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S.S. Juan Pablo II, Don y misterio
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Don y misterio

INTRODUCCI√ďN

Permanece vivo en mi recuerdo el encuentro gozoso que, por iniciativa de la Congregaci√≥n para el Clero, tuvo lugar en el Vaticano en el oto√Īo del pasado a√Īo (27 de octubre de 1995), para celebrar el trig√©simo aniversario del Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis. En el ambiente festivo de aquella asamblea diversos sacerdotes hablaron de su vocaci√≥n, y tambi√©n yo ofrec√≠ mi propio testimonio. Me pareci√≥ hermoso y fruct√≠fero que, entre sacerdotes, ante el pueblo de Dios, se ofreciera este servicio de edificaci√≥n rec√≠proca.

Las palabras que pronuncié en aquella circunstancia tuvieron un eco may grande. A raíz de ello, desde varias partes se me pidió con insistencia que volviera a tratar, de un modo más amplio, el tema de mi vocación, con ocasión del Jubileo sacerdotal.

Confieso que la propuesta, al principio, suscitó en mí alguna resistencia comprensible. Pero después me sentí como obligado a aceptar la invitación, viendo en ello un aspecto del servicio propio del ministerio petrino. Movido por algunas preguntas del Dr. Gian Franco Svidercoschi que han hecho de hilo conductor, me he dejado llevar con libertad por la ola de recuerdos, sin ninguna pretensión estrictamente documental.

Todo lo que digo aqu√≠, m√°s all√° de los acontecimientos hist√≥ricos, pertenece a mis ra√≠ces m√°s profundas, a mi experiencia m√°s √≠ntima. Lo recuerdo ante todo para dar gracias al Se√Īor: "Misericordias Domini in aetemum cantabo!" Lo ofrezco a los sacerdotes y al pueblo de Dios como testimonio de amor.

I
EN LOS COMIENZOS... ¬°EL MISTERIO!

¬ŅCu√°l es la historia de mi vocaci√≥n sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensi√≥n m√°s profunda, toda vocaci√≥n sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello.

La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal.

Por eso, cuando en las más diversas circunstancias -por ejemplo, con ocasión de los Jubileos sacerdotales- hablamos del sacerdocio y damos testimonio del mismo, debemos hacerlo con gran humildad, conscientes de que Dios "nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9). Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí mismo.

Esta premisa me parece indispensable para que se pueda comprender de modo justo lo que voy a decir sobre mi camino hacia el sacerdocio.

Las primeras se√Īales de la vocaci√≥n

El Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Príncipe Adam Stefan Sapieha, visitó la parroquia de Wadowice cuando yo era estudiante en el instituto. Mi profesor de religión, P. Edward Zacher, me encargó darle la bienvenida. Así, tuve entonces la primera ocasión de encontrarme frente a aquel hombre tan venerado por todos. Sé que, después de mi discurso, el Arzobispo preguntó al profesor de religión qué facultad elegiría yo al terminar el instituto. El P. Zacher respondió: "Estudiará filología polaca". El Prelado comentó: "Lástima que no sea teología".

En ese per√≠odo de mi vida la vocaci√≥n sacerdotal no estaba a√ļn madura, a pesar de que a mi alrededor eran muchos los que cre√≠an que deb√≠a entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era se√Īal de que otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la escuela ten√≠a muchas compa√Īeras y, comprometido como estaba en el c√≠rculo teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dram√°tica, y por el teatro. A este √ļltimo me hab√≠a iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. El era un verdadero pionero del teatro de aficionados y ten√≠a grandes ambiciones de un repertorio de calidad.

Los estudios en la Universidad Jaghellonica

En mayo de 1938, superado el examen final de los estudios en el instituto, me inscrib√≠ en la Universidad Jaghellonica para realizar los cursos de Filolog√≠a polaca. Por este motivo me traslad√©, junto con mi padre, desde Wadowice a Cracovia. Nos instalamos en la calle Tyniecka 10, en el barrio de Debniki. La casa pertenec√≠a a los parientes de mi madre. Comenc√© los estudios en la Facultad de Filosof√≠a de la Universidad Jaghellonica, siguiendo los cursos de Filolog√≠a polaca, pero s√≥lo logr√© acabar el primer a√Īo, porque el 1de septiembre de 1939 estall√≥ la segunda guerra mundial.

A prop√≥sito de los estudios, deseo subrayar que mi elecci√≥n de la filolog√≠a polaca estaba motivada por una clara predisposici√≥n hacia la literatura. Sin embargo, ya durante el primer a√Īo, atrajo mi atenci√≥n el estudio de la lengua misma. Estudi√°bamos la gram√°tica descriptiva del polaco moderno y al mismo tiempo la evoluci√≥n hist√≥rica de la lengua, con un particular inter√©s por el viejo tronco eslavo. Esto me introdujo en horizontes completamente nuevos, por no decir en el misterio mismo de la palabra.

La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensi√≥n fundamental de su experiencia espiritual. En √ļltima instancia, remite al insondable misterio de Dios mismo. El redescubrir la palabra a trav√©s de los estudios literarios y ling√ľ√≠sticos, me acercaba al misterio de la Palabra, de esa Palabra a la cual nos referimos cada d√≠a en la oraci√≥n del √Āngelus: ''La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros'' (Jn 1, 14). Comprend√≠ m√°s tarde que los estudios de filolog√≠a polaca preparaban en m√≠ el terreno para otro tipo de intereses y de estudios. Predispon√≠an mi √°nimo para acercarme a la filosof√≠a y a la teolog√≠a.

El estallido de la segunda guerra mundial

Pero volvamos al 1 de septiembre de 1939. El estallido de la guerra cambi√≥ de modo radical la marcha de mi vida. Verdaderamente los profesores de la Universidad Jaghellonica intentaron comenzar de todos modos el nuevo a√Īo acad√©mico, pero las clases duraron s√≥lo hasta el 6 de noviembre de 1939. En ese d√≠a las autoridades alemanas convocaron a todos los profesores a una asamblea que acab√≥ con la deportaci√≥n de aquellos respetables hombres de ciencia al campo de concentraci√≥n de Sachsenhausen. Acababa as√≠ en mi vida el per√≠odo de los estudios de filolog√≠a polaca y comenzaba la fase de la ocupaci√≥n alemana, durante la cual al principio intent√© leer y escribir mucho. Precisamente a esa √©poca se remontan mis primeros trabajos literarios.

Para evitar la deportaci√≥n a trabajos forzados en Alemania, en el oto√Īo de 1940 empec√© a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la f√°brica qu√≠mica Solvay. Estaba situada en Zakrz√≥wek, a casi media hora de mi casa de Debniki, e iba andando hasta all√≠ cada d√≠a. En aquella cantera escrib√≠ una poes√≠a. Reley√©ndola despu√©s de tantos a√Īos, la encuentro a√ļn particularmente expresiva de aquella singular experiencia:

"Escucha bien, escucha los golpes del martillo, la sacudida, el ritmo.
El ruido te permite sentir dentro la fuerza, la intensidad del golpe.
Escucha bien, escucha, eléctrica corriente de río penetrante que corta hasta las piedras,
y entender√°s conmigo que toda la grandeza del trabajo bien hecho es grandeza del hombre...''
(La cantera: I; Materia, I)

Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de dinamita, las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé profundamente desconcertado:

"Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban.
Abatidos, sentían en todos el agravio..."
(La cantera: IV; En memoria de un compa√Īero de trabajo, 2.3)

Los responsables de la cantera, que eran polacos, trataban de evitarnos a los estudiantes los trabajos más pesados. A mí, por ejemplo, me asignaron el encargo de ayudante del llamado barrenero, de nombre Franciszek Labus. Lo recuerdo porque, algunas veces, se dirigía a mí con palabras de este tipo: "Karol, tu deberías ser sacerdote. Cantarás bien, porque tienes una voz bonita y estarás bien..." Lo decía con toda sencillez, expresando de ese modo un convencimiento muy difundido en la sociedad sobre la condición del sacerdote. Las palabras del viejo obrero se me han quedado grabadas en la memoria.

El teatro de la palabra viva

En aquella época estuve en contacto con el teatro de la palabra viva, que Mieczyslaw Kotlarczyk había fundado y continuaba animando en la clandestinidad. La dedicación al teatro fue favorecida al principio por el hecho de haber hospedado en mi casa a Kotlarczyk y a su mujer Sofía, que habían logrado pasar de Wadowice a Cracovia, al territorio del "Gobierno General". Vivíamos juntos. Yo trabajaba como obrero, él primero como tranviario y después como empleado en una oficina. Compartiendo la misma casa, podíamos no sólo continuar con nuestras conversaciones sobre el teatro, sino incluso realizar actuaciones concretas, que tenían precisamente el carácter de teatro de la palabra. Era un teatro muy sencillo. La parte escénica y decorativa estaba reducida al mínimo; la actuación consistía esencialmente en la recitación del texto poético.

Las representaciones ten√≠an lugar ante un grupo reducido de conocidos e invitados, que demostraban un inter√©s espec√≠fico por la literatura y eran, de alg√ļn modo, "iniciados". Era indispensable mantener el secreto sobre estos encuentros teatrales, pues de lo contrario se corr√≠a el riesgo de graves sanciones por parte de las autoridades de la ocupaci√≥n, sin excluir la deportaci√≥n a los campos de concentraci√≥n. He de admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi esp√≠ritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocaci√≥n.

II
LA DECISI√ďN DE ENTRAR EN EL SEMINARIO

En el oto√Īo de 1942 tom√© la decisi√≥n definitiva de entrar en el seminario de Cracovia, que funcionaba clandestinamente. Me recibi√≥ el Rector, P. Jan Piwowarczyk. El hecho deb√≠a quedar en la m√°s absoluta reserva, incluso para las personas m√°s allegadas. Comenc√© los estudios en la Facultad teol√≥gica de la Universidad Jaghellonica, tambi√©n clandestina, mientras continuaba trabajando como obrero en la Solvay.

Durante el per√≠odo de la ocupaci√≥n el Arzobispo Metropolitano estableci√≥ el seminario, siempre de modo clandestino, en su residencia. Esto pod√≠a desencadenar en cualquier momento, tanto para los superiores como para los alumnos, severas represiones por parte de las autoridades alemanas. Permanec√≠ en este seminario peculiar, al lado del amado Pr√≠ncipe Metropolitano, desde septiembre de 1944 y all√≠ pude estar junto con mis compa√Īeros hasta el 18 de enero de 1945, el d√≠a -o mejor dicho, la noche- de la liberaci√≥n. En efecto, fue durante la noche cuando la Armada Roja lleg√≥ a los alrededores de Cracovia. Los Alemanes, en retirada, hicieron explotar el puente Debnicki. Recuerdo aquella terrible detonaci√≥n: la onda expansiva rompi√≥ todos los cristales de las ventanas de la residencia arzobispal. En aquel momento nos encontr√°bamos en la capilla para una celebraci√≥n en la que participaba el Arzobispo. El d√≠a siguiente nos dimos prisa en reparar los da√Īos.

Pero voy a volver a los largos meses que precedieron a la liberaci√≥n. Como he dicho, viv√≠a con otros j√≥venes en la residencia del Arzobispo. Este nos hab√≠a presentado desde el primer momento a un joven sacerdote, que ser√≠a nuestro Padre espiritual. Se trataba del P. Stanistaw Smolenski, doctorado en Roma y hombre de una gran espiritualidad; hoy es Obispo auxiliar em√©rito de Cracovia. El P. Smolenski comenz√≥ con nosotros un trabajo regular de preparaci√≥n para el sacerdocio. Al principio ten√≠amos como superior s√≥lo a un prefecto, el P. Kazimierz Kl√≥sak, que hab√≠a realizado sus estudios en Lovaina y era profesor de filosof√≠a. Por su ascesis y bondad suscitaba en todos nosotros una gran estima y admiraci√≥n. Daba cuentas de su trabajo directamente al Arzobispo, del cual depend√≠a tambi√©n de modo directo, por lo dem√°s, nuestro mismo seminario clandestino. Despu√©s de las vacaciones veraniegas del a√Īo 1945, el P. Karol Kozlowski, procedente de Wadowice, antiguo Padre espiritual del seminario en el per√≠odo anterior a la guerra, fue llamado a sustituir al P. Jan Piwowarczyk como Rector del seminario en el que hab√≠a transcurrido casi toda la vida.

Se completaban as√≠ los a√Īos de la formaci√≥n del seminario. Los dos primeros, aquellos que en el curriculum de los estudios se dedican a la filosof√≠a, los hab√≠a cursado de modo clandestino, trabajando como obrero. Los a√Īos sucesivos, 1944 y 1945, fueron testigos de mi creciente dedicaci√≥n en la Universidad Jaghellonica, aun cuando el primer a√Īo despu√©s de la guerra fue muy incompleto. El curso acad√©mico 1945/46 fue normal. En la Facultad teol√≥gica tuve la suerte de conocer algunos profesores eminentes, como el P. Wladyslaw Wicher, profesor de teolog√≠a moral, y el P. Ignacy R√≥zycki, profesor de teolog√≠a dogm√°tica, el cual me introdujo en la metodolog√≠a cient√≠fica en teolog√≠a. Hoy abrazo con un recuerdo lleno de gratitud a todos mis Superiores, Padres espirituales y Profesores, que en el per√≠odo del seminario contribuyeron a mi formaci√≥n. ¬°Que el Se√Īor recompense sus esfuerzos y sacrificios!

A comienzos del quinto a√Īo, el Arzobispo decidi√≥ que me trasladara a Roma para completar los estudios. Fue as√≠ como, anticip√°ndome a mis compa√Īeros, fui ordenado sacerdote el I de noviembre de 1946. Aquel a√Īo nuestro grupo era, naturalmente, poco numeroso: en total √©ramos siete. Hoy vivimos solamente tres. El hecho de ser pocos ten√≠a sus ventajas: permit√≠a estrechar lazos profundos de conocimiento rec√≠proco y de amistad. Esto se pod√≠a decir tambi√©n, de alg√ļn modo, de las relaciones con los Superiores y Profesores, tanto en el per√≠odo de la clandestinidad como en el breve tiempo de los estudios oficiales en la Universidad.

Las vacaciones de seminarista

Desde el momento en que entr√© en contacto con el seminario comenz√≥ para m√≠ un nuevo modo de pasar las vacaciones. Fui enviado por el Arzobispo a la parroquia de Raciborowice, en los alrededores de Cracovia. He de expresar profunda gratitud al p√°rroco, P. Jozef Jamr√≥z, y a los vicarios de esa parroquia, que se convirtieron en compa√Īeros de vida de un joven seminarista clandestino.

Recuerdo en particular al P. Franciszek Szymonek, que m√°s tarde, en tiempos del terror estalinista, fue acusado y sometido a proceso con objeto de aleccionar a la Curia arzobispal de Cracovia: fue condenado a muerte. Por suerte, poco despu√©s fue absuelto. Recuerdo tambi√©n al P. Adam Biela, un compa√Īero del instituto de Wadowice de m√°s edad que yo. Gracias a estos j√≥venes sacerdotes tuve la posibilidad de conocer la vida cristiana de toda la parroquia.

Alg√ļn tiempo despu√©s, en el territorio del pueblo de Bienczyce, que pertenec√≠a a la parroquia de Raciborowice, surgi√≥ un gran barrio llamado Nowa Huta. Pas√© all√≠ muchos d√≠as durante las vacaciones, tanto en el a√Īo 1944 como en el 1945, ya acabada la guerra. Permanec√≠a mucho tiempo en la vieja iglesia de Raciborowice, que se remontaba a√ļn a los tiempos de Jan Dugosz. Dedicaba muchas horas a la meditaci√≥n paseando por el cementerio. Hab√≠a tra√≠do a Raciborowice mi material de estudio: los vol√ļmenes de Santo Tom√°s con los comentarios. Aprend√≠a la teolog√≠a, por decirlo as√≠, desde el "centro" de una gran tradici√≥n teol√≥gica. Empec√© entonces a escribir un trabajo sobre San Juan de la Cruz que continu√© despu√©s bajo la direcci√≥n del P Ignacy R√≥zycki, profesor en la Universidad de Cracovia apenas fue abierta de nuevo. Complet√© el estudio a continuaci√≥n en el Angelicum, bajo la gu√≠a del P. Prof. Garrigou Lagrange.

El Cardenal Adam Stefan Sapieha

En todo nuestro proceso formativo hacia el sacerdocio ejerció un influjo relevante la gran figura del Príncipe Metropolitano, futuro Cardenal Adam Stefan Sapieha, para el cual tengo un recuerdo emocionado y agradecido. Su prestigio había crecido por el hecho de que, en el período de transición antes de la reapertura del seminario, habitábamos en su residencia y lo veíamos cada día. El Metropolitano de Cracovia fue elevado a la dignidad cardenalicia inmediatamente después del final de la guerra, a una edad ya muy avanzada. Toda la población acogió este nombramiento como un justo reconocimiento de los méritos de aquel gran hombre, que durante la ocupación alemana había sabido mantener alto el honor de la Nación, demostrando la propia dignidad de modo claro para todos. Recuerdo aquel día de marzo -estábamos en Cuaresma- cuando el Arzobispo regresó de Roma después de haber recibido el capelo cardenalicio. Los estudiantes levantaron en brazos su automóvil y lo llevaron durante un buen trecho hasta la Basílica de la Asunción en la Plaza del Mercado, manifestando de ese modo el entusiasmo religioso y patriótico que tal nombramiento cardenalicio había suscitado en la población.

III
INFLUENCIAS EN MI VOCACI√ďN

He hablado ampliamente del ambiente del seminario porque éste fue ciertamente el que tuvo mayor incidencia en mi vocación sacerdotal. Sin embargo, dirigiendo la mirada hacia un horizonte más amplio, veo con claridad que, desde tantos otros ambientes y personas, he recibido influjos positivos, por medio de los cuales Dios me ha hecho oír su voz.

La familia

La preparaci√≥n para el sacerdocio, recibida en el seminario, fue de alg√ļn modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviud√≥ muy pronto. No hab√≠a recibido a√ļn la Primera Comuni√≥n cuando perd√≠ a mi madre: apenas ten√≠a 9 a√Īos. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribuci√≥n, seguramente grande, que ella dio a mi educaci√≥n religiosa. Despu√©s de su muerte y, a continuaci√≥n, despu√©s de la muerte de mi hermano mayor, qued√© solo con mi padre que era un hombre profundamente religioso. Pod√≠a observar cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesi√≥n y, cuando enviud√≥, su vida fue de constante oraci√≥n. Suced√≠a a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo ve√≠a siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocaci√≥n al sacerdocio, pero su ejemplo fue para m√≠ en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario dom√©stico.

La f√°brica Solvay Despu√©s, pasados los a√Īos de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador del agua en la f√°brica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron para m√≠ en seminario. No se trataba ya √ļnicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La f√°brica fue para m√≠, en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Hab√≠a comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un a√Īo despu√©s pas√© al depurador de agua en la f√°brica. Fue en aquellos a√Īos cuando madur√≥ mi decisi√≥n definitiva. En oto√Īo de 1942 comenc√© los estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filolog√≠a polaca, siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo ello tendr√≠a para m√≠. √önicamente m√°s tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma, conociendo a trav√©s de mis compa√Īeros del Colegio Belga el problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera Cat√≥lica (JOC), comprend√≠ que lo que hab√≠a llegado a ser tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente -el contacto con el mundo del trabajo- yo lo hab√≠a ya adquirido en mi experiencia de vida.

En realidad, mi experiencia no fue la de "sacerdote obrero" sino de "seminarista-obrero". Por el trabajo manual sabía bien lo que significaba el cansancio físico. Encontraba cada día gente que realizaba duros trabajos. Conocí su ambiente, sus familias, sus intereses, su valor humano y su dignidad. Personalmente noté mucha cordialidad por su parte. Sabían que yo era estudiante y sabían también que, en cuanto las circunstancias lo permitieran, volvería a los estudios. Nunca vi hostilidad por ese motivo. No les molestaba que llevase los libros al trabajo. Decían: "Nosotros estaremos atentos: tu lee". Esto sucedía sobre todo durante los turnos de noche. Decían frecuentemente: "Descansa, nosotros estaremos de guardia".

Hice amistad con muchos obreros. A veces me invitaban a su casa. Después, como sacerdote y como obispo, bauticé a sus hijos y nietos, bendije sus matrimonios y oficié los funerales de muchos de ellos. Tuve oportunidad de conocer cuántos sentimientos religiosos había en ellos y cuanta sabiduría de vida. Estos contactos, como he dicho, siguieron siendo muy estrechos incluso cuando acabó la ocupación alemana y también después, prácticamente hasta mi elección como Obispo de Roma. Algunos duran todavía por medio de correspondencia.

La parroquia de Debniki: los Salesianos

Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco y el inspector provincial, pues todos los demás fueron internados en Dachau. Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el proceso de formación de mi vocación.

En el √°mbito de la parroquia hab√≠a una persona que se distingu√≠a sobre las dem√°s: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesi√≥n, aunque hab√≠a decidido trabajar en la sastrer√≠a de su padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hac√≠a m√°s f√°cil la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel per√≠odo dif√≠cil hab√≠an reemprendido con valent√≠a la animaci√≥n de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer contactos con los j√≥venes del c√≠rculo del llamado "Rosario vivo''. Jan Tyranowski llev√≥ a cabo esta tarea no ci√Ī√©ndose √ļnicamente al aspecto organizativo, sino preocup√°ndose tambi√©n de la formaci√≥n espiritual de los j√≥venes que entraban en contacto con √©l. Aprend√≠ as√≠ los m√©todos elementales de autoformaci√≥n que se vieron despu√©s confirmados y desarrollados en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de √Āvila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras.

Los Padres Carmelitas

Esto acrecentó en mí el interés por la espiritualidad carmelitana. En Cracovia, en la calle Rakowicka, había un monasterio de Padres Carmelitas Descalzos. Tenía contactos con ellos y una vez hice allí mis Ejercicios Espirituales, con la ayuda del P. Leonardo de la Dolorosa. Durante un cierto tiempo consideré la posibilidad de entrar en el Carmelo. Las dudas fueron resueltas por el Arzobispo Cardenal Sapieha, quien -con el estilo que lo caracterizaba- dijo escuetamente: "Es preciso acabar antes lo que se ha comenzado''. Y así fue.

El P. Kazimierz Figlewicz

Durante aquellos a√Īos mi confesor y gu√≠a espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontr√© con √©l la primera vez cuando cursaba el primer a√Īo de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz, que era vicario de la parroquia de Wadowice, nos ense√Īaba religi√≥n. Gracias a √©l me acerqu√© a la parroquia, fui monaguillo y en cierto modo organic√© el grupo de monaguillos. Cuando dej√≥ Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continu√© manteniendo contacto con √©l. Recuerdo que, durante el quinto curso del instituto, me invit√≥ a Cracovia para participar en el Triduum Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en la tarde del Mi√©rcoles Santo. Fue √©sta una experiencia que dej√≥ en m√≠ una huella profunda.

Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a Cracovia, intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y, durante la ocupación alemana, muchas veces lo visitaba.

Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrar√° nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de mes. Hab√≠a ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba vac√≠a. Fue, quiz√°s, la √ļltima vez que pude entrar libremente en el templo. Despu√©s fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirti√≥ en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el √ļnico sacerdote que pod√≠a celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de polic√≠as alemanes. En aquellos tiempos dif√≠ciles fue a√ļn m√°s claro lo que significaban para √©l la catedral, las tumbas reales, el altar de San Estanislao, obispo y m√°rtir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de la Naci√≥n, inculc√°ndome un amor grande por el templo del Wawel, que un d√≠a llegar√≠a a ser mi catedral episcopal.

El 1de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote. El d√≠a siguiente, en la "Primera Santa Misa" celebrada en la catedral, en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado y me hac√≠a de asistente. El piadoso Prelado falleci√≥ hace algunos a√Īos. S√≥lo el Se√Īor puede compensarlo por todo el bien que de √©l recib√≠.

La "trayectoria mariana"

Naturalmente, al referirme a los or√≠genes de mi vocaci√≥n sacerdotal, no puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneraci√≥n a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la ma√Īana, antes del comienzo de las clases, acud√≠an los estudiantes del instituto. Tambi√©n, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la Virgen.

Adem√°s, en Wadowice, hab√≠a sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundaci√≥n se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes de Wadowice acud√≠an all√≠, y esto ten√≠a su reflejo en la difundida devoci√≥n al escapulario de la Virgen del Carmen. Tambi√©n yo lo recib√≠, creo que cuando ten√≠a diez a√Īos, y a√ļn lo llevo. Se iba a los Carmelitas tambi√©n para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial, como en la del Carmen, se form√≥ mi devoci√≥n mariana durante los a√Īos de la infancia y de la adolescencia hasta la superaci√≥n del examen final.

Cuando me encontraba en Cracovia, en el barrio Debniki, entré en el grupo del "Rosario vivo'', en la parroquia salesiana. Allí se veneraba de modo especial a María Auxiliadora. En Debniki, en el período en el que iba tomando fuerza mi vocación sacerdotal, gracias también al mencionado influjo de Jan Tyranowski, mi manera de entender el culto a la Madre de Dios experimentó un cierto cambio. Estaba ya convencido de que Maria nos lleva a Cristo, pero en aquel período empecé a entender que también Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me cuestioné de alguna manera mi culto a María, considerando que éste, si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo. Me ayudó entonces el libro de San Luis María Grignion de Montfort titulado "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen''. En él encontré la respuesta a mis dudas. Efectivamente, María nos acerca a Cristo, con tal de que se viva su misterio en Cristo. El tratado de San Luis María Grignion de Montfort puede cansar un poco por su estilo un tanto enfático y barroco, pero la esencia de las verdades teológicas que contiene es incontestable. El autor es un teólogo notable. Su pensamiento mariológico está basado en el Misterio trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios.

Comprend√≠ entonces por qu√© la Iglesia reza el √Āngelus tres veces al d√≠a. Entend√≠ lo cruciales que son las palabras de esta oraci√≥n: "El √Āngel del Se√Īor anunci√≥ a Mar√≠a. Y Ella concibi√≥ por obra del Esp√≠ritu Santo... He aqu√≠ la esclava del Se√Īor. H√°gase en m√≠ seg√ļn tu palabra... Y el Verbo se hizo carne y habit√≥ entre nosotros..." ¬°Son palabras verdaderamente decisivas! Expresan el n√ļcleo central del acontecimiento m√°s grande que ha tenido lugar en la historia de la humanidad. Esto explica el origen del Totus Tuus. La expresi√≥n deriva de San Luis Mar√≠a Grignion de Montfort. Es la abreviatura de la forma m√°s completa de la consagraci√≥n a la Madre de Dios, que dice: Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.

De ese modo, gracias a San Luis, empec√© a descubrir todas las riquezas de la devoci√≥n mariana, desde una perspectiva en cierto sentido nueva. Por ejemplo, cuando era ni√Īo escuchaba "Las Horas de la Inmaculada Concepci√≥n de la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a'', cantadas en la iglesia parroquial, pero s√≥lo despu√©s me di cuenta de la riqueza teol√≥gica y b√≠blica que conten√≠an. Lo mismo sucedi√≥ con los cantos populares, por ejemplo con los cantos navide√Īos polacos y las Lamentaciones sobre la Pasi√≥n de Jesucristo en Cuaresma, entre las cuales ocupa un lugar especial el di√°logo del alma con la Madre Dolorosa.

Sobre la base de estas experiencias espirituales fue perfil√°ndose el itinerario de oraci√≥n v contemplaci√≥n que orient√≥ mis pasos en el camino hacia el sacerdocio, y despu√©s en todas las vicisitudes sucesivas hasta el d√≠a de hoy. Este itinerario desde ni√Īo, y m√°s a√ļn como sacerdote y como obispo, me llevaba frecuentemente por los senderos marianos de Kalwaria Zebrzydowska. Kalwaria es el principal santuario mariano de la Archidi√≥cesis de Cracovia. Iba all√≠ con frecuencia y caminaba en solitario por aquellas sendas presentando en la oraci√≥n al Se√Īor los diferentes problemas de la Iglesia, sobre todo en el dif√≠cil per√≠odo que se viv√≠a bajo el comunismo. Mirando hacia atr√°s constato como "todo est√° relacionado'': hoy como ayer nos encontramos con la misma intensidad en los rayos del mismo misterio.

El Santo Fray Alberto

Me pregunto a veces qu√© papel ha desempe√Īado en mi vocaci√≥n la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -√©ste era su nombre- no era sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En el per√≠odo de mi inter√©s por el teatro raps√≥dico y por el arte, la figura de este hombre valiente, que hab√≠a tomado parte en la "insurrecci√≥n de enero" (1863) perdiendo una pierna durante los combates, ten√≠a para m√≠ una atracci√≥n espiritual particular. Como es sabido, Fray Alberto era pintor: hab√≠a realizado sus estudios en Munich. El patrimonio art√≠stico que dej√≥ muestra que ten√≠a un gran talento. Sin embargo, en un cierto momento de su vida este hombre rompe con el arte porque comprende que Dios lo llama a tareas m√°s importantes. Conociendo el ambiente de los pobres de Cracovia, cuyo lugar de encuentro era el dormitorio p√ļblico, llamado tambi√©n "lugar de la calefacci√≥n'', en la calle Krakowska, Adam Chmielowski decide convertirse en uno de ellos, no como el limosnero que llega desde fuera para distribuir dones, sino como uno que se da a s√≠ mismo para servir a los desheredados.

Este fascinante ejemplo de sacrificio suscita muchos seguidores. Alrededor de Fray Alberto se re√ļnen hombres y mujeres. Nacen as√≠ dos Congregaciones, que se dedican a los m√°s pobres. Todo esto sucedi√≥ en los comienzos de nuestro siglo, en el per√≠odo anterior a la primera guerra mundial

Fray Alberto no pudo ver el momento en el que Polonia conquistó su independencia. Murió en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra sobrevivió convirtiéndose en expresión de las tradiciones polacas de radicalismo evangélico, siguiendo las huellas de San Francisco de Asís y de San Juan de la Cruz.

En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para m√≠ su figura fue determinante, porque encontr√© en √©l un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elecci√≥n radical de la vocaci√≥n al sacerdocio. Una de las alegr√≠as m√°s grandes que he tenido como Papa ha sido la de elevar al honor de los altares a este pobrecito de Cracovia con h√°bito gris, primero con la beatificaci√≥n en Blonie Krakowskie durante el viaje a Polonia del a√Īo 1983, y despu√©s con la canonizaci√≥n en Roma en el mes de noviembre del memorable a√Īo 1989. Muchos autores de la literatura polaca han inmortalizado la figura de Fray Alberto. Entre las diversas obras art√≠sticas, novelas y dramas, es digna de ser mencionada la monograf√≠a que le dedic√≥ el P. Konstanty Michalski. Tambi√©n yo, siendo joven sacerdote, en la √©poca en que era coadjutor en la iglesia de San Flori√°n de Cracovia, le dediqu√© una obra dram√°tica llamada "El Hermano de nuestro Dios", saldando as√≠ la gran deuda de gratitud que hab√≠a contra√≠do con √©l.

Experiencia de guerra

La maduraci√≥n definitiva de mi vocaci√≥n sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el per√≠odo de la segunda guerra mundial, durante la ocupaci√≥n nazi. ¬ŅFue una simple coincidencia temporal? o ¬Ņhab√≠a un nexo m√°s profundo entre lo que maduraba dentro de m√≠ y el contexto hist√≥rico? Es dif√≠cil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduraci√≥n de mi opci√≥n de vida. Me ayud√≥ a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocaci√≥n. Ante la difusi√≥n del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez m√°s claro para m√≠ el sentido del sacerdocio y de su misi√≥n en el mundo.

El estallido de la guerra me alej√≥ de los estudios y del ambiente universitario. En aquel per√≠odo perd√≠ a m√≠ padre, la √ļltima persona que me quedaba de los familiares m√°s √≠ntimos. Tambi√©n esto supon√≠a, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento hab√≠a crecido mi humanidad.

Pero no se trataba de un proceso √ļnicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contempor√°neamente se manifestaba cada vez m√°s una luz: el Se√Īor quiere que yo sea sacerdote. Un d√≠a lo percib√≠ con mucha claridad: era como una iluminaci√≥n interior que tra√≠a consigo la alegr√≠a y la seguridad de una nueva vocaci√≥n. Y esta conciencia me llen√≥ de gran paz interior.

Esto ocurr√≠a durante los terribles acontecimientos que iban desarroll√°ndose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en Europa y en el mundo. Compart√≠ directamente s√≥lo una peque√Īa parte de cuanto mis compatriotas experimentaron desde 1939. Pienso, de modo particular, en mis coet√°neos del instituto de Wadowice, amigos m√≠os muy queridos, entre los cuales hab√≠a varios jud√≠os. Algunos eligieron el servicio militar en el a√Īo 1938. Parece que el primero que muri√≥ en la guerra fue el m√°s joven de la clase. Despu√©s conoc√≠ s√≥lo a grandes rasgos la suerte de otros ca√≠dos en varios frentes, o muertos en campos de concentraci√≥n, o enviados a combatir en Tobruk y en Montecassino, o deportados a los territorios de la Uni√≥n Sovi√©tica: a Rusia y Kazakist√°n. Supe estas noticias primero de forma gradual, y despu√©s de manera m√°s completa en Wadowice, en el a√Īo 1948, con ocasi√≥n de la reuni√≥n de mis compa√Īeros en el d√©cimo aniversario del examen final.

Se me ahorr√≥ mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda guerra mundial. Cada d√≠a hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o en la f√°brica para ser llevado a un campo de concentraci√≥n. A veces me preguntaba: si tantos coet√°neos pierden la vida, ¬Ņpor que yo no? Hoy s√© que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocaci√≥n. No puedo olvidar el bien recibido en aquel dif√≠cil per√≠odo de las personas que el Se√Īor pon√≠a en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y compa√Īeros.

El sacrificio de los sacerdotes polacos

Surge aqu√≠ otra singular e importante dimensi√≥n de mi vocaci√≥n. Los a√Īos de la ocupaci√≥n alemana en Occidente y de la sovi√©tica en Oriente supusieron un enorme n√ļmero de detenciones y deportaciones de sacerdotes polacos hacia los campos de concentraci√≥n. S√≥lo en Dachau fueron internados casi tres mil. Hubo otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreci√≥ la vida por Cristo el primer sacerdote canonizado despu√©s de la guerra, San Maximiliano Mar√≠a Kolbe, el franciscano de Niepokalan√≥w. Entre los prisioneros de Dachau se encontraba el Obispo de Wloclawek, Mons. Michal Kozal, que he tenido la dicha de beatificar en Varsovia en 1987. Despu√©s de la guerra algunos de entre los sacerdotes ex prisioneros de los campos de concentraci√≥n fueron elevados a la dignidad episcopal. Actualmente viven a√ļn los Arzobispos Kazimierz Majdanski y Adam Kozlowiecki y el Obispo Ignacy Jez, los tres √ļltimos Prelados testigos de lo que fueron los campos de exterminio. Ellos saben bien lo que aquella experiencia signific√≥ en la vida de tantos sacerdotes. Para completar el cuadro, es preciso a√Īadir tambi√©n a los sacerdotes alemanes de aquella misma √©poca que experimentaron la misma suerte en los lager. He tenido el honor de beatificar a algunos de ellos: primero al P. Rupert Mayer de Munich, y despu√©s, durante el reciente viaje apost√≥lico a Alemania, a Mons. Bernhard Lichtenberg, p√°rroco de la Catedral de Berl√≠n, y al P. Karl Leisner de la di√≥cesis de Munster. Este √ļltimo, ordenado sacerdote en el campo de concentraci√≥n en 1944, despu√©s de su ordenaci√≥n pudo celebrar s√≥lo una Santa Misa.

Merece un recuerdo especial el martirologio de los sacerdotes en los lager de Siberia y en otros lugares del territorio de la Uni√≥n Sovi√©tica. Entre los muchos que all√≠ fueron recluidos quisiera recordar la figura del P. Tadeusz Fedorowicz, muy conocido en Polonia, al cual personalmente debo mucho como director espiritual. El P Fedorowicz, joven sacerdote de la archidi√≥cesis de Le√≥polis, se hab√≠a presentado espont√°neamente a su arzobispo para pedirle el poder acompa√Īar a un grupo de polacos deportados al Este. El Arzobispo Twardowski le concedi√≥ el permiso y pudo desarrollar su misi√≥n entre los connacionales dispersos en los territorios de la Uni√≥n Sovi√©tica y sobre todo en Kazakist√°n. Recientemente ha descrito en un interesante libro estos tr√°gicos hechos.

Lo que he dicho a prop√≥sito de los campos de concentraci√≥n no constituye sino una parte, dram√°tica, de esta especie de "apocalipsis'' de nuestro siglo. Lo he hecho para subrayar c√≥mo mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generaci√≥n. La Providencia me ha ahorrado las experiencias m√°s penosas; por eso es a√ļn m√°s grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, as√≠ como tambi√©n hacia aquellas m√°s numerosas que desconozco, sin diferencia de naci√≥n o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realizaci√≥n de mi vocaci√≥n sacerdotal. De alg√ļn modo me han introducido en este camino, mostr√°ndome en la dimensi√≥n del sacrificio la verdad m√°s profunda y esencial del sacerdocio de Cristo.

La bondad experimentada entre las asperezas de la guerra

Dec√≠a antes que durante los a√Īos dif√≠ciles de la guerra recib√≠ mucho bien de la gente. Pienso de modo particular en una familia, m√°s a√ļn, en muchas familias que conoc√≠ durante la ocupaci√≥n. Con Juliusz Kydrynski trabaj√© primero en las canteras de piedra y despu√©s en la f√°brica Solvay. Est√°bamos en el grupo de obreros-estudiantes al que pertenec√≠an tambi√©n Wojciech Zukrowski, su hermano menor Antoni y Wieslaw Kaczmarczyk. Conoc√≠ a Juliusz Kydrynski antes de comenzar la guerra, cursando el primer a√Īo de Filolog√≠a polaca. Durante la guerra esta relaci√≥n de amistad se intensific√≥. Conoc√≠ tambi√©n a su madre, que hab√≠a enviudado, a la hermana y al hermano menor. La familia Kydrynski me colm√≥ de cuidados y de afecto cuando el 18 de febrero de 1941 perd√≠ a mi padre. Recuerdo perfectamente aquel d√≠a: al volver del trabajo encontr√© a mi padre muerto. En aquel momento la amistad de los Kydrynski fue para m√≠ de gran apoyo. La amistad se extendi√≥ despu√©s a otras familias, en particular a la de los se√Īores Szkocki, residentes en la calle Ksiecia J√≥zefa. Empec√© a estudiar franc√©s gracias a la Se√Īora Jadwiga Lewaj, que habitaba en la casa de ellos. Zofia Pozniak, hija mayor de los se√Īores Szkocki, cuyo marido se encontraba en un campo de prisioneros, nos invitaba a conciertos organizados en casa. De ese modo el per√≠odo oscuro de la guerra y de la ocupaci√≥n fue iluminado por la luz de la belleza que se irradia desde la m√ļsica y la poes√≠a. Esto suced√≠a antes de mi decisi√≥n de entrar en el seminario.

IV
¬°SACERDOTE!

Mi ordenaci√≥n tuvo lugar en un d√≠a ins√≥lito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comuni√≥n de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligi√≥ ese d√≠a porque yo deb√≠a partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado s√≥lo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compa√Īeros ser√≠an ordenados el a√Īo siguiente, en el Domingo de Ramos.

Hab√≠a sido ordenado subdi√°cono y di√°cono en octubre. Fue un lunes de intensa oraci√≥n, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me prepar√© a recibir las Ordenes Sagradas: seis d√≠as de Ejercicios antes del subdiaconado, y despu√©s tres y seis d√≠as antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los √ļltimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El d√≠a de Todos los Santos me present√© por la ma√Īana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenaci√≥n sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un peque√Īo grupo de parientes y amigos.

Recuerdo de un hermano en la vocación sacerdotal

El lugar de mi Ordenaci√≥n, como he dicho, fue la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Recuerdo que durante la ocupaci√≥n iba all√≠ con frecuencia por la ma√Īana para ayudar en la Santa Misa al Pr√≠ncipe Metropolitano. Recuerdo tambi√©n que durante un cierto per√≠odo ven√≠a conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy Zachuta. Un d√≠a √©l no se present√≥. Cuando despu√©s de la Misa fui a su casa, en Ludwin√≥w, en Debniki, supe que durante la noche hab√≠a sido detenido por la Gestapo. Inmediatamente despu√©s, su apellido apareci√≥ en la lista de polacos destinados a ser fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma capilla que nos hab√≠a visto juntos tantas veces, recordaba a este hermano en la vocaci√≥n sacerdotal al cual Cristo hab√≠a unido de otro modo al misterio de su muerte y resurrecci√≥n.

"Veni, Creator Spiritus!"

Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni, Creator Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras, extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante! Después he tenido ocasión de presidir como Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración. Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia quae Tu creasti pectora. Al igual que en la Santa Misa el Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado en la Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3). Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. 1 Tm 5, 22) como signo eficaz de la presencia operante del Espíritu Santo en el sacramento del Orden.

El suelo

Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenaci√≥n se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando as√≠ su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. A√Īas m√°s tarde, en la Bas√≠lica de San Pedro -est√°bamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenaci√≥n sacerdotal, escrib√≠ una poes√≠a de la cual quiero citar aqu√≠ un fragmento:

"Eres t√ļ, Pedro. Quieres ser aqu√≠ el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar all√° donde gu√≠as sus pasos...Quieres ser Aqu√©l que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un reba√Īo: Roca es tambi√©n el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz''. (Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Bas√≠lica de San Pedro, oto√Īo de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)

Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo significado de esta postraci√≥n lit√ļrgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenaci√≥n, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haci√©ndose con el Ap√≥stol "suelo" para los hermanos, est√° el sentido m√°s profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.

La "primera Misa"

Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. Actualmente la cripta forma parte del complejo subterráneo donde se encuentran las tumbas reales. Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por Wladyslaw Lokietek. En la catedral del Wawel eran coronados los reyes y en ella eran también sepultados. Quien visita ese templo se encuentra cara a cara con la historia de la Nación.

Precisamente por esto, como he dicho, eleg√≠ celebrar mis primeras Misas en la cripta de San Leonardo. Quer√≠a destacar mi particular v√≠nculo espiritual con la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel representa casi una s√≠ntesis emblem√°tica. Pero no s√≥lo eso. Hab√≠a, en esa elecci√≥n, una especial dimensi√≥n teol√≥gica. Como he dicho, fui ordenado el d√≠a anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa lit√ļrgicamente la verdad de la Comuni√≥n de los Santos -Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrecci√≥n final.

También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica.

Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asist√≠a en el altar Mieczyslaw Malinski, que hac√≠a presente de alg√ļn modo el ambiente y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.

Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi Ordenación sacerdotal!

Entre el pueblo de Dios

Después hubo otras "primeras Misas'': en la iglesia parroquial de San Estanislao de Kostka en Debniki y, el domingo siguiente, en la iglesia de la Presentación de la Madre de Dios en Wadowice. Celebré también una Misa en la confesión de San Estanislao, en la catedral del Wawel, para los amigos del teatro rapsódico y para la organización clandestina "Unia" (Unión), a la cual estuve vinculado durante la ocupación.

V
ROMA

Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando lleg√≥ el d√≠a establecido, sub√≠ al tren con gran emoci√≥n. Conmigo estaba Stanislaw Starowieyski, un compa√Īero m√°s joven que yo, que deb√≠a realizar todo el curso teol√≥gico en Roma. Por primera vez sal√≠a de las fronteras de mi Patria. Miraba desde la ventanilla del tren en marcha ciudades que conoc√≠a √ļnicamente por los libros de geograf√≠a. Vi por primera vez Praga, Nuremberg, Estrasburgo y Par√≠s, donde nos detuvimos siendo hu√©spedes del Seminario Polaco en la "Rue des lrlandais''. Reemprendimos pronto el viaje, porque el tiempo apremiaba y llegamos a Roma los √ļltimas d√≠as de noviembre. Aqu√≠ aprovechamos inicialmente la hospitalidad de los Padres Palotinos. Recuerdo que el primer domingo despu√©s de la llegada me acerqu√©, junto con Stanislaw Starowieyski, a la Bas√≠lica de San Pedro para asistir a la solemne veneraci√≥n de un nuevo Beato por parte del Papa. Vi desde lejos la figura de P√≠o XII, llevado en la silla gestatoria. La participaci√≥n del Papa en una Beatificaci√≥n se limitaba entonces a la recitaci√≥n de la oraci√≥n al nuevo Beato, mientras que el rito propiamente dicho era presidido en la ma√Īana por uno de los cardenales. Esta tradici√≥n se cambio a partir de Maximiliano Mar√≠a Kolbe, cuando en octubre de 1971 Pablo VI ofici√≥ personalmente el rito de Beatificaci√≥n del m√°rtir polaco de Auschwitz, durante una Santa Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y con los obispos polacos, en la cual yo tambi√©n tuve el gozo de participar.

"Aprender Roma"

No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días "romanos" cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el "biennium ad lauream" en el Angelicum. Era Decano de la Facultad de Teología el P. Ciappi, O.P., futuro teólogo de la Casa Pontificia y cardenal.

El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me hab√≠a dicho muchas veces que, para quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo, m√°s a√ļn que los estudios (¬°un doctorado en teolog√≠a se puede conseguir tambi√©n fuera!) es importante aprender Roma misma. Trat√© de seguir su consejo. Llegu√© a Roma con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las Catacumbas. Y as√≠ fue. Con los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de recorrer sistem√°ticamente la Ciudad con la gu√≠a de conocedores expertos de sus monumentos y de su historia. Con ocasi√≥n de las vacaciones de Navidad y de Pascua pudimos acercarnos a otras ciudades italianas. Recuerdo las primeras vacaciones cuando, gui√°ndonos por el libro del escritor dan√©s Joergensen, fuimos a visitar los lugares vinculados a la vida de San Francisco.

De todos modos, el centro de nuestra experiencia era siempre Roma. Cada día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las clases, parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo y allí terminó su vida. Recuerdo que entre los que visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus características sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz de los santos, las nacionalidades también se encontraban, como prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había marcado, un mundo sin divisiones.

Perspectivas pastorales

Mi sacerdocio y mi formaci√≥n teol√≥gica y pastoral se enmarcaban as√≠ desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos a√Īos de estudios, concluidos en 1948 con el doctorado, fueron a√Īos de intenso "aprender Roma''. El Colegio Belga contribu√≠a a enraizar mi sacerdocio, d√≠a tras d√≠a, en la experiencia de la capital del Cristianismo. En efecto, me permit√≠a entrar en contacto con ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella √©poca iban desarroll√°ndose en la Iglesia. Pienso sobre todo en el encuentro con el P. Jozef Cardijn, fundador de la JOC y futuro cardenal, que ven√≠a de vez en cuando al Colegio para encontrarse con nosotros, sacerdotes estudiantes, y hablarnos de aquella particular experiencia humana que es la fatiga f√≠sica. Para ella yo estaba, en cierta medida, preparado debido al trabajo desarrollado en la cantera y en la secci√≥n del depurador de agua de la f√°brica Solvay. En Roma tuve la posibilidad de descubrir m√°s a fondo c√≥mo el sacerdocio est√° vinculado a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relaci√≥n, m√°s a√ļn, una coordinaci√≥n rec√≠proca. Reflexionando sobre estos planteamientos pastorales, descubr√≠a cada vez de forma m√°s clara el sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo.

El horizonte europeo

La experiencia vivida en el Colegio Belga se ampli√≥, a continuaci√≥n, gracias a un contacto directo no s√≥lo con la naci√≥n belga, sino tambi√©n con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947 el P. Stanislaw Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos pa√≠ses. Me abr√≠a as√≠ a un horizonte europeo m√°s amplio. En Par√≠s, donde resid√≠ en el Seminario Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros, la problem√°tica tratada en el libro de los Padres Henri Godin e Yvan Daniel La France, pays de mission? y la pastoral de las misiones en la periferia de Par√≠s, sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas experiencias, en el primer y segundo a√Īo de sacerdocio, tuvieron para m√≠ un enorme inter√©s.

En Holanda, gracias a la ayuda de mis compa√Īeros, y especialmente de los padres del fallecido P. Alfred Delm√©, pude pasar con Stanislaw Starowieyski unos diez d√≠as. Me impresion√≥ la s√≥lida organizaci√≥n de la Iglesia y de la pastoral en aquel Pa√≠s, con estructuras activas y comunidades eclesiales vivas. Descubr√≠a as√≠ cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios, la Europa occidental, la Europa de la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales g√≥ticas y, al mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularizaci√≥n. Percib√≠a el desaf√≠o que todo ello representaba para la Iglesia, llamada a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de pastoral, abiertas a una presencia m√°s amplia del laicado.

Entre los emigrantes

La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pas√©, sin embargo, en B√©lgica. Durante el mes de septiembre estuve al frente de la misi√≥n cat√≥lica polaca, entre los mineros, en las cercan√≠as de Charleroi. Fue una experiencia muy fruct√≠fera. Por primera vez visit√© una mina de carb√≥n y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reun√≠a con la juventud y los ni√Īos, acogido siempre con benevolencia y cordialidad, como cuando estaba en la Solvay.

La figura de San Juan María Vianney

En el camino de regreso de B√©lgica a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoci√≥n visit√© la vieja iglesita donde San Juan Mar√≠a Vianney confesaba, ense√Īaba el catecismo y predicaba sus homil√≠as. Fue para m√≠ una experiencia inolvidable. Desde los a√Īos del seminario hab√≠a quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biograf√≠a escrita por Mons. Trochu. San Juan Mar√≠a Vianney sorprende en especial porque en √©l se manifiesta el poder de la gracia que act√ļa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al d√≠a, comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, hab√≠a logrado, en un dif√≠cil per√≠odo hist√≥rico, provocar una especie de revoluci√≥n espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.

Del encuentro con su figura llegu√© a la convicci√≥n de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misi√≥n en el confesionario, por medio de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y despu√©s en Cracovia, volv√≠a con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He procurado mantener siempre el v√≠nculo con el confesionario tanto durante los trabajos cient√≠ficos en Cracovia, confesando sobre todo en la Bas√≠lica de la Asunci√≥n de la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a, como ahora en Roma, aunque sea de modo casi simb√≥lico, volviendo cada a√Īo al confesionario el Viernes Santo en la Bas√≠lica de San Pedro.

Un "gracias" sincero

No puedo terminar estas consideraciones sin expresar un cordial agradecimiento a todos los componentes del Colegio Belga de Roma, a los Superiores y a los compa√Īeros de entonces, muchos de los cuales ya han fallecido; en particular al Rector, P. Maximilien de Furstenberg, que despu√©s fue cardenal. ¬Ņ¬°C√≥mo no recordar que, durante el c√≥nclave, en 1978, el Cardenal de Furstenberg, en un determinado momento, me dijo estas significativas palabras: Dominus adest et vocat te. Era como una misteriosa alusi√≥n a la culminaci√≥n de su trabajo formativo, come Rector del Colegio Belga, en favor de mi sacerdocio.

El regreso a Polonia

A principios de julio de 1948 defend√≠ la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente despu√©s me puse en camino de regreso a Polonia. He aludido antes a que en los dos a√Īos de permanencia en la Ciudad Eterna hab√≠a "aprendido" intensamente Roma: la Roma de las catacumbas, la Roma de los m√°rtires, la Roma de Pedro y Pablo, la Roma de los confesores. Vuelvo a menudo a aquellos a√Īos con la memoria llena de emoci√≥n. Al regresar llevaba conmigo no s√≥lo un mayor bagaje de cultura teol√≥gica, sino tambi√©n. la consolidaci√≥n de mi sacerdocio y la profundizaci√≥n de mi visi√≥n de la Iglesia. Aquel per√≠odo de intenso estudio junto a las Tumbas de los Ap√≥stoles me hab√≠a dado tanto desde todos los puntos de vista.

Ciertamente podr√≠a a√Īadir muchos otros detalles acerca de esta experiencia decisiva. Prefiero, sin embargo, resumirlo todo diciendo que gracias a Roma mi sacerdocio se hab√≠a enriquecido con una dimensi√≥n europea y universal. Regresaba de Roma a Cracovia con el sentido de la universalidad de la misi√≥n sacerdotal, que ser√≠a magistralmente expresado por el Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constituci√≥n dogm√°tica sobre la Iglesia Lumen gentium. No s√≥lo el obispo, sino tambi√©n cada sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y sentirse, de alg√ļn modo, responsable de ella.

VI
NIEGOWIC: UNA PARROQUIA RURAL

Apenas llegado a Cracovia, encontr√© en la Curia Metropolitana el primer "destino'', la llamada ¬ęaplikata¬Ľ. El arzobispo estaba entonces en Roma, pero me hab√≠a dejado por escrito su decisi√≥n. Acept√© el cargo con alegr√≠a. Me inform√© enseguida de c√≥mo llegar a Niegowic y me preocup√© por estar all√≠ el d√≠a se√Īalado. Fui desde Cracovia a Gdow en autob√ļs, desde all√≠ un campesino me llev√≥ en carreta a la campi√Īa de Marszowice y despu√©s me aconsej√≥ caminar a pie por un atajo a trav√©s de los campos. Divisaba a lo lejos la iglesia de Niegowic. Era el tiempo de la cosecha. Caminaba entre los campos de trigo con las mieses en parte ya cosechadas, en parte a√ļn ondeando al viento. Cuando llegu√© finalmente al territorio de la parroquia de Niegowic, me arrodill√© y bes√© la tierra. Hab√≠a aprendido este gesto de San Juan Mar√≠a Viarmey. En la iglesia me detuve ante el Sant√≠simo Sacramento; despu√©s me present√© al p√°rroco, Mons. Kazimierz Buzala, arcipreste de Niepolomice y p√°rroco de Niegowic, quien me acogi√≥ muy cordialmente y despu√©s de un breve coloquio me mostr√≥ la habitaci√≥n del vicario.

As√≠ empez√≥ el trabajo pastoral en mi primera parroquia. Dur√≥ un a√Īo y consist√≠a en las funciones t√≠picas de un vicario y profesor de religi√≥n. Se me confiaron cinco escuelas elementales en las campi√Īas pertenecientes a la parroquia de Niegowic. All√≠ me llevaban en un peque√Īo carro o en la calesa. Recuerdo la cordialidad de los maestros y de los feligreses. Los grupos eran muy diversos entre s√≠: algunos bien educados y tranquilos, otros muy vivaces. A√ļn hoy me sucede que vuelvo con el pensamiento al recogido silencio que reinaba en las clases, cuando, durante la cuaresma, hablaba de la pasi√≥n del Se√Īor.

En ese tiempo la parroquia de Niegowic se preparaba para la celebración del quincuagésimo aniversario de la Ordenación sacerdotal del párroco. Como la vieja iglesia era ya inadecuada para las necesidades pastorales, los feligreses decidieron que el regalo más hermoso para el homenajeado sería la construcción de un nuevo templo. Pero yo fui trasladado pronto de aquella agradable comunidad.

En San Flori√°n de Cracovia

En efecto, despu√©s de un a√Īo fui destinado a la parroquia de San Flori√°n de Cracovia. El p√°rroco, Mons. Tadeusz Kurowski, me encarg√≥ la catequesis en los cursos superiores del instituto y la acci√≥n pastoral entre los estudiantes universitarios. La pastoral universitaria de Cracovia ten√≠a entonces su centro en la iglesia de Santa Ana, pero con el desarrollo de nuevas facultades se sinti√≥ la necesidad de crear una nueva sede precisamente en la parroquia de San Flori√°n. Comenc√© all√≠ las conferencias para la juventud universitaria; las ten√≠a todos los jueves y trataban de los problemas fundamentales sobre la existencia de Dios y la espiritualidad del alma humana, temas de particular impacto en el contexto del ate√≠smo militante, propio del r√©gimen comunista.

El trabajo científico

Durante las vacaciones de 1951, despu√©s de dos a√Īos de trabajo en la parroquia de San Flori√°n, el Arzobispo Eugeniusz Baziak, que hab√≠a sucedido en el gobierno de la Archidi√≥cesis de Cracovia al Cardenal Sapieha, me orient√≥ hacia la labor cient√≠fica. Deb√≠ prepararme para la habilitaci√≥n a la ense√Īanza p√ļblica de la √©tica y de la teolog√≠a moral. Esto supuso una reducci√≥n del trabajo pastoral, tan querido por m√≠. Me cost√≥, pero desde entonces me preocup√© de que la dedicaci√≥n al estudio cient√≠fico de la teolog√≠a y de la filosof√≠a no me indujera a "olvidarme'' de ser sacerdote; mas bien deb√≠a ayudarme a serlo cada vez m√°s.

VII
¬°GRACIAS IGLESIA QUE EST√ĀS EN POLONIA!

En este testimonio jubilar tengo que expresar mi gratitud a toda la Iglesia polaca, en cuyo seno naci6 y maduró mi sacerdocio. Es una Iglesia con una herencia milenaria de fe; una Iglesia que ha engendrado a lo largo de los siglos numerosos santos y beatos, y está confiada al patrocinio de dos Santos Obispos y Mártires, Wojciech y Stanislaw. Es una Iglesia profundamente unida al pueblo y a su cultura; una Iglesia que siempre ha sostenido y defendido al pueblo, especialmente en los momentos trágicos de su historia. Es también una Iglesia que en este siglo ha sido duramente probada: ha tenido que sostener una lucha dramática por la supervivencia contra dos sistemas totalitarios: contra el régimen inspirado en la ideología nazi durante la segunda guerra mundial; y después, en los largos decenios de la posguerra, contra la dictadura comunista y su ateísmo militante.

De ambas pruebas ha salido victoriosa, gracias al sacrificio de obispos, sacerdotes y de numerosos laicos; gracias a la familia polaca "fuerte en Dios". Entre los obispos del período bélico he de mencionar la figura inquebrantable del Príncipe Metropolitano de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, y entre los del período de la posguerra, la figura del siervo de Dios Cardenal Stefan Wyszynski. Es una Iglesia que ha defendido al hombre, su dignidad y sus derechos fundamentales, una Iglesia que ha luchado valientemente por el derecho de los fieles a profesar su fe. Una Iglesia extraordinariamente dinámica, a pesar de las dificultades y los obstáculos que se interponían en el camino.

En este intenso clima espiritual se fue desarrollando mi misi6n de sacerdote y de obispo. He podido conocer, por decirlo as√≠, desde dentro, los dos sistemas totalitarios que han marcado tr√°gicamente nuestro siglo: el nazismo de una parte, con los horrores de la guerra y de los campos de concentraci√≥n, y el comunismo, de otra, con su r√©gimen de opresi√≥n y de terror. Es f√°cil comprender mi sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida. Es una sensibilidad que se form√≥ en los primeros a√Īos de sacerdocio y se ha afianzado con el tiempo. Es f√°cil entender tambi√©n mi preocupaci√≥n por la familia y por la juventud: todo esto ha crecido en m√≠ de forma org√°nica gracias a aquellas dram√°ticas experiencias.

El presbiterio de Cracovia

En el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal me dirijo con el pensamiento de modo particular al presbiterio de la Iglesia de Cracovia, del cual he sido miembro como sacerdote y después cabeza como Arzobispo. Me vienen a la memoria tantas figuras eminentes de párrocos y vicarios. Sería demasiado largo mencionarlos a todos uno a uno. A muchos de ellos me unían y me unen vínculos de sincera amistad. Los ejemplos de su santidad y de su celo pastoral han sido para mí de gran edificación. Indudablemente han tenido una influencia profunda sobre mi sacerdocio. De ellos he aprendido qué quiere decir en concreto ser pastor.

Estoy profundamente convencido del papel decisivo que el presbiterio diocesano tiene en la vida personal de todo sacerdote. La comunidad de sacerdotes, basada en una verdadera fraternidad sacramental, constituye un ambiente de primera importancia para la formaci√≥n espiritual y pastoral. El sacerdote, por principio, no puede prescindir de la misma. Le ayuda a crecer en la santidad y constituye un apoyo seguro en las dificultades. ¬ŅC√≥mo no expresar, con ocasi√≥n de mi jubileo de oro, mi gratitud a los sacerdotes de la Archidi√≥cesis de Cracovia por su contribuci√≥n a mi sacerdocio?

El don de los laicos

Estos d√≠as pienso tambi√©n en todos los laicos que el Se√Īor me ha hecho encontrar en mi misi√≥n de sacerdote y de obispo. Han sido para m√≠ un don singular, por el cual no ceso de dar gracias a la Providencia. Son tan numerosos que no es posible citarlos a todos por su nombre, pero los llevo a todos en el coraz√≥n, porque cada uno de ellos ha ofrecido su propia aportaci√≥n a la realizaci√≥n de mi sacerdocio. En cierto modo me han indicado el camino, ayud√°ndome a comprender mejor mi ministerio y a vivirlo en plenitud. Ciertamente, de los frecuentes contactos con los laicos siempre he sacado mucho provecho. Entre ellos hab√≠a simples obreros, hombres dedicados a la cultura y al arte, grandes cient√≠ficos. De estos encuentros han nacido cordiales amistades, muchas de las cuales perduran a√ļn. Gracias a ellos mi acci√≥n pastoral se ha multiplicado, superando barreras y penetrando en ambientes que de otro modo hubieran sido muy dif√≠ciles de alcanzar.

En verdad, me ha acompa√Īado siempre la profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia. Cuando el Concilio Vaticano II habl√≥ de la vocaci√≥n y misi√≥n de los laicos en la Iglesia y en el mundo, pude experimentar una gran alegr√≠a: lo que el Concilio ense√Īaba respond√≠a a las convicciones que hab√≠an guiado mi acci√≥n desde los primeros a√Īos de mi ministerio sacerdotal.

VIII
¬ŅQUI√ČN ES EL SACERDOTE?

En este testimonio personal no puedo limitarme al recuerdo de los acontecimientos y de las personas, sino que quisiera ir m√°s all√° para fijar la mirada mas profundamente, como para escrutar el misterio que desde hace cincuenta a√Īos me acompa√Īa y me envuelve.

¬ŅQu√© significa ser sacerdote? Seg√ļn San Pablo significa ante todo ser administrador de los misterios de Dios: "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles'' (1 Co 4, 1-2). La palabra "administrador" no puede ser sustituida por ninguna otra. Est√° basada profundamente en el Evangelio: recu√©rdese la par√°bola del administrador fiel y del infiel (cf. Lc 12, 41-48). El administrador no es el propietario, sino aquel a quien el propietario conf√≠a sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad. Precisamente por eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvaci√≥n para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto, es el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del "misterio de la fe''. Por medio de la fe accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redenci√≥n del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios. Nadie puede considerarse "propietario'' de estos bienes. Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha establecido.

Admirabile commercium!

La vocación sacerdotal es un misterio. Es el misterio de un "maravilloso intercambio" -admirabile commercium- entre Dios y el hombre. Este ofrece a Cristo su humanidad para que El pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo. Si no se percibe el misterio de este "intercambio" no se logra entender como puede suceder que un joven, escuchando la palabra ''¡sígueme!'', llegue a renunciar a todo por Cristo, en la certeza de que por este camino su personalidad humana se realizará plenamente.

¬ŅHay en el mundo una realizaci√≥n m√°s grande de nuestra humanidad que poder representar cada d√≠a in persona Christi el Sacrificio redentor, el mismo que Cristo llev√≥ a cabo en la Cruz? En este Sacrificio, por una parte, est√° presente del modo m√°s profundo el mismo Misterio trinitario, y por otra est√° como "recapitulado'' todo el universo creado (cf. Ef 1, 10). La Eucarist√≠a se realiza tambi√©n para ofrecer "sobre el altar de la tierra entera el trabajo y el sufrimiento del mundo'', seg√ļn una bella expresi√≥n de Teilhard de Chardin. He ah√≠ por qu√©, en la acci√≥n de gracias despu√©s de la Santa Misa, se recita tambi√©n el C√°ntico de los tres j√≥venes del Antiguo Testamento: Benedicite omnia opera Domini Domino... En efecto, en la Eucarist√≠a todas las criaturas visibles e invisibles, y en particular el hombre, bendicen a Dios como Creador y Padre y lo bendicen con las palabras y la acci√≥n de Cristo, Hijo de Dios.

Sacerdote y Eucaristía

"Yo te bendigo, Padre, Se√Īor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a peque√Īos (...) Nadie conoce qui√©n es el Hijo sino el Padre; y qui√©n es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc 10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduci√©ndonos en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos tambi√©n al misterio de la Eucarist√≠a. En ella el Hijo consustancial al Padre, Aquel que s√≥lo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de s√≠ mismo por la humanidad y por toda la creaci√≥n. En la Eucarist√≠a Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene. Se realiza as√≠ un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el Creador. Es preciso que el hombre de honor al Creador ofreciendo, en una acci√≥n de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente √©l, entre todas las otras realidades terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus l√≠mites de criatura y el pecado que lo marca, el hombre no ser√≠a capaz de realizar este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta iniciativa eucar√≠stica.

El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es El quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida.

In persona Christi

Las palabras que repetimos al final del Prefacio -"Bendito el que viene en nombre del Se√Īor...''- nos llevan a los acontecimientos dram√°ticos del Domingo de Ramos. Cristo va a Jerusal√©n para afrontar el sacrificio cruento del Viernes Santo. Pero el d√≠a anterior, durante la Ultima Cena, instituye el sacramento de este sacrificio. Pronuncia sobre el pan y sobre el vino las palabras de la consagraci√≥n: "Esto es mi Cuerpo que ser√° entregado por vosotros (...) Este es el c√°liz de mi Sangre, de la nueva y eterna alianza, que ser√° derramada por vosotros y por todos los hombres para el perd√≥n de los pecados. Haced esto en conmemoraci√≥n m√≠a''.

¬ŅQu√© "conmemoraci√≥n"? Sabemos que a esta palabra hay que darle un sentido fuerte, que va m√°s all√° del simple recuerdo hist√≥rico. Estamos en el orden del "memorial" b√≠blico, que hace presente el acontecimiento mismo. ¬°Es memoria-presencia! El secreto de este prodigio es la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, que el sacerdote invoca mientras extiende las manos sobre los dones del pan y del vino: "Santifica estos dones con la efusi√≥n de tu Esp√≠ritu de manera que sean para nosotros el Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Se√Īor". As√≠ pues, no s√≥lo el sacerdote recuerda los acontecimientos de la Pasi√≥n, Muerte y Resurrecci√≥n de Cristo, sino que el Esp√≠ritu Santo hace que estos se realicen sobre el altar a trav√©s del ministerio del sacerdote. Este act√ļa verdaderamente in persona Christi. Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la Cruz, y que precedentemente ha establecido como sacramento en el Cen√°culo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Esp√≠ritu Santo. En este momento el sacerdote est√° como envuelto por el poder del Esp√≠ritu Santo y las palabras que dice adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo durante la Ultima Cena.

Mysterium fidei

Durante la Santa Misa, despu√©s de la transubstanciaci√≥n, el sacerdote pronuncia las palabras: Mysterium fidei, ¬°Misterio de la fe! Son palabras que se refieren obviamente a la Eucarist√≠a. Sin embargo, en cierto modo, conciernen tambi√©n al sacerdocio. No hay Eucarist√≠a sin sacerdocio, como no hay sacerdocio sin Eucarist√≠a. No s√≥lo el sacerdocio ministerial est√° estrechamente vinculado a la Eucarist√≠a; tambi√©n el sacerdocio com√ļn de todos los bautizados tiene su ra√≠z en este misterio. A las palabras del celebrante los fieles responden: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrecci√≥n, ven Se√Īor Jes√ļs''. Participando en el Sacrificio eucar√≠stico los fieles se convierten en testigos de Cristo crucificado y resucitado, comprometi√©ndose a vivir su triple misi√≥n -sacerdotal, prof√©tica y real- de la que est√°n investidos desde el Bautismo, como ha recordado el Concilio Vaticano II.

El sacerdote, como administrador de los ''misterios de Dios", est√° al servicio del sacerdocio com√ļn de los fieles. Es √©l quien, anunciando la Palabra y celebrando los sacramentos, especialmente la Eucarist√≠a, hace cada vez m√°s consciente a todo el Pueblo de Dios su participaci√≥n en el sacerdocio de Cristo, y al mismo tiempo lo mueve a realizarla plenamente. Cuando, despu√©s de la transubstanciaci√≥n, resuena la expresi√≥n: Mysterium fidei, todos son invitados a darse cuenta de la particular densidad existencial de este anuncio, con referencia al misterio de Cristo, de la Eucarist√≠a y del Sacerdocio.

¬ŅNo encuentra aqu√≠, tal vez, su motivaci√≥n m√°s profunda la misma vocaci√≥n sacerdotal? Una motivaci√≥n que est√° totalmente presente en el momento de la Ordenaci√≥n, pero que espera ser interiorizada y profundizada a lo largo de toda la existencia. S√≥lo as√≠ el sacerdote puede descubrir en profundidad la gran riqueza que le ha sido confiada. Cincuenta a√Īos despu√©s de mi Ordenaci√≥n puedo decir que el sentido del propio sacerdocio se redescubre cada d√≠a m√°s en ese Mysterium fidei. Esta es la magnitud del don del sacerdocio y es tambi√©n la medida de la respuesta que requiere tal don. ¬°El don es siempre m√°s grande! Y es hermoso que sea as√≠. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y tambi√©n una tarea: ¬°siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio.

Cristo, Sacerdote y Víctima

A trav√©s de las Letan√≠as que hab√≠a costumbre de recitar en el seminario de Cracovia, especialmente la v√≠spera de la Ordenaci√≥n presbiteral, he tenido siempre presente la verdad sobre el sacerdocio de Cristo. Me refiero a las Letan√≠as a Cristo Sacerdote y V√≠ctima. ¬°Qu√© profundos pensamientos provocaban en m√≠! En el sacrificio de la Cruz, representado y actualizado en cada Eucarist√≠a, Cristo se ofrece a s√≠ mismo para la salvaci√≥n del mundo. Las invocaciones lit√°nicas recorren los diversos aspectos del misterio. Me recuerdan el simbolismo evocador de las im√°genes b√≠blicas que est√°n entretejidas. Me vienen a los labios en lat√≠n, como las he recitado en el seminario y despu√©s tantas veces en los a√Īos sucesivos:

Iesu, Sacerdos et Victima,

Iesu, Sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, ...

Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte,

Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, ...

Iesu, Pontifex futurorum bonorum, ...

Iesu, Pontifex fidelis et misericors, ...

Iesu, Pontifex qui dilexisti nos et lavisti nos a peccatis in sanguine tuo, ...

Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum Deo oblationem et hostiam, ...

Iesu, Hostia sancta et immaculata, ...

Iesu, Hostia in qua habemus fiduciam et accessum ad Deum, ...

Iesu, Hostia vivens in saecula saeculorum.

(EI texto completo de las Letanías se encuentra en el Apéndice)

¬°Cu√°nta riqueza teol√≥gica hay en estas expresiones! Se trata de letan√≠as profundamente basadas en la Sagrada Escritura, sobre todo en la Carta a los Hebreos. Es suficiente releer este pasaje: "Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, (...) penetr√≥ en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabr√≠os ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redenci√≥n eterna. Pues si la sangre de machos cabr√≠os y de toros (...) santifica con su aspersi√≥n a los contaminados, en orden a la purificaci√≥n de la carne, ¬°cu√°nto m√°s la sangre de Cristo, que por el Esp√≠ritu Eterno se ofreci√≥ a s√≠ mismo sin tacha a Dios, purificar√° de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9, 11-14). Cristo es sacerdote porque es el Redentor del mundo. En el misterio de la Redenci√≥n se inscribe el sacerdocio de todos los presb√≠teros. Esta verdad sobre la Redenci√≥n y sobre el Redentor est√° enraizada en el centro mismo de mi conciencia, me ha acompa√Īado en todos estos a√Īos, ha impregnado todas mis experiencias pastorales y me ha mostrado contenidos siempre nuevos. En estos cincuenta a√Īos de vida sacerdotal me he dado cuenta de que la Redenci√≥n, el precio que deb√≠a pagarse por el pecado, lleva consigo tambi√©n un renovado descubrimiento, coma una "nueva creaci√≥n", de todo lo que ha sido creado: el redescubrimiento del hombre como persona, del hombre creado por Dios var√≥n y mujer, el redescubrimiento, en su verdad profunda, de todas las obras del hombre, de su cultura y civilizaci√≥n, de todas sus conquistas y actuaciones creativas. Despu√©s de mi elecci√≥n como Papa, mi primer impulso espiritual fue dirigirme a Cristo Redentor. Naci√≥ as√≠ la Enc√≠clica Redemptor hominis. Reflexionando sobre todo este proceso veo cada vez mejor la √≠ntima relaci√≥n que hay entre el mensaje de esta Enc√≠clica y todo lo que se inscribe en el coraz√≥n del hombre por la participaci√≥n en el sacerdocio de Cristo.

IX
SER SACERDOTE HOY

Cincuenta a√Īos de sacerdocio no son pocos. ¬°Cu√°ntas cosas han sucedido en este medio siglo de historia! Han surgido nuevos problemas, nuevos estilos de vida, nuevos desaf√≠os. Viene espont√°neo preguntarse: ¬Ņqu√© supone ser sacerdote hoy, en este escenario en continuo movimiento mientras nos encaminamos hacia el tercer Milenio?

No hay duda de que el sacerdote, con toda la Iglesia, camina con su tiempo, y es oyente atento y ben√©volo, pero a la vez cr√≠tico y vigilante, de lo que madura en la historia. El Concilio ha mostrado como es posible y necesaria una aut√©ntica renovaci√≥n, en plena fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradici√≥n. Pero m√°s all√° de la debida renovaci√≥n pastoral, estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ning√ļn miedo de estar "fuera de su tiempo", porque el "hoy" humano de cada sacerdote est√° insertado en el "hoy" de Cristo Redentor. La tarea m√°s grande para cada sacerdote en cualquier √©poca es descubrir d√≠a a d√≠a este "hoy" suyo sacerdotal en el "hoy" de Cristo, aquel "hoy" del que habla la Carta a los Hebreos. Este "hoy" de Cristo est√° inmerso en toda la historia, en el pasado y en el futuro del mundo, de cada hombre y de cada sacerdote. "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo ser√° siempre'' (Hb 13,8). As√≠ pues, si estamos inmersos con nuestro "hoy'' humano y sacerdotal en el "hoy" de Cristo, no hay peligro de quedarse en el "ayer", retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En su "hoy" divino-humano y sacerdotal se supera de ra√≠z toda oposici√≥n -antes tan discutida- entre el "tradicionalismo" y el "progresismo''.

Las aspiraciones profundas del hombre

Si se analizan las aspiraciones del hombre contempor√°neo en relaci√≥n con el sacerdote se ver√° que, en el fondo, hay en el mismo una sola y gran aspiraci√≥n: tiene sed de Cristo. El resto -lo que necesita a nivel econ√≥mico, social y pol√≠tico- lo puede pedir a muchos otros. ¬°Al sacerdote se le pide Cristo! Y de √©l tiene derecho a esperarlo, ante todo mediante el anuncio de la Palabra. Los presb√≠teros -ense√Īa el Concilio- "tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios'' (Presbyterorum Ordinis, 4). Pero el anuncio tiende a que el hombre encuentre a Jes√ļs, especialmente en el misterio eucar√≠stico, coraz√≥n palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en relaci√≥n con el Cuerpo eucar√≠stico de Cristo. De este modo es el administrador del bien m√°s grande de la Redenci√≥n porque da a los hombres el Redentor en persona. Celebrar la Eucarist√≠a es la misi√≥n m√°s sublime y m√°s sagrada de todo presb√≠tero. Y para m√≠, desde los primeros a√Īos de sacerdocio, la celebraci√≥n de la Eucarist√≠a ha sido no s√≥lo el deber m√°s sagrado, sino sobre todo la necesidad m√°s profunda del alma.

Ministro de la misericordia

Como administrador del sacramento de la Reconciliación, el sacerdote cumple el mandato de Cristo a los Apóstoles después de su resurrección: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos'' (Jn 20, 22-23). ¡El sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina! ¡Qué importante es en su vida el servicio en el confesionario! Precisamente en el confesionario se realiza del modo más pleno su paternidad espiritual. En el confesionario cada sacerdote se convierte en testigo de los grandes prodigios que la misericordia divina obra en el alma que acepta la gracia de la conversión. Es necesario, no obstante, que todo sacerdote al servicio de los hermanos en el confesionario tenga él mismo la experiencia de esta misericordia de Dios a través de la propia confesión periódica y de la dirección espiritual.

Administrador de los misterios divinos, el sacerdote es un especial testigo del Invisible en el mundo. En efecto, es administrador de bienes invisible e inconmensurables que pertenecen al orden espiritual y sobrenatural.

Un hombre en contacto con Dios

Como administrador de tales bienes, el sacerdote est√° en permanente y especial contacto con la santidad de Dios. "¬° Santo, Santo, Santo es el Se√Īor, Dios del universo! Los cielos y la tierra est√°n llenos de tu gloria''. La majestad de Dios es la majestad de la santidad. En el sacerdocio el hombre es como elevado a la esfera de esta santidad, de alg√ļn modo llega a las alturas en las que una vez fue introducido el profeta Isa√≠as. Y precisamente de esa visi√≥n prof√©tica se hace eco la liturgia eucar√≠stica: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis.

Al mismo tiempo, el sacerdote vive todos los días, continuamente, el descenso de esta santidad de Dios hacia el hombre: benedictus qui venit in nomine Domini. Con estas palabras las multitudes de Jerusalén aclamaban a Cristo que llegaba a la ciudad para ofrecer el sacrificio por la redención del mundo. La santidad trascendente, de alguna manera "fuera del mundo" llega a ser en Cristo la santidad "dentro del mundo". Es la santidad del Misterio pascual.

Llamado a la santidad

En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico. Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!

La cura animarum

En mi ya larga experiencia, a trav√©s de situaciones tan diversas, me he afianzado en la convicci√≥n de que s√≥lo desde el terreno de la santidad sacerdotal puede desarrollarse una pastoral eficaz, una verdadera "cura animarum". El aut√©ntico secreto de los √©xitos pastorales no est√° en los medios materiales, y menos a√ļn en la "riqueza de medios''. Los frutos duraderos de los esfuerzos pastorales nacen de la santidad del sacerdote. ¬°Este es su fundamento! Naturalmente son indispensables la formaci√≥n, el estudio y la actualizaci√≥n; en definitiva. una preparaci√≥n adecuada que capacite para percibir las urgencias y definir las prioridades pastorales. Sin embargo, se podr√≠a afirmar que las prioridades dependen tambi√©n de las circunstancias, y que cada sacerdote ha de precisarlas y vivirlas de acuerdo con su obispo y en armon√≠a con las orientaciones de la Iglesia universal. En mi vida he descubierto estas prioridades en el apostolado de los laicos, de modo especial en la pastoral familiar -campo en el que los mismos laicos me han ayudado mucho-, en la atenci√≥n a los j√≥venes y en el di√°logo intenso con el mundo de la ciencia y de la cultura. Todo esto se ha reflejado en mi actividad cient√≠fica y literaria. Surgi√≥ as√≠ el estudio Amor y responsabilidad y, entre otras cosas, una obra literaria: El taller del orfebre, con el subt√≠tulo Meditaciones sobre el sacramento del matrimonio.

Una prioridad ineludible es hoy la atenci√≥n preferencial a los pobres, los marginados y los emigrantes. Para ellos el sacerdote debe ser verdaderamente un "padre". Ciertamente los medios materiales son indispensables, como los que nos ofrece la moderna tecnolog√≠a. Sin embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del sacerdote que se expresa en la oraci√≥n y en la meditaci√≥n, en el esp√≠ritu de sacrificio y en el ardor misionero. Cuando pienso en los a√Īos de mi servicio pastoral como sacerdote y como obispo, m√°s me convenzo de lo verdadero y fundamental que es esto.

Hombre de la Palabra

Me he referido ya al hecho de que para ser gu√≠a aut√©ntico de la comunidad, verdadero administrador de los misterios de Dios, el sacerdote est√° llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva evangelizaci√≥n'', se ve a√ļn m√°s esta urgencia.

Despu√©s de tantos a√Īos de ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto peregrino por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas consideraciones a esta dimensi√≥n de la vida sacerdotal. Una dimensi√≥n exigente, ya que los hombres de hoy esperan del sacerdote antes que la palabra "anunciada" la palabra "vivida". El presb√≠tero debe "vivir de la Palabra''. Pero al mismo tiempo, se ha de esforzar por estar tambi√©n intelectualmente preparado para conocerla a fondo y anunciarla eficazmente. En nuestra √©poca, caracterizada por un alto nivel de especializaci√≥n en casi todos los sectores de la vida, la formaci√≥n intelectual es muy importante. Esta hace posible entablar un di√°logo intenso y creativo con el pensamiento contempor√°neo. Los estudios human√≠sticos y filos√≥ficos y el conocimiento de la teolog√≠a son los caminos para alcanzar esta formaci√≥n intelectual, que deber√° ser profundizada durante toda la vida. El estudio, para ser aut√©nticamente formativo, tiene necesidad de estar acompa√Īado siempre por la oraci√≥n, la meditaci√≥n, la s√ļplica de los dones del Esp√≠ritu Santo: la sabidur√≠a, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios. Santo Tom√°s de Aquino explica como, con los dones del Esp√≠ritu Santo, todo el organismo espiritual del hombre se hace sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y tambi√©n a la inspiraci√≥n del amor. La s√ļplica de los dones del Esp√≠ritu Santo me ha acompa√Īado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora.

Profundización científica

Ciertamente, como ense√Īa el mismo Santo Tom√°s, la "ciencia infusa", que es fruto de una intervenci√≥n especial del Esp√≠ritu Santo, no exime del deber de procurarse la "ciencia adquirida".

Por lo que a m√≠ respecta, como he dicho antes, inmediatamente despu√©s de la ordenaci√≥n sacerdotal fui enviado a Roma para perfeccionar los estudios. M√°s tarde, por decisi√≥n de mi obispo, tuve que ocuparme de la ciencia como profesor de √©tica en la Facultad teol√≥gica de Cracovia y en la Universidad Cat√≥lica de Lublin. Fruto de estos estudios fueron el doctorado sobre San Juan de la Cruz y despu√©s la tesis sobre Max Scheler para la ense√Īanza libre: m√°s en concreto, sobre la aportaci√≥n que su sistema √©tico de tipo fenomenol√≥gico puede dar a la formaci√≥n de la teolog√≠a moral. Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigaci√≥n. Sobre mi precedente formaci√≥n aristot√©lico-tomista se injertaba as√≠ el m√©todo fenomenol√≥gico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro "Persona y acci√≥n De este modo me he introducido en la corriente contempor√°nea del personalismo filos√≥fico, cuyo estudio ha tenido repercusi√≥n en los frutos pastorales. A menudo constato que muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan durante los encuentros con las personas, individualmente o en los encuentros con las multitudes de fieles con ocasi√≥n de los viajes apost√≥1icos. Esta formaci√≥n en el horizonte cultural del personalismo me ha dado una conciencia m√°s profunda de c√≥mo cada uno es una persona √ļnica e irrepetible, y considero que esto es muy importante para todo sacerdote.

El di√°logo con el pensamiento contempor√°neo

Gracias a los encuentros y coloquios con naturalistas, f√≠sicos, bi√≥logos y tambi√©n con historiadores, he aprendido a apreciar la importancia de las otras ramas del saber relativas a las materias cient√≠ficas, desde las cuales se puede llegar a la verdad partiendo de perspectivas diversas. Es preciso, pues, que el esplendor de la verdad -Veritatis Splendor- las acompa√Īe continuamente, permitiendo a los hombres encontrarse, intercambiar las reflexiones y enriquecerse rec√≠procamente. He tra√≠do conmigo desde Cracovia a Roma la tradici√≥n de encuentros interdisciplinares peri√≥dicos, que tienen lugar de modo regular durante el verano en Castel Gandolfo. Trato de ser fiel a esta buena costumbre.

"Labia sacerdotum scientiam custodiant..." (cf. Ml 2, 7). Me gusta recordar estas palabras del profeta Malaqu√≠as, citadas en las Letan√≠as a Cristo Sacerdote y V√≠ctima, porque tienen una especie de valor program√°tico para quien est√° llamado a ser ministro de la Palabra. Este debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido m√°s alto y religioso del t√©rmino. Debe poseer y transmitir la "ciencia de Dios" que no es s√≥lo un dep√≥sito de verdades doctrinales, sino experiencia personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de Juan en la gran oraci√≥n sacerdotal: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el √ļnico Dios verdadero, y al que t√ļ has enviado, Jesucristo" (17, 3).

X
A LOS HERMANOS EN EL SACERDOCIO

Al concluir este testimonio sobre mi vocaci√≥n sacerdotal, deseo dirigirme a todos los Hermanos en el sacerdocio: ¬°a todos sin excepci√≥n! Lo hago con las palabras de San Pedro: "Hermanos, poned el mayor empe√Īo en afianzar vuestra vocaci√≥n y vuestra elecci√≥n. Obrando as√≠ nunca caer√©is" (2 Pe I, 10). ¬°Amad vuestro sacerdocio! ¬°Sed fieles hasta el final! Sabed ver en √©l aquel tesoro evang√©lico por el cual vale la pena darlo todo (cf. Mt 13, 44).

De modo particular me dirijo a aquellos de entre vosotros que viven un período de dificultad o incluso de crisis de su vocación. Quisiera que este testimonio personal mío -testimonio de sacerdote y de Obispo de Roma, que celebra las Bodas de Oro de la Ordenación- fuese para vosotros una ayuda y una invitación a la fidelidad. He escrito esto pensando en cada uno de vosotros, abrazándoos a todos con la oración.

Pupilla oculi

He pensado también en tantos jóvenes seminaristas que se preparan al sacerdocio. ¡Cuantas veces un obispo va con la mente y el corazón al seminario! Este es el primer objeto de sus preocupaciones. Se suele decir que el seminario es para un obispo la "pupila de sus ojos". El hombre defiende las pupilas de sus ojos porque le permiten ver. Así, en cierto modo, el obispo ve su Iglesia a través del seminario, porque de las vocaciones sacerdotales depende gran parte de la vida eclesial. La gracia de numerosas y santas vocaciones sacerdotales le permite mirar con confianza el futuro de su misión.

Digo esto bas√°ndome en los muchos a√Īos de mi experiencia episcopal. Fui nombrado obispo doce a√Īos despu√©s de mi Ordenaci√≥n sacerdotal: buena parte de estos cincuenta a√Īos ha estado precisamente marcada por la preocupaci√≥n por las vocaciones. La alegr√≠a del obispo es grande cuando el Se√Īor da vocaciones a su Iglesia; su falta, por el contrario, provoca preocupaci√≥n e inquietud. El Se√Īor Jes√ļs ha comparado esta preocupaci√≥n a la del segador: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Due√Īo de la mies que env√≠e obreros a su mies" (Mt 9, 37).

Deo gratias!

No puedo terminar estas reflexiones, en el a√Īo de mis Bodas de Oro sacerdotales sin expresar al Se√Īor de la mies la m√°s profunda gratitud por el don de la vocaci√≥n, por la gracia del sacerdocio, por las vocaciones sacerdotales en todo el mundo. Lo hago en uni√≥n con todos los obispos, que comparten la misma preocupaci√≥n por las vocaciones y sienten la misma alegr√≠a cuando aumenta su n√ļmero. Gracias a Dios, est√° en v√≠as de superaci√≥n una cierta crisis de vocaciones sacerdotales en la Iglesia. Cada nuevo sacerdote trae consigo una bendici√≥n especial: "Bendito el que viene en nombre del Se√Īor''. En efecto, es Cristo mismo quien viene en cada sacerdote. Si San Cipriano ha dicho que el cristiano es "otro Cristo" -Christianus alter Christus-, con mayor raz√≥n se puede decir: Sacerdos alter Christus.

Que Dios mantenga en los sacerdotes una conciencia agradecida y coherente del don recibido, y suscite en muchos jóvenes una respuesta pronta y generosa a su llamada a entregarse sin reservas por la causa del Evangelio. De ello se beneficiarán los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan necesitados de sentido y de esperanza. De ello se alegrará la comunidad cristiana, que podrá afrontar con confianza las incógnitas y desafíos del tercer Milenio que ya está a las puertas.

Que la Virgen María acoja este testimonio mío como una ofrenda filial, para gloria de la Santísima Trinidad. Que la haga fecunda en el corazón de los hermanos en el sacerdocio y de tantos hijos de la Iglesia. Que haga de ella una semilla de fraternidad también para quienes, aun sin compartir la misma fe, me hacen con frecuencia el don de su escucha y del diálogo sincero.

AP√ČNDICE

Letan√≠as de Nuestro Se√Īor Jesucristo Sacerdote y V√≠ctima

Kyrie, eleison ...... Kyrie, eleison

Christe, eleison ...... Christe, eleison

Kyrie, eleison ...... Kyrie, eleison

Christe, audi nos ...... Christe, audi nos

Christe, exaudi nos ...... Christe, exaudi nos

Pater de caelis, Deus, ...... miserere nobis

Fili, Redemptor mundi, Deus, ..... miserere nobis

Spiritus Sancte, Deus, ...... miserere nobis

Sancta Trinitas, unus Deus, ...... miserere nobis

Iesu, Sacerdos et Victima, ...... miserere nobis

Iesu, Sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, ..... miserere nobis

Iesu, Sacerdos quem misit Deus evangelizare pauperibus, .... miserere nobis

Iesu, Sacerdos qui in novissima cena formam sacrificii perennis instituisti, ..... miserere nobis

Iesu, Sacerdos semper vivens ad interpellandum pro nobis, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex quem Pater unxit Spiritu Sancto et virtute, .... miserere nobis

Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, .... miserere nobis

Iesu, Pontifex confessionis nostrae, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex amplioris prae Moysi gloriae, .... miserere nobis

Iesu, Pontifex tabernaculi veri, ... miserere nobis

Iesu, Pontifex futurorum bonorum, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex sancte, innocens et impollute, .... miserere nobis

Iesu, Pontifex fidelis et misericors, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex Dei et animarum zelo succense, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex in aeternum perfecte, ...... miserere nobis

Iesu, Pontifex qui per proprium sanguinem caelos penetrasti, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex qui nobis viam novam initiasti, ..... miserere nobis

Iesu, Pontifex qui dilexisti nos et lavisti nos a peccatis in sanguine tuo, ...... miserere nobis

Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum Deo oblationem et hostiam, ....... miserere nobis

Iesu, Hostia Dei et hominum, ....... miserere nobis

Iesu, Hostia sancta et immaculata, ...... miserere nobis

Iesu, Hostia placabilis, ..... miserere nobis

Iesu, Hostia pacifica, ..... miserere nobis

Iesu, Hostia propitiationis et laudis, ..... miserere nobis

Iesu, Hostia reconciliationis et pacis, ..... miserere nobis

Iesu, Hostia in qua habemus fiduciam et accessum ad Deum, ..... miserere nobis

Iesu, Hostia vivens in saecula saeculorum, ...... miserere nobis

Propitius esto! ...... parce nobis, Iesu

Propitius esto! ..... exaudi nos, Iesu

A temerario in clerum ingressu, ..... libera nos, Iesu

A peccato sacrilegii, ..... libera nos, Iesu

A spiritu incontinentiae, ..... libera nos, Iesu

A turpi quaestu, ...... libera nos, Iesu

Ab omni simoniae labe, ...... libera nos, Iesu

Ab indigna opum ecclesiasticarum dispensatione, ...... libera nos, Iesu

Ab amore mundi eiusque vanitatum, ....... libera nos, Iesu

Ab indigna Mysteriorum tuorum celebratione, ....... libera nos, Iesu

Per aeternum sacerdotium tuum, ...... libera nos, Iesu

Per sanctam unctionem, qua a Deo Patre in sacerdotem constitutus es, ...... libera nos, Iesu

Per sacerdotalem spintum tuum, ...... libera nos, Iesu

Per ministerium illud, quo Patrem tuum super terram clarificasti, ...... libera nos,

Iesu Per cruentam tui ipsius immolationem semel in cruce factam, ...... libera nos, Iesu

Per illud idem sacrificium in altari quotidie renovatum, ...... libera nos, Iesu

Per divinam illam potestatem, quam in sacerdotibus tuis invisibiliter exerces, ...... libera nos, Iesu

Ut universum ordinem sacerdotalem in sancta religione conservare digneris, ...... Te rogamus, audi nos

Ut pastores secundum cor tuum populo tuo providere digneris, ..... Te rogamus, audi nos

Ut illos spiritus sacerdotii tui implere digneris, ..... Te rogamus, audi nos

Ut labia sacerdotum scientiam custodiant, ...... Te rogamus, audi nos

Ut in messem tuam operarios fideles mittere digneris, ..... Te rogamus, audi nos

Ut fideles mysteriorum tuorum dispensatores multiplicare digneris, ..... Te rogamus, audi nos

Ut eis perseverantem in tua voluntate famulatum tribuere digneris, ..... Te rogamus, audi nos

Ut eis in ministerio mansuetudinem, in actione sollertiam et in orationem constantia concedere digneris, ... Te rogamus, audi nos

Ut per eos sanctissimi Sacramenti cultum ubique promovere digneris, ...... Te rogamus, audi nos

Ut qui tibi bene ministraverunt, in gaudium tuum suscipere digneris, ...... Te rogamus, audi nos

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, ...... parce nobis, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, ...... exaudi nos, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, ...... miserere nobis, Domine

Iesu, Sacerdos, ...... audi nos

Iesu, Sacerdos, ...... exaudi nos.

Oremus

Ecclesiae tuae, Deus, sanctificator et custos, suscita in ea per Spiritum tuum idoneos el fideles sanctorum mysteriorum dispensatores, ut eorum ministerio el exemplo christiana plebs in viam salutis te protegente dirigatur. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Deus, qui ministrantibus et ieiunantibus discipulis segregari iussisti Saulum et Barnabam in opus ad quod assumpseras eos, adesto nunc Ecclesiae tuae oranti, et tu, qui omnium corda nosti, ostende quos elegeris in ministerium. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Consultas

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