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S.S. Benedicto XVI, Palabras del Papa en la sesión inaugural de la V Conferencia
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Palabras del Papa Benedicto XVI en la sesión inaugural de la V Conferencia

Queridos Hermanos en el Episcopado, amados sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Queridos observadores de otras confesiones religiosas:

Queridos Irm√£os no Episcopado, amados sacerdotes, religiosos, religiosas e leigos. Queridos observadores de outras confiss√Ķes religiosas:

Es motivo de gran alegr√≠a estar hoy aqu√≠ con vosotros para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que se celebra junto al Santuario de Nuestra Se√Īora Aparecida, Patrona del Brasil. Quiero que mis primeras palabras sean de acci√≥n de gracias y de alabanza a Dios por el gran don de la fe cristiana a las gentes de este Continente.

1. La fe cristiana en América Latina

La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante m√°s de cinco siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este Continente expresada en el arte, la m√ļsica, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo, y formando una gran sinton√≠a en la diversidad de culturas y de lenguas. En la actualidad, esa misma fe ha de afrontar serios retos, pues est√°n en juego el desarrollo arm√≥nico de la sociedad y la identidad cat√≥lica de sus pueblos. A este respecto, la V Conferencia General va a reflexionar sobre esta situaci√≥n para ayudar a los fieles cristianos a vivir su fe con alegr√≠a y coherencia, a tomar conciencia de ser disc√≠pulos y misioneros de Cristo, enviados por √Čl al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y amor.

Pero, ¬Ņqu√© ha significado la aceptaci√≥n de la fe cristiana para los pueblos de Am√©rica Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. Ha significado tambi√©n haber recibido, con las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por adopci√≥n; haber recibido, adem√°s, el Esp√≠ritu Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purific√°ndolas y desarrollando los numerosos g√©rmenes y semillas que el Verbo encarnado hab√≠a puesto en ellas, orient√°ndolas as√≠ por los caminos del Evangelio. En efecto, el anuncio de Jes√ļs y de su Evangelio no supuso, en ning√ļn momento, una alienaci√≥n de las culturas precolombinas, ni fue una imposici√≥n de una cultura extra√Īa. Las aut√©nticas culturas no est√°n cerradas en s√≠ mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que est√°n abiertas, m√°s a√ļn, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el di√°logo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva s√≠ntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realizaci√≥n cultural concreta.

En √ļltima instancia, s√≥lo la verdad unifica y su prueba es el amor. Por eso Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, ‚Äúel amor hasta el extremo‚ÄĚ, no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el coraz√≥n de las culturas es lo que les da su identidad √ļltima, uniendo a la humanidad y respetando a la vez la riqueza de las diversidades, abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanizaci√≥n, en el aut√©ntico progreso. El Verbo de Dios, haci√©ndose carne en Jesucristo, se hizo tambi√©n historia y cultura.

La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado.

La sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían. De allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos:

El amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y de la reconciliación; el Dios que nos ha amado hasta entregarse por nosotros;

- El amor al Se√Īor presente en la Eucarist√≠a, el Dios encarnado, muerto y resucitado para ser Pan de Vida;

- El Dios cercano a los pobres y a los que sufren;

- La profunda devoci√≥n a la Sant√≠sima Virgen de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y locales. Cuando la Virgen de Guadalupe se apareci√≥ al indio san Juan Diego le dijo estas significativas palabras: ‚Äú¬ŅNo estoy yo aqu√≠ que soy tu madre?, ¬Ņno est√°s bajo mi sombra y resguardo?, ¬Ņno soy yo la fuente de tu alegr√≠a?, ¬Ņno est√°s en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?‚ÄĚ (Nican Mopohua, nn. 118-119 ).

Esta religiosidad se expresa también en la devoción a los santos con sus fiestas patronales, en el amor al Papa y a los demás Pastores, en el amor a la Iglesia universal como gran familia de Dios que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus propios hijos. Todo ello forma el gran mosaico de la religiosidad popular que es el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar.

2. Continuidad con las otras Conferencias

Esta V Conferencia General se celebra en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó, los Pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propia vida.

Después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo (cf. Gaudium et spes, 1).

En el mundo de hoy se da el fen√≥meno de la globalizaci√≥n como un entramado de relaciones a nivel planetario. Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia humana y una se√Īal de su profunda aspiraci√≥n a la unidad, sin embargo comporta tambi√©n el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. Como en todos los campos de la actividad humana, la globalizaci√≥n debe regirse tambi√©n por la √©tica, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. En Am√©rica Latina y el Caribe, igual que en otras regiones, se ha evolucionado hacia la democracia, aunque haya motivos de preocupaci√≥n ante formas de gobierno autoritarias o sujetas a ciertas ideolog√≠as que se cre√≠an superadas, y que no corresponden con la visi√≥n cristiana del hombre y de la sociedad, como nos ense√Īa la Doctrina social de la Iglesia. Por otra parte, la econom√≠a liberal de algunos pa√≠ses latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez m√°s por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propiosbienes naturales. En las Comunidades eclesiales de Am√©rica Latina es notable la madurez en la fe de muchos laicos y laicas activos y entregados al Se√Īor, junto con la presencia de muchos abnegados catequistas, de tantos j√≥venes, de nuevos movimientos eclesiales y de recientes Institutos de vida consagrada. Se demuestran fundamentales muchas obras cat√≥licas educativas, asistenciales y hospitalitarias. Se percibe, sin embargo, un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia cat√≥lica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudoreligiosas.

Todo ello configura una situaci√≥n nueva que ser√° analizada aqu√≠, en Aparecida. Ante la nueva encrucijada, los fieles esperan de esta V Conferencia una renovaci√≥n y revitalizaci√≥n de su fe en Cristo, nuestro √ļnico Maestro y Salvador, que nos ha revelado la experiencia √ļnica del Amor infinito de Dios Padre a los hombres. De esta fuente podr√°n surgir nuevos caminos y proyectos pastorales creativos, que infundan una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla as√≠ en el propio ambiente.

3. Discípulos y misioneros

Esta Conferencia General tiene como tema: ‚ÄúDisc√≠pulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en √Čl tengan vida. -Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida-‚ÄĚ (Jn 14,6).

La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar tambi√©n a los fieles de este Continente que, en virtud de su bautismo, est√°n llamados a ser disc√≠pulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con √Čl, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Ap√≥stoles, el mandato de la misi√≥n: ‚ÄúId por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creaci√≥n. El que crea y sea bautizado, se salvar√°‚ÄĚ (Mc 16,15). Pues ser disc√≠pulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida ‚Äúen √Čl‚ÄĚ supone estar profundamente enraizados en √Čl.

¬ŅQu√© nos da Cristo realmente?¬ŅPor qu√© queremos ser disc√≠pulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la comuni√≥n con √Čl la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los dem√°s, comunicarles el don que hemos hallado en √Čl. Pero, ¬Ņes esto as√≠? ¬ŅEstamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?

Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida ‚Äúen √Čl‚ÄĚ, formulada en el t√≠tulo de esta V Conferencia, podr√≠a surgir tambi√©n otra cuesti√≥n: Esta prioridad, ¬Ņno podr√≠a ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas econ√≥micos, sociales y pol√≠ticos de Am√©rica Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?

Como primer paso podemos responder a esta pregunta con otra: ¬ŅQu√© es esta ‚Äúrealidad‚ÄĚ? ¬ŅQu√© es lo real? ¬ŅSon ‚Äúrealidad‚ÄĚ s√≥lo los bienes materiales, los problemas sociales, econ√≥micos y pol√≠ticos? Aqu√≠ est√° precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el √ļltimo siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputaci√≥n de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‚Äúrealidad‚ÄĚ y, en consecuencia, s√≥lo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.

La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis.

Pero surge inmediatamente otra pregunta: ¬ŅQui√©n conoce a Dios? ¬ŅC√≥mo podemos conocerlo? No podemos entrar aqu√≠ en un complejo debate sobre esta cuesti√≥n fundamental. Para el cristiano el n√ļcleo de la respuesta es simple: S√≥lo Dios conoce a Dios, s√≥lo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce. Y √Čl, ‚Äúque est√° en el seno del Padre, lo ha contado‚ÄĚ (Jn 1,18). De aqu√≠ la importancia √ļnica e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad.

Dios es la realidad fundante, no un Dios s√≥lo pensado o hipot√©tico, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el disc√≠pulo llega a la comprensi√≥n de este amor de Cristo ‚Äúhasta el extremo‚ÄĚ, no puede dejar de responder a este amor sino es con un amor semejante: ‚ÄúTe seguir√© adondequiera que vayas‚ÄĚ (Lc 9,57).

Todav√≠a nos podemos hacer otra pregunta: ¬ŅQu√© nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia cat√≥lica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comuni√≥n: el encuentro con Dios es, en s√≠ mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocaci√≥n, de unificaci√≥n, de responsabilidad hacia el otro y hacia los dem√°s. En este sentido, la opci√≥n preferencial por los pobres est√° impl√≠cita en la fe cristol√≥gica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9).

Pero antes de afrontar lo que comporta el realismo de la fe en el Dios hecho hombre, tenemos que profundizar en la pregunta: ¬Ņc√≥mo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con √Čl, para encontrar la vida en √Čl y para comunicar esta vida a los dem√°s, a la sociedad y al mundo? Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la Palabra de Dios. Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de America Latina y del Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General en Aparecida, es condici√≥n indispensable el conocimiento profundo de la Palabra de Dios.

Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditaci√≥n de la Palabra de Dios: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jes√ļs son esp√≠ritu y vida (cf. Jn 6,63). De lo contrario, ¬Ņc√≥mo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y esp√≠ritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios. Para ello, animo a los Pastores a esforzarse en darla a conocer.

Un gran medio para introducir al Pueblo de Dios en el misterio de Cristo es la catequesis. En ella se trasmite de forma sencilla y substancial el mensaje de Cristo. Convendr√° por tanto intensificar la catequesis y la formaci√≥n en la fe, tanto de los ni√Īos como de los j√≥venes y adultos. La reflexi√≥n madura de la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Para ello se dispone de instrumentos muy valiosos como son el Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica y su versi√≥n m√°s breve, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica.

En este campo no hay que limitarse s√≥lo a las homil√≠as, conferencias, cursos de Biblia o teolog√≠a, sino que se ha de recurrir tambi√©n a los medios de comunicaci√≥n: prensa, radio y televisi√≥n, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para comunicar eficazmente el mensaje de Cristo a un gran n√ļmero de personas.

En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo gu√≠a de la propia vida, hay que recordar que la evangelizaci√≥n ha ido unida siempre a la promoci√≥n humana y a la aut√©ntica liberaci√≥n cristiana. ‚ÄúAmor a Dios y amor al pr√≥jimo se funden entre s√≠: en el m√°s humilde encontramos a Jes√ļs mismo y en Jes√ļs encontramos a Dios‚ÄĚ (Deus caritas est, 15). Por lo mismo, ser√° tambi√©n necesaria una catequesis social y una adecuada formaci√≥n en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy √ļtil para ello el ‚ÄúCompendio de la Doctrina Social de la Iglesia‚ÄĚ. La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino tambi√©n en las virtudes sociales y pol√≠ticas.

El disc√≠pulo, fundamentado as√≠ en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvaci√≥n a sus hermanos. Discipulado y misi√≥n son como las dos caras de una misma medalla: cuando el disc√≠pulo est√° enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que s√≥lo √Čl nos salva (cf. Hch 4,12). En efecto, el disc√≠pulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.

4. ‚ÄúPara que en √Čl tengan vida‚ÄĚ

Los pueblos latinoamericanos y caribe√Īos tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones m√°s humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia. Para estos pueblos, sus Pastores han de fomentar una cultura de la vida que permita, como dec√≠a mi predecesor Pablo VI, ‚Äúpasar de la miseria a la posesi√≥n de lo necesario, a la adquisici√≥n de la cultura‚Ķ a la cooperaci√≥n en el bien com√ļn‚Ķ hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin‚ÄĚ (Populorum progressio, 21).

En este contexto me es grato recordar la Enc√≠clica ‚ÄúPopulorum progressio‚ÄĚ, cuyo 40 aniversario recordamos este a√Īo. Este documento pontificio pone en evidencia que el desarrollo aut√©ntico ha de ser integral, es decir, orientado a la promoci√≥n de todo el hombre y de todos los hombres (cf. n. 14), e invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. Estos pueblos anhelan, sobre todo, la plenitud de vida que Cristo nos ha tra√≠do: ‚ÄúYo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia‚ÄĚ (Jn 10,10). Con esta vida divina se desarrolla tambi√©n en plenitud la existencia humana, en su dimensi√≥n personal, familiar, social y cultural.

Para formar al disc√≠pulo y sostener al misionero en su gran tarea, la Iglesia les ofrece, adem√°s del Pan de la Palabra, el Pan de la Eucarist√≠a. A este respecto nos inspira e ilumina la p√°gina del Evangelio sobre los disc√≠pulos de Ema√ļs. Cuando √©stos se sientan a la mesa y reciben de Jesucristo el pan bendecido y partido, se les abren los ojos, descubren el rostro del Resucitado, sienten en su coraz√≥n que es verdad todo lo que √Čl ha dicho y hecho, y que ya ha iniciado la redenci√≥n del mundo. Cada domingo y cada Eucarist√≠a es un encuentro personal con Cristo. Al escuchar la Palabra divina, el coraz√≥n arde porque es √Čl quien la explica y proclama. Cuando en la Eucarist√≠a se parte el pan, es a √Čl a quien se recibe personalmente. La Eucarist√≠a es el alimento indispensable para la vida del disc√≠pulo y misionero de Cristo.

La Misa dominical, centro de la vida cristiana

De aqu√≠ la necesidad de dar prioridad, en los programas pastorales, a la valorizaci√≥n de la Misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebraci√≥n eucar√≠stica dominical es una pedagog√≠a eficaz para comunicar la fe y un estrecho v√≠nculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Se√Īor resucitado.

Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. √Čl es el Viviente que camina a nuestro lado, descubri√©ndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegr√≠a y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, aliment√°ndonos con el Pan que da la vida. Por eso la celebraci√≥n dominical de la Eucarist√≠a ha de ser el centro de la vida cristiana.

El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Latinoamérica y el Caribe para que, además de ser el Continente de la Esperanza, sea también el Continente del Amor!

Los problemas sociales y políticos

Llegados a este punto podemos preguntarnos ¬Ņc√≥mo puede contribuir la Iglesia a la soluci√≥n de los urgentes problemas sociales y pol√≠ticos, y responder al gran desaf√≠o de la pobreza y de la miseria? Los problemas de Am√©rica Latina y del Caribe, as√≠ como del mundo de hoy, son m√ļltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin embargo, la cuesti√≥n fundamental sobre el modo c√≥mo la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desaf√≠os, nos concierne a todos. En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condici√≥n sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¬Ņc√≥mo nacen?, ¬Ņc√≥mo funcionan? Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creaci√≥n de estructuras justas y afirmaron que √©stas, una vez establecidas, funcionar√≠an por s√≠ mismas; afirmaron que no s√≥lo no habr√≠an tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentar√≠an la moralidad com√ļn. Y esta promesa ideol√≥gica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no s√≥lo ha dejado una triste herencia de destrucciones econ√≥micas y ecol√≥gicas, sino tambi√©n una dolorosa destruci√≥n del esp√≠ritu. Y lo mismo vemos tambi√©n en occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradaci√≥n de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal.

Donde Dios est√° ausente ‚Äď el Dios del rostro humano de Jesucristo ‚Äď estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios est√° ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir seg√ļn la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses.

Por otro lado, las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empe√Īo de la raz√≥n pol√≠tica, econ√≥mica y social. Son una cuesti√≥n de la recta ratio y no provienen de ideolog√≠as ni de sus promesas. Ciertamente existe un tesoro de experiencias pol√≠ticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y econ√≥micos, que evidencian elementos fundamentales de un estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y pol√≠ticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnolog√≠as y de la realidad hist√≥rica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse ‚Äď con los compromisos indispensables ‚Äď el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

Este trabajo pol√≠tico no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad ‚Äď incluso con la pluralidad de las posiciones pol√≠ticas ‚Äď es esencial en la tradici√≥n cristiana aut√©ntica. Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto pol√≠tico, no har√≠a m√°s por los pobres y por la justicia, sino que har√≠a menos, porque perder√≠a su independencia y su autoridad moral, identific√°ndose con una √ļnica v√≠a pol√≠tica y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los pol√≠ticos ni con los intereses de partido. S√≥lo siendo independiente puede ense√Īar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opci√≥n de vida que va m√°s all√° del √°mbito pol√≠tico. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y pol√≠ticas, es la vocaci√≥n fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos cat√≥licos deben ser concientes de su responsabilidad en la vida p√ļblica; deben estar presentes en la formaci√≥n de los consensos necesarios y en la oposici√≥n contra las injusticias.

Las estructuras justas jam√°s ser√°n completas de modo definitivo; por la constante evoluci√≥n de la historia, han de ser siempre renovadas y actualizadas; han de estar animadas siempre por un ‚Äúethos‚ÄĚ pol√≠tico y humano, por cuya presencia y eficiencia se ha de trabajar siempre. Con otras palabras, la presencia de Dios, la amistad con el Hijo de Dios encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones fundamentales para la presencia y eficiencia de la justicia y del amor en nuestras sociedades.

Por tratarse de un Continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el √°mbito pol√≠tico, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de l√≠deres cat√≥licos de fuerte personalidad y de vocaci√≥n abnegada, que sean coherentes con sus convicciones √©ticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aqu√≠ un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misi√≥n de llevar la luz del Evangelio a la vida p√ļblica, cultural, econ√≥mica y pol√≠tica.

5. Otros campos prioritarios

Para llevar a cabo la renovación de la Iglesia a vosotros confiada en estas tierras, quisiera fijar la atención con vosotros sobre algunos campos que considero prioritarios en esta nueva etapa.

La familia

La familia, ‚Äúpatrimonio de la humanidad‚ÄĚ, constituye uno de los tesoros m√°s importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y c√≠vicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo √©tico, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.

En algunas familias de Am√©rica Latina persiste a√ļn por desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del cristianismo que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre.

La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos. Las madres que quieren dedicarse plenamente a la educación de sus hijos y al servicio de la familia han de gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer, y para ello tienen derecho a contar con el apoyo del Estado. En efecto, el papel de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad.

El padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre, que ejerce su indispensable responsabilidad y colaboraci√≥n en la educaci√≥n de sus hijos. Los hijos, para su crecimiento integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre, para que cuiden de ellos y los acompa√Īen hacia la plenitud de su vida. Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y vigorosa. Es indispensable tambi√©n promover pol√≠ticas familiares aut√©nticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible. La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera.

Os sacerdotes

Os primeiros promotores do discipulado e da miss√£o s√£o aqueles que foram chamados ¬ępara estar com Jesus e ser enviados a pregar¬Ľ (cf. Mc 3,14), ou seja, os sacerdotes. Eles devem receber de modo preferencial a aten√ß√£o e o cuidado paterno dos seus Bispos, pois s√£o os primeiros agentes de uma autentica renova√ß√£o da vida crist√£ no povo de Deus. A eles quero dirigir uma palavra de afeto paterno desejando ¬ęque o Senhor seja parte da sua heran√ßa e do seu c√°lice¬Ľ (cf. Sl 16,5). Se o sacerdote fizer de Deus o fundamento e o centro de sua vida, ent√£o experimentar√° a alegria e a fecundidade da sua voca√ß√£o. O sacerdote deve ser antes de tudo um ‚Äúhomem de Deus‚ÄĚ (1Tim 6,11); um homem que conhece a Deus ‚Äúem primeira m√£o‚ÄĚ, que cultiva uma profunda amizade pessoal com Jesus, que compartilha os ‚Äúsentimentos de Jesus‚ÄĚ (cf. Fil 2,5). Somente assim o sacerdote ser√° capaz de levar Deus - o Deus encarnado em Jesus Cristo - aos homens, e de ser representante do seu amor. Para cumprir a sua alt√≠ssima miss√£o deve possuir uma s√≥lida estrutura espiritual e viver toda a exist√™ncia animado pela f√©, a esperan√ßa e a caridade. Tem de ser, como Jesus, um homem que procure, atrav√©s da ora√ß√£o, o rosto e a vontade de Deus, cultivando igualmente sua prepara√ß√£o cultural e intelectual.

Queridos sacerdotes deste Continente e quantos que, como mission√°rios, nele viestes a trabalhar: o Papa acompanha vossa atividade pastoral e deseja que estejam repletos de consola√ß√Ķes e de esperan√ßa, e reza por voc√™s.

Religiosos, religiosas e consagrados

Quero dirigir-me também aos religiosos, às religiosas e aos leigos e leigas consagrados. A sociedade latino-americana e caribenha tem necessidade do vosso testemunho: em um mundo que tantas vezes busca, sobretudo, o bem-estar, a riqueza e o prazer como finalidade da vida, e que exalta a liberdade prescindindo da verdade do homem criado por Deus, vocês são testemunhas de que existe outra forma de viver com sentido; lembrem aos vossos irmãos e irmãs que o Reino de Deus chegou; que a justiça e a verdade são possíveis se nos abrimos à presença amorosa de Deus nosso Pai, de Cristo nosso irmão e Senhor, do Espírito Santo nosso Consolador. Com generosidade e até ao heroísmo, continuai trabalhando para que na sociedade reine o amor, a justiça, a bondade, o serviço, a solidariedade conforme o carisma dos vossos fundadores. Abraçai com profunda alegria vossa consagração, que é instrumento de santificação para vocês e de redenção para vossos irmãos.

A Igreja da América Latina vos agradece pelo grande trabalho que vindes realizando ao longo dos séculos pelo Evangelho de Cristo a favor de vossos irmãos, principalmente pelos mais pobres e marginalizados. Convido a todos para que colaborem sempre com os Bispos, trabalhando unidos a eles que são os responsáveis pela pastoral. Exorto-vos também a uma obediência sincera à autoridade da Igreja. Não tenham outro ideal que não seja a santidade conforme os ensinamentos de vossos fundadores.

Os leigos

Nesta hora em que a Igreja deste Continente se entrega plenamente à sua vocação missionária, lembro aos leigos que são também Igreja, assembléia convocada por Cristo para levar seu testemunho ao mundo inteiro. Todos os homens e mulheres batizados devem tomar consciência de que foram configurados com Cristo Sacerdote, Profeta e Pastor, através do sacerdócio comum do Povo de Deus. Devem sentir-se co-responsáveis na construção da sociedade segundo os critérios do Evangelho, com entusiasmo e audácia, em comunhão com os seus Pastores.

São muitos os fiéis que pertencem a movimentos eclesiais, nos quais podemos ver os sinais da multiforme presença e ação santificadora do Espírito Santo na Igreja e na sociedade atual. Eles são chamados para levar ao mundo o testemunho de Jesus Cristo e ser fermento do amor de Deus na sociedade.

Os Jovens e a pastoral vocacional

Na Am√©rica Latina a maioria da popula√ß√£o est√° formada por jovens. A este respeito, devemos recordar-lhes que sua voca√ß√£o √© ser amigos de Cristo, disc√≠pulos, sentinelas do amanh√£, como costumava dizer o meu Predecessor Jo√£o Paulo II. Os jovens n√£o temem o sacrif√≠cio, mas, sim, uma vida sem sentido. S√£o sens√≠veis √† chamada de Cristo que os convida a segui-Lo. Podem responder a essa chamada como sacerdotes, como consagrados e consagradas, ou ainda como pais e m√£es de fam√≠lia, dedicados totalmente a servir aos seus irm√£os com todo o seu tempo, sua capacidade de entrega e com a vida inteira. Os jovens encaram a exist√™ncia como uma constante descoberta, n√£o se limitando √†s modas e tend√™ncias comuns, indo mais al√©m com uma curiosidade radical acerca do sentido da vida, e de Deus Pai-Criador e Deus-Filho Redentor no seio da fam√≠lia humana. Eles devem-se comprometer por uma constante renova√ß√£o do mundo √† luz de Deus. Mais ainda: cabe-lhes a tarefa de opor-se √†s f√°ceis ilus√Ķes da felicidade imediata e dos para√≠sos enganosos da droga, do prazer, do √°lcool, junto com todas as formas de viol√™ncia.

6. ‚ÄúQu√©date con nosotros‚ÄĚ

Los trabajos de esta V Conferencia General nos llevan a hacer nuestra la s√ļplica de los disc√≠pulos de Ema√ļs: ‚ÄúQu√©date con nosotros, porque atardece y el d√≠a ya ha declinado‚ÄĚ (Lc 24, 29).

Qu√©date con nosotros, Se√Īor, acomp√°√Īanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Qu√©date con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo m√°s densas las sombras, y t√ļ eres la Luz; en nuestros corazones se insin√ļa la desesperanza, y t√ļ los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero t√ļ nos confortas en la fracci√≥n del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad t√ļ has resucitado y que nos has dado la misi√≥n de ser testigos de tu resurrecci√≥n. Qu√©date con nosotros, Se√Īor, cuando en torno a nuestra fe cat√≥lica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: t√ļ, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ay√ļdanos a sentir la belleza de creer en ti. Qu√©date en nuestras familias, ilum√≠nalas en sus dudas, sost√©nlas en sus dificultades, consu√©lalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada d√≠a, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. T√ļ que eres la Vida, qu√©date en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepci√≥n hasta su t√©rmino natural. Qu√©date, Se√Īor, con aqu√©llos que en nuestras sociedades son m√°s vulnerables; qu√©date con los pobres y humildes, con los ind√≠genas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabidur√≠a de su identidad. Qu√©date, Se√Īor, con nuestros ni√Īos y con nuestros j√≥venes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente, prot√©gelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus leg√≠timas esperanzas.¬°Oh buen Pastor, qu√©date con nuestros ancianos y con nuestros enfermos. ¬°Fortalece a todos en su fe para que sean tus disc√≠pulos y misioneros!

Conclusión

Al concluir mi permanencia entre vosotros, deseo invocar la protecci√≥n de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia sobre vuestras personas y sobre toda Am√©rica Latina y el Caribe. Imploro de modo especial a Nuestra Se√Īora ‚Äď bajo la advocaci√≥n de Guadalupe, Patrona de Am√©rica, y de Aparecida, Patrona de Brasil - que os acompa√Īe en vuestra hermosa y exigente labor pastoral. A ella conf√≠o el Pueblo de Dios en esta etapa del tercer Milenio cristiano. A ella le pido tambi√©n que gu√≠e los trabajos y reflexiones de esta Conferencia General, y que bendiga con abundantes dones a los queridos pueblos de este Continente.

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