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Mons. Estanislao Esteban Karlic, Discípulos y misioneros de Jesucristo
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Discípulos y misioneros de Jesucristo

Meditación en la Jornada Espiritual de la Primera Jornada en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe

Tras el rezo de Laudes y la celebración de la Santa Misa tuvo lugar una Jornada espiritual para los participantes en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe . La Jornada se desarrolló en torno a la Meditación que pronunció el Arzobispo Estanislao E. Karlic, titulada Discípulos y misioneros de Jesucristo.

El Evangelio de Nuestro Se√Īor Jesucristo seg√ļn San Mateo termina as√≠: ‚ÄúLos once disc√≠pulos fueron a Galilea, a la monta√Īa donde Jes√ļs los hab√≠a citado. Al verlo, se postraron delante de √©l; sin embargo, algunos todav√≠a dudaron. Acerc√°ndose, Jes√ļs les dijo: ‚ÄúYo he recibido todo poder en el Cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis disc√≠pulos, bautiz√°ndolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo, y ense√Ī√°ndoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo‚ÄĚ (Mt 28, 16-20).

A. Jes√ļs nos llama a la santidad

Estas palabras del Se√Īor Resucitado valen hoy para nosotros. El Santuario de la Virgen Aparecida se convierte en la monta√Īa que Jes√ļs ha indicado para que los disc√≠pulos suyos que peregrinan en Am√©rica Latina y el Caribe se re√ļnan para recibir otra vez su mandato misionero.

Este es un ‚Äútiempo oportuno‚ÄĚ, un ‚Äúkair√≥s‚ÄĚ que el Se√Īor ha determinado para una obra de su gracia para bien de todos nuestros pueblos. Debemos tener conciencia de la cercan√≠a privilegiada de Dios con nosotros en estos d√≠as, y de la magnitud de la obra para la que El nos convoca: la Evangelizaci√≥n de nuestros pueblos.

Todo el universo empieza en Dios. ‚ÄúAl principio Dios cre√≥ el cielo y la tierra‚ÄĚ (Gn 1,1). Y todo empieza en su amor. Dios nos ama primero. ‚ÄúEn esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que √©l nos am√≥... nosotros amemos porque √©l nos am√≥ primero‚ÄĚ - nos dice San Juan (1Jn 4,10.19). Porque nos am√≥, por eso nos eligi√≥ y nos congreg√≥. Dios y su amor por nosotros es la primera verdad de nuestra tierra y la primera verdad de esta Asamblea. Existimos porque Dios nos am√≥ y nos eligi√≥ en Jesucristo.

Con agradecimiento y humildad hemos de disponernos a escuchar al Se√Īor que nos llama en todo y siempre. Nos llama en la creaci√≥n y en la historia; en la humanidad de Cristo, en la humanidad de la Iglesia y en la humanidad de todos los hombres; en el esplendor de la Liturgia y en la sencillez de los hechos cotidianos; en su Palabra revelada y en las palabras humanas; en el dolor y en la alegr√≠a; en la pobreza y en la riqueza. Nos llama en todo cuanto existe y en todo cuanto acontece, porque toda criatura es lo que es por raz√≥n de una palabra creadora de Dios y porque todo acontecimiento de la historia le pertenece en el √ļnico designio de su benevolencia. Es √Čl mismo quien nos llama hoy, en el aqu√≠ y ahora de nuestros pueblos. Lo hace por Jesucristo en su plenitud, su Palabra perfecta e insuperable. Dice la Ep√≠stola a los Hebreos: ‚ÄúDespu√©s de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habl√≥ por su Hijo, a quien constituy√≥ heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo‚ÄĚ (Hb 1, 1-2).

Dios nos revela por su Hijo el misterio de piedad, su designio de salvaci√≥n. Dios no tiene otro proyecto que el de nuestra santidad en Cristo, la santidad de todos, de individuos y de pueblos. Dios, que es santo, nos llama a ser santos: ‚Äú√Čl nos ha elegido... antes de la fundaci√≥n del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor... para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo‚ÄĚ (Ef 1, 4-5). La santidad es nuestro destino de gracia y de gloria. Para ello Jesucristo dio su vida.

La cuestión del hombre y de los pueblos es una cuestión con Dios. Los dos amores que dividen a los hombres en la historia son el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. Esta elección de amor, que se debe hacer en la opción fundamental de la existencia, ha de ser sostenida y confirmada en el ejercicio de la libertad en la vida cotidiana. Cada día el hombre es interpelado para que elija a Dios que lo llama al servicio y no al dominio.

Conscientes de nuestra vocaci√≥n a la libertad, queremos elegir el amor de Dios y de los hermanos, tambi√©n de los enemigos y perseguidores, abandonando el odio y construyendo la paz. La conversi√≥n es realmente un cambio intelectual y moral hondo, arduo y prolongado, pero posible y debido. Siempre estamos en un combate espiritual porque: ‚ÄúTodo hombre es Ad√°n. Todo hombre es Cristo‚ÄĚ (San Agust√≠n). Siempre tenemos que luchar desde nuestra naturaleza humana herida por el pecado. En un clima de esfuerzo y de trabajo, debemos santificamos en estos d√≠as, con la verdad de la humildad y la certeza de la esperanza.

En el designio de Dios, √Čl nos ha amado de tal manera que nos envi√≥ a su Hijo para redimirnos con su entrega en la Cruz (cf. Jn 3,16), y hacernos capaces de su mismo amor. Recibiendo su ayuda divina y queriendo empezar la Asamblea con un coraz√≥n puro, como en una gran eucarist√≠a, pidamos perd√≥n de nuestros pecados y de los de nuestros pueblos, porque San Pablo nos ense√Īa que los hombres solemos aprisionar la verdad en la injusticia (cf. Ro 1,18). Confesemos la impiedad que abre el camino a las idolatr√≠as del placer, del tener, y del poder, y tambi√©n al secularismo; pidamos perd√≥n por la avaricia y la injusticia, que provoca la crueldad de la miseria y de la iniquidad; por la lujuria que enceguece multitudes y desordena otras pasiones; por el individualismo ego√≠sta e insolidario que deshace la familia y disuelve la sociedad; por los cr√≠menes del aborto, la violencia y la guerra; por la tiran√≠a del relativismo del conocimiento y de la moral; por los pecados de omisi√≥n, silencios y temores injustificados; por la falta de esperanza; en fin, por todos los pecados, que siempre contra el amor.

En una cultura donde tantos hombres se han enamorado de s√≠ mismos porque han cre√≠do la mentira del ‚Äúser√°n como dioses‚ÄĚ (Gn 3,5), debemos confesar con sabidur√≠a di√°fana y serena que nada vale en la vida si no nos lleva a Dios. ‚ÄúNos hiciste para Ti, e inquieto est√° nuestro coraz√≥n, mientras no descanse en Ti‚ÄĚ.

Estamos aqu√≠ porque queremos santificarnos y servir a la santificaci√≥n de nuestro subcontinente. ¬ŅTenemos derecho a tan inmenso prop√≥sito? ¬ŅTenemos fuerza para tan grande combate? Por nuestras solas fuerzas, no. Pero por gracia de Dios, s√≠. Dios es amor y con su amor nos hace capaces de amarlo como √Čl nos ama (cf. DCE 1). Dijo Jes√ļs a su disc√≠pulos: ‚Äú√Čste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado‚ÄĚ (Jn 15,12). √Čsta es la novedad de su don. Tenemos el deber y la fuerza para consagrarnos a tan grande servicio. No nos es l√≠cito elegir ser de menor estatura. As√≠ como el agua debe ser agua y la luz debe ser luz, el hombre debe vivir la dignidad de su destino, de su alt√≠simo destino.

Para nuestra historia santa, como para toda vida de responsabilidad, es necesaria la gracia de Dios y nuestra colaboraci√≥n. La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos absolutamente para caminar hacia nuestra santidad. Nadie existe sin recibir de Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio a su criatura y √Čl es bueno y fiel, con la sobreabundancia de la redenci√≥n. Esto se verifica en la existencia de todos los hombres, lo sepan o no lo sepan.

En el acto bueno Dios dignifica tanto nuestra colaboraci√≥n que hace que su gracia sea nuestro m√©rito. Aquellos que hayan ejercido su libertad en la caridad, seg√ļn la voluntad de Dios, escuchar√°n decir al Se√Īor: ‚ÄúVengan, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que les ha sido preparado desde toda la eternidad. Porque tuve hambre y me dieron de comer... Lo que hicieron con uno de estos peque√Īos, conmigo lo hicieron‚ÄĚ (Mt 25,35.40). El encuentro de Dios que obra la salvaci√≥n en el hombre es un misterio, que nunca se debe explicar oscureciendo alguno de los protagonistas, sino subrayando que la mayor presencia de Dios y de su gracia, da mayor entidad al hombre y a su libertad, porque cuando la historia se hace m√°s de Dios, se hace m√°s de los hombres. As√≠ debemos entender la libertad de los hijos de Dios. El combate contra el tentador fue librado primero por el Se√Īor, que sali√≥ victorioso. Ahora el combate es nuestro y tiene en esta asamblea un momento privilegiado para una gran victoria. ¬ŅQui√©n nos conducir√°? ‚Äú¬ŅA qui√©n iremos, Se√Īor, si s√≥lo T√ļ tienes palabras de vida eterna?‚ÄĚ (Jn 6,68). Venimos a Ti, Jes√ļs. Queremos escuchar tus palabras. Nosotros y nuestros pueblos queremos ser tus disc√≠pulos y tus misioneros. Queremos recibir tu Esp√≠ritu.

B. Discípulos de Cristo

Es el Se√Īor quien elige y llama a los disc√≠pulos, no por sus cualidades personales, ni siquiera las morales. Es la gratuidad de su elecci√≥n la raz√≥n de nuestra presencia aqu√≠. Ser disc√≠pulo es un don de Dios, que consiste no s√≥lo en aceptar una doctrina, sino en adherir a la Persona de Jes√ļs, e incorporarse por √Čl a la obediencia filial al Padre y a la docilidad al Esp√≠ritu Santo (cf. Heb 5,8-10), porque en la revelaci√≥n, ‚ÄúDios invisible, movido por el amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compa√Ī√≠a‚ÄĚ (Dei Verbum, 2).

La Palabra revelada por Dios, no es acogida con la fuerza de la evidencia de la luz natural de la inteligencia sino con la firmeza propia de la fe, de la confianza sobrenatural en Dios bueno y veraz que nos habla como amigo, abri√©ndonos la intimidad de su designio. La Fe es la verdad del misterio divino compartida en el amor: el amor de quien revela, el Se√Īor, y el amor de quien le cree, el disc√≠pulo. La obediencia de la fe, ra√≠z de la salvaci√≥n, es un acontecimiento de la nueva creaci√≥n. No es resultado de ninguna cultura humana. El Se√Īor quiere continuar su obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos todos los miembros de la Iglesia como sus signos e instrumentos. Unos para otros, y todos nosotros para todos los hombres que comparten nuestra historia. Que seamos uno en la fe y en el amor, para que el mundo crea. Empecemos a dar testimonio en estos d√≠as.

El discípulo cree porque fue seducido por la Pascua de Jesucristo, por su entrega de amor en la Cruz. El acto de fe es este encuentro de libertades y de amores, una libertad seductora por su amor, la de Cristo; otra seducida por ser amada, la del discípulo. Así se origina el injerto del bautizado en la cepa que es Cristo y su incorporación a la Iglesia.

La libertad de la fe, como toda auténtica libertad, debe ser vivida con la dignidad de un hombre que tiene sed de Dios y lo busca con todo el corazón. Por eso, debe ser sostenida y defendida frente a todas las tiranías, cualquiera sea su origen y su forma.

‚ÄúFijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jes√ļs‚ÄĚ, nos exhorta la Ep√≠stola a Los Hebreos (12,2). Jesucristo, luz del mundo (Jn 9,5), revela el designio de salvaci√≥n por todo lo que hace y lo que dice (cfr. Dei Verbum 2). Hemos de contemplar y escuchar al Se√Īor que, con oportunidad de esta Asamblea, se nos presenta y nos habla con particular solemnidad. √Čl es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, luz de la vida para Am√©rica y el mundo. Queremos aprender de su humanidad escondida en la anunciaci√≥n a Mar√≠a en Nazaret, manifestada en Bel√©n, actuando en Galilea, en Samar√≠a y en Judea, lavando los pies de los ap√≥stoles en el Cen√°culo, instituyendo la Eucarist√≠a, muriendo en el G√≥lgota y resucitando en el sepulcro. Queremos escuchar las Bienaventuranzas, el Padrenuestro, las √ļltimas palabras en la Cruz. Queremos saber siempre m√°s de su tesoro insondable. Porque √Čl es nuestra identidad. En la sabidur√≠a de la Iglesia sabemos que ‚Äúel misterio del hombre s√≥lo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado‚ÄĚ (GS 22).

Hemos de vivir apasionados por la verdad, por toda verdad, porque en toda verdad est√° llegando el misterio de Dios, Padre de las luces, y el Verbo, Jesucristo, que es la Verdad. El pecado entr√≥ en el mundo por la mentira. El diablo es el padre de la mentira, y as√≠, el padre de los pecados de los hombres. Tener pasi√≥n por la verdad es propio de los hijos de la luz, y manifestaci√≥n de la sed de la vida. En cambio, la indiferencia por ella y el relativismo del conocimiento entra√Īan la renuncia a la sabidur√≠a, que debe dirigir los pasos del el hombre, ser inteligente y libre. El hombre est√° llamado a caminar en la luz de la verdad, a buscarla siempre como su enamorado y mendigo, aunque en el tiempo nunca la encuentre en plenitud.

Jesucristo es la Verdad (Jn 14,6). En √Čl, Dios Padre nos abre al misterio de Dios Uno y Trino, y de su designio, y nos explica qui√©nes somos los hombres y ad√≥nde vamos. Por Cristo aprendemos que somos imagen de Dios, llamados a ser hijos en el Hijo y amados por Dios por nosotros mismos (cf. GS 24). Entendemos que la familia es el santuario del amor y de la vida. Sabemos que la comunidad humana est√° destinada a la fraternidad, se debe construir cada d√≠a y debe durar para siempre. La raz√≥n de pertenencia de cada persona a la familia humana universal radica en su dignidad de hijo de Dios y hermano de los hombres.

Conocemos as√≠ que el encuentro de los hombres no se debe regular por las normas del ego√≠smo, para que cada uno procure su propio provecho reclamando exclusivamente sus derechos, sino por la ley del amor para que descubramos en el otro un don de Dios y un destinatario de nuestro servicio, cuyos derechos debemos defender como si fuesen propios. En la fe debemos descubrir a Cristo en el rostro de todos, particularmente de su hermanos m√°s peque√Īos (cf. Mt 25,31-46).

Adem√°s por la fe sabemos que el universo creado es una casa com√ļn, obra de Dios Padre, regalada a todos los hombres de todos los tiempos, a quienes les entreg√≥ como t√≠tulo de propiedad inajenable y como t√≠tulo de responsabilidad irrenunciable su propia naturaleza de hombre, imagen de Dios, hijo suyo, hermano de todos los hombres y junto con ellos, administrador del cosmos. En fin, por la fe sabemos que el tiempo, por la gracia de Jesucristo, es camino de la eternidad, a la que vamos acerc√°ndonos en cada instante y vamos llegando en cada muerte.

¬°Cu√°nta sabidur√≠a nos regala Dios en su Hijo, Camino, Verdad y Vida! Esta sabidur√≠a es plena cuando se vive la fe, que reclama para su perfecci√≥n la esperanza y la caridad. Aceptemos agradecidos el don de ser disc√≠pulos y vivamos ‚Äúhaciendo la verdad en el amor‚ÄĚ (Ef 4,14).

El misterio de Jes√ļs no estrecha el horizonte sino que ilumina el destino de todos los hombres en el Plan de Dios. Esto es sostener con claridad la √ļltima raz√≥n de la dignidad y la igualdad de todos los hombres. La verdadera estatura de todo hombre no es simplemente la del viejo Ad√°n, sino la del nuevo Ad√°n, la de Jesucristo, el Hombre Nuevo.

A √Čl debemos seguir. √Čl es el Camino, en su estilo, el de la Cruz: ‚ÄúEl que quiera venir detr√°s de m√≠, que renuncie a s√≠ mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perder√°; y el que pierda su vida por m√≠ y por el Evangelio, la salvar√°‚ÄĚ (Mc 8, 34-35).

El discipulado lleva a estar siempre dispuesto a entregar la vida por el Se√Īor, como los m√°rtires. Siempre la Iglesia ha tenido m√°rtires y hoy tambi√©n los tiene. La Iglesia sufre persecuciones que requieren despojos y humillaciones que constituyen un verdadero martirio: la burla y la banalizaci√≥n, la indiferencia y el silencio, la calumnia y el abuso de poder.

S√≥lo en la verdad de este esp√≠ritu martirial, vivido con sencillez y acci√≥n de gracias, sostenidos por la oraci√≥n y los sacramentos, podemos sentirnos disc√≠pulos plenos de Cristo y experimentar que nos incorporamos en su obra salvadora. El cristiano es esencialmente pascual. As√≠ viven los santos. Esto nos pide el Se√Īor cuando nos llama para ser sus disc√≠pulos. ‚ÄúNadie tiene amor m√°s grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando‚ÄĚ (Jn 15,13-14).

Para vivir la vida nueva de la gracia y empezar el Reino de la Vida que prepara los cielos nuevos y la tierra nueva, el Se√Īor nos ha dado como alimento del camino la Eucarist√≠a, sacramento de su amor, de su sacrificio, de su muerte y su resurrecci√≥n. Es el Se√Īor hecho pan y hecho vino el que nos da la fuerza para vivir como √Čl, para que participemos de su ‚Äúamor hasta el fin‚ÄĚ, para incorporarnos al dinamismo de su amor oblativo, nos ense√Īaba Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis 11). Un gran pastor de nuestra Am√©rica, poco antes de morir, me dec√≠a: ‚ÄúNo nacemos para morir. Nacemos para entregarnos a Dios‚ÄĚ. El que as√≠ vive -as√≠ vivi√≥ √©l- tiene en la muerte el √ļltimo acto de su vida, el √ļltimo acto de su amor.

La oraci√≥n, que acompa√Ī√≥ a Jes√ļs sobre todo en sus momentos culminantes, deber√≠a distinguir a los miembros de la Conferencia para que la cercan√≠a del Se√Īor sea profundamente experimentada y √©stos sean d√≠as de tierna intimidad con √Čl. Los cristianos eran reconocidos en el mundo pagano como comunidad orante. La Conferencia de Aparecida deber√≠a ser se√Īalada por lo mismo. En la oraci√≥n encontrar√° sabidur√≠a y discernimiento, esp√≠ritu de di√°logo serio y fraterno, capacidad de comunicaci√≥n entre todos, porque Dios se aproxima a todos para reunimos y no est√° tejos de nadie sino s√≥lo de aquel que lo rechaza.

C. Misioneros de Cristo

A quienes les hab√≠a revelado la voluntad del Padre, les transmite la potestad y les impone el deber de anunciar el Evangelio. ‚ÄúYo he recibido todo poder... hagan disc√≠pulos... bautiz√°ndolos... y ense√Ī√°ndoles...‚ÄĚ El amor de Cristo al Padre y a todos los hombres debe pasar al coraz√≥n de los disc√≠pulos para comunicar ese amor, que es la misi√≥n del Se√Īor.

Quien ha conocido al Se√Īor, y su designio de misericordia, experimenta el deber maravilloso de compartir los dones de la creaci√≥n y de la gracia, y la esperanza de la gloria. El disc√≠pulo de Cristo ha comprendido que existir es coexistir, o mejor, es proexistir, es decir, existir para el servicio, para dar, darse, comunicarse. La vida de la persona humana es esencialmente relacional, s√≥lo es aut√©ntica cuando se comunica y vive en comuni√≥n. La Comuni√≥n de Dios trinitario se refleja en nosotros cuando, por la comunicaci√≥n con √Čl y de unos con otros, nos hacemos Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios, Templo del Esp√≠ritu.

La misi√≥n del disc√≠pulo procede del misterio de comuni√≥n divino. El disc√≠pulo de Cristo es, como Cristo mismo, servidor de la comuni√≥n. Vivir la vida nueva es, para el disc√≠pulo, vivir la comuni√≥n con Cristo por la fuerza del Esp√≠ritu que lo conduce a anunciar la redenci√≥n. Es ofrecerse el disc√≠pulo como v√≠ctima junto a Jes√ļs para la conversi√≥n y la salvaci√≥n de los hombres, para su participaci√≥n en el Misterio trinitario.

Queremos hacer el don de Dios a todos los hombres de nuestra tierra. Porque, como dijo nuestro Sumo Pont√≠fice, ‚Äúquien no da a Dios, da demasiado poco‚ÄĚ 1 . Y si queremos dar a Dios, infinito en su ser y su verdad, en su bondad y su belleza, ¬Ņc√≥mo no hemos de querer darnos a nosotros mismos? Y d√°ndonos a nosotros mismos, ¬Ņc√≥mo no hemos de querer compartir los otros bienes?

Si no compartimos los bienes creados, materiales y espirituales, trabaj√°ndolos juntos y participando de ellos en solidaridad, no estamos amando a Dios. ‚ÄúEl que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano‚ÄĚ, dice San Juan (1 Jn 3,10). Pero tambi√©n es cierto que si no damos a Dios, aunque demos otros bienes, no estamos pagando la deuda de amor entre nosotros: nuestra deuda es Dios. No nos debemos s√≥lo la fraternidad, s√≥lo la justicia social. Nuestra primera deuda es Dios.

Todo es deuda real y todo es deuda con Dios. Somos obreros contratados para esta obra maravillosa. Dios es quien nos ha llamado. No tengamos miedo. Tengamos confianza en el Se√Īor que ya ha vencido. Si nos dejamos ganar por √Čl, si nos dejamos inundar por su Esp√≠ritu, podremos decir ante nuestros deberes, aun los m√°s dif√≠ciles, lo que dijo Jes√ļs en la Ultima Cena: ‚ÄúHe deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi pasi√≥n‚ÄĚ (Lc 22,15). Y al cumplirlos, podremos recordar siempre a San Pablo que nos alienta: ‚ÄúComo dice la Escritura: ‚ÄėPor tu causa somos entregados continuamente a la muerte y se nos considera como a ovejas destinadas al matadero‚Äô. Pero en todo esto obtenemos una espl√©ndida victoria, gracias a Aquel que nos am√≥‚ÄĚ (Rom 8, 36-37).

Creamos: la redenci√≥n act√ļa hoy. La Pascua de Cristo est√° en la eternidad dominando los siglos, brind√°ndose con la plenitud de su gracia a todos los hombres y pueblos de Am√©rica Latina y El Caribe. Hoy podemos convertirnos, santificarnos y servir a la santidad de los dem√°s. Hoy podemos amar porque hoy somos amados por el amor redentor. Hoy podemos servir a la conversi√≥n de los hermanos. Cada instante es capaz de Cristo pascual. El instante de cada persona y de cada pueblo existe para que Cristo acceda al coraz√≥n y a la libertad de cada uno. Hoy, ‚Äúel Hijo de Dios, por su Encarnaci√≥n, se ha unido en cierto modo con todos los hombres (GS 22).

No nos debemos extra√Īar si no obtenemos frutos pastorales cuando no tenemos interiormente semejanza real con el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Siempre, siempre, la verdad y la gracia son vida que nos llega de Jes√ļs, a cuyo servicio est√° siempre la Iglesia. Ella reclama de sus miembros y de sus ministros, la identificaci√≥n creciente con el Redentor. Toda la acci√≥n de la Iglesia no es sino ser signo e instrumento del misterio del Se√Īor, ser su transparencia eficaz para irradiar la verdad y la vida de su belleza.

La V Conferencia tiene como horizonte inmediato la evangelizaci√≥n y santificaci√≥n de nuestro continente. Estamos jugando aqu√≠ la historia santa, la nuestra y la de los dem√°s hermanos de nuestra Am√©rica. Estamos escribiendo la historia en este momento que no vuelve. La historia es escrita por la libertad de Dios y la de los hombres. Los condicionamientos del contexto f√≠sico o hist√≥rico no son causa eficiente del acto libre. Son condiciones solamente. Soy yo su autor, somos nosotros quienes elegimos. El hombre se hace o se deshace moralmente desde dentro. No desde fuera. Frente a Dios tenemos que cumplir con el deber de ser en la historia libres y santos. La libertad debe definir al hombre en el amor de Dios y del pr√≥jimo, al estilo de Jes√ļs en su Pascua. Libres como el viento, como la juventud inmensa y sana. Libres como el Resucitado. Libres como el Esp√≠ritu.

En definitiva, si el hombre se hace padre de s√≠ mismo por sus opciones, los pueblos tambi√©n deben definirse en su cultura por sus amores. En esta Conferencia no queremos vivir una libertad vac√≠a y errante, sino que queremos elegir conducidos por el Esp√≠ritu. ‚ÄúTodos los que son conducidos por el Esp√≠ritu de Dios son hijos de Dios‚ÄĚ (Rom 8,14). Queremos elegirnos en el amor de Jes√ļs para donamos en la cultura de la amistad social y la solidaridad. Esta fuerza llega a nosotros desde la comuni√≥n del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo, y nos llega aqu√≠ y ahora, en la casa de Nuestra Se√Īora Aparecida.

D. La verdad es la esperanza

¬ŅSeremos pueblos m√°s justos y solidarios, capaces de conversi√≥n y de perd√≥n, capaces de reconciliaci√≥n y de paz? ¬ŅPueblos m√°s creyentes, disc√≠pulos de Cristo, fraternos y misioneros, m√°s esperanzados, magn√°nimos y audaces? ¬ŅSeremos pueblos con m√°s vida en Jesucristo, m√°s santos y peregrinos de la gloria? Dios nos eligi√≥ y nos est√° llamando a su Reino de Vida. Respondamos hoy. La Quinta Conferencia vale por s√≠ misma. Hoy, y en la medida en que vale hoy, vale para ma√Īana. El tiempo es un Adviento. No es algo que pasa. Es Alguien que viene: Jesucristo el Se√Īor.

Dios no responde con ideas. Responde con personas. A la cuesti√≥n del hombre, ‚Äúque el demonio pretendi√≥ responder con la promesa mentirosa de ‚Äúser√°n como dioses‚ÄĚ (Gn 3,5), Dios, en la plenitud de los tiempos, respondi√≥ con la verdad plena de su Hijo en la Encarnaci√≥n redentora.

Hoy, en una cultura en la que se ha proclamado que el hombre ha muerto, la respuesta sigue siendo Jesucristo, que debe llegar y est√° llegando por las personas de sus disc√≠pulos, de sus aut√©nticos disc√≠pulos, identificados con √Čl y sacramentados por √Čl en su amor hasta el fin. No temamos. No es que en este cambio de √©poca todo lo bueno desaparece sino que sufrimos dolores de parto de un mundo nuevo. Por nuestro servicio misionero queremos que este mundo adveniente se abra a la filiaci√≥n divina, a la fraternidad humana y al banquete de la creaci√≥n. Cristo es el manantial vivo de nuestra esperanza (cf. NMI 58). Por √Čl, con √Čl y en √Čl, debemos y queremos ser disc√≠pulos y misioneros.

Dice el Se√Īor: ‚ÄúSabiendo Jes√ļs que hab√≠a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, √©l, que hab√≠a amado a los suyos que quedaban en el mundo, los am√≥ hasta el fin‚ÄĚ (Jn 13,1). Les lav√≥ los pies y se entreg√≥ a s√≠ mismo en la √öltima Cena. Nosotros, que queremos ser sus fieles disc√≠pulos, sabiendo que tambi√©n este tiempo es un kair√≥s en el que con Cristo hemos de pasar al Padre, debemos amar a nuestros hermanos hasta el fin, lavar sus pies y entregar nuestras vidas a su servicio. Nada menos. √Čste es el lenguaje de Jes√ļs Resucitado con sus disc√≠pulos misioneros. En este lenguaje vital renueva hoy Jes√ļs su Alianza con nosotros en el Evangelio y en la Eucarist√≠a.

Mar√≠a la primera disc√≠pula de su Hijo que crey√≥ y, por eso, lo concibi√≥, nos ense√Īe a escuchar y creer para anunciar a Jes√ļs, Camino, Verdad y Vida. Que Ella nos ense√Īe a obedecer a su Hijo, que nos repite: ‚ÄúVayan y hagan disc√≠pulos a todos los pueblos‚ÄĚ (Mt 28,19).

Nuestra Se√Īora de Guadalupe, Nuestra Se√Īora Aparecida, ruega por nosotros.


1

Cardenal Joseph Ratzinger, Homilía en la misa exequial de Don Giussani, Milán, 24 de febrero de 2005.
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