. Con no menor solicitud, venerables hermanos, aconsejamos que con los Ejercicios espirituales se formen canvenientemente las m√ļltiples legiones de la Acci√≥n Cat√≥lica; la cual no desistimos ni desistiremos nunca de fomentar y recomendar con todas nuestras fuerzas, porque tenemos por ut√≠l√≠sima ( o decir necesaria) la participaci√≥n de los seglares en el apostolado jer√°rqu√≠co.

No tenemos ciertamente palabras bastantes con que poder expresar la singular alegr√≠a que nos ha inundado al saber que casi en todas partes se han organizado tandas especiales de santos Ejercicios en que se ejercitan estos pac√≠ficos y valerosos soldados de Cristo, y principalmente los grupos de los j√≥venes. Los cuales, al acudir frecuentemente a ellos a fin de estar cada vez m√°s preparados y prontos para pelear las sagradas batallas del Se√Īor, en ellos no s√≥lo hallan medios para imprimir en s√≠ m√°s perfectamente el sello de la vida cristiana, sino que tampoco es raro que oigan en su coraz√≥n la secreta voz de Dios, que los llama a los sagrados ministerios y a promover la salud de las almas, y hasta los impulsa a ejercitar plenamente el apostolado. Espl√©ndida es, en verdad, esta aurora de bienes celestiales, a la que seguir√° y coronar√° en breve un d√≠a pleno con tal que la pr√°ctica de los Ejercicios espirituales se propague m√°s extensamente y se difunda con inteligencia y prudenc√≠a entre las varias asociaciones de cat√≥licos, en especial de j√≥venes 30 .

Para todos

18. Y como en nuestros tiempos los bienes temporales y las comodidades a ellos consiguientes, juntamente con cierto grado de bienestar, han alcanzado, y no poco, a los obreros y dem√°s personas que viven de un sueldo, alz√°ndolos a un plano mejor de vida, se ha de atribuir a la bondad de Dios misericordioso y pr√≥vido el que tambi√©n se reparta entre el com√ļn de los fieles este celestial tesoro de los Ejercicios espirituales, que, a manera de contrapeso, contenga a los hombres, no sea que, oprimidos por el peso de las cosas perecederas y hundi√©ndose en las comodidades y atractivos de esta vida, caigan miserablemente en las doctrinas y costumbres del materialismo. Por esto, con raz√≥n favorecemos con ardiente celo las Obras ¬ęen pro de los Ejercicios¬Ľ que en algunas regiones van creciendo, y, sobre todo, los fruct√≠feros y oportunos ¬ęEjercicios de Obreros¬Ľ con las anejas ¬ęAsociaciones de Perseverancia¬Ľ; y todas estas cosas, venerables hermanos, deseamos recomendar a vuestra actividad y solicitud pastorales.

IV. Modo de hacer los ejercicios

19. Mas para que los frutos que hemos enumerado se sigan de los santos Ejercicios, es preciso hacerlos con la d a diligencia; porque, si s√≥lo por rutina o perezosa y negligentemente se practican estos Ejercicios, poco o ning√ļn provecho se obtendr√° ciertamente de ellos.

Soledad y ausencia de cuidados

20. Por lo tanto, es preciso, ante todo, que en la soledad el alma se entregue a las sagradas meditaciones, alejando todos los cuidados y preocupaciones de la vida ordinaria; pues, como claramente ense√Īa el √°ureo librito ¬ęDe la Imitaci√≥n de Cristo¬Ľ: En el silencio y la soledad aprovecha el alma devota 31 . As√≠, pues, aunque pensamos que las santas meditaciones, con que p√ļblicamente se ejercitan las masas, son de alabar y se han de promover con toda pastoral solicitud, como enriquecidas por Dios con m√ļltiples bendiciones, sin embargo, recomendamos principalmente los Ejercicios espirituales practicados en secreto, los que llaman ¬ęcerrados¬Ľ, en los que el hombre se aparta con m√°s facilidad del trato con las criaturas y recoge las distra√≠das facultades de su alma para dedicarse s√≥lo a s√≠ mismo y a Dios, por medio de la contemplaci√≥n de las verdades eternas.

Tiempo suficiente

21. Adem√°s, los Ejercicios espirituales genuinos requieren que se invierta en ellos cierto espacio de tiempo. Y aunque, seg√ļn las circunstancias de las cosas y de las personas, pueden reducirse a pocos d√≠as o extenderse a todo un mes, no se han de abreviar demasiado, si se quieren obtener todos los beneficios que prometen los Ejercicios. Porque as√≠ como la salubridad de un lugar s√≥lo favorece a la salud del cuerpo cuando se vive all√≠ durante alg√ļn tiempo, as√≠ el saludable arte de las sagradas meditaciones no ayuda eficazmente al alma si no se ejercita durante cierto tiempo.

Método óptimo

22. Finalmente, interesa en sumo grado, para hacer bien los Ejercicios espirituales y sacar de ellos el d o fruto, que se practiquen con un método bueno y apropiado.

Y es cosa averiguada que, entre todos los m√©todos de Ejercicios espirituales que muy laudablemente se fundan en los principios de la sana asc√©tica cat√≥lica, uno principalmente ha obtenido siempre la primac√≠a. El cual, adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede, y ensalzado con las alabanzas de varones preclaros en santidad y ciencia del esp√≠ritu, ha producido en el espacio de casi cuatro siglos grandes frutos de santidad. Nos referimos al m√©todo introducido por San Ignacio de Loyola, al que cumple llamar especial y principal Maestro de los Ejercicios espirituales, cuyo admirable libro de los Ejercicios 32 , peque√Īo ciertamente en volumen, pero repleto de celestial sabidur√≠a, desde que fue solemnemente aprobado, alabado y recomendado uestro predecesor, de feliz recordaci√≥n, Paulo III 33 , ya desde entonces, repetiremos las palabras empleadas en cierta ocasi√≥n os, antes de que fu√©semos elevado a la c√°tedra de Pedro, ¬ęsobresali√≥ y resplandeci√≥ como c√≥digo sapient√≠s√≠mo y completamente universal de normas para dirigir las almas por el camino de la salvaci√≥n y de la perfecci√≥n; como fuente inexhausta de piedad muy eximia a la vez que muy s√≥lida, y como fort√≠simo est√≠mulo y perit√≠simo maestro para procurar la reforma de las costumbres y alcanzar la cima de la vida espiritual¬Ľ 34 . Y cuando, al comienzo de nuestro pontificado, ¬ęcorrespondiendo a los ardent√≠simos deseos y votos¬Ľ de los Prelados de casi todo el orbe cat√≥lico y de uno y otro rito¬Ľ por la constituci√≥n apost√≥lica Summorum Pontificum, fechada el d√≠a 25 de julio de 1922, ¬ędeclaramos y constituimos a San Ignacio de Loyola celestial Patrono de todos los Ejercicios espirituales y, por consiguiente, de todos los institutos, asociaciones y congregaciones de cualquier clase que ayudan y atienden a los que practican Ejercicios espirituales¬Ľ 35 , hicimos m√°s que sancionar con nuestra suprema autoridad lo que estaba en el com√ļn sentir de los pastores y de los fieles: lo cual hab√≠an dicho impl√≠citamente, junto con el citado Paulo III, nuestros insignes predecesores Alejandro VII 36 , Benedicto XIV 37 , al tributar repetidos elogios a los Ejercicios ignacianos 38 ; los cuales enaltecieron con grandes encomios y aun con el mismo ejemplo de las virtudes que en esta palestra hab√≠an adquirido o aumentado todos aquellos que ‚ÄĒpara decirlo como el mismo Le√≥n XIII‚ÄĒ florecieron m√°s en la doctrina asc√©tica o en santidad de vida 39 , en los cuatro √ļltimos siglos.

Y, ciertamente, la excelencia de la doctrina espiritual, enteramente apartada de los peligros y errores del falso misticismo, la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquier clase y estado de personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en negocios seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales, finalmente, que, una vez sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos 40 , a las más elevadas cumbres de la oración y del amor divino: sin duda alguna, tales son todas estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus Ejercicios.

Retiro mensual

23. Resta, venerables hermanos, que para conservar y defender el fruto de los Ejercicios espirituales, que con tantas alabanzas hemos encomiado, y renovar su saludable recuerdo, recomendemos encarecidamente una piadosa costumbre que bien puede llamarse breve repetici√≥n de los mismos Ejercicios, esto es, el retiro mensual o a lo menos trimestral. Esta costumbre, que ‚ÄĒusando las mismas palabras de nuestro predecesor, de s. m., P√≠o X‚ÄĒ vemos gustosos introducirse en muchos lugares 41 y que est√° en vigor principalmente entre las comunidades religiosas y los sacerdotes piadosos del clero secular, deseamos vehementemente que se introduzca entre los mismos seglares, pues realmente cede en no peque√Īa utilidad de los mismos; sobre todo entre los que, absorbidos por los cuidados de la familia o enredados en negocios, est√©n impedidos de hacer Ejercicios espirituales; porque con estos retiros podr√°n suplir, al menos en parte, los deseados provechos de los mismos Ejercicios.

Conclusión

24. De este modo, venerables hermanos, si por todas partes y por todas las clases de la sociedad cristiana se difundieren y diligentemente se practicaren los Ejercicios espirituales, seguirá una regeneración espiritual; se fomentará la piedad, se robustecerán las energías religiosas, se extenderá el fructífero ministerio apostólico y, finalmente, reinará la paz en los individuos y en la sociedad.

Mientras, sereno el cielo y callada la tierra, la noche alcanzaba la mitad de su curso, en el retiro, lejos del concurso de hombres, el Verbo eterno del Padre, hecho carne, apareci√≥ a los mortales y en las regiones et√©reas reson√≥ el himno celestial: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad 42 . Este preg√≥n de la paz cristiana ‚ÄĒla paz de Cristo en el reino de Cristo‚ÄĒ, manifestaci√≥n del deseo mayor de nuestro coraz√≥n apost√≥lico, al que intensamente se dirigen nuestras intenciones y trabajos, herir√° profundamente las almas de los cristianos que, apartados del tumulto y de las vanidades del siglo, repasaren en profunda y escondida soledad las verdades de la fe y los ejemplos de Aquel que trajo la paz al mundo y se la dej√≥ como herencia: Mi paz os doy 43 .

Esta verdadera paz, venerables hermanos, anhelamos de coraz√≥n para vosotros en este mismo d√≠a en que, por favor de Dios, se cumple el quincuag√©simo a√Īo de nuestro sacerdocio; y la misma con fervorosas oraciones pedimos a Aquel que es saludado como Pr√≠ncipe de la paz, al aproximarse la dulc√≠sima fiesta del Nacimiento de Nuestro Se√Īor Jesucristo, que puede llamarse misterio de paz.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de diciembre de 1929, octavo de nuestro pontificado.


1

AAS 21 (19291) 5.

2

Ibíd., 6.

3

Enc. Quod auctoritate (22 dic. 1885): AL 2,175ss.

4

Exhort. al clero cat. Haerent animo (4 ag. 1908): ASS 41,555-577.

5

S. Greg. M., Pastoral 1,3: PL 77,73.

6

S. Euquerio, De laude eremi 37; PL 50,709.

7

Lactanc., De falsa relig. 1,1; PL 6,118.

8

S. Basil. M., De laude solit. vitae, en Opera omnia (Venecia 1751) 2,379.

9

Ibíd.

10

Sab 4,12.

11

Jn 14,6.

12

Rom 13,14.

13

Ef 4,13.

14

G√°l 2,20.

15

Col 2,7.

16

Flp 4,7.

17

Jn 4,35.

18

Mc 6,31.

19

Hech 1,14.

20

S. Franc. de Sales, Traité de l'amour de Dieu 12,8.

21

S. Jerón., Ep. 148 ad Celant., 24: PL 22,1216.

22

S. Pedro Crisól., serm.12: PL 52,186.

23

S. León M., serm.19: PL 54,186.

24

S. Alf. M. Liguori, Lettera sull'utilità degli Esercizi in solitudine: Opere ascet. (Marietti 1847) 3,616.

25

Const. ap. Summorum Pontificum (20 jul. 1922): AAS 14,421.

26

CIC (1917) c.126.

27

Ibíd., c.595 § 1.

28

Gén 2,9.

29

S. Bern., De consider. 1,5: PL 1$2,734.

30

Cf. Ordine del giorno di Mons. Radini-Tedeschi: ¬ęCongr. Catol. Ital.¬Ľ (1895).

31

De imit. Chr. 1,20,6.

32

Brev. Rom. in festo S. Ign. (31 jul.) 4,4.

33

Let. ap. Pastoralis officii 31 jul. 1548.

34

S. Carlo e gli Esercizi spirituali di S. Ignacio: ¬ęS. Carlo Borromeo nel 3.¬į Centenario dalla Ganonizzazione¬Ľ n.23 (sept. 1910) 488.

35

Const. ap. Summorum Pontificum (25 jul. 1922): AAS 14,420.

36

Let, ap. Cum sicut (12 oct. 1647).

37

Let. ap. Quantum secessus (20 marzo 1753); Let. ap. Dedimus sane (16 mayo 1753).

38

Ep. Ignatianae commentationes (8 febr. 1900): AL 7,373.

39

Ibíd.

40

Ep. ap. Pío XI, Nous avons appris (29 marzo 1929) ad Card. Dubois.

41

Exhort. ad cler. cath. Haerent animo (4 agosto 1908): ASS 41,575.

42

Lc 2,14.

43

Jn 14,27.
Consultas

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