Rudolph Allers, M.D., Ph.D.
Cuando se menciona el inconsciente, se piensa autom谩ticamente en las doctrinas psicol贸gicas de Freud y en otras doctrinas que de aquellas se desarrollaron. De hecho, inconsciente, como sustantivo, pas贸 a utilizarse despu茅s de Freud y bajo su influencia. El adjetivo inconsciente ha sido parte del vocabulario por un largo tiempo. Podemos se帽alar de paso que el adjetivo ha tenido y sigue teniendo varios significados diferentes, y algunos de ellos se asemejan a la noci贸n de Freud y sus sucesores. A este punto regresaremos m谩s adelante, aunque brevemente, puesto que no es el prop贸sito de este art铆culo examinar toda la historia del concepto de inconsciente.
Las ideas de Freud, como sabemos, no s贸lo han sido inmensamente efectivas en modelar las concepciones de la psicolog铆a moderna, sino que adem谩s han penetrado otras 谩reas, incorpor谩ndose incluso al lenguaje com煤n 1 . T茅rminos que originalmente eran estrictamente t茅cnicos y espec铆ficos son conocidos y utilizados por mucha gente. Y, como siempre sucede en esos casos, los t茅rminos se volvieron vagos, y podemos muy bien dudar de que aquellos que los emplean sepan exactamente qu茅 significan. Cuando un t茅rmino es utilizado de manera tan general, presupone cierta realidad establecida. Francis Bacon, Lord Verulam, resalt贸 esta peligrosa tendencia cuando habl贸 de los idola fori 鈥攍os 铆dolos del mercado 2 鈥.
Lo inconsciente es, por definici贸n, algo que no es consciente. Pero lo que se descubre pasa a ser conocido, es decir, representado en la consciencia por una imagen, un concepto o un juicio, seg煤n el caso. Lo que no est谩 en la consciencia no puede, en sentido estricto, ser descubierto. Dejando de lado la cuesti贸n de si el inconsciente existe en uno u otro sentido, debemos tener en cuenta el hecho de que esta existencia nunca podr谩 ser demostrada por experiencia directa. En otras palabras, el inconsciente no designa algo existente que se puede descubrir, sino una entidad hipot茅tica. Considerar, sin embargo, el inconsciente como una hip贸tesis no niega la legitimidad o incluso inevitabilidad de la noci贸n. Veremos m谩s adelante que la psicolog铆a 鈥攃ualquiera que sea su tipo鈥 no puede evitar introducir tales nociones hipot茅ticas. De hecho, nociones hipot茅ticas siempre han jugado un importante rol en la psicolog铆a. Sin embargo, si queremos expresarnos con la precisi贸n que caracteriza una investigaci贸n acad茅mica y que es, evidentemente, conditio sine qua non en toda empresa filos贸fica, no nos debemos referir al inconsciente como un "hecho".
S贸lo estados mentales conscientes pueden ser observados y haci茅ndose, de esa manera, materia de afirmaciones factuales. Cualquier afirmaci贸n que el psic贸logo pueda hacer sobre un estado mental inconsciente es necesariamente de naturaleza hipot茅tica. Tal hip贸tesis puede ser muy plausible o incluso indispensable. Es, no obstante, una hip贸tesis. Ninguna ciencia puede, sin embargo, llegar a una presentaci贸n consistente de su materia de estudio sin depender de hip贸tesis explicativas. A tales hip贸tesis llamamos teor铆as cuando parecen proporcionar la m谩s inteligible explicaci贸n posible de las relaciones entre los hechos observados. Esto lo debemos tener en cuenta por dos razones que son, parad贸jicamente, opuestas una a la otra. La primera reside en el hecho de que el reconocimiento de la naturaleza hipot茅tica de la noci贸n de inconsciente hace cuestionables ciertos supuestos que hoy gozan de aprobaci贸n general y as铆 pone las bases para una evaluaci贸n cr铆tica de la noci贸n. La otra raz贸n, sin embargo, consiste en que la misma situaci贸n prevalece respecto a otras afirmaciones, tanto de sentido com煤n como de psicolog铆a. Va a quedar claro a lo largo de esta discusi贸n que constantemente utilizamos tales interpolaciones hipot茅ticas sin darnos cuenta de ello. En otras palabras, vista del 谩ngulo de elaboraci贸n sistem谩tica de una ciencia consistente de la psicolog铆a, la noci贸n del inconsciente no es una novedad.
Antes de proceder a un examen del lugar o legitimidad de la noci贸n de inconsciente, es recomendable investigar los hechos que han sugerido la suposici贸n de la existencia del inconsciente. Por ahora, trataremos solamente hechos e hip贸tesis a los que se refiere la psicolog铆a freudiana y varias escuelas que adoptaron ideas similares. Lo que se pueda encontrar sobre el inconsciente en escritos anteriores a la aparici贸n del psicoan谩lisis se mencionar谩 brevemente cuando tratemos las relaciones de la psicolog铆a moderna del inconsciente con doctrinas de tiempos pasados. Sobre esto, podemos decir aqu铆 que no podemos esperar encontrar en ning煤n lugar una hip贸tesis desarrollada sobre el inconsciente que se compare a la Freud o Jung. Pero se puede mostrar, y lo mostraremos aqu铆, que esta hip贸tesis es impl铆citamente reconocida tambi茅n por la psicolog铆a tradicional o, si se prefiere, la filosof铆a de la mente.
Para entender, sin embargo, el modo como Freud fue conducido a formular esta noci贸n del inconsciente, es necesario decir algunas palabras sobre el trabajo de algunos predecesores inmediatos del psiquiatra vien茅s. Es tambi茅n necesario tener en cuenta la mentalidad general del tiempo de Freud y las ideas que entonces predominaban en el mundo m茅dico. De otra manera, las peculiaridades de la concepci贸n del inconsciente de Freud permanecer铆an en gran parte ininteligibles. A pesar de su indubitable originalidad, Freud nunca abandon贸, durante los muchos a帽os de su carrera acad茅mica, los principios que le fueron imbuidos como estudiante y como joven m茅dico.
Respecto del 煤ltimo punto, basta decir que la visi贸n de Freud de la naturaleza humana reposaba sobre la sobrevaloraci贸n entonces 鈥攜 durante mucho tiempo despu茅s鈥 dominante de los m茅todos y aproximaciones estrictamente cient铆ficos por un lado, y sobre la incuestionable aceptaci贸n del evolucionismo por otro. Esta actitud no descartaba, no obstante, el reconocimiento de los fen贸menos mentales como distintos de los fen贸menos corporales; pero Freud estaba convencido de que en 煤ltima instancia, los procesos mentales ser铆an tambi茅n descritos en t茅rminos m茅dicos. De hecho, la terminolog铆a que Freud utiliza para hablar de los procesos mentales tiene como modelo aquella utilizada en la medicina. Ocasionalmente, sin embargo, nos cruzamos con observaciones que no parecen estar de acuerdo con esta concepci贸n b谩sica. Tal vez podamos encontrar una explicaci贸n para esas inconsistencias en un rasgo muy curioso de la realmente compleja personalidad de Freud, revelado posteriormente por Ernest Jones en su biograf铆a de su maestro. Freud estaba profundamente interesado en los as铆 llamados fen贸menos ocultos, una preocupaci贸n que un "cient铆fico serio" supuestamente no deber铆a permitirse. Seg煤n Jones, era necesaria mucha persuasi贸n de parte de sus disc铆pulos para impedir que Freud escribiese sobre esos asuntos 3 . No es imposible que esta preocupaci贸n de Freud manifieste una insatisfacci贸n oculta con una visi贸n estrictamente naturalista.
Si la perspectiva b谩sica de Freud fue determinada por la mentalidad general de su 茅poca, fue la influencia de tres hombres la que lo inici贸 en el camino hacia el "descubrimiento del inconsciente". Dos veces, primero a fines de 1885 y comienzos de 1886, y luego nuevamente en 1889, Freud viaj贸 a Francia. Durante su primera estad铆a, asisti贸 a las conferencias de Charcot y trabaj贸 en el Salp锚tri猫re en Paris. En la segunda vez fue a Nancy, donde Liebault y su joven colaborador Bernheim hab铆an hecho del hipnotismo su campo de estudios especiales. Lo que Freud vio y aprendi贸 en esas dos ocasiones se torn贸 el origen de sus ideas sobre la naturaleza de aquellos disturbios que hoy llamamos neurosis. A sus experimentos en Francia se suman aquellos realizados por el m茅dico vien茅s Joseph Breuer al tratar a una joven cuyo hist贸rico m茅dico figura como el primero de aquellos reportados en Estudios sobre la Histeria, que Breuer y Freud publicaron en 1895.
Si bien no exactamente pertinente a este t贸pico, hay una influencia que aparentemente no ha recibido todav铆a la atenci贸n que merece. Freud era un 谩vido lector, cuyos intereses se extend铆an mucho m谩s all谩 de su especialidad. Es probable, para decir lo menos, que durante los meses en que estuvo en Francia se haya familiarizado con la literatura francesa contempor谩nea. Eran los tiempos del apogeo del naturalismo literario, tiempos de Taine y de Renan. La novela Le disciple, de Paul Bourget, habla de un cient铆fico 鈥攑sic贸logo o antrop贸logo鈥 cuyas ense帽anzas pueden 鈥攏o injustamente鈥 ser vistas como un bosquejo de las visiones de Freud. Bourget, en efecto, era profundamente cr铆tico con ese esp铆ritu y se帽al贸 su destructiva influencia en varios ensayos. Estos escritos, todos los cuales anteriores a la primera publicaci贸n de Breuer y Freud, ofrecen amplia evidencia del clima intelectual predominante en Francia, y hay buenas razones para asumir que Freud no fue indiferente a esas influencias.
De Charcot Freud hab铆a aprendido que s铆ntomas corporales pueden ser causados por fen贸menos puramente mentales. Los experimentos hipn贸ticos de la Escuela de Nancy le hab铆an ense帽ado que las acciones pod铆an ser motivadas por razones que pod铆an ser ignoradas por el mismo individuo. Las observaciones que Breuer hab铆a hecho en el caso de una joven que sufr铆a de histeria apuntaban en la misma direcci贸n.
Lo que ac谩 nos concierne es exclusivamente la noci贸n de Freud sobre el inconsciente y no la totalidad de su doctrina. Vamos a tratar, por lo tanto, s贸lo los puntos relevantes a ese aspecto, que son tres. Primeramente, el estudio de la hipnosis hab铆a mostrado que los s铆ntomas, tanto corporales como mentales, podr铆an ser producidos por sugesti贸n hipn贸tica, y que el sujeto, habiendo retornado a su estado normal, no sabr铆a qu茅 hab铆a causado el s铆ntoma (ej. La par谩lisis de un miembro, la p茅rdida de la sensibilidad cut谩nea en una cierta 谩rea, etc.). El s铆ntoma desaparece cuando se le dice al sujeto en una segunda sesi贸n hipn贸tica. Esto muestra que una disposici贸n artificialmente creada, de la cual el sujeto no es consciente, puede tener efectos duraderos. En segundo lugar, que este efecto no necesita ser producido inmediatamente durante el estado hipn贸tico, sino que se le puede hacer aparecer alg煤n tiempo despu茅s de que el sujeto se despierta; esto es lo que se llama "sugesti贸n post-hipn贸tica". Este es, en realidad, un nombre equivocado, puesto que no es la sugesti贸n, sino su efecto, lo que es post-hipn贸tico. En tercer lugar, que un proceso similar se puede iniciar sin hipnosis, como lo mostr贸 el caso de Breuer. El comando de la hipnosis es, por decirlo as铆, remplazado por alguna necesidad imperativa en la mente del sujeto de "olvidarse" de un cierto evento.
Este "olvido" resulta ser de naturaleza distinta a lo que usualmente as铆 se denomina. La diferencia consiste en que aparentemente no hay acceso posible al dato o experiencia olvidados si no es en la hipnosis. Igualmente Breuer en su caso s贸lo fue capaz de traer ciertos eventos nuevamente a la consciencia a trav茅s de la hipnosis. Para distinguir este tipo de desaparici贸n de la consciencia del olvido ordinario, se le llam贸 "represi贸n".
Puesto que el dato reprimido se volvi贸 inaccesible y no puede ser recordado como lo que ha sido confiado a la memoria, se pens贸 que el dato reprimido estaba en un "lugar" distinto a la memoria ordinaria.
Se sabe com煤nmente que algunas memorias est谩n, por decir as铆, a la mano, y emergen a la consciencia cuando se necesita o incluso espont谩neamente. Hay tambi茅n grados de accesibilidad. Algunas veces tenemos que buscar en la memoria y hacer un esfuerzo para traer de vuelta lo que la memoria ha preservado. No hay, sin embargo, ning煤n obst谩culo absoluto que impida que tales datos regresen a la consciencia. A la regi贸n de la mente que contiene esas memorias Freud denomin贸 "subconsciente", mientras que de los datos ordinariamente inaccesibles dijo que se volvieron "inconscientes" o que se ubicaron en el "inconsciente".
Es necesario explorar un poco m谩s esta idea. La mente humana no puede pensar sino en t茅rminos de experiencia sensorial. Incluso cuando hablamos de cosas fuera del espacio y del tiempo, no tenemos otras expresiones a nuestra disposici贸n. Parece natural e incluso inevitable que pensemos en la memoria como una especie de espacio, un dep贸sito, donde todo lo confiado a la memoria es guardado. As铆, es comprensible que tambi茅n Freud haya utilizado esa imagen espacial. Obviamente 茅l no conceb铆a la mente como un recipiente espacial, pero consider贸 las met谩foras derivadas de la especialidad mucho m谩s adecuadas que lo que otros psic贸logos y fil贸sofos hab铆an considerado. En sus escritos te贸ricos sobre lo que llam贸 "metapsicolog铆a" habla de una reflexi贸n "topol贸gica". Y los t茅rminos "capas" o "estratos" de la mente son tomados por 茅l 鈥攜 por muchos que lo sucedieron鈥 en un sentido algo literal. As铆, el nombre de "psicolog铆a profunda" pas贸 a ser utilizado por varias escuelas que asumen la existencia de estratos "profundos" de la mente, de una profundidad a la cual se debe adentrar para descubrir qu茅 ha sido reprimido y as铆 vuelto inaccesible al recuerdo ordinario.
Tales met谩foras son, en efecto, inevitables. Son tambi茅n peligrosas, porque su naturaleza metaf贸rica es tan f谩cilmente olvidada que acaban por ser tomadas como descripciones, mientras que son, de hecho, s贸lo analog铆as, muchas veces de tipo cuestionable.
En realidad, estas met谩foras pueden ser sustituidas por otras. En lugar de hablar de estratos m谩s y menos profundos, se puede igualmente hablar de 谩reas conc茅ntricas, m谩s o menos distantes de la consciencia, y as铆 hablar de una "psicolog铆a de la distancia", en lugar de una "psicolog铆a profunda" 4 .
Los estudios con el hipnotismo, as铆 como el an谩lisis del caso de Breuer revelaron la capacidad de producir s铆ntomas que tienen las experiencias olvidadas o reprimidas de naturaleza emocional. Experimentos como estos se han realizado por doquier en un pasado reciente. Posteriores investigaciones de Freud lo condujeron a asumir 鈥攐 como cre铆a 茅l, demostrar鈥攓ue se debe regresar a un pasado distante, y que los disturbios neur贸ticos eran causados por experiencias de la infancia. 脡l conceb铆a, sin embargo, el inconsciente, que supuestamente "conten铆a" todo lo reprimido, como originalmente "vac铆o". Incluso cuando posteriormente admiti贸 que tales experiencias pod铆an ser anteriores al nacimiento, a煤n as铆 las consideraba como tales, es decir, como impresiones recibidas por una mente que pod铆a ser descrita, en el sentido de Arist贸teles y otros, como tabula rasa. Esta idea tiene un rol relativamente insignificante en la doctrina de Freud, pero debe ser mencionada aqu铆 pues es una de aquellas en las que la psicolog铆a de Jung se diferencia de la de Freud.
Hasta ahora s贸lo hemos hablado de los contenidos del inconsciente. Se帽alamos, de paso, que esos contenidos no son, como se dice muchas veces, los "instintos". Estos pertenecen, seg煤n Freud, a la constituci贸n org谩nica del ser humano; nunca son, como tales, contenidos de la consciencia, y, por lo tanto, tampoco pueden ser expulsados de ella. Los instintos son, como dice Freud, "representados" en la consciencia por im谩genes de situaciones anticipadas que prometen la satisfacci贸n de urgencias instintivas. Cuando estas metas instintivas resultan incompatibles con las demandas de las fuerzas exteriores de la educaci贸n y la sociedad, son relegados al inconsciente 5 .
La doctrina de Freud, sin embargo, abarca no s贸lo afirmaciones sobre los contenidos del inconsciente, sino tambi茅n sobre sus operaciones. Las ideas sobre estas 煤ltimas resultaron principalmente del an谩lisis e interpretaci贸n que hace Freud de los sue帽os 6 . Ser铆a demasiado largo hablar, aunque resumidamente, de toda la doctrina de Freud sobre el tema. Abordaremos lo poco que es necesario decir sobre el modus operandi que Freud atribuye al inconsciente en una secci贸n posterior de este art铆culo; investigaremos, entonces, la afirmaci贸n del psicoan谩lisis de que el inconsciente se diferencia profundamente en su funcionamiento de la consciencia o incluso del subconsciente.
No es necesario recordar que las ideas de Freud encontraron inicialmente una notable resistencia de parte de los psiquiatras y psic贸logos, aunque no tardaron mucho en empezar a ejercer la m谩s grande influencia que se pueda concebir. Un n煤mero creciente de seguidores se congreg贸 alrededor de Freud, y se sabe que hoy sus ideas han penetrado otras innumerables 谩reas 7 . En efecto, dif铆cilmente se encuentra una disciplina relacionada con el estudio del hombre donde no se haya sentido el impacto de las doctrinas freudianas.
Entre los seguidores de Freud, muchos adhirieron estrictamente a sus ense帽anzas, mientras que otros, m谩s temprano o m谩s tarde, fueron por su propio camino. Claro, s贸lo uno de esos debe ser considerado dentro del contexto de este escrito, porque los dem谩s no se desviaron de la "ortodoxia" en lo que se refiere a la noci贸n del inconsciente. Este hombre es el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, que denomina su propia doctrina "psicolog铆a anal铆tica", para distinguirse del psicoan谩lisis, t茅rmino que en realidad debe ser utilizado exclusivamente para designar las ideas de Freud.
Jung est谩 de acuerdo con Freud en la noci贸n de la represi贸n, en el rol que juega lo reprimido en determinar la conducta y los s铆ntomas, y en el origen de los contenidos inconscientes. Jung sostiene tambi茅n que el conflicto entre impulsos primarios y fuerzas ambientales resultan en la represi贸n de las metas primarias hacia el inconsciente, y que estas permanecen retenidas all铆 por el ejercicio continuo del poder represivo. Seg煤n Jung, sin embargo, esto s贸lo forma el contenido del "inconsciente personal", pues cree en una estratificaci贸n mucho m谩s grande de la mente que Freud. El inconsciente propiamente consiste, seg煤n nos dice, en muchos estratos, de los cuales el inconsciente personal o individual no es sino el m谩s superficial. Bajo este inconsciente individual est谩 lo que Jung denomina el "inconsciente colectivo". Este est谩, a su vez, subdividido en varios estratos: uno tribal, uno racial, uno ancestral; este 煤ltimo alcanza no s贸lo la humanidad primitiva, sino incluso la ascendencia animal del hombre. Jung, en efecto, no cree menos en el evolucionismo que el que una vez fuera su maestro, Freud.
El inconsciente colectivo es la propiedad colectiva de la humanidad. Jung llega a esta hip贸tesis por dos conjuntos de datos. Primero, el notorio parecido entre ciertos "s铆mbolos" encontrados en civilizaciones tan separadas en el tiempo y en el espacio que dif铆cilmente se podr铆a asumir una "migraci贸n de s铆mbolos". Luego, Jung descubri贸 que algunos de esos s铆mbolos universales aparecen en sue帽os o en dibujos espont谩neos de sus pacientes 8 .
Podemos notar aqu铆 que este razonamiento poco tiene de convincente, puesto que la universalidad de estos s铆mbolos se puede explicar de manera diferente. Si la naturaleza humana es siempre la misma, como tenemos buenas razones para suponer, y si, como es obviamente el caso, el mundo experimentado por el hombre presenta en todas partes los mismos rasgos e involucra al hombre en las mismas situaciones, entonces no es dif铆cil entender por qu茅 la mente humana deba responder de la misma manera. Jung, como muchos otros psic贸logos y antrop贸logos, ha ca铆do presa del prejuicio com煤n de que todos los fen贸menos de la vida, historia y civilizaci贸n humanas deben ser interpretados en t茅rminos de subjetividad. Este es el efecto de la filosof铆a idealista de la cual ni sus m谩s fieros oponentes han sido capaces de librarse completamente.
Freud concibi贸 el inconsciente, como hemos visto, como un "recipiente vac铆o" a ser llenado por las experiencias encontradas en la temprana y la m谩s temprana infancia. Esto, no obstante, se aplica, seg煤n Jung, s贸lo al inconsciente individual, no al inconsciente colectivo. 脡ste abriga im谩genes y tendencias que forman parte de la organizaci贸n humana. El hombre nace con un inconsciente colectivo en el cual habitan ciertos contenidos trasmitidos por sus ancestros.
Estos contenidos del inconsciente colectivo son fen贸menos mentales. Este es un punto importante. Jung no es un materialista en el sentido en que considerar铆a la mente una mera funci贸n o producto del cerebro, o en que identificar铆a procesos mentales y f铆sicos. Su noci贸n de inconsciente colectivo, sin embargo, muestra que su visi贸n de la mente o del alma es algo peculiar. Ciertamente no puede admitir que la mente es una tabula rasa; por lo menos no en su totalidad, puesto que el inconsciente colectivo debe ser visto ya sea como heredado 鈥攍o que parece ser la noci贸n de Jung鈥 o como dotado de ciertos contenidos desde el primer instante de su existencia 9 .
Hay, claro, muchos otros rasgos que distinguen profundamente la psicolog铆a de Jung de la de Freud, pero lo que aqu铆 nos concierne es s贸lo la noci贸n del inconsciente. Ya hemos se帽alado que el rasgo m谩s peculiar de la "psicolog铆a anal铆tica" de Jung es la idea del inconsciente colectivo. Jung se distingue tambi茅n de Freud en lo que concierne a la naturaleza de lo reprimido y contenido en el inconsciente individual, puesto que no acepta la visi贸n de que la libido est谩 esencialmente relacionada con el instinto sexual. Pese a todas estas diferencias, la psicolog铆a de Jung es tan profundamente naturalista como la de Freud, incluso cuando su naturalismo es m谩s sutil.
Habiendo visto 鈥攁unque necesariamente de manera superficial鈥 las ideas principales sobre el inconsciente tal como se presentan en la psicolog铆a contempor谩nea, podemos ahora intentar una evaluaci贸n objetiva. Tal intento, sin embargo, no puede consistir sencillamente en comparar los puntos de vista de Freud, Jung, y muchos otros, con los principios de alguna escuela de psicolog铆a o filosof铆a que prefiramos. El 煤nico procedimiento admisible es un procedimiento doble: primero se examinan las observaciones presentadas como bases para la hip贸tesis del inconsciente, para luego examinar la validez de las conclusiones que de all铆 se sacan. Cumplir con esos requisitos de manera perfectamente satisfactoria es una tarea que va mucho m谩s all谩 de lo que podemos lograr en el poco tiempo que nos queda. Tendremos que contentarnos con la formulaci贸n de algunos cuestionamientos pertinentes, o, tal vez, s贸lo dos cuestionamientos, cuya discusi贸n, sin embargo, nos puede dar luces para el problema global.
El primer cuestionamiento puede ser formulado, parad贸jicamente, as铆: "驴Qu茅 tan inconsciente es el inconsciente?" El segundo cuestionamiento se lee: "驴Qu茅 tanto se justifica atribuir al inconsciente propiedades sui generis por las cuales se diferenciar铆a fundamentalmente de la vida mental consciente?". Hay una tercera cuesti贸n de la cual podemos tratar s贸lo resumidamente, como si en un ap茅ndice; concierne a la historia de la noci贸n. Ser铆a: "驴Se ha propuesto ideas similares previamente a la aparici贸n del psicoan谩lisis?"
Al discutir estas cuestiones, debemos tomar en cuenta dos puntos previamente mencionados. Primero: el inconsciente nunca puede ser objeto de observaci贸n directa y, por lo tanto, todo lo que se diga de ello es un conjunto de conclusiones de naturaleza m谩s o menos hipot茅tica, sacadas de hechos observables. Segundo: se debe hacer una distinci贸n entre los contenidos del inconsciente o lo inconsciente por un lado, y las operaciones inconscientes por otro. Consideraremos primero los contenidos inconscientes.
Se dice que el inconsciente es inaccesible a la consciencia en condiciones ordinarias. No puede ser totalmente inaccesible pues entonces no habr铆a absolutamente ninguna raz贸n para hablar de 茅l. Los hechos que sugieren la existencia del inconsciente son principalmente estos: que en ciertas situaciones, como las del psicoan谩lisis, salen a la luz memorias de las cuales el sujeto supuestamente no sab铆a nada y que, en casos an贸malos, ese salir a la luz conlleva la desaparici贸n de los s铆ntomas o un notable cambio de conducta.
Puesto que se puede hacer regresar a la consciencia los contenidos del inconsciente en situaci贸n de an谩lisis 鈥攜 tambi茅n por medio de la hipnosis鈥, se sigue que la barrera entre el inconsciente y la consciencia no es absoluta y puede ser superada. Si puede o no puede ser superada s贸lo en las condiciones que hemos mencionado, eso se puede discutir, pues siempre est谩 el hecho del "auto-an谩lisis". Freud lleg贸 a muchas de sus ideas b谩sicas, especialmente aquellas relacionadas con la psicolog铆a de sue帽os y su significado, analiz谩ndose a s铆 mismo 10 . Una t茅cnica de auto-an谩lisis ha sido desarrollada y recomendada por Karen Horney. Hay tambi茅n un experimento que, supuestamente, todo psiquiatra practicante ha hecho, que es que un paciente siempre va a decir que sab铆a todo el tiempo lo que el an谩lisis revel贸, aunque no se hab铆a preocupado por mirar en esa direcci贸n.
La afirmaci贸n de que el inconsciente est谩 separado de la consciencia exige algunas precisiones, puesto que obviamente existe una comunicaci贸n entre las dos regiones de la mente. Los contenidos del inconsciente, representando los impulsos instintivos originales, se vuelven determinantes de los fen贸menos conscientes, aunque aquellos nunca emergen sin el disfraz de inconsciencia. Est谩n, no obstante, en el fondo de los s铆ntomas neur贸ticos, actos fallidos, sue帽os, as铆 como de motivaciones e ideas de las cuales somos conscientes, puesto que supuestamente resultan de im谩genes primordiales, por medio del proceso llamado "sublimaci贸n". El inconsciente est谩 separado de la consciencia m谩s por una pantalla que por un muro. Esta pantalla es permeable no s贸lo del lado del inconsciente, sino tambi茅n en la direcci贸n opuesta: de otro modo ser铆a imposible que el contenido de la consciencia fuera relegado a las profundidades del inconsciente.
Esta comunicaci贸n permanece restringida en condiciones ordinarias; pero en hipnosis o por medio de "libre asociaci贸n" lo inconsciente puede reentrar a la consciencia. En un principio Freud hab铆a utilizado hipnosis para desenterrar los contenidos inconscientes. Descubri贸, sin embargo, que este m茅todo era inaplicable en muchos casos, pues los pacientes se mostraban refractarios. Se acord贸, entonces, de un experimento particular que hab铆a testimoniado en el consultorio de Bernheim. A un sujeto se le hab铆a dicho en hipnosis que atacara al profesor veinte minutos despu茅s de haberse despertado del estado hipn贸tico. Actu贸 seg煤n eso. Cuando se le pregunt贸 porqu茅, declar贸 no tener idea; finalmente acab贸 por decir: "Por que me lo dijiste t煤 mismo hace un rato". Este experimento mostr贸 que la amnesia hipn贸tica puede ser superada sin recurrir a la hipnosis. Mostr贸 tambi茅n que la barrera de separaci贸n no es un obst谩culo absoluto, y no previene cierta comunicaci贸n entre la consciencia y el inconsciente.
Hay otros hechos que prueban que el inconsciente no puede ser visto como distinto del resto de la mente. Entre esos hechos podemos mencionar el experimento de Paul Schilder. En casos de epilepsia, el paciente puede desarrollar luego de un ataque un estado mental particular llamado "crepuscular", puesto que la consciencia est谩 frecuentemente obscurecida y confusa. Algunas veces, sin embargo, el paciente act煤a de manera aparentemente normal, para luego repentinamente despertar谩 de ese estado y ser谩 incapaz de recordar cualquier cosa de sus acciones o experiencias. Todo lo ocurrido durante ese estado, que puede durar semanas, o incluso meses, se volvi贸 inconsciente. Hay una laguna completa en la vida de esa persona. Schilder, sin embargo, pudo probar que pese a esa aparentemente completa amnesia, hay una continuidad, o comunicaci贸n entre el episodio que se volvi贸 inconsciente y la consciencia normal. Los pacientes aprendieron de memoria durante el estado post-epil茅ptico poemas que les eran antes desconocidos y los cuales, claro, no recordaban cuando regresaron a la normalidad. Aprender nuevamente esos poemas, sin embargo, requer铆a notablemente menos repeticiones que las que eran necesarias para aprender un nuevo poema 11 . Queda claro, entonces, que debe existir una continuidad entre la memoria en sentido usual y el inconsciente 12 .
Los hechos reportados parecen indicar que la separaci贸n del inconsciente y la consciencia no es tan completa como frecuentemente se supone que es. Y parece posible concebir otra teor铆a del inconsciente en la que el proceso de "represi贸n" aparezca bajo una luz diferente. Se puede excluir arbitrariamente datos de la consciencia y volverlos m谩s o menos inaccesibles; si se decide "ya no pensar en eso", se puede llegar a un punto en el que las memorias indeseadas de hecho han desaparecido de la consciencia y no regresan, puesto que, figurativamente, los nexos asociativos han sido rotos. Memorias aisladas no relacionadas con otros contenidos desaparecen r谩pidamente, y pronto se vuelven inaccesibles.
Las diferencias entre el inconsciente y la memoria pueden ser, de hecho, tan s贸lo diferencias de grado, m谩s que de cualidad. El psicoan谩lisis sostiene que el inconsciente opera de una manera ajena al subconsciente o la consciencia. Esta opini贸n s贸lo se presenta como plausible si no se ha considerado lo suficiente las operaciones de la memoria.
La concepci贸n popular, as铆 como la de la mayor铆a de los psic贸logos, es la de la memoria como una potencia esencialmente pasiva. La memoria retiene y reproduce; a帽ade, seg煤n la psicolog铆a tradicional, a los datos que reaparecen a la consciencia la "nota de pasado". No siempre lo hace, pues a veces ocurre que se cree que algo de la memoria es una idea nueva. Plagio involuntario no es un fen贸meno desconocido. La mayor铆a de los estudios sobre la memoria la considera s贸lo en aspecto cuantitativo 鈥攍a cantidad de material aprendido que es reproducible despu茅s de un cierto periodo de tiempo鈥. Ello encuentra su expresi贸n en la "curva de olvido". Pero la memoria es mucho m谩s que un mero lugar de almacenamiento; ella es capaz de actividades determinadas. Debemos discutir esas actividades porque no difieren esencialmente de aquellas atribuidas al inconsciente.
Describir las varias actividades de la memoria requerir铆a m谩s tiempo que el que tenemos a nuestra disposici贸n. Una de esas actividades es, en efecto, generalmente reconocida, aunque sin el suficiente 茅nfasis en su car谩cter activo. La memoria establece relaciones, relaciona entre si datos recibidos simult谩neamente o en diferentes ocasiones, de tal modo que uno de esos datos traer谩 a la consciencia los otros. Tampoco se ha considerado suficientemente que esas asociaciones son de diferentes tipos y se hacen efectivas de diferentes maneras seg煤n las necesidades de la consciencia.
Un ejemplo lo puede ilustrar. Se podr铆a preguntar a alguien: "驴Qu茅 pinturas has visto en el Museo Vaticano?". La memoria entonces proveer谩 una serie de im谩genes que reproducen varias de las pinturas que se haya visto. Pero si la pregunta fuera: "驴Qu茅 trabajos de Ticiano has visto en Europa, d贸nde?", la memoria seleccionar铆a, entre la gran variedad de trabajos vistos, los de Ticiano, relacion谩ndolos con los lugares en que estaban expuestos, y present谩ndolos a nosotros. En otras palabras, la memoria no almacena y entrega los datos de manera confusa o con un orden r铆gido; ella es capaz de seleccionar, agrupar y difundir los datos almacenados de las m谩s diversas maneras, como si utilizara una vasta red de "referencias cruzadas", para satisfacer las particularidades o corregir los anacronismos de la pregunta.
Se sabe bien que la memoria no es perfectamente fiable. No s贸lo podemos ser enga帽ados por la ausencia 鈥攐 por la presencia infundada鈥 de la "nota de pasado", sino que la secuencia temporal puede confundirse, ubicar experiencias antiguas en un tiempo m谩s reciente, o creer que impresiones sucesivas ocurrieron simult谩neamente. Asociaciones equivocadas pueden aparecer; estamos seguros de haber le铆do una cita en un autor, para luego descubrir que pertenecen a otro. Nos recordamos, con convincente certeza, alg煤n hecho del que hay evidencia objetiva que no ocurri贸 o que fue bastante distinto. Con cierta frecuencia nos acordamos de cosas no como fueron, sino como nos hubiese gustado que fuesen. Reinterpretamos, sin darnos cuenta de ellos, experiencias pasadas a la luz de nuevas.
De estas y varias otras operaciones nunca somos conscientes. No tenemos c贸mo observar el trabajo de la memoria. La memoria es tan inaccesible a la observaci贸n directa como el inconsciente. En 茅ste y en aquella s贸lo conocemos los efectos y asumimos la existencia de la correspondiente potencia o regi贸n de la mente, pues de otra manera nuestra mente nos ser铆a absolutamente incomprensible.
Esto equivale a decir que el inconsciente no tiene un lugar exclusivo dentro de la organizaci贸n general de nuestra mente. Ni son sus operaciones tan completamente distintas de aquellas que asumimos respecto de otras "partes" de la mente, ni su inaccesibilidad es propia del 茅l solo. De hecho, todas las operaciones que seg煤n Freud distinguen el inconsciente de la consciencia y el subconsciente son tambi茅n encontradas, aunque sea de manera menos pronunciada, en estas regiones.
Hay otros de esos t茅rminos que son continuamente utilizados tanto en el lenguaje popular como especializado, que no se refieren a hechos observables sino que son de la misma manera de una naturaleza hipot茅tica, o, si se prefiere, explicativa. No tenemos conocimiento experimental de los h谩bitos. Todos lo que conocemos son los efectos. Se asume que los h谩bitos y disposiciones son modificaciones de las respectivas potencias, pero no objetos de observaci贸n. La abstracci贸n, que la psicolog铆a aristot茅lico-tomista atribuye al intellectus agens no es observable. No somos conscientes de las contribuciones hechas por la memoria y la imaginaci贸n a nuestras percepciones.
Evidentemente, jam谩s podr铆amos hablar de cosas mentales sin utilizar tales nociones explicativas. Se ha se帽alado, y se puede muy bien repetir, que hablar del inconsciente como una noci贸n hipot茅tica o explicativa de ninguna manera disminuye su utilidad, plausibilidad o incluso indispensabilidad. La cuesti贸n no es si esta noci贸n se justifica, sino m谩s bien si debe ser entendida de la manera como la entiende la psicolog铆a contempor谩nea, especialmente el psicoan谩lisis. Esto es discutible. Hemos visto que la concepci贸n de Jung del inconsciente es diferente de la de Freud. No hay ninguna raz贸n convincente para adoptar s贸lo la noci贸n psicoanal铆tica de inconsciente.
Entre los argumentos arrojados contra el psicoan谩lisis antes de que lograra un tan amplio reconocimiento, estaba el de que hablar de una mente inconsciente envuelve una contradicci贸n. Hoy nos damos cuenta de que este argumento descansa en una petitio principii. Si, desde luego, uno define la mente como id茅ntica a lo consciente, la contradicci贸n existe. Pero nada nos compele a adoptar esta definici贸n.
Muy por el contrario, no hay psicolog铆a que no admita impl铆citamente una parte o regi贸n inconsciente de la mente. A pesar de que el t茅rmino "inconsciente" es de un origen relativamente reciente 鈥攁l menos, en lo que concierne a su uso en psicolog铆a鈥 la idea es muy antigua. Para una apreciaci贸n final de esta idea, ser谩 de ayuda explorar brevemente algunos escritos pertinentes del pasado.
Se podr铆a arg眉ir que la teor铆a de la "reminiscencia" de Plat贸n implica la noci贸n de contenidos inconscientes, dado que 茅l cree que el alma vivi贸 entre las "ideas" antes de ser unida al cuerpo, pero ha olvidado lo que sab铆a. Si bien todas las almas est谩n dotadas de este conocimiento, s贸lo algunas son capaces de redescubrirlo en s铆 mismas sin ayuda. Pero S贸crates clama en el Men贸n, que con una gu铆a adecuada incluso la mente menos instruida llegar谩 a este redescubrimiento. Se podr铆a, si se quiere, comparar el proceso "may茅utico" de S贸crates con el psicoan谩lisis. De hecho, Alfred Adler 鈥攓uien, a prop贸sito, no cree en la existencia del inconsciente en el sentido de Freud鈥 se refiere a su propio m茅todo como Socr谩tico.
Dado que no buscamos recorrer aqu铆 toda la historia de la noci贸n, podemos dejar de lado a los otros fil贸sofos de la antig眉edad. El platonismo, particularmente en la forma modificada que tomo en el neoplatonismo, tuvo, como sabemos, una gran influencia en el pensamiento de los Padres y especialmente en el de San Agust铆n. El Obispo de Hipona rechaz贸, si bien tras alguna vacilaci贸n, la doctrina plat贸nica de la preexistencia; pero tambi茅n asumi贸 que hay, escondidas en las profundidades del alma, ciertas "verdades eternas" que el hombre puede descubrir profundizando en s铆 mismo. Noli foras ire; in te ipsum reddi. In interiori hominis habitat veritas. 13 A menos de que sean descubiertas por una penetrante b煤squeda en s铆 mismo de lo que San Agust铆n llama la memoria interna, estas verdades permanecen "inconscientes" o, al menos, ignoradas.
Plat贸n y todos quienes han dependido de 茅l consideran principalmente la posibilidad de ideas o verdades inconscientes. Una de las "verdades eternas" de las cuales habla San Agust铆n es efectivamente la ley moral; pero 茅sta tambi茅n la entiende como algo conocido 鈥攎谩s precisamente como un conjunto de proposiciones鈥. La lex boni est谩 para 茅l al mismo nivel que la lex numerorum.
No escap贸, sin embargo, a la perspicacia psicol贸gica de San Agust铆n, que puede haber en la mente otros factores igualmente inconscientes o desconocidos. En un pasaje muy interesante de las Confesiones se refiere a la existencia en el hombre de lo que 茅l llama dos voluntades 14 . Parte del hecho no poco com煤n de que uno se puede proponer seriamente actuar de cierta manera, querer actuar as铆, y sin embargo no hacerlo. Vale la pena citar literalmente algunas de las palabras de San Agust铆n. "El alma manda al cuerpo y es obedecida; el alma se manda a s铆 misma y es resistida. El alma le ordena a la mano que se mueva y su orden es obedecida tan r谩pidamente que no se podr铆a decir d贸nde termina la voluntad y d贸nde comienza la acci贸n, y eso, siendo el alma esp铆ritu y la mano cuerpo鈥β緿e d贸nde procede esta cosa monstruosa y porqu茅 se da? Quare id monstruo et unde?" La raz贸n es, explica, que "no es una voluntad completa la que ordena鈥 si fuera completa no necesitar铆a ordenar que hubiera una voluntad; ya habr铆a una鈥 No es una cosa monstruosa que uno pueda querer y no querer al mismo tiempo, sino una enfermedad del alma鈥 hay dos voluntades, de las cuales una posee lo que le falta a la otra".
San Agust铆n no dice expresamente que esta segunda voluntad es "inconsciente", mas claramente lo supone, pues si la existencia de la segunda voluntad fuera un hecho directamente observable no habr铆a "cosa monstruosa"; s贸lo buscando en un auto-examen los hombres pueden descubrir la presencia y eficacia de esta segunda voluntad.
Si quisi茅ramos profundizar m谩s en estas ideas, tendr铆amos que afirmar que nos interesa aqu铆 el reconocimiento tanto de los contenidos como de las actividades inconscientes. Lo que el hombre no sabe en tal situaci贸n es que en lo profundo de su mente abriga metas por un lado, y tendencias por otro, que del mismo modo escapan a la observaci贸n directa. No es ir demasiado lejos ver en este pasaje una anticipaci贸n de ideas que s贸lo fueron plenamente desarrolladas muchos siglos despu茅s que estas palabras fueron escritas.
San Agust铆n mismo no se refiere a esta noci贸n de las dos voluntades en ninguno de sus dem谩s trabajos, por lo menos hasta donde sabemos. Aparentemente, tampoco encontramos cualquier comentario sobre el tema en aquellos autores que fueron influenciados directa o indirectamente por el agustinismo. Vale la pena notar, no obstante, que los pensadores que s铆 tuvieron en cuenta el problema del inconsciente de una manera u otra, eran m谩s cercanos a la l铆nea neo-plat贸nica o agustiniana que a la manera aristot茅lico-tomista de filosofar.
Esto es particularmente cierto en el caso de Leibnitz, que repetidamente se refiere a San Agust铆n y aprueba muchas de sus ideas. Cu谩nto de San Agust铆n Leibnitz ley贸 originalmente puede ser incierto 15 ; lo que s铆 es cierto es que hay una larga coincidencia en algunos puntos fundamentales. Leibnitz admite un cierto conocimiento inconsciente cuando habla de les petites perceptions. Una gota de agua no produce un sonido significativo cuando cae. Muchas gotas producen un sonido considerable. Este sonido debe ser la suma de todos los sonidos imperceptibles generados por cada gota. De manera correspondiente, la sensaci贸n del sonido perceptible debe ser la suma de muchos sonidos imperceptibles que, por lo tanto, s铆 impresionan la mente, aunque son demasiado d茅biles para causar una percepci贸n consciente. En t茅rminos modernos: un sonido tiene que ver con sensaciones "subliminales", que luego se suman en un sonido que se vuelve consciente 16 .
La noci贸n de les petites perceptions emana de dos principios fundamentales de la filosof铆a de Leibnitz. Por un lado, 茅l asumi贸 el principio de continuidad como de significaci贸n metaf铆sica universal; por otro, est谩 su concepci贸n de la realidad, que para 茅l consiste en una multitud de m贸nadas, cada una de las cuales encerrada en s铆 misma; la unidad del mundo es garantizada por la ley de la "armon铆a preestablecida". No es lejana a esta concepci贸n la del "paralelismo psicof铆sico" seg煤n propon铆a G. Th. Fechner, con cuyas ideas Freud estaba muy bien familiarizado.
Ser铆a una simplificaci贸n injustificada calificar a los fil贸sofos sencillamente seg煤n su dependencia de Her谩clito o Parm茅nides, Plat贸n o Arist贸teles, Agust铆n o Tom谩s. Pero se puede, pese a ello, caracterizar las muchas filosof铆as seg煤n la predominancia de un cierto conjunto de ideas. Al hacerlo, se debe tener en cuenta que la dependencia o pertenencia a una determinada l铆nea no necesariamente significa una influencia directa o conocimiento de los predecesores. Las ideas se hacen efectivas a trav茅s de muchos canales, y algunas veces muestran su influencia incluso cuando la filosof铆a con la cual se originaron ha ca铆do en descr茅dito. Es improbable que Leibnitz conociera mucho, si es que conoc铆a algo, del Neoplatonismo; pero ello no impide que su manera de pensar est茅 ampliamente de acuerdo con esta tradici贸n.
Despu茅s de mediados del siglo diecinueve, el idealismo germ谩nico estaba desacreditado. Pero nos damos cuenta hoy que las ideas de Hegel, as铆 como las de Schelling, mantuvieron su influencia, aunque sea de manera subterr谩nea, si se puede decir as铆. Y eso no s贸lo por el hegelianismo pervertido de Karl Marx, sino tambi茅n de muchas otras maneras.
Podemos afirmar que el Idealismo Germ谩nico, tal como emergi贸 despu茅s de Kant, pertenece a la tradici贸n Neoplat贸nica, desde que seamos conscientes de que este juicio debe ser necesariamente explicado. Las filosof铆as de Schelling y Hegel est谩n estrechamente relacionadas con un movimiento general en la historia de las ideas que se manifest贸 con especial claridad en la literatura rom谩ntica germ谩nica de fines del siglo XVII hasta aproximadamente 1840. Aunque una reevaluaci贸n del romanticismo es muy deseable puesto que el esp铆ritu del movimiento ha sido mal entendido de la manera m谩s asombrosa por muchos destacados autores en a帽os recientes, s贸lo podemos tratar aqu铆 sobre lo que el Romanticismo tiene a decir sobre el inconsciente.
La mente rom谩ntica es profundamente consciente de la dimensi贸n final de misterio de todo lo que hay. Lo inmediatamente dado no es sino la superficie, y la perspicacia o visi贸n m谩s profundas pueden descubrir por detr谩s o por debajo de las cosas de este mundo un universo de significado y la plenitud de la verdadera realidad 17 . Esto se aplica no s贸lo a los objetos de la experiencia exterior, sino tambi茅n a la experiencia interior o vida mental. Hay profundidades ocultas en la mente del hombre desde las cuales pueden irrumpir fuerzas de naturaleza irracional, capaces de sobrepasar raz贸n y voluntad. Esta convicci贸n general llev贸 a los rom谩nticos a interesarse sobremanera en el fen贸meno de la hipnosis, o como era entonces llamada, "magnetismo animal". Se podr铆a citar numerosos tratados y trabajos de ficci贸n como evidencia.
Los Rom谩nticos estaban tambi茅n interesados en la psicolog铆a de los sue帽os, y en esta l铆nea, Freud reconoci贸 que por lo menos un escritor hab铆a anticipado algunas de las nociones psicoanal铆ticas. 脡ste fue G. H. von Schubert, quien public贸 en 1814 un trabajo sobre Simbolismo de Sue帽os 18 . Public贸 tambi茅n en 1830 una Historia Natural del Alma 19 .
Freud, sin embargo, no conoci贸 una peque帽a novela de E. Th. A. Hoffmann llamada The Sanctus; s贸lo algunos a帽os atr谩s un psicoanalista "descubri贸" esta peque帽a obra, y se帽al贸 su cercana relaci贸n con las ideas freudianas. De hecho, lo que Hoffmann describe es un caso de culpa inconsciente y auto-punici贸n, y su cura, no, en efecto, por el psicoan谩lisis, sino porque el paciente oye por casualidad una explicaci贸n de las causas de su problema. Como ocurre con frecuencia, el poeta sab铆a m谩s sobre el funcionamiento de la mente humana que psic贸logos acad茅micamente formados y m茅dicos de su 茅poca.
Aproximadamente por la misma 茅poca vivi贸 un hombre, S枚ren Kierkegaard, cuyos trabajos, aunque permanecieron casi desconocidos por muchos a帽os, medio siglo despu茅s de su muerte se volvieron ampliamente influyentes. Kierkegaard es generalmente considerado el "Padre del existencialismo". Hay mucho de verdad en este calificativo, aunque el surgimiento de la filosof铆a existencial tiene muchas otras causas adem谩s de la influencia de Kierkegaard.
Kierkegaard ha sido uno de los m谩s agudos psic贸logos que la historia ha conocido. Su apasionado antagonismo a la filosof铆a de Hegel surgi贸 de su convicci贸n de que esa filosof铆a falla completamente en hacer justicia a la existencia individual, personal, y por ello dedic贸 todas las fuerzas de su prodigiosa mente a explorar la condici贸n humana, no del hombre en general, sino del hombre como un individuo. Su principal preocupaci贸n, sin embargo, no fue la filosof铆a o la psicolog铆a, sino la relaci贸n del hombre con Dios. La existencia, el ser de la persona humana, significa ser ante y para Dios. La teolog铆a de Kierkegaard es fundamentalmente luterana, aun cuando era profundamente cr铆tico con la Iglesia Establecida de Dinamarca. Su aproximaci贸n general tiene fuertes reminiscencias de San Agust铆n. No injustamente ha sido llamado el "煤nico aut茅ntico rom谩ntico"; su manera de pensar tiene, en efecto, mucho en com煤n con la del romanticismo e incluso con aquellos fil贸sofos que tan severamente critic贸.
En lo que concierne a nuestro problema, parece admisible para describir la concepci贸n de Kierkegaard afirmar que 茅l ve al hombre en un frecuente intento de fuga para no darse cuenta de su verdadera situaci贸n, es decir, enga帽谩ndose a s铆 mismo, neg谩ndose el hecho de su finitud. El intento del hombre de evitar darse cuenta de su ser finito y criatura resulta en dos posiciones imposibles. El hombre o bien quiere "desesperadamente ser 茅l mismo" o m谩s bien "no ser 茅l mismo", es decir, o busca verse como independiente, casi absoluto, o m谩s bien abriga el deseo de volverse un ser superior a lo que su naturaleza le permite. Estas aspiraciones imposibles lo hacen v铆ctima del desespero. Pero 茅l no sabe de este estado suyo, porque no quiere conocerlo, pues que el conocimiento ser铆a equivalente a reconocer la imposibilidad y con ello la propia finitud. Luego, est谩 desesperado sin saberlo. Su desesperanza es inconsciente.
Los escritos de Kierkegaard no se hicieron conocidos en Alemania antes de 1909. Eran ciertamente desconocidos a Freud. Del punto de vista de la historia de las ideas las similitudes son de gran inter茅s. No se disminuye la originalidad de un pensador o acad茅mico al se帽alar que sus ideas y descubrimientos son expresiones de una tendencia definida que se manifiesta de varias maneras, y en hombres que son completamente independientes entre s铆.
Este tipo de paralelismo se hace m谩s evidente cuando se considera otra figura de la historia reciente: Friederich Nietzsche, cuya influencia fue tambi茅n de naturaleza decisiva. Se puede encontrar en los escritos de este notable hombre varias afirmaciones que parecieran formar parte de la doctrina psicoanal铆tica. Freud declar贸 enf谩ticamente que no hab铆a sido influenciado por Nietzsche. De su biograf铆a de Ernest Jones se aprende, sin embargo, que en una de las reuniones tempranas de los pupilos de Freud, mucho tiempo antes de que se constituyera la Sociedad Psicoanal铆tica, uno de los participantes ley贸 un art铆culo sobre Nietzsche. Hubo, adem谩s, mucha discusi贸n sobre Nietzsche en los c铆rculos intelectuales de Viena, y dif铆cilmente es posible que Freud haya permanecido totalmente ignorante respecto de las ideas de este fil贸sofo.
Puede ser una mera coincidencia que Nietzsche utilice un t茅rmino que Freud introdujo en el lenguaje t茅cnico de la psicolog铆a, e incluso que el significado sea el mismo para ambos. Nietzsche habla de "sublimaci贸n" para designar un proceso mental por el cual tendencias primitivas 鈥攐 instintivas, en el lenguaje de Freud鈥, son encauzadas hacia otros fines m谩s aceptables.
Nietzsche conoci贸 tambi茅n lo que se puede llamar "olvido intencional, mucho en el sentido en el que Freud habla de represi贸n. Escribe Nietzsche: "Esto has hecho, dice la memoria. Yo no puedo haber hecho tal cosa, responde el orgullo 鈥攜 la memoria se rinde".
Es hora de terminar este muy r谩pido repaso hist贸rico. Los hechos fueron presentados para mostrar, primeramente, que la noci贸n de una mentalidad inconsciente 鈥攅n el sentido tanto de contenidos como de operaciones鈥 no es del todo ajena a otras escuelas. Como tal no es novedad. Lo que es nuevo es la teor铆a peculiar del inconsciente tal como fue desarrollada por Freud y sus sucesores. En segundo lugar, quer铆amos mostrar que siquiera la concepci贸n espec铆ficamente freudiana del inconsciente, al menos en algunos de sus aspectos, es incompatible con los principios de otras psicolog铆as.
Esto no equivale, sin embargo, a una aprobaci贸n de las ideas de Freud. Hay mucho en ellas que parece altamente objetable; lo mismo es verdad en relaci贸n con su teor铆a del inconsciente. El punto principal reside, sin embargo, en que la hip贸tesis del inconsciente ni es nueva, como muchos creen, ni contraria a los principios de una sana filosof铆a de la mente humana.
No es s贸lo la filosof铆a general subyacente a la doctrina de Freud o su concepci贸n de la naturaleza humana lo que se puede cuestionar, ni s贸lo los principios sobre los cuales descansan sus investigaciones. Incluso si los acept谩ramos todos, ser铆a a煤n posible preguntarnos si las afirmaciones de Freud est谩n tan firmemente fundamentadas como lo cre铆a 茅l y lo asumen sus seguidores. Esto se puede mostrar, aunque sea de paso, se帽alando la afirmaci贸n de Freud de que el inconsciente no es ni funciona como la consciencia, sino que obedece a sus propias leyes.
Los resultados del an谩lisis de los sue帽os condujeron a Freud a concluir que el inconsciente act煤a de una manera muy diferente del resto de las operaciones de la mente consciente. El sue帽o es m谩s corto que la historia por detr谩s de 茅l, es decir, que lo que se descubre por medio del an谩lisis y se interpreta como el significado del sue帽o. Incluso si se conf铆a en el m茅todo, surge la cuesti贸n de si el proceso de "condensaci贸n", como lo llama Freud, es verdaderamente peculiar s贸lo al inconsciente. Parecer铆a que procesos no muy distintos ocurren 鈥攜 no con poca frecuencia鈥 tambi茅n en operaciones conscientes, en tanto cuanto estas dependen del funcionamiento de la memoria. Si se pregunta a una persona: "驴Te acuerdas de Macbeth?", y la respuesta es afirmativa, lo que emerge a la consciencia no es una reproducci贸n total de la obra, sino un estado que "representa" el todo y as铆 equivale a una "condensaci贸n".
Otra caracter铆stica atribuida al inconsciente es la "sustituci贸n", que es el hecho de que una parte o elemento significativo de la historia es representado en el sue帽o manifiesto por un detalle irrelevante. Pero tampoco este cambio de 茅nfasis est谩 ausente en las operaciones de la memoria. Si se dice: "Me acuerdo muy bien de Macbeth", lo que est谩 presente en la consciencia puede muy bien ser alguna parte relativamente irrelevante, una imagen de significado secundario, un detalle de alguna escena; puede ser incluso algo no relacionado con la obra misma, como por ejemplo, alg煤n incidente presenciado la 煤ltima vez que se asisti贸 a la obra.
Lo mismo se puede decir de la tercera caracter铆stica, designada como "elaboraci贸n secundaria", por la cual una historia m谩s o menos consistente es inventada, lagunas llenadas, relaciones a帽adidas, y as铆 por delante. Pero cuando reportamos alguna experiencia pasada y que supuestamente recordamos bien, lo mismo puede ocurrir. Cuando s贸lo tenemos memorias fragmentadas, "inventamos una historia" 鈥攊maginaci贸n y fantas铆a creativa proveyendo los nexos que en realidad nos faltan.
Todo lo que se ha dicho ha abordado la noci贸n del inconsciente, su lugar en la psicolog铆a y la filosof铆a de la mente, y su legitimidad en general. Hasta cierto punto, tambi茅n, ha sido una cr铆tica de las ideas particulares de Freud y sus sucesores. Lo que la psicolog铆a tiene a decir, sin embargo, tiene no s贸lo un significado te贸rico, sino tambi茅n una relaci贸n directa con la manera en que una persona promedio se concibe a s铆 misma, la manera con la que mira sus propios problemas y dificultades, y la manera como m谩s tarde se enfrenta con ellos, sea con o sin la asistencia de un psic贸logo o un psiquiatra. Parece, entonces, apropiado abordar algunos de los aspectos pr谩cticos de las ideas que hemos discutido.
Se debe distinguir tres situaciones: primero, la de una persona afligida por alg煤n tipo de disturbio mental o con s铆ntomas que el psiquiatra reconoce como psicog茅nicos y, que por lo tanto requiere tratamiento mental; segundo, la de una persona que no se entiende a s铆 misma, que pasa por dificultades, que se siente incapaz de estar a la altura de las propias exigencias o que se encuentra con alg煤n problema de tipo similar; tercero, la de la persona que est谩 sencillamente curiosa sobre s铆 misma, sobre el funcionamiento de su mente, las fuerzas que puedan actuar en ella o que cree que para cumplir con aquello de "con贸cete a ti mismo" o con las exigencias de un examen de consciencia se requiere lograr claridad en los contenidos del inconsciente, en posibles motivaciones ocultas.
No nos debemos preocupar con la primera situaci贸n. Le toca a los especialistas entrenados 鈥攜 s贸lo a ellos鈥 decidir si un tratamiento mental es recomendable, talvez hasta necesario, o no. Es tambi茅n el psiquiatra quien debe decidir que tanta exploraci贸n del inconsciente se requiere en cada caso individual. Se debe resaltar que ninguna otra persona est谩 calificada para tal decisi贸n. S贸lo el especialista competente y bien entrenado dispone del conocimiento necesario para tal decisi贸n. Las opiniones y consejos de personas legas en psiquiatr铆a 鈥攑or muy bien intencionadas que puedan ser鈥 no tienen valor en absoluto.
Se debe se帽alar, no obstante, que existe hoy una fuerte tendencia a considerar an贸malas, y consecuentemente requiriendo tratamiento, ciertas experiencias que pueden algunas veces tan s贸lo parecer an贸malas, cuando son en realidad expresi贸n de ciertos rasgos generales de la situaci贸n humana. Poni茅ndolo en t茅rminos m谩s directos: hay demasiado tratamiento actualmente. Esto no es, en realidad, falta de la ciencia y la pr谩ctica de la psiquiatr铆a, sino m谩s bien una manifestaci贸n parcial de un tipo general de mentalidad que desafortunadamente ha tomado posesi贸n de la mayor铆a de la gente. Aunque esta cuesti贸n no pertenece estrictamente a nuestro t贸pico, puede no ser superfluo comentar brevemente sobre ello.
Parece ser universalmente aceptada la noci贸n de que normalidad y adaptaci贸n son una misma y 煤nica cosa; en otras palabras, estar adaptado es el mism铆simo criterio de salud mental. Esta es una visi贸n unilateral y muy peligrosa. Es peligrosa porque no considera situaciones o condiciones a las cuales se supone que una persona se deba adaptar. Ella se vuelve as铆, v铆ctima del grupo que, como lo se帽al贸 el Profesor Riesman, s贸lo tolera una "diversidad marginal". Por lo general se asume, como si fuera evidente, que ser "diferente", no conformarse con el modelo del grupo, es ipso facto indicativo de alg煤n disturbio o inadecuaci贸n mental. El hombre moderno, como lo se帽ala el mismo autor, tiende a ser "dirigido desde afuera", a tomar de los dem谩s sus ideas sobre c贸mo vivir, c贸mo comportarse, qu茅 anhelar 20 . El hombre moderno se reh煤sa a hacer caso del antiguo adagio: "S茅 lo que eres", y, en cambio, hace un enorme esfuerzo por ser exactamente como los dem谩s. La recompensa es la aceptaci贸n por el grupo y el reconocimiento social, mientras que el intento de desarrollar lo que A. Maslow llama una "personalidad auto-actualizante" conlleva muy frecuentemente conflicto con el grupo y algunas veces ostracismo de parte de 茅ste 21 . Este es un precio demasiado alto para muchos; "ser uno mismo" en este sentido exige m谩s fuerza y m谩s coraje que lo que la mayor铆a de las personas tiene o cree que tiene.
Si es verdad que la desadaptaci贸n es con frecuencia se帽al de alg煤n tipo de disturbio mental o el efecto de tendencias "reprimidas", es tambi茅n verdad que la actitud opuesta 鈥攍a de adaptaci贸n a cualquier costo鈥 puede causar serios problemas, pues es verdad que no s贸lo aquellas tendencias incompatibles con el c贸digo moral generalmente aceptado son relegadas al inconsciente. En el caso de sobreadaptaci贸n, se hace violencia a tendencias que, como tales, no son todas inmorales 鈥攐 amorales, si se prefiere鈥, sino tan s贸lo de tipo contrario al modelo social predominante. Las necesidades del hombre no est谩n exclusivamente enraizadas, como pensaba Freud, en unos pocos instintos b谩sicos; la vida humana "quiere m谩s vida y m谩s que vida", como dijo George Simmel 22 . El nivelar la individualidad a un modelo com煤n puede tener consecuencias desastrosas. En efecto, muchos de los as铆 llamados bien adaptados, personalidades bien rodeadas, deben ser llamados con justicia insanos. Y ocurre, no con poca frecuencia, que esta insania oculta irrumpa repentinamente de una manera tr谩gica y catastr贸fica. Tal individuo en apariencia "bien adaptado, bien rodeado" puede cometer muy inesperadamente un acto extra帽o y poco razonable; puede sufrir una "crisis nerviosa", dejar su familia y desaparecer. Leemos una y otra vez sobre esa conducta; en la mayor铆a de los casos, ocurre con hombres que viven en una posici贸n segura, que han tenido 茅xito y gozan de la aprobaci贸n de sus compa帽eros. Tienen mediana edad y son considerados por s铆 mismos y por los dem谩s perfectamente "normales". Pero han llegado a un punto en el que la vida ya no promete nuevas cosas; han logrado lo que se propusieron lograr. Y ahora la vida ha perdido el sentido. No hay ya metas por delante. Todo lo que los espera es la mon贸tona repetici贸n del 煤nico y mismo modelo de existencia.
Frente a esta situaci贸n, algunos se resignan y siguen como siempre, tan s贸lo para existir m谩s como aut贸matas que como personas vivientes. Otros reaccionan volvi茅ndose neur贸ticos; "escapan hacia la enfermedad", como dicen los psiquiatras. Pero algunos encuentran el coraje para romper con su pasado y empezar nuevamente. Su comportamiento, entonces, con no poca frecuencia bordea lo inmoral o pasas sus l铆mites. Revelan a menudo una total indiferencia frente a los que de 茅l dependen. Del 谩ngulo de la psicolog铆a, sin embargo, su comportamiento es comprensible.
Pero resignaci贸n, neurosis, fuga, no son otra cosa que el precio que se debe pagar por el anhelo, demasiado dif铆cil de alcanzar, de conformarse, acceder a las exigencias de un entorno tir谩nico. No se tendr铆a que pagar el precio si la persona entendiera suficientemente lo que est谩 haciendo y encontrara la fuerza interior para ser o volverse lo que realmente es.
Los factores que han conducido a esta tan indeseable situaci贸n son demasiados para abarcar en un breve an谩lisis. Podemos, sin embargo, mencionar dos de ellos. Uno es esta identificaci贸n equivocada del modo de vida democr谩tico con el igualitarismo. Se ha llegado a creer que la idea de democracia equivale a la eliminaci贸n de diferencias personales. El segundo factor es la idolatr铆a de la comodidad. No que la comodidad no sea un bien a ser buscado; sino que es, al fin y al cabo, un bien de menor rango. La b煤squeda de la comodidad se ha vuelto un peligro real cuando se extiende m谩s all谩 del 谩mbito externo de la vida, de tal modo que todo lo "inc贸modo" se presenta no s贸lo como algo a ser evitado, sino como indicativo de alg煤n tipo de defecto.
Los conflictos interiores, as铆 como los conflictos con los compa帽eros, se consideran ahora "an贸malos"; son vistos m谩s o menos como "s铆ntomas" y, por lo tanto, necesitados de tratamiento. El hombre de hoy es extremamente intolerante a los conflictos, dificultades y problemas. Cree que aparentemente su vida personal debe permitir un arreglo comparable al que la tecnolog铆a logra con la materia. Una expresi贸n caracter铆stica de esta mentalidad es la existencia de una voluminosa literatura sobre "c贸mo" hacer esto o aquello.
Se ha vuelto muy com煤n la idea de que una persona acosada por conflictos deber铆a buscar la ayuda de un psiquiatra. Si alguien reclama sobre sus problemas, sobre estar involucrado en conflictos, encontrarse con dificultades, en la mayor parte de las veces ser谩 aconsejado por alg煤n conocido bien intencionado: "Deber铆as hacerte psicoanalizar".
Este consejo puede ser, bajo ciertas circunstancias, m谩s da帽ino que 煤til. Supongamos que un hombre descubre en el psicoan谩lisis que sus problemas se originan en su fracaso en "ser 茅l mismo" y en haberse sometido demasiado f谩cilmente a la presi贸n del grupo; entonces, para recobrar su equilibrio mental, tendr铆a que antagonizar con el grupo. Esto no s贸lo exige m谩s coraje que la que posee, sino que a menudo tiene consecuencias sociales, econ贸micas y pol铆ticas muy serias.
Aqu铆 surgen varios cuestionamientos serios y nada f谩ciles de resolver. No los podemos discutir, pero debemos mencionarlos, pues la popularidad del tratamiento mental y la popularizaci贸n de las ideas m茅dico-psicol贸gicas han alcanzado una influencia demasiado grande en las mentes.
Es en parte por el inter茅s generado por estas ideas que actualmente muchas personas est谩n profundamente interesadas en lo que asumen que pasa desapercibido o inconsciente en lo profundo de sus mentes. Hay razones adicionales, este deseo de descubrir sobre s铆 mismo no es pura curiosidad. Las ense帽anzas de la psicolog铆a moderna, especialmente del psicoan谩lisis, han hecho que las personas desconf铆en de sus propias ideas, deseos y acciones. Se les ha ense帽ado que siempre hay algo "por detr谩s" o "por debajo" de las cosas de las cuales son conscientes. As铆 como el f铆sico nos dice que las cosas de este mundo no son "en realidad" lo que parecen ser, que la mesa no es el cuerpo s贸lido que cre铆mos, sino una masa de part铆culas que giran fren茅ticamente, as铆 los psic贸logos quieren que creamos que los fen贸menos de nuestra consciencia no son lo que asumimos que son, sino disfraces, transformaciones de los contenidos que a menudo son mucho menos respetables que lo que creemos.
Consecuencia de tales doctrinas y su popularizaci贸n, muchas personas empezaron a dudar de su propia sinceridad. "S铆", dir谩n, "quiero ser caritativo; mas 驴qui茅n sabe? Talvez mi caridad no sea sino el disfraz de mi deseo de poder o una compensaci贸n por alg煤n anhelo instintivo insatisfecho; 驴C贸mo puedo saber si soy realmente caritativo?".
Muchos han perdido completamente la natural confianza ante la experiencia interior. Buscan algo distinto por detr谩s de todo 鈥攜 no s贸lo en el propio interior鈥; interpretar谩n los susurros y acciones de sus compa帽eros seg煤n los mismos principios.
Esta es una situaci贸n peligrosa, y que est谩 estrechamente relacionada con otras caracter铆sticas de la mentalidad contempor谩nea, especialmente a lo que se puede llamar un subjetivismo excesivamente exagerado. Tal actitud destruye toda evaluaci贸n objetiva. Todo se vuelve relacionado con las necesidades subjetivas. De manera especial, esta actitud amenaza con destruir las bases para cualquier amor verdadero. Y es que amor significa en primer lugar reconocimiento del otro como individuo, como una persona 煤nica. Pero el psicoan谩lisis ve a la otra persona, as铆 como toda la realidad, tan s贸lo como una oportunidad para lograr la satisfacci贸n instintiva. De eso es prueba patente la expresi贸n utilizada por Freud y sus disc铆pulos para designar la persona amada: el "objeto sexual".
El hombre s贸lo es responsable de los pensamientos, palabras y acciones de las cuales es consciente. Si hay o no otras fuerzas "por detr谩s" no tiene nada que ver con la evaluaci贸n moral. La b煤squeda por motivaciones ocultas no debe ser emprendida sin razones convincentes; y ciertamente no s贸lo por mera curiosidad.
Hemos hablado del significado que la noci贸n de inconsciente tiene para la psicolog铆a y la teor铆a de la mente y tambi茅n, aunque brevemente, de lo que esta noci贸n puede significar para nuestro comportamiento pr谩ctico. No nos hemos referido a煤n al significado que esta noci贸n pueda tener para la filosof铆a.
A ese respecto, se debe distinguir entre la noci贸n de inconsciente, es decir, de contenidos y operaciones ocultas a la consciencia por un lado, y por otro, las formas particulares que esta noci贸n asume en las diferentes escuelas de psicolog铆a.
La noci贸n del inconsciente como tal no es, como hemos visto, ni nueva ni incompatible con la filosof铆a tradicional. Muy al contrario, se ha hecho claro que esta noci贸n ha jugado tambi茅n all铆 un rol definido, incluso cuando no ha sido ni discutida ni afirmada de manera expl铆cita. Consecuentemente, no se necesita cambiar nada en nuestra concepci贸n de la mente humana a cuenta del reconocimiento de la noci贸n de inconsciente como leg铆tima, o incluso como una hip贸tesis explicativa indispensable. Si algunos autores han cre铆do en la necesidad de oponerse a esa idea, ha sido probablemente por que no comprendieron su naturaleza y significado. Algunos importantes psic贸logos cat贸licos no han visto, en efecto, raz贸n alguna para rechazar esta noci贸n.
As铆, si reconocemos la idea del inconsciente como leg铆tima, no nos vemos forzados a modificar en sentido alguno nuestras concepciones sobre la metaf铆sica de la persona humana o nuestra antropolog铆a filos贸fica. El 煤nico efecto que tal reconocimiento tendr谩, y ha tenido hasta cierto punto, ser谩 el de proveer un necesario correctivo a un intelectualismo excesivamente exagerado. Pero esta concepci贸n no es en absoluto esencial a la filosof铆a tradicional. Est谩 m谩s bien en contradicci贸n con ella, pues nunca se ha pasado por alto el rol de las fuerzas irracionales 鈥攐 mejor, tal vez, sub-racionales鈥 en el hombre. Que el hombre sea un "animal rationale" no significa que siempre act煤e racionalmente, sino tan s贸lo que es capaz de hacerlo. Sin embargo, si sigue la raz贸n y decide libremente, depende de muchos factores incidentales cuya importancia ha sido acentuada por la filosof铆a tradicional, aunque algunos puedan haberse inclinado a subestimar su influencia. A ese respecto, podemos estar agradecidos a la psicolog铆a contempor谩nea.
Si la idea del inconsciente no conduce a ninguna reconstrucci贸n adicional en la metaf铆sica, podr铆a parecer que su significado es mucho m谩s grande para la filosof铆a moral, y m谩s a煤n respecto de c贸mo el hombre individual ve su conducta moral 鈥攐 inmoral鈥.
Encontramos hoy en d铆a dos extremos, ambos falsos, como lo suelen ser todas las afirmaciones extremas. Toda aproximaci贸n unilateral corre el riesgo de enga帽arse. Una de esas opiniones defiende que el hombre casi nunca es plenamente responsable por sus acciones pues est谩n determinadas o por lo menos codeterminadas por factores inconscientes de los cuales el hombre no tiene conocimiento y sobre los cuales no tiene control. Esta concepci贸n, en sus 煤ltimas consecuencias, termina adoptando una filosof铆a determinista y un rechazo de la libertad. Pocas personas llegan a ese extremo 23 ; pero la referencia a la determinaci贸n inconsciente da a algunos una excusa bienvenida para aquellas acciones que ellos mismos desaprueban o saben que deben desaprobar. Es verdad que es posible que la libre decisi贸n est茅 dificultada o incluso hecha inefectiva por la influencia de factores inconscientes. Si ese es o no el caso es algo que no se puede establecer por una regla general; se debe averiguar separadamente en cada caso particular.
Por otro lado, hay personas que creen que son responsables por lo que pueda estar en su mente, incluso si no lo saben. Evidentemente, la noci贸n de pecado inconsciente es contradictoria en si misma. Pero puede muy bien existir culpa inconsciente 鈥攁unque no en el sentido en que el psicoan谩lisis freudiano utiliza el t茅rmino鈥. Se ha se帽alado que el inconsciente puede contener no s贸lo memorias reprimidas, que remontan a la temprana infancia, sino tambi茅n memorias de origen mucho m谩s reciente. Puede ocurrir que una persona se convenza 鈥攐 persuada鈥 de que determinada acci贸n no ha sido contraria a ning煤n mandamiento, aunque sepa al mismo tiempo que esto no es verdad; Logra, no obstante, relegar el sentido de culpa correlacionado con este conocimiento indeseado al inconsciente. Algunas personas "cabeza-dura" 鈥攑ara utilizar esta expresi贸n de William James 24 鈥 no se molestar谩n; vivir谩n contentas y despreocupadas. Otros, sin embargo, pueden ser acosados por alguna malaise indefinida, por la impresi贸n de que algo no est谩 bien con ellos, sin ser capaz de descubrir cu谩l es realmente el problema. Puede ser tambi茅n que esa culpa inconsciente, o sentimiento de culpa al cual es negado el acceso consciente, se vuelva la fuente de disturbios definitivamente neur贸ticos.
Estos cuestionamientos 鈥攜 hay otros m谩s鈥 son de gran importancia para la evaluaci贸n moral. Son tambi茅n importantes para la conducta de la vida personal. Hablar m谩s de ellos alargar铆a este art铆culo. Tal discusi贸n, adem谩s, ir铆a m谩s all谩 de una reflexi贸n sobre el inconsciente del punto de vista de la filosof铆a.
Hemos resaltado hace un momento que el reconocimiento de la idea del inconsciente como una idea leg铆tima no supone la adopci贸n de las concepciones que tienen las psicolog铆as actuales sobre este problema. Tanto la concepci贸n de Freud como la de Jung est谩n abiertas a serias dudas.
Ser铆a bueno a帽adir una palabra sobre la segunda de estas concepciones. Muchos lectores de Jung han sido enga帽ados al verlo hablar sobre el alma y la religi贸n. Creen haber descubierto un evidente acercamiento a ideas cat贸licas. Esta interpretaci贸n es bastante sorprendente, pues uno se puede f谩cilmente convencer de que las concepciones de Jung y las del catolicismo est谩n separadas por un abismo infranqueable. La religi贸n no es, a los ojos de Jung, un cuerpo de verdades, ya sean descubiertas por la raz贸n o reveladas; no hay referencia a ninguna realidad sobrenatural. La religi贸n se presenta, en el marco de la psicolog铆a anal铆tica, como una actitud puramente psicol贸gica y subjetiva, que es, efectivamente, 煤til, pues provee al individuo la idea de una existencia llena de sentido; mas no m谩s que eso 25 . Aunque difieren en muchos aspectos de la concepci贸n de Freud de la religi贸n, y ciertamente son menos crudas o ingenuas que aquella, las ideas de Jung no son menos naturalistas, y consecuentemente no menos incompatibles con la fe.
Una sana teor铆a del inconsciente queda por elaborarse. Pero lo que se dijo puede mostrar que la psicolog铆a moderna ha derramado algunas luces sobre problemas que, en realidad, el pasado no ignoraba totalmente, aunque no les haya dado la atenci贸n que merec铆an.
Nos encontramos nuevamente con el misterio de nuestro propio ser. Y admiramos la sabidur铆a de la Grecia Antigua, pues el adagio "con贸cete a ti mismo" no estaba escrito en los muros del 脕gora en Atenas, sino en la entrada del recinto sagrado de Delphi. No en medio de los trajines y la confusi贸n de la vida ordinaria descubriremos lo que somos y lo que debemos ser, sino en el silencio de la meditaci贸n. E incluso entonces, se nos podr谩 recordar otra palabra que nos ha llegado de tiempos muy antiguos, una palabra que puede muy bien servir de lema para todos los cuestionamientos de que hemos hablado.
Un fragmento de Her谩clito reza: "Nunca encontrar谩s los l铆mites del alma, aunque vayas en todas las direcciones, tan profunda es su medida". 26
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