Soporte
S.S. Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud 2008
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud 2008

¬ęRecibir√©is la fuerza del Esp√≠ritu Santo,
que vendr√° sobre vosotros, y ser√©is mis testigos¬Ľ
(Hch 1, 8)

Queridos jóvenes:

1. La XXIII Jornada Mundial de la Juventud

Recuerdo siempre con gran alegr√≠a los diversos momentos transcurridos juntos en Colonia, en el mes de agosto de 2005. Al final de aquella inolvidable manifestaci√≥n de fe y entusiasmo, que permanece impresa en mi esp√≠ritu y en mi coraz√≥n, os di cita para el pr√≥ximo encuentro que tendr√° lugar en Sydney, en 2008. Ser√° la XXIII Jornada Mundial de la Juventud y tendr√° como tema: ¬ęRecibir√©is la fuerza del Esp√≠ritu Santo, que vendr√° sobre vosotros, y ser√©is mis testigos¬Ľ (Hch 1, 8). El hilo conductor de la preparaci√≥n espiritual para el encuentro en Sydney es el Esp√≠ritu Santo y la misi√≥n. En 2006 nos hab√≠amos detenido a meditar sobre el Esp√≠ritu Santo como Esp√≠ritu de verdad, en 2007 quisimos descubrirlo m√°s profundamente como Esp√≠ritu de amor, para encaminarnos despu√©s hacia la Jornada Mundial de la Juventud 2008 reflexionando sobre el Esp√≠ritu de fortaleza y testimonio, que nos da el valor de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo. Por ello es fundamental que cada uno de vosotros, j√≥venes, en la propia comunidad y con los educadores, reflexione sobre este Protagonista de la historia de la salvaci√≥n que es el Esp√≠ritu Santo o Esp√≠ritu de Jes√ļs, para alcanzar estas altas metas: reconocer la verdadera identidad del Esp√≠ritu, escuchando sobre todo la Palabra de Dios en la Revelaci√≥n de la Biblia; tomar una l√ļcida conciencia de su presencia viva y constante en la vida de la Iglesia, redescubrir en particular que el Esp√≠ritu Santo es como el ‚Äúalma‚ÄĚ, el respiro vital de la propia vida cristiana gracias a los sacramentos de la iniciaci√≥n cristiana: Bautismo, Confirmaci√≥n y Eucarist√≠a; hacerse capaces as√≠ de ir madurando una comprensi√≥n de Jes√ļs cada vez m√°s profunda y gozosa y, al mismo tiempo, hacer una aplicaci√≥n eficaz del Evangelio en el alba del tercer milenio. Con mucho gusto os ofrezco con este mensaje un motivo de meditaci√≥n ir profundiz√°ndolo a lo largo de este a√Īo de preparaci√≥n y ante el cual verificar la calidad de vuestra fe en el Esp√≠ritu Santo, de volver a encontrarla si se ha extraviado, de afianzarla si se ha debilitado, de gustarla como compa√Ī√≠a del Padre y del Hijo Jesucristo, gracias precisamente a la obra indispensable del Esp√≠ritu Santo. No olvid√©is nunca que la Iglesia, m√°s a√ļn la humanidad misma, la que est√° en torno a vosotros y que os aguarda en vuestro futuro, espera mucho de vosotros, j√≥venes, porque ten√©is en vosotros el don supremo del Padre, el Esp√≠ritu de Jes√ļs.

2. La promesa del Espíritu Santo en la Biblia

La escucha atenta de la Palabra de Dios respecto al misterio y a la obra del Espíritu Santo nos abre al conocimiento cosas grandes y estimulantes que resumo en los siguientes puntos.

Poco antes de su ascensi√≥n, Jes√ļs dijo a los disc√≠pulos: ¬ęYo os enviar√© lo que mi Padre ha prometido¬Ľ (Lc 24, 49). Esto se cumpli√≥ el d√≠a de Pentecost√©s, cuando estaban reunidos en oraci√≥n en el Cen√°culo con la Virgen Mar√≠a. La efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo sobre la Iglesia naciente fue el cumplimiento de una promesa de Dios m√°s antigua a√ļn, anunciada y preparada en todo el Antiguo Testamento.

En efecto, ya desde las primeras p√°ginas, la Biblia evoca el esp√≠ritu de Dios como un viento que ¬ęaleteaba por encima de las aguas¬Ľ (cf. Gn 1, 2) y precisa que Dios insufl√≥ en las narices del hombre un aliento de vida, (cf. Gn 2, 7), infundi√©ndole as√≠ la vida misma. Despu√©s del pecado original, el esp√≠ritu vivificante de Dios se ha ido manifestando en diversas ocasiones en la historia de los hombres, suscitando profetas para incitar al pueblo elegido a volver a Dios y a observar fielmente los mandamientos. En la c√©lebre visi√≥n del profeta Ezequiel, Dios hace revivir con su esp√≠ritu al pueblo de Israel, representado en ¬ęhuesos secos¬Ľ (cf. 37, 1-14). Joel profetiza una ¬ęefusi√≥n del esp√≠ritu¬Ľ sobre todo el pueblo, sin excluir a nadie: ¬ęDespu√©s de esto ‚Äďescribe el Autor sagrado‚Äď yo derramar√© mi Esp√≠ritu en toda carne... Hasta en los siervos y las siervas derramar√© mi Esp√≠ritu en aquellos d√≠as¬Ľ (3, 1-2).

En la ¬ęplenitud del tiempo¬Ľ (cf. Ga 4, 4), el √°ngel del Se√Īor anuncia a la Virgen de Nazaret que el Esp√≠ritu Santo, ¬ępoder del Alt√≠simo¬Ľ, descender√° sobre Ella y la cubrir√° con su sombra. El que nacer√° de Ella ser√° santo y ser√° llamado Hijo de Dios (cf. Lc 1, 35). Seg√ļn la expresi√≥n del profeta Isa√≠as, sobre el Mes√≠as se posar√° el Esp√≠ritu del Se√Īor (cf. 11, 1-2; 42, 1). Jes√ļs retoma precisamente esta profec√≠a al inicio de su ministerio p√ļblico en la sinagoga de Nazaret: ¬ęEl Esp√≠ritu del Se√Īor est√° sobre m√≠ ‚Äďdijo ante el asombro de los presentes‚Äď, porque √©l me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres. Para anunciar a los cautivos la libertad y, a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; y para anunciar un a√Īo un a√Īo de gracia del Se√Īor¬Ľ (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). Dirigi√©ndose a los presentes, se atribuye a s√≠ mismo estas palabras prof√©ticas afirmando: ¬ęHoy se cumple esta Escritura que acab√°is de o√≠r ¬Ľ (Lc 4, 21). Y una vez m√°s, antes de su muerte en la cruz, anuncia varias veces a sus disc√≠pulos la venida del Esp√≠ritu Santo, el ¬ęConsolador¬Ľ, cuya misi√≥n ser√° la de dar testimonio de √Čl y asistir a los creyentes, ense√Ī√°ndoles y gui√°ndoles hasta la Verdad completa (cf. Jn 14, 16-17.25-26; 15, 26; 16, 13).

3. Pentecostés, punto de partida de la misión de la Iglesia

La tarde del d√≠a de su resurrecci√≥n, Jes√ļs, apareci√©ndose a los disc√≠pulos, ¬ęsopl√≥ sobre ellos y les dijo: ‚ÄúRecibid el Esp√≠ritu Santo‚Ä̬Ľ (Jn 20, 22). El Esp√≠ritu Santo se pos√≥ sobre los Ap√≥stoles con mayor fuerza a√ļn el d√≠a de Pentecost√©s: ¬ęDe repente un ruido del cielo ‚Äďse lee en los Hechos de los Ap√≥stoles‚Äď, como el de un viento recio, reson√≥ en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repart√≠an, pos√°ndose encima de cada uno¬Ľ (2, 2-3).

El Esp√≠ritu Santo renov√≥ interiormente a los Ap√≥stoles, revisti√©ndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: ¬ę¬°Cristo ha muerto y ha resucitado!¬Ľ. Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender c√≥mo hombres ¬ęsin instrucci√≥n ni cultura¬Ľ (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegr√≠a. Nada pod√≠a detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respond√≠an: ¬ęNosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y o√≠do¬Ľ (Hch 4, 20). As√≠ naci√≥ la Iglesia, que desde el d√≠a de Pentecost√©s no ha dejado de extender la Buena Noticia ¬ęhasta los confines de la tierra¬Ľ (Hch 1, 8).

4. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia y principio de comunión

Pero para comprender la misi√≥n de la Iglesia hemos de regresar al Cen√°culo donde los disc√≠pulos permanec√≠an juntos (cf. Lc 24, 49), rezando con Mar√≠a, la ¬ęMadre¬Ľ, a la espera del Esp√≠ritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apost√≥lica y misionera no es el resultado principalmente de programas y m√©todos pastorales sabiamente elaborados y ¬ęeficientes¬Ľ, sino el fruto de la oraci√≥n comunitaria incesante (cf. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi , 75). La eficacia de la misi√≥n presupone, adem√°s, que las comunidades est√©n unidas, que tengan ¬ęun solo coraz√≥n y una sola alma¬Ľ (cf. Hch 4, 32), y que est√©n dispuestas a dar testimonio del amor y la alegr√≠a que el Esp√≠ritu Santo infunde en los corazones de los creyentes (cf. Hch 2, 42). El Siervo de Dios Juan Pablo II escribi√≥ que antes de ser acci√≥n, la misi√≥n de la Iglesia es testimonio e irradiaci√≥n (cf. Enc. Redemptoris missio , 26). As√≠ suced√≠a al inicio del cristianismo, cuando, como escribe Tertuliano, los paganos se convert√≠an viendo el amor que reinaba entre los cristianos: ¬ęVed ‚Äďdicen‚Äď c√≥mo se aman entre ellos¬Ľ (cf. Apolog√©tico, 39, 7).

Concluyendo esta r√°pida mirada a la Palabra de Dios en la Biblia, os invito a notar c√≥mo el Esp√≠ritu Santo es el don m√°s alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como ¬ęs√≠ a la vida¬Ľ que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este ¬ęs√≠ a la vida¬Ľ tiene su forma plena en Jes√ļs de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redenci√≥n. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jes√ļs, precisamente en virtud del Esp√≠ritu, no se reduce a una mera constataci√≥n, sino que quiere ser ¬ęBuena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos...¬Ľ. Es lo que se manifest√≥ con vigor el d√≠a de Pentecost√©s, convirti√©ndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misi√≥n prioritaria.

Nosotros somos los frutos de esta misi√≥n de la Iglesia por obra del Esp√≠ritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Esp√≠ritu Santo. No lo olvidemos jam√°s, porque el Esp√≠ritu del Se√Īor se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante vosotros, j√≥venes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecost√©s.

5. El Esp√≠ritu Santo ¬ęMaestro interior¬Ľ

Queridos j√≥venes, el Esp√≠ritu Santo sigue actuando con poder en la Iglesia tambi√©n hoy y sus frutos son abundantes en la medida en que estamos dispuestos a abrirnos a su fuerza renovadora. Para esto es importante que cada uno de nosotros lo conozca, entre en relaci√≥n con √Čl y se deje guiar por √Čl. Pero aqu√≠ surge naturalmente una pregunta: ¬ŅQui√©n es para m√≠ el Esp√≠ritu Santo? Para muchos cristianos sigue siendo el ¬ęgran desconocido¬Ľ. Por eso, como preparaci√≥n a la pr√≥xima Jornada Mundial de la Juventud, he querido invitaros a profundizar en el conocimiento personal del Esp√≠ritu Santo. En nuestra profesi√≥n de de fe proclamamos: ¬ęCreo en el Esp√≠ritu Santo, Se√Īor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo¬Ľ (Credo Niceno-Constantinopolitano). S√≠, el Esp√≠ritu Santo, Esp√≠ritu de amor del Padre y del Hijo, es Fuente de vida que nos santifica, ¬ęporque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Esp√≠ritu Santo que se nos ha dado¬Ľ (Rm 5, 5). Pero no basta conocerlo; es necesario acogerlo como gu√≠a de nuestras almas, como el ¬ęMaestro interior¬Ľ que nos introduce en el Misterio trinitario, porque s√≥lo √Čl puede abrirnos a la fe y permitirnos vivirla cada d√≠a en plenitud. √Čl nos impulsa hacia los dem√°s, enciende en nosotros el fuego del amor, nos hace misioneros de la caridad de Dios.

S√© bien que vosotros, j√≥venes, llev√°is en el coraz√≥n una gran estima y amor hacia Jes√ļs, c√≥mo dese√°is encontrarlo y hablar con √Čl. Pues bien, recordad que precisamente la presencia del Esp√≠ritu en nosotros atestigua, constituye y construye nuestra persona sobre la Persona misma de Jes√ļs crucificado y resucitado. Por tanto, tengamos familiaridad con el Esp√≠ritu Santo, para tenerla con Jes√ļs.

6. Los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía

Pero ‚Äďdir√©is‚Äď ¬ŅC√≥mo podemos dejarnos renovar por el Esp√≠ritu Santo y crecer en nuestra vida espiritual? La respuesta ya la sab√©is: se puede mediante los Sacramentos, porque la fe nace y se robustece en nosotros gracias a los Sacramentos, sobre todo los de la iniciaci√≥n cristiana: el Bautismo, la Confirmaci√≥n y la Eucarist√≠a, que son complementarios e inseparables (cf. Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica, 1285). Esta verdad sobre los tres Sacramentos que est√°n al inicio de nuestro ser cristianos se encuentra quiz√°s desatendida en la vida de fe de no pocos cristianos, para los que estos son gestos del pasado, pero sin repercusi√≥n real en la actualidad, como ra√≠ces sin savia vital. Resulta que, una vez recibida la Confirmaci√≥n, muchos j√≥venes se alejan de la vida de fe. Y tambi√©n hay j√≥venes que ni siquiera reciben este sacramento. Sin embargo, con los sacramentos del Bautismo, de la Confirmaci√≥n y despu√©s, de modo constante, de la Eucarist√≠a, es como el Esp√≠ritu Santo nos hace hijos del Padre, hermanos de Jes√ļs, miembros de su Iglesia, capaces de un verdadero testimonio del Evangelio, beneficiarios de la alegr√≠a de la fe.

Os invito por tanto a reflexionar sobre lo que aqu√≠ os escribo. Hoy es especialmente importante redescubrir el sacramento de la Confirmaci√≥n y reencontrar su valor para nuestro crecimiento espiritual. Quien ha recibido los sacramentos del Bautismo y de la Confirmaci√≥n, recuerde que se ha convertido en ¬ętemplo del Esp√≠ritu¬Ľ: Dios habita en √©l. Que sea siempre consciente de ello y haga que el tesoro que lleva dentro produzca frutos de santidad. Quien est√° bautizado, pero no ha recibido a√ļn el sacramento de la Confirmaci√≥n, que se prepare para recibirlo sabiendo que as√≠ se convertir√° en un cristiano ¬ępleno¬Ľ, porque la Confirmaci√≥n perfecciona la gracia bautismal (cf. Ib√≠d., 1302-1304).

La Confirmaci√≥n nos da una fuerza especial para testimoniar y glorificar a Dios con toda nuestra vida (cf. Rm 12, 1); nos hace √≠ntimamente conscientes de nuestra pertenencia a la Iglesia, ¬ęCuerpo de Cristo¬Ľ, del cual todos somos miembros vivos, solidarios los unos con los otros (cf. 1 Co 12, 12-25). Todo bautizado, dej√°ndose guiar por el Esp√≠ritu, puede dar su propia aportaci√≥n a la edificaci√≥n de la Iglesia gracias a los carismas que √Čl nos da, porque ¬ęen cada uno se manifiesta el Esp√≠ritu para el bien com√ļn¬Ľ (1 Co 12, 7). Y cuando el Esp√≠ritu act√ļa produce en el alma sus frutos que son ¬ęamor, alegr√≠a, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de s√≠¬Ľ (Ga 5, 22). A cuantos, j√≥venes como vosotros, no han recibido la Confirmaci√≥n, les invito cordialmente a prepararse a recibir este sacramento, pidiendo la ayuda de sus sacerdotes. Es una especial ocasi√≥n de gracia que el Se√Īor os ofrece: ¬°no la dej√©is escapar!

Quisiera a√Īadir aqu√≠ una palabra sobre la Eucarist√≠a. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En efecto, hemos sido bautizados y confirmados con vistas a la Eucarist√≠a (cf. Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica, 1322; Exhort. apost. Sacramentum caritatis , 17). Como ¬ęfuente y culmen¬Ľ de la vida eclesial, la Eucarist√≠a es un ¬ęPentecost√©s perpetuo¬Ľ, porque cada vez que celebramos la Santa Misa recibimos el Esp√≠ritu Santo que nos une m√°s profundamente a Cristo y nos transforma en √Čl. Queridos j√≥venes, si particip√°is frecuentemente en la Celebraci√≥n eucar√≠stica, si consagr√°is un poco de vuestro tiempo a la adoraci√≥n del Sant√≠simo Sacramento, a la Fuente del amor, que es la Eucarist√≠a, os llegar√° esa gozosa determinaci√≥n de dedicar la vida a seguir las pautas del Evangelio. Al mismo tiempo, experimentar√©is que donde no llegan nuestras fuerzas, el Esp√≠ritu Santo nos transforma, nos colma de su fuerza y nos hace testigos plenos del ardor misionero de Cristo resucitado.

7. La necesidad y la urgencia de la misión

Muchos j√≥venes miran su vida con aprensi√≥n y se plantean tantos interrogantes sobre su futuro. Ellos se preguntan preocupados: ¬ŅC√≥mo insertarse en un mundo marcado por numerosas y graves injusticias y sufrimientos? ¬ŅC√≥mo reaccionar ante el ego√≠smo y la violencia que a veces parecen prevalecer? ¬ŅC√≥mo dar sentido pleno a la vida? ¬ŅC√≥mo contribuir para que los frutos del Esp√≠ritu que hemos recordado precedentemente, ¬ęamor, alegr√≠a, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de s√≠¬Ľ (n. 6), inunden este mundo herido y fr√°gil, el mundo de los j√≥venes sobre todo? ¬ŅEn qu√© condiciones el Esp√≠ritu vivificante de la primera creaci√≥n, y sobre todo de la segunda creaci√≥n o redenci√≥n, puede convertirse en el alma nueva de la humanidad? No olvidemos que cuanto m√°s grande es el don de Dios ‚Äďy el del Esp√≠ritu de Jes√ļs es el m√°ximo‚Äď tanto m√°s lo es la necesidad del mundo de recibirlo y, en consecuencia, m√°s grande y apasionante es la misi√≥n de la Iglesia de dar un testimonio cre√≠ble de √©l. Y vosotros, j√≥venes, con la Jornada Mundial de la Juventud, dais en cierto modo testimonio de querer participar en dicha misi√≥n. A este prop√≥sito, queridos amigos, me apremia recordaros aqu√≠ algunas verdades cruciales sobre las cuales meditar. Una vez m√°s os repito que s√≥lo Cristo puede colmar las aspiraciones m√°s √≠ntimas del coraz√≥n del hombre; s√≥lo √Čl es capaz de humanizar la humanidad y conducirla a su ¬ędivinizaci√≥n¬Ľ. Con la fuerza de su Esp√≠ritu, √Čl infunde en nosotros la caridad divina, que nos hace capaces de amar al pr√≥jimo y prontos para a ponernos a su servicio. El Esp√≠ritu Santo ilumina, revelando a Cristo crucificado y resucitado, y nos indica el camino para asemejarnos m√°s a √Čl, para ser precisamente ¬ęexpresi√≥n e instrumento del amor que de √Čl emana¬Ľ (Enc. Deus caritas est , 33). Y quien se deja guiar por el Esp√≠ritu comprende que ponerse al servicio del Evangelio no es una opci√≥n facultativa, porque advierte la urgencia de transmitir a los dem√°s esta Buena Noticia. Sin embargo, es necesario recordarlo una vez m√°s, s√≥lo podemos ser testigos de Cristo si nos dejamos guiar por el Esp√≠ritu Santo, que es ¬ęel agente principal de la evangelizaci√≥n¬Ľ (cf. Evangelii nuntiandi , 75) y ¬ęel protagonista de la misi√≥n¬Ľ (cf. Redemptoris missio , 21). Queridos j√≥venes, como han reiterado tantas veces mis venerados Predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, anunciar el Evangelio y testimoniar la fe es hoy m√°s necesario que nunca (cf. Redemptoris missio , 1). Alguno puede pensar que presentar el tesoro precioso de la fe a las personas que no la comparten significa ser intolerantes con ellos, pero no es as√≠, porque proponer a Cristo no significa imponerlo (cf. Evangelii nuntiandi , 80). Adem√°s, doce Ap√≥stoles, hace ya dos mil a√Īos, han dado la vida para que Cristo fuese conocido y amado. Desde entonces, el Evangelio sigue difundi√©ndose a trav√©s de los tiempos gracias a hombres y mujeres animados por el mismo fervor misionero. Por lo tanto, tambi√©n hoy se necesitan disc√≠pulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energ√≠a para servir al Evangelio. Se necesitan j√≥venes que dejen arder dentro de s√≠ el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento apremiante, como lo han hecho tantos j√≥venes beatos y santos del pasado y tambi√©n de tiempos cercanos al nuestro. En particular, os aseguro que el Esp√≠ritu de Jes√ļs os invita hoy a vosotros, j√≥venes, a ser portadores de la buena noticia de Jes√ļs a vuestros coet√°neos. La indudable dificultad de los adultos de tratar de manera comprensible y convincente con el √°mbito juvenil puede ser un signo con el cual el Esp√≠ritu quiere impulsaros a vosotros, j√≥venes, a que os hag√°is cargo de ello. Vosotros conoc√©is el idealismo, el lenguaje y tambi√©n las heridas, las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo de bienestar de vuestros coet√°neos. Ten√©is ante vosotros el vasto mundo de los afectos, del trabajo, de la formaci√≥n, de la expectativa, del sufrimiento juvenil... Que cada uno de vosotros tenga la valent√≠a de prometer al Esp√≠ritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como mejor lo considere, sabiendo ¬ędar raz√≥n de vuestra esperanza, pero con mansedumbre ¬Ľ (cf. 1 P 3, 15).

Pero para lograr este objetivo, queridos amigos, sed santos, sed misioneros, porque nunca se puede separar la santidad de la misi√≥n (cf. Redemptoris missio , 90). No teng√°is miedo de convertiros en santos misioneros como San Francisco Javier, que recorri√≥ el Extremo Oriente anunciando la Buena Noticia hasta el l√≠mite de sus fuerzas, o como Santa Teresa del Ni√Īo Jes√ļs, que fue misionera a√ļn sin haber dejado el Carmelo: tanto el uno como la otra son ¬ęPatronos de las Misiones¬Ľ. Estad listos a poner en juego vuestra vida para iluminar el mundo con la verdad de Cristo; para responder con amor al odio y al desprecio de la vida; para proclamar la esperanza de Cristo resucitado en cada rinc√≥n de la tierra.

8. Invocar un ¬ęnuevo Pentecost√©s¬Ľ sobre el mundo

Queridos j√≥venes, os espero en gran n√ļmero en julio de 2008 en Sydney. Ser√° una ocasi√≥n providencial para experimentar plenamente el poder del Esp√≠ritu Santo. Venid muchos, para ser signo de esperanza y sustento precioso para las comunidades de la Iglesia en Australia que se preparan para acogeros. Para los j√≥venes del pa√≠s que nos hospedar√° ser√° una ocasi√≥n excepcional de anunciar la belleza y el gozo del Evangelio a una sociedad secularizada de muchas maneras. Australia, como toda Ocean√≠a, tiene necesidad de redescubrir sus ra√≠ces cristianas. En la Exhortaci√≥n postsinodal Ecclesia in Oceania Juan Pablo II escrib√≠a: ¬ęCon la fuerza del Esp√≠ritu Santo, la Iglesia en Ocean√≠a se est√° preparando para una nueva evangelizaci√≥n de pueblos que hoy tienen hambre de Cristo... La nueva evangelizaci√≥n es una prioridad para la Iglesia en Ocean√≠a¬Ľ (n. 18).

Os invito a dedicar tiempo a la oraci√≥n y a vuestra formaci√≥n espiritual en este √ļltimo tramo del camino que nos conduce a la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, para que en Sydney pod√°is renovar las promesas de vuestro Bautismo y de vuestra Confirmaci√≥n. Juntos invocaremos al Esp√≠ritu Santo, pidiendo con confianza a Dios el don de un nuevo Pentecost√©s para la Iglesia y para la humanidad del tercer milenio.

Mar√≠a, unida en oraci√≥n a los Ap√≥stoles en el Cen√°culo, os acompa√Īe durante estos meses y obtenga para todos los j√≥venes cristianos una nueva efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo que inflame los corazones. Recordad: ¬°la Iglesia conf√≠a en vosotros! Nosotros, los Pastores, en particular, oramos para que am√©is y hag√°is amar siempre m√°s a Jes√ļs y lo sig√°is fielmente. Con estos sentimientos os bendigo a todos con gran afecto.

En Lorenzago, 20 de julio de 2007

S.S. Benedicto XVI
Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico