Queridos hermanos y hermanas:
Os renuevo a todos mis mejores deseos de una feliz Pascua, en el domingo que concluye la octava y se denomina tradicionalmente domingo in Albis, como dije ya en la homilÃa. Por voluntad de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Juan Pablo II, que murió precisamente después de las primeras VÃsperas de esta festividad, este domingo está dedicado también a la Misericordia Divina. En esta solemnidad tan singular he celebrado, en esta plaza, la santa misa acompañado por cardenales, obispos y sacerdotes, por fieles de Roma y por numerosos peregrinos, que han querido reunirse en torno al Papa en la vÃspera de sus 80 años. A todos les renuevo, desde lo más profundo de mi corazón, mi gratitud más sincera, que extiendo a toda la Iglesia, la cual me rodea con su afecto, como una verdadera familia, especialmente durante estos dÃas.
Este domingo —como decÃa— concluye la semana o, más precisamente, la "octava" de Pascua, que la liturgia considera como un único dÃa: "Este es el dÃa en que actuó el Señor" (Sal 117, 24). No es un tiempo cronológico, sino espiritual, que Dios abrió en el entramado de los dÃas cuando resucitó a Cristo de entre los muertos. El EspÃritu Creador, al infundir la vida nueva y eterna en el cuerpo sepultado de Jesús de Nazaret, llevó a la perfección la obra de la creación, dando origen a una "primicia": primicia de una humanidad nueva que es, al mismo tiempo, primicia de un nuevo mundo y de una nueva era.
Esta renovación del mundo se puede resumir en una frase: la que Jesús resucitado pronunció como saludo y sobre todo como anuncio de su victoria a los discÃpulos: "Paz a vosotros" (Lc 24, 36; Jn 20, 19. 21. 26). La paz es el don que Cristo ha dejado a sus amigos (cf. Jn 14, 27) como bendición destinada a todos los hombres y a todos los pueblos. No la paz según la mentalidad del "mundo", como equilibrio de fuerzas, sino una realidad nueva, fruto del amor de Dios, de su misericordia. Es la paz que Jesucristo adquirió al precio de su sangre y que comunica a los que confÃan en él. "Jesús, confÃo en ti": en estas palabras se resume la fe del cristiano, que es fe en la omnipotencia del amor misericordioso de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os agradezco nuevamente vuestra cercanÃa espiritual con ocasión de mi cumpleaños y del aniversario de mi elección como Sucesor de Pedro, os encomiendo a todos a MarÃa, Madre de misericordia, Madre de Jesús, que es la encarnación de la Misericordia divina. Con su ayuda, dejémonos renovar por el EspÃritu, para cooperar en la obra de paz que Dios está realizando en el mundo y que no hace ruido, sino que actúa en los innumerables gestos de caridad de todos sus hijos.
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Después del Regina Caeli
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular a los alumnos del Instituto de Fuensalida, Toledo. En este domingo dedicado a la Divina Misericordia, acudamos a la Virgen MarÃa, Madre del amor misericordioso, para que encontremos en Cristo resucitado la fuente de la vida nueva. Al mismo tiempo, aprovecho para agradeceros de corazón vuestra felicitación y vuestras oraciones por mi cumpleaños. ¡Que Dios os bendiga!
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