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S.S. Juan Pablo II, Carta Apost贸lica Augustinum Hipponensem
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Carta Apost贸lica Augustinum Hipponensem

Del Sumo Pont铆fice

Juan Pablo II

en el XVI Centenario

de la conversi贸n de San Agust铆n

a los obispos,

sacerdotes,

familias religiosas

y fieles de toda la Iglesia cat贸lica

en el XVI centenario de la conversi贸n

de San Agust铆n,

Obispo y Doctor de la Iglesia

Venerables hermanos y queridos hijos e hijas, salud y bendici贸n apost贸lica.

1. AGUST脥N DE HIPONA, desde que apenas un a帽o despu茅s de su muerte fue catalogado como uno de los "mejores maestros de la Iglesia" 1 por mi lejano predecesor Celestino I, ha seguido estando presente en la vida de la Iglesia y en la mente y en la cultura de todo el Occidente. Despu茅s, otros Romanos Pont铆fices, por no hablar de los Concilios que con frecuencia y abundantemente se han inspirado en sus escritos, han propuesto sus ejemplos y sus documentos doctrinales para que se les estudiara e imitara. Le贸n XIII exalt贸 sus ense帽anzas filos贸ficas en la Enc铆clica Aeterni Patris 2 ; P铆o XI reasumi贸 sus virtudes y su pensamiento en la Enc铆clica Ad salutem humani generis, declarando que por su ingenio agud铆simo, por la riqueza y sublimidad de su doctrina, por la santidad de su vida y por la defensa de la verdad cat贸lica nadie, o muy pocos se le pueden comparar de cuantos han florecido desde los principios del g茅nero humano hasta nuestros d铆as 3 ; Pablo VI afirm贸 que "adem谩s de brillar en 茅l de forma eminente las cualidades de los Padres, se puede afirmar en verdad que todo el pensamiento de la antig眉edad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la tradici贸n doctrinal de los siglos posteriores 4 .

Yo mismo he a帽adido mi voz a la de mis predecesores, expresando el vivo deseo de que "su doctrina filos贸fica, teol贸gica y espiritual se estudie y se difunda, de tal modo que contin煤e... su magisterio en la Iglesia; un magisterio, a帽ad铆a, humilde y luminoso al mismo tiempo, que habla sobre todo de Cristo y del amor" 5 . He tenido ocasi贸n adem谩s de recomendar especialmente a los hijos espirituales del gran Santo que mantengan "vivo y atrayente el encanto de San Agust铆n tambi茅n en la sociedad moderna", ideal estupendo y entusiasmante, porque "el conocimiento exacto y afectuoso de su pensamiento y de su vida provoca la sed de Dios, descubre el encanto de Jesucristo, el amor a la sabidur铆a y a la verdad, la necesidad de la gracia, de la oraci贸n, de la virtud, de la caridad fraterna, el anhelo de la eternidad feliz" 6 .

Me es muy grato, pues, que la feliz circunstancia del XVI centenario de su conversi贸n y de su bautismo me ofrezca la oportunidad de evocar de nuevo su figura luminosa. Esta nueva evocaci贸n ser谩 al mismo tiempo una acci贸n de gracias a Dios por el don que hizo a la Iglesia, y mediante ella a la humanidad entera, gracias a aquella admirable conversi贸n; y ser谩 tambi茅n una ocasi贸n propicia para recordar que el convertido, una vez hecho obispo, fue un modelo espl茅ndido de Pastor, un defensor intr茅pido de la fe ortodoxa o, como dec铆a 茅l, de la "virginidad" de la fe 7 , un constructor genial de aquella filosof铆a que por su armon铆a con la fe bien puede llamarse cristiana, y un promotor infatigable de la perfecci贸n espiritual y religiosa.

I. La conversi贸n

Conocemos el camino de su conversi贸n por sus mismas obras, es decir, por las que escribi贸 en la soledad de Casiciaco antes del bautismo 8 , y sobre todo por sus c茅lebres Confesiones, una obra que es al mismo tiempo autobiograf铆a, filosof铆a, teolog铆a, m铆stica y poes铆a, en la que hombres sedientos de verdad y conscientes de sus propios l铆mites, se han encontrado y se siguen encontrando a s铆 mismos. Ya en su tiempo, el autor la consideraba como una de sus obras m谩s conocidas. "驴Cu谩l de mis obras", escribe hacia al final de su vida, "pudo alcanzar una m谩s amplia notoriedad y resultar m谩s agradable que los libros de mis Confesiones?" 9 . La historia no ha desmentido nunca este juicio; al contrario, no ha hecho m谩s que confirmarlo ampliamente. Todav铆a hoy las Confesiones de San Agust铆n son muy le铆das y, como son muy ricas de introspecci贸n y de pasi贸n religiosa, obran en profundidad, agitan y conmueven. Y no s贸lo a los creyentes. Aun aquellos que, aun cuando no tengan fe, por lo menos van buscando una certeza que les permita comprenderse a s铆 mismos, sus aspiraciones profundas y sus tormentos, sacan provecho de la lectura de esta obra. La conversi贸n de San Agust铆n, condicionada por la necesidad de encontrar la verdad, tiene no poco que ense帽ar a los hombres de hoy, con tanta frecuencia perdidos y desorientados frente al gran problema de la vida.

Se sabe que esta conversi贸n tuvo un camino particular铆simo, porque no se trat贸 de una conquista de la fe cat贸lica, sino de una reconquista. La hab铆a perdido convencido, al perderla, de que no abandonaba a Cristo, sino s贸lo a la Iglesia.

En efecto, hab铆a sido educado cristianamente por su madre 10 , la piadosa y santa M贸nica 11 . Como consecuencia de esta educaci贸n, Agust铆n permaneci贸 siempre no s贸lo un creyente en Dios, en la Providencia y en la vida futura 12 , sino tambi茅n un creyente en Cristo, cuyo nombre "hab铆a bebido", como dice 茅l, "con la leche materna" 13 . Tras volver a la fe de la Iglesia cat贸lica, dir谩 que hab铆a vuelto "a la religi贸n que me hab铆a sido imbuida desde ni帽o y que hab铆a penetrado hasta la m茅dula de mi ser" 14 . Quien quiera comprender su evoluci贸n interior y un aspecto, tal vez el m谩s profundo, de su personalidad y de su pensamiento, debe partir de esta constataci贸n.

Al despertarse a los 19 a帽os al amor de la sabidur铆a con la lectura del Hortensio de Cicer贸n 鈥�"Aquel libro, tengo que admitirlo, cambi贸 mi modo de sentir... y me hizo desear ardientemente la sabidur铆a inmortal con incre铆ble ardor de coraz贸n" 15 鈥�, am贸 profundamente y busc贸 siempre con todas las fibras de su alma la verdad. "隆Oh verdad, verdad, c贸mo suspiraba ya entonces por ti desde las fibras m谩s 铆ntimas de mi coraz贸n!" 16 .

No obstante este amor a la verdad, Agust铆n cay贸 en errores graves. Los estudiosos buscan las causas de esto y las encuentran en tres direcciones: en el planteamiento equivocado de las relaciones entre la raz贸n y la fe, como si hubiera que escoger necesariamente entre una y otra; en el presunto contraste entre Cristo y la Iglesia, con la consiguiente persuasi贸n de que para adherirse plenamente a Cristo hubiera que abandonar la Iglesia; y en el deseo de verse libre de la conciencia de pecado no mediante su remisi贸n por obra de la gracia, sino mediante la negaci贸n de la responsabilidad humana del pecado mismo.

As铆, pues, el primer error consist铆a en un cierto esp铆ritu racionalista, en virtud del cual se persuadi贸 de que "hab铆a que seguir no a los que mandan creer, sino a los que ense帽an la verdad" 17 . Con este esp铆ritu ley贸 las Sagradas Escrituras y se sinti贸 rechazado por los misterios en ellas contenidos, misterios que hay que aceptar con humilde fe. Despu茅s, hablando a su pueblo acerca de este momento de su vida, le dec铆a: "Yo que os hablo, estuve enga帽ado un tiempo, cuando de joven me acerqu茅 por primera vez a las Sagradas Escrituras. Me acerqu茅 a ellas no con la piedad del que busca humildemente, sino con la presunci贸n de quien quiere discutir... 隆Pobre de m铆, que me cre铆 apto para el vuelo, abandon茅 el nido y ca铆 antes de poder volar!" 18 .

Fue entonces cuando top贸 con los maniqueos, les escuch贸 y les sigui贸. Raz贸n principal: la promesa "de dejar a un lado la terrible autoridad, conducir a Dios y librar de los errores a sus disc铆pulos con la pura y simple raz贸n" 19 . Y tal precisamente era como se mostraba Agust铆n, "deseoso de poseer y absorber la verdad aut茅ntica y sin velos" con la sola fuerza de la raz贸n 20 .

Convencido despu茅s de largos a帽os de estudios, especialmente de estudios filos贸ficos 21 , de que le hab铆an enga帽ado, pero, por efecto de la propaganda maniquea, convencido siempre de que la verdad no estaba en la Iglesia cat贸lica 22 , cay贸 en una profunda desilusi贸n y perdi贸 de hecho la esperanza de poder encontrar la verdad: "Los acad茅micos mantuvieron durante mucho tiempo el tim贸n de mi nave en medio de las olas" 23 .

De esta peligrosa actitud lo sac贸 el mismo amor de la verdad que albergaba siempre dentro de su alma. Lleg贸 a convencerse de que no es posible que el camino de la verdad est茅 cerrado a la mente humana; si no la encuentra, es porque ignora o desprecia el m茅todo para buscarla 24 .

Animado por esta convicci贸n, se dijo a s铆 mismo: "Ea, busquemos con mayor diligencia, en lugar de perder la esperanza" 25 . Y as铆, prosigui贸 en la b煤squeda y esta vez, guiado por la gracia divina, que su madre imploraba con l谩grimas 26 , lleg贸 felizmente al puerto.

Lleg贸 a comprender que raz贸n y fe son dos fuerzas destinadas a colaborar para conducir al hombre al conocimiento de la verdad 27 , y que cada cual tiene un primado propio: la fe, temporal; la raz贸n, absoluto 鈥�"por su importancia viene primero la raz贸n, por orden de tiempo la autoridad (de la fe)" 28 鈥�. Comprendi贸 que la fe, para estar segura, requiere una autoridad divina, que esta autoridad no es m谩s que la de Cristo, sumo Maestro 鈥攄e esto Agust铆n no hab铆a dudado nunca 29 鈥� y que la autoridad de Cristo se encuentra en las Sagradas Escrituras 30 , garantizadas por la autoridad de la Iglesia cat贸lica 31 .

Con la ayuda de los fil贸sofos plat贸nicos se libr贸 de la concepci贸n material铆stica del ser, que hab铆a absorbido del manique铆smo: "Amonestado por aquellos escritos a que volviera a m铆 mismo, entr茅 en lo 铆ntimo de mi coraz贸n bajo tu gu铆a... Entr茅 en 茅l y divis茅 con el ojo de mi alma... por encima de mi inteligencia, una luz inmutable" 32 33 . Esta luz inmutable fue la que le abri贸 los inmensos horizontes del esp铆ritu y de Dios.

Comprendi贸 que, a prop贸sito de la grave cuesti贸n del mal, que constitu铆a su mayor tormento, la primera pregunta que hay que formularse no es de d贸nde procede el mal, sino en qu茅 consiste 34 , e intuy贸 que el mal no es una sustancia, sino una privaci贸n de bien: "Todo lo que existe es bien, y el mal, cuyo origen yo buscaba, no es una sustancia" 35 . Dios, pues 鈥攃oncluy贸 茅l鈥� es el creador de todas las cosas y no existe sustancia alguna que no haya sido creada por 脡l 36 .

Comprendi贸 tambi茅n, refiri茅ndose a su experiencia personal 37 鈥攜 茅ste fue su descubrimiento decisivo鈥�, que el pecado tiene su origen en la voluntad del hombre, una voluntad libre e indefectible: "Yo era quien quer铆a, yo quien no quer铆a, yo, yo era" 38 .

A este punto uno podr铆a creer que hab铆a llegado al fin, y sin embargo no hab铆a llegado todav铆a; las asechanzas de nuevo error le envolv铆an. Fue la presunci贸n de poder llegar a la posesi贸n beatificante de la verdad con solas sus fuerzas naturales. Una experiencia personal que termin贸 mal lo disuadi贸 39 . Fue entonces cuando comprendi贸 que una cosa es conocer la meta y otra muy diversa llegar a ella 40 . Para dar con la fuerza y el camino necesarios "me lanc茅 con la mayor avidez, escribe 茅l mismo, "sobre la venerable Escritura de tu Esp铆ritu, y antes que nada sobre el Ap贸stol Pablo" 41 . En las Cartas de Pablo descubri贸 a Cristo maestro, como lo habla venerado siempre, pero tambi茅n a Cristo redentor, Verbo encarnado, 煤nico mediador entre Dios y los hombres. Fue entonces cuando se le mostr贸 en todo su esplendor "el rostro de la filosof铆a" 42 : era la filosof铆a de Pablo, que tiene por centro a Cristo, "poder y sabidur铆a de Dios" (1 Cor 1, 24), y que tiene otros centros: la fe, la humildad, la gracia; la "filosof铆a", que es al mismo tiempo sabidur铆a y gracia, en virtud de la cual se hace posible no s贸lo conocer la patria, sino tambi茅n llegar a ella 43 .

Una vez encontrado Cristo redentor, fuertemente abrazado a 脡l, Agust铆n hab铆a retornado al puerto de la fe cat贸lica, a la fe en la que su madre lo hab铆a educado: "Hab铆a o铆do hablar de la vida eterna desde ni帽o, vida que se nos prometi贸 mediante la humildad del Se帽or nuestro Dios, abajado hasta nuestra soberbia" 44 . El amor a la verdad, sostenido por la gracia divina, hab铆a triunfado de todos los errores.

Pero el camino no hab铆a terminado. En el 谩nimo de Agust铆n renac铆a un antiguo prop贸sito, el de consagrarse por completo a la sabidur铆a, una vez que la hab铆a hallado, esto es, abandonar toda esperanza terrena para poseerla 45 . Ahora ya no pod铆a aducir m谩s excusas: la verdad por la que tanto hab铆a suspirado era finalmente cierta 46 . Y, sin embargo, todav铆a dudaba, buscando razones para no decidirse a hacerlo 47 . Las ligaduras que lo ataban a las esperanzas terrenas eran fuertes: los honores, el lucro, el matrimonio 48 ; especialmente el matrimonio, dados los h谩bitos que hab铆a contra铆do 49 .

No es que le estuviera prohibido casarse 鈥攅sto lo sab铆a muy bien Agust铆n 50 鈥�, lo que no quer铆a era ser cristiano cat贸lico solamente de esta manera: renunciando al ideal acariciado de la familia y dedic谩ndose con "toda" su alma al amor y a la posesi贸n de la Sabidur铆a. A tomar esta decisi贸n, que correspond铆a a sus aspiraciones m谩s 铆ntimas pero que estaba en pugna con los h谩bitos m谩s arraigados, lo estimulaba el ejemplo de Antonio y dem谩s monjes, ejemplo que se iba difundiendo incluso en Occidente y que 茅l conoci贸 un poco fortuitamente 51 . Con gran rubor se preguntaba a s铆 mismo: "驴No podr谩s t煤 hacer lo que hicieron estos j贸venes y estas j贸venes?" 52 . De ello se origin贸 un drama interior, profundo y lacerante, que la gracia divina condujo a buen desenlace 53 .

He aqu铆 c贸mo narra Agust铆n a su madre esta serena pero fuerte determinaci贸n: "Fuimos donde mi madre y le revelamos la decisi贸n que hab铆amos tomado. Ella se alegr贸. Le contamos el desenvolvimiento de los hechos. Se alegr贸 y triunf贸. Y empez贸 a bendecirte porque t煤 puedes hacer m谩s de lo que pedimos y comprendemos (Ef 3, 20). Ve铆a que le hab铆as concedido, con relaci贸n a m铆, m谩s de lo que te hab铆a pedido con todos sus gemidos y sus l谩grimas conmovedoras. De hecho, me volviste a Ti tan absolutamente, que ya no buscaba ni esposa, ni carrera en este mundo" 54 .

A partir de aquel momento comenzaba para Agust铆n una vida nueva, termin贸 el a帽o escolar 鈥攅staban cercanas las vacaciones de la vendimia 55 鈥�; se retir贸 a la soledad de Casiciaco 56 ; al final de las vacaciones renunci贸 al profesorado 57 , regres贸 a Mil谩n a principios del 387, se inscribi贸 entre los catec煤menos y en la noche del S谩bado Santo 鈥�23/24 de abril鈥� fue bautizado por el obispo Ambrosio, de cuya predicaci贸n hab铆a aprendido tanto. "Recibimos el bautismo y se disip贸 de nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos d铆as no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvaci贸n del g茅nero humano". Y a帽ade, manifestando la 铆ntima conmoci贸n de su alma: "Cu谩ntas l谩grimas derram茅 oyendo los acentos de tus himnos y c谩nticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia" 58 .

Despu茅s del bautismo el 煤nico deseo de Agust铆n fue el de encontrar un lugar apropiado para poder vivir en compa帽铆a con sus amigos seg煤n el "santo prop贸sito" de servir al Se帽or 59 . Lo encontr贸 en 脕frica, en Tagaste, su pueblo natal donde lleg贸 despu茅s de la muerte de su madre en Ostia Tiberina 60 , y la estancia de algunos meses en Roma dedicados a estudiar el movimiento mon谩stico 61 . Ya en Tagaste, "renunci贸 a sus bienes y, en compa帽铆a de aquellos que le segu铆an, viv铆an para Dios en ayunos, plegarias, obras buenas, meditando d铆a y noche en la ley del Se帽or". El amante apasionado de la verdad quer铆a dedicar su vida al ascetismo, a la contemplaci贸n, al apostolado intelectual. De hecho, su primer bi贸grafo a帽ade: "Y de las verdades que Dios revelaba a su inteligencia hac铆a participar a presentes y ausentes, instruy茅ndoles con discursos y con libros" 62 . En Tagaste escribi贸 numerosos libros, como hab铆a hecho en Roma, Mil谩n y Casiciaco.

Despu茅s de tres a帽os viaj贸 a Hipona con la intenci贸n de buscar un lugar donde fundar un monasterio y para encontrarse con un amigo que esperaba ganar para la vida mon谩stica. En cambio, lo que encontr贸, sin quererlo, fue el sacerdocio 63 , pero no renunci贸 a sus ideales: pidi贸 y se le concedi贸 fundar un monasterio: el monasterium laicorum, en el que vivi贸 y del que salieron muchos sacerdotes y muchos obispos para toda 脕frica 64 . Al cabo de cinco a帽os le hicieron obispo y transform贸 la casa episcopal en monasterio: el monasterium clericorum. El ideal concebido en el momento de su conversi贸n no lo abandon贸 ya m谩s, ni siquiera cuando le hicieron sacerdote y obispo. Escribi贸 incluso una regla ad servos Dei, que ha tenido y sigue teniendo un papel tan importante en la historia de la vida religiosa occidental 65 .

II. El Doctor

Me he detenido un poco en los puntos esenciales de la conversi贸n de Agust铆n porque de ella se derivan tantas y tan 煤tiles ense帽anzas no s贸lo para los creyentes, sino tambi茅n para todos los hombres de buena voluntad: cu谩n f谩cil es perderse en el camino de la vida y cu谩n dif铆cil es volver a encontrar el camino de la verdad. Pero esta admirable conversi贸n nos ayuda tambi茅n a entender mejor su vida posterior como monje, sacerdote y obispo. El sigui贸 siendo siempre el gran deslumbrado por la gracia: "Nos hab铆as traspasado el coraz贸n con las flechas de tu amor y ten铆as tus palabras arraigadas en las entra帽as" 66 . Sobre todo, nos ayuda a penetrar con mayor facilidad en su pensamiento, tan universal y fecundo que prest贸 al pensamiento cristiano un servicio incomparable y perenne, hasta el punto de que podemos llamarle, no sin raz贸n, el padre com煤n de la Europa cristiana.

El resorte secreto de su b煤squeda constante fue el mismo que le hab铆a guiado a lo largo del itinerario de su conversi贸n: el amor a la verdad. Y as铆 dice 茅l mismo: "驴Qu茅 desea el hombre con mayor vigor que la verdad?" 67 . En una obra de profunda especulaci贸n teol贸gica y m铆stica, escrita m谩s por necesidad personal que por exigencias externas, recuerda este amor y escribe: "Nos sentimos arrebatados por el amor de indagar la verdad" 68 . Esta vez el objeto de la investigaci贸n era el augusto misterio de la Trinidad y el misterio de Cristo, revelaci贸n del Padre, "ciencia y sabidur铆a" del hombre: as铆 fue como naci贸 la gran obra sobre La Trinidad.

La orientaci贸n de la investigaci贸n, a la que nutr铆a incesantemente el amor, tuvo dos coordenadas: una mayor comprensi贸n de la fe cat贸lica y su defensa contra quienes la negaban, como eran los maniqueos y los paganos, o daban de ella interpretaciones equivocadas, como los donatistas, pelagianos y arrianos. Resulta dif铆cil adentrarse en el mar del pensamiento agustiniano; mucho mas dif铆cil a煤n es: resumirlo, si es que es posible en realidad. Pero se me permita recordar, para com煤n edificaci贸n, algunas de la luminosas intuiciones de este sumo pensador.

1. Raz贸n y fe

Ante todo las relativas al problema que m谩s lo atorment贸 en su juventud y al que volvi贸 una y otra vez con toda la fuerza de su ingenio y toda la pasi贸n de su alma, el problema de las relaciones entre la raz贸n y la fe: un problema eterno, de hoy no menos que de ayer, de cuya soluci贸n depende la orientaci贸n del pensamiento humano. Pero tambi茅n problema dif铆cil, ya que se trata de pasar indemnes entre un extremo y el otro, entre el fide铆smo que desprecia la raz贸n, y el racionalismo que excluye la fe. El esfuerzo intelectual y pastoral de Agust铆n fue el de demostrar, sin sombra de duda, que "las dos fuerzas que nos permiten conocer" 69 deben colaborar conjuntamente.

Agust铆n escuch贸 a la fe, pero no exalt贸 menos a la raz贸n, dando a cada cual su propio primado o de tiempo o de importancia 70 . Dijo a todos el crede ut intelligas, pero repiti贸 tambi茅n el intellige ut credas 71 . Escribi贸 una obra, siempre actual, sobre la utilidad de la fe 72 , y explic贸 c贸mo la fe es la medicina destinada para curar el ojo del esp铆ritu 73 , la fortaleza inexpugnable para la defensa de todos, especialmente de los d茅biles, contra el error 74 , el nido donde se echan las plumas para los altos vuelos del esp铆ritu 75 , el camino corto que permite conocer pronto, con seguridad y sin errores, las verdades que conducen al hombre a la sabidur铆a 76 . Pero sostuvo tambi茅n que la fe no est谩 nunca sin la raz贸n, porque es la raz贸n quien demuestra "a qui茅n hay que creer" 77 . Por lo tanto, "tambi茅n la fe tiene sus ojos propios, con los cuales ve de alguna manera que es verdadero lo que todav铆a no ve" 78 . "Nadie, pues, cree si antes no ha pensado que tiene obligaci贸n de creer", puesto que "creer no es sino pensar con asentimiento" 鈥攃um assentione cogitare鈥� ...hasta tal punto, que "la fe que no sea pensada no es fe" 79 .

El razonamiento sobre los ojos de la fe desemboca en el de la credibilidad, del que Agust铆n habla con frecuencia aportando los motivos, como si quisiera confirmar la conciencia con la que 茅l mismo hab铆a vuelto a la fe cat贸lica. Interesa citar un texto. Escribe 茅l: "Son muchas las razones que me mantienen en el seno de la Iglesia cat贸lica. Aparte la sabidur铆a de sus ense帽anzas (para Agust铆n este argumento era fort铆simo, pero no lo admit铆an sus adversarios), ...me mantiene el consentimiento de los pueblos y de las gentes; me mantiene la autoridad fundada sobre los milagros, nutrida con la esperanza, aumentada con la caridad, consolidada por la antig眉edad; me mantiene la sucesi贸n de los obispos, de la sede misma del Ap贸stol Pedro, a quien el Se帽or despu茅s de la resurrecci贸n mand贸 a apacentar sus ovejas, hasta el episcopado actual; me mantiene, finalmente, el nombre mismo de cat贸lica, que no sin raz贸n ha obtenido esta Iglesia solamente" 80 .

En su gran obra La ciudad de Dios, que es al mismo tiempo apolog茅tica y dogm谩tica, el problema de la raz贸n y de la fe se convierten en el de fe y cultura. Agust铆n, que tanto trabaj贸 por promover la cultura cristiana, lo resuelve exponiendo tres argumentos importantes: la fiel exposici贸n de la doctrina cristiana; la atenta recuperaci贸n de la cultura pagana en todo aquello que ten铆a de recuperable, y que bajo el punto de vista filos贸fico no era poco; y la demostraci贸n insistente de la presencia en la ense帽anza cristiana de todo aquello que hab铆a en aquella cultura de verdadero y perennemente 煤til, con la ventaja de que se encontraba perfeccionado y sublimado 81 . No en vano se ley贸 mucho La Ciudad de Dios durante la Edad Media, y merece ciertamente que se la lea tambi茅n en nuestros tiempos como ejemplo y acicate para reflexionar mejor en torno a las relaciones entre el cristianismo y las culturas de los pueblos. Vale la pena citar un texto importante de Agust铆n: "La ciudad celestial... convoca a ciudadanos de todas las naciones... sin preocuparse de las diferencias de costumbres, leyes o instituciones..., no suprime ni destruye cosa alguna de 茅stas; al contrario, las acepta y conserva todo lo que, aunque diverso en las diferentes naciones, tiende a un mismo fin: la paz terrena, pero con la condici贸n de que no impidan la religi贸n que ense帽a a adorar a un s贸lo Dios, sumo y verdadero" 82 .

2. Dios y el hombre

El otro gran binomio que Agust铆n estudi贸 sin descanso es el de Dios y el hombre. Liberado, como dije arriba, de materialismo que le imped铆a tener una noci贸n justa de Dios 鈥攜 por lo tanto tambi茅n una verdadera noci贸n del hombre鈥� fij贸 en este binomio los grandes temas de su investigaci贸n 83 y los estudi贸 siempre conjuntamente: el hombre pensando en Dios y Dios pensando en el hombre, cuya imagen es.

En las Confesiones se propone a s铆 mismo esta doble pregunta: "驴Qu茅 eres t煤 para m铆, Se帽or?", "y 驴qu茅 soy yo para ti?" 84 . Para darle una respuesta hace uso de todos los recursos de su pensamiento y de toda la incesante fatiga de su apostolado. La inefabilidad de Dios le penetra completamente, hasta el punto de hacerle exclamar: "驴Por qu茅 te extra帽as de que no comprendes? Si comprendieras, no ser铆a Dios" 85 . Por ello "no es peque帽o comienzo para el conocimiento de Dios, antes de saber qui茅n es 脡l, el que comencemos por saber qu茅 no es" 86 . Hay que tratar, pues, "de comprender a Dios, si podemos y en cuanto podamos, bueno sin cualidad, grande sin cantidad, creador sin necesidad", y as铆 por lo que se refiere a las dem谩s categor铆as de la realidad descrita por Arist贸teles 87 .

No obstante la trascendencia e inefabilidad divinas, Agust铆n, partiendo de la autoconciencia de hombre que es, de conocer y amar, y animado por la Escritura, que nos revela a Dios como el Ser supremo (Es., 3, 14); la Sabidur铆a suprema (Sab. passim) y el primer Amor (1 Jn 4, 8), esclarece esta triple noci贸n de Dios: Ser de quien procede, por creaci贸n de la nada, todo ser; Verdad que ilumina la mente humana para que pueda conocer la verdad con certidumbre; Amor del cual procede y hacia el cual se dirige todo verdadero amor. Dios, en efecto, como 茅l repite tantas veces, es "la causa del subsistir, la raz贸n del pensar y la norma del vivir" 88 , o, por citar otra c茅lebre f贸rmula suya, "la causa del universo creado, la luz de la verdad que percibimos, y la fuente de la felicidad que gustamos" 89 .

Pero donde el genio de Agust铆n se ejercit贸 prevalentemente fue en el estudio de la presencia de Dios en el hombre, presencia que es al mismo tiempo profunda y misteriosa. Encuentra a Dios, "el interno-eterno" 90 , remot铆simo y present铆simo 91 : porque remoto, el hombre lo busca; porque presente, lo conoce y lo encuentra. Dios est谩 presente como "substancia creadora del mundo" 92 , como verdad iluminadora 93 , como amor que atrae 94 , m谩s 铆ntimo que lo m谩s 铆ntimo que hay en el hombre y m谩s alto que lo m谩s alto que hay en 茅l. Refiri茅ndose al per铆odo anterior a la conversi贸n, Agust铆n dice a Dios: "驴D贸nde estabas entonces y cu谩n lejos de mi? Yo vagaba lejos de Ti... y t煤, por el contrario, estabas m谩s dentro de m铆 que la parte m谩s profunda de m铆 mismo y m谩s alto que la parte m谩s alta de m铆 mismo" 95 ; "T煤 estabas conmigo, pero yo no estaba contigo" 96 . Y una vez m谩s: "Estabas delante de m铆, pero yo me hab铆a alejado de m铆 mismo y no sab铆a encontrarme. Con mayor raz贸n no sab铆a encontrarte a Ti" 97 . Quien no se encuentra a s铆 mismo, no encuentra a Dios, porque Dios est谩 en lo profundo de cada uno de nosotros.

Al hombre, por lo tanto, no se le entiende si no es en relaci贸n a Dios. Agust铆n ha ilustrado con vena inagotable esta gran verdad cuando estudiaba las relaciones entre el hombre y Dios, y lo ha expuesto en las f贸rmulas m谩s variadas y eficaces. 脡l ve al hombre como una tensi贸n hacia Dios. Son c茅lebres estas palabras suyas: "Nos hiciste para Ti y nuestro coraz贸n no descansar谩 hasta reposar en Ti" 98 . Lo ve como capacidad de ser elevado hasta la visi贸n inmediata de Dios: el ser finito que alcanza al Infinito. El hombre, escribe 茅l en su obra sobre La Trinidad, es imagen de Dios, en cuanto es capaz de Dios y puede ser part铆cipe de 脡l" 99 . Esta capacidad "impresa inmortalmente en la naturaleza inmortal del alma racional" es la se帽al de su grandeza suprema: "en cuanto es capaz y puede ser part铆cipe de la naturaleza suprema, el hombre es una gran naturaleza" 100 . Lo ve tambi茅n como un ser indigente de Dios, en cuanto necesitado de la felicidad, que no puede encontrar sino en Dios. "La naturaleza humana fue creada en grandeza tan excelsa, que, dado que es mudable, s贸lo adhiri茅ndose al bien mudable, que es el Sumo Dios, puede conseguir la felicidad, y no puede colmar su indigencia sin ser feliz, pero para colmarla no basta nada que no sea Dios" 101 .

De esta relaci贸n constitucional del hombre con Dios depende la insistente invitaci贸n agustiniana a la interioridad. "Vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad; y si encuentras que tu naturaleza es mudable, transci茅ndete a ti mismo" para encontrar a Dios, fuente de la luz que ilumina la mente 102 . En el hombre interior existe, junto con la verdad, tambi茅n la misteriosa capacidad de amar, que, como un peso 鈥斆﹕ta es la c茅lebre met谩fora agustiniana 103 鈥� lo lleva fuera de s铆 mismo hacia los otros, y sobre todo hacia el Otro por excelencia, es decir, Dios. El peso del amor le hace constitucionalmente social 104 , hasta el punto de que "nadie", como escribe Agust铆n, "es m谩s social por naturaleza que el hombre" 105 .

La interioridad del hombre, donde se recogen las riquezas inagotables de la verdad y del amor, constituye "un abismo" 106 , que nuestro Doctor no cesa nunca de observar atentamente ni de maravillarse de ello. Pero, a estas alturas, es preciso a帽adir que el hombre se presenta, para quien sea sensible a s铆 mismo y a la historia, como un gran problema; como dice Agust铆n, una "magna quaestio" 107 . Son demasiado numerosos los enigmas que lo rodean: el enigma de la muerte, de la divisi贸n profunda que sufre en s铆 mismo, del desequilibrio irreparable entre lo que es y lo que desea; enigmas que se reducen al fundamental, que consiste en su grandeza y en su incomparable miseria. Sobre estos enigmas, de los que ha tratado ampliamente el Concilio Vaticano II cuando se propuso ilustrar "el misterio del hombre" 108 , Agust铆n se lanz贸 con pasi贸n y emple贸 en su estudio toda la penetraci贸n de su inteligencia, no s贸lo para descubrir su realidad, que es con frecuencia muy triste 鈥攕i es cierto que nadie es tan social por naturaleza como el hombre, tambi茅n lo es, a帽ade el autor de La Ciudad de Dios, aleccionado por la historia, que "nadie es tan antisocial por vicio como el hombre" 109 鈥�, sino tambi茅n y sobre todo para buscar y proponer sus soluciones. Pues bien, por lo que se refiere a soluciones, no encuentra m谩s que una, la misma que se le present贸 en la vigilia de su conversi贸n: Cristo, Redentor del hombre. En torno a esta soluci贸n he sentido yo la necesidad de llamar tambi茅n la atenci贸n de los hijos de la Iglesia y de todos los hombres de buena voluntad en mi primera Enc铆clica, precisamente la "Redemptor hominis", feliz de hacer eco con mi voz a la voz de toda la tradici贸n cristiana.

Entrando en esta problem谩tica, el pensamiento de Agust铆n, a煤n continuando fundamentalmente filos贸fico, se hace cada vez m谩s teol贸gico, y el binomio Cristo y la Iglesia, que hab铆a negado primero y despu茅s reconocido durante los a帽os de la juventud, empieza a ilustrar la idea m谩s general de Dios y del hombre.

3. Cristo y la Iglesia

Bien se puede afirmar que Cristo y la Iglesia son el fundamento del pensamiento teol贸gico del obispo de Hipona, m谩s a煤n, podr铆a a帽adirse, de su misma filosof铆a, en cuanto echa en cara a los fil贸sofos haber hecho filosof铆a "sine homine Christo" 110 . De Cristo es inseparable la Iglesia. Agust铆n reconoci贸 en el momento de su conversi贸n y acept贸 con alegr铆a y gratitud la ley de la Providencia que puso en Cristo y en la Iglesia "la autoridad m谩s excelsa y la luz de la raz贸n 鈥攖otum culmen auctoritatis lumenque rationis鈥� con el fin de crear de nuevo y reformar el g茅nero humano" 111 .

脡l habl贸, sin duda alguna, con amplitud y magn铆ficamente en su gran obra sobre La Trinidad y en sus discursos sobre el misterio trinitario, trazando el camino a la teolog铆a posterior. Insisti贸 al mismo tiempo en la igualdad y en la distinci贸n de las Personas divinas, ilustr谩ndolas con la doctrina de las relaciones: Dios "es todo lo que tiene, excepto las relaciones, en virtud de las cuales cada persona se refiere a la otra" 112 . Desarroll贸 la teolog铆a sobre el Esp铆ritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, pero "principaliter" del Padre, porque "de toda la divinidad, o mejor, de la deidad el principio es el Padre" 113 ; y 脡l ha dado al Hijo el espirar al Esp铆ritu Santo 114 , que procede como Amor y por lo tanto no es engendrado 115 . Luego, para responder a los "g谩rrulos raciocinadores" 116 , propuso la explicaci贸n "psicol贸gica", de la Trinidad buscando su imagen en la memoria, en la inteligencia y en el amor del hombre, estudiando con ello al mismo tiempo el m谩s augusto misterio de la fe y la m谩s alta naturaleza del creado, cual es el esp铆ritu humano.

Pero hablando de la Trinidad, tiene siempre fija la mirada en Cristo, revelaci贸n del Padre, y en la obra de la salvaci贸n. Desde que, poco antes de su conversi贸n, entendi贸 bien los t茅rminos del misterio del Verbo encarnado 117 , no deja en adelante de seguir profundizando en 茅l, resumiendo su pensamiento en f贸rmulas tan densas y eficaces, que adelantan de alg煤n modo la de Calcedonia. He aqu铆 un texto significativo tomado de una de sus 煤ltimas obras: "El cristiano fiel cree y confiesa en Cristo la verdadera naturaleza humana, esto es, la nuestra, pero asumida de manera singular por Dios Verbo, sublimada en el 煤nico Hijo de Dios, de suerte que quien asumi贸 y aquello que fue asumido sean una 煤nica persona en la Trinidad... una sola persona Dios y el hombre. Porque nosotros no decimos que Cristo es s贸lo Dios... y tampoco decimos que Cristo es s贸lo hombre..., como no decimos que es un hombre con algo menos de lo que ciertamente pertenece a la naturaleza humana... Por el contrario nosotros decimos que Cristo es verdadero Dios, nacido del Padre... y que 脡l mismo es verdadero hombre, nacido de madre que fue creatura humana... y que su humanidad, con la cual es menor que el Padre, no quita nada a su divinidad, con la cual es igual al Padre: dos naturalezas, un solo Cristo" 118 . O m谩s brevemente: "Aquel que es hombre, ese mismo es Dios, y aquel que es Dios ese mismo es hombre, no por la confusi贸n de las naturalezas, sino por la unidad de la persona" 119 , "una persona en dos naturalezas鈥� 120 .

Con esta firme visi贸n de la unidad de la persona en Cristo, "totus Deus et totus homo" 121 , Agust铆n se pasea por el amplio panorama de la teolog铆a y de la historia. Si la mirada de 谩guila se fija en Cristo Verbo del Padre, no insiste menos en Cristo como hombre. M谩s a煤n, afirma en茅rgicamente: sin Cristo hombre no hay mediaci贸n, ni reconciliaci贸n, ni justificaci贸n, ni resurrecci贸n, ni posibilidad de pertenecer a la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo 122 . Sobre estos temas trata una y otra vez y los desarrolla ampliamente, tanto para justificar la fe que hab铆a reconquistado a los 32 a帽os, como por las exigencias de la controversia pelagiana.

Cristo, hombre-Dios 123 , es el 煤nico mediador entre Dios justo e inmortal y los hombres mortales y pecadores, pues es mortal y justo contempor谩neamente 124 ; por lo tanto es la v铆a universal de la libertad y de la salvaci贸n. Fuera de esta v铆a, que "nunca falt贸 al g茅nero humano, nadie ha sido jam谩s liberado, nadie es liberado, nadie ser谩 liberado" 125 .

La mediaci贸n de Cristo se realiza en la redenci贸n, que no consiste s贸lo en el ejemplo de justicia, sino sobre todo en el sacrificio de reconciliaci贸n que fue absolutamente verdadero 126 , lib茅rrimo 127 , perfect铆simo 128 . La redenci贸n de Cristo tiene como car谩cter esencial la universalidad, la cual demuestra la universalidad del pecado. En este sentido Agust铆n repite e interpreta las palabras de San Pablo: "Si uno muri贸 por todos, luego todos son muertos" (2 Cor 5, 14), muertos a causa del pecado. "Toda la fe cristiana consiste, pues, en la causa de dos hombres" 129 , "uno y uno: uno que lleva a la muerte, uno que da la vida" 130 . De donde se sigue que "todo hombre es Ad谩n, como en los que creen todo hombre es Cristo" 131 .

Negar esta doctrina quer铆a decir para Agust铆n "desvirtuar la cruz de Cristo" (1 Cor 1, 17). Para que esto no sucediera habl贸 y escribi贸 mucho sobre la universalidad del pecado, incluida la doctrina del pecado original, "que la Iglesia, escribe 茅l, cree desde la antig眉edad" 132 . De hecho Agust铆n ense帽a que "el Se帽or Jesucristo no se hizo hombre por otro motivo..., sino para vivificar, salvar, liberar, redimir e iluminar a quienes antes estaban en la muerte, en la enfermedad, en la esclavitud, en la c谩rcel, en las tinieblas del pecado. Es l贸gico que nadie podr谩 pertenecer a Cristo si no tiene necesidad de estos beneficios de la redenci贸n" 133 .

Y como 煤nico mediador y redentor de los hombres Cristo es Cabeza de la Iglesia, Cristo y la Iglesia son una sola Persona m铆stica, el Cristo total. Con atrevimiento escribe: "Nos hemos convertido en Cristo. Pues si 脡l es la Cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total somos 脡l y nosotros" 134 . Esta doctrina del Cristo total es una de las m谩s queridas del obispo de Hipona y tambi茅n una de las m谩s fecundas de su teolog铆a eclesiol贸gica.

Otra verdad fundamental es la del Esp铆ritu Santo, alma del Cuerpo m铆stico 鈥�"lo que es el alma para el cuerpo, eso mismo es el Esp铆ritu Santo para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia" 135 鈥�, del Esp铆ritu Santo principio de la comuni贸n que une a los fieles entre s铆 y con la Trinidad. De hecho "el Padre y el Hijo han querido que nosotros entr谩ramos en comuni贸n entre nosotros mismos y con Ellos por medio de Aquel que es com煤n a ambos, y nos han recogido en la unidad mediante el 煤nico don que tienen en com煤n, esto es, por medio del Esp铆ritu Santo, Dios y Don de Dios" 136 . Por ello escribe en el mismo lugar: "La comuni贸n de la unidad de la Iglesia o la societas unitatis, fuera de la cual no se da perd贸n de los pecados, es la obra propia del Esp铆ritu Santo, con quien obran conjuntamente el Padre y el Hijo, dado que en cierto modo el mismo Esp铆ritu Santo es el elemento unificante y la societas que une al Padre y al Hijo" 137 .

Mirando a la Iglesia, Cuerpo de Cristo y vivificada por el Esp铆ritu Santo, que es el Esp铆ritu de Cristo, Agust铆n desarroll贸 en diversas maneras una noci贸n acerca de la cual el reciente Concilio ha tratado con particular inter茅s: la Iglesia comuni贸n 138 . Habla de ella de tres modos diversos, pero convergentes: la comuni贸n de los sacramentos o realidad institucional fundada por Cristo sobre el fundamento de los Ap贸stoles 139 , de la cual discute ampliamente en la controversia donatista, defendiendo su unidad, universalidad, apostolicidad y santidad 140 , y demostrando que tiene por centro la "Sede de Pedro", "en la que siempre estuvo vigente el primado de la C谩tedra Apost贸lica" 141 ; la comuni贸n de los santos o realidad espiritual, que une a todos los justos desde Abel hasta la consumaci贸n de los siglos 142 ; la comuni贸n de los bienaventurados o realidad escatol贸gica, que congrega a cuantos han conseguido la salvaci贸n, es decir, a la Iglesia "sin mancha ni arruga" (Ef 5, 27) 143 .

Otro tema predilecto de la eclesiolog铆a agustiniana fue el de la Iglesia Madre y Maestra. Sobre este argumento Agust铆n escribi贸 p谩ginas profundas y conmovedoras, dado que interesaba de cerca su experiencia de convertido y su doctrina de te贸logo. En su camino de vuelta a la fe encontr贸 a la Iglesia no opuesta a Cristo, como le hab铆an hecho creer 144 , sino m谩s bien como manifestaci贸n de Cristo, "madre altamente verdadera de los cristianos" 145 , y depositaria de la verdad revelada 146 .

La Iglesia es madre que engendra a los cristianos 147 : "Dos nos engendraron para la muerte, dos nos engendraron para la vida. Los padres que nos engendraron para la muerte son Ad谩n y Eva; los padres que nos engendraron para la vida Cristo y la Iglesia" 148 . La Iglesia es madre que sufre por los que se alejan de la justicia, especialmente por quienes laceran su unidad 149 ; es la paloma que gime y llama para que todos regresen y se cobijen bajo sus alas 150 ; es la manifestaci贸n de la paternidad universal de Dios mediante la caridad, la cual "para los unos es cari帽osa, para los otros severa. Para ninguno es enemiga, para todos es madre" 151 .

Es madre, pero tambi茅n, como Mar铆a, es virgen: madre por el ardor de la caridad, virgen por la integridad de la fe que custodia, defiende y ense帽a 152 . Con esta maternidad virginal est谩 relacionada su misi贸n de maestra, que la Iglesia ejerce obedeciendo a Cristo. Por esto Agust铆n mira a la Iglesia como depositaria de las Escrituras 153 y proclama que 茅l se siente seguro en ella, cualesquiera que sean las dificultades que se presenten 154 , ense帽ando insistentemente a los dem谩s a hacer lo mismo. "As铆, como he dicho muchas veces y repito insistentemente: seamos lo que seamos nosotros, vosotros est谩is seguros: vosotros que ten茅is a Dios por Padre y a la Iglesia por Madre鈥� 155 . De esta convicci贸n nace su fervorosa exhortaci贸n a amar a Dios y a la Iglesia, precisamente a Dios como Padre y a la Iglesia como Madre 156 . Tal vez nadie ha hablado de la Iglesia con tanto afecto y con tanta pasi贸n como Agust铆n. He aqu铆 que acabo de proponeros algunos de sus acentos. Realmente pocos, pero conf铆o en que suficientes para hacer comprender la profundidad y la belleza de una doctrina que nunca se podr谩 estudiar en demas铆a, especialmente bajo el punto de vista de la caridad que anima a la Iglesia por efecto de la presencia en ella del Esp铆ritu Santo. "Tenemos el Esp铆ritu Santo", escribe, "si amamos a la Iglesia; y amamos a la Iglesia si permanecemos en su unidad y en su caridad" 157 .

4. Libertad y gracia

Ser铆a cosa de nunca acabar el indicar, aunque no fuera m谩s que sumariamente, los diversos aspectos de la teolog铆a agustiniana. Otro tema importante, es m谩s, fundamental, relacionado tambi茅n con su conversi贸n, es el de la libertad y de la gracia. Como he recordado ya, fue en v铆speras de su conversi贸n cuando tom贸 conciencia de la responsabilidad del hombre en sus acciones y de la necesidad de la gracia del 煤nico Mediador 158 , cuya fuerza experiment贸 en el momento de la decisi贸n final. Un testimonio elocuente lo constituye el libro VIII de las Confessiones 159 . Las reflexiones personales y las controversias que sostuvo despu茅s, especialmente contra los secuaces de los maniqueos y de los pelagianos, le ofrec铆an la ocasi贸n de estudiar m谩s a fondo los t茅rminos del problema, y proponer, aunque con gran modestia dado el car谩cter misterioso de la cuesti贸n, una s铆ntesis.

Sostuvo siempre que la libertad es un punto fundamental de la antropolog铆a cristiana. Lo sostuvo contra sus antiguos correligionarios 160 , contra el determinismo de los astr贸logos, de quienes 茅l mismo hab铆a sido v铆ctima 161 , y contra toda forma de fatalismo 162 , explic贸 que la libertad y la presciencia divina no son incompatibles 163 , como tampoco lo son la libertad y la ayuda de la gracia divina. "Al libre albedr铆o no se le suprime porque se le ayude, sino que se le ayuda precisamente porque no se le elimina" 164 . Por lo dem谩s, es c茅lebre el principio agustiniano: "Quien te ha creado sin ti, no te justificar谩 sin ti. As铆, pues, cre贸 a quien no lo sab铆a, pero no justifica a quien no lo quiere" 165 .

A quien pon铆a en tela de juicio esta inconciliabilidad o afirmaba lo contrario Agust铆n le demuestra con una larga serie de textos b铆blicos que libertad y gracia pertenecen a la divina Revelaci贸n y que hay que defender firmemente ambas verdades 166 . Llegar a ver a fondo su conciliaci贸n es cuesti贸n sumamente dif铆cil, que pocos llegan a comprender 167 y que puede incluso crear angustia para muchos 168 , porque al defender la libertad se puede dar la impresi贸n de negar la gracia, y viceversa 169 . Pero es preciso creer en su conciliabilidad como en la conciliabilidad de dos prerrogativas esenciales de Cristo, de las que una y otra dependen respectivamente. Efectivamente, Cristo es al mismo tiempo salvador y juez. Pues bien, "si no existe la gracia, 驴c贸mo salva al mundo? Y si no existe el libre albedr铆o, 驴c贸mo juzga al mundo?" 170 .

Por otro lado, Agust铆n insiste en la necesidad de la gracia, que es al mismo tiempo necesidad de la oraci贸n. A quien dec铆a que Dios no manda cosas imposibles y que por lo tanto no es necesaria la gracia, le respond铆a: s铆, es verdad, "Dios no manda cosas imposibles, pero como mandato te advierte que hagas lo que puedas y que pidas lo que no puedas" 171 , y ayuda al hombre para que pueda, 脡l que "no abandona a nadie si no se le abandona a 脡l" 172 .

La doctrina sobre la necesidad de la gracia se convierte en la doctrina sobre la necesidad de la oraci贸n, en la que tanto insiste Agust铆n 173 , porque, como escribe 茅l, "es cierto que Dios ha preparado algunos dones incluso para quien no los pide, como, por ejemplo, el comienzo de la fe, pero otros s贸lo para quien los implora como la perseverancia final" 174 .

Por lo tanto, la gracia es necesaria para apartar los obst谩culos que impiden a la voluntad huir del mal y realizar el bien. Estos obst谩culos son dos, "la ignorancia y la flaqueza" 175 , sobre todo la segunda, "porque incluso cuando comienza a aparecer claro lo que hay que hacer..., no se act煤a, no se realiza, no se vive bien" 176 . Por eso la gracia adyuvante es sobre todo "la inspiraci贸n de la caridad, en virtud de la cual hacemos con santo amor lo que conocemos que tenemos que hacer" 177 .

Ignorancia y flaqueza son dos obst谩culos que es preciso superar para poder respirar la libertad. No ser谩 in煤til recordar que la defensa de la necesidad de la gracia para Agust铆n es la defensa de la libertad cristiana. Tomando como punto de partida las palabras de Cristo: Si el Hijo os libera, entonces ser茅is verdaderamente libres (Jn 8, 36), Agust铆n se hizo defensor y cantor de aquella libertad que es inseparable de la verdad y del amor. Verdad, amor, libertad, he aqu铆 los tres grandes bienes que apasionaron el alma de Agust铆n y estimularon su genio. Sobre ellos derram贸 茅l mucha luz de comprensibilidad.

Deteni茅ndonos un momento sobre este 煤ltimo bien 鈥攅l de la libertad鈥� es el caso de advertir que 茅l describe y exalta la libertad cristiana en todas sus formas. Estas van desde la libertad con respecto al error 鈥攑orque, por el contrario, la libertad del error es "la peor muerte del alma" 178 鈥� mediante el don de la fe, que somete el alma a la verdad 179 , hasta la libertad 煤ltima e indefectible, la mayor, que consiste en no poder morir y en no poder pecar, esto es, en la inmortalidad y la justicia plena 180 . Entre estas dos, que indican el comienzo y el t茅rmino de la salvaci贸n, explica y proclama todas las dem谩s: la libertad con respecto al pecado como obra de la justificaci贸n; la libertad del dominio de las pasiones desordenadas, obra de la gracia que ilumina la inteligencia y da a la voluntad la fuerza necesaria para hacerla invencible al mal, como 茅l mismo experiment贸 en su conversi贸n, cuando se vio libre de la esclavitud 181 ; la libertad con relaci贸n al tiempo, que devoramos y que a su vez nos devora 182 , en cuanto el amor nos permite vivir asidos a la eternidad 183 .

Acerca de la justificaci贸n, cuyas inefables riquezas expone 鈥攍a vida divina de la gracia 184 , la inhabitaci贸n del Esp铆ritu Santo 185 , la "deificaci贸n" 186 鈥�, 茅l hace una distinci贸n importante entre la remisi贸n de los pecados, que es plena y total, plena y perfecta, y la renovaci贸n interior, que es progresiva y s贸lo ser谩 plena y total despu茅s de la resurrecci贸n, cuando todo el hombre participar谩 de la inmutabilidad divina 187 .

En cuanto a la gracia que fortifica la voluntad, insiste diciendo que obra por medio del amor y que por lo tanto hace invencible la voluntad contra el mal sin quitarle la posibilidad de no querer. Al tratar de las palabras de Jes煤s en el Evangelio de Juan: Nadie viene a m铆 si el Padre no lo atrae (Jn 6, 44), comenta 茅l: "No creas que vas a ser atra铆do contra tu voluntad: al alma le atrae tambi茅n el amor" 188 . Pero el amor, observa 茅l tambi茅n, obra con "liberal suavidad" 189 ; por eso "observa la ley libremente quien la cumple con amor" 190 : "La ley de la caridad es ley de libertad" 191 .

No es menos insistente la ense帽anza de Agust铆n a prop贸sito de la libertad del tiempo, libertad que Cristo, Verbo eterno, ha venido a traernos entrando en el mundo con la Encarnaci贸n: "Oh Verbo, exclama Agust铆n, que existes antes de los tiempos, por medio del cual los tiempos fueron hechos, nacido T煤 tambi茅n en el tiempo no obstante que eras la vida eterna; T煤 llamas a la existencia a los seres temporales y los haces eternos" 192 . Es sabido que nuestro Doctor escudri帽贸 mucho el misterio del tiempo 193 y sinti贸 y repiti贸 la necesidad que tenemos de transcender el tiempo para ser de verdad. "Si tambi茅n t煤 quieres ser, transciende el tiempo. Pero, 驴qui茅n puede transcender el tiempo con sus solas fuerzas? Que nos eleve a lo alto Aquel que dijo al Padre: Quiero que donde yo estoy, all铆 est茅n tambi茅n ellos conmigo (Jn 17, 24)" 194 .

La libertad cristiana, de la que no he hecho sino una breve alusi贸n, la estudia 茅l en la Iglesia, la Ciudad de Dios, que muestra sus efectos y, sostenida por la gracia divina y por cuanto de ella depende, los participa a todos los hombres. En efecto, est谩 fundada sobre el amor "social", que abraza a todos los hombres y quiere unirlos en la justicia y en la paz; al contrario de la ciudad de los inicuos, que divide y enfrenta unos contra otros porque est谩 fundada sobre el amor "privado" 195 .

Vale la pena recordar aqu铆 algunas de las definiciones de la paz que acu帽贸 Agust铆n seg煤n las realidades a las que se aplique. Partiendo de la noci贸n de que "la paz de los hombres es la concordia ordenada", define la paz de la casa como "la concordia ordenada de los habitantes en mandar y en obedecer", igualmente la paz de la ciudad. Despu茅s contin煤a: "La paz de la ciudad celeste es la ordenad铆sima y concord铆sima sociedad de los que gozan de Dios y de los unos y los otros en Dios". Luego da la definici贸n de la paz de todas las cosas, que es la tranquilidad del orden. Y as铆 define el orden mismo, que no es otra cosa que "la disposici贸n de realidades iguales y desiguales, que da a cada cual su propio puesto" 196 .

Por esta paz obra y por esta paz "suspira el Pueblo de Dios durante su peregrinaci贸n desde el comienzo del viaje hasta el regreso" 197 .

5. La caridad y las ascensiones del esp铆ritu

Esta breve s铆ntesis de las ense帽anzas agustinianas quedar铆a gravemente incompleta si no se hablase algo de la doctrina espiritual, estrechamente unida a la doctrina filos贸fica y teol贸gica, y no menos rica que una y otra. Hay que volver una vez m谩s al tema de la conversi贸n, con el cual empec茅. Fue entonces cuando decidi贸 dedicarse por completo al ideal de la perfecci贸n cristiana. A este prop贸sito se mantuvo siempre fiel; y no s贸lo eso, sino que se comprometi贸 con todas sus fuerzas a ense帽ar el camino a otros. Lo hizo inspir谩ndose en su experiencia personal y en la Sagrada Escritura, que es para todos el primer alimento de la piedad.

Fue un hombre de oraci贸n; es m谩s, se podr铆a decir: un hombre hecho de oraci贸n 鈥攂aste recordar las c茅lebres Confesiones, escritas en forma de carta dirigida a Dios鈥� y repiti贸 a todos con incre铆ble perseverancia la necesidad de la oraci贸n: "Dios ha dispuesto que combatamos m谩s con la plegaria que con nuestras fuerzas" 198 ; describe su naturaleza, tan sencilla por una parte, pero tan compleja por otra 199 ; la interioridad, en base a la cual identific贸 la plegaria con el deseo: "Tu mismo deseo es tu oraci贸n: y el deseo continuo es una oraci贸n continua" 200 ; el valor social: "Oremos por quienes no han sido llamados, escribe 茅l, a fin de que lo sean: tal vez han sido predestinados de forma que sean concedidos a nuestras oraciones" 201 ; la inserci贸n insustituible en Cristo, "que reza por nosotros, reza en nosotros, y a quien nosotros rezamos; reza por nosotros como nuestro sacerdote, reza en nosotros como nuestro jefe, y nosotros le rezamos a 脡l como a nuestro Dios: reconozcamos, por lo tanto, en 脡l nuestra voz y en nosotros la suya" 202 .

Con progresiva diligencia fue subiendo los pelda帽os de las ascensiones interiores y describi贸 su programa para todos: un programa amplio y articulado, que comprende el movimiento del alma hacia la contemplaci贸n 鈥攑urificaci贸n, constancia y serenidad, orientaci贸n hacia la luz, morada en luz 203 鈥�, los pelda帽os de la caridad 鈥攊ncipiente, adelantada, intensa, perfecta 204 鈥�, los dones del Esp铆ritu Santo relacionados con las bienaventuranzas 205 , las peticiones del Padre nuestro 206 y los ejemplos de Cristo 207 .

Si las bienaventuranzas evang茅licas constituyen el clima sobrenatural en el que debe vivir el cristiano, los dones del Esp铆ritu Santo dan el toque sobrenatural de la gracia, que hace posible ese clima. Las peticiones del Padre nuestro, o, en general, la plegaria, que toda ella se reduce a esas peticiones, como alimento necesario; el ejemplo de Cristo, el modelo que hay que imitar; la caridad, por su parte, constituye el alma de todo, el centro de irradiaci贸n, el resorte secreto del organismo espiritual. Fue m茅rito no peque帽o del obispo de Hipona el haber vuelto a conducir toda la doctrina y toda la vida cristiana a la caridad, entendida como "adhesi贸n a la verdad para vivir en la justicia" 208 .

As铆 lo hace, en efecto, con la Escritura, que, toda ella, "narra Cristo y recomienda la caridad" 209 , la teolog铆a, que en ella encuentra su fin 210 , la filosof铆a 211 , la pedagog铆a 212 y hasta la pol铆tica 213 . En la caridad cifr贸 茅l la esencia y la medida de la perfecci贸n cristiana 214 , el primer don del Esp铆ritu Santo 215 , la realidad con la que nadie puede ser malo 216 , el bien con el cual se poseen todos los bienes y sin el cual todos los otros bienes no sirven para nada. "Ten la caridad y lo tendr谩s todo, porque sin ella todo lo que puedas tener no valdr谩 para nada" 217 .

De la caridad puso de relieve todas sus inagotables riquezas: hace f谩cil lo que es dif铆cil 218 , mueve lo que es habitual 219 , hace insuprimible el movimiento hacia el Sumo Bien, porque aqu铆 en la tierra la caridad nunca es completa 220 , libra de todo inter茅s que no sea Dios 221 , es inseparable de la humildad 鈥�"donde hay humildad, all铆 est谩 la caridad" 222 鈥�, es la esencia de toda virtud 鈥攄e hecho, la virtud no es m谩s que amor ordenado 223 鈥�, don de Dios. Punto crucial este 煤ltimo, que distingue y separa la concepci贸n naturalista y la concepci贸n cristiana de la vida. "驴De d贸nde procede en los hombres la caridad de Dios y del pr贸jimo sino de Dios mismo? Porque si ella no procede de Dios sino de los hombres, los pelagianos tendr铆an raz贸n; si, por el contrario, procede de Dios, nosotros hemos vencido a los pelagianos" 224 .

De la caridad nac铆a en Agust铆n el ans铆a de la contemplaci贸n de las cosas divinas, que es propia de la sabidur铆a 225 . De las formas m谩s altas de contemplaci贸n tuvo experiencia m谩s de una vez, no s贸lo en aquella c茅lebre visi贸n de Ostia 226 , sino tambi茅n otras veces. De s铆 mismo dice: "Con frecuencia hago esto 鈥攅s decir, recurre a la meditaci贸n de la Escritura para que no le opriman sus graves ocupaciones鈥�, es mi alegr铆a, y en esta satisfacci贸n me refugio siempre que logro verme libre del cerco de las ocupaciones... A veces me introduces en un sendero interior del todo desconocido e indefiniblemente dulce que, cuando llegue a alcanzar en m铆 su plenitud, no s茅 decir cu谩l va a ser; ciertamente no ser谩 esta vida" 227 . Si se suman estas experiencias a la penetraci贸n teol贸gica y psicol贸gica de Agust铆n y a su rara capacidad como escritor, se comprende c贸mo pudo describir con tanta precisi贸n las ascensiones m铆sticas, hasta el punto de que alguien haya podido llamarlo pr铆ncipe de los m铆sticos.

No obstante el amor predominante de la contemplaci贸n, Agust铆n acept贸 la "carga" del Episcopado y ense帽贸 a los dem谩s a hacer lo mismo, respondiendo as铆 con humildad a la llamada de la Iglesia Madre 228 , pero ense帽贸 tambi茅n con el ejemplo y los escritos c贸mo conservar, en medio de las ocupaciones de la actividad pastoral, el gusto por la oraci贸n y por la contemplaci贸n. Vale la pena citar la s铆ntesis 鈥攜a cl谩sica鈥� que nos ofrece en La Ciudad de Dios. "El amor de la verdad busca el descanso de la contemplaci贸n, el deber del amor acepta la actividad del apostolado. Si nadie nos impone este peso, hay que dedicarse a la b煤squeda y a la contemplaci贸n de la verdad; pero si nos lo imponen, hay que asumirlo por deber de caridad. Pero aun en este caso no se deben abandonar los consuelos de la verdad, para que no suceda que, privados de esta dulzura, nos veamos aplastados por aquella necesidad" 229 . La profunda doctrina expuesta en estas palabras merece una larga y atenta reflexi贸n. Resulta m谩s f谩cil y eficaz si se mira al mismo Agust铆n, que dio espl茅ndido ejemplo de c贸mo conciliar ambos aspectos, aparentemente contrarios, de la vida cristiana: oraci贸n y acci贸n.

III. El Pastor

No ser谩 inoportuno dedicar un recuerdo a la acci贸n pastoral de este obispo a quien nadie encontrar谩 dificultad de catalogar entre los m谩s grandes Pastores de la Iglesia. Tambi茅n esta acci贸n tuvo origen en su conversi贸n, pues de ella naci贸 el prop贸sito de servir a Dios solamente. "Ya no amo m谩s que a Ti... y a Ti solo quiero servir..." 230 . Cuando despu茅s se dio cuenta de que este servicio deb铆a extenderse a la acci贸n pastoral; no duda en aceptarla; con humildad, con temor, con pena, pero la acepta por obedecer a Dios y a la Iglesia 231 .

Tres fueron los campos de esta acci贸n, campos que se fueron ampliando como tres c铆rculos conc茅ntricos: la Iglesia local de Hipona, no grande pero inquieta y necesitada; la Iglesia africana, miserablemente dividida entre cat贸licos y donatistas; la Iglesia universal, combatida por el paganismo y por el manique铆smo, y agitadas por movimientos her茅ticos.

El se sinti贸 en todo siervo de la Iglesia 鈥�"siervo de los siervos de Cristo" 232 鈥�, sacando de este presupuesto todas las consecuencias, incluso las m谩s atrevidas, como la de exponer su vida por los fieles 233 . Efectivamente, ped铆a al Se帽or poder amarles hasta el punto de estar dispuesto a morir por ellos, "o en la realidad o en la disposici贸n" 234 . Estaba convencido de que quien, puesto al frente del pueblo, no tuviera esta disposici贸n, m谩s que obispo se parec铆a "al espantap谩jaros que est谩 en la vi帽a" 235 . No quiere verse salvo sin sus fieles 236 y est谩 preparado a cualquier sacrificio con tal de poder llevar de nuevo a los descarriados al camino de la verdad 237 . En un momento de extremo peligro a causa de la invasi贸n de los V谩ndalos, ense帽a a los sacerdotes a permanecer en medio de sus fieles, incluso con peligro de la propia vida 238 . Con otras palabras, quiere que obispos y sacerdotes sirvan a los fieles como Cristo les sirvi贸. "驴En qu茅 sentido es servidor quien preside? En el mismo sentido en que fue siervo el Se帽or" 239 . Este fue su programa.

En su di贸cesis, de la que no se alej贸 nunca sino por necesidad 240 , fue asiduo en la predicaci贸n 鈥攑redicaba el s谩bado y el domingo y con frecuencia durante toda la semana 241 鈥�, en la catequesis 242 , en la "audientia episcopi", a veces durante toda la jornada, olvid谩ndose hasta de comer 243 , en el cuidado de los pobres 244 , en la formaci贸n del clero 245 , en la gu铆a de los monjes, muchos de los cuales fueron llamados al sacerdocio y al episcopado 246 , y de los monasterios de las "sanctimoniales" 247 . Al morir "dej贸 a la Iglesia un clero muy numeroso, as铆 como tambi茅n monasterios de hombres y de mujeres repletos de personas consagradas a la continencia bajo la obediencia de sus superiores, adem谩s de bibliotecas..." 248 .

Trabaj贸 igualmente sin descanso en favor de la Iglesia africana: se prest贸 a la predicaci贸n dondequiera que le llamaran 249 , estuvo presente en los numerosos Concilios regionales, no obstante las dificultades del viaje, se dedic贸 con inteligencia, asiduidad y pasi贸n a terminar con el cisma donatista que divid铆a en dos a aquella Iglesia. Fue 茅sta su gran tarea, pero tambi茅n, en vista del 茅xito obtenido, su gran m茅rito. Ilustr贸 con numerosas obras la historia y la doctrina del donatismo, propuso la doctrina cat贸lica sobre la naturaleza de los sacramentos y de la Iglesia, promovi贸 una conferencia ecum茅nica entre obispos cat贸licos y donatistas, la anim贸 con su presencia, propuso y obtuvo que se eliminaran todos los obst谩culos que se opon铆an a la reunificaci贸n, incluido el de la eventual renuncia de los obispos donatistas al episcopado 250 , divulg贸 las conclusiones de dicha conferencia 251 y prepar贸 para un 茅xito definitivo el proceso de pacificaci贸n 252 . Perseguido a muerte, una vez sali贸 indemne de las manos de los "circumceliones" donatistas porque el gu铆a se equivoc贸 de camino 253 .

Para la Iglesia universal compuso muchas obras, escribi贸 numerosas cartas, y en favor de la misma sostuvo innumerables controversias. Los maniqueos, los pelagianos, los arrianos y los paganos fueron el objeto de su preocupaci贸n pastoral en defensa de la fe cat贸lica. Trabaj贸 infatigablemente de d铆a y de noche 254 . En los 煤ltimos a帽os de su vida todav铆a dictaba de noche una obra y, cuando estaba libre, otra de d铆a 255 . Al morir, a los 76 a帽os, dej贸 incompletas tres. Son ellas el testimonio m谩s elocuente de su continua laboriosidad y de su insuperable amor a la Iglesia.

IV. Agust铆n a los hombres de hoy

A este hombre extraordinario queremos preguntarle, antes de terminar, qu茅 tiene que decir a los hombres de hoy. Pienso que tenga realmente mucho que decir, tanto con su ejemplo como con sus ense帽anzas.

A quien busca la verdad le ense帽a que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo ense帽a con su ejemplo 鈥斆﹍ la encontr贸 despu茅s de muchos a帽os de laboriosa b煤squeda鈥� y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribi贸 despu茅s de su conversi贸n. "A m铆 me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres... a la esperanza de encontrar la verdad" 256 . Y as铆, ense帽a a buscarla "con humildad, desinter茅s y diligencia" 257 , a superar: el escepticismo mediante el retorno a s铆 mismo, donde habita la verdad 258 ; el materialismo, que impide a la mente percibir su uni贸n indisoluble con las realidades inteligibles 259 ; el racionalismo, que, al rechazar la colaboraci贸n de la fe, se pone en condici贸n de no entender el "misterio" del hombre 260 .

A los te贸logos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agust铆n el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre v谩lido en su conjunto, y especialmente el m茅todo teol贸gico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este m茅todo supon铆a la adhesi贸n plena a la autoridad de la fe, una en su origen 鈥攍a autoridad de Cristo 261 鈥�, se manifiesta a trav茅s de la Escritura, la Tradici贸n y la Iglesia; el ardiente deseo de comprender la propia fe 鈥�"aspira mucho a comprender" 262 , dice a los dem谩s y se aplica a s铆 mismo 263 鈥�; el sentido profundo del misterio鈥� "es mejor la ignorancia fiel", exclama Agust铆n, "que la ciencia temeraria" 264 鈥�; la seguridad convencida de que la doctrina cristiana viene de Dios y tiene por lo mismo una propia originalidad que no s贸lo hay que conservar en su integridad 鈥攅s 茅sta la "virginidad" de la fe, de la que 茅l hablaba鈥�, sino que debe servir tambi茅n como medida para juzgar filosof铆as conformes o contrarias a ella 265 .

Se sabe cu谩nto amaba Agust铆n la Escritura, cuyo origen divino exalta 266 , as铆 como tambi茅n su inerrancia 267 , su profundidad y riqueza inagotable 268 , y cu谩nto la estudiaba. Pero 茅l estudia y quiere que se estudie toda la Escritura, que se ponga de relieve su verdadero pensamiento o, como 茅l dice, su "coraz贸n" 269 , poni茅ndola, cuando sea preciso, de acuerdo consigo misma 270 . A estos dos presupuestos los considera leyes fundamentales para entenderla. Por esto la lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradici贸n, cuyas propiedades 271 y fuerza obligatoria 272 pone de relieve. Es c茅lebre su expresi贸n: "Yo no creer铆a en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia cat贸lica" 273 .

En las controversias que nacen en torno a la interpretaci贸n de la Escritura recomienda que se discuta "con santa humildad, con paz cat贸lica, con caridad cristiana" 274 , "hasta que la verdad salga a flote, verdad que Dios ha puesto en la c谩tedra de la unidad" 275 . Entonces se podr谩 constatar c贸mo la controversia no surgi贸 in煤tilmente, puesto que se ha convertido en "ocasi贸n de aprender" 276 , ocasionando un progreso en la inteligencia de la fe.

Hablando un poco m谩s a prop贸sito sobre las ense帽anzas de Agust铆n a los hombres de hoy, a los pensadores les recuerda el doble objeto de toda investigaci贸n que debe ocupar la mente humana: Dios y el hombre. "驴Qu茅 quieres conocer?", se pregunta a s铆 mismo. Y responde: "Dios y el hombre". "驴Nada m谩s? Absolutamente nada m谩s" 277 . Frente al triste espect谩culo del mal, recuerda a los pensadores adem谩s que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad "donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad" 278 .

A los hombres de ciencia les invita tambi茅n a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios 279 y a descubrir en la armon铆a del universo las "razones seminales" que Dios ha depositado en ellas 280 . Finalmente, a los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz 281 y que la promuevan no con la lucha, sino con los m茅todos pac铆ficos, porque, escribe 茅l sabiamente, "es t铆tulo de gloria m谩s grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra" 282 .

Para terminar, voy a dedicar una palabra a los j贸venes, a quienes Agust铆n am贸 mucho como profesor antes de su conversi贸n 283 , y como Pastor, despu茅s 284 . 脡l les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, 茅l que fue un gran enamorado de ella 285 . No s贸lo la belleza de los cuerpos, que podr铆a hacer olvidar la del esp铆ritu 286 , ni s贸lo la belleza del arte 287 , sino la belleza interior de la virtud 288 , y sobre todo la belleza eterna de Dios, de la que provienen la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. De Dios, que es "la belleza de toda belleza" 289 , "fundamento, principio y ordenador del bien y de la belleza de todos los seres que son buenos y bellos" 290 . Agust铆n, recordando los a帽os anteriores a su conversi贸n, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta "belleza tan antigua y tan nueva" 291 , y quiere que los j贸venes no le sigan en esto, sino que, am谩ndola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud 292 .

V. Conclusi贸n

He recordado la conversi贸n y he trazado r谩pidamente un panorama del pensamiento de un hombre incomparable, de quien todos en la Iglesia y en Occidente nos sentimos de alguna manera disc铆pulos e hijos. Una vez m谩s manifiesto el vivo deseo de que se estudie y sea ampliamente conocida su doctrina y de que se imite su celo pastoral, para que el magisterio de tan gran Doctor y Pastor contin煤en en la Iglesia y en el mundo en beneficio de la cultura y de la fe.

El XVI centenario de la conversi贸n de San Agust铆n brinda una ocasi贸n muy propicia para incrementar los estudios y para difundir la devoci贸n a 茅l. A tal fin y compromiso exhorto especialmente a las 脫rdenes religiosas 鈥攎asculinas y femeninas鈥� que llevan su nombre, viven bajo su patrocinio o de cualquier modo siguen su regla y le llaman padre. Que todos ellos aprovechen esta ocasi贸n para revivir y hacer revivir m谩s intensamente sus ideales.

Con 谩nimo agradecido y con los mejores augurios de bien estar茅 presente en las diversas iniciativas y celebraciones que con este motivo se organicen por todas partes. Para cada una de ellas invoco de coraz贸n la protecci贸n celestial y el auxilio eficaz de la Virgen Mar铆a, a la que el obispo de Hipona exalt贸 como Madre de la Iglesia 293 . Sea prenda de ello mi bendici贸n apost贸lica, que me es grato impartir mediante esta Carta.

Roma, junto a San Pedro, 28 de agosto de 1986, fiesta de San Agust铆n, Obispo y Doctor de la Iglesia, a帽o VIII de mi pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II


1

Celestino I, Ep. Apostolici verba, mayo 431: PL 50, 530 A.

2

Cf. Le贸n XIII, Carta Enc铆cl. Aeterni Patris, 4 agosto 1879: Acta Leonis XIII, I, Roma 1881, p谩g. 270.

3

Cf. P铆o XII, Carta Enc铆cl. Ad salutem humani generis, 22 abril 1930: AAS 22, 1930, p谩g. 233.

4

Pablo VI, Discurso a los religiosos de la Orden de San Agust铆n con ocasi贸n de la inauguraci贸n del Instituto Patr铆stico 鈥淎ugustinianum鈥�, 4 mayo 1970: AAS 62, 1970, p谩g. 426; L'Osservatore Romano, Edici贸n en Lengua Espa帽ola, 31 mayo 1970, p谩g. 10.

5

Juan Pablo II, Discurso a los profesores y alumnos del Instituto Patr铆stico 鈥淎ugustinianum鈥� de Roma, 7 mayo 1982: AAS 74, 1982, p谩g. 800; L'Osservatore Romano, Edici贸n en Lengua Espa帽ola, 18 julio 1982, p谩g. 9.

6

Juan Pablo II, Discurso al cap铆tulo general de la Orden de San Agust铆n, 25 agosto 1983; L'Osservatore Romano Edici贸n en Lengua Espa帽ola, 11 septiembre 1983, p谩g. 12.

7

Cf. San Agust铆n, Serm. 93, 4; 213, 7: PL 38, 575; 38, 1063. (En adelante, donde no se cita expresamente el nombre del autor, l茅ase 鈥淪an Agust铆n鈥�).

8

Cf. De beata vita, 4: PL 32, 961; Contra Acad., 2, 2, 4-6: PL 32, 921-922; Solil., 1, 1, 1-6: PL 32, 869-872.

9

De dono persev., 20, 53: PL 45 1026.

10

Cf. Confess., 1, 11, 17: PL 32, 669.

11

Cf. Confess., 9, 8, 17-9, 13, 17: PL 32, 771-780.

12

Cf. Confess., 6, 5, 8: PL 32, 723.

13

Confess., 3, 4, 8: PL 32, 686; ib., 5, 14, 25: PL 32, 718.

14

Contra Acad., 2, 2, 5: PL 32, 921.

15

Confess., 3, 4, 7: PL 32, 685.

16

Confess., 3, 6, 10: PL 32, 687.

17

De beata vita, 4: PL 32, 961.

18

Serm., 51, 5, 6: PL 38, 336.

19

De utilitate cred., 1, 2: PL 42, 66.

20

De utilitate cred., 1, 2: PL 42, 66.

21

Cf. Confess., 5, 3, 3: PL 32, 707.

22

Cf. Confess., 5, 10, 19; 5, 13, 23; 5, 14, 24: PL 32, 715, 717, 718.

23

De beata vita, 4: PL 32, 961; cf. Confess., 5, 9, 19; 5, 14, 25; 6, 1, 1: PL 32, 715, 718, 719.

24

Cf. De utilitate credendi, 8, 20: PL 42, 78-79.

25

Confess., 6, 11, 18: PL 32, 729.

26

Cf. Confess., 3, 12, 21: PL 32, 694.

27

Cf. Contra Acad., 3, 20, 43: PL 32, 957; Confess., 6, 5, 7: PL 32, 722-723.

28

De ordine, 2, 9, 26: PL 32, 1007.

29

Cf. Confess., 7, 19, 25: PL 32, 746.

30

Cf. Confess., 6. 5, 7; 6, 11, 19; 7, 7, 11: PL 32, 723, 729, 739.

31

Cf. Confess.; 7, 7, 11: PL 32. 739.

32

Confess., 7, 10, 16: PL 32, 742.

33

Cf. Confess., 7, 1, 1; 7, 7, 11: PL 32, 733, 739.

34

Cf. Confess., 7, 5, 7: PL 32, 736.

35

Confess., 7, 13, 19: PL 32, 743.

36

Cf. Confess., 7, 12, 18: PL 32, 743.

37

Cf. Confess., 7, 3, 5: PL 32, 735.

38

Confess., 8, 10, 22: PL 32, 759; cf. ib., 8, 5, 10-11: PL 32, 753-754.

39

Cf. Confess., 7, 17, 23: PL 32, 744-745.

40

Cf. Confess., 7, 21, 26: PL 32, 749.

41

Confess., 7, 21, 27: PL 32, 747.

42

Contra Acad., 2, 2, 6: PL 32, 922.

43

Cf. Confess., 7, 21, 27: PL 32, 748.

44

Confess., 1, 11, 17: PL 32, 669.

45

Cf. Confess., 6, 11, 18; 8, 7, 17: PL 32, 729, 757.

46

Cf. Confess., 8, 5, 11-12: PL 32, 754.

47

Cf. Confess., 6, 12, 21: PL 32, 730.

48

Cf. Confess., 6, 6, 9: PL 32, 730.

49

Cf. Confess., 6, 15, 25: PL 32, 732.

50

Cf. Confess., 8, 1, 2: PL 32, 749.

51

Cf. Confess., 8, 6, 13-15: PL 32, 755-756.

52

Confess., 8, 11, 27: PL 32, 761.

53

Cf. Confess., 8, 7, 16-12, 29: PL 32, 756-762.

54

Confess., 8, 12, 30: PL 32, 762.

55

Cf. Confess., 9, 2, 2-4: PL 32, 763.

56

Cf. Confess., 9, 4, 7-12: PL 32, 766-769.

57

Cf. Confess., 9, 5, 13: PL 32, 769.

58

Confess., 9, 6, 14: PL 32, 769.

59

Cf. Confess., 9, 6, 14: PL 32, 769.

60

Cf. Confess., 9, 12; 28 S. PL 32, 775 s.

61

Cf. De mor. Eccl. cath., 1, 33, 70: PL 32, 1340.

62

Posidio, Vita S. Augustini, 3, 1: PL 32, 36.

63

Cf. Serm., 355, 2: PL 39, 1569.

64

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 11, 2: PL 32, 42.

65

Cf. L. Verheijen, La r猫gle de Saint Augustin, Par铆s 1967, I-II.

66

Confess., 9, 2, 3: PL 32, 764; cf. ib., 10, 6, 8: PL 32, 782.

67

Tractatus in Io, 26, 5: PL 35, 1609.

68

De Trin., 1, 5, 8: PL 42, 825.

69

Contra Acad., 3, 20, 43: PL 32, 957.

70

Cf. De ordine, 2, 9, 26: PL 32, 1007.

71

Cf. Serm., 43. 9: PL 38, 258.

72

Cf. De utilitate credendi: PL 42, 65-92.

73

Cf. Confess., 6, 4, 6: PL 32, 722; De serm. Domini in monte. 2, 3, 14: PL 34, 1275.

74

Cf. Ep., 118, 5, 32: PL 33, 447.

75

Cf. Serm., 51, 5, 6: PL 38, 337.

76

Cf. De quantitate animae, 7, 12: PL 32, 1041-1042.

77

De vera relig., 24, 45: PL 34, 1041-1042.

78

Ep., 120, 2, 8: PL 33, 456.

79

De praed. sanctorum, 2, 5: PL 44, 962-963.

80

Contra ep. Man., 4, 5: PL 42, 175.

81

Cf. p. es. De civ. Dei, 2, 29, 1-2: PL 41, 77-78.

82

De civ. Dei, 19, 17: PL 41, 645.

83

Cf. Solil., 1, 2, 7: PL 32, 872.

84

Confess., 1, 5, 5: PL 32, 663.

85

Serm., 117, 5: PL 38, 673.

86

Ep., 120, 3, 13: PL 33, 459.

87

De Trin., 5, 1, 2: PL 42, 912; cf. Confess., 4, 16, 28: PL 32, 704.

88

De civ. Dei, 8, 4: PL 41, 228.

89

De civ. Dei, 8, 10, 2: PL 41, 235.

90

Confess., 9, 4, 10: PL 32, 768.

91

Cf. Confess., 1, 4, 4: PL 32, 662.

92

Ep., 187, 4, 14: PL 33, 837.

93

Cf. De magistro, 11, 38-14, 46: PL 32, 1215-1220.

94

Cf. Confess., 13, 9, 10: PL 32, 848-849.

95

Confess., 3, 6, 11: PL 32, 687-688.

96

Confess., 10, 27, 38: PL 32, 795.

97

Confess., 5, 2, 2: PL 32, 707.

98

Confess., 1, 1, 1: PL 32, 661.

99

De Trin., 14, 8, 11: PL 42, 1044.

100

De Trin., 14, 4, 6: PL 42, 1040.

101

De civ. Dei, 12, 1, 3: PL 41, 349.

102

De vera relig., 39, 72: PL 34, 154.

103

Cf. Confess., 13, 9, 10: PL 32, 848-849.

104

Cf. De bono coniugali, 1, 1: PL 40, 373.

105

De civ. Dei, 12, 27: PL 41, 376.

106

Confess., 4, 14, 22: PL 32, 702.

107

Confess., 4, 4, 9: PL 32, 697.

108

Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo contempor谩neo, Gaudium et spes, n. 10; cf. nn. 12-18.

109

De civ. Dei, 12, 27: PL 41, 376.

110

De Trin., 13, 19, 24: PL 42, 1034.

111

Ep., 118, 5, 33: PL 33, 448.

112

De civ. Dei, 11, 10, 1: PL 41, 325.

113

De Trin., 4, 20, 29: PL 42, 908.

114

Cf. De Trin., 15, 17, 29: PL 42, 1081.

115

Cf. De Trin., 15, 27, 50: PL 42, 1097; ib., 1, 5, 8: PL 42, 824-825; 9, 12, 18: PL 42, 970-971.

116

De Trin., 1, 2, 4: PL 42, 822.

117

Cf. Confess., 7, 19, 25: PL 32, 746.

118

De dono persev., 24, 67: PL 45, 1033-1034.

119

Serm., 186, 1, 1: PL 38, 999.

120

Serm., 294, 9: PL 38, 1340.

121

Serm., 293, 7: PL 38, 1332.

122

Cf. Tractatus in Io, 66, 2: PL 35, 1810-1811.

123

Cf. Serm., 47, 12-20: PL 38, 308-312.

124

Cf. Confess., 10, 42, 68: PL 32, 808.

125

De civ. Dei, 10, 32, 2: PL 41, 315.

126

De Trin., 4, 13, 17: PL 42, 899.

127

De Trin., 4, 13, 16: PL 42, 898.

128

De Trin., 4, 14, 19: PL 42, 901.

129

De gratia Christi et de pecc. orig. 2, 24 28: PL 44, 398.

130

Serm., 151, 5: PL 38, 817.

131

Enarr. in ps., 70, d. 2, 1: PL 36, 891.

132

De nupt. et concup., 2, 12, 25: PL 44, 450-451.

133

De pecc. mer. et rem., 1, 26, 39: PL 44, 131.

134

Tractatus in lo, 21, 8: PL 35, 1568.

135

Serm., 267, 4: PL 38, 1231.

136

Serm., 71, 12, 18: PL 38, 454.

137

Serm., 71, 20, 33: PL 38, 463-464.

138

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia, Lumen gentium, nn. 13-14; 21 etc.

139

Cf. De civ. Dei, 1, 35; 18, 50: PL 41, 46; 612.

140

Cf. p. es. De unitate Ecclesiae: PL 43, 391-446.

141

Ep., 43, 7: PL 33, 163.

142

Cf. De civ. Dei, 18, 51: PL 41, 613.

143

Cf. Retract., 2, 18: PL 32, 637.

144

Cf. Confess., 6, 11, 18: PL 32, 728-729.

145

De mor. Eccl. cath., 1, 30, 62: PL 32, 1336.

146

Cf. Confess., 7, 7, 11: PL 32, 739.

147

Cf. Ep., 48, 2: PL 33, 188.

148

Serm., 22, 10: PL 38, 154.

149

Cf. p. es. Psalmus contra partem Donati, epilogus: PL 43, 31-32.

150

Cf. Tractatus in Io, 6, 15: PL 35, 1432.

151

De catech. rud., 15, 23: PL 40, 328.

152

Cf. Serm., 188, 4: PL 38, 1004.

153

Cf. Confess., 7, 7, 11: PL 32, 739.

154

Cf. De bapt., 3, 2, 2: PL 43, 139-140.

155

Contra litt. Petil., 3, 9, 10: PL 43, 353.

156

Cf. Enarr. in ps., 88, d. 2, 14: PL 37, 1140.

157

Tractatus in lo, 32, 8: PL 35, 1646.

158

Cf. Confess., 8, 10, 22; 7, 18, 24: PL 32, 759-745.

159

Cf. p. es. Confess., 8, 9, 21; 8, 12, 29: PL 32, 758-759; 762.

160

Cf. De libero arb., 3, 1, 3: PL 32, 1272; De duabus animabus, 10, 14: PL 42, 104-105.

161

Cf. Confess., 4, 3, 4: PL 32, 694-695.

162

Cf. De civ. Dei, 5, 8: PL 41, 148.

163

Cf. De libero arb. 3, 4, 10-11: PL 32, 1276; De civ. Dei, 5, 9, 1-4: PL 41, 148-152.

164

Ep., 157, 2, 10: PL 33, 677.

165

Serm., 169, 11, 13: PL 38, 923.

166

Cf. De gratia et lib. arb.; 2, 2-11, 23: PL 44, 882-895.

167

Cf. Ep., 214, 6: PL 33, 970.

168

Cf. De pecc. mer. et rem., 2, 18, 28; PL 44, 124-125.

169

Cf. De gratia Christi et de pecc. orig., 47, 52: PL 44, 383-384.

170

Ep., 214, 2: PL 33, 969.

171

De natura et gratia, 43, 50: PL 44, 271; cf. Conc. Trid., DS.

172

De natura et gratia, 26, 29: PL 44, 261.

173

Cf. Ep., 130: PL 33, 494-507.

174

De dono perserv., 16, 39: PL 45, 1017.

175

De pecc. mer. et rem., 2, 17, 2: PL 44, 167.

176

De spiritu et littera, 3, 5: PL 44, 203.

177

Contra duas epp. Pel., 4, 5, 11: PL 44, 617.

178

Ep., 105, 2, 10: PL 33, 400.

179

Cf. De libero arb., 2, 13, 37: PL 32, 1261.

180

De corrept. et gratia, 12, 33: PL 44, 936.

181

Cf. Confess., 8, 5, 10; 8, 9, 21: PL 32, 753; 758-759.

182

Cf. Confess., 9, 4, 10: PL 32, 768.

183

Cf. De vera relig., 10, 19: PL 34, 131.

184

Cf. Enarr. in ps., 70, d. 2, 3: PL 36, 893.

185

Cf. Ep. 187: PL 33, 832-848.

186

Enarr. in p., 49, 2: PL 36, 565.

187

Cf. De pecc. mer. et rem., 2, 7, 9: PL 44, 156-157; Serm., 166, 4: PL 38, 909.

188

Tractatus in lo, 26, 25: PL 35, 1607-1609.

189

Contra Iulianum, 3, 112: PL 45, 1296.

190

De gratia Christi et de pecc. orig., 1, 13, 14: PL 44, 368.

191

Ep. 167, 6, 19: PL 33, 740.

192

Enarr. in ps., 101, d. 2, 10: PL 37, 1311-1312.

193

Cf. Confess., lib. 11掳: PL 32, 809-826.

194

Tractatus in lo, 38, 10: PL 35, 1680.

195

De Gen. ad litt., 11, 15, 20: PL 34, 437.

196

De civ. Dei, 19, 13: PL 41, 840.

197

Confess., 9, 13, 37: PL 32, 780.

198

Contra Iulianum, 6, 15: PL 45, 1535.

199

Cf. De serm. Domini in monte, 2, 5, 14: PL 34, 1236.

200

Enarr. in ps., 37, 14: PL 36, 404.

201

De dono perserv., 22, 60: PL 45, 1029.

202

Enarr. in ps., 85, 1: PL 37, 1081.

203

Cf. De quantitate animae, 33, 73-76: PL 32, 1075-1077.

204

Cf. De natura et gratia, 70, 84: PL 44, 290.

205

Cf. De serm. Domini in monte, 1, 1, 3-4: PL 34, 1231-1232; De doctr. Christ., 2, 7, 9-11: PL 34, 39-40.

206

Cf. De serm. Domini in monte, 2, 11, 38: PL 34, 1286.

207

Cf. De sancta virginitate, 28, 28: PL 40, 411.

208

De Trin., 8, 7, 10: PL 42, 956.

209

De catech. rudibus, 4, 8: PL 40, 315.

210

Cf. De Trin., 14, 10, 13: PL 42, 1047.

211

Cf. Ep., 137, 5, 17: PL 38, 524.

212

Cf. De catech. rudibus, 12, 17: PL 40, 323.

213

Cf. Ep., 137, 5, 17; 138, 2, 15: PL 38, 524; 531-532.

214

Cf. De natura et gratia, 70, 84: PL 44, 290.

215

Cf. Tractatus in lo, 87, 1: PL 35, 1852.

216

Cf. Tractatus in ep. Io, 7, 8; 10, 7: PL 35, 1441; 1470-1471.

217

Tractatus in lo, 32, 8: PL 35, 1646.

218

Cf. De bono viduitatis, 21, 26: PL 40, 447.

219

Cf. De catech. rudibus, 12, 17: PL 40, 323.

220

Cf. Serm., 169, 18: PL 38, 926; De perf. iust. hom.: PL 44, 291-318.

221

Cf. Enarr. in ps., 53, 10: PL 36, 666-667.

222

Tractatus in ep. Io, prol.: PL 35, 1977.

223

Cf. De civ. Dei, 15, 22: PL 41, 467.

224

De gratia et lib. arb., 18, 37: PL 44, 903-904.

225

Cf. De Trin., 12, 15, 25: PL 42, 1012.

226

Cf. Confess., 9, 10, 24: PL 32, 774.

227

Confess., 10, 40, 65: PL 32, 807.

228

Cf. Ep., 48, 1: PL 33, 188.

229

De civ. Dei, 19, 19: PL 41, 647.

230

Solil., 1, 1, 5: PL 32, 872.

231

Cf. Serm., 335, 2: PL 39, 1569.

232

Ep., 217: PL 33, 978.

233

Cf. Ep., 91, 10: PL 33, 317-318.

234

Miscellanea Ag., I, 404.

235

Miscellanea Ag., I, 568.

236

Cf. Serm., 17, 2: PL 38, 125.

237

Cf. Serm., 46, 7, 14: PL 38, 278.

238

Cf. Ep., 128, 3: PL 33, 489.

239

Miscellanea Ag., I, 565.

240

Cf. Ep., 122, 1: PL 33, 470.

241

Cf. Miscellanea Ag., I, 353; Tractatus in lo, 19, 22: PL 35, 1543-1582.

242

Cf. De catech. rudibus: PL 40, 309 s.

243

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 19, 2-5: PL 32, 57.

244

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 24, 14-25: PL 32, 53-54; Serm., 25. 8: PL 38, 170; Ep., 122, 2: PL 33, 471-472.

245

Cf. Serm., 335, 2: PL 39, 1569-1570: Ep., 65: PL 33, 234-235

246

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 11, 1: PL 32, 42

247

Cf. Ep., 211, 1-4: PL 33, 958-965.

248

Posidio, Vita S. Augustini, 31, 8: PL 32, 64.

249

Cf. Retract., prol., 2: PL 32, 584.

250

Cf. Ep., 128, 3: PL 33, 489; De gestis cum Emerito, 7: PL 43, 702-703.

251

Cf. Post collationem contra Donatistas: PL 43, 651-690.

252

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 9-14: PL 32, 40-45.

253

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 12, 1-2: PL 32, 43.

254

Cf. Posidio, Vita S. Augustini, 24, 11: 鈥� ...in die laborans et in nocte lucubrans鈥�: PL 32, 54.

255

Cf. Ep., 224, 2: PL 33, 1001-1002.

256

Ep., 1, 1: PL 33, 61.

257

De quantitate animae, 14, 24: PL 32, 1049; cf. De vera relig., 10, 20: PL 34, 131.

258

Cf. De vera relig., 39, 72: PL 34, 154.

259

Cf. Retract., 1, 8, 2: PL 32, 594: 1, 4, 4: PL 32, 590.

260

Cf. Ep., 118, 5, 33: PL 33, 448.

261

Cf. Contra Acad., 3, 20, 43: PL 32, 957.

262

Ep., 120, 3, 13: PL 33, 458.

263

Cf. De Trin., 1, 5, 8: PL 42, 825.

264

Serm., 27, 4: PL 38, 179.

265

Cf. De doctrina Christ., 2, 40, 60: PL 34, 55; De civ. Dei, 8, 9: PL 41, 233.

266

Cf. Enarr. in ps., 90, d. 2, 1: PL 37, 1159-1160.

267

Cf. Ep., 28, 3, 3: PL 33, 112; 82, 1. 3: PL 33, 277.

268

Cf. Ep., 137, 1, 3: PL 33, 516.

269

De doctrina Christ., 4, 5, 7: PL 34, 91-92.

270

Cf. De perf. iust. hom., 17, 38: PL 44, 311-312.

271

Cf. De baptismo, 4, 24, 31: PL 43, 174-175.

272

Cf. Contra Iulianum, 6, 6-11: PL 45, 1510-1521.

273

Contra ep. Man. 5, 6: PL 42, 176: cf. C. Faustum, 28, 2: PL 42, 485-486.

274

De baptismo, 2, 3, 4: PL 43, 129.

275

Ep., 105, 16: PL 33, 403.

276

De civ. Dei, 16, 2, 1: PL 41, 477.

277

Solil., 1, 2, 7: PL 32, 872.

278

De civ. Dei, 2, 29, 2: PL 41, 78.

279

Cf. De diversis quaestionibus, 83. q. 46, 2: PL 40, 29-31.

280

Cf. De Gen. ad litt., 5, 23, 44-45: 6, 6; 17-6, 12, 20: PL 34, 337-338: 346-347.

281

Cf. Ep., 189, 6: PL 33, 856.

282

Ep., 229, 2: PL 33, 1020.

283

Cf. Confess., 6, 7, 11-12: PL 32, 725; De ordine, 1, 10, 30: PL 32, 991.

284

Cf. Ep., 26: 118; 243; 266: PL 33, 103-107; 431-449; 1054-1059; 1089-1091.

285

Cf. Confess., 4, 13, 20: PL 32, 701.

286

Cf. Confess., 10, 8, 15: PL 32, 785-786.

287

Cf. Confess., 10, 34, 53: PL 32, 801.

288

Cf. Ep., 120, 4, 20: PL 33, 462.

289

Confess., 3, 6, 10: PL 32, 687.

290

Solil., 1, 1, 3: PL 32, 870.

291

Confess., 10, 27, 38: PL 32, 795.

292

Cf. Ep. 120, 4, 20: PL 33, 462.

293

Cf. De sancta virginitate, 6, 6: PL 40, 339.
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