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S.S. Pío XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus
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Carta Encíclica Summi Pontificatus

A los Venerables Hermanos
patriarcas, primados, arzobispos, obispos
y dem√°s ordinarios locales
en paz y en comunión con la Sede Apostólica

1. Dios, en su secreto designio, nos ha confiado, sin m√©rito alguno nuestro, la dignidad y las graves preocupaciones del supremo pontificado precisamente en el a√Īo en que se cumple el cuadrag√©simo aniversario de la consagraci√≥n del g√©nero humano al Sacrat√≠simo Coraz√≥n del Redentor, que nuestro inmortal predecesor Le√≥n XIII intim√≥ a todo el orbe, al declinar el pasado siglo, en los umbrales del A√Īo Santo.

2. Con suma alegr√≠a e √≠ntimo gozo acogimos entonces como mensaje del cielo la enc√≠clica Annum Sacrum , precisamente cuando reci√©n ordenados de sacerdote, hab√≠amos podido recitar el Introibo ad altare Dei (Sal 42,4) . Y ¬°con qu√© ardiente entusiasmo unimos nuestro coraz√≥n a los pensamientos y a las intenciones que animaban y guiaban aquel acto, llevado a cabo, no sin una especial providencia, por un Pont√≠fice que con tan profunda agudeza conoc√≠a las necesidades y los males manifiestos y ocultos de su tiempo! Por esto, no podemos dejar de manifestar nuestro agradecimiento a la divina Providencia, que ha querido hacer coincidir nuestro primer a√Īo de pontificado con un recuerdo tan trascendental y querido de nuestro primer a√Īo de sacerdocio. Aprovechando de buena gana esta oportunidad, Nos queremos que el culto debido al Rey de reyes y al Se√Īor de los se√Īores (1Tim 6,15; Ap 19,16) sea como la plegaria introductoria de nuestro pontificado, cumpliendo as√≠ los deseos de nuestro santo predecesor. Sea este culto tambi√©n el fundamento en que se apoyan y el prop√≥sito que pretenden tanto nuestra voluntad esperanzada como nuestra ense√Īanza y pastoral actividad, y, finalmente, el sufrimiento de los trabajos y penas, que consagramos exclusivamente a la difusi√≥n del reino de Cristo.

3. Si contemplamos a la luz de la eternidad los acontecimientos externos y el crecimiento de vida interior logrado durante los √ļltimos cuarenta a√Īos y medimos, por una parte, sus grandezas y, por otra, sus deficiencias, aquella consagraci√≥n del g√©nero humano a Jesucristo Rey revela cada vez m√°s a nuestro esp√≠ritu su hondo significado sagrado, su simbolismo exhortador, su fuerza purificadora, elevante, defensora y consolidadora de las almas, y al mismo tiempo, con no menor evidencia, observan nuestros ojos con cu√°nta sabidur√≠a procura esa consagraci√≥n restablecer por completo la salud de toda la sociedad humana y promover la verdadera prosperidad de √©sta. Esta consagraci√≥n nos parece como un mensaje de exhortaci√≥n y de gracia divina no s√≥lo para la Iglesia, sino tambi√©n para toda la humanidad, que, necesitada de est√≠mulo y de gu√≠a, se apartaba del camino recto y, hundi√©ndose en las cosas de la tierra y poniendo en ellas de manera exclusiva su deseo, perec√≠a miserablemente; mensaje para todos los hombres que, en n√ļmero cada d√≠a mayor, se alejaban de la fe en Cristo e incluso tambi√©n del reconocimiento y de la observancia de su ley; mensaje, finalmente, que se alzaba contra una concepci√≥n de la vida, muy extendida, para la cual el precepto del amor y la doctrina de la renuncia de s√≠ mismo promulgada en el serm√≥n evang√©lico de la monta√Īa, e igualmente la divina gesta de amor realizada en la cruz, parec√≠an un esc√°ndalo y una locura. De la misma manera que en otro tiempo el Precursor del Redentor, para responder a los que le preguntaban con deseo de instruirse, proclamaba: He aqu√≠ el Cordero de Dios (Jn 1,29) , para avisarles que el Deseado de los pueblos (Ag 2,8) , si bien todav√≠a desconocido, viv√≠a ya en medio de ellos, as√≠ tambi√©n el Vicario de Jesucristo a todos aquellos que ‚ÄĒrenegados, dudosos, fluctuantes‚ÄĒ se negaban a seguir al Redentor glorioso, viviente y operante siempre en su Iglesia, o le segu√≠an con descuido y flojedad, con poderosa voz les conjuraba diciendo: He aqu√≠ vuestro Rey (Jn 19,14) .

4. De la propagaci√≥n y del arraigo cada d√≠a mayor del culto al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs ‚ÄĒderivados no s√≥lo de la consagraci√≥n del g√©nero humano, hecha al declinar el pasado siglo, sino tambi√©n de la instituci√≥n de la fiesta de Jesucristo Rey, creada por nuestro inmediato predecesor, de feliz memoria ‚ÄĒ han brotado innumerables bienes para los fieles como un impetuoso r√≠o que alegra la ciudad de Dios (Sal 45,5) ¬ŅQu√© √©poca ha tenido mayor necesidad de estos bienes que la nuestra? ¬ŅQu√© √©poca m√°s que la nuestra, a pesar de los progresos de toda clase que ha producido en el orden t√©cnico y puramente exterior, ha sufrido un vac√≠o interior tan crecido y una indigencia espiritual tan √≠ntima? Se le puede aplicar con exactitud la palabra aleccionadora del Apocalipsis: Dices: Rico soy y opulento y de nada necesito, y no sabes que eres m√≠sero, miserable, pobre, ciego y desnudo (Ap 3, 17).

5. No hay necesidad m√°s urgente, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3,8) a los hombres de nuestra √©poca. No hay empresa m√°s noble que la de levantar y desplegar al viento las banderas de nuestro Rey ante aquellos que han seguido banderas falaces y la de reconquistar para la cruz victoriosa a los que de ella, por desgracia, se han separado. ¬ŅQui√©n, a la vista de una tan gran multitud de hermanos y hermanas que, cegados por el error, enredados por las pasiones, desviados por los prejuicios, se han alejado de la verdadera fe en Dios y del salvador mensaje de Jesucristo; qui√©n, decimos, no arder√° en caridad y dejar√° de prestar gustosamente su ayuda? Todo el que pertenece a la milicia de Cristo, sea cl√©rigo o seglar, ¬Ņpor qu√© no ha de sentirse excitado a una mayor vigilancia, a una defensa m√°s en√©rgica de nuestra causa viendo como ve crecer temerosamente sin cesar la turba de los enemigos de Cristo y viendo a los pregoneros de una doctrina enga√Īosa que, de la misma manera que niegan la eficacia y la saludable verdad de la fe cristiana o impiden que √©sta se lleve a la pr√°ctica, parecen romper con impiedad suma las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con otras normas de las que est√°n desterrados los principios morales de la revelaci√≥n del Sina√≠ y el divino esp√≠ritu que ha brotado del serm√≥n de la monta√Īa y de la cruz de Cristo? Todos, sin duda, saben muy bien, no sin hondo dolor, que los g√©rmenes de estos errores producen una tr√°gica cosecha en aquellos que, si bien en los d√≠as de calma y seguridad se confesaban seguidores de Cristo, sin embargo, cuando es necesario resistir con energ√≠a, luchar, padecer y soportar persecuciones ocultas y abiertas, cristianos s√≥lo de nombre, se muestran vacilantes, d√©biles, impotentes, y, rechazando los sacrificios que la profesi√≥n de su religi√≥n implica, no son capaces de seguir los pasos sangrientos del divino Redentor.

6. Que en esta situaci√≥n, venerables hermanos, la ya pr√≥xima fiesta de Cristo Rey, en cuya fecha os llegar√° esta nuestra enc√≠clica, os conceda los dones de la divina gracia, con los cuales puedan renovarse los hambres en las virtudes evang√©licas y pueda renacer el reino de Cristo por todas partes. Que la consagraci√≥n del g√©nero humano al Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs, que en este d√≠a se celebrar√° de modo solemne y con especial devoci√≥n, re√ļna junto al altar del eterno Rey a los fieles de todos los pueblos y de todas las naciones en adoraci√≥n y en reparaci√≥n, para renovarle a √Čl y a su ley de verdad y de amor, ahora y siempre, el juramento de fidelidad. Beban en ese d√≠a la gracia divina todos los cristianos, para que en ellos el fuego que el Se√Īor vino a traer a la tierra se convierta en llama cada vez m√°s luminosa y pura. Sea d√≠a de gracia tambi√©n para los tibios, los cansados, los hastiados, y renueven as√≠ todos ellos la integridad y la fortaleza de su esp√≠ritu. Sea tambi√©n, por √ļltimo, d√≠a de gracia para los que no han conocido a Cristo o lo han abandonado miserablemente, y la multitud de los fieles, muchos millones de hambres, rueguen juntos a Dios en ese solemne d√≠a que la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9) les ilumine y se√Īale el camino de la salvaci√≥n, y su divina gracia suscite en el inquieto esp√≠ritu de los extraviados la nostalgia de los bienes eternos, nostalgia que los impela a volver a Aquel que desde el doloroso trono de la cruz tiene sed de sus almas y ardiente deseo de ser tambi√©n para ellos camino, verdad y vida (Jn 14,6).

7. Al poner esta primera enc√≠clica de nuestro pontificado, con el coraz√≥n rebosante de confiada esperanza, bajo la bandera de Cristo Rey, Nos estamos absolutamente seguros de la un√°nime y entusiasta aprobaci√≥n de toda la grey del Se√Īor. Las experiencias y las ansiedades de la √©poca presente despiertan la solidaridad entre todos los miembros de la familia cat√≥lica y agudizan y purifican el sentimiento de esta solidaridad en grado raras veces conseguido. E igualmente excitan en todos los que crecen en Dios y siguen a Cristo como gu√≠a y maestro el reconocimiento de un peligro com√ļn que est√° amenazando sobre todos sin excepci√≥n.

8. Este espíritu de mutua solidaridad entre los católicos, que, como hemos dicho, se ha visto aumentado por la peligrosa situación presente, y que confirma a los espíritus haciéndoles entrar dentro de sí y alimenta al mismo tiempo el propósito de futuras victorias, nos produjo un suave deleite y un sumo consuelo en aquellos días en que con trémulo paso, pero confiando en Dios, tomamos posesión de la Cátedra que la muerte de nuestro gran predecesor había dejado vacante.

9. Hoy, recordando el sinn√ļmero de testimonios de estrecha adhesi√≥n filial a la Iglesia y al Vicario de Cristo que libre y espont√°neamente llegaron a Nos con motivo de nuestra elecci√≥n y coronaci√≥n, no podemos dejar de daros a vosotros, venerables hermanos, y a todos cuantos pertenecen a la familia cat√≥lica, las gracias m√°s conmovidas por los testimonios de amor reverente y de inquebrantable fidelidad al Papado enviados de todas partes al Pont√≠fice, en el cual se reconoc√≠a la misi√≥n providencial del Sumo Sacerdote y del Pastor Supremo. Porque estas manifestaciones no estaban dirigidas a nuestra humilde persona, sino √ļnicamente al alto y grave oficio a cuyo cumplimiento el Se√Īor nos llamaba. Y si ya entonces experiment√°bamos la extraordinaria gravedad de la carga recibida que nos hab√≠a impuesto la suma potestad que nos confer√≠a la Providencia divina, sin embargo, sent√≠amos el gran consuelo de ver aquella grandiosa y palpable demostraci√≥n de la indivisible unidad de la Iglesia cat√≥lica, que, levantada como muralla y baluarte, con tanta mayor firmeza y energ√≠a se une a la roca invicta de Pedro cuanto mayor aparece la jactancia de los enemigos de Cristo.

10. Este universal plebiscito de la unidad cat√≥lica y de la fraterna y divina solidaridad de los pueblos ofrecido al Padre com√ļn nos parec√≠a dar una esperanza tanto m√°s feliz y m√°s fecunda cuanto m√°s tr√°gicas eran las circunstancias materiales y espirituales del momento. Y su gozoso recuerdo nos sigui√≥ confortando durante los primeros meses de nuestro pontificado, cuando debimos padecer las fatigas, las ansiedades, y soportar las pruebas de que est√° sembrado el camino de la Esposa de Cristo.

11. No queremos tampoco pasar en silencio el reconocimiento que suscit√≥ en nuestro coraz√≥n la felicitaci√≥n de aquellos que, sin pertenecer al cuerpo visible de la Iglesia cat√≥lica, en su nobleza y sinceridad, no han querido olvidar todo aquello que, en el amor a la persona de Cristo o en la fe en Dios, les une con Nos. Vaya a todos ellos la expresi√≥n de nuestra gratitud. Nos los encomendamos a todos y a cada uno a la protecci√≥n y a la direcci√≥n del Se√Īor, y aseguramos solemnemente que solo un pensamiento domina nuestra mente: imitar cuidadosamente el ejemplo del Buen Pastor, para conducir a todos a la verdadera felicidad y para que tengan vida, y la tengan m√°s abundante (Jn 10,10).

12. Pero de manera particular Nos deseamos mostrar aqu√≠ nuestro agradecimiento a los soberanos, a los jefes de Estado y a las autoridades p√ļblicas que, en nombre de sus respectivas naciones, con las cuales la Santa Sede se halla en amigables relaciones, han querido ofrecernos en aquella ocasi√≥n el homenaje de su reverencia. En este n√ļmero y con ocasi√≥n de esta primera enc√≠clica, dirigida a todos los pueblos del universo, con particular alegr√≠a nos es permitido incluir a Italia; Italia, que, como fecundo jard√≠n de la fe cat√≥lica, plantada por el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, despu√©s de los providenciales pactos lateranenses, ocupa un puesto de honor entre aquellos Estados que oficialmente se hallan representados cerca del Romano Pont√≠fice. De estos pactos volvi√≥ a lucir como una aurora feliz la ¬ępaz de Cristo devuelta a Italia¬Ľ, anunciando una tranquila y fraterna uni√≥n de esp√≠ritus tanto en la vida religiosa como en los asuntos civiles; paz que, aportando siempre tiempos serenos, como pedimos al Se√Īor, penetre, consuele, dilate y corrobore profundamente el alma del pueblo italiano, tan cercano a Nos y que goza del mismo ambiente de vida que Nos. Con ruegos suplicantes deseamos de todo coraz√≥n que este pueblo, tan querido a nuestros predecesores y a Nos, fiel a sus gloriosas tradiciones cat√≥licas y asegurado por el divino auxilio, experimente cada d√≠a m√°s la divina verdad de las palabras del salmista: Bienaventurado el pueblo que tiene al Se√Īor por su Dios (Sal 143,15).

13. Este nuevo y deseado orden jurídico y espiritual que para Italia y para todo el orbe católico creó y selló aquel hecho, digno de memoria indeleble para toda la historia, jamás nos pareció demostrar una tan grandiosa unión de espíritus como cuando desde la alta loggia de la Basílica Vaticana abrimos y levantamos por primera vez nuestros brazos y nuestra mano para bendecir a Roma, sede del Papado y nuestra amadísima ciudad natal; a Italia, reconciliada con la Iglesia católica, y a los pueblos del mundo entero.

14. Como Vicario de Aquel que, en una hora decisiva, delante del representante de la m√°s alta autoridad de aquel tiempo, pronunci√≥ la augusta palabra: Yo para esto nac√≠ y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, oye mi voz (Jn 18,37), declaramos que el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es ¬ędar testimonio de la verdad¬Ľ. Este deber, que debemos cumplir con firmeza apost√≥lica, exige necesariamente la exposici√≥n y la refutaci√≥n de los errores y de los pecados de los hombres, para que, vistos y conocidos a fondo, sea posible el tratamiento m√©dico y la cura: Conocer√©is la verdad, y la verdad os har√° libres (Jn 8,32). En el cumplimiento de este oficio no nos dejaremos influir por consideraciones humanas o terrenas, del mismo modo, no cejaremos en el prop√≥sito emprendido ni por las desconfianzas, ni por las contradicciones, ni por las repulsas, no nos apartar√° tampoco de esta determinaci√≥n el temor de que nuestra acci√≥n sea incomprendida o falsamente interpretada. Sin embargo, aun trabajando con cuidadosa diligencia para este fin, nuestra conducta estar√° animada por aquella caridad paterna que mientras nos ordena trabajar con suma tristeza a causa de los males que atormentan a los hijos, nos manda tambi√©n se√Īalar estos mismos hijos los oportunos remedios, imitando as√≠ al divino modelo de los pastores, Cristo, Se√Īor nuestro, que nos da al mismo tiempo luz y amor: Practicando la verdad con amor (Ef 4, 15).

15. Ahora bien, el nefasto esfuerzo con que no pocos pretenden arrojar a Cristo de su reino, niegan la ley de la verdad por √Čl revelada y rechazan el precepto de aquella caridad que abriga y corrobora su imperio como con un vivificante y divino soplo, es la ra√≠z de los males que precipitan a nuestra √©poca por un camino resbaladizo hacia la indigencia espiritual y la carencia de virtudes en las almas. Por lo cual, la reverencia a la realeza de Cristo, el reconocimiento de los derechos de su regia potestad y el procurar la vuelta de los particulares y de toda la sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son los √ļnicos medios que pueden hacer volver a los hombres al camino de la salvaci√≥n.

16. Mientras escribimos estas l√≠neas, venerables hermanos nos llega la terrible noticia de que, por desgracia, a pesar de todos nuestros esfuerzos por evitarlo, el terrible incendio de la guerra se ha desencadenado ya. Nuestra pluma casi se detiene cuando pensamos en las innumerables calamidades de aquellos que hasta ayer se gozaban con la modesta prosperidad de su propio hogar familiar. Nuestro coraz√≥n paterno se siente lleno de angustia al prever todos los males que podr√°n brotar de la tenebrosa semilla de la violencia y del odio, a los que la espada est√° abriendo ya sangrientos surcos. Sin embargo, cuando consideramos este diluvio de males presentes y tememos calamidades a√ļn mayores para el futuro, juzgamos deber nuestro dirigir con creciente insistencia los ojos y los corazones de cuantos conservan todav√≠a una voluntad recta hacia Aquel de quien √ļnicamente viene la salvaci√≥n del mundo, hacia Aquel cuya mano omnipotente y misericordiosa es la √ļnica que puede poner fin a esta tempestad; hacia Aquel, finalmente, cuya verdad y amor son los √ļnicos que pueden iluminar las inteligencias y encender los esp√≠ritus de tantos hombres que, combatidos por las olas del error y por el ansia de un ego√≠smo inmoderado y casi sumergidos por las ondas de las contiendas, deben ser reformados nuevamente y devueltos al gobierno y al esp√≠ritu de Jesucristo.

17. Tal vez se puede esperar ‚ÄĒy pedimos a Dios que as√≠ sea‚ÄĒ que esta √©poca de m√°ximas calamidades mejore la manera de pensar y de sentir de muchos que, ciegamente confiados hasta ahora en las enga√Īosas opiniones tan difundidas hoy d√≠a, despreocupados e imprudentes, pisaban un camino incierto lleno de peligros. Y muchos que no apreciaban la importancia y el valor de la misi√≥n pastoral de la Iglesia para la recta educaci√≥n de los esp√≠ritus, comprender√°n tal vez ahora mejor y estimar√°n m√°s las amonestaciones de la Iglesia que ellos desatendieron en un tiempo m√°s f√°cil y seguro. Las angustias presentes y la calamitosa situaci√≥n actual constituyen una apolog√≠a tan definitiva de la doctrina cristiana, que es tal vez esta situaci√≥n la que puede mover a los hombres m√°s que cualquier otro argumento. Porque de este ingente c√ļmulo de errores y de este diluvio de movimientos anticristianos se han cosechado frutos tan envenenados, que constituyen una reprobaci√≥n y una condenaci√≥n de esos errores, cuya fuerza probativa supera a toda refutaci√≥n racional.

18. Porque, mientras las esperanzas fallan y desilusionan, la gracia divina sonr√≠e a las almas temblorosas: se percibe el paso del Se√Īor (Ex 12,11) y a la palabra del Redentor: He aqu√≠ que estoy a la puerta y llamo (Ap 3,20); se abren con frecuencia puertas que, de otro modo, nunca se abrir√≠an. Dios es testigo de la ardorosa compasi√≥n, del santo gozo con que se vuelve nuestro coraz√≥n a aquellos que, experimentando tan dolorosas pruebas, sienten nacer en su interior el deseo impelente y saludable de la verdad, de la justicia y de la paz cristiana. Pero, incluso hacia aquellos para quienes no ha sonado todav√≠a la hora de la iluminaci√≥n celeste, nuestro coraz√≥n no conoce sino amor, y nuestros labios pronuncian plegarias a Dios para que en sus almas, indiferentes o enemigas de Cristo, haga brillar un rayo de aquella luz que un d√≠a transform√≥ a Saulo en Pablo, y que ha demostrado su fuerza misteriosa precisamente en los tiempos m√°s dif√≠ciles de la Iglesia.

19. En la hora presente, en que las calamitosas perturbaciones ocupan la mente de todos, no es nuestro prop√≥sito exponer una refutaci√≥n completa de los errores de esta √©poca ‚ÄĒrefutaci√≥n que haremos cuando se presente ocasi√≥n oportuna‚ÄĒ, sino desarrollar por escrito solamente algunas observaciones fundamentales sobre este tema.

20. Hoy d√≠a los hombres, venerables hermanos, a√Īadiendo a las desviaciones doctrinales del pasado nuevos errores, han impulsado todos estos principios por un camino tan equivocado que no se pod√≠a seguir de ello otra cosa que perturbaci√≥n y ruina. Y en primer lugar es cosa averiguada que la fuente primaria y m√°s profunda de los males que hoy afligen a la sociedad moderna brota de la negaci√≥n, del rechazo de una norma universal de rectitud moral, tanto en la vida privada de los individuos como en la vida pol√≠tica y en las mutuas relaciones internacionales; la misma ley natural queda sepultada bajo la detracci√≥n y el olvido.

21. Esta ley natural tiene su fundamento en Dios, creador omnipotente y padre de todos, supremo y absoluto legislador, omnisciente y justo juez de las acciones humanas. Cuando temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda vacilando y perece, la voz de la naturaleza calla o al menos se debilita paulatinamente, voz que ense√Īa tambi√©n a los ignorantes y aun a las tribus no civilizadas lo que es bueno y lo que es malo, lo l√≠cito y lo il√≠cito, y les hace sentir que dar√°n cuenta alguna vez de sus propias acciones buenas y malas ante un Juez supremo.

22. Como bien sabéis, venerables hermanos, el fundamento de toda la moralidad comenzó a ser rechazado en Europa, porque muchos hombres se separaron de la doctrina de Cristo, de la que es depositaria y maestra la Cátedra de San Pedro. Esta doctrina dio durante siglos tal cohesión y tal formación cristiana a los pueblos de Europa, que éstos, educados, ennoblecidos y civilizados por la cruz, llegaron a tal grado de progreso político y civil, que fueron para los restantes pueblos y continentes maestros de todas las disciplinas. Pero desde que muchos hermanos, separados ya de Nos, abandonaron el magisterio infalible de la Iglesia, llegaron, por desgracia, hasta negar la misma divinidad del Salvador, dogma capital y centro del cristianismo, acelerando así el proceso de disolución religiosa.

23. Narra el sagrado Evangelio que, cuando Jes√ļs fue crucificado, las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra (Mt 27,45); s√≠mbolo luctuoso de lo que ha sucedido, y sigue sucediendo, cuando la incredulidad religiosa, ciega y demasiado orgullosa de s√≠ misma, excluye a Cristo de la vida moderna, y especialmente de la p√ļblica y, junto con la fe en Cristo, debilita tambi√©n la fe en Dios. De aqu√≠ se sigue que todas las normas y principios morales seg√ļn los cuales eran juzgadas en otros tiempos las acciones de la vida privada y de la vida p√ļblica, hayan ca√≠do en desuso, y se sigue tambi√©n que donde el Estado se ajusta por completo a los prejuicios del llamado laicismo ‚ÄĒfen√≥meno que cada d√≠a adquiere m√°s r√°pidos progresos y obtiene mayores alabanzas‚ÄĒ y donde el laicismo logra substraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo ben√©fico y regenerador de Dios y de la Iglesia, aparezcan se√Īales cada vez m√°s evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo. Cosa que sucede tambi√©n en aquellas regiones en las que durante tantos siglos brillaron los fulgores de la civilizaci√≥n cristiana: las tinieblas se extendieron mientras crucificaban a Jes√ļs (Brev. Rom., Viernes Santo, resp.4).

24. Pero muchos, tal vez, al separarse de la doctrina de Cristo, no advert√≠an que eran enga√Īados por el falso espejismo de unas frases brillantes, que presentaban esta separaci√≥n del cristianismo como liberaci√≥n de una servidumbre impuesta; ni preve√≠an las amargas consecuencias que se seguir√≠an del cambio que ven√≠a a sustituir la verdad, que libera, con el error, que esclaviza; ni pensaban, finalmente, que, renunciando a la ley de Dios, infinitamente sabia y paterna, y a la amorosa, unificante y ennoblecedora doctrina de amor de Cristo, se entregaban al arbitrio de una prudencia humana l√°bil y pobre. Alardeaban de un progreso en todos los campos, siendo as√≠ que retroced√≠an a cosas peores; pensaban; elevarse a las m√°s altas cimas, siendo as√≠ que se apartaban de su propia dignidad; afirmaban que este siglo nuestro hab√≠a de traer una perfecta madurez, mientras estaban volviendo precisamente a la antigua esclavitud. No percib√≠an que todo esfuerzo humano para sustituir la ley de Cristo por algo semejante est√° condenado al fracaso: Se entontecieron en sus razonamientos (Rom 1,21).

25. As√≠ debilitada y perdida la fe en Dios y en el divino Redentor y apagada en las almas la luz que brota de los principios universales de moralidad, queda inmediatamente destruido el √ļnico e insustituible fundamento de estable tranquilidad en que se apoya el orden interno y externo de la vida privada y p√ļblica, que es el √ļnico que puede engendrar y salvaguardar la prosperidad de los Estados.

26. Es cierto que, cuando los pueblos de Europa estaban vinculados por una fraterna uni√≥n, alimentada por las instituciones y los preceptos del cristianismo, no faltaban disensiones, ni trastornos, ni guerras asoladoras; pero tal vez jam√°s como en el presente los hombres se han encontrado con un √°nimo tan quebrantado y afligido, porque ven con temor indecible la extraordinaria dificultad para curar sus propios males. Mientras que, por el contrario, en los siglos anteriores estaba presente en los esp√≠ritus de todos la noci√≥n de lo justo y de lo injusto, de lo l√≠cito y de lo il√≠cito; lo cual facilita los acuerdos, refrena las pasiones desordenadas y deja abierta la v√≠a a una honesta inteligencia mutua. En nuestros d√≠as, sin embargo, las disensiones no provienen √ļnicamente del √≠mpetu vehemente de un esp√≠ritu destemplado, sino m√°s bien de una profunda perturbaci√≥n e la conciencia interior, que ha trastornado temerariamente los sanos principios de la moral privada y p√ļblica.

27. Entre los m√ļltiples errores que brotan, como de fuente envenenada, del agnosticismo religioso y moral, hay dos principales que queremos proponer de manera particular a vuestra diligente consideraci√≥n, venerables hermanos, porque hacen casi imposible, o al menos precaria e incierta, la tranquila y pac√≠fica convivencia de los pueblos.

28. El primero de estos dos errores, en la actualidad enormemente extendido por desgracia, consiste en el olvido de aquella ley de mutua solidaridad y caridad humana impuesta por el origen com√ļn y por la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, sea cual fuere el pueblo a que pertenecen, y por el sacrificio de la redenci√≥n, ofrecido por Jesucristo en el ara de la cruz a su Padre celestial en favor de la humanidad pecadora.

29. La primera p√°gina de la Sagrada Escritura refiere con grandiosa simplicidad que Dios, para coronar su obra creadora, hizo al hombre a su imagen y semejanza (cf. G√©n 1,26-27); y la misma Escritura ense√Īa que el hombre, enriquecido con dones y privilegios sobrenaturales, fue destinado a una eterna e inefable felicidad. Refiere, adem√°s, que de la primera uni√≥n matrimonial proceden todos los dem√°s hombres, los cuales, como ense√Īa la Escritura con extraordinaria viveza y plasticidad de lenguaje, se dividieron despu√©s en varias tribus y pueblos, disemin√°ndose por las diversas partes del mundo. Y ense√Īa tambi√©n que, aunque se alejaron miserablemente de su Creador, Dios no dej√≥ de considerarlos como hijos, a los cuales, seg√ļn sus misericordiosos designios, hab√≠a de traer de nuevo un d√≠a al seno de su amistad (cf. G√©n 12,3).

30. El Ap√≥stol de las Gentes, como heraldo de esta verdad que hermana a los hombres en una gran familia, anuncia estas realidades al mundo griego: Sac√≥ [Dios] de un mismo tronco todo el linaje de los hombres, para que habitase la vasta extensi√≥n de la tierra, fijando el orden de los tiempos y los limites de la habitaci√≥n de cada pueblo para que buscasen a Dios (Hech 17, 26-27). Raz√≥n por la cual podemos contemplar con admiraci√≥n del esp√≠ritu al g√©nero humano unificado por la unidad de su origen com√ļn en Dios, seg√ļn aquel texto: Uno el Dios y Padre de todos, el cual est√° sobre todos y habita en todos nosotros (Ef 4,6); por la unidad de naturaleza, que consta de cuerpo material y de alma espiritual e inmortal; por la unidad del fin pr√≥ximo de todos y por la misi√≥n com√ļn que todos tienen que realizar en esta vida presente; por la unidad de habitaci√≥n, la tierra, de cuyos bienes todos los hombres pueden disfrutar por derecho natural, para sustentarse y adquirir la propia perfecci√≥n; por la unidad del fin supremo, Dios mismo, al cual todos deben tender, y por la unidad de los medios para poder conseguir este supremo fin.

31. Y el mismo Apóstol de las Gentes demuestra la unidad de la familia humana con aquellas razones por medio de las cuales estamos unidos con el Hijo de Dios, imagen eterna de Dios invisible, en quien todas las cosas han sido creadas (Col 1,16); e igualmente con la unidad de la redención, que Cristo donó a todos los hombres por medio de su acerbísima pasión, cuando restableció la destruida amistad originaria con Dios y se constituyó mediador celestial entre Dios y los hombres: porque uno es Dios y uno también el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre (1Tim 2,5.

32. Y para hacer más íntima y firme esta amistad entre Dios y la humanidad, el Mediador universal de la salvación y de la paz, en el silencio del cenáculo, cuando iba ya a realizar el sacrificio supremo de sí mismo, pronunció aquellas profundas palabras que resuenan a través de los siglos, y que a las almas carentes de amor y destrozadas por el odio muestran los heroísmos más altos de la caridad: Este es mi precepto, que os améis los unos a los otros, como yo os he amado (Jn 15,12).

33. Estos puntos capitales de la verdad revelada constituyen el fundamento y el v√≠nculo m√°s estrecho de la unidad com√ļn de todos los hombres, reforzados por el amor de Dios y del Redentor divino, de quien todos reciben la salud para la edificaci√≥n del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, al conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto seg√ļn la medida de la plenitud de Cristo (cf. Ef 2, 12.13).

34. Por lo cual, si consideramos atentamente esta unidad de derecho y de hecho de toda la humanidad, los ciudadanos de cada Estado no se nos muestran desligados entre s√≠, como granos de arena, sino m√°s bien unidos entre s√≠ en un conjunto org√°nicamente ordenado, con relaciones variadas, seg√ļn la diversidad de los tiempos, en virtud del impulso y del destino natural y sobrenatural. Y si bien los pueblos van desarrollando formas m√°s perfectas de civilizaci√≥n y, de acuerdo con las condiciones de vida y de medio se van diferenciando unos de otros, no por esto deben romper la unidad de la familia humana, sino m√°s bien enriquecerla con la comunicaci√≥n mutua de sus peculiares dotes espirituales y con el rec√≠proco intercambio de bienes, que solamente puede ser eficaz cuando una viva y ardiente caridad cohesiona fraternalmente a todos los hijos de un mismo Padre y a todos los hombres redimidos por una misma sangre divina.

35. La Iglesia de Jesucristo, como fidel√≠sima depositaria de la vivificante sabidur√≠a divina, no pretende menoscabar o menospreciar las caracter√≠sticas particulares que constituyen el modo de ser de cada pueblo; caracter√≠sticas que con raz√≥n defienden los pueblos religiosa y celosamente como sagrada herencia. La Iglesia busca la profunda unidad, configurada por un amor sobrenatural en el que todos los pueblos se ejerciten intensamente, no busca una uniformidad absoluta, exclusivamente externa, que debilite las fuerzas naturales propias. Todas las normas y disposiciones que sirven para el desenvolvimiento prudente y para el aumento equilibrado de las propias energ√≠as y facultades ‚ÄĒque nacen de las m√°s rec√≥nditas entra√Īas de toda estirpe‚ÄĒ, la Iglesia las aprueba y las secunda con amor de madre, con tal que no se opongan a las obligaciones que impone el origen com√ļn y el com√ļn destino de todos los hombres. Proceder demostrado repetidas veces por el inmenso esfuerzo que realizan los predicadores en los territorios de misiones. La Iglesia confiesa que esta finalidad es como la estrella polar, a la cual dirige su vista en el camino de su apostolado universal. Estos predicadores de la palabra divina, con un sinn√ļmero de investigaciones realizadas a lo largo de los siglos con ingente trabajo y suma consagraci√≥n, procuraron conocer a fondo la civilizaci√≥n y las instituciones de los pueblos m√°s diversos y cultivar y favorecer sus cualidades espirituales para que el Evangelio de Cristo obtuviere all√≠ con mayor facilidad frutos m√°s abundantes. Todo lo que en las costumbres de un pueblo no se halla indisolublemente ligado a errores y supersticiones, encuentra siempre un examen ben√©volo, y, en cuanto es posible, es conservado y favorecido por la Iglesia. Nuestro inmediato predecesor, de santa memoria, en una cuesti√≥n de este g√©nero que requer√≠a mucha prudencia y consejo, adopt√≥ una noble decisi√≥n que constituye una perenne alabanza de su aguda inteligencia y del ardor de su esp√≠ritu apost√≥lico. No es necesario declararos, venerables hermanos, que Nos continuaremos sin vacilaci√≥n por este mismo camino. Todos aquellos que ingresan en la Iglesia cat√≥lica, sean cuales sean su origen y su lengua, deben tener por seguro que todos ellos disfrutan de los mismos derechos de hijos en la casa del Padre, donde todos gozan de la ley y de la paz de Cristo. Para realizar progresivamente estas normas de igualdad, la Iglesia selecciona de entre los pueblos ind√≠genas algunos hombres escogidos que aumenten gradualmente el sacerdocio y el episcopado en su propia naci√≥n. Y por esta causa, es decir, para dar a nuestras intenciones una demostraci√≥n palpable, hemos escogido la pr√≥xima fiesta de Cristo Rey para elevar a la dignidad episcopal, sobre el sepulcro del Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, a doce sacerdotes representantes de sus propios pueblos y estirpes.

36. De esta manera, mientras una dura contienda hace sufrir a las almas y divide la unidad de la familia humana, este rito solemne dar√° a entender a todos nuestros hijos, diseminados por el mundo, que la doctrina, la acci√≥n y la voluntad de la Iglesia jam√°s podr√°n ser contrario a la predicaci√≥n del Ap√≥stol de las Gentes: Vest√≠os del [hombre] nuevo, que por el conocimiento de la fe se renueva seg√ļn la imagen de Aquel que lo ha criado; para El no existe griego ni jud√≠o, circunciso o incircunciso, b√°rbaro o escita, esclavo o libre, sino que Cristo est√° en todo y en todos.(Col 3,10-11)

37. Juzgamos necesaria aqu√≠ una advertencia: la conciencia de una universal solidaridad fraterna, que la doctrina cristiana despierta y favorece, no se opone al amor, a la tradici√≥n y a las glorias de la propia patria, ni proh√≠be el fomento de una creciente prosperidad y la leg√≠tima producci√≥n de los bienes necesarios, porque la misma doctrina nos ense√Īa que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido por Dios, seg√ļn el cual se debe amar m√°s intensamente y se debe ayudar preferentemente a aquellos que est√°n unidos a nosotros con especiales v√≠nculos. El divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial amor a su tierra y a su patria y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la Ciudad Santa. Pero el amor a la propia patria, que con raz√≥n debe ser fomentado, no debe impedir, no debe ser obst√°culo al precepto cristiano de la caridad universal, precepto que coloca igualmente a todos los dem√°s y su personal prosperidad en la luz pacificadora del amor.

38. Esta maravillosa doctrina ha contribuido de muchas maneras al progreso civil y religioso de la humanidad. Porque los heraldos de esta doctrina, animados de una ardorosa caridad sobrenatural, no sólo roturaron terrenos e intentaron curar toda clase de enfermedades, sino que principalmente procuraron levantar las almas de aquellos que estaban a ellos confiados a las realidades divinas, conformarlos a éstas y elevarlos hasta las cumbres más altas de la santidad, donde todo se ve en la claridad de la mirada simplicísima de Dios. Levantaron monumentos y templos, que demuestran a que alturas tan grandes eleva el ideal de la perfección cristiana; pero sobre todo, hicieron de los hombres, sabios e ignorantes, poderosos o débiles, templos vivos de Dios y sarmientos de aquella vid que es Cristo. Transmitieron a las generaciones venideras los tesoros del arte y de la sabiduría antiguos, pero su principal propósito fue éste: hacer a estas generaciones partícipes de aquel inefable don de la sabiduría eterna, que une a los hombres, hijos de Dios por la gracia, con los vínculos de una fraterna amistad.

39. Pero si el olvido de la ley, venerables hermanos, que manda amar a todos los hombres y que, apagando los odios y disminuyendo desavenencias, es la √ļnica que puede consolidar la paz, es fuente de tantos y tan grav√≠simos males para la pac√≠fica convivencia de los pueblos, sin embargo, no menos nocivo para el bienestar de las naciones y de toda la sociedad humana es el error de aquellos que con intento temerario pretenden separar el poder pol√≠tico de toda relaci√≥n con Dios, del cual dependen, como de causa primera y de supremo se√Īor, tanto los individuos como las sociedades humanas; tanto m√°s cuanto que desligan el poder pol√≠tico de todas aquellas normas superiores que brotan de Dios como fuente primaria y atribuyen a ese mismo poder una facultad ilimitada de acci√≥n entreg√°ndola exclusivamente al l√°bil y fluctuante capricho o a las meras exigencias configuradas por las circunstancias hist√≥ricas y por el logro de ciertos bienes particulares.

40. Despreciada de esta manera la autoridad de Dios y el imperio de su ley, se sigue forzosamente la usurpación por el poder político de aquella absoluta autonomía que es propia exclusivamente del supremo Hacedor, y la elevación del Estado o de la comunidad social, puesta en el lugar del mismo Creador, como fin supremo de la vida humana y como norma suprema del orden jurídico y moral; prohibiendo así toda apelación a los principios de la razón natural y de la conciencia cristiana.

41. No ignoramos, es verdad, que los principios erróneos de esta concepción no siempre ejercen absolutamente su influjo en la vida moral; cosa que sucede principalmente cuando la tradición de una vida cristiana, de la que se han nutrido durante siglos los pueblos, ha echado, aunque no se advierta, hondas raíces en las almas. A pesar de lo cual, hay que advertir con insistente diligencia la esencial insuficiencia y fragilidad de toda norma de vida social que se apoye sobre un fundamento exclusivamente humano, se inspire en motivos meramente terrenos y haga consistir toda su fuerza eficaz en la sanción de una autoridad puramente externa.

42. Donde se rechaza la dependencia del derecho humano respecto del derecho divino, donde no se apela m√°s que a una apariencia incierta y ficticia de autoridad terrena y se reivindica una autonom√≠a jur√≠dica regida √ļnicamente por razones utilitarias, no por una recta moral, all√≠ el mismo derecho humano pierde necesariamente, en el agitado quehacer de la vida diaria, su fuerza interior sobre los esp√≠ritus; fuerza sin la cual el derecho no puede exigir de los ciudadanos el reconocimiento debido ni los sacrificios necesarios.

43. Bien es verdad que a veces el poder p√ļblico, aunque apoyado sobre fundamentos tan d√©biles y vacilantes, puede conseguir por casualidad y por la fuerza de las circunstancias, ciertos √©xitos materiales que provocan la admiraci√≥n de los observadores superficiales; pero llega necesariamente el momento en que aparece triunfante aquella ineluctable ley que tira por tierra todo cuanto se ha construido velada o manifiestamente sobre una raz√≥n totalmente desproporcionada, esto es, cuando la grandeza del √©xito externo alcanzado no responde en su vigor interior a las normas de una sana moral. Desproporci√≥n que aparece por fuerza siempre que la autoridad pol√≠tica desconoce o niega el dominio del Legislador supremo, que, al dar a los gobernantes el poder, les ha se√Īalado tambi√©n los l√≠mites de este mismo poder.

44. Porque el poder pol√≠tico, como sabiamente ense√Īa en la enc√≠clica Immortale Dei nuestro predecesor Le√≥n XIII, de piadosa memoria, ha sido establecido por el supremo Creador para regular la vida p√ļblica seg√ļn las prescripciones de aquel orden inmutable que se apoya y es regido por principios universales; para facilitar a la persona humana, en esta vida presente, la consecuci√≥n de la perfecci√≥n f√≠sica, intelectual y moral, y para ayudar a los ciudadanos a conseguir el fin sobrenatural, que constituye su destino supremo.

45. El Estado, por tanto, tiene esta noble misi√≥n: reconocer, regular y promover en la vida nacional las actividades y las iniciativas privadas de los individuos; dirigir convenientemente estas actividades al bien com√ļn, el cual no puede quedar determinado por el capricho de nadie ni por la exclusiva prosperidad temporal de la sociedad civil, sino que debe ser definido de acuerdo con la perfecci√≥n natural del hombre, a la cual est√° destinado el Estado por el Creador como medio y como garant√≠a.

46. El que considera el Estado como fin al que hay que dirigirlo todo y al que hay que subordinarlo todo, no puede dejar de da√Īar y de impedir la aut√©ntica y estable prosperidad de las naciones. Esto sucede lo mismo en el supuesto de que esta soberan√≠a ilimitada se atribuya al Estado como mandatario de la naci√≥n, del pueblo o de una clase social, que en el supuesto de que el Estado se apropie por s√≠ mismo esa soberan√≠a, como due√Īo absoluto y totalmente independiente.

47. Porque, si el Estado se atribuye y apropia las iniciativas privadas, estas iniciativas ‚ÄĒque se rigen por m√ļltiples normas peculiares y propias, que garantizan la segura consecuci√≥n del fin que les es propio‚ÄĒ pueden recibir da√Īo, con detrimento del mismo bien p√ļblico, por quedar arrancadas de su recta ordenaci√≥n natural, que es la actividad privada responsable.

48. De esta concepci√≥n te√≥rica y pr√°ctica puede surgir un peligro: considerar la familia, fuente primera y necesaria de la sociedad humana, y su bienestar y crecimiento, como instituci√≥n destinada exclusivamente al dominio pol√≠tico de la naci√≥n, y se corre tambi√©n el peligro de olvidar que el hombre y la familia son, por su propia naturaleza, anteriores al Estado, y que el Criador dio al hombre y a la familia peculiares derechos y facultades y les se√Īal√≥ una misi√≥n, que responde a inequ√≠vocas exigencias naturales.

49. Seg√ļn esta concepci√≥n pol√≠tica, la educaci√≥n de las nuevas generaciones no pretende un desarrollo equilibrado y arm√≥nico de las fuerzas f√≠sicas, intelectuales y morales, sino la formaci√≥n unilateral y el fomento excesivo de aquella virtud c√≠vica que se considera necesaria para el logro del √©xito pol√≠tico, por lo cual son menos cultivadas las virtudes de la nobleza, de la humanidad y del respeto, como si √©stas deprimiesen la gallarda fortaleza de los temperamentos j√≥venes.

50. Por todo lo cual, se alzan ante nuestra vista los tremendos peligros que tememos puedan venir sobre la actual y las futuras generaciones, de la disminuci√≥n y de la progresiva abolici√≥n de los derechos de la familia. Juzgamos, por tanto, obligaci√≥n nuestra, impuesta por la conciencia del deber exigido por nuestro grave ministerio apost√≥lico, defender religiosa y abiertamente estos derechos de la familia; porque nadie, sin duda, padece tan amargamente como la familia las angustias de nuestro tiempo, tanto materiales como espirituales, y los m√ļltiples errores con sus dolorosas consecuencias. Hasta tal punto es esto as√≠, que el paso diario de las desgracias y la indigencia creciente por todas partes, tan luctuosa que tal vez ning√ļn siglo anterior la experiment√≥ mayor, y cuya raz√≥n o necesidad verdadera son consecuencia imposibles de discernir, resultan hoy intolerables sin una firmeza y una grandeza de alma capaz de despertar la admiraci√≥n universal. Los que, por el ministerio pastoral que desempe√Īan, ven los repliegues √≠ntimos de la conciencia y pueden conocer las l√°grimas ocultas de las madres, el callado dolor de los padres y las innumerables amarguras ‚ÄĒde las que ninguna estad√≠stica p√ļblica habla ni puede hablar‚ÄĒ, ven con mirada hondamente preocupada el crecimiento cada d√≠a mayor de este c√ļmulo de sufrimientos, y saben muy bien que las tenebrosas fuerzas de la impiedad, cuya √ļnica finalidad es, abusando de la dura situaci√≥n, la revoluci√≥n y el trastorno social, est√°n al acecho buscando la oportunidad que les permita realizar sus imp√≠os prop√≥sitos.

51. ¬ŅQu√© hombre sensato, prudente, en esta grave situaci√≥n, negar√° al Estado unos derechos m√°s amplios que los ordinarios, que respondan a la situaci√≥n y con los que se pueda atender a las necesidades del pueblo? Sin embargo, el orden moral establecido por Dios exige que se determine con todo cuidado, seg√ļn la norma del bien com√ļn, la licitud o ilicitud de las medidas que aconsejen los tiempos como tambi√©n la verdadera necesidad de estas medidas.

52. De todos modos, cuanto m√°s gravosos son los sacrificios materiales exigidos por el Estado a los ciudadanos y a la familia tanto m√°s sagrados e inviolables deben ser para el Estado los derechos de las conciencias. El Estado puede exigir los bienes y la sangre pero nunca el alma redimida por Dios. Por esta raz√≥n, la misi√≥n que Dios ha encomendado a los padres de proveer al bien temporal y al bien eterno de la prole y de procurar a los hijos una adecuada formaci√≥n religiosa, nadie puede arrebatarla a los padres sin una grave lesi√≥n del derecho. Esta adecuada formaci√≥n debe, sin duda, tener tambi√©n como finalidad preparar la juventud para la aceptaci√≥n de aquellos deberes de noble patriotismo, con cuyo cumplimiento inteligente, voluntario y alegre s e demuestre pr√°cticamente el amor a la tierra patria. Pero, por otra parte, una educaci√≥n de la juventud que se despreocupe, con olvido voluntario, de orientar la mirada de la juventud tambi√©n a la patria sobrenatural, ser√° totalmente injusta tanto contra la propia juventud como contra los deberes y los derechos totalmente inalienables de la familia cristiana; y, consiguientemente, por haberse incurrido en una extralimitaci√≥n, el mismo bien del pueblo y del Estado exige que se pongan los remedios necesarios. Una educaci√≥n semejante podr√°, tal vez, parecer a los gobernantes responsables de ella una fuente de aumento de fuerza y de vigor; pero las tristes consecuencias que de aqu√©lla se deriven demostrar√°n su radical falacia. El crimen de lesa majestad contra el Rey de los reyes y Se√Īor de los que dominan (1Tim 6,15; Ap 19,16) cometido con una educaci√≥n de los ni√Īos indiferente y contraria al esp√≠ritu y a sentimiento cristianos, al estorbar e impedir el precepto de Jesucristo: Dejad que los ni√Īos vengan a m√≠ (Mc 10,14), producir√°, sin duda alguna, frutos amargu√≠simos. Por el contrario, el Estado que libera estas preocupaciones a las madres y a los padres cristianos, entristecidos por esta clase de peligros, y mantiene enteros los derechos de la familia, fomenta la paz interna del Estado y asienta el fundamento firme sobre el cual podr√° levantarse la futura prosperidad de la patria. Las almas de los hijos que Dios entreg√≥ a los padres, purificadas con el bautismo y se√Īaladas con el sello real de Jesucristo, son como un tesoro sagrado, sobre el que vigila con amor sol√≠cito el mismo Dios. El divino Redentor, que dijo a los ap√≥stoles: Dejad que los ni√Īos vengan a m√≠, no obstante su misericordiosa bondad, ha amenazado con terribles castigos a los que escandalizan a los ni√Īos, objeto predilecto de su coraz√≥n. Y ¬Ņqu√© esc√°ndalo puede haber m√°s da√Īoso, qu√© esc√°ndalo puede haber m√°s criminal y duradero que una educaci√≥n moral de la juventud dirigida equivocadamente hacia una meta que, totalmente alejada de Cristo, camino, verdad y vida, conduce a una apostas√≠a oculta o manifiesta del divino Redentor? Este divino Redentor que se le roba criminalmente a las nuevas generaciones presentes y futuras es el mismo que ha recibido de su Eterno Padre todo poder y tiene en sus manos el destino de los Estados, de los pueblos y de las naciones. El cese o la prolongaci√≥n de la vida de los Estados, el crecimiento y la grandeza de los pueblos, todo depende exclusivamente de Cristo. De todo cuanto existe en la tierra, s√≥lo el alma es inmortal. Por eso, un sistema educativo que no respete el recinto sagrado de la familia cristiana, protegido por la ley de Dios; que tire por tierra sus bases y cierre a la juventud el camino hacia Cristo, para impedirle beber el agua en las fuentes del Salvador (cf Is 12,3), y que, finalmente, proclame la apostas√≠a de Cristo y de la Iglesia como se√Īal de fidelidad a la naci√≥n o a una clase determinada, este sistema, sin duda alguna al obrar as√≠, pronunciar√° contra s√≠ mismo la sentencia de condenaci√≥n y experimentar√° a su tiempo la ineluctable verdad del aviso del profeta: Los que se apartan de ti ser√°n escritos en la tierra (Jer 17,13).

53. La concepci√≥n que atribuye al Estado un poder casi infinito, no s√≥lo es, venerables hermanos, un error pernicioso para la vida interna de las naciones y para el logro arm√≥nico de una prosperidad creciente, sino que es adem√°s da√Īosa para las mutuas relaciones internacionales, porque rompe la unidad que vincula entre s√≠ a todos los Estados, despoja al derecho de gentes de todo firme valor, abre camino a la violaci√≥n de los derechos ajenos y hace muy dif√≠cil la inteligencia y la convivencia pac√≠fica.

54. Porque el género humano, aunque, por disposición del orden natural establecido por Dios, está dividido en grupos sociales, naciones y Estados, independientes mutuamente en lo que respecta a la organización de su régimen político interno, está ligado, sin embargo, con vínculos mutuos en el orden jurídico y en el orden moral y constituye una universal comunidad de pueblos, destinada a lograr el bien de todas las gentes y regulada por leyes propias que mantienen su unidad y promueven una prosperidad siempre creciente.

55. Ahora bien: todos ven f√°cilmente que aquellos supuestos derechos del Estado, absolutos y enteramente independientes, son totalmente contrarios a esta inmanente ley natural; m√°s a√ļn, la niegan radicalmente, es igualmente evidente que esos derechos absolutos entregan al capricho de los gobernantes del Estado las leg√≠timas relaciones internacionales e impiden al mismo tiempo la posibilidad de una uni√≥n verdadera y de una colaboraci√≥n fecunda en el orden de los intereses generales. Porque, venerables hermanos, las relaciones internacionales normales y estables, la amistad internacional fructuosa exigen que los pueblos reconozcan y observen los principios normativos del derecho natural regulador de la convivencia internacional. Igualmente, estos principios exigen el respeto √≠ntegro de la libertad de todos y la concesi√≥n a todos de aquellos derechos que son necesarios para la vida y para el desenvolvimiento progresivo de una prosperidad por el camino del sano progreso civil; exigen por √ļltimo, la fidelidad √≠ntegra e inviolable a los pactos estipulados y sancionados de acuerdo con las normas del derecho de gentes.

56. No cabe duda que el presupuesto indispensable de toda pac√≠fica convivencia entre los pueblos y la condici√≥n indispensable de las relaciones jur√≠dicas del derecho p√ļblico vigentes entre los pueblos es la mutua confianza, la general persuasi√≥n de que todas las partes deben ser fieles a la palabra empe√Īada; la admisi√≥n, finalmente, por todos de la verdad de este principio: Es mejor la sabidur√≠a que las armas b√©licas (Ecl 9,18), y, adem√°s, la disposici√≥n de √°nimo para discutir e investigar los propios intereses y no para solucionar las diferencias con la amenaza de la fuerza cuando surjan demoras, controversias, dificultades y cambios, cosas todas que pueden nacer no solamente de mala voluntad, sino tambi√©n del cambio de las circunstancias y del cruce de intereses opuestos.

57. Pero separar el derecho de gentes del derecho divino para apoyarlo en la voluntad autónoma del Estado como fundamento exclusivo, equivale a destronar ese derecho del solio de su honor y de su firmeza y entregarlo a la apresurada y destemplada ambición del interés privado y del egoísmo colectivo, que sólo buscan la afirmación de sus derechos propios y la negación de los derechos ajenos.

58. Hay que afirmar, es cierto, que, con el transcurso del tiempo y el cambio substancial de las circunstancias ‚ÄĒno previstas y tal vez imprevisibles al tiempo de la estipulaci√≥n‚ÄĒ, un tratado entero o alguna de sus cl√°usulas pueden resultar o pueden parecer injustas, o demasiado gravosas, o incluso inaplicables para alguna de las partes contratantes. Si esto llega a suceder, es necesario recurrir a tiempo a una leal discusi√≥n para modificar en lo que sea conveniente o sustituir por completo el pacto establecido. Pero considerar los convenios ratificados como cosa ef√≠mera y caduca y atribuirse la t√°cita facultad de rescindirlos cuando la propia utilidad parezca aconsejarlo, o atribuirse la facultad de quebrantarlos unilateralmente, sin consultar a la otra parte contratante, es un proceder que echa por tierra la seguridad de la confianza rec√≠proca entre los Estados, de esta manera queda totalmente derribado el orden natural y los pueblos quedan separados por un inmenso vac√≠o, imposible de salvar.

59. Hoy d√≠a, venerables hermanos, todos miran con espanto el c√ļmulo de males al que han llevado los errores y el falso derecho de que hemos hablado y sus consecuencias pr√°cticas. Se ha desvanecido el espejismo de un falso e indefinido progreso, que enga√Īaba a muchos; la tr√°gica actualidad de las ruinas presentes parece despertar de su sue√Īo a los que segu√≠an dormidos, repitiendo la sentencia del profeta: Sordos, o√≠d, y, ciegos, mirad (Is 42,18). Lo que externamente parec√≠a ordenado, en realidad no era otra cosa que una perturbaci√≥n general invasora de todo; perturbaci√≥n que ha alcanzado a las mismas normas de la vida moral, una vez que √©stas, separadas de la majestad de la ley divina, han contaminado todos los campos de la actividad humana. Pero dejemos ahora el pasado y volvamos los ojos hacia ese porvenir que, seg√ļn las promesas de aquellos que tienen en sus manos los destinos de los pueblos ‚ÄĒcuando cesen los sangrientos conflictos presentes‚ÄĒ, traer√° consigo una nueva organizaci√≥n, fundada en la justicia y en la prosperidad. Pero ¬Ņes que acaso ese porvenir ser√° en realidad diverso, y, lo que es m√°s importante, llegar√° a ser mejor y m√°s feliz? Los nuevos tratados de paz y el establecimiento de un nuevo orden internacional que surgir√°n cuando termine la guerra, ¬Ņestar√°n acaso animados de la justicia y de la equidad hacia todos y de un esp√≠ritu pac√≠fico y restaurador, o constituir√°n m√°s bien una luctuosa repetici√≥n de los errores antiguos y de los errores recientes? Es totalmente vano, es enga√Īoso, y la experiencia lo demuestra, poner la esperanza de un nuevo orden exclusivamente en la conflagraci√≥n b√©lica y en el desenlace final de √©sta. El d√≠a de la victoria es un d√≠a de triunfo para quien tiene la fortuna de conseguirla; pero es al mismo tiempo una hora de peligro mientras el √°ngel de la justicia lucha con el demonio de la violencia. Porque, con demasiada frecuencia, el coraz√≥n del vencedor se endurece, y la moderaci√≥n y la prudencia sagaz y previsora se le antojan enfermiza debilidad de √°nimo. Y, adem√°s, la excitaci√≥n de las pasiones populares, exacerbadas por los innumerables y enormes sacrificios y sufrimientos soportados, muchas veces parece anublar la vista de los hombres responsables de las determinaciones, y les hace cerrar sus o√≠dos a la amonestadora voz de la equidad humana que parece vencida o extinguida por el inhumano clamor de ¬°Ay de los vencidos! Por este motivo, si en tales circunstancias se adoptan resoluciones y se toman decisiones judiciales sobre las cuestiones planteadas, puede suceder que aut√©nticos hechos injustos tengan la mera apariencia de una externa justicia.

60. La salvaci√≥n de los pueblos, venerables hermanos, no nace de los medios externos, no nace de la espada, que puede imponer condiciones de paz, pero no puede crear la paz. Las energ√≠as que han de renovar la faz de la tierra tienen que proceder del interior de las almas. El orden nuevo del mundo que regir√° la vida nacional y dirigir√° las relaciones internacionales ‚ÄĒcuando cesen las crueles atrocidades de esta guerra sin precedentes‚ÄĒ, no deber√° en adelante apoyarse sobre la movediza e incierta arena de normas ef√≠meras, inventadas por el arbitrio de un ego√≠smo utilitario, colectivo o individual, sino que deber√° levantarse sobre el inconcluso y firme fundamento del derecho natural y de la revelaci√≥n divina. Es aqu√≠ donde debe buscar el legislador el esp√≠ritu de equilibrio y la conciencia de su responsabilidad, sin los cuales f√°cilmente se desconocen los l√≠mites exactos que separan el uso leg√≠timo del uso ileg√≠timo del poder. √önicamente as√≠ tendr√°n sus determinaciones consistencia interna, noble dignidad y sanci√≥n religiosa, y no servir meramente para satisfacer las exigencias del ego√≠smo y de las pasiones humanas. Porque, si bien es verdad que los males que aquejan actualmente a la humanidad provienen de una perturbada y desequilibrada econom√≠a y de la enconada lucha por una m√°s equitativa distribuci√≥n de los bienes que Dios ha concedido a los hombres para el sustento y progreso de √©stos, sin embargo, es un hecho evidente que la ra√≠z de estos males es m√°s profunda, pues toca a la creencia religiosa y a los principios normativos del orden moral, corrompidos y destruidos por haberse separado progresivamente los pueblos de la moral verdadera, de la unidad de la fe y de la ense√Īanza cristiana que en otro tiempo procur√≥ y logr√≥ con su infatigable y ben√©fica labor la Iglesia. La reeducaci√≥n de la humanidad, si quiere ser efectiva, ha de quedar saturada de un esp√≠ritu principalmente religioso; ha de partir de Cristo como fundamento indispensable, ha de tener como ejecutor eficaz una √≠ntegra justicia y como corona la caridad.

61. Llevar a cabo esta obra de renovaci√≥n espiritual, que deber√° adaptar sus medios al cambio de los tiempos y al cambio de las necesidades del g√©nero humano, es deber principalmente de la materna misi√≥n de la Iglesia. La predicaci√≥n del Evangelio, que le ha confiado su divino Fundador, con la cual se inculcan a los hombres los preceptos de la verdad, de la justicia y de la caridad, e igualmente el esfuerzo por arraigar s√≥lida y profundamente estos preceptos en las almas, son medios tan id√≥neos para el logro de la paz, es una labor tan noble y eficaz, que no hay ni puede haber otros que se les igualen. Esta misi√≥n, por su amplitud y su gravedad, deber√≠a, a primera vista, desalentar los corazones de los miembros de la Iglesia militante; sin embargo, el procurar con todas las fuerzas posibles la difusi√≥n del reino de Dios ‚ÄĒmisi√≥n realizada por la Iglesia a lo largo de los siglos de modos muy diversos, no sin graves y duras dificultades‚ÄĒ es un deber al que est√°n obligados todos cuantos, liberados por la gracia del Se√Īor de la esclavitud de Satan√°s, han sido llamados por medio del santo bautismo a formar parte del reino de Dios. Y si el formar parte de este reino, y el vivir conforme a su esp√≠ritu, y el trabajar por su difusi√≥n y por hacer asequibles sus bienes espirituales a un n√ļmero cada vez mayor de hombres, exigen en nuestros d√≠as tener que luchar con toda clase de oposiciones y de dificultades perfectamente organizadas y tan serias como tal vez jam√°s lo han sido en tiempos anteriores, esto no dispensa a los fieles de la franca y valerosa profesi√≥n de la fe cat√≥lica, sino que m√°s bien los estimula incesantemente a mantenerse firmes en la defensa de su causa, aun a costa de la p√©rdida de los propios bienes y del sacrificio de la propia vida. El que vive del esp√≠ritu de Cristo no se abate por las dificultades que surgen, sino que, totalmente confiado en Dios, soporta con √°nimo esforzado toda clase de trabajos; no huye las angustias ni las necesidades de la hora presente, sino que sale a su encuentro, dispuesto siempre a ayudar con aquel amor que, m√°s fuerte que la muerte, no reh√ļye el sacrificio ni se deja ahogar por el oleaje de las tribulaciones.

62. Nos sentimos, venerables hermanos, un √≠ntimo consuelo y un gozo sobrenatural, y diariamente damos a Dios gracias por ello, al contemplar en todas las regiones del mundo cat√≥lico evidentes y heroicos ejemplos de un encendido esp√≠ritu cristiano, que valerosamente se enfrenta con todas las exigencias de nuestra √©poca y que con noble esfuerzo procura alcanzar la propia santificaci√≥n ‚ÄĒque es lo primero y lo esencial‚ÄĒ y desarrolla una labor de iniciativas apost√≥licas para aumentar el reino de Dios. De los frecuentes congresos eucar√≠sticos, promovidos sin descanso por nuestros predecesores con suma solicitud, y de la colaboraci√≥n de los seglares, formados eficazmente por la Acci√≥n Cat√≥lica en el profundo convencimiento de su misi√≥n, brotan fuentes de gracia y de virtudes tan abundantes, que en un siglo como el presente, que parece multiplicar las amenazas y provocar necesidades cada vez mayores, y mientras el cristianismo se ve atacado con virulencia cada d√≠a mayor por las fuerzas de la impiedad, tienen tanta importancia y oportunidad, que dif√≠cilmente pueden ser estimados en su verdadero valor.

63. Hoy d√≠a, en que, por desgracia, el n√ļmero de sacerdotes es inferior al n√ļmero de necesidades que deben cubrir, y en que se aplica tambi√©n la palabra del Salvador: La mies es mucha y los operarios pocos (Mt 9,37; Lc 10,2), la colaboraci√≥n de los seglares prestada a la Jerarqu√≠a eclesi√°stica, y cada d√≠a creciente y animada de un ardiente celo y de una total entrega, ofrece a los ministros sagrados una valiosa fuerza auxiliar y promete tales frutos que justifican las m√°s bellas esperanzas. La s√ļplica de la Iglesia dirigida al Se√Īor de la mies para que env√≠e operarios a su vi√Īa (Mt 9,38; Lc 10,2) parece haber sido o√≠da de la manera que conven√≠a a las necesidades de la hora presente, supliendo felizmente y completando el trabajo, muchas veces insuficiente y obstaculizado, del apostolado sacerdotal. Grupos fervorosos de hombres y mujeres, de j√≥venes de ambos sexos, obedientes a la voz del Sumo Pont√≠fice y a las normas de sus respectivos obispos, se consagran con todo el ardor de su esp√≠ritu a las obras del apostolado, para devolver a Cristo las masas populares, que, por desgracia, se hab√≠an alejado de √Čl. A ellos vayan dirigidos, en este momento tan grave para la Iglesia y para la humanidad, nuestro saludo paterno, nuestro sentido agradecimiento, y sepan que Nos les seguimos con paterna y confiada esperanza. Ellos, que siguen con amor la bandera de Cristo Rey y le han consagrado su persona, su vida y su obra, pueden apropiarse justamente las palabras del salmista: Yo consagro mis obras al Rey (Sal 44,1); y no s√≥lo con la oraci√≥n, sino tambi√©n con las obras procuran realizar la venida del reino de Dios. En todas las clases y categor√≠as sociales, esta colaboraci√≥n de los seglares con el sacerdocio encierra valiosas energ√≠as, a las que est√° confiada una misi√≥n, que los corazones nobles y fieles no pueden desear m√°s alta y consoladora. Este trabajo apost√≥lico, realizado seg√ļn el esp√≠ritu y las normas de la Iglesia, consagra al seglar como ministro de Cristo, en el sentido que San Agust√≠n explica de esta manera: ¬ęCuando o√≠s, hermanos, decir al Se√Īor: Donde estoy yo, all√≠ estar√° tambi√©n mi ministro, no pens√©is √ļnicamente en los obispos y cl√©rigos santos. Tambi√©n vosotros, a vuestra manera, sed ministros de Cristo, viviendo bien, haciendo limosna, predicando a cuantos pod√°is su nombre y su doctrina, para que cada uno, aun el padre de familia reconozca en este nombre que debe un amor paterno a su familia. Por Cristo y por la vida eterna, a todos los suyos debe amonestar, ense√Īar, exhortar, corregir, usar con ellos de benevolencia, ejercitar la disciplina; de esta manera desempe√Īar√° en su casa un oficio eclesi√°stico y en cierto modo episcopal, sirviendo a Cristo para vivir eternamente con √Čl¬Ľ (In Evang. Joan., tract. 52,18s).

64. Hay que advertir aqu√≠ que la familia tiene una parte muy principal en el fomento de esta colaboraci√≥n de los seglares, tan importante, como hemos dicho, en nuestros tiempos, porque el gobierno equilibrado de la familia ejerce un influjo extraordinario en la formaci√≥n espiritual de los hijos. Mientras en el hogar dom√©stico brille la llama sagrada de la fe cristiana y los padres imbuyan con esta fe las almas de los hijos, no hay duda alguna que nuestra juventud estar√° siempre dispuesta a reconocer pr√°cticamente la realeza de Jesucristo y a oponerse valiente y virilmente a todos cuantos intenten desterrar al Redentor de la sociedad humana y profanar sacr√≠legamente sus sagrados derechos. Donde se cierran las iglesias, donde se quitan de las escuelas y de la ense√Īanza la imagen de Jes√ļs crucificado, queda el hogar familiar como el √ļnico refugio impenetrable de la vida cristiana, preparado providencialmente por la benignidad divina. Damos infinitas gracias a Dios al ver el n√ļmero innumerable de familias que cumplen esta misi√≥n con una fidelidad que no se deja amedrentar ni por los ataques ni por los sacrificios. Un poderoso ej√©rcito de j√≥venes de ambos sexos, aun en aquellas regiones en las que la fe en Cristo implica una persecuci√≥n inicua y toda clase de sufrimientos, permanece imp√°vido junto al trono del Redentor con una fortaleza tan segura que hace recordar los heroicos ejemplos del martirologio cristiano. Si en todas partes se diera a la Iglesia, maestra de la justicia y de la caridad, la libertad de acci√≥n a la que tiene un sagrado e incontrovertible derecho en virtud del mandato divino, brotar√≠an por todas partes riqu√≠simas fuentes de bienes, nacer√≠a la luz para las almas y un orden tranquilo para los Estados, se tendr√≠an fuerzas necesariamente valiosas para promover la aut√©ntica prosperidad del g√©nero humano. Y si los esfuerzos que tienden a establecer una paz definitiva en el interior de los Estados y en la vida internacional se dejasen regular por las normas del Evangelio ‚ÄĒque predican y subrayan el amor cristiano frente al inmoderado af√°n de los intereses propios que sacude a los individuos y a las masas‚ÄĒ, se evitar√≠an, sin duda alguna, muchas y graves desdichas y se conceder√≠a a la humanidad una tranquila felicidad.

65. Porque entre las leyes reguladoras de la vida cristiana y los postulados de una aut√©ntica humanidad fraterna no existe oposici√≥n, sino consonancia rec√≠proca y mutuo apoyo. Nos, por consiguiente, que tanto deseamos procurar el bien de la humanidad doliente y perturbada en el orden material y en el orden espiritual, no tenemos mayor deseo que el de que las actuales angustias abran los ojos de muchos para que consideren atentamente en su verdadera luz a Jesucristo, Se√Īor nuestro, y la misi√≥n de su Iglesia sobre la tierra, y que todos cuantos rigen el tim√≥n del Estado dejen libre el camino a la Iglesia para que √©sta pueda as√≠ trabajar en la formaci√≥n de una nueva √©poca, seg√ļn los principios de la justicia y de la paz. Esta obra de paz exige que no se pongan obst√°culos al ejercicio de la misi√≥n confiada por Dios a la Iglesia; que no se limite injustamente el campo de su actividad; que no se substraigan, por √ļltimo, las masas, y especialmente la juventud, a su ben√©fico influjo. Por lo cual Nos, como representante en la tierra de Aquel que fue llamado por el profeta Pr√≠ncipe de la Paz (Is 9,6), exhortamos y conjuramos a los gobernantes y a todos los que de alguna manera tienen influencia en la vida pol√≠tica para que la Iglesia goce siempre de la plena libertad debida, y pueda as√≠ realizar su obra educadora, comunicar a las mentes la verdad, inculcar en los esp√≠ritus la justicia y enfervorizar los corazones con la caridad divina de Cristo.

66. Porque, as√≠ como la Iglesia no puede renunciar al ejercicio de su misi√≥n, que consiste en realizar en la tierra el plan divino de restaurar en Cristo todas las cosas de los cielos y de la tierra (Ef 1,10), as√≠ tambi√©n su obra resulta hoy d√≠a m√°s necesaria que nunca, pues la experiencia nos ense√Īa que los medios puramente externos, las precauciones humanas y los expedientes pol√≠ticos no pueden dar lenitivo alguno eficaz a los grav√≠simos males que aquejan a la humanidad.

67. Aleccionados por el doloroso fracaso de los esfuerzos humanos dirigidos a impedir y frenar las tempestades que amenazan destruir la civilización humana, muchos dirigen su mirada, con renovada esperanza, a la Iglesia, ciudadela de la verdad y del amor y a esta Cátedra de San Pedro, que saben puede restituir al género humano aquella unidad de doctrina religiosa y moral que en los siglos pasados dio consistente seguridad a una tranquila relación de convivencia entre los pueblos. A esta unidad miran con encendida nostalgia tantos hombres, responsables del destino de las naciones, que experimentan diariamente la falsía de aquellas realidades en las que un día cifraron su gran confianza; unidad que innumerables multitudes de hijos nuestros ansían ardientemente, los cuales invocan a diario al Dios de la paz y del amor (cf. 2Cor 13,11), unidad que anhelan, finalmente, tantos espíritus nobles separados de Nos, que en su hambre y sed de justicia y de paz, vuelven sus ojos a la Sede de Pedro, esperando de ésta la luz y el consejo.

68. Todos ellos reconocen la inconmovida firmeza dos voces milenaria de la Iglesia católica en la profesión de la fe y en la defensa de la moral cristiana, reconocen también la estrecha unidad de la jerarquía eclesiástica, que, ligada al sucesor del Príncipe de los Apóstoles, ilumina las mentes con la doctrina del Evangelio dirige a los hombres a la santidad y, mientras es maternalmente condescendiente con todos, se mantiene firme, soportando incluso los tormentos más duros y el mismo martirio, cuando hay que decidir un asunto con aquellas palabras: Non licet!

69. No obstante, venerables hermanos, la doctrina de Cristo, que es la √ļnica que puede dar al hombre las verdades fundamentales de la fe, y es la que aguza las inteligencias, y enriquece las almas con la gracia sobrenatural, y propone remedios id√≥neos para las graves dificultades actuales, e igualmente la actividad apost√≥lica de la Iglesia, que ense√Īa a la humanidad esa misma doctrina propagada por todo el mundo y que modela a los hombres seg√ļn los principios del Evangelio, son a veces objeto de hostiles sospechas, como si sacudieran los quicios de la autoridad pol√≠tica y usurpasen los derechos de √©sta.

70. Contra estos recelos, Nos ‚ÄĒmanteniendo en todo su vigor las ense√Īanzas expuestas por nuestro predecesor, de inmortal memoria, P√≠o XI , en su enc√≠clica Quas Primas , de 11 de diciembre de 1925, sobre el poder de Cristo Rey y el poder de la Iglesia‚ÄĒ declaramos con sinceridad apost√≥lica que la Iglesia es totalmente ajena a semejantes prop√≥sitos, porque la Iglesia abre sus maternales brazos a todos los hombres, no para dominarlos pol√≠ticamente, sino para prestarles toda la ayuda que le es posible. Ni tampoco pretende la Iglesia invadir la esfera de competencia propia de las restantes autoridades leg√≠timas, sino que m√°s bien les ofrece su ayuda, penetrada del esp√≠ritu de su divino Fundador y siguiendo el ejemplo de Aquel que pas√≥ haciendo el bien (Hech 10,38).

71. La Iglesia predica e inculca el deber de obedecer y de respetar a la autoridad terrena, que recibe de Dios su noble origen y se atiene a la ense√Īanza del divino Maestro, que dice: Dad a C√©sar lo que es del C√©sar (Mt 22,21). No pretende usurpar los derechos ajenos aquella que canta en su sagrada liturgia: No arrebata reinos mortales quien da los celestiales (Himno de la Fiesta de la Epifan√≠a) . La Iglesia no menoscaba las energ√≠as humanas, sino que las levanta a las cimas m√°s altas y nobles, formando caracteres firmes, que nunca traicionen los deberes de su conciencia. La Iglesia, que ha civilizado tantos pueblos y naciones nunca ha retardado el progreso de la humanidad, sino que, por el contrario con materno orgullo se complace en ese progreso. El fin que la Iglesia pretende ha sido declarado de modo admirable por los √°ngeles sobre la cuna del Verbo encarnado cuando cantaron gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14). Esta paz, que el mundo no puede dar, el divino Redentor la ha dejado a sus disc√≠pulos como herencia: Os dejo la paz, os doy mi paz (Jn 14,27); esta paz la han conseguido, la consiguen y la conseguir√°n innumerables hombres que han abrazado amorosamente la doctrina de Cristo, compendiada por √Čl mismo en el doble precepto del amor a Dios y el amor al pr√≥jimo. La historia de casi veinte siglos, la historia llamada sabiamente por el gran orador maestra de la vida (Cic., Orat. 1,2,9), demuestra la verdad de aquella sentencia de la Sagrada Escritura: No tiene paz el que resiste a Dios (Job 9,4), porque la √ļnica piedra angular (Ef 2,20) sobre la que tanto el Estado como el individuo pueden hallar salvaci√≥n segura es Cristo.

72. Ahora bien, como la Iglesia está fundada sobre esta piedra angular, por esto las potencias adversarias nunca podrán destruirla, nunca podrán debilitarla: Portae inferi non praevalebunt (Mt 16,18); las luchas internas y externas contribuyen más bien a acrecentar su fuerza sus virtudes y, al mismo tiempo, le proporcionan la corona gloriosa de nuevas victorias. Por el contrario, todo otro edificio que no tenga como fundamento la doctrina de Cristo, está levantado sobre una arena movediza, y su destino es, más pronto o más tarde, una inevitable caída (Mt 7,26-27).

73. Mientras os escribimos, venerables hermanos, esta nuestra primera enc√≠clica nos parece, por muchas causas, que una hora de tinieblas (Lc 22,53) est√° cayendo sobre la humanidad, hora en que las tormentas de una violenta discordia derraman la copa sangrienta de innumerables dolores y lutos. ¬ŅEs acaso necesario que os declaremos que nuestro coraz√≥n de Padre, lleno de amor compasivo, est√° al lado de todos sus hijos, y de modo especial al lado de los atribulados y perseguidos? Porque, aunque los pueblos arrastrados por el tr√°gico torbellino de la guerra hasta ahora s√≥lo sufren tal vez los comienzos de los dolores (Mt 24,8), sin embargo, reina ya en innumerables familias la muerte y la desolaci√≥n, el lamento y la miseria. La sangre de tantos hombres, incluso de no combatientes, que han perecido levanta un f√ļnebre llanto, sobre todo desde una amada naci√≥n, Polonia, que por su tenaz fidelidad a la Iglesia y por sus m√©ritos en la defensa de la civilizaci√≥n cristiana, escritos con caracteres indelebles en los fastos de la historia, tiene derecho a la compasi√≥n humana y fraterna de todo el mundo, y, confiando en la Virgen Madre de Dios, Auxilium Christianorum, espera el d√≠a deseado en que pueda salir salva de la tormenta presente, de acuerdo con los principios, de una paz s√≥lida y justa.

74. Lo que ha sucedido hace poco y est√° sucediendo tambi√©n en estos d√≠as, se presentaba ya a nuestros ojos como una visi√≥n anticipada cuando, no habiendo desaparecido todav√≠a la √ļltima esperanza de conciliaci√≥n, hicimos todo lo posible, en la medida que nos suger√≠an nuestro ministerio apost√≥lico y los medios de que dispon√≠amos, para impedir el recurso a las armas y mantener abierto el camino de una soluci√≥n honrosa para las dos partes. Convencidos como est√°bamos de que al uso de la fuerza por una parte se responder√≠a con el recurso a las armas por la otra, consideramos entonces obligaci√≥n de nuestro apost√≥lico ministerio y del amor cristiano hacer todas las gestiones posibles para evitar a la humanidad entera y a la cristiandad los horrores que se seguir√≠an de una conflagraci√≥n mundial, aun temiendo que la manifestaci√≥n de nuestras intenciones y nuestros fines fuese mal interpretada. Pero nuestras amonestaciones, si bien fueron escuchadas con respetuosa atenci√≥n no fueron, sin embargo, obedecidas. Y mientras nuestro coraz√≥n de pastor mira dolorido y preocupado la gravedad de la situaci√≥n, se presenta ante nuestra vista la imagen del Buen Pastor, y, tomando sus propias palabras, nos juzgamos obligados a repetir en su nombre a la humanidad entera aquel lamento: ¬°Si hubieses conocido... lo que te conduc√≠a a la paz, pero ahora est√° oculto a tus ojos! (Lc 19,42).

75. En medio de un mundo que actualmente es tan contrario a la paz de Cristo en el reino de Cristo, la Iglesia y sus fieles experimentan unas dificultades que rara vez conocieron en su larga historia de luchas y contradicciones. Pero los que precisamente en tiempos tan dif√≠ciles permanecen firmes en su fe y tienen un coraz√≥n inquebrantable, saben que Cristo Rey est√° en la hora de la prueba, que es la hora de la fidelidad, m√°s cerca que nunca de nosotros. Consumida por la tristeza de tantos hijos suyos que sufren males innumerables, pero sostenida por la firme fortaleza que proviene de las promesas divinas, la Esposa de Cristo, en medio de sus sufrimientos, avanza al encuentro de amenazadoras tempestades. Sabe la Iglesia que la verdad que ella anuncia y el amor que ella ense√Īa y pone en pr√°ctica ser√°n los mejores est√≠mulos y los mejores medios que tendr√°n a su alcance los hombres de buena voluntad en la reconstrucci√≥n de un nuevo orden nacional e internacional establecido seg√ļn la justicia y el amor, una vez que la humanidad, cansada del camino del error, haya saboreado hasta la saciedad los amargos frutos del odio y de la violencia.

76. Entretanto, venerables hermanos, hay que esforzarse por que todos, y principalmente los que sufren la calamidad de la guerra, experimenten que el deber de la caridad cristiana, quicio fundamental del reino de Cristo, no es palabra vacía, sino práctica realidad viviente. Un vasto campo de ocasiones se abre hoy día a la caridad cristiana en todas sus formas. Confiamos plenamente en que todos nuestros hijos, especialmente aquellos que se ven libres del azote de la guerra, imitando al divino Samaritano, aliviarán en la medida de sus fuerzas a todos los que, por ser víctimas de la guerra, tienen derecho especial no sólo a la compasión, sino también al socorro.

77. La Iglesia cat√≥lica, civitas Dei, ¬ęcuyo rey es la verdad, cuya ley la caridad, cuya medida la eternidad¬Ľ (S. Agust√≠n, Ep CXXXVIII ad Marcellinum, c.3 n.17), predicando la verdad cristiana, exenta de errores y de contemporizaciones, y consagr√°ndose con amor de madre a las obras de la caridad cristiana destaca sobre el oleaje de los errores y de las pasiones como una bienaventurada visi√≥n de paz y espera el d√≠a en que la omnipotente mano de Cristo, su Rey, calme el tumulto de las tempestades y destierre el esp√≠ritu de la discordia que las ha provocado. Todo cuanto esta a nuestro alcance para acelerar el d√≠a en que la paloma de la paz halle d√≥nde reposar su pie sobre esta tierra sumergida en el diluvio de la discordia, todo ello lo utilizaremos, confiando tanto en los hombres de Estado que antes de desencadenarse la guerra trabajaron noblemente por alejar de los pueblos tan terrible azote como tambi√©n en los millones de hombres de todos los pa√≠ses y de todas las clases sociales que piden a gritos no s√≥lo la justicia, sino tambi√©n la caridad y la misericordia, y confiando, finalmente y sobre todo, en Dios omnipotente, a quien diariamente dirigimos esta plegaria: A la sombra de tus alas esperar√© hasta que pase la iniquidad (Sal 56,2).

78. Dios tiene un poder infinito; tiene en sus manos lo mismo la felicidad y el destino de los pueblos que las intenciones de cada hombre, y dulcemente inclina a unos y otros en la dirección que El quiere; y hasta tal punto es esto verdad, que incluso los mismos obstáculos que se le ponen quedan convertidos por su omnipotencia en medios idóneos para modelar el curso de los acontecimientos y para enderezar las mentes y las voluntades de los hombres a sus altísimos fines.

79. Orad, pues, a Dios, venerables hermanos; orad sin interrupci√≥n, orad sobre todo cuando ofrec√©is la Hostia divina del amor. Orad a Dios vosotros, a quienes la valiente profesi√≥n de vuestra fe impone duros, penosos y, no raras voces, sobrehumanos sacrificios; orad a Jesucristo vosotros, miembros pacientes y dolientes de la Iglesia, cuando Jes√ļs viene a consolar y aliviar vuestras penas.

80. Y con un recto esp√≠ritu de mortificaci√≥n y con el ejercicio de dignas obras de penitencia, no dej√©is de hacer vuestras plegarias m√°s agradables a Aquel que levanta a los que caen y anima a los deprimidos (Sal 144,14), para que el Redentor misericordioso abrevie los d√≠as de la prueba y se cumplan as√≠ las palabras del Salmo: Clamaron al Se√Īor en sus tribulaciones y los libr√≥ de sus necesidades (Sal 106,13).

81. Y vosotros, c√°ndidas legiones de ni√Īos, en quienes Jes√ļs tiene puestas sus delicias, cuando os aliment√°is con el Pan de los √°ngeles, alzad vuestras ingenuas y puras plegarias unidas a las de toda la Iglesia. El Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs, que tanto os ama, no puede en modo alguno rechazar la oraci√≥n de vuestras almas inocentes. Orad todos, orad sin interrupci√≥n: sine intermissione orate (1Tes 5,17).

82. As√≠ practicar√©is el precepto del divino Maestro, el testamento sagrado de su coraz√≥n, ut omnes unum sint (Jn 17,21): que todos vivan en aquella unidad de fe y de amor, a trav√©s de la cual el mundo pueda reconocer la potencia y la eficacia de la redenci√≥n de Cristo y de la obra de la Iglesia, por √Čl establecida.

83. La Iglesia primitiva, que comprendi√≥ y practic√≥ este divino precepto, lo resumi√≥ en una significativa oraci√≥n; unidos con ella, expresad tambi√©n vosotros en vuestra oraci√≥n aquellos sentimientos que tan bien responden a las necesidades de nuestra √©poca: ¬ęAcu√©rdate, Se√Īor, de tu Iglesia, para que la libres de todo mal y la perfecciones en tu caridad, y de los cuatro vientos re√ļnela santificada en tu reino, que preparaste para ella; pues tuya es la virtud y la gloria por los siglos de los siglos¬Ľ (Doctrina de los Doce Ap√≥stoles, c.10).

Finalmente, deseando con ardor que Dios, autor y amante de la paz, escuche benigno las s√ļplicas de su Iglesia, como prenda de las gracias divinas y testimonio de nuestra ben√©vola voluntad os damos a todos paternalmente la bendici√≥n apost√≥lica.

Dado en Castelgandolfo, cerca de Roma, el 20 de octubre de 1939, a√Īo primero de nuestro pontificado.

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