al episcopado, al clero,
a las personas consagradas
y a los fieles laicos
sobre la EucaristÃa
fuente y culmen de la vida
y de la misión de la Iglesia
1.Sacramento de la caridad, 1 la SantÃsima EucaristÃa es el don que Jesucristo hace de sà mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor «más grande», aquél que impulsa a «dar la vida por los propios amigos» (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la Cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discÃpulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarÃstico Jesús sigue amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarÃstico!
2. En el Sacramento del Altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San AgustÃn, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que lo atrae y le despierta el deseo. Asà pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más Ãntimo, el santo obispo exclama: «¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?». 2 En efecto, todo hombre lleva en sà mismo el deseo inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que se siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia sÃ. «Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin Él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aÃsla y se reduce a arbitrio estéril. Con Él, la libertad se reencuentra». 3 En particular, Jesús nos enseña en el Sacramento de la EucaristÃa la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la EucaristÃa, se compromete constantemente a anunciar a todos, «a tiempo y a destiempo» (2 Tm 4,2) que Dios es amor. 4 Precisamente porque Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre, invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción del EspÃritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de San PÃo V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración eucarÃstica, como fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del SÃnodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guÃa del EspÃritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II. 5 El SÃnodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas. 6
4. Además, se ha de poner de relieve la relación del reciente SÃnodo de los Obispos sobre la EucaristÃa con lo ocurrido en los últimos años en la vida de la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucarÃstico. No se puede olvidar que el SÃnodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido también preparado, por el Año de la EucaristÃa, establecido con gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso EucarÃstico Internacional de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad eucarÃstica: el Obispo Józef Bilczewski, los presbÃteros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta apostólica Mane nobiscum Domine, 7 y a las valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 8 las diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarÃstica, para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la Adoración eucarÃstica, asà como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la EucaristÃa, llegara a los pobres. Por fin, es necesario mencionar la importancia de la última EncÃclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia, 9 con la que nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarÃstica y un último testimonio del lugar central que este divino Sacramento tenÃa en su vida.
5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General del SÃnodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados—, con la intención de explicitar algunas lÃneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la EucaristÃa. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento, 10 en el presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales, 11 que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarÃstico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la EucaristÃa como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encÃclica Deus caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la EucaristÃa para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo: «el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sÃ. Se entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la EucaristÃa: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros». 12
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