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S.S. Le贸n XIII, Carta Enc铆clica Arcanum Divinae Sapientiae
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Carta Enc铆clica Arcanum Divinae Sapientiae

del Sumo Pont铆fice Le贸n XIII sobre la familia

I. Introducci贸n

Restauraci贸n de todas las cosas en Cristo

1. El arcano designio de la sabidur铆a divina que Jesucristo, Salvador de los hombres, hab铆a de llevar a cabo en la tierra tuvo por finalidad restaurar El mismo divinamente por s铆 y en s铆 al mundo, que parec铆a estar envejeciendo. Lo que expres贸 en frase espl茅ndida y profunda el ap贸stol San Pablo, cuando escrib铆a a los efesios: 芦El sacramento de su voluntad..., restaurarlo todo en Cristo, lo que hay en el cielo y en la tierra禄 1 . Y, realmente, cuando Cristo Nuestro Se帽or decidi贸 cumplir el mandato que recibiera del Padre, lo primero que hizo fue, despoj谩ndolas de su vejez, dar a todas las cosas una forma y una fisonom铆a nuevas. El mismo cur贸, en efecto, las heridas que hab铆a causado a la naturaleza humana el pecado del primer padre; restituy贸 a todos los hombres, aturaleza hijos de ira, a la amistad con Dios; trajo a la luz de la verdad a los fatigados por una larga vida de errores; renov贸 en toda virtud a los que se hallaban plagados de toda impureza, y dio a los recobrados para la herencia de la felicidad eterna la esperanza segura de que su propio cuerpo, mortal y caduco, hab铆a de participar alg煤n d铆a de la inmortalidad y de la gloria celestial. Y para que unos tan singulares beneficios permanecieran sobre la tierra mientras hubiera hombres, constituy贸 a la Iglesia en vicaria de su misi贸n y le mand贸, mirando al futuro, que, si algo padeciera perturbaci贸n en la sociedad humana, lo ordenara; que, si algo estuviere ca铆do, que lo levantara.

Influencia de la religi贸n en el orden temporal

2. Mas, aunque esta divina restauraci贸n de que hemos hablado toca de una manera principal y directa a los hombres constituidos en el orden sobrenatural de la gracia, sus preciosos y saludables frutos han trascendido, de todos modos, al orden natural ampliamente; por lo cual han recibido perfeccionamiento notable en todos los aspectos tanto los individuos en particular cuanto la universal sociedad humana. Pues ocurri贸, tan pronto como qued贸 establecido el orden cristiano de las cosas, que los individuos humanos aprendieran y se acostumbraran a confiar en la paternal providencia de Dios y a alimentar una esperanza, que no defrauda, de los auxilios celestiales; con lo que se consiguen la fortaleza, la moderaci贸n, la constancia, la tranquilidad del esp铆ritu en paz y, finalmente, otras muchas preclaras virtudes e insignes hechos. Por lo que toca a la sociedad dom茅stica y civil, es admirable cu谩nto haya ganado en dignidad, en firmeza y honestidad. Se ha hecho m谩s equitativa y respetable la autoridad de los pr铆ncipes, m谩s pronta y m谩s f谩cil la obediencia de los pueblos, m谩s estrecha la uni贸n entre los ciudadanos, m谩s seguro el derecho de propiedad. La religi贸n cristiana ha favorecido y fomentado en absoluto todas aquellas cosas que en la sociedad civil son consideradas como 煤tiles, y hasta tal punto que, como dice San Agust铆n, aun cuando hubiera nacido exclusivamente para administrar y aumentar los bienes y comodidades de la vida terrena, no parece que hubiera podido ella misma aportar m谩s en orden a una vida buena y feliz.

3. Pero no es nuestro prop贸sito tratar ahora por completo de cada una de estas cosas; vamos a hablar sobre la sociedad dom茅stica, que tiene su princ铆pio y fundamento en el matrimonio.

II. El matrimonio cristiano

Origen y propiedades

4. Para todos consta, venerables hermanos, cu谩l es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad. Recordamos cosas conocidas de todos y de que nadie duda: despu茅s que en el sexto d铆a de la creaci贸n form贸 Dios al hombre del limo de la tierra e infundi贸 en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compa帽era, sacada admirablemente del costado de 茅l mismo mientras dorm铆a. Con lo cual quiso el provident铆simo Dios que aquella pareja de c贸nyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el g茅nero humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara por todos los tiempos. Y aquella uni贸n del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapient铆simos designios de Dios, manifest贸 desde ese mismo momento dos principal铆simas propiedades, nobil铆simas sobre todo y como impresas y grabadas ante s铆: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestigu贸 a los jud铆os y a los ap贸stoles que el matrimonio, por su misma instituci贸n, s贸lo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el v铆nculo nupcial est谩 tan 铆ntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que adie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unir谩 (el hombre) a su esposa y ser谩n dos en una carne. Y as铆 no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios uni贸, el hombre no lo separe 2 .

Corrupci贸n del matrimonio antiguo

5. Pero esta forma del matrimonio, tan excelente y superior, comenz贸 poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles; incluso entre los mismos hebreos pareci贸 nublarse y oscurecerse. Entre 茅stos, en efecto, hab铆a prevalecido la costumbre de que fuera l铆cito al var贸n tener m谩s de una mujer; y luego, cuando, por la dureza de coraz贸n de los mismos 3 , Mois茅s les permiti贸 indulgentemente la facultad de repudio, se abri贸 la puerta a los divorcios. Por lo que toca a la sociedad a, apenas cabe creerse cu谩nto degener贸 y qu茅 cambios experiment贸 el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las m谩s torpes pasiones de cada pueblo.

Todas las naciones parecieron olvidar, m谩s o menos, la noci贸n y el verdadero origen del matrimonio, d谩ndose por doquiera leyes emanadas, desde luego, de la autoridad p煤blica, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, confer铆an a las mujeres el t铆tulo honesto de esposas o el torpe de concubinas; se lleg贸 incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a qui茅nes les estaba permitido contraer matrimonio y a qui茅nes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor. La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, adem谩s, de que se relajara enormemente el v铆nculo conyugal. Gran desorden hubo tambi茅n en lo que ata帽e a los mutuos derechos y deberes de los c贸nyuges, ya que el marido adquir铆a el dominio de la mujer y muchas veces la desped铆a sin motivo alguno justo; en cambio, a 茅l, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad 4 . Imperando la licencia marital, nada era m谩s miserable que la esposa, relegada a un grado de abyecci贸n tal, que se la consideraba como un mero instrumento para satisfacci贸n del vicio o para engendrar hijos. Imp煤dicamente se compraba y vend铆a a las que iban a casarse, cual si se tratara de cosas materiales 5 , concedi茅ndose a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el 煤ltimo suplicio. La familia nacida de tales matrimonios necesariamente ten铆a que contarse entre los bienes del Estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban, adem谩s, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos y hasta para ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte.

Su ennoblecimiento por Cristo

6. Tan numerosos vicios, tan enormes ignominias como mancillaban el matrimonio, tuvieron, finalmente, alivio y remedio, sin embargo, pues Jesucristo, restaurador de la dignidad humana y perfeccionador de las leyes mosaicas, dedic贸 al matrimonio un no peque帽o ni el menor de sus cuidados. Ennobleci贸, en efecto, con su presencia las bodas de Can谩 de Galilea, inmortaliz谩ndolas con el primero de sus milagros 6 , motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con principios de nueva santidad. Restituy贸 luego el matrimonio a la nobleza de su primer origen, ya reprobando las costumbres de los hebreos, que abusaban de la pluralidad de mujeres y de la facultad de repudio, ya sobre todo mandando que nadie desatara lo que el mismo Dios hab铆a atado con un v铆nculo de uni贸n perpetua. Por todo ello, despu茅s de refutar las objeciones fundadas en la ley mosaica, revisti茅ndose de la dignidad de legislador supremo, estableci贸 sobre el matrimonio esto: 芦Os digo, pues, que todo el que abandona a su mujer, a no ser por causa de fornicaci贸n, y toma otra, adultera; y el que toma a la abandonada, adultera 7 .

Transmisi贸n de su doctrina por los ap贸stoles

7. Cuanto por voluntad de Dios ha sido decretado y establecido sobre los matrimonios, sin embargo, nos lo han transmitido por escrito y m谩s claramente los ap贸stoles, mensajeros de las leyes divinas. Y dentro del magisterio apost贸lico, debe considerarse lo que los Santos Padres, los concilios y la tradici贸n de la Iglesia universal han ense帽ado siempre 8 , esto es, que Cristo Nuestro Se帽or elev贸 el matrimonio a la dignidad de sacramento, haciendo al mismo tiempo que los c贸nyuges, protegidos y auxiliados por la gracia celestial conseguida por los m茅ritos de El, alcanzasen en el matrimonio mismo la santidad, y no s贸lo perfeccionando en 茅ste, admirablemente conc o a semejanza de la m铆stica uni贸n de Cristo con la Iglesia, el amor que brota de la naturaleza 9 , sino tambi茅n robusteciendo la uni贸n, ya de suyo irrompible, entre marido y mujer con un m谩s fuerte v铆nculo de caridad. 芦Maridos 鈥攄ice el ap贸stol San Pablo鈥�, amad a vuestras mujeres igual que Cristo am贸 a la Iglesia y se entreg贸 a s铆 mismo por ella, para santificarla... Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos.., ya que nadie aborrece jam谩s su propia carne, sino que la nutre y la abriga, como Cristo tambi茅n a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejar谩 el hombre a su padre y a su madre y se unir谩 a su esposa y ser谩n dos en una carne. Sacramento grande es 茅ste; pero os lo digo: en Cristo y en la Iglesia 10 . Por magisterio de los ap贸stoles sabemos igualmente que Cristo mand贸 que la unidad y la perpetua estabilidad, propias del matrimonio desde su mismo origen, fueran sagradas y por siempre inviolables. 芦A los casados 鈥攄ice el mismo San Pablo鈥� les mando, no yo, sino el Se帽or, que la mujer no se aparte de su marido; y si se apartare, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido禄 11 . Y de nuevo: 芦La mujer est谩 ligada a su ley mientras viviere su marido; y si su marido muere, queda libre禄 12 . Es por estas causas que el matrimonio es 芦sacramento grande y entre todos honorable禄 13 , piadoso, casto, venerable, por ser imagen y representaci贸n de cosas alt铆simas.

La finalidad del matrimonio en el cristianismo

8. Y no se limita s贸lo a lo que acabamos de recordar su excelencia y perfecci贸n cristiana. Pues, en primer lugar, se asign贸 a la sociedad conyugal una finalidad m谩s noble y m谩s excelsa que antes, porque se determin贸 a misi贸n suya no s贸lo la propagaci贸n del g茅nero humano, sino tambi茅n la de engendrar la prole de la Iglesia, conciudadanos de los santos y dom茅sticos de Dios 14 , esto es, la procreaci贸n y educaci贸n del pueblo para el culto y religi贸n del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador 15 . En segundo lugar, quedaron definidos 铆ntegramente los deberes de ambos c贸nyuges, establecidos perfectamente sus derechos. Es decir, que es necesario que se hallen siempre dispuestos de tal modo que entiendan que mutuamente se deben el m谩s grande amor, una constante fidelidad y una sol铆cita y continua ayuda. El marido es el jefe de la familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos, debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compa帽era; esto es, que a la obediencia prestada no le falten ni la honestidad ni la dignidad. Tanto en el que manda como en la que obedece, dado que ambos son imagen, el uno de Cristo y el otro de la Iglesia, sea la caridad reguladora constante del deber. Puesto que el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia... Y as铆 como la Iglesia est谩 sometida a Cristo, as铆 tambi茅n las mujeres a sus maridos en todo 16 . Por lo que toca a los hijos, deben 茅stos someterse y obedecer a sus padres y honrarlos por motivos de conciencia; y los padres, a su vez, es necesario que consagren todos sus cuidados y pensamientos a la protecci贸n de sus hijos, y principal铆simamente a educarlos en la virtud: Padres..., educad (a vuestros hijos) en la disciplina y en el respeto del Se帽or 17 . De lo que se infiere que los deberes de los c贸nyuges no son ni pocos ni leves; mas para los esposos buenos, a causa de la virtud que se percibe del sacramento, les ser谩n no s贸lo tolerables, sino incluso gratos.

La potestad de la Iglesia

9. Cristo, por consiguiente, habiendo renovado el matrimonio con tal y tan grande excelencia, confi贸 y encomend贸 toda la disciplina del mismo a la Iglesia. La cual ejerci贸 en todo tiempo y lugar su potestad sobre los matrimonios de los cristianos, y la ejerci贸 de tal manera que dicha potestad apareciera como propia suya, y no obtenida por concesi贸n de los hombres, sino recibida de Dios por voluntad de su fundador. Es de sobra conocido por todos, para que se haga necesario demostrarlo, cu谩ntos y qu茅 vigilantes cuidados haya puesto para conservar la santidad del matrimonio a fin de que 茅ste se mantuviera inc贸lume. Sabemos, en efecto, con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del concilio de Jerusal茅n 18 ; que un ciudadano incestuoso de Corinto fue condenado por autoridad de San Pablo 19 ; que siempre fueron rechazados y combatidos con igual vigor los intentos de muchos que atacaban el matrimonio cristiano: los gn贸sticos, los maniqueos y los montanistas en los or铆genes del cristianismo; y, en nuestros tiempos, los mormones, los sansimonianos, los falansterianos y los comunistas. Qued贸 igualmente establecido un mismo y 煤nico derecho imparcial del matrimonio para todos, suprimida la antigua diferencia entre esclavos y libres 20 ; igualados los derechos del marido y de la mujer, pues, como dec铆a San Jer贸nimo, entre nosotros, lo que no es l铆cito a las mujeres, justamente tampoco es l铆cito a los maridos, y una misma obligaci贸n es de igual condici贸n para los dos 21 ; consolidados de una manera estable esos mismos derechos por la correspondencia en el amor y por la reciprocidad de los deberes; asegurada y reivindicada la dignidad de la mujer; prohibido al marido castigar a la ad煤ltera con la muerte 22 y violar libidinosa o imp煤dicamente la fidelidad jurada. Y es grande tambi茅n que la Iglesia limitara, en cuanto fue conveniente, la potestad de los padres de familia, a fin de que no restaran nada de la justa libertad a los hijos o hijas que desearan casarse 23 ; prohibiera los matrimonios entre parientes y afines de determinados grados 24 , con objeto de que el amor sobrenatural de los c贸nyuges se extendiera por un m谩s ancho campo; cuidara de que se prohibieran en los matrimonios, hasta donde fuera posible, el error, la violencia y el fraude 25 , y ordenara que se protegieran la santa honestidad del t谩lamo, la seguridad de las personas 26 , el decoro de los matrimonios 27 y la integridad de la religi贸n 28 . En fin, defendi贸 con tal vigor, con tan previsoras leyes esta divina instituci贸n, que ning煤n observador imparcial de la realidad podr谩 menos que reconocer que, tambi茅n por lo que se refiere al matrimonio, el mejor custodio y defensor del g茅nero humano es la Iglesia, cuya sabidur铆a ha triunfado del tiempo, de las injurias de los hombres y de las vicisitudes innumerables de las cosas.

III. Ataques de que es objeto

Negaci贸n de la potestad de la Iglesia

10. No faltan, sin embargo, quienes, ayudados por el enemigo del g茅nero hurmano, igual que con incalificable ingratitud rechazan los dem谩s beneficios de la redenci贸n, desprecian tambi茅n o tratan de desconocer en absoluto la restauraci贸n y elevaci贸n del matrimonio. Fue falta de no pocos entre los antiguos haber sido enemigos en algo del matrimonio; pero es mucho m谩s grave en nuestros tiempos el pecado de aquellos que tratan de destruir totalmente su naturaleza, perfecta y completa en todas sus partes. La causa de ello reside principalmente en que, imbuidos en las opiniones de una filosof铆a falsa y por la corrupci贸n de las costumbres, muchos nada toleran menos que someterse y obedecer, trabajando denodadamente, adem谩s, para que no s贸lo los individuos, sino tambi茅n las familias y hasta la sociedad humana entera desoiga soberbiamente el mandato de Dios. Ahora bien: hall谩ndose la fuente y el origen de la sociedad humana en el matrimonio, les resulta insufrible que el mismo est茅 bajo la jurisdicci贸n de la Iglesia y tratan, por el contrario, de despojarlo de toda santidad y de reducirlo al c铆rculo verdaderamente muy estrecho de las cosas de instituci贸n humana y que se rigen y administran por el derecho civil de las naciones. De donde necesariamente hab铆a de seguirse que atribuyeran todo derecho sobre el matrimonio a los poderes estatales, neg谩ndoselo en absoluto a la Iglesia, la cual, si en un tiempo ejerci贸 tal potestad, esto se debi贸 a indulgencia de los pr铆ncipes o fue contra derecho. Y ya es tiempo, dicen, que los gobernantes del Estado reivindiquen en茅rgicamente sus derechos y reglamenten a su arbitrio cuanto se refiere al matrimonio. De aqu铆 han nacido los llamados matrimonios civiles, de aqu铆 esas conocidas leyes sobre las causas que impiden los matrimonios; de aqu铆 esas sentencias judiciales acerca de si los contratos conyugales fueron celebrados v谩lidamente o no. Finalmente, vemos que le ha sido arrebatada con tanta sa帽a a la Iglesia cat贸lica toda potestad de instituir y dictar leyes sobre este asunto, que ya no se tiene en cuenta para nada ni su poder divino ni sus previsoras leyes, con las cuales vivieron durante tanto tiempo unos pueblos, a los cuales lleg贸 la luz de la civilizaci贸n juntamente con la sabidur铆a cristiana.

Car谩cter religioso del matrimonio

11. Los naturalistas y todos aquellos que se glor铆an de rendir culto sobre todo al numen popular y se esfuerzan en divulgar por todas las naciones estas perversas doctrinas, no pueden verse libres de la acusaci贸n de falsedad. En efecto, teniendo el matrimonio por su autor a Dios, por eso mismo hay en 茅l algo de sagrado y religioso, no adventicio, sino ing茅nito; no recibido de los hombres, sino radicado en la naturaleza. Por ello, Inocencio III 29 y Honorio III 30 , predecesores nuestros, han podido afirmar, no sin raz贸n ni temerariamente, que el sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles. Nos dan testimonio de ello tanto los monumentos de la antig眉edad cuanto las costumbres e instituciones de los pueblos que anduvieron m谩s cerca de la civilizaci贸n y se distinguieron por un conocimiento m谩s perfecto del derecho y de la equidad: consta que en las mentes de todos 茅stos se hallaba informado y anticipado que, cuando se pensaba en el matrimonio, se pensaba en algo que implicaba religi贸n y santidad. Por esta raz贸n, las bodas acostumbraron a celebrarse frecuentemente entre ellos, no sin las ceremonias religiosas, mediante la autorizaci贸n de los pont铆fices y el ministerio de los sacerdotes. 隆Tan gran poder tuvieron en estos 谩nimos carentes de la doctrina celestial la naturaleza de las cosas, la memoria de los or铆genes y la conciencia del g茅nero humano! Por consiguiente, siendo el matrimonio por su virtud, por su naturaleza, de suyo algo sagrado, l贸gico es que se rija y se gobierne no por autoridad de pr铆ncipes, sino por la divina autoridad de la Iglesia, la 煤nica que tiene el magisterio de las cosas sagradas. Hay que considerar despu茅s la dignidad del sacramento, con cuya adici贸n los matrimonios cristianos quedan sumamente ennoblecidos. Ahora bien: estatuir y mandar en materia de sacramentos, por voluntad de Cristo, s贸lo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la m谩s peque帽a parte de este poder a los gobernantes civiles. Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clar铆simamente nos ense帽a que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes p煤blicos consent铆an en ello o transig铆an. 隆Cu谩n incre铆ble, cu谩n absurdo que Cristo Nuestro Se帽or hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en El por el procurador de la provincia o por el rey de los jud铆os! 隆O que el ap贸stol San Pablo declarara il铆citos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesi贸n o t谩cito mandato de Tiberio, de Cal铆gula o de Ner贸n! Jam谩s se lograr谩 persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio 31 , sobre los matrimonios entre esclavos y libres 32 , con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos m谩ximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religi贸n de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio M谩rtir 33 , Justino 34 , Aten谩goras 35 y Tertuliano 36 condenaban p煤blicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales. Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pont铆fices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron 煤t铆l y conveniente seg煤n los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles. Nadie ignora cu谩ntas instituciones, frecuentemente muy en desacuerdo con las disposiciones imperiales, fueron dictadas por los prelados de la Iglesia sobre los impedimentos de v铆nculo, de voto, de disparidad de culto, de consanguinidad, de crimen, de honestidad p煤blica en los concilios Iliberitano 37 , Arelatense 38 , Calcedonense 39 , Milevitano I I 40 y otros. Y ha estado tan lejos de que los pr铆ncipes reclamaran para s铆 la potestad sobre el matrimonio cristiano, que antes bien han reconocido y declarado que, cuanta es, corresponde a la Iglesia. En efecto, Honorio, Teodosio el Joven y Justiniano 41 no han dudado en manifestar que, en todo lo referente a matrimonios, no les era l铆cito ser otra cosa que custodios y defensores de los sagrados c谩nones. Y si dictaminaron algo acerca de impedimentos matrimoniales, hicieron saber que no proced铆an contra la voluntad, sino con el permiso y la autoridad de la Iglesia 42 , cuyo parecer acostumbraron a consultar y aceptar reverentemente en las controversias sobre la honestidad de los nacimientos 43 ., sobre los divorcios 44 y, finalmente, sobre todo lo relacionado de cualquier modo con el v铆nculo conyugal 45 . Con el mejor derecho, por consiguiente, se defini贸 en el concilio Tridentino que es potestad de la Iglesia establecer los impedimentos dirimentes del matrimonio 46 y que las causas matrimoniales son de la competencia de los jueces eclesi谩sticos 47 .

Intento de separar contrato y sacramento

12. Y no se le ocurra a nadie aducir aquella decantada distinci贸n de los regalistas entre el contrato nupcial y el sacramento, inventada con el prop贸sito de adjudicar al poder y arbitrio de los pr铆ncipes la jurisdicci贸n sobre el contrato, reservando a la Iglesia la del sacramento. Dicha distinci贸n o, mejor dicho, partici贸n no puede probarse, siendo cosa demostrada que en el matrimonio cristiano el contrato es inseparable del sacramento. Cristo Nuestro Se帽or, efectivamente, enriqueci贸 con la dignidad de sacramento el matrimonio, y el matrimonio es ese mismo contrato, siempre que se haya celebrado leg铆timamente. A帽谩dese a esto que el matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado y eficiente de gracia y es imagen de la uni贸n m铆stica de Cristo con la Iglesia. Ahora bien: la forma y figura de esta uni贸n est谩 expresada por ese mismo v铆nculo de uni贸n suma con que se ligan entre s铆 el marido y la mujer, y que no es otra cosa sino el matrimonio mismo. As铆, pues, queda claro que todo matrimonio leg铆timo entre cristianos es en s铆 y por s铆 sacramento y que nada es m谩s contrario a la verdad que considerar el sacramento como un cierto ornato sobrea帽adido o como una propiedad extr铆nseca, que quepa distinguir o separar del contrato, al arbitrio de los hombres. Ni por la raz贸n ni por la historia se prueba, por consiguiente, que la potestad sobre los matrimonios de los cristianos haya pasado a los gobernantes civiles. Y si en esto ha sido violado el derecho ajeno, nadie podr谩 decir, indudablemente, que haya sido violado por la Iglesia .

Los principios del naturalismo

13. 隆Ojal谩 que los or谩culos de los naturalistas, as铆 como est谩n llenos de falsedad y de injusticia, estuvieran tambi茅n vac铆os de da帽os y calamidades! Pero es f谩cil ver cu谩nto perjuicio ha causado la profanaci贸n del matrimonio y lo que a煤n reportar谩 a toda la sociedad humana. En un principio fue divinamente establecida la ley de que las cosas hechura de Dios o de la naturaleza nos resultaran tanto m谩s 煤tiles y saludables cuanto se conservaran m谩s 铆ntegras e inmutables en su estado nativo, puesto que Dios, creador de todas las cosas, supo muy bien qu茅 convendr铆a a la estructura y conservaci贸n de las cosas singulares, y las orden贸 todas en su voluntad y en su mente de tal manera que cada cual llegara a tener su m谩s adecuada realizaci贸n. Ahora bien: si la irreflexi贸n de los hombres o su maldad se empe帽ara en torcer o perturbar un orden tan provident铆simamente establecido, entonces las cosas m谩s sabia y provechosamente instituidas o comienzan a convertirse en un obst谩culo o dejan de ser provechosas, ya por haber perdido en el cambio su poder de ayudar, ya porque Dios mismo quiera castigar la soberbia y el atrevimiento de los mortales. Ahora bien: los que niegan que el matrimonio sea algo sagrado y, despoj谩ndolo de toda santidad, lo arrojan al mont贸n de las cosas humanas, 茅stos pervierten los fundamentos de la naturaleza, se oponen a los designios de la divina Providencia y destruyen, en lo posible, lo instituido. Por ello, nada tiene de extra帽ar que de tales insensatos e imp铆os principios resulte una tal cosecha de males, que nada pueda ser peor para la salvaci贸n de las almas y el bienestar de la rep煤blica.

Frutos del matrimonio cristiano

14. Si se considera a qu茅 fin tiende la divina instituci贸n del matrimonio, se ver谩 con toda claridad que Dios quiso poner en 茅l las fuentes ub茅rrimas de la utilidad y de la salud p煤blicas. Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagaci贸n del g茅nero humano, tiende tambi茅n a hacer mejor y m谩s feliz la vida de los c贸nyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del sacramento. Es tambi茅n un medio eficac铆simo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y est茅n de acuerdo con los consejos de Dios, podr谩n de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educaci贸n de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus se帽ores. De unos matrimonios as铆, las naciones podr谩n fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor esp铆ritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y leg铆timamente mandan amar a todos y no hacer da帽o a nadie.

La ausencia de religi贸n en el matrimonio

15. Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conserv贸 sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fruct铆fera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la m谩s fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el af谩n de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no s贸lo comenz贸 a desvanecerse la idea y la noci贸n elevad铆sima a que la naturaleza hab铆a impreso y como grabado en el 谩nimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversi贸n humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes. 驴Qu茅 de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religi贸n cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las m谩s excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un 谩nimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religi贸n, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiran铆a de las pasiones. De esta fuente han manado m煤ltiples calamidades, que han influido no s贸lo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jam谩s en parte alguna ha sido m谩s estricto que en la religi贸n cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa f谩cil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ans铆en liberarse de un v铆nculo que, en su opini贸n, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violaci贸n de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los c贸digos les impiden dar satisfacci贸n a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motej谩ndolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra m谩s humana en que sean l铆citos los divorcios.

16. Los legisladores de nuestros tiempos, confes谩ndose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queri茅ndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revoluci贸n cuanto conflagraci贸n francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedi贸, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio m谩s eficaz contra la creciente corrupci贸n de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.

Males del divorcio

17. Realmente, apenas cabe expresar el c煤mulo de males que el divorcio lleva consigo. D o a 茅l, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educaci贸n de los hijos, se da pie a la disoluci贸n de la sociedad dom茅stica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empeque帽ece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas as铆 que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos. Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poder铆o de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupci贸n de las costumbres, f谩cilmente se ver谩 cu谩n enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravaci贸n moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las m谩s relajadas costumbres de la vida privada y p煤blica. Y se advertir谩 que son mucho m谩s graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habr谩 freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos l铆mites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo m谩s de d铆a en d铆a, invada los 谩nimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.

Su confirmaci贸n por los hechos

18. Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se har谩n m谩s claras todav铆a. Tan pronto como la ley franque贸 seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, sigui茅ndose una tan espantosa relajaci贸n moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado r谩pidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil. Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tard贸 poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los esp铆ritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tama帽a licencia, hasta el punto de que parece muy veros铆mil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los a帽os no por los cambios de c贸nsules, sino de maridos. Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero 茅sas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que hab铆a de lamentarse grandemente la inmensa depravaci贸n moral y la intolerable torpeza de las leyes. Y no ocurri贸 de otra manera en las naciones cat贸licas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se sigui贸 dej贸 peque帽os los c谩lculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar todo g茅nero de malicias y de enga帽os y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el v铆nculo conyugal, de que ya se hab铆an hastiado, y esto con tan grave da帽o de la honestidad p煤blica, que p煤blicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes. 驴Y qui茅n podr谩 dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habr铆an de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros d铆as? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la 铆ndole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar p煤blico quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religi贸n cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todav铆a que fue costumbre en las mismas instituciones as. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivir谩n en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y comunistas. En esto puede verse cu谩n equivocado y absurdo sea esperar el bienestar p煤blico del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.

Conducta de la Iglesia frente al divorcio

19. Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia cat贸lica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien com煤n de todos los pueblos, y que se le debe no peque帽a gratitud por sus p煤blicas protestas, en el curso de los 煤ltimos cien a帽os, contra las leyes civiles que pecaban gravemente en esta materia 48 ; por su anatema dictado contra la detestable herej铆a de los protestantes acerca de los divorcios y repudios 49 ; por haber condenado de muchas maneras la separaci贸n conyugal en uso entre los griegos 50 ; por haber declarado nulos los matrimonios contra铆dos con la condici贸n de disolverlos en un tiempo dado 51 ; finalmente, por haberse opuesto ya desde los primeros tiempos a las leyes imperiales que amparaban perniciosamente los divorcios y repudios 52 . Adem谩s, cuantas veces los Sumos Pont铆fices resistieron a poderosos pr铆ncipes, los cuales ped铆an incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas deben ser considerados como defensores no s贸lo de la integridad de la religi贸n, sino tambi茅n de la civilizaci贸n de los pueblos. A este prop贸sito, la posteridad toda ver谩 con admiraci贸n los documentos reveladores de un esp铆ritu invicto, dictados: icol谩s II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II, pr铆ncipe de Francia; por Clemente VII y Paulo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso pont铆fice P铆o VII contra Napole贸n, engre铆do por su prosperidad y por la magnitud de su Imperio.

IV. Los remedios

El poder civil

20. Siendo las cosas as铆, los gobernantes y estadistas, de haber querido seguir los dictados de la raz贸n, de la sabidur铆a y de la misma utilidad de los pueblos, debieron preferir que las sagradas leyes sobre el matrimonio permanecieran intactas y prestar a la Iglesia la oportuna ayuda para tutela de las costumbres y prosperidad de las familias, antes que constituirse en sus enemigos y acusarla falsa e inicuamente de haber violado el derecho civil.

21. Y esto con tanta mayor raz贸n cuanto que la Iglesia, igual que no puede apartarse en cosa alguna del cumplimiento de su deber y de la defensa de su derecho, as铆 suele ser, sobre todo, propensa a la benignidad y a la indulgencia en todo lo que sea compatible con la integridad de sus derechos y con la santidad de sus deberes. Por ello jam谩s dictamin贸 nada sobre matrimonios sin tener en cuenta el estado de la comunidad y las condiciones de los pueblos, mitigando en m谩s de una ocasi贸n, en cuanto le fue posible, lo establecido en sus leyes, cuando hubo causas justas y graves para tal mitigaci贸n. Tampoco ignora ni niega que el sacramento del matrimonio, encaminado tambi茅n a la conservaci贸n y al incremento de la sociedad humana, tiene parentesco y vinculaci贸n con cosas humanas, consecuencias indudables del matrimonio, pero que caen del lado de lo civil y respecto de las cuales con justa competencia legislan y entienden los gobernantes del Estado.

El poder eclesi谩stico

22. Nadie duda que el fundador de la Iglesia, nuestro Se帽or Jesucristo, quiso que la potestad sagrada fuera distinta de la civil, y libres y expeditas cada una de ellas en el desempe帽o de sus respectivas funciones; pero con este aditamento: que a las dos conviene y a todos los hombres interesa que entre las dos reinen la uni贸n y la concordia, y que en aquellas cosas que, aun cuando bajo aspectos diversos, son de derecho y juicio com煤n, una, la que tiene a su cargo las cosas humanas, dependa oportuna y convenientemente de la otra, a que se han confiado las cosas celestiales. En una composici贸n y casi armon铆a de esta 铆ndole se contiene no s贸lo la mejor relaci贸n entre las potestades, sino tambi茅n el modo m谩s conveniente y eficaz de ayuda al g茅nero humano, tanto en lo que se refiere a los asuntos de esta vida cuanto en lo tocante a la esperanza de la salvaci贸n eterna. En efecto, as铆 como la inteligencia de los hombres, seg煤n hemos expuesto en anteriores enc铆clicas, si est谩 de acuerdo con la fe cristiana, gana mucho en nobleza y en vigor para desechar los errores, y, a su vez, la fe recibe de ella no peque帽a ayuda, de igual manera, si la potestad civil se comporta amigablemente con la Iglesia, las dos habr谩n de salir grandemente gananciosas. La dignidad de la una se enaltece, y yendo por delante la religi贸n, jam谩s ser谩 injusto su mandato; la otra obtendr谩 medios de tutela y de defensa para el bien com煤n de los fiel茅s.

23. Nos, por consiguiente, movidos por esta consideraci贸n de las cosas, con el mismo afecto que otras veces lo hemos hecho, invitamos de nuevo con toda insistencia en la presente a los gobernantes a estrechar la concordia y la amistad, y somos Nos el primero en tender, con paternal benevolencia, nuestra diestra con el ofrecimiento del auxilio de nuestra suprema potestad, tanto m谩s necesario en estos tiempos cuanto que el derecho de mandar, cual si hubiera recibido una herida, se halla debilitado en la opini贸n de los hombres. Ardiendo ya los 谩nimos en el m谩s osado libertinaje y vilipendiando con criminal audacia todo yugo de autoridad, por leg铆tima que sea; la salud p煤blica postula que las fuerzas de las dos potestades se unan para impedir los da帽os que amenazan no s贸lo a la Iglesia, sino tambi茅n a la sociedad civil.

Exhortaci贸n a los obispos

24. Mas, al mismo tiempo que aconsejamos insistentemente la amigable uni贸n de las voluntades y suplicamos a Dios, pr铆ncipe de la paz, que infunda en los 谩nimos de todos los hombres el amor de la concordia, no podemos menos de incitar, venerables hermanos, exhort谩ndoos una y otra vez, vuestro ingenio, vuestro celo y vigilancia, que sabemos que es m谩xima en vosotros. En cuanto est茅 a vuestro alcance, con todo lo que pueda vuestra autoridad, trabajad para que entre las gentes confiadas a vuestra vigilancia se mantenga 铆ntegra e incorruptible la doctrina que ense帽aron Cristo Nuestro Se帽or y los ap贸stoles, int茅rpretes de la voluntad divina, y que la Iglesia cat贸lica observ贸 religiosamente ella misma y mand贸 que en todos los tiempos observaran los fieles cristianos.

25. Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabidur铆a cristiana y no olviden jam谩s que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposici贸n de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elev贸 de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que ata帽e al v铆nculo, atribuy贸 la potestad legislativa y judicial a su Iglesia. Acerca de esto habr谩 que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, seg煤n los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una uni贸n de hombre con mujer fuera del sacramento, tal uni贸n carece de toda fuerza y raz贸n de leg铆timo matrimonio; y que, aun cuando se hubiera verificado convenientemente conforme a las leyes del pa铆s, esto no pasar铆a de ser una pr谩ctica o costumbre introducida por el derecho civil, y este derecho s贸lo puede ordenar y administrar aquellas cosas que los matrimonios producen de s铆 en el orden civil, las cuales claro est谩 que no podr谩n producirse sin que exista su verdadera y leg铆tima causa, es decir, el v铆nculo nupcial.

Importa sobre todo que estas cosas sean conocidas de los esposos, a los cuales incluso habr谩 que demostr谩rselas e inculc谩rselas en los 谩nimos, a fin de que puedan cumplir con las leyes, a lo que de ning煤n modo se opone la Iglesia, antes bien quiere y desea que los efectos del matrimonio se logren en todas sus partes y que de ning煤n modo se perjudique a los hijos. Tambi茅n es necesario que se sepa, en medio de tan enorme confusi贸n de opiniones como se pro de d铆a en d铆a, que no hay potestad capaz de disolver el v铆nculo de un matrimonio rato y consumado entre cristianos y que, por lo mismo, son reos de evidente crimen los c贸nyuges que, antes de haber sido roto el primero por la muerte, se ligan con un nuevo v铆nculo matrimonial, por m谩s razones que aleguen en su descargo. Porque, si las cosas llegaran a tal extremo que ya la convivencia es imposible, entonces la Iglesia deja al uno vivir separado de la otra y, aplicando los cuidados y remedios acomodados a las condiciones de los c贸nyuges, trata de suavizar los inconvenientes de la separaci贸n, trabajando siempre por restablecer la concordia, sin desesperar nunca de lograrlo. Son 茅stos, sin embargo, casos extremos, los cuales ser铆a f谩cil soslayar si los prometidos, en vez de dejarse arrastrar por la pasi贸n, pensaran antes seriamente tanto en las obligaciones de los c贸nyuges cuanto en las nobil铆simas causas del matrimonio, acerc谩ndose a 茅l con las d as intenciones, sin anticiparse a las nupcias, irritando a Dios, con una serie ininterrumpida de pecados. Y, para decirlo todo en pocas palabras, los matrimonios disfrutar谩n de una pl谩cida y quieta estabilidad si los c贸nyuges informan su esp铆ritu y su vida con la virtud de la religi贸n, que da al hombre un 谩nimo fuerte e invencible y hace que los vicios dado que existieran en ellos, que la diferencia de costumbres y de car谩cter, que la carga de los cuidados maternales, que la penosa solicitud de la educaci贸n de los hijos, que los trabajos propios de la vida y que los contratiempos se soporten no s贸lo con moderaci贸n, sino incluso con agrado.

Matrimonios con acat贸licos

26. Deber谩 evitarse tambi茅n que se contraigan f谩cilmente matrimonios con acat贸licos, pues cuando no existe acuerdo en materia religiosa, apenas si cabe esperar que lo haya en lo dem谩s. M谩s a煤n: dichos matrimonios deben evitarse a toda costa, porque dan ocasi贸n a un trato y comunicaci贸n vedados sobre cosas sagradas, porque crean un peligro para la religi贸n del c贸nyuge cat贸lico, porque impiden la buena educaci贸n de los hijos y porque muchas veces impulsan a considerar a todas las religiones a un mismo nivel, sin discriminaci贸n de lo verdadero y de lo falso. Entendiendo, por 煤ltimo, que nadie puede ser ajeno a nuestra caridad, encomendamos a la autoridad de la fe y a vuestra piedad, venerables hermanos, a aquellos miserables que, arrebatados por la llama de las pasiones y olvidados por completo de su salvaci贸n, viven ilegalmente, unidos sin leg铆timo v铆nculo de matrimonio. Empe帽ad todo vuestro diligente celo en atraer a 茅stos al cumplimiento del deber, y, directamente vosotros o por mediaci贸n de personas buenas, procurad por todos los medios que se den cuenta de que han obrado pecaminosamente, hagan penitencia de su maldad y contraigan matrimonio seg煤n el rito cat贸lico.

V. Conclusi贸n

27. Estas ense帽anzas y preceptos acerca del matrimonio cristiano, que por medio de esta carta hemos estimado oportuno tratar con vosotros, venerables hermanos, pod茅is ver f谩cilmente que interesan no menos para la conservaci贸n de la comunidad civil que para la salvaci贸n eterna de los hombres. Haga Dios, pues, que cuanto mayor es su importancia y gravedad, tanto m谩s d贸ciles y dispuestos a obedecer encuentren por todas partes los 谩nimos. Imploremos para esto igualmente todos, con fervorosas oraciones, el auxilio de la Sant铆sima Inmaculada Virgen Mar铆a, la cual, inclinando las mentes a someterse a la fe, se muestre madre y protectora de los hombres. Y con no menor fervor supliquemos a los Pr铆ncipes de los Ap贸stoles, San Pedro y San Pablo, vencedores de la superstici贸n y sembradores de la verdad, que defiendan al g茅nero humano con su poderoso patrocinio del aluvi贸n desbordado de los errores.

28. Entretanto, como prenda de los dones celestiales y testimonio de nuestra singular benevolencia, os impartimos de coraz贸n a todos vosotros, venerables hermanos, y a los pueblos confiados a vuestra vigilancia, la bendici贸n apost贸lica.

Dada en Roma, junto a San Pedro, a 10 de febrero de 1880, a帽o segundo de nuestro pontificado.


1

Ef 1,9-10.

2

Mt 19,5-6.

3

Ib铆d., 8.

4

San Jer贸nimo, Opera t.l co1.455.

5

Arnobio, Contra los gentiles 4

6

Jn c.2

7

Mt 19,9.

8

Concilio Tridentino Ses.24 al princ.

9

Ib铆d., c.l De reform. matr.

10

Ef 5,25ss.

11

1 Cor 7,10-11.

12

Ef 5,39.

13

Heb 13,4.

14

Ef 2,19.

15

Catec. Romano c.8.

16

Ef 5,23-24.

17

Ef 6,4.

18

Hech 15,29.

19

1 Cor 5,5.

20

C.1 De coniug. serv.

21

Opera t.l co1.455.

22

Canon Interfectores y canon Admonere cuest.2.

23

C.30 cuest.3 c.3 De cognat. spirit

24

C.8 De consang. et affin; c.l De cognat. legali.

25

C.26 De sponsal.; c.13,15-29 De sponsal. et matrim. et alibi.

26

C.1 De convers. infid.; c.5 y 6 De eo que duxit in matr.

27

C.3.5.8 De sponsal. et matrim.; Concilio Tridentino, ses.24 c.3 De reform. Matrim.

28

C.7 De divort.

29

C.8 De divort.

30

C.11 De transact.

31

Can. apost. 16.17.18.

32

Philosophum. Oxon ( 1851 ).

33

Carta a Policarpo c.5.

34

Apolog. mai n.15.

35

Legat. pro Christian. n.32-33.

36

De coron. milit. c.13.

37

De Aguirre, Conc. Hispan. t.l can.13.15.16.17.

38

Harduin, Act. Concil. t.l can.l l.

39

Ib铆d., can.l6.

40

Ib铆d., can.l7.

41

Novel. 137.

42

Feier, Matrim. ex institut. Christ. (Pest 1835).

43

C.3 De ordin. cognit.

44

C.3 De divort.

45

C.13 Qui filii sint legit.

46

Tridentino, ses.24 can.4.

47

Ib铆d., can.l2.

48

P铆o VI, ep铆stola al obispo lucionense, de 28 de mayo de 1793; P铆o VII, enc铆clica de 17 de febrero de 1809 y constituci贸n de fecha 19 de julio de 1817; P铆o VIII, enc铆clica de 29 de mayo de 1829; Gregorio XVI, constituci贸n del 15 de agosto de 1832; P铆o IX, alocuci贸n de 22 de septiembre de 1852.

49

Concilio Tridentino, ses.24 can.5 y 7.

50

Concilio Florentino e instrucci贸n de Eugenio IV a los armenios; Benedicto XIV, constituci贸n Etsi pastoralis, de 6 de mayo de 1742.

51

C.7 De condit. apost.

52

San Jer贸nimo, Epist. 79, ad Ocean; San Ambrosio, 1.8 sobre el c.16 de San Lucas, n.5; San Agust铆n, De nuptiis c.10.
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