Queridos hermanos y hermanas:
Hoy nos volvemos a reunir, después de las solemnes celebraciones de la Pascua, para el acostumbrado encuentro del miércoles. Ante todo deseo renovaros a cada uno mi más cordial felicitación pascual. Os agradezco vuestra presencia en tan gran número y doy gracias al Señor por el hermoso sol que nos da.
En la Vigilia pascual resonó este anuncio: "Verdaderamente, ha resucitado el Señor, aleluya". Ahora es él mismo quien nos habla: "No moriré —proclama—; seguiré vivo". A los pecadores dice: "Recibid el perdón de los pecados, pues yo soy vuestro perdón". Por último, a todos repite: "Yo soy la Pascua de la salvación, yo soy el Cordero inmolado por vosotros, yo soy vuestro rescate, yo soy vuestra vida, yo soy vuestra resurrección, yo soy vuestra luz, yo soy vuestra salvación, yo soy vuestro rey. Yo os mostraré al Padre". Asà se expresa un escritor del siglo II, Melitón de Sardes, interpretando con realismo las palabras y el pensamiento del Resucitado (Sobre la Pascua, 102-103).
En estos dÃas la liturgia recuerda varios encuentros que Jesús tuvo después de su resurrección: con MarÃa Magdalena y las demás mujeres que fueron al sepulcro de madrugada, el dÃa que siguió al sábado; con los Apóstoles, reunidos incrédulos en el Cenáculo; con Tomás y los demás discÃpulos. Estas diferentes apariciones de Jesús constituyen también para nosotros una invitación a profundizar el mensaje fundamental de la Pascua; nos estimulan a recorrer el itinerario espiritual de quienes se encontraron con Cristo y lo reconocieron en esos primeros dÃas después de los acontecimientos pascuales.
El evangelista Juan narra que Pedro y él mismo, al oÃr la noticia que les dio MarÃa Magdalena, corrieron, casi como en una competición, hacia el sepulcro (cf. Jn 20, 3 ss). Los Padres de la Iglesia vieron en esa carrera hacia el sepulcro vacÃo una exhortación a la única competición legÃtima entre los creyentes: la competición en busca de Cristo.
Y ¿qué decir de MarÃa Magdalena? Llorando, permanece junto a la tumba vacÃa con el único deseo de saber a dónde han llevado a su Maestro. Lo vuelve a encontrar y lo reconoce cuando la llama por su nombre (cf. Jn 20, 11-18). También nosotros, si buscamos al Señor con sencillez y sinceridad de corazón, lo encontraremos, más aún, será él quien saldrá a nuestro encuentro; se dejará reconocer, nos llamará por nuestro nombre, es decir, nos hará entrar en la intimidad de su amor.
Hoy, miércoles de la octava de Pascua, la liturgia nos invita a meditar en otro encuentro singular del Resucitado, el que tuvo con los dos discÃpulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Mientras volvÃan a casa, desconsolados por la muerte de su Maestro, el Señor se hizo su compañero de viaje sin que lo reconocieran. Sus palabras, al comentar las Escrituras que se referÃan a él, hicieron arder el corazón de los dos discÃpulos, los cuales, al llegar a su destino, le pidieron que se quedara con ellos. Cuando, al final, él "tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio" (Lc 24, 30), sus ojos se abrieron. Pero en ese mismo instante Jesús desapareció de su vista. Por tanto, lo reconocieron cuando desapareció.
Comentando este episodio evangélico, san AgustÃn afirma: "Jesús parte el pan y ellos lo reconocen. Entonces nosotros no podemos decir que no conocemos a Cristo. Si creemos, lo conocemos. Más aún, si creemos, lo tenemos. Ellos tenÃan a Cristo a su mesa; nosotros lo tenemos en nuestra alma". Y concluye: "Tener a Cristo en nuestro corazón es mucho más que tenerlo en la casa, pues nuestro corazón es más Ãntimo para nosotros que nuestra casa" (Discurso 232, VII, 7). Esforcémonos realmente por llevar a Jesús en el corazón.
En el prólogo de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas afirma que el Señor resucitado, "después de su pasión, se les presentó (a los Apóstoles), dándoles muchas pruebas de que vivÃa, apareciéndoseles durante cuarenta dÃas" (Hch 1, 3). Hay que entender bien: cuando el autor sagrado dice que les dio pruebas de que vivÃa no quiere decir que Jesús volvió a la vida de antes, como Lázaro. La Pascua que celebramos —observa san Bernardo— significa "paso" y no "regreso", porque Jesús no volvió a la situación anterior, sino que "cruzó una frontera hacia una condición más gloriosa", nueva y definitiva. Por eso —añade— "ahora Cristo ha pasado verdaderamente a una vida nueva" (cf. Discurso sobre la Pascua).
A MarÃa Magdalena el Señor le dijo: "Suéltame, pues todavÃa no he subido al Padre" (Jn 20, 17). Es sorprendente esta frase, sobre todo si se compara con lo que sucedió al incrédulo Tomás. AllÃ, en el Cenáculo, fue el Resucitado quien presentó las manos y el costado al Apóstol para que los tocara y asà obtuviera la certeza de que era precisamente él (cf. Jn 20, 27). En realidad, los dos episodios no se contradicen; al contrario, uno ayuda a comprender el otro.
MarÃa Magdalena querÃa volver a tener a su Maestro como antes, considerando la cruz como un dramático recuerdo que era preciso olvidar. Sin embargo, ya no era posible una relación meramente humana con el Resucitado. Para encontrarse con él no habÃa que volver atrás, sino entablar una relación totalmente nueva con él: era necesario ir hacia adelante.
Lo subraya san Bernardo: Jesús "nos invita a todos a esta nueva vida, a este paso... No veremos a Cristo volviendo la vista atrás" (Discurso sobre la Pascua). Es lo que aconteció a Tomás. Jesús le muestra sus heridas no para olvidar la cruz, sino para hacerla inolvidable también en el futuro.
Por tanto, la mirada ya está orientada hacia el futuro. El discÃpulo tiene la misión de testimoniar la muerte y la resurrección de su Maestro y su vida nueva. Por eso, Jesús invita a su amigo incrédulo a "tocarlo": lo quiere convertir en testigo directo de su resurrección.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como MarÃa Magdalena, Tomás y los demás discÃpulos, estamos llamados a ser testigos de la muerte y la resurrección de Cristo. No podemos guardar para nosotros la gran noticia. Debemos llevarla al mundo entero: "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 24).
Que la Virgen MarÃa nos ayude a gustar plenamente la alegrÃa pascual, para que, sostenidos por la fuerza del EspÃritu Santo, seamos capaces de difundirla a nuestra vez dondequiera que vivamos y actuemos.
Una vez más: ¡Feliz Pascua a todos vosotros!
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial al grupo del seminario de Pamplona, a la Agencia para la reeducación y reinserción, de Madrid, asà como a los grupos de las diversas parroquias y colegios de España, y a los demás peregrinos de Argentina y otros paÃses latinoamericanos. Invito a todos a dejar que Cristo resucitado entre en vuestros corazones y nazca asÃ, en cada persona y en el mundo entero, la vida nueva que ha ganado para nosotros. Gracias por vuestra visita y una vez más: ¡Felices Pascuas!
(A los fieles de las diócesis de Basilicata, que acompañaban a sus obispos con ocasión de la visita "ad limina")
Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a todos a fundamentar sólidamente vuestra vida sobre la roca de la indefectible palabra de Dios, para anunciarla con fidelidad a los hombres de nuestro tiempo. Las fiestas pascuales, que hemos celebrado solemnemente, os sirvan de estÃmulo a uniros cada vez más al Señor crucificado y resucitado, y os impulsen a participar con generosidad en la misión de vuestras respectivas comunidades cristianas.
Mi pensamiento va, por último, a los enfermos, a los recién casados y a los jóvenes, en especial a los numerosos adolescentes procedentes de la archidiócesis de Milán. Queridos jóvenes amigos, también a vosotros, como a los primeros discÃpulos, Cristo resucitado os repite: "Como el Padre me envió, también yo os envÃo... Recibid el EspÃritu Santo" (Jn 20, 21-22). Respondedle con alegrÃa y con amor, agradecidos por el inmenso don de la fe, y seréis por doquier testigos auténticos de su alegrÃa y de su paz. Que para vosotros, queridos enfermos, la resurrección de Cristo sea fuente inagotable de fortaleza, consuelo y esperanza. Y vosotros, queridos recién casados, haced operante la presencia del Resucitado en vuestra familia con la oración diaria, que alimente vuestro amor conyugal.
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