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S.S. Juan Pablo II, Carta Apost贸lica Omnium Ecclesiarum Matri
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Carta Apost贸lica Omnium Ecclesiarum Matri

Del Sumo Pont铆fice
Juan Pablo II
con motivo del XVI centenario
de la muerte de San Cirilo de Jerusal茅n

Al venerable hermano Giacomo Giuseppe Beltritti,
Patriarca latino de Jerusal茅n, salud y bendici贸n apost贸lica.

A la Madre de todas las Iglesias 鈥攅sto es, a Jerusal茅n, que es nuestra Madre (cf. G谩l 4, 26; Lumen gentium, 6)鈥� se le ofrece este a帽o la espl茅ndida ocasi贸n de conmemorar al hombre que justamente es considerado un don inestimable de Dios, concedido por la Divina Misericordia a esa Sede y a la Iglesia universal. En efecto, pr贸ximamente se cumplir谩 el XVI centenario del d铆a en que San Cirilo, obispo de Jerusal茅n y Doctor de la Iglesia, vol贸 al cielo. El alto sentido de la religi贸n, el empe帽o pastoral, la paciencia para soportar los acontecimientos adversos, as铆 como las extraordinarias dotes de su alma y de su ingenio, en las que sobresal铆a, fueron una verdadera fuente de beneficios en aquellos tiempos en los que, el orbe cristiano, salido de las catacumbas, por as铆 decir, y atravesando el umbral de una nueva edad, pag贸 un penos铆simo tributo a cambio de la libertad recientemente obtenida.

Nacido en el tiempo en que Constantino estableci贸 la paz en las provincias occidentales del Imperio Romano, a Cirilo le toc贸 transcurrir su adolescencia en la ilustre Iglesia de Jerusal茅n, donde hasta el a帽o 323 persistieron frecuentes persecuciones al cristianismo. Hemos de confesar, realmente, que ignoramos todo lo que le aconteci贸 durante esos a帽os tan cr铆ticos. Aunque la alabanza que hace de la virginidad (cf. Catech. XII, 33) parece indicar que durante un tiempo se dedic贸 a la vida mon谩stica, que entonces seguramente era una forma de martirio.

La historia dej贸 en una cierta oscuridad la designaci贸n de este asceta para obispo, pues dicha designaci贸n se debi贸 al favor de Acacio de Cesarea, metropolitano de Palestina, que estuvo gravemente implicado en la controversia arriana (cf. R. Gryson, "Les 茅lections 茅piscopales en Orient au IV si猫cle", en Rev. Hist. eccl., LXXIV, 1979, 333-334; Bibl. Sanct., IX, 53-55); sin embargo, el hecho de que el mismo San Cirilo, durante su largo episcopado, sufriese un cruel destierro, por instigaci贸n de aquel dif铆cil hombre, deja bien a las claras que el obispo de la Ciudad Santa est谩 limpio, con toda certeza, de cualquier sospecha del m谩s m铆nimo acuerdo en la doctrina con los fautores de los errores arrianos (cf. J. Lebon, La position doctrinale de Saint Cyrille de J茅rusalem dans les luttes provoqu茅es par l'arianisme, ib., XX, 1924, 181-210; 357-386).

Adem谩s, el a帽o 382, el Concilio de Constantinopla, en el que estuvo presente San Cirilo, rechaz贸 rotundamente algunas mal茅volas interpretaciones de los acontecimientos, que pod铆an empa帽ar la corona 谩urea de este confesor de la fe.

Ha transcurrido ya m谩s de un siglo, desde que nuestro predecesor, de feliz memoria, Le贸n XIII, acogiendo los reiterados deseos "de los muchos sagrados Pastores" que acudieron a Roma con ocasi贸n del Concilio Ecum茅nico Vaticano I, y tras las investigaciones llevadas a cabo por una Comisi贸n especial de la Sagrada Congregaci贸n de Ritos, con la Carta Apost贸lica Nullo unquam tempore, del 28 de julio de 1883, decret贸 que, entre otros, tambi茅n San Cirilo de Jerusal茅n. Confesor y Doctor de la Iglesia, fuese inscrito en el calendario de la Iglesia universal, el d铆a 18 de marzo 鈥攅l 20, sin embargo, en la Epacta del Clero Romano鈥� (cf. Leonis XIII Pont. Max. acta, III, Romae 1883, 121-125).

As铆, pues, con ocasi贸n de la probable fecha del XVI centenario de la muerte de este Santo Doctor de la Iglesia, resulta muy oportuno poner claramente de relieve la importancia y el valor de este hombre, testigo de la fe apost贸lica y Pastor atento, sobre todo, a la instrucci贸n y explicaci贸n sacramental y lit煤rgica de la fe. Cirilo expuso ya entonces esta fe a los fieles, en el 谩mbito de la preparaci贸n cuaresmal al bautismo, partiendo del S铆mbolo de su Iglesia. El bautismo se recib铆a entonces en el centro de la noche pascual, en el marco de la celebraci贸n del gozo de la Pascua, gozo que resplandec铆a sobre los "iluminados" admitidos a los misterios de la iniciaci贸n en los mismos lugares (Calvario, Santo Sepulcro, An谩stasis), que hab铆an sido recuperados gracias a la munificencia del Emperador, y en los que Jesucristo, por su pasi贸n, muerte y resurrecci贸n, consum贸 el inescrutable misterio de la salvaci贸n del hombre.

Dado que en este a帽o conmemorativo de la conversi贸n de San Agust铆n, se recuerdan casi al mismo tiempo tanto la muerte de San Cirilo (el d铆a 18 de marzo del a帽o 387), como el nuevo nacimiento espiritual de San Agust铆n (el d铆a 24 de abril del a帽o 387), es oportuno componer con dos pensamientos de estos Padres de la Iglesia, esta sentencia: "Si el pecado es un mal terrible", mucho m谩s terrible es, ante las manifiestas riquezas de la misericordia de Dios, "no elevar m谩s a煤n el alma a la esperanza de la conversi贸n" (Catech. II, 1, 5-6).

La malicia del pecado, cuya ra铆z es la instigaci贸n diab贸lica, urge la necesidad de la penitencia, y mucho m谩s a煤n la amable virtud del Esp铆ritu Santo, que asocia al fiel con Cristo, muerto y resucitado, por medio de la gracia de los sacramentos, recibida con toda sinceridad para aumento de la fe: 茅stas son las nociones maestras con las que se distingue la catequesis de San Cirilo, expuesta con sencillez y con un lenguaje claro, fervoroso y lleno de fuerza (cf. Procatech. 16 y ss.).

Adem谩s, la exposici贸n doctrinal de este Santo Padre, alimentada en las Sagradas Escrituras y sintonizada con la doctrina teol贸gico-espiritual de San Pablo, desarrollada al mismo tiempo en buen estilo mediante im谩genes tomadas de los elementos naturales y de la acci贸n sacramental, impresiona a los hombres de nuestro tiempo por su fuerza de persuasi贸n, por su modo de afrontar las realidades esenciales y la dignidad del hombre, en fin, por el impulso que comunica hacia las realidades eternas.

En la obra de San Cirilo se percibe el encanto de los or铆genes, que hab铆a sido desfigurado por las ruindades de los herejes; y sustancialmente es una obra amena y espl茅ndida, puesto que est谩 marcada con los rasgos de Cristo resucitado, en quien se centra la esperanza que no defrauda.

Esta es, verdaderamente, la causa por la que las obras de San Cirilo de Jerusal茅n se encuentran entre las joyas de gran valor de toda la literatura griega, en la galer铆a de los Santos Padres y entre los escritos que m谩s claramente ilustran, tanto la hermosura y eficacia de los ritos, como la pr铆stina doctrina de la fe, cuyas partes principales son: el misterio de la Trinidad, la divinidad del Verbo encarnado, el nacimiento virginal, el sello indeleble del Esp铆ritu, la verdad de la presencia y del Sacrificio eucar铆stico, la virtud consagratoria de la ep铆clesis (cf. Catech. III, 3; Catech. Myst. I, 7; III, 3). Por su riqueza, estas obras contin煤an siendo todav铆a alimento y fuente de luz, sea para los creyentes, sea para los hombres de nuestro tiempo que se abren al Evangelio. Sin duda, ellas hacen que, sobre un mundo inmerso en sombras de muerte, brille todav铆a la cruz luminosa que el joven obispo, al inicio de su episcopado, contempl贸 una vez en el cielo y que un testigo ocular describi贸 como un fausto vaticinio sobre los futuros tiempos del mundo (cf. Clavis P. G., n. 3587).

Recordando dicho prodigio, dirigimos nuestro pensamiento, junto con todos los hombres de buena voluntad, con cordial afecto, a esa Tierra Santa, donde San Cirilo desempe帽贸 su ministerio durante largos y dif铆ciles tiempos, al servicio de la verdad, de la unidad y de la caridad. Quiera Dios que esta celebraci贸n centenaria suscite all铆 esperanzas de concordia y de paz, y d茅 a toda la Iglesia de Jesucristo una nueva y fuerte vitalidad, bajo el impulso renovador del Concilio Vaticano II y mediante la intercesi贸n de la Madre de Aquel que "cre贸 las almas v铆rgenes" (Catech. XII, 31), o sea, la Virgen Mar铆a, por quien nos vino la Vida (cf. Catech. XII, 15; Lumen gentium, 57).

Dirigimos fervientes preces a Dios para que estas celebraciones se desarrollen felizmente, al mismo tiempo que, desde esta C谩tedra de San Pedro, te impartimos muy afectuosamente en el Se帽or, a ti y a todo tu clero y pueblo, la bendici贸n apost贸lica, como prenda de nuestro amor paternal.

Roma, junto a San Pedro, 7 de marzo de 1987, a帽o IX de nuestro pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II

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