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S.S. León XIII, Carta Encíclica Providentissimus Deus
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Carta Encíclica Providentissimus Deus

Del Sumo Pontífice León XIII sobre los estudios bíblicos

1. La providencia de Dios, que por un admirable designio de amor elev√≥ en sus comienzos al g√©nero humano a la participaci√≥n de la naturaleza divina y, sac√°ndolo despu√©s del pecado y de la ruina original, lo restituy√≥ a su primitiva dignidad, quiso darle adem√°s el precioso auxilio de abrirle por un medio sobrenatural los tesoros ocultos de su divinidad, de su sab√≠dur√≠a y de su misericordia 1 . Pues aunque en la divina revelaci√≥n se contengan tambi√©n cosas que no son inaccesibles a la raz√≥n humana y que han sido reveladas al hombre, ¬ęa fin de que todos puedan conocerlas f√°cilmente, con firme certeza y sin mezcla de error, no puede decirse por ello, sin embargo, que esta revelaci√≥n sea necesaria de una manera absoluta, sino porque Dios en su infinita bondad ha destinado al hombre a su fin sobrenatural¬Ľ 2 . ¬ęEsta revelaci√≥n sobrenatural, seg√ļn la fe de la Iglesia universal¬Ľ, se halla contenida tanto ¬ęen las tradiciones no escritas¬Ľ como ¬ęen los libros escritos¬Ľ, llamados sagrados y can√≥nicos porque, ¬ęescritos bajo la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, tienen a Dios por autor y en tal concepto han sido dados a la Iglesia¬Ľ 3 . Eso es lo que la Iglesia no ha cesado de pensar ni de profesar p√ļblicamente respecto de los libros de uno y otro Testamento. Conocidos son los documentos antiguos e important√≠simos en los cuales se afirma que Dios ‚ÄĒque habl√≥ primeramente por los profetas, despu√©s por s√≠ mismo y luego por los ap√≥stoles‚ÄĒ nos ha dado tambi√©n la Escritura que se llama can√≥nica 4 , y que no es otra cosa sino los or√°culos y las palabras divinas 5 , una carta otorgada por el Padre celestial al g√©nero humano, en peregrinaci√≥n fuera de su patria, y transmitida por los autores sagrados 6 . Siendo tan grande la excelencia y el valor de las Escrituras, que, teniendo a Dios mismo por autor, contienen la indicaci√≥n de sus m√°s altos misterios, de sus designios y de sus obras, s√≠guese de aqu√≠ que la parte de la teolog√≠a que se ocupa en la conservaci√≥n y en la interpretaci√≥n de estos libros divinos es de suma importancia y de la m√°s grande utilidad.

2. Y as√≠ Nos, de la misma manera que hemos procurado, y no sin fruto, gracias a Dios, hacer progresar con frecuentes enc√≠clicas y exhortaciones otras ciencias que nos parec√≠an muy provechosas para el acrecentamiento de la gloria divina y de la salvaci√≥n de los hombres, as√≠ tambi√©n nos propusimos desde hace mucho tiempo excitar y recomendar este nobil√≠simo estudio de las Sagradas Letras y dirigirlo de una manera m√°s conforme a las necesidades de los tiempos actuales. Nos mueve, y en cierto modo nos impulsa, la solicitud de nuestro cargo apost√≥lico, no solamente a desear que esta preciosa fuente de la revelaci√≥n cat√≥lica est√© abierta con la mayor seguridad y amplitud para la utilidad del pueblo cristiano, sino tambi√©n a no tolerar que sea enturbiada, en ninguna de sus partes, ya por aquellos a quienes mueve una audacia imp√≠a y que atacan abiertamente a la Sagrada Escritura, ya por los que suscitan a cada paso novedades enga√Īosas e imprudentes.

3. No ignoramos, ciertamente, venerables hermanos, que no pocos católicos sabios y de talento se dedican con ardor a defender los libros santos o a procurar un mayor conocimiento e inteligencia de los mismos. Pero, alabando a justo título sus trabajos y sus frutos, no podemos dejar de exhortar a los demás cuyo talento, ciencia y piedad prometen en esta obra excelentes resultados, a hacerse dignos del mismo elogio. Queremos ardientemente que sean muchos los que emprendan como conviene la defensa de las Sagradas Letras y se mantengan en ello con constancia; sobre todo, que aquellos que han sido llamados, por la gracia de Dios, a las órdenes sagradas, pongan de día en día mayor cuidado y diligencia en leer, meditar y explicar las Escrituras, pues nada hay más conforme a su estado.

4. Aparte de su importancia y de la reverencia d a a la palabra de Dios, el principal motivo que nos hace tan recomendable el estudio de la Sagrada Escritura son las m√ļltiples ventajas que sabemos han de resultar de ello, seg√ļn la promesa cierta del Esp√≠ritu Santo: ¬ęToda la Escritura, divinamente inspirada, es √ļtil para ense√Īar, para arg√ľir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y pronto a toda buena obra¬Ľ 7 . Los ejemplos de Nuestro Se√Īor Jesucristo y de los ap√≥stoles demuestran que con este designio ha dado Dios a los hombres las Escrituras. Jes√ļs mismo, en efecto, que ¬ęse ha conciliado la autoridad con los milagros y que ha merecido la fe por su autoridad y ha ganado a la multitud por la fe¬Ľ 8 , ten√≠a costumbre de apelar a la Sagrada Escritura en testimonio de su divina misi√≥n. En ocasiones se sirve de los libros santos para declarar que es el enviado de Dios y Dios mismo; de ellos toma argumentos para instruir a sus disc√≠pulos y para apoyar su doctrina; defiende sus testimonios contra las calumnias de sus enemigos, los opone a los fariseos y saduceos en sus respuestas y los vuelve contra el mismo Satan√°s, que atrevidamente le solicitaba; los emplea aun al fin de su vida y, una vez resucitado, los explica a sus disc√≠pulos hasta que sube a la gloria de su Padre.

5. Los ap√≥stoles, de acuerdo con la palabra y las ense√Īanzas del Maestro y aunque El mismo les concedi√≥ el don de hacer milagros 9 , sacaron de los libros divinos un gran medio de acci√≥n para propagar por todas las naciones la sabidur√≠a cristiana, vencer la obstinaci√≥n de los jud√≠os y sofocar las herej√≠as nacientes. Este hecho resalta en todos sus discursos, y en primer t√©rmino en los de San Pedro, los cuales tejieron en gran parte de textos del Antiguo Testamento el apoyo m√°s firme de la Nueva Ley. Y lo mismo aparece en los evangelios de San Mateo y San Juan y en las ep√≠stolas llamadas Cat√≥licas; y de manera clar√≠sima en el testionio de aquel que se gloriaba de haber estudiado la ley de Mois√©s y los Profetas ¬ęa los pies de Gamaliel¬Ľ, para poder decir despu√©s con confianza, provisto de armas espirituales: ¬ęLas armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas para con Dios¬Ľ 10 .

6. Que todos, pues, y muy especialmente los soldados de la sagrada milicia, comprendan, por los ejemplos de Cristo y de los ap√≥stoles, en cu√°nta estimaci√≥n deben ser tenidas las divinas Letras y con cu√°nto celo y con qu√© respeto les es preciso aproximarse a este arsenal. Porque aquellos que deben tratar, sea entre doctos o entre ignorantes, la doctrina de la verdad, en ninguna parte fuera de los libros santos encontrar√°n ense√Īanzas m√°s numerosas y m√°s completas sobre Dios, Bien sumo y perfect√≠simo, y sobre las obras que ponen de manifiesto su gloria y su amor. Acerca del Salvador del g√©nero humano, ning√ļn texto tan fecundo y conmovedor como los que se encuentran en toda la Biblia, y por esto ha podido San Jer√≥nimo afirmar con raz√≥n ¬ęque la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo¬Ľ 11 , en ellas se ve viva y palpitante su imagen, de la cual se difunde por manera maravillosa el alivio de los males, la exhortaci√≥n a la virtud y la invitaci√≥n al amor divino. Y en lo concerniente a la Iglesia, su instituci√≥n, sus caracteres, su misi√≥n v sus dones se encuentran con tanta frecuencia en la Escritura y existen en su favor tantos y tan s√≥lidos argumentos, que el mismo San Jer√≥nimo ha podido decir con mucha raz√≥n: ¬ęAquel que se apoya en los testimonios de los libros santos es el baluarte de la Iglesia¬Ľ 12 . Si lo que se busca es algo relacionado con la conformaci√≥n y disciplina de la vida y de las costumbres, los hombres apost√≥licos encontrar√°n en la Biblia grandes y excelentes recursos: prescripciones llenas de santidad, exhortaciones sazonadas de suavidad y de fuerza, notables ejemplos de todas las virtudes, a lo cual se a√Īade, en nombre y con palabras del mismo Dios, la important√≠sima promesa de las recompensas y el anuncio de las penas para toda la eternidad.

7. Esta virtud propia y singular de las Escrituras, procedente del soplo divino del Esp√≠ritu Santo, es la que da autoridad al orador sagrado, le presta libertad apost√≥lica en el hablar y le suministra una elocuencia vigorosa y convincente. El que lleva en su discurso el esp√≠ritu y la fuerza de la palabra divina ¬ęno habla solamente con la lengua, sino con la virtud del Esp√≠ritu Santo y con grande abundancia¬Ľ 13 . Obran, pues, con torpeza e imprevisi√≥n los que hablan de la religi√≥n y anuncian los preceptos divinos sin invocar apenas otra autoridad que las de la ciencia y de la sabiduria humana, apoy√°ndose m√°s en sus propios argumentos que en los argumentos divinos. Su discurso, aunque brillante, ser√° necesariamente l√°nguido y fr√≠o, como privado que est√° del fuego de la palabra de Dios 14 , y est√° muy lejos de la virtud que posee el lenguaje divino: ¬ęPues la palabra de Dios es viva y eficaz y m√°s penetrante que una espada de dos filos y llega hasta la divisi√≥n del alma y del esp√≠ritu¬Ľ 15 . Aparte de esto, los mismos sabios deben convenir en que existe en las Sagradas Letras una elocuencia admirablemente variada, rica y m√°s digna de los m√°s grandes objetos; esto es lo que San Agust√≠n ha comprendido y perfectamente probado 16 y lo que confirma la experiencia de los mejores oradores sagrados, que han reconocido, con agradecimiento a Dios, que deben su fama a la asidua familiaridad y piadosa meditaci√≥n de la Biblia.

8. Conociendo a fondo todas estas riquezas en la teor√≠a y en la pr√°ctica, los Santos Padres no cesaron de elogiar las Divinas Letras y los frutos que de ellas se pueden obtener. En m√°s de un pasaje de sus obras llaman a los libros santos ¬ęriqu√≠simo tesoro de las doctrinas celestiales¬Ľ 17 y ¬ęeterno manantial de salvaci√≥n¬Ľ 18 , y los comparan a f√©rtiles praderas y a deliciosos jardines, en los que la grey del Se√Īor encuentra una fuerza admirable y un maravilloso encanto 19 . Aqu√≠ viene bien lo que dec√≠a San Jer√≥nimo al cl√©rigo Nepociano: ¬ęLee a menudo las divinas Escrituras; m√°s a√ļn, no se te caiga nunca de las manos la sagrada lectura; aprende lo que debes ense√Īar...; la predicaci√≥n del presb√≠tero debe estar sazonada con la lecci√≥n de las Escrituras¬Ľ 20 , y concuerda la opini√≥n de San Gregorio Magno, que ha descrito como nadie los deberes de los pastores de la Iglesia: ¬ęEs necesario ‚ÄĒdice‚ÄĒ que los que se dedican al ministerio de la predicaci√≥n no se aparten del estudio de los libros santos¬Ľ 21 .

9. Y aqu√≠ nos place recordar este aviso de San Agust√≠n: ¬ęNo ser√° en lo exterior un verdadero predicador de la palabra de Dios aquel que no la escucha en el interior de s√≠ mismo¬Ľ 22 ; y este consejo de San Gregorio a los predicadores sagrados: ¬ęque antes de llevar la palabra divina a los otros se examinen a s√≠ m√≠smos, no sea que, procurando las buenas acciones de los dem√°s, se descuiden de s√≠ propios¬Ľ 23 . Mas esto hab√≠a ya sido advertido, siguiendo el ejemplo y la ense√Īanza de Cristo, que empez√≥ a obrar y a ense√Īar 24 , por la voz del Ap√≥stol al dirigirse no solamente a Timoteo, sino a todo el orden de los eclesi√°sticos con este precepto: ¬ęVela con atenci√≥n sobre ti y sobre la doctrina, insiste en estas cosas; pues obrando as√≠, te salvar√°s a ti mismo y salvar√°s a tus oyentes¬Ľ 25 . Y ciertamente, para la propia y ajena santificaci√≥n, se encuentran preciosas ayudas en los libros santos, y abundan sobre todo en los Salmos; pero s√≥lo para aquellos que presten a la divina palabra no solamente un esp√≠ritu d√≥cil y atento, sino adem√°s una perfecta y piadosa disposici√≥n de la voluntad. Porque la condici√≥n de estos libros no es com√ļn, sino que, por haber sido dictados por el mismo Esp√≠ritu Santo, contienen verdades muy importantes, ocultas y dif√≠ciles de interpretar en muchos puntos; y por ello, para comprenderlos y explicarlos, tenemos siempre necesidad de la presencia de este mismo Esp√≠ritu 26 , esto es, de su luz y de su gracia, que, como frecuentemente nos advierte la autoridad del divino salmista, deben ser imploradas por medio de la oraci√≥n humilde y conservadas por la santidad de vida.

10. Y en esto aparece de un modo esplendoroso la previsi√≥n de la Iglesia, la cual, ¬ępara que este celestial tesoro de los libros sagrados, que el Esp√≠ritu Santo entreg√≥ a los hombres con soberana liberalidad, no fuera desatendido¬Ľ 27 , ha prove√≠do en todo tiempo con las mejores instituciones y preceptos. Y as√≠ estableci√≥ no solamente que una gran parte de ellos fuera le√≠da y meditada por todos sus ministros en el oficio diario de la sagrada salmodia, sino que fueran explicados e interpretados por hombres doctos en las catedrales, en los monasterios y en los conventos de regulares donde pudiera prosperar su estudio: y orden√≥ rigurosamente que los domingos y fiestas solemnes sean alimentados los fieles con las palabras saludables del Evangelio 28 . Asimismo, a la prudencia y vigilancia de la Iglesia se debe aquella veneraci√≥n a la Sagrada Escritura, en todo tiempo floreciente y fecunda en frutos de salvaci√≥n.

11. Para confirmar nuestros argumentos y nuestras exhortaciones, queremos recordar que todos los hombres notables por la santidad de su vida y por su conocimiento de las cosas divinas, desde los principios de la religi√≥n cristiana, han cultivado siempre con asiduidad el estudio de las Sagradas Letras. Vemos que los disc√≠pulos m√°s inmediatos de los ap√≥stoles, entre los que citaremos a Clemente de Roma, a Ignacio de Antioqu√≠a, a Policarpo, a todos los apologistas, especialmente Justino e Ireneo, para sus cartas y sus libros, destinados ora a la defensa, ora a la propagaci√≥n de los dogmas divinos, sacaron de las divinas Letras toda su fe, su fuerza y su piedad. En las escuelas catequ√©ticas y teol√≥gicas que se fundaron en la jurisdicci√≥n de muchas sedes episcopales, y entre las que figuran como m√°s c√©lebres las de Alejandr√≠a y Antioqu√≠a, la ense√Īanza que en ellas se daba no consist√≠a, por decirlo as√≠, m√°s que en la lectura, explicaci√≥n y defensa de la palabra de Dios escrita. De estas aulas salieron la mayor parte de los Santos Padres y escritores, cuyos profundos estudios y notables obras se sucedieron durante tres siglos con tan grande abundancia, que este per√≠odo fue llamado con raz√≥n la Edad de Oro de la ex√©gesis b√≠blica.

12. Entre los orientales, el primer puesto corresponde a Orígenes, hombre admirable por la rápida concepción de su entendimiento y por la constancia en sus trabajos, en cuyas numerosos escritos y en la inmensa obra de sus Hexaplas puede decirse que se han inspirado casi todos sus sucesores. Entre los muchos que han extendido los límites de esta ciencia es preciso enumerar como los más eminentes: en Alejandría, a Clemente y a Cirilo; en Palestina, a Eusebio y al segundo Cirilo; en Capadocia, a Basilio el Grande y a los dos Gregorios, el Nacianceno y el de Nisa; y en Antioquía, a Juan Crisóstomo, en quien a una notable erudición se unió la más elevada elocuencia.

13. La Iglesia de Occidente no ostenta menores títulos de gloria. Entre los numerosos doctores que se han distinguido en ella, ilustres son los nombres de Tertuliano y de Cipriano, de Hilario y de Ambrosio, de León y Gregorio Magnos; pero sobre todo los de Agustín y de Jerónimo: agudísimo el uno para descubrir el sentido de la palabra de Dios y riquísimo en sacar de ella partido para defender la verdad católica; el otro, por su conocimiento extraordinario de la Biblia y por sus magníficos trabajos sobre los libros santos, ha sido honrado por la Iglesia con el título de Doctor Máximo.

14. Desde esta época hasta el siglo XI, aunque esta clase de estudios no fueron tan ardientes ni tan fructuosamente cultivados como en las épocas precedentes, florecieron bastante, gracias, sobre todo, al celo de los sacerdotes. Estos cuidaron de recoger las obras más provechosas que sus predecesores habían escrito y de propagarlas después de haberlas asimilado y aumentado de su propia cosecha, como hicieron sobre todo Isidoro de Sevilla, Beda y Alcuino; o bien de glosar los manuscritos sagrados, como Valfrido, Estrabón y Anselmo de Luán; o de proveer con procedimientos nuevos a la conservación de los mismos, como hicieron Pedro Damián y Lanfranco.

15. En el siglo XII, muchos emprendieron con gran éxito la explicación alegórica de la Sagrada Escritura; en este género aventajó fácilmente a los demás San Bernardo, cuyos sermones no tienen otro sabor que el de las divinas Letras.

16. Pero también se realizaron nuevos y abundantes progresos gracias al método de los escolásticos. Estos, aunque se dedicaron a investigar la verdadera lección de la versión latina, como lo demuestran los correctorios bíblicos que crearon, pusieron todavía más celo y más cuidado en la interpretación y en la explicación de los libros santos. Tan sabia y claramente como nunca hasta entonces distinguieron los diversos sentidos de las palabras sagradas; fijaron el valor de cada una en materia teológica; anotaron los diferentes capítulos y el argumento de cada una de las partes; investigaron las intenciones de los autores y explicaron la relación y conexión de las distintas frases entre sí; con lo cual todo el mundo ve cuánta luz ha sido llevada a puntos oscuros. Además, tanto sus libros de teología como sus comentarios a la Sagrada Escritura manifiestan la abundancia de doctrina que de ella sacaron. A este título, Santo Tomás se llevó entre todos ellos la palma.

17. Pero desde que nuestro predecesor Clemente V mand√≥ instituir en el Ateneo de Roma y en las m√°s c√©lebres universidades c√°tedras de literatura orientales, nuestros hombres empezaron a estudiar con m√°s vigor sobre el texto original de la Biblia y sobre la versi√≥n latina. Renacida m√°s tarde la cultura griega, y m√°s a√ļn por la invenci√≥n de la imprenta, el cultivo de la Sagrada Escritura se extendi√≥ de un modo extraordinario. Es realmente asombroso en cu√°n breve espacio de tiempo los ejemplares de los sagrados libros, sobre todo de la Vulgata, multiplicados por la imprenta, llenaron el mundo; de tal modo eran venerados y estimados los divinos libros en la Iglesia.

18. Ni debe omitirse el recuerdo de aquel gran n√ļmero de hombres doctos, pertenecientes sobre todo a las √≥rdenes religiosas, que desde el concilio de Viena hasta el de Trento trabajaron por la prosperidad de los estudios b√≠blicos; empleando nuevos m√©todos y aportando la cosecha de su vasta erudici√≥n y de su talento, no s√≥lo acrecentaron las riquezas acumuladas por sus predecesores, sino que prepararon en cierto modo el camino para la gloria del siguiente siglo, en el que, a partir del concilio de Trento, pareci√≥ hasta cierto punto haber renacido la √©poca gloriosa de los Padres de la Iglesia. Nadie, en efecto, ignora, y nos agrada recordar, que nuestros predecesores, desde P√≠o IV a Clemente VIII, prepararon las notables ediciones de las versiones antiguas Vulgata y Alejandrina; que, publicadas despu√©s por orden y bajo la autoridad de Sixto V y del mismo Clemente, son hoy d√≠a de uso general. Sabido es que en esta √©poca fueron editadas, al mismo tiempo que otras versiones de la Biblia, las poliglotas de Amberes y de Par√≠s, apt√≠simas para la investigaci√≥n del sentido exacto, y que no hay un solo libro de los dos Testamentos que no encontrara entonces m√°s de un int√©rprete; ni existe cuesti√≥n alguna relacionada con este asunto que no ejecitara con fruto el talento de muchos sabios, entre los que cierto n√ļmero, sobre todo los que estudiaron m√°s a los Santos Padres, adquirieron notable renombre. Ni a partir de esta √©poca ha faltado el celo a nuestros exegetas, ya que hombres distinguidos han merecido bien de estos estudios, y contra los ataques del racionalismo, sacados de la filolog√≠a y de las ciencias afines, han defendido la Sagrada Escritura sirvi√©ndose de argumentos del mismo g√©nero.

19. Todos los que sin prevenciones examinen esta r√°pida rese√Īa nos conceder√°n ciertamente que la Iglesia no ha perdonado recurso alguno para hacer llegar hasta sus hijos las fuentes saludables de la Divina Escritura; que siempre ha conservado este auxilio, para cuya guarda ha sido propuesta por Dios, y que lo ha reforzado con toda clase de estudios, de tal modo que no ha tenido jam√°s, ni tiene ahora, necesidad de est√≠mulos por parte de los extra√Īos.

20. El plan que hemos propuesto exige que comuniquemos con vosotros, venerables hermanos, lo que estimamos oportuno para la buena ordenación de estos estudios. Pero importa ante todo examinar qué clase de enemigos tenemos enfrente y en qué procedimientos o en qué armas tienen puesta su confianza.

21. Como antiguamente hubo que hab√©rselas con los que, apoy√°ndose en su juicio particular y recurriendo a las divinas tradiciones y al magisterio de la Iglesia, afirmaban que la Escritura era la √ļnica fuente de revelaci√≥n y el juez supremo de la fe; as√≠ ahora nuestros principales adversarios son los racionalistas, que, hijos y herederos, por decirlo as√≠, de aqu√©llos y fund√°ndose igualmente en su propia opini√≥n, rechazan abiertamente aun aquellos restos de fe cristiana recibidos de sus padres. Ellos niegan, en efecto, toda divina revelaci√≥n o inspiraci√≥n; niegan la Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de acontecimientos reales, sino como f√°bulas ineptas y falsas historias. A sus ojos no han existido profec√≠as, sino predicciones forjadas despu√©s de haber ocurrido los hechos, o presentimientos explicables por causas naturales; para ellos no existen milagros verdaderamente dignos de este nombre, manifestaciones de la omnipotencia divina, sino hechos asombrosos, en ning√ļn modo superiores a las fuerzas de la naturaleza, o bien ilusiones y mitos; los evangelios y los escritos de los ap√≥stoles han de ser atribuidos a otros autores.

22. Presentan este c√ļmulo de errores, con los que creen poder anonadar a la sacrosanta verdad de los libros divinos, como veredictos inapelables de una nueva ciencia libre; pero que tienen ellos mismos por tan inciertos, que con frecuencia var√≠an y se contradicen en unas mismas cosas. Y mientras juzgan y hablan de una manera tan imp√≠a respecto de Dios, de Cristo, del Evangelio y del resto de las Escrituras, no faltan entre ellos quienes quisieran ser considerados como te√≥logos, como cristianos y como evang√©licos, y que bajo un nombre honros√≠simo ocultan la temeridad de un esp√≠ritu insolente. A estos tales se juntan, participando de sus ideas y ayud√°ndolos, otros muchos de otras disciplinas, a quienes la misma intolerancia de las cosas reveladas impulsa del mismo modo a atacar a la Biblia. Nos no sabr√≠amos deplorar demasiado la extensi√≥n y la violencia que de d√≠a en d√≠a adquieren estos ataques. Se dirigen contra hombres instruidos y serios que pueden defenderse sin gran dificultad; pero se ceban principalmente en la multitud de los ignorantes, como enemigos encarnizados de manera sistem√°tica. Por medio de libros, de op√ļsculos y de peri√≥dicos pro el veneno mort√≠fero; lo insin√ļan en reuniones y discursos; todo lo han invadido, y poseen numerosas escuelas arrancadas a la tutela de la Iglesia, en las que depravan miserablemente, hasta por medio de s√°tiras y burlas chocarreras, las inteligencias a√ļn tiernas y cr√©dulas de los j√≥venes, excitando en ellos el desprecio hacia la Sagrada Escritura.

23. En todo esto hay, venerables hermanos, hartos motivos para excitar y animar el celo com√ļn de los pastores, de tal modo que a esa ciencia nueva, a esa falsa ciencia 29 , se oponga la doctrina antigua y verdadera que la Iglesia ha recibido de Cristo por medio de los ap√≥stoles y surjan h√°biles defensores de la Sagrada Escritura para este duro combate.

24. Nuestro primer cuidado, por lo tanto, debe ser √©ste: que en los seminarios y en las universidades se ense√Īen las Divinas Letras punto por punto, como lo piden la misma importancia de esta ciencia y las necesidades de la √©poca actual. Por esta raz√≥n, nada deb√©is cuidar tanto como la prudente elecci√≥n de los profesores; para este cometido importa efectivamente nombrar, no a personas vulgares, sino a los que se recomienden por un grande amor y una larga pr√°ctica de la Biblia, por una verdadera cultura cient√≠fica y, en una palabra, por hallarse a la altura de su misi√≥n. No exige menos cuidado la tarea de procurar quienes despu√©s ocupen el puesto de √©stos. Ser√° conveniente que, all√≠ donde haya facilidad para ello, se escoja, entre los alumnos mejores que hayan cursado de manera satisfactoria los estudios teol√≥gicos, algunos que se dediquen por completo a los libros divinos con la posibilidad de cursar en alg√ļn tiempo estudios superiores. Cuando los profesores hayan sido elegidos y formados de este modo, ya pueden emprender con confianza la tarea que se les encomienda; y para que mejor la lleven y obtengan los resultados que son de esperar, queremos darles algunas instrucciones m√°s detalladas.

25. Al comienzo de los estudios deben atender al grado de inteligencia de los discípulos, para formar y cultivar en ellos un criterio, apto al mismo tiempo para defender los libros divinos y para captar su sentido. Tal es el objeto del tratado de la introducción bíblica, que suministra al discípulo recursos; para demostrar la integridad y autoridad de la Biblia, para buscar y descubrir su verdadero sentido y para atacar de frente las interpretaciones sofísticas, extirpándolas en su raíz. Apenas hay necesidad de indicar cuán importante es discutir estos puntos desde el principio, con orden, científicamente y recurriendo a la teología; pues todo el restante estudio de la Escritura se apoya en estas bases y se ilumina con estos resplandores.

26. El profesor debe aplicarse con gran cuidado a dar a conocer a fondo la parte más fecunda de esta ciencia, que concierne a la interpretación, y para que sus oyentes sepan de qué modo podrán utilizar las riquezas de la palabra divina en beneficio de la religión y de la piedad. Comprendemos ciertamente que ni la extensión de la materia ni el tiempo de que se dispone permiten recorrer en las aulas todas las Escrituras. Pero, toda vez que es necesario poseer un método seguro para dirigir con fruto su interpretación, un maestro prudente deberá evitar al mismo tiempo el defecto de los que hacen gustar deprisa algo de todos los libros, y el defecto de aquellos otros que se detienen en una parte determinada más de la cuenta. Si en la mayor parte de las escuelas no se puede conseguir, como en las academias superiores, que este o aquel libro sea explicado de una manera continua y extensa, cuando menos se ha de procurar que los pasajes escogidos para la interpretación sean estudiados de un modo suficiente y completo; los discípulos, atraídos e instruidos por este módulo de explicación, podrán luego releer y gustar el resto de la Biblia durante toda su vida.

27. El profesor, fiel a las prescripciones de aquellos que nos precedieron, deber√° emplear para esto la versi√≥n Vulgata, la cual el concilio Tridentino decret√≥ que hab√≠a de ser tenida ¬ęcomo aut√©ntica en las lecturas p√ļblicas, en las discusiones, en las predicaciones y en las explicaciones¬Ľ 30 , y la recomienda tambi√©n la pr√°ctica cotidiana de la Iglesia. No queremos decir, sin embargo, que no se hayan de tener en cuenta las dem√°s versiones que alab√≥ y emple√≥ la antig√ľedad cristiana, y sobre todo los textos primitivos. Pues si en lo que se refiere a los principales puntos el pensamiento del hebreo y del griego est√° suficientemente claro en estas palabras de la Vulgata, no obstante, si alg√ļn pasaje pesulta ambiguo o menos claro en ella, ¬ęel recurso a la lengua precedente¬Ľ ser√°, siguiendo el consejo de San Agust√≠n, util√≠simo 31 . Claro es que ser√° preciso proceder con mucha circunspecci√≥n en esta tarea; pues el oficio ¬ędel comentador es exponer, no lo que √©l mismo piensa, sino lo que pensaba el autor cuyo texto explica¬Ľ 32 .

28. Despu√©s de establecida por todos los medios, cuando sea preciso, la verdadera lecci√≥n, habr√° llegado el momento de escudri√Īar y explicar su sentido. Nuestro primer consejo acerca de este punto es que observen las normas que est√°n en uso respecto de la interpretaci√≥n, con tanto m√°s cuidado cuanto el ataque de nuestros adversarios es sobre este particular m√°s vivo. Por eso, al cuidado de valorar las palabras en s√≠ mismas, la significaci√≥n de su contexto, los lugares paralelos, etc., deben unirse tambi√©n la ilustraci√≥n de la erudici√≥n conveniente; con cautela, sin embargo, para no emplear m√°s tiempo ni m√°s esfuerzo en estas cuestiones que en el estudio de los libros santos y para evitar que un conocimiento demasiado extenso y profundo de tales cosas lleve al esp√≠ritu de la juventud m√°s turbaci√≥n que ayuda.

29. De aqu√≠ se pasar√° con seguridad al uso de la Sagrada Escritura en materia teol√≥gica. Conviene hacer notar a este respecto que a las otras causas de dificultad que se presentan para entender cualquier libro de autores antiguos se a√Īaden algunas particularidades en los libros sagrados. En sus palabras, por obra del Esp√≠ritu Santo, se oculta gran n√ļmero de verdades que sobrepujan en mucho la fuerza y la penetraci√≥n de la raz√≥n humana, como son los divinos misterios y otras muchas cosas que con ellos se relacionan: su sentido es a veces m√°s amplio y m√°s rec√≥ndito de lo que parece expresar la letra e indican las reglas de la hermen√©utica; adem√°s, su sentido literal oculta en s√≠ mismo otros significados que sirven unas veces para ilustrar los dogmas y otras para inculcar preceptos de vida; por lo cual no puede negarse que los libros sagrados se hallan envueltos en cierta oscuridad religiosa, de manera que nadie puede sin gu√≠a penetrar en ellos 33 . Dios lo ha querido as√≠ (√©sta es la opini√≥n de los Santos Padres) para que los hombres los estudien con m√°s atenci√≥n y cuidado, para que las verdades m√°s penosamente adquiridas penetren m√°s profundamente en su coraz√≥n y para que ellos comprendan sobre todo que Dios ha dado a la Iglesia las Escrituras a fin de que la tengan por gu√≠a y maestra en la lectura e interpretaci√≥n de sus palabras. Ya San Ireneo ense√Ī√≥ 34 que, all√≠ donde Dios ha puesto sus carismas, debe buscarse la verdad, y que aquellos en quienes reside la sucesi√≥n de los ap√≥stoles explican las Escrituras sin ning√ļn peligro de error: √©sta es su doctrina y la doctrina de los dem√°s Santos Padres, que adopt√≥ el concilio Vaticano cuando, renovando el decreto tridentino sobre la interpretaci√≥n de la palabra divina escrita, declar√≥ ser la mente de √©ste que ¬ęen las cosas de fe y costumbres que se refieren a la edificaci√≥n de la doctrina cristiana ha de ser tenido por verdadero sentido de la Escritura Sagrada aquel que tuvo y tiene la santa madre Iglesia, a la cual corresponde juzgar del verdadero sentido e interpretaci√≥n de las Santas Escrituras; y, por lo tanto, que a nadie es l√≠cito interpretar dicha Sagrada Escritura contra tal sentido o contra el consentimiento un√°nime de los Padres¬Ľ 35 .

30. Por esta ley, llena de prudencia, la Iglesia no detiene ni coarta las investigaciones de la ciencia b√≠bli , m√°s bien las mantiene al √°brigo de todo error y contribuye poderosamente a su verdadero progreso. Queda abierto al doctor un vasto campo en el que con paso seguro pueda ejercitar su celo de int√©rprete de manera notable y con provecho para la Iglesia. Porque en aquellos pasajes de la Sagrada Escritura que todav√≠a esperan una explicaci√≥n cierta y bien definida, puede acontecer, por ben√©volo designio de la providencia de Dios, que con este estudio preparatorio llegue a madurar; y, en los puntos ya definidos, el doctor privado puede tambi√©n desempe√Īar un papel √ļtil si los explica con m√°s claridad a la muchedumbre de los fieles o m√°s cient√≠ficamente a los doctos, o si los defiende con energ√≠a contra los adversarios de la fe. El int√©rprete cat√≥lico debe, pues, mirar como un deber important√≠simo y sagrado explicar en el sentido declarado los textos de la Escritura cuya significaci√≥n haya sido declarada aut√©nticamente, sea por los autores sagrados, a quienes les ha guiado la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo ‚ÄĒcomo sucede en muchos pasajes del Nuevo Testarnento‚ÄĒ, sea por la Iglesia, asistida tambi√©n por el mismo Esp√≠ritu Santo ¬ęen juicio solemne o por su magisterio universal y ordinario¬Ľ 36 , y llevar al convencimiento de que esta interpretaci√≥n es la √ļnica que, conforme a las leyes de una sana hermen√©utica, puede aceptarse. En los dem√°s puntos deber√° seguir la analog√≠a de la fe y tomar como norma suprema la doctrina cat√≥lica tal como est√° decidida por la autoridad de la Igles√≠a; porque, siendo el mismo Dios el autor de los libros santos y de la doctrina que la Iglesia tiene en dep√≥sito, no puede suceder que proceda de una leg√≠tima interpretaci√≥n de aqu√©llos un sentido que discrepe en alguna manera de √©sta. De donde resulta que se debe rechazar como insensata y falsa toda explicaci√≥n que ponga a los autores sagrados en contradicci√≥n entre s√≠ o que sea opuesta a la ense√Īanza de la Iglesia.

31. El maestro de Sagrada Escritura debe tambi√©n merecer este elogio: que posee a fondo toda la teolog√≠a y que conoce perfectamente los comentarios de los Santos Padres, de los doctores y de los mejores int√©rpretes. Tal es la doctrina de San Jer√≥nimo 37 y de San Agust√≠n, quien se queja, con raz√≥n, en estos t√©rminos: ¬ęSi toda ciencia, por poco importante que sea y f√°cil de adquirir, pide ser ense√Īada por un doctor o maestro, ¬°qu√© cosa m√°s orgullosamente temeraria que no querer aprender de sus int√©rpretes los libros de los divinos misterios!¬Ľ 38 . Igualmente pensaron otros Santos Padres y lo confirmaron con su ejemplo ¬ęal procurar la inteligencia de las divinas Escrituras no por su propia presunci√≥n, sino seg√ļn los escritos y la autoridad de sus predecesores, que sab√≠an haber recibido, por sucesi√≥n de los ap√≥stoles, las reglas para su interpretaci√≥n¬Ľ 39 .

32. La autoridad de los Santos Padres, que despu√©s de los ap√≥stoles ¬ęhicieron crecer a la Iglesia con sus esfuerzos de jardineros, constructores, pastores y nutricios¬Ľ 40 , es suprema cuando explican un√°nimemente un texto b√≠blico como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres; pues de su conformidad resulta claramente, seg√ļn la doctrina cat√≥lica, que dicha explicaci√≥n ha sido recibida por tradici√≥n de los ap√≥stoles. La opini√≥n de estos mismos Padres es tambi√©n muy estimable cuando tratan de estas cosas como doctores privados; pues no solamente su ciencia de la doctrina revelada y su conocimiento de muchas cosas de gran utilidad para interpretar los libros apost√≥licos los recomiendan, sino que Dios mismo ha prodigado los auxilios abundantes de sus luces a estos hombres notabil√≠simos por la santidad de su vida y por su celo por la verdad. Que el int√©rprete sepa, por lo tanto, que debe seguir sus pasos con respeto y aprovecharse de sus trabajos mediante una elecci√≥n inteligente.

33. No es preciso, sin embargo, creer que tiene cerrado el camino para no ir m√°s lejos en sus pesquisas y en sus explicaciones cuando un motivo razonable exista para ello, con tal que siga religiosamente el sabio precepto dado por San Agust√≠n: ¬ęNo apartarse en nada del sentido literal y obvio, como no tenga alguna raz√≥n que le impida ajustarse a √©l o que haga necesario abandonarlo¬Ľ 41 ; regla que debe observarse con tanta m√°s firmeza cuanto existe un mayor peligro de enga√Īarse en medio de tanto deseo de novedades y de tal libertad de opiniones. Procure asimismo no descuidar lo que los Santos Padres entendieron en sentido aleg√≥rico o parecido, sobre todo cuando este significado derive del sentido literal y se apoye en gran n√ļmero de autoridades. La Iglesia ha recibido de los ap√≥stoles este m√©todo de interpretaci√≥n y lo ha aprobado con su ejemplo, como se ve en la liturgia; no que los Santos Padres hayan pretendido demostrar con ello propiamente los dogmas de la fe, sino que sab√≠an por experiencia que este m√©todo era bueno para alimentar la virtud y la piedad.

34. La autoridad de los dem√°s int√©rpretes cat√≥licos es, en verdad, menor; pero, toda vez que los estudios b√≠blicos han hecho en la Iglesia continuos progresos, es preciso dar el honor que les corresponde a los comentarios de estos doctores, de los cuales se pueden tomar muchos argumentos para rechazar los ataques y esclarecer los puntos dif√≠ciles. Pero lo que no conviene en modo alguno es que, ignorando o despreciando las excelentes obras que los nuestros nos dejaron en gran n√ļmero, prefiera el int√©rprete los libros de los heterodoxos y busque en ellos, con gran peligro de la sana doctrina y muy frecuentemente con detrimento de la fe, la explicaci√≥n de pasajes en los que los cat√≥licos vienen ejercitando su talento y multiplicando sus esfuerzos desde hace mucho tiempo y con √©xito. Pues aunque, en efecto, los estudios de los heterodoxos, prudentemente utilizados, puedan a veces ayudar al int√©rprete cat√≥lico, importa, no obstante, a √©ste recordar que, seg√ļn numerosos testimonios de nuestros mayores 42 , el sentido incorrupto de las Sagradas Letras no se encuentra fuera de la Iglesia y no puede ser ense√Īado por los que, privados de la verdad de la fe, no llegan hasta la m√©dula de las Escrituras, sino que √ļnicamente roen su corteza 43 .

35. Es muy de desear y necesario que el uso de la divina Escritura influya en toda la teolog√≠a y sea como su alma; tal ha sido en todos los tiempos la doctrina y la pr√°ctica de todos los Padres y de los te√≥logos m√°s notables. Ellos se esforzaban por establecer y afirmar sobre los libros santos las verdades que son objeto de la fe y las que de √©ste se derivan; y de los libros sagrados y de la tradici√≥n divina se sirvieron para refutar las novedades inventadas por los herejes y para encontrar la raz√≥n de ser, la explicaci√≥n y la relaci√≥n que existe entre los dogmas cat√≥licos. Nada tiene esto de sorprendente para el que reflexione sobre el lugar tan importante que corresponde a los libros divinos entre las fuentes de la revelaci√≥n, hasta el punto de que sin su estudio y uso diario no podr√≠a la teolog√≠a ser tratada con el honor y dignidad que le son propios. Porque, aunque deban los j√≥venes ejercitarse en las universidades y seminarios de manera que adquieran la inteligencia y la ciencia de los dogmas deduciendo de los art√≠culos de la fe unas verdades de otras, seg√ļn las reglas de una filosof√≠a experimentada y s√≥lida, no obstante, el te√≥logo profundo e instruido no puede descuidar la demostraci√≥n de los dogmas basada en la autoridad de la Biblia. ¬ęPorque la teolog√≠a no toma sus argumentos de las dem√°s ciencias, sino inmediatamente de Dios por la revelaci√≥n. Por lo tanto, nada recibe de esas ciencias como si le fueran superiores, sino que las emplea como a sus inferiores y seguidoras¬Ľ. Este m√©todo de ense√Īanza de la ciencia sagrada est√° indicado y recomendado por el pr√≠ncipe de los te√≥logos, Santo Tom√°s de Aquino 44 , el cual, adem√°s, como perfecto conocedor de este peculiar car√°cter de la teolog√≠a cristiana, ense√Īa de qu√© manera el te√≥logo puede defender estos principios si alguien los ataca: ¬ęArgumentando, si el adversario concede algunas de las verdades que tenemos por revelaci√≥n; y en este sentido disputamos contra los herejes aduciendo las autoridades de la Escritura o empleando un art√≠culo de la fe contra los que niegan otro. Por el contrario, si el adversario no cree en nada revelado, no nos queda recurso para probar los art√≠culos de la fe con razones, sino s√≥lo para deshacer las que √©l proponga contra la fe¬Ľ 45 .

36. Hay que poner, por lo tanto, especial cuidado en que los j√≥venes acometan los estudios b√≠blicos convenientemente instruidos y pertrechados, para que no defrauden nuestras leg√≠timas esperanzas ni, lo que ser√≠a m√°s grave, sucumban incautamente ante el error, enga√Īados por las falacias de los racionalistas y por el fantasma de una erudici√≥n superficial. Estar√°n perfectamente preparados si, con arreglo al m√©todo que Nos mismo les hemos ense√Īado y prescrito, cultivan religiosamente y con profundidad el estudio de la filosofia y de la teolog√≠a bajo la direcci√≥n del mismo Santo Tom√°s. De este modo proceder√°n con paso firme y har√°n grandes progresos en las ciencias b√≠blicas como en la parte de la teolog√≠a llamada positiva.

37. Haber demostrado, explicado y aclarado la verdad de la doctrina cat√≥lica mediante la interpretaci√≥n leg√≠tima y diligente de los libros sagrados es mucho ciertamente; resta, sin embargo, otro punto que fijar y tan importante como laborioso: el de afirmar con la mayor solidez la autoridad √≠ntegra de los mismos. Lo cual no podr√° conseguirse plena y enteramente sino por el magisterio vivo y propio de la Iglesia, que ¬ępor s√≠ misma y a causa de su admirable difusi√≥n, de su eminente santidad, de su fecundidad inagotable en toda suerte de bienes, de su unidad cat√≥lica, de su estabilidad invencible, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y una prueba irrefutable de su divina misi√≥n¬Ľ 46 . Pero toda vez que este divino e infalible magisterio de la Iglesia descansa tambi√©n en la autoridad de la Sagrada Escritura, es preciso afirmar y reivindicar la fe, cuando menos, en la Biblia, por cuyos libros, como testimonios fidedignos de la antig√ľedad, ser√°n puestas de manifiesto y d amente establecidas la divinidad y la misi√≥n de Jesucristo, la instituci√≥n de la jerarqu√≠a de la Iglesia y la primac√≠a conferida a Pedro y a sus sucesores.

38. A este fin ser√° muy conveniente que se multipliquen los sacerdotes preparados, dispuestos a combatir en este campo por la fe y a rechazar los ataques del enemigo, revestidos de la armadura de Dios, que recomienda el Ap√≥stol 47 , y entrenados en las nuevas armas y en la nueva estrategia de sus adversarios. Es lo que hermosamente incluye San Juan Cris√≥stomo entre los deberes del sacerdote: ¬ęEs preciso ‚ÄĒdice‚ÄĒ emplear un gran celo a fin de que la palabra de Dios habite con abundancia en nosotros 48 ; no debemos, pues, estar preparados para un solo g√©nero de combate, porque no todos usan las mismas armas ni tratan de acometernos de igual manera. Es, por lo tanto, necesario que quien ha de medirse con todos, conozca las armas y los procedimientos de todos y sepa ser a la vez arquero y hondero, tribuno y jefe de cohorte, general y soldado, infante y caballero, apto para luchar en el mar y para derribar murallas; porque, si no conoce todos los medios de combatir, el diablo sabe, introduciendo a sus raptores por un solo punto en el caso de que uno solo quedare sin defensa, arrebatar las ovejas¬Ľ 49 . M√°s arriba hemos mencionado las astucias de los enemigos y los m√ļltiples medios que emplean en el ataque. Indiquemos ahora los procedimientos que deben utilizarse para la defensa.

39. Uno de ellos es, en primer t√©rmino, el estudio de las antiguas lenguas orientales y, al mismo tiempo, el de la ciencia que se llama cr√≠tica. Siendo estos dos conocimientos en el d√≠a de hoy muy apreciados y estimados, el clero que los posea con m√°s o menos profundidad, seg√ļn el pa√≠s en que se encuentre y los hombres con quienes est√© en relaci√≥n, podr√° mejor mantener su dignidad y cumplir con los deberes de su cargo, ya que debe hacerse todo para todos 50 y estar siempre pronto a satisfacer a todo aguel que le pida la raz√≥n de su esperanzas 51 . Es, pues, necesario a los profesores de Sagrada Escritura, y conviene a los te√≥logos, conocer las lenguas en las que los libros can√≥nicos fueron originariamente escritos por los autores sagrados; ser√≠a tambi√©n excelente que los seminaristas cultivasen dichas lenguas, sobre todo aquellos que aspiran a los grados acad√©micos en teolog√≠a. Debe tambi√©n procurarse que en todas las academias, como ya se ha hecho laudablemente en muchas, se establezcan c√°tedras donde se ense√Īen tambi√©n las dem√°s lenguas antiguas, sobre todo las sem√≠ticas, y las materias relacionadas con ellas, con vistas, sobre todo, a los j√≥venes que se preparan para profesores de Sagradas Letras.

40. Importa tambi√©n, por la misma raz√≥n, que los susodichos profesores de Sagrada Escritura se instruyan y ejerciten m√°s en la ciencia de la verdadera cr√≠tica; porque, desgraciadamente, y con gran da√Īo para la religi√≥n, se ha introducido un sistema que se adorna con el nombre respetable de ¬ęalta cr√≠tica¬Ľ, y seg√ļn el cual el origen, la integridad y la autoridad de todo libro deben ser establecidos solamente atendiendo a lo que ellos llaman razones internas. Por el contrario, es evidente que, cuando se trata de una cuesti√≥n hist√≥rica, como es el origen y conservaci√≥n de una obra cualquiera, los testimonios hist√≥ricos tienen m√°s valor que todos los dem√°s y deben ser buscados y examinados con el m√°ximo inter√©s; las razones internas, por el contrario, la mayor√≠a de las veces no merecen la pena de ser invocadas sino, a lo m√°s, como confirmaci√≥n. De otro modo, surgir√°n graves inconvenientes: los enemigos de la religi√≥n atacar√°n la autenticidad de los libros sagrados con m√°s confianza de abrir brecha; este g√©nero de ¬ęalta cr√≠tica¬Ľ que preconizan conducir√° en definitiva a que cada uno en la interpretaci√≥n se atenga a sus gustos y a sus prejuicios; de este modo, la luz que se busca en las Escrituras no se har√°, y ninguna ventaja reportar√° la ciencia; antes bien se pondr√° de manifiesto esa nota caracter√≠stica del error que consiste en la diversidad y disentimiento de las opiniones, como lo est√°n demostrando los corifeos de esta nueva ciencia; y como la mayor parte est√°n imbuidos en las m√°ximas de una vana filosof√≠a y del racionalismo, no temer√°n descartar de los sagrados libros las profec√≠as, los milagros y todos los dem√°s hechos que traspasen el orden natural.

41. Hay que luchar en segundo lugar contra aquellos que, abusando de sus conocimientos de las ciencias f√≠sicas, siguen paso a paso a los autores sagrados para echarles en cara su ignorancia en estas cosas y desacreditar as√≠ las mismas Escrituras. Como quiera que estos ataques se fundan en cosas que entran en los sentidos, son peligros√≠simos cuando se esparcen en la multitud, sobre todo entre la juventud dedicada a las letras; la cual, una vez que haya perdido sobre alg√ļn punto el respeto a la revelaci√≥n divina, no tardar√° en abandonar la fe en todo lo dem√°s. Porque es demasiado evidente que as√≠ como las ciencias naturales, con tal de que sean convenientemente ense√Īadas, son aptas para manifestar la gloria del Art√≠fice supremo, impresa en las criaturas, de igual modo son capaces de arrancar del alma los principios de una sana filosof√≠a y de corromper las costumbres cuando se infiltran con da√Īadas intenciones en las j√≥venes inteligencias. Por eso, el conocimiento de las cosas naturales ser√° una ayuda eficaz para el que ense√Īa la Sagrada Escritura; gracias a √©l podr√° m√°s f√°cilmente descubrir y refutar los sofistas de esta clase dirigidos contra los libros sagrados.

42. No habr√° ning√ļn desacuerdo real entre el te√≥logo y el f√≠sico mientras ambos se mantengan en sus l√≠mites, cuidando, seg√ļn la frase de San Agust√≠n, ¬ęde no afirmar nada al azar y de no dar por conocido lo desconocido¬Ľ 52 . Sobre c√≥mo ha de portarse el te√≥logo si, a pesar de esto, surgiere discrepancia, hay una regla sumariamente indicada por el mismo Doctor: ¬ęTodo lo que en materia de sucesos naturales pueden demostrarnos con razones verdaderas, prob√©mosles que no es contrario a nuestras Escrituras; mas lo que saquen de sus libros contrario a nuestras Sagrada Letras, es decir, a la fe cat√≥lica, demostr√©mosles, en lo posible o, por lo menos, creamos firmemente que es fals√≠simo¬Ľ 53 . Para penetrarnos bien de la justicia de esta regla, se ha de considerar en primer lugar que los escritores sagrados, o mejor el Esp√≠ritu Santo, que hablaba por ellos, no quisieron ense√Īar a los hombres estas cosas (la √≠ntima naturaleza o constituci√≥n de las cosas que se ven), puesto que en nada les hab√≠an de servir para su salvaci√≥n 54 , y as√≠, m√°s que intentar en sentido propio la exploraci√≥n de la naturaleza, describen y tratan a veces las mismas cosas, o en sentido figurado o seg√ļn la manera de hablar en aquellos tiempos, que a√ļn hoy vige para muchas cosas en la vida cotidiana hasta entre los hombres m√°s cultos. Y como en la manera vulgar de expresarnos suele ante todo destacar lo que cae bajo los sentidos, de igual modo el escritor sagrado ‚ÄĒy ya lo advirti√≥ el Doctor Ang√©lico‚ÄĒ ¬ęse gu√≠a por lo que aparece sensiblemente¬Ľ 55 , que es lo que el mismo Dios, al hablar a los hombres, quiso hacer a la manera humana para ser entendido por ellos.

43. Pero de que sea preciso defender vigorosamente la Santa Escritura no se sigue que sea necesario mantener igualmente todas las opiniones que cada uno de los Padres o de los int√©rpretes posteriores han sostenido al explicar estas mismas Escrituras; los cuales, al exponer los pasajes que tratan de cosas f√≠sicas, tal vez no han juzgado siempre seg√ļn la verdad, hasta el punto de emitir ciertos principios que hoy no pueden ser aprobados. Por lo cual es preciso descubrir con cuidado en sus explicaciones aquello que dan como concerniente a la fe o como ligado con ella y aquello que afirman con consentimiento un√°nime; porque, ¬ęen las cosas que no son de necesidad de fe, los santos han podido tener pareceres diferentes, lo mismo que nosotros¬Ľ, seg√ļn dice Santo Tom√°s 56 . El cual, en otro pasaje, dice con la mayor prudencia: ¬ęPor lo que concierne a las opiniones que los fil√≥sofos han profesado com√ļnmente y que no son contrarias a nuestra fe, me parece m√°s seguro no afirmarlas como dogmas, aunque algunas veces se introduzcan bajo el nombre de fil√≥sofos, ni rechazarlas como contrarias a la fe, para no dar a los sabios de este mundo ocasi√≥n de despreciar nuestra doctrina¬Ľ 57 . Pues, aunque el int√©rprete debe demostrar que las verdades que los estudiosos de las ciencias f√≠sicas dan como ciertas y apoyadas en firmes argumentos no contradicen a la Escritura bien explicada, no debe olvidar, sin embargo, que algunas de estas verdades, dadas tambi√©n como ciertas, han sido luego puestas en duda y rechazadas. Que si los escritores que tratan de los hechos f√≠sicos, traspasados los linderos de su ciencia, invaden con opiniones nocivas el campo de la filosof√≠a, el int√©rprete te√≥logo deje a cargo de los fil√≥sofos el cuidado de refutarlas.

44. Esto mismo habr√° de aplicarse despu√©s a las ciencias similares, especialmente a la historia. Es de sentir, en efecto, que muchos hombres que estudian a fondo los monumentos de la antig√ľedad, las costumbres y las instituciones de los pueblos, investigan y publican con grandes esfuerzos los correspondientes documentos, pero frecuentemente con objeto de encontrar errores en los libros santos para debilitar y quebrantar completamente su autoridad. Algunos obran as√≠ con demasiada hostilidad y sin bastante equilibrio, ya que se fian de los libros profanos y de los documentos del pasado como si no pudiese existir ninguna sospecha de error respecto a ellos, mientras niegan, por lo menos, igual fe a los libros de la Escritura ante la m√°s leve sospecha de error y sin pararse siquiera a discutirla.

45. Puede ocurrir que en la transcripci√≥n de los c√≥dices se les escaparan a los copistas algunas erratas; lo cual debe estudiarse con cuidado y no admitirse f√°cilmente sino en los lugares que con todo rigor haya sido demostrado; tambi√©n puede suceder que el sentido verdadero de algunas frases contin√ļe dudoso; para determinarlo, las reglas de la interpretaci√≥n ser√°n de gran auxilio; pero lo que de ninguna manera puede hacerse es limitar la inspiraci√≥n a solas algunas partes de las Escrituras o conceder que el autor sagrado haya cometido error. Ni se debe tolerar el proceder de los que tratan de evadir estas dificultades concediendo que la divina inspiraci√≥n se limita a las cosas de fe y costumbres y nada m√°s, porque piensan equivocadamente que, cuando se trata de la verdad de las sentencias, no es preciso buscar principalmente lo que ha dicho Dios, sino examinar m√°s bien el fin para el cual lo ha dicho. En efecto, los libros que la Iglesia ha recibido como sagrados y can√≥nicos, todos e √≠ntegramente, en todas sus partes, han sido escritos bajo la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo; y est√° tan lejos de la divina inspiraci√≥n el admitir error, que ella por s√≠ misma no solamente lo excluye en absoluto, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea autor de ning√ļn error.

46. Tal es la antigua y constante creencia de la Iglesia definida solemnemente por los concilios de Florencia y de Trento, confirmada por fin y m√°s expresamente declarada en el concilio Vaticano, que dio este decreto absoluto: ¬ęLos libros del Antigo y del Nuevo Testamento, √≠ntegros, con todas sus partes, como se describen en el decreto del mismo concilio (Tridentino) y se contienen en la antigua versi√≥n latina Vulgata, deben ser recibidos por sagrados y can√≥nicos. La Iglesia los tiene por sagrados y can√≥nicos, no porque, habiendo sido escritos por la sola industria humana, hayan sido despu√©s aprobados por su autoridad, ni s√≥lo porque contengan la revelaci√≥n sin error, sino porque, habiendo sido escritos por inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, tienen a Dios por autor¬Ľ 58 . Por lo cual nada importa que el Esp√≠ritu Santo se haya servido de hombres como de instrumentos para escribir, como si a estos escritores inspirados, ya que no al autor principal, se les pudiera haber deslizado alg√ļn error. Porque El de tal manera los excit√≥ y movi√≥ con su influjo sobrenatural para que escribieran, de tal manera los asisti√≥ mientras escrib√≠an, que ellos concibieran rectamente todo y s√≥lo lo que El quer√≠a, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, El no ser√≠a el autor de toda la Sagrada Escritura.

47. Tal ha sido siempre el sentir de los Santos Padres. ¬ęY as√≠ ‚ÄĒdice San Agust√≠n‚ÄĒ, puesto que √©stos han escrito lo que el Esp√≠ritu Santo les ha mostrado y les ha dicho, no debe decirse que no lo ha escrito El mismo, ya que, como miembros, han ejecutado lo que la cabeza les dictaba¬Ľ 59 . Y San Gregorio Magno dice: ¬ęEs in√ļtil preguntar qui√©n ha escrito esto, puesto que se cree firmemente que el autor del libro es el Esp√≠ritu Santo; ha escrito, en efecto, el que dict√≥ lo que se hab√≠a de escribir; ha escrito quien ha inspirado la obra¬Ľ 60 . S√≠guese que quienes piensen que en los lugares aut√©nticos de los libros sagrados puede haber algo de falso, o destruyen el concepto cat√≥lico de inspiraci√≥n divina, o hacen al mismo Dios autor del error.

48. Y de tal manera estaban todos los Padres y Doctores persuadidos de que las divinas Letras, tales cuales salieron de manos de los hagi√≥grafos, eran inmunes de todo error, que por ello se esforzaron, no menos sutil que religiosamente, en componer entre s√≠ y conciliar los no pocos pasajes que presentan contradicciones o desemejanzas (y que son casi los mismos que hoy son presentados en nombre de la nueva ciencia); un√°nimes en afirmar que dichos libros, en su totalidad y en cada una de sus partes, proced√≠an por igual de la inspiraci√≥n divina, y que el mismo Dios, hablando por los autores sagrados, nada pod√≠a decir ajeno a la verdad. Valga por todos lo que el mismo Agust√≠n escribe a Jer√≥nimo: ¬ęYo confieso a vuestra caridad que he aprendido a dispensar a solos los libros de la Escritura que se llaman can√≥nicos la reverencia y el honor de creer muy firmemente que ninguno de sus autores ha podido cometer un error al escribirlos. Y si yo encontrase en estas letras algo que me pareciese contrario a la verdad, no vacilar√≠a en afirmar o que el manuscrito es defectuoso, o que el traductor no entendi√≥ exactamente el texto, o que no lo he entendido yo¬Ľ 61 .

49. Pero luchar plena y perfectamente con el empleo de tan importantes ciencias para establecer la santidad de la Biblia, es algo superior a lo que de la sola erudición de los intérpretes y de los teólogos se puede esperar. Es de desear, por lo tanto, que se propongan el mismo objeto y se esfuercen por lograrlo todos los católicos que hayan adquirido alguna autoridad en las ciencias profanas. El prestigio de estos ingenios, si nunca hasta el presente, tampoco hoy falta a la Iglesia, gracias a Dios, y ojalá vaya en aumento para ayuda de la fe. Consideramos de la mayor importancia que la verdad encuentre más numerosos y sólidos defensores que adversarios, pues no hay cosa que tanto pueda persuadir al vulgo a aceptar la verdad como el ver a hombres distinguidos en alguna ciencia profesarla abiertamente. Incluso la envidia de los detractores se desvanecerá fácilmente, o al menos no se atreverán ya a afirmar con tanta petulancia que la fe es enemiga de la ciencia, cuando vean a hombres doctos rendir el mayor honor y la máxima reverencia a la fe.

50. Puesto que tanto provecho pueden prestar a la religión aquellos a quienes la Providencia concedió, junto con la gracia de profesar la fe católica, el feliz don del talento, es preciso que, en medio de esta lucha violenta de los estudios que se refieren en alguna manera a las Escrituras, cada uno de ellos elija la disciplina apropiada y, sobresaliendo en ella, se aplique a rechazar victoriosamente los dardos que la ciencia impía dirige contra aquéllas.

51. Aquí nos es grato tributar las merecidas alabanzas a la conducta de algunos católicos, quienes, a fin de que los sabios puedan entregarse con toda abundancia de medios a estos estudios y hacerlos progresar formando asociaciones, gustan de contribuir generosamente con recursos económicos. Excelente manera de emplear su dinero y muy apropiada a las necesidades de los tiempos. En efecto, cuantos menos socorros pueden los católicos esperar del Estado para sus estudios, más conviene que la liberalidad privada se muestre pronta y abundante; de modo que aquellos a quienes Dios ha dado riquezas, las consagren a conservar el tesoro de la verdad revelada.

52. Mas, para que tales trabajos aprovechen verdaderamente a las ciencias b√≠blicas, los hombres doctos deben apoyarse en los principios que dejamos indicados m√°s arriba; sostengan con firmeza que un mismo Dios es el creador y gobernador de todas las cosas y el autor de las Escrituras, y que, por lo tanto, nada puede deducirse de la naturaleza de las cosas ni de los monumentos de la historia que contradiga realmente a las Escrituras. Y si tal pareciese, ha de demostrarse lo contrario, bien sometiendo al juicio prudente de te√≥logos y exegetas cu√°l sea el sentido verdadero o veros√≠mil del lugar de la Escritura que se objeta, bien examinando con mayor diligencia la fuerza de los argumentos que se aducen en contra. Ni hay que darse por vencidos si aun entonces queda alguna apariencia en contrario, porque, no pudiendo de manera alguna la verdad oponerse a la verdad, necesariamente ha de estar equivocada o la intepretaci√≥n que se da a las palabras sagradas o la parte contraria; si ni lo uno ni lo otro apareciese claro, suspendamos el juicio de momento. Muchas acusaciones de todo g√©nero se han venido lanzando contra la Escritura durante largo tiempo y con tes√≥n, que hoy est√°n completamente desautorizadas como vanas, y no pocas interpretaciones se han dado en otro tiempo acerca de algunos lugares de la Escritura ‚ÄĒque no pertenec√≠an ciertamente a la fe ni a las costumbres‚ÄĒ en los que despu√©s una m√°s diligente investigaci√≥n ha aconsejado rectificar. El tiempo borra las opiniones humanas, mas ¬ęla verdad se robustece y permanece para siempre¬Ľ 62 . Por esta raz√≥n, como nadie puede lisonjearse de comprender rectamente toda la Escritura, a prop√≥sito de la cual San Agust√≠n dec√≠a de s√≠ mismo 63 que ignoraba m√°s que sab√≠a, cuando alguno encuentre en ella algo demasiado dif√≠cil para pod√©rselo explicar, tenga la cautela y prudencia del mismo Doctor: ¬ęVale m√°s sentirse prisionero de signos desconocidos, pero √ļtiles, que enredar la cerviz, al tratar de interpretarlos in√ļtilmente, en las coyundas del error, cuando se cre√≠a haberla sacado del yugo de la servidumbre¬Ľ 64 .

53. Si los hombres que se dedican a estos estudios auxiliares siguen rigurosa y reverentemente nuestros consejos y nuestras √≥rdenes; si escribiendo y ense√Īando dirigen los frutos de sus esfuerzos a combatir a los enemigos de la verdad y a precaver de los peligros de la fe a la juventud, entonces ser√° cuando puedan gloriarse de servir dignamente el inter√©s de las Sagradas Letras y de suministrar a la religi√≥n cat√≥lica un apoyo tal como la Iglesia tiene derecho a esperar de la piedad y de la ciencia de sus hijos.

54. Esto es, venerables hermanos, lo que acerca de los estudios de Sagrada Escritura hemos cre√≠do oportuno advertir y mandar en esta ocasi√≥n movidos por Dios. A vosotros corresponde ahora procurar que se guarde y se cumpla con la escrupulosidad d a; de suerte que se manifieste m√°s y m√°s el reconocimiento d o a Dios por haber comunicado al g√©nero humano las palabras de su sabidur√≠a y redunde todo ello en la abundancia de frutos tan deseados, especialmente en orden a la formaci√≥n de la juventud lev√≠tica, que es nuestro constante desvelo y la esperanza de la Iglesia. Procurad con vuestra autoridad y vuestras exhortaciones que en los seminarios y centros de estudio sometidos a vuestra jurisdicci√≥n se d√© a estos estudios el vigor y la prestancia que les corresponden. Que se lleven a cabo en todo bajo las directrices de la Iglesia seg√ļn los saludables documentos y ejemplos de los Santos Padres y conforme al m√©todo laudable de nuestros mayores, y que de tal manera progresen con el correr de los tiempos, que sean defensa y ornamento de la verdad cat√≥lica, dada por Dios para la eterna salvaci√≥n de los pueblos.

55. Exhortamos, por √ļltimo, paternalmente a todos los alumnos y ministros de la Iglesia a que se acerquen siempre con mayor afecto de reverencia y piedad a las Sagradas Letras, ya que la inteligencia de las mismas no les ser√° abierta de manera saludable, como conviene, si no se alejan de la arrogancia de la ciencia terrena y excitan en su √°nimo el deseo santo de la sabidur√≠a que viene de arribas 65 . Una vez introducidos en esta disciplina e ilustrados y fortalecidos por ella, estar√°n en las mejores condiciones para descubrir y evitar los enga√Īos de la ciencia humana y para percibir y referir al orden sobrenatural sus frutos s√≥lidos; caldeado as√≠ el √°nimo, tender√° con m√°s vehemencia a la consecuc√≠√≥n del premio de la virtud y del amor divino: ¬ęBienaventurados los que investigan sus testimonios y le buscan de todo coraz√≥n¬Ľ 66 .

56. Animados con la esperanza del divino auxilio y confiando en vuestro celo pastoral, en prenda de los celestiales dones y en testimonio de nuestra especial benevolencia, os damos amorosamente en el Se√Īor, a vosotros todos y a todo el clero y pueblo confiado a vuestros cuidados, la bendici√≥n apost√≥lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de noviembre de 1893, a√Īo 16 de nuestro pontificado.


1

Leonis XIII Acta 13,326,364: ASS 26 (1893-94) 269-293.

2

Conc. Vat. I, ses.3 c.2: de revelatione.

3

Ibíd.

4

S. Aug., De civ. Dei 11,3.

5

S. Clem. Rom., 1 Cor. 45; S. Polyc., Ad Phil. 7; Iren. Adv. haer., 2,28,2.

6

S. Io. Chrys., In Gen. hom.2,2; S. Aug., In Ps. 30 serm.2,l; S. Greg.I M., Ep. 4,13 ad Theod.

7

Tim 3,16s.

8

S. Aug., De util. cred. 14.32.

9

Hech 14,3.

10

S. Hier., Epist. 53 (al. 103) ad Paulinum 3. Cf. Hech 22,3; 2 Cor 10,4.

11

S. Hier., In Is. pról.

12

S. Hier., In Is. 54,12.

13

Cf. 1 Tes 1,5.

14

Cf. Jer 23,29.

15

Heb 4,12.

16

S. Aug., De doctr. christ. 4,6,7.

17

S. Io. Chrys., In Gen. hom.21,2; 60,3; S. Aug., De discipl. christ. 2.

18

S. Athan., Epist. fest. 39.

19

S. Aug., Serm. 26,24; S. Ambr., In Ps. 118 serm.l9 2.

20

S. Hier., Epist. 52 (al. 2) ad .Nepotianum.

21

S. Greg. M., Reg. past. 2,11 (al. 22); Moral. 18,26 (al. 14).

22

S. Aug, Serm. 179,1.

23

S. Greg. M. Reg. past. 3 24 (al. 48).

24

Cf. Act. 1,1.

25

1 Tim 4,16.

26

S. Hier., In Mich. 1,10.

27

Conc. Trid., ses.5 c.1 de ref.

28

Ibíd. 1,2.

29

1 Tim 6,20.

30

Ses.4 decr. de edit. et usu Libr. Sacr

31

S. Aug., De doct.christ. 3,4.

32

S. Hier., Epist. 48 (al. 50) ad Pammachium 17.

33

S. Hier., Epist. 53 (al. 103) ad Paulinum 4.

34

S. Iren., Adv, haer. 4,26,5.

35

Conc. Vat. I, ses.3 c.2: de revel., ex Conc. Trid., ses.4 decr. de edit. et usu Libr. Sacr.

36

Conc. Vat. ses.3: de fide.

37

S Hier., Epist. 53 (al. 103) 6ss.

38

S. Aug., De util. cred. 17,35.

39

Rufinus, Hist. eccl. 2,9.

40

S. Aug., C. Iulian. 2,10,37.

41

S. Aug., De Gen. ad litt. 8,7,13.

42

Cf. Clemen. Al., Strom. 7,16; Orig., De princ, 4,8; In Lev. hom.4,8; Tertull., De praescr. 15s; S. Hilar., In Mt. 13,1.

43

S. Greg. M., Moral. 20,9 (al. 11).

44

S. Thom,, I q.l a.5 ad 2.

45

Ibíd., a.8.

46

Conc. Vat. I, ses.3 c.3: de fide.

47

Cf. Ef 6,13-17.

48

Cf. Col 3,16.

49

S. Io. Chrys., De sacerd. 4,4.

50

Cf. 1 Cor 9,22.

51

Cf. 2 Pe 3,15.

52

S. Aug., In Gen. op. imperf. 9,30.

53

S. Aug., De Gen. ad. litt. 1,21,41.

54

S. Aug., ibíd., 2,9,20.

55

S. Thom, I q.70 a.l ad 3.

56

S. Thom, In 2 Sent. d.2 q.l a.3.

57

S. Thom, Opusc. 10.

58

Conc. Vat. I, ses.3 c.2: de revel

59

S. Aug., De cons. Evang. 1,35.

60

S. Greg. M., Moral. in 1 Iob, praef, 1,2.

61

S. Aug., Epist. 82,1 et crebius alibi.

62

3 Esdr 4,38.

63

S. Aug., Epist. 55 ad Ianuar. 21.

64

S. Aug., De doctr. christ. 3,9,18.

65

Cf. Sal 3,15-17.

66

Sal 18,2.
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