Tomo I
LA IGLESIA EN SU VIDA INTIMA
Pbro. PEDRO DE LA NOI
Dr. en Filosofía,
Prof. en la Universidad Católica de Chile
Con mucha alegría presento este libro que contiene la primera parte de laos escritos de Monseñor Manuel Larraín, mi ilustre antecesor como Obispo de la Diócesis de Talca.
Me parece que al leer sus escritos, la riqueza y la profundidad de sus enseñanzas, los lectores podrán apreciar su extraordinario valor.
Mons. Larraín fue un profeta, un visionario. Un hombre de Iglesia y un hombre de Dios, Con razón el día de sus funerales escuché a un Obispo chileno esta frase: “Manuel era la brújula de la Iglesia chilena”.
Agradezco al Pbro. Pedro de la Noi el trabajo abnegado y silencioso que ha realizado en estos diez años de investigación y recopilación del documento.
Que todo sea por la Iglesia, el Gran Amor de la vida de Monseñor Larraín.
CARLOS GONZALEZ C.
Obispo de Talca
Diez años después de la muerte de Mons. Manuel Larraín Errázuriz damos a luz la publicación de sus escritos.
Lo hacemos porque pensamos que hay personas, cuyas existencias constituyen en sí mismas un legado para toda una época. No dudamos que una de ésas fue el Obispo de quien nos ocupamos.
Y hay fechas que son oportunidad privilegiada –providencial, pensamos los cristianos- para reactualizar la presencia de tales personas, para redescubrir su legado espiritual y la amplitud de sus dimensiones.
Quien considere serena y objetivamente a Monseñor Larraín reconocerá que no es exagerado afirmar que se trata verdaderamente de un "caso", al menos dentro de la Iglesia chilena y latinoamericana.
Durante su vida, entre los muchos aspectos que "sorprenden", cabe traer al recuerdo los siguientes:
- Su clarividencia para "adelantarse" a los acontecimientos y situaciones de la vida de la Iglesia y del mundo:
El concibe e impulsa, por ejemplo, la "pastoral de conjunto", que integra a sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos en un solo cuerpo apostólico, mucho antes del Concilio Vaticano II. Con este objeto, entre otras iniciativas, trae a su Diócesis desde Francia a los Padres Boulard y Motte (este último, actualmente obispo), con quienes permanece en contacto durante años.
Ya al comienzo de su vida sacerdotal, por otra parte, comprende que la liturgia, como lo expresará más tarde el Concilio, es la "fuente y cumbre de la vida cristiana". A lo largo de 28 años de Episcopado trabaja incansablemente por centrar a su Diócesis en el culto oficial de la Iglesia y no hay fiesta del Año Litúrgico que no vea alguna pastoral, circular o artículo en el Diario local, destacando siempre nuevos aspectos de los misterios cristianos revividos en la Iglesia.
La colegialidad de los obispos la vivió también desde temprano intensa y concretamente, siendo pionero de la doctrina conciliar con su ejemplo, a través de un vivo, directo y permanente contacto e intercambio con los obispos de todo el mundo. Especialísima mención debe hacerse de su relación con el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM -el primero en su índole en el mundo- del que fue uno de sus fundadores, varias veces vicepresidente y, finalmente, presidente hasta su muerte.
El Presbiterio de la Diócesis, como cuerpo fraterno de todos los sacerdotes en torno al Obispo, con plena participación en todos los asuntos de la Iglesia diocesana fue otra dimensión de la Iglesia que Monseñor comprendió mucho antes que fuera expresada en el Concilio.
El Ecumenismo tuvo también a este Obispo como uno de sus pioneros, si bien en este campo hubo en él un notable cambio hacia una mayor abertura. Los monjes protestantes de Taizé (Francia) fueron sus mejores testigos y en particular su Prior Roger Schutz a quien el Obispo, en simbólico gesto de unidad, regaló su anillo episcopal en una oportunidad.
La necesidad de estructuras sociales más acordes con la justicia también recibieron la luz profética y los ejemplos de gestos pioneros del Pastor de Talca. La parcelación voluntaria del Fundo "Los Silos" del Obispado de Talca -la primera de Chile- junto con su sostenida y lúcida acción y enseñanza social, le mereció ser el primer obispo latinoamericano citado en una Encíclica, concretamente en la Populorum Progressio.
- Otro aspecto sorprendente de su acción pastoral es su fecundidad como escritor: más de 400 son los artículos, henchidos de doctrina, que escribió en el Diario La Mañana, de Talca, a lo largo de sus 28 años de episcopado. Por otra parte, las editoriales Difusión, Chile, Guadalupe, Gutenberg, El Imparcial, Del Pacífico, San Francisco, Paulinas, Poblete, Progreso, Salesiana, Stanley, Universidad Católica sirvieron de cauce a los numerosos libros y folletos que salieron de sus manos.
- También es digna de mencionar su cercanía, influjo e intercambio con las diversas comunidades y familias religiosas:
Por él llegan a Chile los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, de Charles de Foucauld. El escribió el Prólogo de En el Corazón de las masas, de René Voillaume, su amigo, a quien invitó varias veces a Chile; también escribió en más de alguna oportunidad en la revista Jesús Caritas, de esa espiritualidad.
Es él quien intervino, igualmente, en la venida a Chile de los Cistercienses de La Dehesa.
Los jesuitas, que lo tuvieron como alumno en el Colegio San Ignacio de Santiago; como seminarista en el Colegio Pío Latino Americano de Roma y como estudiante de Teología en la Gregoriana, le publicaron periódicamente escritos en su Revista Mensaje, algunos de los cuales, en circunstancias tan significativas como la de los 400 años de la muerte de San Ignacio (El Caballero de Dios, es su título). Para los funerales de la figura más destacada de los jesuitas chilenos, al menos en el siglo -El P. Alberto Hurtado Cruchaga- es Monseñor Larraín, su amigo íntimo desde sus tiempos de colegio, quien celebra la Misa y realiza la predicación. Para el Centenario del Colegio Pío Latino Americano, los jesuitas de Roma distinguieron igualmente a Monseñor, encomendándole el discurso a nombre de los obispos del continente.
Es él quien trae las religiosas de Santa Marta a Chile.
Fue especialmente a Friburgo (Suiza) a ordenar a 11 de los primeros sacerdotes chilenos de la Comunidad de Schönstatt, en un gesto lleno de sentido para la vinculación de esa familia religiosa con la Iglesia de Chile.
Nadie lo tuvo más cerca, sin embargo, que el Clero Diocesano: sus primeros años de sacerdocio los pasó como Padre Espiritual y Profesor del Seminario Pontificio de Santiago, al que lo llevó el Rector de la época, Mons. Juan Subercaseaux. Con el Seminario mantuvo estrechísimos lazos durante toda su vida. Dio innumerables Retiros espirituales al Clero de diversas Diócesis y año a año entregó un documento de espiritualidad a los sacerdotes de Talca, al término de sus Ejercicios Espirituales. Periódicamente escribió libros de espiritualidad sacerdotal, siendo el primero de ellos "Sanctifica eos. Elevaciones sobre la Oración Sacerdotal de Jesús", en 1936 y el último "Sacerdocio y Vaticano II", en 1965 (un año antes de su muerte).
Esta atención y cercanía a los religiosos y sacerdotes iba hermanada a una visión lúcida y a una dirección vigorosa de los laicos y particularmente de la Acción Católica, que dirigió a nivel nacional durante diez años. Chimbote, Manizales, Caracas, Atlántida, Montreal son algunas de las ciudades que lo tuvieron como figura de primer orden en Congresos de Acción Católica. Roma lo tuvo también como importante orador del II Congreso Mundial de Apostolado Laico. Por lo demás, entre los "jóvenes" que formó durante sus años de asesoría de la Acción Católica en la Universidad se encuentran numerosos ex parlamentarios, ministros y también presidentes de la República, como sacerdotes y obispos.
Si podemos hablar de "el caso Manuel Larraín" al considerar su vida, igualmente podemos hacerla, al mirar su supervivencia después de su partida.
Por de pronto, cabe preguntarse si conoce la Iglesia chilena algún aniversario que haya tenido el eco que tuvo el 10º de la muerte del ex Obispo de Talca: ¡29 obispos se reunieron en Talca el 22 de junio del presente año!. Junto al Cardenal de Santiago -que presidió la Misa de conmemoración- y al Nuncio de Su Santidad, estaban el Arzobispo de Olinda y Recife, Mons. Helder Cámara; el Arzobispo de Montevideo, Mons. Partelli; el Arzobispo de Québec, Mons. Sanchagrin; el Obispo de Málaga. Mons. Buxarrais; el Secretario del Episcopado francés, Mons. Houpleroux y más de 20 obispos chilenos.
Además, cerca de 100 sacerdotes, junto a algunos seminaristas, venidos espontáneamente de diversas partes del país quisieron hacerse también presentes en esa ocasión.
Por otra parte, le han dedicado artículos con ocasión del 10º aniversario de su muerte, las siguientes revistas católicas:
Servicio, de la Comisión Pastoral del Episcopado Nacional;
Cencosep, del Centro de Comunicación Sociales del Episcopado;
Contactos, del Instituto de Catequesis;
Renovación en el Espíritu Santo, del Movimiento Carismático;
Indiso, del Instituto de Difusión Social del Arzobispado de Sgto.;
Mensaje, de los Padres Jesuitas; y
Teología y Vida, de la Facultad de Teología de la Universidad Católica.
Juan Noemí, teólogo chileno doctorado en Münster, le dedicó su libro sobre Tillich Interpretación teológica del presente 1 .
También se celebró una Misa de conmemoración en la Universidad Católica; otra en la Iglesia del antiguo Seminario de Santiago, organizada por sacerdotes diocesanos y otra en la Iglesia de San Ignacio.
Pero los homenajes no han sido sólo actos fugaces. En Talca se centraron las comunidades cristianas durante un mes en el estudio y meditación del legado espiritual de quien fuera su Pastor por casi treinta años. También las comunidades cristianas de la Universidad Católica se detuvieron a estudiar el mensaje de este Obispo.
A la narración escueta de hechos recientemente expuesta y fácilmente constatable, ha de seguir la reflexión: ¿Cuál es la explicación del poder seductor de este obispo? ¿Qué es lo que explica su fecundidad en vida y su supervivencia, diez años después de su muerte? ¿Será porque fue el "obispo de la doctrina social", como lo designan algunos?
Ciertamente que sí; Monseñor Larraín es acreedor a este calificativo: allí están sus discursos en conmemoración de la Rerum Novarum o su comentario a la Mater et Magistra; su participación activa en las "Semanas Sociales" chilenas; su postura definida en el "Conflicto de Molina" -la 1ª huelga campesina en Chile- o la parcelación voluntaria del Fundo "Los Silos".
Pero no menos importante fue su palabra y su acción renovadora en el campo litúrgico: su Catedral, símbolo imperecedero de su amor apasionado y delicado al culto de Dios lo muestra; lo atestiguan igualmente su contacto permanente con los Padres Benedictinos, como con el equipo de La Maison Dieu, de París y sus numerosos escritos sobre el tema.
Tomar a Mons. Larraín como "el hombre de lo social", sin más, es desconocer totalmente su personalidad y sus escritos. Pensar que lo que interesa en él es "su humanismo", es dejar de lado su alma cristiana, el corazón mismo que animó su acción, incluida por cierto la social.
Y estas consideraciones, lejos de minimizar la importancia de su doctrina y acción sociales, le dan su verdadera significación, su fuente primera de inspiración, su proyección última.
La imagen frecuente de él como del obispo "avanzado", siempre renovador y abierto a nuevas posibilidades es muy justa, pero ello no excluye que sea también el testigo viviente de la tradición de la Iglesia, a la que amó entrañablemente y enseñó en toda oportunidad. En una carta dirigida a Mons. Jorge Medina Estévez, con ocasión de su rectorado interino del Seminario Pontificio de Santiago, le escribe en carta del 11 de abril de 1961:
"Yo pienso que el ponerse en contacto con la vida de la Iglesia lo hace a uno amar igualmente el pasado y el futuro, el rico acervo de la tradición y las grandes perspectivas del mañana... ".
Estos y muchos otros son los perfiles de la rica personalidad de este obispo, en cuya organicidad de la mente y en cuya amplitud del corazón, se refleja la riqueza de la catolicidad de la Iglesia.
Tal diversidad de perfiles va hermanada, al mismo tiempo, con la invariabilidad de la línea.
En medio de actividades tremendamente diversas, hubo en él una gran unidad interior: su espíritu profundamente sacerdotal era su fuente, su honda piedad y su profunda meditación su alimento.
Si muchos se afirmaron en él, fue porque era firme.
Era firme en su palabra, porque firme en su doctrina.
Porque era seguro, daba seguridad.
Y porque era firme y seguro fue capaz de formar gente firme, gente segura.
Su firmeza fue la de una dirección, a la que siempre fue fiel.
La unidad de su línea de vida y de acción aparece tanto más nítida cuanto más amplio es el período de tiempo que se considera.
El 22 de diciembre de 1922, escribe de puño y letra.
Son palabras de alguien que recibe la gracia de comprender a fondo lo que es una consagración, lo que es la fidelidad evangélica en el grado en que es dada a los predilectos de Dios.
Pareciera como si hubiera fijado su vista en la meta y motor de toda su existencia para siempre.
Su ideal de fidelidad lo expresa solemnemente en el Centenario del Colegio Pío Latino Americano:
" . .. la gloria del sacerdote no es ni el aplauso lisonjero, ni el éxito humano, sino la fidelidad hasta el sacrificio en la misión que la Iglesia le confía.
La voz de san Pablo nos advierte que 'lo que se pide entre los administradores es que sean fieles...´".
Esta firmeza de línea y esta profundidad de convicciones, lejos de cerrado al diálogo, lo abrió a él; no al diálogo blando, que es reflejo de indecisión y espíritu vacilante, sino a la confrontación respetuosa propia de quien busca, por sobre todo, la verdad.
Personalidad perfectamente definida, fue, sin embargo, la antítesis del uní lateralismo; el equilibrio y la organicidad de la mirada fueron, por el contrario, sus características.
Que es hombre de una línea se refleja en la correspondencia que hay entre lo que piensa y lo que dice y entre lo que dice y lo que hace.
Habla de justicia social y comienza la Reforma Agraria en Chile, con la distribución de las tierras de un fundo del Obispado entre sus inquilinos.
Predica la importancia de la liturgia y su renovación y prepara su celebración en la oración intensa, en el estudio y de mil maneras.
Habla de América Latina como de una unidad y es él uno de los más decididos impulsores del Consejo Latino Americano de Obispos (CELAM).
Si son muchos los que "siguieron" y siguen a Mons. Larraín es porque caminaba con la Iglesia y, a la vez, hacía caminar a la Iglesia.
Caminaba con la Iglesia, no solo. En ella se afirmó para caminar. En sus escritos aparece muy clara su familiaridad y constante alusión a los Padres y Doctores de la Iglesia y su adhesión -acuñada en una sólida formación romana- al magisterio de Pedro, "el dulce Cristo en la tierra", como lo llama en su "Testamento Pastoral".
En su caminar no fue avanzado, en el sentido de que estuviera ávido de novedades, o que posara de moderno. Era demasiado profundo para dar tales muestras de superficialidad.
Lo fue, sí, en cuanto que tenía una conciencia muy clara y lúcida de la verdadera meta del cristiano y de la Iglesia y, por tanto, a la luz de ella, cualquier situación concreta la miraba como pasajera.
Hijo de san Ignacio, a quien conoció en el Colegio que lleva su nombre, a través de su amistad de toda una vida con el P. Alberto Hurtado, S.J., durante su estadía en el Colegio Pío Latino Americano de Roma y en la Gregoriana, había hecho totalmente suya la norma de discernimiento del santo de Loyola: asumir los medios y las situaciones concretas o dejarlos "en tanto en cuanto" conducen a la meta o dificultan el acceso a ella.
Hijo, igualmente, de san Agustín, patrono de su Diócesis y cuya actualidad destacó ya en sus primeros años de sacerdocio en un artículo 2 , captó temprano y en profundidad la dimensión histórica de la Iglesia, cuyo carácter de peregrina en la tierra ha manifestado tan hermosamente el Concilio Vaticano II.
Con frecuencia comentaba Mons. Larraín aquella oración del Domingo 4º después de Pascua de Resurrección:
"Haz, Señor, que en medio de la variedad de las cosas de este mundo, nuestros ojos estén fijos ahí donde se encuentran los verdaderos bienes".
Su gran arraigo en los Padres y maestros de la Iglesia no sólo no impidió a Monseñor Larraín mirar al futuro, sino que fue su punto de apoyo. Tal vez cabría aplicarle las palabras de Bernardo de Chartres, dichas en el siglo XII:
"Somos como enanos, pero encarnados sobre los hombres de gigantes, podemos mirar mucho más lejos que ellos".
Pero Monseñor Larraín no sólo caminó con la Iglesia; también la hizo caminar.
¿Sus medios?
La crítica elevada a la propia Iglesia, por amor a ella y a la luz de su propio magisterio; su atención a los problemas y situaciones nuevas del mundo y a las exigencias de nuevas respuestas de la Iglesia; la cercanía y atención a las generaciones jóvenes; el contacto continuo con la Iglesia universal en sus más variadas expresiones, que le proporcionaba alternativas diversas, perspectivas distintas.
Caminante en una Iglesia peregrina, el mediador entre Dios y los hombres, era también mediador entre las diversas Iglesias particulares y así, foco de unidad; hacía constantemente de puente, trayendo y llevando experiencias, realizaciones, éxitos, sufrimientos.
Las circunstancias de su muerte parecen ser un símbolo de lo que fue su vida: murió en la ruta. . ., caminando. Su vida fue, en efecto, un largo caminar, pasar por muchas partes, y estar presente en el mundo en todas sus dimensiones.
En aquel último viaje por los caminos de este mundo iba en compañía de un seminarista de Puerto Rico, a quien había invitado unos días a visitado a su Diócesis. Era un gesto más de su abertura a lo internacional, para oír y aprender, para hablar y enseñar.
El joven universitario personificaba la juventud, la esperanza, el futuro; su calidad de seminarista, la doctrina, el estudio.
Monseñor Bernardino Piñera -su ex discípulo en la Universidad Católica, sucesor en la asesoría de la Acción Católica de Chile y Obispo Auxiliar- se refiere a él en un sermón después de su muerte en estos términos:
"Sabemos los caminos por donde lo llevaron a través del mundo su clara inteligencia, su asombrosa actividad, su maravilloso don de la amistad. No hubo en el mundo un aeropuerto donde un grupo entusiasta de sus amigos, de alumnos, de dirigentes o inspirados por él, no esperaran un día a Don Manuel. No hubo ciudad de América o en Europa donde no diera él alguna conferencia, adonde no celebrara alguna reunión, y donde él no fuera el centro, al menos afectivo o inspirador para todos los presentes.
En la Iglesia universal era conocido, y más aún, querido como un amigo. En EE.UU., Bischop Larraín, era nombrado como si hubiera pertenecido a la Jerarquía de aquel país. El Episcopado francés le comunicaba todos sus acuerdos como a uno de ellos. En Italia se identificaba gracias a su agilidad latina y a su dominio perfecto de la lengua, con el mundo católico romano. Y para qué decir en América Latina. Yo que tantas veces anduve en sus pisadas, estoy oyendo las exclamaciones desoladas o incrédulas, los sollozos mal contenidos de sus amigos tan queridos de Buenos Aires o de Quito, de Lima o de Recife, de Bogotá o de Asunción".
Apóstol auténtico, conjugaba Don Manuel la oración y la meditación con la acción casi febril.
Llamaba la atención en Roma cómo, mientras jóvenes seminaristas o sacerdotes llegaban de sus países agobiados por el cansancio del largo viaje, Don Manuel después de un fugaz descanso, reiniciaba una agotadora labor, con renovado vigor.
Su ascendencia vasca se proyectaba en su carácter fuerte y tenaz. Alegre y optimista por temperamento, no buscaba el conflicto por el conflicto, pero tampoco lo rehuía, cuando la verdad y el bien de la Iglesia lo ocasionaban.
Se sabía "evangelizador", es decir, mensajero de una buena noticia de salvación, pero que no siempre ni a todos aparecía como tal y que, muchas veces, dejaba a descubierto el mal hasta entonces oculto.
En este sentido, su palabra y los gestos, que la encarnaban, fueron frecuentemente "piedra de toque". Lo sabía, pero también sabía y procuraba ser consecuente con la palabra de san Pablo: "la Palabra de Dios no puede estar amarrada".
Actuaba, por una parte, con la seguridad de que todo dependía de Dios y, por otra, poniendo todo su esfuerzo en lo que hacía, como si todo dependiera de él, haciendo suya, una vez más, la recomendación de san Ignacio.
Cuando describe el alma apostólica de aquel otro gran Obispo que fue Mons. Juan Subercaseuax, en el décimo aniversario de su muerte, parece estar describiendo su propio ideal, elocuentemente vivido:
"Era el buen ´soldado de Cristo Jesús`, de quien habla el Apóstol, el que ahí reposaba, el que como su Maestro, ´amó a la Iglesia y se entregó por ella`, el que le consagró las mejores energías de su vida, para encontrar la muerte en su servicio y el que después de haber “peleado el buen combate” iba, pleno de humildad a recoger la eterna corona de manos de su Señor".
Su gran arma fue, sin duda, la palabra.
En la predicación el día de las Bodas de Oro del Cardenal Caro, nos dice su honda convicción:
"Para cumplir su misión de renovación espiritual del mundo, el Obispo es, en primer lugar, Maestro y Doctor de la verdad". Y más adelante:
"El día de su consagración episcopal, la Iglesia pronuncia sobre la cabeza del nuevo ungido esta sublime plegaria: ´que ame la verdad y que no la abandone jamás ni bajo el imperio de la alabanza o del temor`. Su voz debe despertar en los oídos humanos ecos divinos y poseer su palabra vibraciones de eternidad.
Nada necesita tanto el mundo de hoy como el sentido augusto de la predicación sacerdotal. De la docilidad a esa voz depende el que encuentre su camino, en el cerrar sus oídos a ella está la fuente de su perdición.
Los labios del sacerdote se entreabren sobre un mundo obscurecido para anunciar con firmeza todo el Evangelio y sólo el Evangelio...".
Y es para preguntarse: ¿qué fue la vida de Monseñor Larraín, sino vivir esta convicción constantemente?
Permítasenos, una vez más traer al recuerdo las palabras del ex Obispo de Talca que, si bien las dijo refiriéndose a Mons. Subercaseaux, lo reflejan a él admirablemente:
“Heraldo de la Verdad, la anunció sin descanso y sin limitaciones y sobre todo evangelizó el ´misterio escondido` desde el comienzo de los siglos en Dios: su Iglesia".
Fue "servidor de la Palabra" en las más diferentes formas: en la predicación llena de unción y en la polémica pública; en el Retiro espiritual en medio del silencio y en el solemne discurso en un acontecimiento trascendental; en la palabra afectuosa y sencilla de una conversación privada y en el artículo escrito. Como dijo alguien el día de sus funerales "supo ser Don Manuel y Monseñor Larraín...".
Respetó su cargo y el ministerio de la Palabra hasta el extremo, cuidando todos sus aspectos, desde la calidad de los micrófonos y su buen estado hasta la dicción. Pero la Palabra que predicó no fue la suya, sino la de Cristo y de la Iglesia.
Hemos bosquejado solamente algunos perfiles de la personalidad de Mons. Larraín.
El "Testamento pastoral" que nos dejara es tan sólo un resumen de la totalidad de su legado espiritual.
Su voz, potente y clara, resonó alto durante su vida y muchos, muchísimos la pudieron oír.
Se identificó plenamente con su diócesis de Talca. Para ella fue consagrado obispo y en ella murió después de ser su pastor durante 28 años. Pero su voz trascendió Talca.
Se identificó igualmente con su país, con el que se sentía y estaba vinculado por tantos lazos. Parientes suyos habían sido obispos, presidentes de la República y casi no había campo de la vida nacional en que no se hubiere hecho presente algún familiar. Sin embargo, ni sus amplias fronteras fueron capaces de contenerlo.
Hizo plenamente suyas las esperanzas y los problemas de la Iglesia y de los pueblos de América Latina, de cuyo Consejo Episcopal-CELAM- fue uno de los fundadores, varias veces su Vice-Presidente y también su Presidente. Pero, tampoco este continente encerró su voz.
Y la oyeron los más altos representantes de la Acción Católica del mundo entero en los Congresos mundiales del apostolado laico, celebrados en Roma. Y también los sacerdotes y seminaristas de todos los países de América Latina fueron sus auditores en la conmemoración del Centenario del Colegio Pío Latino de Roma. Y los Padres del Concilio reunidos alrededor del Papa también lo escucharon.
Patrimonio de todos fue, pues, su palabra oral en vida; patrimonio de todos debe ser también su palabra escrita, después de su partida.
Pero si el respeto a su legado escrito nos insta a poner a disposición de todos su palabra, nos obliga también a publicar todos sus escritos: no sólo los de claro contenido social, ni tampoco sólo aquéllos en que no aparecen temas sociales; no sólo aquéllos en que proyecta la luz de Cristo al quehacer político, ni tampoco sólo aquéllos en que no proyecta la existencia cristiana al plano político; no sólo aquéllos que hablan al laico ni sólo aquéllos que hablan al sacerdote.
Un segundo deber que se nos impone es el de no mutilar los escritos. Se trata de que hable Don Manuel, no nosotros. Hay que entender todas sus afirmaciones en el contexto en que él las formuló, no en el que nosotros le demos, o fuera de contexto.
Si estas normas de respeto, que nacen del amor a la verdad, han de observarse en la lectura de cualquier autor, ellas han de ser tenidas en cuenta particularmente en el caso que nos ocupa. Por una parte, en efecto, no parece exagerado afirmar que Mons. Larraín es imprescindible "lugar de referencia" de todo esfuerzo serio para comprender a la Iglesia en Chile y en América Latina en este siglo; por otro lado, las polémicas que suscitó su definida personalidad se comprenden mejor si son reexaminadas a la luz de la totalidad de su pensamiento.
No parece lo más honrado, por otra parte, el poner a disposición de quienes discreparon parcial o totalmente de sus ideas, la totalidad de su pensamiento.
Permítasenos dar una última razón que avala nuestro propósito: la gran diversidad de cauces por los que ellos vieron la luz de la publicidad -reflejo de la multifacética actividad de su autor- hace que lo que es o fue fácilmente accesible a unos no lo sea a otros y vice versa.
Pequeños libros y folletos publicados en diversas editoriales, frecuentemente agotados; Actas del Concilio Vaticano II, todavía no totalmente publicadas; Revistas y Diarios extranjeros, artículos frecuentes en el Diario La Mañana de Talca; escritos anteriores a su consagración episcopal y publicados en .revistas ya desaparecidas, como REC; circulares sólo mimeografiadas, dirigidas al Clero y fieles de su Diócesis; manuscritos inéditos, incluso de sus tiempos de estudiante secundario, son algunos de los lugares donde se encuentra su pensamiento escrito.
¿Por qué nos atrevimos a emprender la delicada tarea de publicar sus escritos?
Son tantos y tan luminosos los aspectos de su personalidad de hombre, de sacerdote y de obispo, la amplitud de su obra y la riqueza de sus variados escritos, que hay necesidad de muchos para recoger lo que sembró.
Nosotros somos sus testigos.
Lo somos junto a aquella inmensa cantidad de gente que lo oyó, que se apoyó en él, que vio en él un faro.
Es cierto que el testimonio directo de quienes fueron sus ovejas tiene un particular valor para el conocimiento de su personalidad de pastor; pero también lo es que, en el caso de don Manuel, toda su personalidad se volcaba en su palabra y en sus escritos.
Quiso la Providencia que su "legado" espiritual se conservara en importante proporción, para revivir su palabra por parte de unos y para que las generaciones futuras recojan ahí tan autorizada palabra en el futuro.
Nuestro testimonio es, por lo demás, muy parcial, aunque importante: se reduce a sus escritos. Una visión completa y un contacto vivo con don Manuel supone, por cierto, empezar por la lectura de su vida. Otros hay que estuvieron más cerca de él y que tienen autoridad para escribirla.
Como testigos de su vida y de sus escritos, creemos poder decir lo que él dijera en los funerales del P. Alberto Hurtado:
"Si silenciáramos su lección, desconoceríamos el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra patria".
¿Con qué criterio ordenar y clasificar los escritos?
No ha sido fácil discernir el más adecuado.
La unidad y organicidad del pensamiento de nuestro autor hace que tan pronto esté hablando de la dimensión litúrgica de la vida en un Congreso de Acción Católica Rural, como de la esencia de la catequesis en una jornada de preparación al Año Mariano, o del papel del laico en la Iglesia en una carta al Clero sobre espiritualidad sacerdotal.
Sin embargo, si nos dejamos conducir por los escritos mismos en su conjunto, constatamos en forma bastante clara que la Iglesia es su centro. Si ella fue "el gran amor de su vida", según sus propias palabras, expresadas en su Testamento Pastoral, lo es también el centro de sus escritos, expresada en todos ellos.
Porque su alma y su mente eran realmente católicas, es decir, amplias y universales, la totalidad de la luz y de la doctrina de la Iglesia convergían, casi espontáneamente, frente a cualquier realidad, grande o pequeña.
Su mirada, habituada por la meditación a contemplar a la Iglesia en su altura y en su profundidad, en su anchura y en su longitud, le permitían ubicar cada hecho de la vida de ella en referencia a su totalidad. Este nos parece ser el secreto que conjugaba en sorprendente síntesis el carácter a la vez crítico y estimulante, sugerente y preciso, exigente y liberador de su palabra.
Teniendo, pues, a la Iglesia como centro, para presentar sus escritos, nuestro plan es:
La Iglesia, en su vida íntima;
La Iglesia, en su espiritualidad y en su liturgia;
La Iglesia, en el mundo.
Sea nuestra última palabra, de gratitud para todos aquellos que han hecho posible esta publicación:
- para quienes nos han abierto las puertas del Archivo del Obispado de Talca, dándonos muestras de gran confianza en todo momento;- para aquellos familiares de Monseñor Larraín que nos han facilitado fotos y manuscritos;
- para quienes han colaborado con su ciencia en la elaboración de las notas;
- para los secretarios que con excepcional abnegación han trascrito y ayudado a ordenar los escritos;
- para quienes nos han ayudado en todo el aspecto gráfico e ilustrativo.
Pienso que todas estas personas son acreedoras no sólo de la gratitud personal, sino de la de todos los lectores beneficiados por su aporte.
Que Dios los bendiga.
Pbro. PEDRO DE LA NOI B.
Prof. en la U. C. de Chile
Los criterios metodológicos con que hemos procedido son los siguientes:
1. Títulos y sub-títulos
En algunos casos hemos cambiado los títulos de los escritos. Lo hemos hecho teniendo en cuenta que:
- frecuentemente éstos no son de Mons. Larraín, sino de quien los publicó (Diario, Revista, etc.), lo que queda de manifiesto porque a veces no hay coincidencia entre ellos;
- a veces éstos son muy genéricos (Ej.: "A mi Clero", "Palabra de gratitud", etc.) y, si bien en el contexto en que fueron escritos fueron orientadores respecto al contenido, no lo son en nuestro contexto;
- en todo caso, se tiene el acceso al original.
En algunas oportunidades, por otra parte, hemos introducido algunos subtítulos que expliciten más la estructura del escrito, haciéndolo notar en las notas.
2. Procedencia de los escritos
Siempre que los escritos han sido publicados, señalamos su lugar, pero cuando han aparecido en varias partes (p. Ej. En "Revista Católica" como artículo y en alguna Editorial como folleto) aludimos sólo a una de ellas.
Si no se hace ninguna referencia significa que su fuente es el Archivo del Obispado de Talca.
3. Homogeneidad
Siendo la presente una publicación unitaria, hemos "homogeneizado" lo más posible todos los escritos en el aspecto formal: numeraciones al interior, ubicación material de las notas, sangrías, siglas.
4. Notas
Las hemos elaborado con el siguiente criterio:
-Ellas básicamente dan sólo datos positivos y no interpretaciones del contenido.
-El lector debe comprender que algunos datos muy familiares al lector chileno o al sudamericano no lo son para el europeo; otros que son obvios para el sacerdote o para el católico, no lo son para el resto. Teniendo esto en cuenta, hemos preferido excedemos en caso de duda.
-Presentamos en un todo las notas de los textos originales y las nuestras, por tratarse fundamentalmente de datos positivos, objetivos. En todo caso, para discernir unas de otras se puede ir a la fuente.
5. Datos biográficos
Los datos biográficos fundamentales aparecen en pág. 412.
6. Siglas
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