«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo,
sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
34. El SÃnodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación intrÃnseca entre fe eucarÃstica y celebración, poniendo de relieve el nexo entre lex orandi y lex credendi, y subrayando la primacÃa de la acción litúrgica. Es necesario vivir la EucaristÃa como misterio de la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de que «el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia». 105 En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe. En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarÃstica es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sà mismo en el Misterio pascual.
35. La relación entre el misterio creÃdo y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrÃnsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sà y nos llama a la comunión. En Jesús, como solÃa decir San Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orÃgenes. 106 Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos asà hacia nuestra verdadera vocación: el amor. 107 Ya en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonÃa del cosmos (cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo Testamento grandes signos del esplendor de la potencia de Dios, que se manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido (cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo Testamento se llega definitivamente a esta epifanÃa de belleza en la revelación de Dios en Jesucristo. 108 Él es la plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14; 8,54; 12,28; 17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple armonÃa de formas; «el más bello de los hombres» (Sal 45[44],33) es también, misteriosamente, quien no tiene «aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros» (Is 53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquà el resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual.
La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sà mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
36. La belleza intrÃnseca de la liturgia tiene como sujeto propio a Cristo resucitado y glorificado en el EspÃritu Santo que, en su actuación, incluye a la Iglesia. 109 En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las palabras de San AgustÃn que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia de la EucaristÃa. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio eucarÃstico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sÃ: «Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el Cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es Sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su Cuerpo y Sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido». 110 Por lo tanto, «no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo mismo». 111 Podemos contemplar asà la acción misteriosa de Dios que comporta la unidad profunda entre nosotros y el Señor Jesús: «En efecto, no se ha de creer que Cristo esté en la Cabeza sin estar también en el Cuerpo, sino que está enteramente en la Cabeza y en el Cuerpo». 112
37. Puesto que la liturgia eucarÃstica es esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del EspÃritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. En esto también es válida la afirmación indiscutible de San Pablo: «Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,11). El Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la EucaristÃa, no nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez, ha recibido (cf. 1 Co 11,23). En efecto, la celebración de la EucaristÃa implica la Tradición viva. A partir de la experiencia del Resucitado y de la efusión del EspÃritu Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio eucarÃstico obedeciendo el mandato de Cristo. Por este motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne el dÃa del Señor para la fractio panis. El dÃa en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, el Domingo, es también el primer dÃa de la semana, el dÃa que según la tradición veterotestamentaria representaba el principio de la creación. Ahora, el dÃa de la creación se ha convertido en el dÃa de la «nueva creación», el dÃa de nuestra liberación en el que conmemoramos a Cristo Muerto y Resucitado. 113
38. En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la necesidad de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. 114 El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9). 115
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la Liturgia eucarÃstica, en el correcto ars celebrandi tienen un papel imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos, sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la celebración como su deber principal. 116 En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como «primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guÃa, el promotor y custodio de toda la vida litúrgica». 117 Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia particular, no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para que toda celebración en su territorio sea legÃtima, sino también porque él mismo es por excelencia el liturgo de su propia Iglesia. 118 A él corresponde salvaguardar la unidad concorde de las celebraciones en su diócesis. Por tanto, ha de ser un «compromiso del Obispo hacer que los presbÃteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y asà se les guÃe hacia una celebración de la EucaristÃa activa y fructuosa». 119 En particular, exhorto a cumplir todo lo necesario para que las celebraciones litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente el ars celebrandi, de modo que puedan ser consideradas como modelo para todas las iglesias de su territorio. 120
40. Por consiguiente, al subrayar la importancia del ars celebrandi, se pone de relieve el valor de las normas litúrgicas. 121 El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonÃa del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la celebración eucarÃstica que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General del Misal Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo no es asÃ. En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y expresan la fe, asà como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi es igualmente importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas por la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo, colores litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su naturaleza una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser humano. La sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen más que la artificiosidad de añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la estructura propia del ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del carácter de la EucaristÃa como don, expresan la disposición del ministro para acoger con dócil gratitud dicho don inefable.
41. La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a considerar con atención todas las expresiones artÃsticas que se ponen al servicio de la celebración. 122 Un elemento importante del arte sacro es ciertamente la arquitectura de las iglesias, 123 en las que debe resaltar la unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente que el objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los misterios de la fe, en particular la EucaristÃa, el espacio más apto para el desarrollo adecuado de su acción litúrgica. 124 En efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5).
El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la escultura, en los que la iconografÃa religiosa se ha de orientar a la mistagogÃa sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la EucaristÃa haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sÃ, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción. 125
42. En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico. 126 Con razón afirma San AgustÃn en un famoso sermón: «El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es función de alegrÃa y, si lo consideramos atentamente, función de amor». 127 El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia, en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. 128 Por consiguiente, todo —el texto, la melodÃa, la ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. 129 Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano 130 como canto propio de la liturgia romana. 131
43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración eucarÃstica que requieren un especial cuidado en nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.
44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrÃnseca del rito de la Santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarÃstica —además de los ritos de introducción y conclusión— «están estrechamente unidas entre sà y forman un único acto de culto». 132 En efecto, la Palabra de Dios y la EucaristÃa están intrÃnsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la EucaristÃa, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual. 133 Asà pues, «la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo». 134 Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la EucaristÃa como a su fin connatural.
45. Junto con el SÃnodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que «cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio». 135 Si las circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser escuchada y acogida con espÃritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con el Sacramento eucarÃstico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrÃnseca a la persona de Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana, 136 el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar, celebrar y vivir mejor la EucaristÃa. A este respecto, se aprecia también en toda su verdad la afirmación, según la cual «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo». 137
Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina). Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, VÃsperas, Completas y también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas bÃblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economÃa de la salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en la celebración eucarÃstica. 138
46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilÃa está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta «es parte de la acción litúrgica»; 139 tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de «preparar la homilÃa con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura». 140 Han de evitarse homilÃas genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilÃa ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental 141 y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia. 142 Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la homilÃa. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilÃas temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro «pilares» del Catecismo y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana. 143
47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «intervalo» entre la liturgia de la Palabra y la eucarÃstica. Entre otras razones, porque eso harÃa perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. 144 En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar asà pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarÃstica se une al sacrificio redentor de Cristo.
48. La Plegaria eucarÃstica es «el centro y la cumbre de toda la celebración». 145 Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias eucarÃsticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria eucarÃstica: acción de gracias, aclamación, epÃclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación, intercesión y doxologÃa conclusiva. 146 En particular, la espiritualidad eucarÃstica y la reflexión teológica se iluminan al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del EspÃritu Santo y el relato de la institución, 147 en la que «se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena». 148 En efecto, «la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del EspÃritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la vÃctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes la reciben». 149
49. La EucaristÃa es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarÃstico se expresa en la celebración litúrgica de manera especÃfica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sà misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquél que «es nuestra paz» (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos e individuos aun cuando fracasan las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el SÃnodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. SerÃa bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos. 150
50. Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer referencia, es la distribución y recepción de la Santa Comunión. Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la EucaristÃa en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente. 151 Todas las comunidades cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio. 152
A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre el sentido de la EucaristÃa, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la EucaristÃa con una celebración de la Palabra de Dios. 153
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho sobre el saludo de despedida al final de la Celebración eucarÃstica. Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, «missa» significaba simplemente «terminada». Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión «missa» se transforma, en realidad, en «misión». Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, serÃa útil disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen dicha relación. 154
52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarÃstica. 155 Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarÃstica «como espectadores mudos o extraños», sino a participar «consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada». 156 El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, «instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sà mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen dÃa a dÃa, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sû. 157
53. La belleza y armonÃa de la acción litúrgica se manifiestan de manera significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por sÃ, la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones que corresponden a cada uno en la comunión eclesial. 158 En particular, es preciso que haya claridad sobre las tareas especÃficas del sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de modo insustituible toda la celebración eucarÃstica, desde el saludo inicial a la bendición final. En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, cabeza de la Iglesia y, en la manera que le es propia, también a la Iglesia misma. 159 En efecto, toda celebración de la EucaristÃa está dirigida por el Obispo, «ya sea personalmente, ya por los presbÃteros, sus colaboradores». 160 Es ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones especÃficas en la celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el Evangelio, predicar eventualmente la homilÃa, enunciar las intenciones en la oración universal, distribuir la EucaristÃa a los fieles. 161 En relación con estos ministerios vinculados al sacramento del Orden, hay también otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan religiosos y laicos preparados, lo que es de alabar. 162
54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los fieles en el Sacrificio eucarÃstico. Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas. 163 El hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4), está en relación directa no sólo con las expectativas expresadas en el Antiguo Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha manifestado que Dios quiere encontrarnos en nuestro contexto vital. Por tanto, para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración eucarÃstica, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la Ordenación General del Misal Romano, 164 interpretadas a la luz de los criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994, 165 y de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia in America, Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa. 166 Para lograr este objetivo, encomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas adaptaciones, 167 siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.
55. Al considerar el tema de la actuosa participatio de los fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación. 168 Una de ellas es ciertamente el espÃritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarÃstica cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena participación en la EucaristÃa se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión. 169 No obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el sólo hecho de encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarÃstica. Aun cuando no es posible acercarse a la comunión sacramental, la participación en la Santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II 170 y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual. 171
56. Al tratar el tema de la participación nos encontramos inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir que la unión intrÃnseca que se da entre EucaristÃa y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por un lado, el dÃa en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo la divina EucaristÃa y expresar asà visiblemente la plenitud de la unidad que Cristo ha querido para sus discÃpulos (cf. Jn 17,21). Por otro lado, el respeto que debemos al Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él un simple «medio» que se usa indiscriminadamente para alcanzar esta misma unidad. 172 En efecto, la EucaristÃa no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino que implica también la plena communio con la Iglesia. Éste es, pues, el motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la comunión eucarÃstica y la comunión eclesial se corresponden tan Ãntimamente que hace imposible generalmente por parte de los cristianos no católicos la participación en una sin tener la otra. Menos sentido tendrÃa aún una concelebración propia y verdadera con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales no en plena comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no católicos a la EucaristÃa, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales, caracterizadas por condiciones bien precisas. 173 Éstas están indicadas claramente en el Catecismo de la Iglesia Católica 174 y en su Compendio. 175 Todos tienen el deber de atenerse fielmente a ellas.
57. Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la palabra «participación» ha adquirido en las últimas décadas un sentido más amplio que en el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos instrumentos ofrecen también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la Celebración eucarÃstica. 176 Eso exige a los agentes pastorales del sector una preparación especÃfica y un acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la Santa Misa que se transmite por televisión adquiere inevitablemente una cierta ejemplaridad. Por tanto, se ha de poner una especial atención en que la celebración, además de hacerse en lugares dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas.
Por lo que se refiere al valor de la participación en la Santa Misa que los medios de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones ha de saber que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical. En efecto, el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce en sà misma. 177 Si es loable que ancianos y enfermos participen en la Santa Misa festiva a través de las transmisiones radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien, mediante tales transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración eucarÃstica en la asamblea de la Iglesia viva.
58. Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los lugares de culto por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de toda la comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la asistencia espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su casa como a los que están hospitalizados. En el SÃnodo de los Obispos se ha hecho referencia a ellos varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros puedan recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar asà la relación con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la ofrenda del propio sufrimiento en unión con el Sacrificio de nuestro Señor. Se ha de reservar una atención particular a los discapacitados; si lo permite su condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su participación en la celebración en un lugar de culto. A este respecto, se ha de procurar que los edificios sagrados no tengan obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso de los minusválidos. Se ha de dar también la Comunión eucarÃstica, cuando sea posible, a los discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben la EucaristÃa también en la fe de la familia o de la comunidad que los acompaña. 178
59. La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo una indicación especÃfica de Cristo (cf. Mt 25,36), ha reconocido en la visita a los presos una de las obras de misericordia corporal. Los que se encuentran en esta situación tienen una necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en el Sacramento de la EucaristÃa. Sentir la cercanÃa de la comunidad eclesial, participar en la EucaristÃa y recibir la Santa Comunión en un perÃodo de la vida tan particular y doloroso puede ayudar sin duda en el propio camino de fe y favorecer la plena reinserción social de la persona. Interpretando los deseos manifestados en la asamblea sinodal pido a las diócesis que, en lo posible, pongan los medios adecuados para una actividad pastoral que se ocupe de atender espiritualmente a los presos. 179
60. Al plantearse el problema de los que se ven obligados a dejar la propia tierra por diversos motivos, el SÃnodo ha expresado particular gratitud a los que se dedican a la atención pastoral de los emigrantes. En este contexto, se ha de prestar una atención especial a los emigrantes que pertenecen a las Iglesias católicas orientales y a los que, lejos de su propia casa, tienen dificultades para participar en la liturgia eucarÃstica según el propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, se les conceda poder ser asistidos por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido a los Obispos que acojan en la caridad de Cristo a estos hermanos. El encuentro entre los fieles de diversos ritos puede convertirse también en ocasión de enriquecimiento recÃproco. Pienso particularmente en el beneficio que puede aportar, sobre todo para el clero, el conocimiento de las diversas tradiciones. 180
61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación en las grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares, en las que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes. 181 Por un lado, es fácil reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando el Obispo preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en estas circunstancias se pueden producir problemas por lo que se refiere a la expresión sensible de la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria eucarÃstica y en la distribución de la Santa Comunión. Se ha de evitar que estas grandes concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de prever modos adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera que permita a los presbÃteros y a los fieles una participación plena y real. En todo caso, se ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter excepcional y limitadas a situaciones extraordinarias.
62. No obstante, lo dicho anteriormente no debe ofuscar el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Éstas han de ser valoradas debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el SÃnodo de los Obispos, en sintonÃa con las normas del Concilio Vaticano II: 182 exceptuadas las lecturas, la homilÃa y la oración de los fieles, serÃa bueno que dichas celebraciones fueran en latÃn; también se podrÃan rezar en latÃn las oraciones más conocidas 183 de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la Santa Misa en latÃn, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latÃn y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia. 184
63. Una situación muy distinta es la que se da en algunas circunstancias pastorales en las que, precisamente para lograr una participación más consciente, activa y fructuosa, se favorecen las celebraciones en pequeños grupos. Aun reconociendo el valor formativo que tienen estas iniciativas, conviene precisar que han de estar en armonÃa con el conjunto del proyecto pastoral de la diócesis. En efecto, dichas experiencias perderÃan su carácter pedagógico si se las considerara como antagonistas o paralelas respecto a la vida de la Iglesia particular. A este respecto, el SÃnodo ha subrayado algunos criterios a los que atenerse: los grupos pequeños han de servir para unificar la comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto debe ser evaluado en la praxis concreta; estos grupos tienen que favorecer la participación fructuosa de toda la asamblea y preservar en lo posible la unidad de cada familia en la vida litúrgica. 185
64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse en corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por este motivo, el SÃnodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren, correrÃan el riesgo de caer en el ritualismo. Asà pues, se ha de promover una educación en la fe eucarÃstica que disponga a los fieles a vivir personalmente lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados. 186 En particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que «la mejor catequesis sobre la EucaristÃa es la EucaristÃa misma bien celebrada». 187 En efecto, por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la EucaristÃa. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres elementos:
a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvÃficos, según la tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la celebración de la EucaristÃa contiene en su infinita riqueza continuas referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf. Ef 1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leÃdo los acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio pascual, en relación con todo el itinerario veterotestamentario.
b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos. Este cometido es particularmente urgente en una época como la actual, tan imbuida por la tecnologÃa, en la cual se corre el riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y sÃmbolos. Más que informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra, constituyen el rito.
c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida cristiana en todas sus facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En este sentido, el resultado final de la mistagogÃa es tomar conciencia de que la propia vida es transformada progresivamente por los santos misterios que se celebran. El objetivo de toda la educación cristiana, por otra parte, es formar al fiel como «hombre nuevo», con una fe adulta, que lo haga capaz de testimoniar en el propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.
Para desarrollar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran en la fe. A este respecto, durante el SÃnodo los Padres han subrayado la conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar un renovado impulso a la formación cristiana. 188 También en nuestro tiempo el EspÃritu Santo prodiga la efusión de sus dones para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde difundir la fe y educarla hasta su madurez. 189
65. Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarÃstica tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones especÃficas de veneración de la EucaristÃa, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. 190 Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la plegaria eucarÃstica. Para adecuarse a la legÃtima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de manera humilde en los signos sacramentales.
66. Uno de los momentos más intensos del SÃnodo fue cuando, junto con muchos fieles, nos desplazamos a la BasÃlica de San Pedro para la Adoración eucarÃstica. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación intrÃnseca entre Celebración eucarÃstica y Adoración. En este aspecto significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrÃnseca entre la Santa Misa y la adoración del SantÃsimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarÃstico no habrÃa sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decÃa San AgustÃn: «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecarÃamos si no la adoráramos». 191 En efecto, en la EucaristÃa el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarÃstica no es si no la continuación obvia de la celebración eucarÃstica, la cual es en sà misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. 192 Recibir la EucaristÃa significa adorar al que recibimos. Precisamente asÃ, y sólo asÃ, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La Adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, «sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la EucaristÃa y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros». 193
67. Por tanto, unido a la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la Adoración eucarÃstica, tanto personal como comunitaria. 194 A este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la Adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar junto a Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la EucaristÃa.
Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarÃstica. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la Presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, asà como a las CofradÃas, que tienen esta práctica como un compromiso especial, siendo asà fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades.
68. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la EucaristÃa, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de Adoración comunitaria. Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción eucarÃstica ya existentes. Pienso, por ejemplo, en las procesiones eucarÃsticas, sobre todo la procesión tradicional en la Solemnidad del Corpus Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta Horas, en los Congresos eucarÃsticos locales, nacionales e internacionales, y en otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción, debidamente actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser cultivadas también hoy. 195
69. Sobre la importancia de la reserva eucarÃstica y de la adoración y veneración del Sacramento del Sacrificio de Cristo, el SÃnodo de los Obispos ha reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias. 196 En efecto, esto ayuda a reconocer la Presencia real de Cristo en el SantÃsimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarÃsticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del SantÃsimo Sacramento, y el Sagrario está en el Altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la EucaristÃa, evitando poner delante la sede del celebrante. En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del SantÃsimo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el Sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, del cual debe cuidarse también el aspecto artÃstico. Obviamente, se ha tener en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación General del Misal Romano. 197 En todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.
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