Rudolph Allers, El Inconsciente
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El Inconsciente

Rudolph Allers, M.D., Ph.D.

Cuando se menciona el inconsciente, se piensa automáticamente en las doctrinas psicológicas de Freud y en otras doctrinas que de aquellas se desarrollaron. De hecho, inconsciente, como sustantivo, pasó a utilizarse después de Freud y bajo su influencia. El adjetivo inconsciente ha sido parte del vocabulario por un largo tiempo. Podemos señalar de paso que el adjetivo ha tenido y sigue teniendo varios significados diferentes, y algunos de ellos se asemejan a la noción de Freud y sus sucesores. A este punto regresaremos más adelante, aunque brevemente, puesto que no es el propósito de este artículo examinar toda la historia del concepto de inconsciente.

Las ideas de Freud, como sabemos, no sólo han sido inmensamente efectivas en modelar las concepciones de la psicología moderna, sino que además han penetrado otras áreas, incorporándose incluso al lenguaje común 1 . Términos que originalmente eran estrictamente técnicos y específicos son conocidos y utilizados por mucha gente. Y, como siempre sucede en esos casos, los términos se volvieron vagos, y podemos muy bien dudar de que aquellos que los emplean sepan exactamente qué significan. Cuando un término es utilizado de manera tan general, presupone cierta realidad establecida. Francis Bacon, Lord Verulam, resaltó esta peligrosa tendencia cuando habló de los idola fori —los ídolos del mercado 2 —.

Lo inconsciente es, por definición, algo que no es consciente. Pero lo que se descubre pasa a ser conocido, es decir, representado en la consciencia por una imagen, un concepto o un juicio, según el caso. Lo que no está en la consciencia no puede, en sentido estricto, ser descubierto. Dejando de lado la cuestión de si el inconsciente existe en uno u otro sentido, debemos tener en cuenta el hecho de que esta existencia nunca podrá ser demostrada por experiencia directa. En otras palabras, el inconsciente no designa algo existente que se puede descubrir, sino una entidad hipotética. Considerar, sin embargo, el inconsciente como una hipótesis no niega la legitimidad o incluso inevitabilidad de la noción. Veremos más adelante que la psicología —cualquiera que sea su tipo— no puede evitar introducir tales nociones hipotéticas. De hecho, nociones hipotéticas siempre han jugado un importante rol en la psicología. Sin embargo, si queremos expresarnos con la precisión que caracteriza una investigación académica y que es, evidentemente, conditio sine qua non en toda empresa filosófica, no nos debemos referir al inconsciente como un "hecho".

I

Sólo estados mentales conscientes pueden ser observados y haciéndose, de esa manera, materia de afirmaciones factuales. Cualquier afirmación que el psicólogo pueda hacer sobre un estado mental inconsciente es necesariamente de naturaleza hipotética. Tal hipótesis puede ser muy plausible o incluso indispensable. Es, no obstante, una hipótesis. Ninguna ciencia puede, sin embargo, llegar a una presentación consistente de su materia de estudio sin depender de hipótesis explicativas. A tales hipótesis llamamos teorías cuando parecen proporcionar la más inteligible explicación posible de las relaciones entre los hechos observados. Esto lo debemos tener en cuenta por dos razones que son, paradójicamente, opuestas una a la otra. La primera reside en el hecho de que el reconocimiento de la naturaleza hipotética de la noción de inconsciente hace cuestionables ciertos supuestos que hoy gozan de aprobación general y así pone las bases para una evaluación crítica de la noción. La otra razón, sin embargo, consiste en que la misma situación prevalece respecto a otras afirmaciones, tanto de sentido común como de psicología. Va a quedar claro a lo largo de esta discusión que constantemente utilizamos tales interpolaciones hipotéticas sin darnos cuenta de ello. En otras palabras, vista del ángulo de elaboración sistemática de una ciencia consistente de la psicología, la noción del inconsciente no es una novedad.

Antes de proceder a un examen del lugar o legitimidad de la noción de inconsciente, es recomendable investigar los hechos que han sugerido la suposición de la existencia del inconsciente. Por ahora, trataremos solamente hechos e hipótesis a los que se refiere la psicología freudiana y varias escuelas que adoptaron ideas similares. Lo que se pueda encontrar sobre el inconsciente en escritos anteriores a la aparición del psicoanálisis se mencionará brevemente cuando tratemos las relaciones de la psicología moderna del inconsciente con doctrinas de tiempos pasados. Sobre esto, podemos decir aquí que no podemos esperar encontrar en ningún lugar una hipótesis desarrollada sobre el inconsciente que se compare a la Freud o Jung. Pero se puede mostrar, y lo mostraremos aquí, que esta hipótesis es implícitamente reconocida también por la psicología tradicional o, si se prefiere, la filosofía de la mente.

Para entender, sin embargo, el modo como Freud fue conducido a formular esta noción del inconsciente, es necesario decir algunas palabras sobre el trabajo de algunos predecesores inmediatos del psiquiatra vienés. Es también necesario tener en cuenta la mentalidad general del tiempo de Freud y las ideas que entonces predominaban en el mundo médico. De otra manera, las peculiaridades de la concepción del inconsciente de Freud permanecerían en gran parte ininteligibles. A pesar de su indubitable originalidad, Freud nunca abandonó, durante los muchos años de su carrera académica, los principios que le fueron imbuidos como estudiante y como joven médico.

Respecto del último punto, basta decir que la visión de Freud de la naturaleza humana reposaba sobre la sobrevaloración entonces —y durante mucho tiempo después— dominante de los métodos y aproximaciones estrictamente científicos por un lado, y sobre la incuestionable aceptación del evolucionismo por otro. Esta actitud no descartaba, no obstante, el reconocimiento de los fenómenos mentales como distintos de los fenómenos corporales; pero Freud estaba convencido de que en última instancia, los procesos mentales serían también descritos en términos médicos. De hecho, la terminología que Freud utiliza para hablar de los procesos mentales tiene como modelo aquella utilizada en la medicina. Ocasionalmente, sin embargo, nos cruzamos con observaciones que no parecen estar de acuerdo con esta concepción básica. Tal vez podamos encontrar una explicación para esas inconsistencias en un rasgo muy curioso de la realmente compleja personalidad de Freud, revelado posteriormente por Ernest Jones en su biografía de su maestro. Freud estaba profundamente interesado en los así llamados fenómenos ocultos, una preocupación que un "científico serio" supuestamente no debería permitirse. Según Jones, era necesaria mucha persuasión de parte de sus discípulos para impedir que Freud escribiese sobre esos asuntos 3 . No es imposible que esta preocupación de Freud manifieste una insatisfacción oculta con una visión estrictamente naturalista.

Si la perspectiva básica de Freud fue determinada por la mentalidad general de su época, fue la influencia de tres hombres la que lo inició en el camino hacia el "descubrimiento del inconsciente". Dos veces, primero a fines de 1885 y comienzos de 1886, y luego nuevamente en 1889, Freud viajó a Francia. Durante su primera estadía, asistió a las conferencias de Charcot y trabajó en el Salpêtrière en Paris. En la segunda vez fue a Nancy, donde Liebault y su joven colaborador Bernheim habían hecho del hipnotismo su campo de estudios especiales. Lo que Freud vio y aprendió en esas dos ocasiones se tornó el origen de sus ideas sobre la naturaleza de aquellos disturbios que hoy llamamos neurosis. A sus experimentos en Francia se suman aquellos realizados por el médico vienés Joseph Breuer al tratar a una joven cuyo histórico médico figura como el primero de aquellos reportados en Estudios sobre la Histeria, que Breuer y Freud publicaron en 1895.

Si bien no exactamente pertinente a este tópico, hay una influencia que aparentemente no ha recibido todavía la atención que merece. Freud era un ávido lector, cuyos intereses se extendían mucho más allá de su especialidad. Es probable, para decir lo menos, que durante los meses en que estuvo en Francia se haya familiarizado con la literatura francesa contemporánea. Eran los tiempos del apogeo del naturalismo literario, tiempos de Taine y de Renan. La novela Le disciple, de Paul Bourget, habla de un científico —psicólogo o antropólogo— cuyas enseñanzas pueden —no injustamente— ser vistas como un bosquejo de las visiones de Freud. Bourget, en efecto, era profundamente crítico con ese espíritu y señaló su destructiva influencia en varios ensayos. Estos escritos, todos los cuales anteriores a la primera publicación de Breuer y Freud, ofrecen amplia evidencia del clima intelectual predominante en Francia, y hay buenas razones para asumir que Freud no fue indiferente a esas influencias.

De Charcot Freud había aprendido que síntomas corporales pueden ser causados por fenómenos puramente mentales. Los experimentos hipnóticos de la Escuela de Nancy le habían enseñado que las acciones podían ser motivadas por razones que podían ser ignoradas por el mismo individuo. Las observaciones que Breuer había hecho en el caso de una joven que sufría de histeria apuntaban en la misma dirección.

Lo que acá nos concierne es exclusivamente la noción de Freud sobre el inconsciente y no la totalidad de su doctrina. Vamos a tratar, por lo tanto, sólo los puntos relevantes a ese aspecto, que son tres. Primeramente, el estudio de la hipnosis había mostrado que los síntomas, tanto corporales como mentales, podrían ser producidos por sugestión hipnótica, y que el sujeto, habiendo retornado a su estado normal, no sabría qué había causado el síntoma (ej. La parálisis de un miembro, la pérdida de la sensibilidad cutánea en una cierta área, etc.). El síntoma desaparece cuando se le dice al sujeto en una segunda sesión hipnótica. Esto muestra que una disposición artificialmente creada, de la cual el sujeto no es consciente, puede tener efectos duraderos. En segundo lugar, que este efecto no necesita ser producido inmediatamente durante el estado hipnótico, sino que se le puede hacer aparecer algún tiempo después de que el sujeto se despierta; esto es lo que se llama "sugestión post-hipnótica". Este es, en realidad, un nombre equivocado, puesto que no es la sugestión, sino su efecto, lo que es post-hipnótico. En tercer lugar, que un proceso similar se puede iniciar sin hipnosis, como lo mostró el caso de Breuer. El comando de la hipnosis es, por decirlo así, remplazado por alguna necesidad imperativa en la mente del sujeto de "olvidarse" de un cierto evento.

Este "olvido" resulta ser de naturaleza distinta a lo que usualmente así se denomina. La diferencia consiste en que aparentemente no hay acceso posible al dato o experiencia olvidados si no es en la hipnosis. Igualmente Breuer en su caso sólo fue capaz de traer ciertos eventos nuevamente a la consciencia a través de la hipnosis. Para distinguir este tipo de desaparición de la consciencia del olvido ordinario, se le llamó "represión".

Puesto que el dato reprimido se volvió inaccesible y no puede ser recordado como lo que ha sido confiado a la memoria, se pensó que el dato reprimido estaba en un "lugar" distinto a la memoria ordinaria.

Se sabe comúnmente que algunas memorias están, por decir así, a la mano, y emergen a la consciencia cuando se necesita o incluso espontáneamente. Hay también grados de accesibilidad. Algunas veces tenemos que buscar en la memoria y hacer un esfuerzo para traer de vuelta lo que la memoria ha preservado. No hay, sin embargo, ningún obstáculo absoluto que impida que tales datos regresen a la consciencia. A la región de la mente que contiene esas memorias Freud denominó "subconsciente", mientras que de los datos ordinariamente inaccesibles dijo que se volvieron "inconscientes" o que se ubicaron en el "inconsciente".

Es necesario explorar un poco más esta idea. La mente humana no puede pensar sino en términos de experiencia sensorial. Incluso cuando hablamos de cosas fuera del espacio y del tiempo, no tenemos otras expresiones a nuestra disposición. Parece natural e incluso inevitable que pensemos en la memoria como una especie de espacio, un depósito, donde todo lo confiado a la memoria es guardado. Así, es comprensible que también Freud haya utilizado esa imagen espacial. Obviamente él no concebía la mente como un recipiente espacial, pero consideró las metáforas derivadas de la especialidad mucho más adecuadas que lo que otros psicólogos y filósofos habían considerado. En sus escritos teóricos sobre lo que llamó "metapsicología" habla de una reflexión "topológica". Y los términos "capas" o "estratos" de la mente son tomados por él —y por muchos que lo sucedieron— en un sentido algo literal. Así, el nombre de "psicología profunda" pasó a ser utilizado por varias escuelas que asumen la existencia de estratos "profundos" de la mente, de una profundidad a la cual se debe adentrar para descubrir qué ha sido reprimido y así vuelto inaccesible al recuerdo ordinario.

Tales metáforas son, en efecto, inevitables. Son también peligrosas, porque su naturaleza metafórica es tan fácilmente olvidada que acaban por ser tomadas como descripciones, mientras que son, de hecho, sólo analogías, muchas veces de tipo cuestionable.

En realidad, estas metáforas pueden ser sustituidas por otras. En lugar de hablar de estratos más y menos profundos, se puede igualmente hablar de áreas concéntricas, más o menos distantes de la consciencia, y así hablar de una "psicología de la distancia", en lugar de una "psicología profunda" 4 .

Los estudios con el hipnotismo, así como el análisis del caso de Breuer revelaron la capacidad de producir síntomas que tienen las experiencias olvidadas o reprimidas de naturaleza emocional. Experimentos como estos se han realizado por doquier en un pasado reciente. Posteriores investigaciones de Freud lo condujeron a asumir —o como creía él, demostrar—que se debe regresar a un pasado distante, y que los disturbios neuróticos eran causados por experiencias de la infancia. Él concebía, sin embargo, el inconsciente, que supuestamente "contenía" todo lo reprimido, como originalmente "vacío". Incluso cuando posteriormente admitió que tales experiencias podían ser anteriores al nacimiento, aún así las consideraba como tales, es decir, como impresiones recibidas por una mente que podía ser descrita, en el sentido de Aristóteles y otros, como tabula rasa. Esta idea tiene un rol relativamente insignificante en la doctrina de Freud, pero debe ser mencionada aquí pues es una de aquellas en las que la psicología de Jung se diferencia de la de Freud.

II

Hasta ahora sólo hemos hablado de los contenidos del inconsciente. Señalamos, de paso, que esos contenidos no son, como se dice muchas veces, los "instintos". Estos pertenecen, según Freud, a la constitución orgánica del ser humano; nunca son, como tales, contenidos de la consciencia, y, por lo tanto, tampoco pueden ser expulsados de ella. Los instintos son, como dice Freud, "representados" en la consciencia por imágenes de situaciones anticipadas que prometen la satisfacción de urgencias instintivas. Cuando estas metas instintivas resultan incompatibles con las demandas de las fuerzas exteriores de la educación y la sociedad, son relegados al inconsciente 5 .

La doctrina de Freud, sin embargo, abarca no sólo afirmaciones sobre los contenidos del inconsciente, sino también sobre sus operaciones. Las ideas sobre estas últimas resultaron principalmente del análisis e interpretación que hace Freud de los sueños 6 . Sería demasiado largo hablar, aunque resumidamente, de toda la doctrina de Freud sobre el tema. Abordaremos lo poco que es necesario decir sobre el modus operandi que Freud atribuye al inconsciente en una sección posterior de este artículo; investigaremos, entonces, la afirmación del psicoanálisis de que el inconsciente se diferencia profundamente en su funcionamiento de la consciencia o incluso del subconsciente.

No es necesario recordar que las ideas de Freud encontraron inicialmente una notable resistencia de parte de los psiquiatras y psicólogos, aunque no tardaron mucho en empezar a ejercer la más grande influencia que se pueda concebir. Un número creciente de seguidores se congregó alrededor de Freud, y se sabe que hoy sus ideas han penetrado otras innumerables áreas 7 . En efecto, difícilmente se encuentra una disciplina relacionada con el estudio del hombre donde no se haya sentido el impacto de las doctrinas freudianas.

Entre los seguidores de Freud, muchos adhirieron estrictamente a sus enseñanzas, mientras que otros, más temprano o más tarde, fueron por su propio camino. Claro, sólo uno de esos debe ser considerado dentro del contexto de este escrito, porque los demás no se desviaron de la "ortodoxia" en lo que se refiere a la noción del inconsciente. Este hombre es el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, que denomina su propia doctrina "psicología analítica", para distinguirse del psicoanálisis, término que en realidad debe ser utilizado exclusivamente para designar las ideas de Freud.

Jung está de acuerdo con Freud en la noción de la represión, en el rol que juega lo reprimido en determinar la conducta y los síntomas, y en el origen de los contenidos inconscientes. Jung sostiene también que el conflicto entre impulsos primarios y fuerzas ambientales resultan en la represión de las metas primarias hacia el inconsciente, y que estas permanecen retenidas allí por el ejercicio continuo del poder represivo. Según Jung, sin embargo, esto sólo forma el contenido del "inconsciente personal", pues cree en una estratificación mucho más grande de la mente que Freud. El inconsciente propiamente consiste, según nos dice, en muchos estratos, de los cuales el inconsciente personal o individual no es sino el más superficial. Bajo este inconsciente individual está lo que Jung denomina el "inconsciente colectivo". Este está, a su vez, subdividido en varios estratos: uno tribal, uno racial, uno ancestral; este último alcanza no sólo la humanidad primitiva, sino incluso la ascendencia animal del hombre. Jung, en efecto, no cree menos en el evolucionismo que el que una vez fuera su maestro, Freud.

El inconsciente colectivo es la propiedad colectiva de la humanidad. Jung llega a esta hipótesis por dos conjuntos de datos. Primero, el notorio parecido entre ciertos "símbolos" encontrados en civilizaciones tan separadas en el tiempo y en el espacio que difícilmente se podría asumir una "migración de símbolos". Luego, Jung descubrió que algunos de esos símbolos universales aparecen en sueños o en dibujos espontáneos de sus pacientes 8 .

Podemos notar aquí que este razonamiento poco tiene de convincente, puesto que la universalidad de estos símbolos se puede explicar de manera diferente. Si la naturaleza humana es siempre la misma, como tenemos buenas razones para suponer, y si, como es obviamente el caso, el mundo experimentado por el hombre presenta en todas partes los mismos rasgos e involucra al hombre en las mismas situaciones, entonces no es difícil entender por qué la mente humana deba responder de la misma manera. Jung, como muchos otros psicólogos y antropólogos, ha caído presa del prejuicio común de que todos los fenómenos de la vida, historia y civilización humanas deben ser interpretados en términos de subjetividad. Este es el efecto de la filosofía idealista de la cual ni sus más fieros oponentes han sido capaces de librarse completamente.

Freud concibió el inconsciente, como hemos visto, como un "recipiente vacío" a ser llenado por las experiencias encontradas en la temprana y la más temprana infancia. Esto, no obstante, se aplica, según Jung, sólo al inconsciente individual, no al inconsciente colectivo. Éste abriga imágenes y tendencias que forman parte de la organización humana. El hombre nace con un inconsciente colectivo en el cual habitan ciertos contenidos trasmitidos por sus ancestros.

Estos contenidos del inconsciente colectivo son fenómenos mentales. Este es un punto importante. Jung no es un materialista en el sentido en que consideraría la mente una mera función o producto del cerebro, o en que identificaría procesos mentales y físicos. Su noción de inconsciente colectivo, sin embargo, muestra que su visión de la mente o del alma es algo peculiar. Ciertamente no puede admitir que la mente es una tabula rasa; por lo menos no en su totalidad, puesto que el inconsciente colectivo debe ser visto ya sea como heredado —lo que parece ser la noción de Jung— o como dotado de ciertos contenidos desde el primer instante de su existencia 9 .

Hay, claro, muchos otros rasgos que distinguen profundamente la psicología de Jung de la de Freud, pero lo que aquí nos concierne es sólo la noción del inconsciente. Ya hemos señalado que el rasgo más peculiar de la "psicología analítica" de Jung es la idea del inconsciente colectivo. Jung se distingue también de Freud en lo que concierne a la naturaleza de lo reprimido y contenido en el inconsciente individual, puesto que no acepta la visión de que la libido está esencialmente relacionada con el instinto sexual. Pese a todas estas diferencias, la psicología de Jung es tan profundamente naturalista como la de Freud, incluso cuando su naturalismo es más sutil.

III

Habiendo visto —aunque necesariamente de manera superficial— las ideas principales sobre el inconsciente tal como se presentan en la psicología contemporánea, podemos ahora intentar una evaluación objetiva. Tal intento, sin embargo, no puede consistir sencillamente en comparar los puntos de vista de Freud, Jung, y muchos otros, con los principios de alguna escuela de psicología o filosofía que prefiramos. El único procedimiento admisible es un procedimiento doble: primero se examinan las observaciones presentadas como bases para la hipótesis del inconsciente, para luego examinar la validez de las conclusiones que de allí se sacan. Cumplir con esos requisitos de manera perfectamente satisfactoria es una tarea que va mucho más allá de lo que podemos lograr en el poco tiempo que nos queda. Tendremos que contentarnos con la formulación de algunos cuestionamientos pertinentes, o, tal vez, sólo dos cuestionamientos, cuya discusión, sin embargo, nos puede dar luces para el problema global.

El primer cuestionamiento puede ser formulado, paradójicamente, así: "¿Qué tan inconsciente es el inconsciente?" El segundo cuestionamiento se lee: "¿Qué tanto se justifica atribuir al inconsciente propiedades sui generis por las cuales se diferenciaría fundamentalmente de la vida mental consciente?". Hay una tercera cuestión de la cual podemos tratar sólo resumidamente, como si en un apéndice; concierne a la historia de la noción. Sería: "¿Se ha propuesto ideas similares previamente a la aparición del psicoanálisis?"

Al discutir estas cuestiones, debemos tomar en cuenta dos puntos previamente mencionados. Primero: el inconsciente nunca puede ser objeto de observación directa y, por lo tanto, todo lo que se diga de ello es un conjunto de conclusiones de naturaleza más o menos hipotética, sacadas de hechos observables. Segundo: se debe hacer una distinción entre los contenidos del inconsciente o lo inconsciente por un lado, y las operaciones inconscientes por otro. Consideraremos primero los contenidos inconscientes.

Se dice que el inconsciente es inaccesible a la consciencia en condiciones ordinarias. No puede ser totalmente inaccesible pues entonces no habría absolutamente ninguna razón para hablar de él. Los hechos que sugieren la existencia del inconsciente son principalmente estos: que en ciertas situaciones, como las del psicoanálisis, salen a la luz memorias de las cuales el sujeto supuestamente no sabía nada y que, en casos anómalos, ese salir a la luz conlleva la desaparición de los síntomas o un notable cambio de conducta.

Puesto que se puede hacer regresar a la consciencia los contenidos del inconsciente en situación de análisis —y también por medio de la hipnosis—, se sigue que la barrera entre el inconsciente y la consciencia no es absoluta y puede ser superada. Si puede o no puede ser superada sólo en las condiciones que hemos mencionado, eso se puede discutir, pues siempre está el hecho del "auto-análisis". Freud llegó a muchas de sus ideas básicas, especialmente aquellas relacionadas con la psicología de sueños y su significado, analizándose a sí mismo 10 . Una técnica de auto-análisis ha sido desarrollada y recomendada por Karen Horney. Hay también un experimento que, supuestamente, todo psiquiatra practicante ha hecho, que es que un paciente siempre va a decir que sabía todo el tiempo lo que el análisis reveló, aunque no se había preocupado por mirar en esa dirección.

La afirmación de que el inconsciente está separado de la consciencia exige algunas precisiones, puesto que obviamente existe una comunicación entre las dos regiones de la mente. Los contenidos del inconsciente, representando los impulsos instintivos originales, se vuelven determinantes de los fenómenos conscientes, aunque aquellos nunca emergen sin el disfraz de inconsciencia. Están, no obstante, en el fondo de los síntomas neuróticos, actos fallidos, sueños, así como de motivaciones e ideas de las cuales somos conscientes, puesto que supuestamente resultan de imágenes primordiales, por medio del proceso llamado "sublimación". El inconsciente está separado de la consciencia más por una pantalla que por un muro. Esta pantalla es permeable no sólo del lado del inconsciente, sino también en la dirección opuesta: de otro modo sería imposible que el contenido de la consciencia fuera relegado a las profundidades del inconsciente.

Esta comunicación permanece restringida en condiciones ordinarias; pero en hipnosis o por medio de "libre asociación" lo inconsciente puede reentrar a la consciencia. En un principio Freud había utilizado hipnosis para desenterrar los contenidos inconscientes. Descubrió, sin embargo, que este método era inaplicable en muchos casos, pues los pacientes se mostraban refractarios. Se acordó, entonces, de un experimento particular que había testimoniado en el consultorio de Bernheim. A un sujeto se le había dicho en hipnosis que atacara al profesor veinte minutos después de haberse despertado del estado hipnótico. Actuó según eso. Cuando se le preguntó porqué, declaró no tener idea; finalmente acabó por decir: "Por que me lo dijiste tú mismo hace un rato". Este experimento mostró que la amnesia hipnótica puede ser superada sin recurrir a la hipnosis. Mostró también que la barrera de separación no es un obstáculo absoluto, y no previene cierta comunicación entre la consciencia y el inconsciente.

Hay otros hechos que prueban que el inconsciente no puede ser visto como distinto del resto de la mente. Entre esos hechos podemos mencionar el experimento de Paul Schilder. En casos de epilepsia, el paciente puede desarrollar luego de un ataque un estado mental particular llamado "crepuscular", puesto que la consciencia está frecuentemente obscurecida y confusa. Algunas veces, sin embargo, el paciente actúa de manera aparentemente normal, para luego repentinamente despertará de ese estado y será incapaz de recordar cualquier cosa de sus acciones o experiencias. Todo lo ocurrido durante ese estado, que puede durar semanas, o incluso meses, se volvió inconsciente. Hay una laguna completa en la vida de esa persona. Schilder, sin embargo, pudo probar que pese a esa aparentemente completa amnesia, hay una continuidad, o comunicación entre el episodio que se volvió inconsciente y la consciencia normal. Los pacientes aprendieron de memoria durante el estado post-epiléptico poemas que les eran antes desconocidos y los cuales, claro, no recordaban cuando regresaron a la normalidad. Aprender nuevamente esos poemas, sin embargo, requería notablemente menos repeticiones que las que eran necesarias para aprender un nuevo poema 11 . Queda claro, entonces, que debe existir una continuidad entre la memoria en sentido usual y el inconsciente 12 .

Los hechos reportados parecen indicar que la separación del inconsciente y la consciencia no es tan completa como frecuentemente se supone que es. Y parece posible concebir otra teoría del inconsciente en la que el proceso de "represión" aparezca bajo una luz diferente. Se puede excluir arbitrariamente datos de la consciencia y volverlos más o menos inaccesibles; si se decide "ya no pensar en eso", se puede llegar a un punto en el que las memorias indeseadas de hecho han desaparecido de la consciencia y no regresan, puesto que, figurativamente, los nexos asociativos han sido rotos. Memorias aisladas no relacionadas con otros contenidos desaparecen rápidamente, y pronto se vuelven inaccesibles.

Las diferencias entre el inconsciente y la memoria pueden ser, de hecho, tan sólo diferencias de grado, más que de cualidad. El psicoanálisis sostiene que el inconsciente opera de una manera ajena al subconsciente o la consciencia. Esta opinión sólo se presenta como plausible si no se ha considerado lo suficiente las operaciones de la memoria.

La concepción popular, así como la de la mayoría de los psicólogos, es la de la memoria como una potencia esencialmente pasiva. La memoria retiene y reproduce; añade, según la psicología tradicional, a los datos que reaparecen a la consciencia la "nota de pasado". No siempre lo hace, pues a veces ocurre que se cree que algo de la memoria es una idea nueva. Plagio involuntario no es un fenómeno desconocido. La mayoría de los estudios sobre la memoria la considera sólo en aspecto cuantitativo —la cantidad de material aprendido que es reproducible después de un cierto periodo de tiempo—. Ello encuentra su expresión en la "curva de olvido". Pero la memoria es mucho más que un mero lugar de almacenamiento; ella es capaz de actividades determinadas. Debemos discutir esas actividades porque no difieren esencialmente de aquellas atribuidas al inconsciente.

Describir las varias actividades de la memoria requeriría más tiempo que el que tenemos a nuestra disposición. Una de esas actividades es, en efecto, generalmente reconocida, aunque sin el suficiente énfasis en su carácter activo. La memoria establece relaciones, relaciona entre si datos recibidos simultáneamente o en diferentes ocasiones, de tal modo que uno de esos datos traerá a la consciencia los otros. Tampoco se ha considerado suficientemente que esas asociaciones son de diferentes tipos y se hacen efectivas de diferentes maneras según las necesidades de la consciencia.

Un ejemplo lo puede ilustrar. Se podría preguntar a alguien: "¿Qué pinturas has visto en el Museo Vaticano?". La memoria entonces proveerá una serie de imágenes que reproducen varias de las pinturas que se haya visto. Pero si la pregunta fuera: "¿Qué trabajos de Ticiano has visto en Europa, dónde?", la memoria seleccionaría, entre la gran variedad de trabajos vistos, los de Ticiano, relacionándolos con los lugares en que estaban expuestos, y presentándolos a nosotros. En otras palabras, la memoria no almacena y entrega los datos de manera confusa o con un orden rígido; ella es capaz de seleccionar, agrupar y difundir los datos almacenados de las más diversas maneras, como si utilizara una vasta red de "referencias cruzadas", para satisfacer las particularidades o corregir los anacronismos de la pregunta.

Se sabe bien que la memoria no es perfectamente fiable. No sólo podemos ser engañados por la ausencia —o por la presencia infundada— de la "nota de pasado", sino que la secuencia temporal puede confundirse, ubicar experiencias antiguas en un tiempo más reciente, o creer que impresiones sucesivas ocurrieron simultáneamente. Asociaciones equivocadas pueden aparecer; estamos seguros de haber leído una cita en un autor, para luego descubrir que pertenecen a otro. Nos recordamos, con convincente certeza, algún hecho del que hay evidencia objetiva que no ocurrió o que fue bastante distinto. Con cierta frecuencia nos acordamos de cosas no como fueron, sino como nos hubiese gustado que fuesen. Reinterpretamos, sin darnos cuenta de ellos, experiencias pasadas a la luz de nuevas.

De estas y varias otras operaciones nunca somos conscientes. No tenemos cómo observar el trabajo de la memoria. La memoria es tan inaccesible a la observación directa como el inconsciente. En éste y en aquella sólo conocemos los efectos y asumimos la existencia de la correspondiente potencia o región de la mente, pues de otra manera nuestra mente nos sería absolutamente incomprensible.

Esto equivale a decir que el inconsciente no tiene un lugar exclusivo dentro de la organización general de nuestra mente. Ni son sus operaciones tan completamente distintas de aquellas que asumimos respecto de otras "partes" de la mente, ni su inaccesibilidad es propia del él solo. De hecho, todas las operaciones que según Freud distinguen el inconsciente de la consciencia y el subconsciente son también encontradas, aunque sea de manera menos pronunciada, en estas regiones.

Hay otros de esos términos que son continuamente utilizados tanto en el lenguaje popular como especializado, que no se refieren a hechos observables sino que son de la misma manera de una naturaleza hipotética, o, si se prefiere, explicativa. No tenemos conocimiento experimental de los hábitos. Todos lo que conocemos son los efectos. Se asume que los hábitos y disposiciones son modificaciones de las respectivas potencias, pero no objetos de observación. La abstracción, que la psicología aristotélico-tomista atribuye al intellectus agens no es observable. No somos conscientes de las contribuciones hechas por la memoria y la imaginación a nuestras percepciones.

Evidentemente, jamás podríamos hablar de cosas mentales sin utilizar tales nociones explicativas. Se ha señalado, y se puede muy bien repetir, que hablar del inconsciente como una noción hipotética o explicativa de ninguna manera disminuye su utilidad, plausibilidad o incluso indispensabilidad. La cuestión no es si esta noción se justifica, sino más bien si debe ser entendida de la manera como la entiende la psicología contemporánea, especialmente el psicoanálisis. Esto es discutible. Hemos visto que la concepción de Jung del inconsciente es diferente de la de Freud. No hay ninguna razón convincente para adoptar sólo la noción psicoanalítica de inconsciente.

IV

Entre los argumentos arrojados contra el psicoanálisis antes de que lograra un tan amplio reconocimiento, estaba el de que hablar de una mente inconsciente envuelve una contradicción. Hoy nos damos cuenta de que este argumento descansa en una petitio principii. Si, desde luego, uno define la mente como idéntica a lo consciente, la contradicción existe. Pero nada nos compele a adoptar esta definición.

Muy por el contrario, no hay psicología que no admita implícitamente una parte o región inconsciente de la mente. A pesar de que el término "inconsciente" es de un origen relativamente reciente —al menos, en lo que concierne a su uso en psicología— la idea es muy antigua. Para una apreciación final de esta idea, será de ayuda explorar brevemente algunos escritos pertinentes del pasado.

Se podría argüir que la teoría de la "reminiscencia" de Platón implica la noción de contenidos inconscientes, dado que él cree que el alma vivió entre las "ideas" antes de ser unida al cuerpo, pero ha olvidado lo que sabía. Si bien todas las almas están dotadas de este conocimiento, sólo algunas son capaces de redescubrirlo en sí mismas sin ayuda. Pero Sócrates clama en el Menón, que con una guía adecuada incluso la mente menos instruida llegará a este redescubrimiento. Se podría, si se quiere, comparar el proceso "mayéutico" de Sócrates con el psicoanálisis. De hecho, Alfred Adler —quien, a propósito, no cree en la existencia del inconsciente en el sentido de Freud— se refiere a su propio método como Socrático.

Dado que no buscamos recorrer aquí toda la historia de la noción, podemos dejar de lado a los otros filósofos de la antigüedad. El platonismo, particularmente en la forma modificada que tomo en el neoplatonismo, tuvo, como sabemos, una gran influencia en el pensamiento de los Padres y especialmente en el de San Agustín. El Obispo de Hipona rechazó, si bien tras alguna vacilación, la doctrina platónica de la preexistencia; pero también asumió que hay, escondidas en las profundidades del alma, ciertas "verdades eternas" que el hombre puede descubrir profundizando en sí mismo. Noli foras ire; in te ipsum reddi. In interiori hominis habitat veritas. 13 A menos de que sean descubiertas por una penetrante búsqueda en sí mismo de lo que San Agustín llama la memoria interna, estas verdades permanecen "inconscientes" o, al menos, ignoradas.

Platón y todos quienes han dependido de él consideran principalmente la posibilidad de ideas o verdades inconscientes. Una de las "verdades eternas" de las cuales habla San Agustín es efectivamente la ley moral; pero ésta también la entiende como algo conocido —más precisamente como un conjunto de proposiciones—. La lex boni está para él al mismo nivel que la lex numerorum.

No escapó, sin embargo, a la perspicacia psicológica de San Agustín, que puede haber en la mente otros factores igualmente inconscientes o desconocidos. En un pasaje muy interesante de las Confesiones se refiere a la existencia en el hombre de lo que él llama dos voluntades 14 . Parte del hecho no poco común de que uno se puede proponer seriamente actuar de cierta manera, querer actuar así, y sin embargo no hacerlo. Vale la pena citar literalmente algunas de las palabras de San Agustín. "El alma manda al cuerpo y es obedecida; el alma se manda a sí misma y es resistida. El alma le ordena a la mano que se mueva y su orden es obedecida tan rápidamente que no se podría decir dónde termina la voluntad y dónde comienza la acción, y eso, siendo el alma espíritu y la mano cuerpo…¿De dónde procede esta cosa monstruosa y porqué se da? Quare id monstruo et unde?" La razón es, explica, que "no es una voluntad completa la que ordena… si fuera completa no necesitaría ordenar que hubiera una voluntad; ya habría una… No es una cosa monstruosa que uno pueda querer y no querer al mismo tiempo, sino una enfermedad del alma… hay dos voluntades, de las cuales una posee lo que le falta a la otra".

San Agustín no dice expresamente que esta segunda voluntad es "inconsciente", mas claramente lo supone, pues si la existencia de la segunda voluntad fuera un hecho directamente observable no habría "cosa monstruosa"; sólo buscando en un auto-examen los hombres pueden descubrir la presencia y eficacia de esta segunda voluntad.

Si quisiéramos profundizar más en estas ideas, tendríamos que afirmar que nos interesa aquí el reconocimiento tanto de los contenidos como de las actividades inconscientes. Lo que el hombre no sabe en tal situación es que en lo profundo de su mente abriga metas por un lado, y tendencias por otro, que del mismo modo escapan a la observación directa. No es ir demasiado lejos ver en este pasaje una anticipación de ideas que sólo fueron plenamente desarrolladas muchos siglos después que estas palabras fueron escritas.

San Agustín mismo no se refiere a esta noción de las dos voluntades en ninguno de sus demás trabajos, por lo menos hasta donde sabemos. Aparentemente, tampoco encontramos cualquier comentario sobre el tema en aquellos autores que fueron influenciados directa o indirectamente por el agustinismo. Vale la pena notar, no obstante, que los pensadores que sí tuvieron en cuenta el problema del inconsciente de una manera u otra, eran más cercanos a la línea neo-platónica o agustiniana que a la manera aristotélico-tomista de filosofar.

Esto es particularmente cierto en el caso de Leibnitz, que repetidamente se refiere a San Agustín y aprueba muchas de sus ideas. Cuánto de San Agustín Leibnitz leyó originalmente puede ser incierto 15 ; lo que sí es cierto es que hay una larga coincidencia en algunos puntos fundamentales. Leibnitz admite un cierto conocimiento inconsciente cuando habla de les petites perceptions. Una gota de agua no produce un sonido significativo cuando cae. Muchas gotas producen un sonido considerable. Este sonido debe ser la suma de todos los sonidos imperceptibles generados por cada gota. De manera correspondiente, la sensación del sonido perceptible debe ser la suma de muchos sonidos imperceptibles que, por lo tanto, sí impresionan la mente, aunque son demasiado débiles para causar una percepción consciente. En términos modernos: un sonido tiene que ver con sensaciones "subliminales", que luego se suman en un sonido que se vuelve consciente 16 .

La noción de les petites perceptions emana de dos principios fundamentales de la filosofía de Leibnitz. Por un lado, él asumió el principio de continuidad como de significación metafísica universal; por otro, está su concepción de la realidad, que para él consiste en una multitud de mónadas, cada una de las cuales encerrada en sí misma; la unidad del mundo es garantizada por la ley de la "armonía preestablecida". No es lejana a esta concepción la del "paralelismo psicofísico" según proponía G. Th. Fechner, con cuyas ideas Freud estaba muy bien familiarizado.

Sería una simplificación injustificada calificar a los filósofos sencillamente según su dependencia de Heráclito o Parménides, Platón o Aristóteles, Agustín o Tomás. Pero se puede, pese a ello, caracterizar las muchas filosofías según la predominancia de un cierto conjunto de ideas. Al hacerlo, se debe tener en cuenta que la dependencia o pertenencia a una determinada línea no necesariamente significa una influencia directa o conocimiento de los predecesores. Las ideas se hacen efectivas a través de muchos canales, y algunas veces muestran su influencia incluso cuando la filosofía con la cual se originaron ha caído en descrédito. Es improbable que Leibnitz conociera mucho, si es que conocía algo, del Neoplatonismo; pero ello no impide que su manera de pensar esté ampliamente de acuerdo con esta tradición.

Después de mediados del siglo diecinueve, el idealismo germánico estaba desacreditado. Pero nos damos cuenta hoy que las ideas de Hegel, así como las de Schelling, mantuvieron su influencia, aunque sea de manera subterránea, si se puede decir así. Y eso no sólo por el hegelianismo pervertido de Karl Marx, sino también de muchas otras maneras.

Podemos afirmar que el Idealismo Germánico, tal como emergió después de Kant, pertenece a la tradición Neoplatónica, desde que seamos conscientes de que este juicio debe ser necesariamente explicado. Las filosofías de Schelling y Hegel están estrechamente relacionadas con un movimiento general en la historia de las ideas que se manifestó con especial claridad en la literatura romántica germánica de fines del siglo XVII hasta aproximadamente 1840. Aunque una reevaluación del romanticismo es muy deseable puesto que el espíritu del movimiento ha sido mal entendido de la manera más asombrosa por muchos destacados autores en años recientes, sólo podemos tratar aquí sobre lo que el Romanticismo tiene a decir sobre el inconsciente.

La mente romántica es profundamente consciente de la dimensión final de misterio de todo lo que hay. Lo inmediatamente dado no es sino la superficie, y la perspicacia o visión más profundas pueden descubrir por detrás o por debajo de las cosas de este mundo un universo de significado y la plenitud de la verdadera realidad 17 . Esto se aplica no sólo a los objetos de la experiencia exterior, sino también a la experiencia interior o vida mental. Hay profundidades ocultas en la mente del hombre desde las cuales pueden irrumpir fuerzas de naturaleza irracional, capaces de sobrepasar razón y voluntad. Esta convicción general llevó a los románticos a interesarse sobremanera en el fenómeno de la hipnosis, o como era entonces llamada, "magnetismo animal". Se podría citar numerosos tratados y trabajos de ficción como evidencia.

Los Románticos estaban también interesados en la psicología de los sueños, y en esta línea, Freud reconoció que por lo menos un escritor había anticipado algunas de las nociones psicoanalíticas. Éste fue G. H. von Schubert, quien publicó en 1814 un trabajo sobre Simbolismo de Sueños 18 . Publicó también en 1830 una Historia Natural del Alma 19 .

Freud, sin embargo, no conoció una pequeña novela de E. Th. A. Hoffmann llamada The Sanctus; sólo algunos años atrás un psicoanalista "descubrió" esta pequeña obra, y señaló su cercana relación con las ideas freudianas. De hecho, lo que Hoffmann describe es un caso de culpa inconsciente y auto-punición, y su cura, no, en efecto, por el psicoanálisis, sino porque el paciente oye por casualidad una explicación de las causas de su problema. Como ocurre con frecuencia, el poeta sabía más sobre el funcionamiento de la mente humana que psicólogos académicamente formados y médicos de su época.

Aproximadamente por la misma época vivió un hombre, Sören Kierkegaard, cuyos trabajos, aunque permanecieron casi desconocidos por muchos años, medio siglo después de su muerte se volvieron ampliamente influyentes. Kierkegaard es generalmente considerado el "Padre del existencialismo". Hay mucho de verdad en este calificativo, aunque el surgimiento de la filosofía existencial tiene muchas otras causas además de la influencia de Kierkegaard.

Kierkegaard ha sido uno de los más agudos psicólogos que la historia ha conocido. Su apasionado antagonismo a la filosofía de Hegel surgió de su convicción de que esa filosofía falla completamente en hacer justicia a la existencia individual, personal, y por ello dedicó todas las fuerzas de su prodigiosa mente a explorar la condición humana, no del hombre en general, sino del hombre como un individuo. Su principal preocupación, sin embargo, no fue la filosofía o la psicología, sino la relación del hombre con Dios. La existencia, el ser de la persona humana, significa ser ante y para Dios. La teología de Kierkegaard es fundamentalmente luterana, aun cuando era profundamente crítico con la Iglesia Establecida de Dinamarca. Su aproximación general tiene fuertes reminiscencias de San Agustín. No injustamente ha sido llamado el "único auténtico romántico"; su manera de pensar tiene, en efecto, mucho en común con la del romanticismo e incluso con aquellos filósofos que tan severamente criticó.

En lo que concierne a nuestro problema, parece admisible para describir la concepción de Kierkegaard afirmar que él ve al hombre en un frecuente intento de fuga para no darse cuenta de su verdadera situación, es decir, engañándose a sí mismo, negándose el hecho de su finitud. El intento del hombre de evitar darse cuenta de su ser finito y criatura resulta en dos posiciones imposibles. El hombre o bien quiere "desesperadamente ser él mismo" o más bien "no ser él mismo", es decir, o busca verse como independiente, casi absoluto, o más bien abriga el deseo de volverse un ser superior a lo que su naturaleza le permite. Estas aspiraciones imposibles lo hacen víctima del desespero. Pero él no sabe de este estado suyo, porque no quiere conocerlo, pues que el conocimiento sería equivalente a reconocer la imposibilidad y con ello la propia finitud. Luego, está desesperado sin saberlo. Su desesperanza es inconsciente.

Los escritos de Kierkegaard no se hicieron conocidos en Alemania antes de 1909. Eran ciertamente desconocidos a Freud. Del punto de vista de la historia de las ideas las similitudes son de gran interés. No se disminuye la originalidad de un pensador o académico al señalar que sus ideas y descubrimientos son expresiones de una tendencia definida que se manifiesta de varias maneras, y en hombres que son completamente independientes entre sí.

Este tipo de paralelismo se hace más evidente cuando se considera otra figura de la historia reciente: Friederich Nietzsche, cuya influencia fue también de naturaleza decisiva. Se puede encontrar en los escritos de este notable hombre varias afirmaciones que parecieran formar parte de la doctrina psicoanalítica. Freud declaró enfáticamente que no había sido influenciado por Nietzsche. De su biografía de Ernest Jones se aprende, sin embargo, que en una de las reuniones tempranas de los pupilos de Freud, mucho tiempo antes de que se constituyera la Sociedad Psicoanalítica, uno de los participantes leyó un artículo sobre Nietzsche. Hubo, además, mucha discusión sobre Nietzsche en los círculos intelectuales de Viena, y difícilmente es posible que Freud haya permanecido totalmente ignorante respecto de las ideas de este filósofo.

Puede ser una mera coincidencia que Nietzsche utilice un término que Freud introdujo en el lenguaje técnico de la psicología, e incluso que el significado sea el mismo para ambos. Nietzsche habla de "sublimación" para designar un proceso mental por el cual tendencias primitivas —o instintivas, en el lenguaje de Freud—, son encauzadas hacia otros fines más aceptables.

Nietzsche conoció también lo que se puede llamar "olvido intencional, mucho en el sentido en el que Freud habla de represión. Escribe Nietzsche: "Esto has hecho, dice la memoria. Yo no puedo haber hecho tal cosa, responde el orgullo —y la memoria se rinde".

Es hora de terminar este muy rápido repaso histórico. Los hechos fueron presentados para mostrar, primeramente, que la noción de una mentalidad inconsciente —en el sentido tanto de contenidos como de operaciones— no es del todo ajena a otras escuelas. Como tal no es novedad. Lo que es nuevo es la teoría peculiar del inconsciente tal como fue desarrollada por Freud y sus sucesores. En segundo lugar, queríamos mostrar que siquiera la concepción específicamente freudiana del inconsciente, al menos en algunos de sus aspectos, es incompatible con los principios de otras psicologías.

Esto no equivale, sin embargo, a una aprobación de las ideas de Freud. Hay mucho en ellas que parece altamente objetable; lo mismo es verdad en relación con su teoría del inconsciente. El punto principal reside, sin embargo, en que la hipótesis del inconsciente ni es nueva, como muchos creen, ni contraria a los principios de una sana filosofía de la mente humana.

No es sólo la filosofía general subyacente a la doctrina de Freud o su concepción de la naturaleza humana lo que se puede cuestionar, ni sólo los principios sobre los cuales descansan sus investigaciones. Incluso si los aceptáramos todos, sería aún posible preguntarnos si las afirmaciones de Freud están tan firmemente fundamentadas como lo creía él y lo asumen sus seguidores. Esto se puede mostrar, aunque sea de paso, señalando la afirmación de Freud de que el inconsciente no es ni funciona como la consciencia, sino que obedece a sus propias leyes.

Los resultados del análisis de los sueños condujeron a Freud a concluir que el inconsciente actúa de una manera muy diferente del resto de las operaciones de la mente consciente. El sueño es más corto que la historia por detrás de él, es decir, que lo que se descubre por medio del análisis y se interpreta como el significado del sueño. Incluso si se confía en el método, surge la cuestión de si el proceso de "condensación", como lo llama Freud, es verdaderamente peculiar sólo al inconsciente. Parecería que procesos no muy distintos ocurren —y no con poca frecuencia— también en operaciones conscientes, en tanto cuanto estas dependen del funcionamiento de la memoria. Si se pregunta a una persona: "¿Te acuerdas de Macbeth?", y la respuesta es afirmativa, lo que emerge a la consciencia no es una reproducción total de la obra, sino un estado que "representa" el todo y así equivale a una "condensación".

Otra característica atribuida al inconsciente es la "sustitución", que es el hecho de que una parte o elemento significativo de la historia es representado en el sueño manifiesto por un detalle irrelevante. Pero tampoco este cambio de énfasis está ausente en las operaciones de la memoria. Si se dice: "Me acuerdo muy bien de Macbeth", lo que está presente en la consciencia puede muy bien ser alguna parte relativamente irrelevante, una imagen de significado secundario, un detalle de alguna escena; puede ser incluso algo no relacionado con la obra misma, como por ejemplo, algún incidente presenciado la última vez que se asistió a la obra.

Lo mismo se puede decir de la tercera característica, designada como "elaboración secundaria", por la cual una historia más o menos consistente es inventada, lagunas llenadas, relaciones añadidas, y así por delante. Pero cuando reportamos alguna experiencia pasada y que supuestamente recordamos bien, lo mismo puede ocurrir. Cuando sólo tenemos memorias fragmentadas, "inventamos una historia" —imaginación y fantasía creativa proveyendo los nexos que en realidad nos faltan.

Todo lo que se ha dicho ha abordado la noción del inconsciente, su lugar en la psicología y la filosofía de la mente, y su legitimidad en general. Hasta cierto punto, también, ha sido una crítica de las ideas particulares de Freud y sus sucesores. Lo que la psicología tiene a decir, sin embargo, tiene no sólo un significado teórico, sino también una relación directa con la manera en que una persona promedio se concibe a sí misma, la manera con la que mira sus propios problemas y dificultades, y la manera como más tarde se enfrenta con ellos, sea con o sin la asistencia de un psicólogo o un psiquiatra. Parece, entonces, apropiado abordar algunos de los aspectos prácticos de las ideas que hemos discutido.

V

Se debe distinguir tres situaciones: primero, la de una persona afligida por algún tipo de disturbio mental o con síntomas que el psiquiatra reconoce como psicogénicos y, que por lo tanto requiere tratamiento mental; segundo, la de una persona que no se entiende a sí misma, que pasa por dificultades, que se siente incapaz de estar a la altura de las propias exigencias o que se encuentra con algún problema de tipo similar; tercero, la de la persona que está sencillamente curiosa sobre sí misma, sobre el funcionamiento de su mente, las fuerzas que puedan actuar en ella o que cree que para cumplir con aquello de "conócete a ti mismo" o con las exigencias de un examen de consciencia se requiere lograr claridad en los contenidos del inconsciente, en posibles motivaciones ocultas.

No nos debemos preocupar con la primera situación. Le toca a los especialistas entrenados —y sólo a ellos— decidir si un tratamiento mental es recomendable, talvez hasta necesario, o no. Es también el psiquiatra quien debe decidir que tanta exploración del inconsciente se requiere en cada caso individual. Se debe resaltar que ninguna otra persona está calificada para tal decisión. Sólo el especialista competente y bien entrenado dispone del conocimiento necesario para tal decisión. Las opiniones y consejos de personas legas en psiquiatría —por muy bien intencionadas que puedan ser— no tienen valor en absoluto.

Se debe señalar, no obstante, que existe hoy una fuerte tendencia a considerar anómalas, y consecuentemente requiriendo tratamiento, ciertas experiencias que pueden algunas veces tan sólo parecer anómalas, cuando son en realidad expresión de ciertos rasgos generales de la situación humana. Poniéndolo en términos más directos: hay demasiado tratamiento actualmente. Esto no es, en realidad, falta de la ciencia y la práctica de la psiquiatría, sino más bien una manifestación parcial de un tipo general de mentalidad que desafortunadamente ha tomado posesión de la mayoría de la gente. Aunque esta cuestión no pertenece estrictamente a nuestro tópico, puede no ser superfluo comentar brevemente sobre ello.

Parece ser universalmente aceptada la noción de que normalidad y adaptación son una misma y única cosa; en otras palabras, estar adaptado es el mismísimo criterio de salud mental. Esta es una visión unilateral y muy peligrosa. Es peligrosa porque no considera situaciones o condiciones a las cuales se supone que una persona se deba adaptar. Ella se vuelve así, víctima del grupo que, como lo señaló el Profesor Riesman, sólo tolera una "diversidad marginal". Por lo general se asume, como si fuera evidente, que ser "diferente", no conformarse con el modelo del grupo, es ipso facto indicativo de algún disturbio o inadecuación mental. El hombre moderno, como lo señala el mismo autor, tiende a ser "dirigido desde afuera", a tomar de los demás sus ideas sobre cómo vivir, cómo comportarse, qué anhelar 20 . El hombre moderno se rehúsa a hacer caso del antiguo adagio: "Sé lo que eres", y, en cambio, hace un enorme esfuerzo por ser exactamente como los demás. La recompensa es la aceptación por el grupo y el reconocimiento social, mientras que el intento de desarrollar lo que A. Maslow llama una "personalidad auto-actualizante" conlleva muy frecuentemente conflicto con el grupo y algunas veces ostracismo de parte de éste 21 . Este es un precio demasiado alto para muchos; "ser uno mismo" en este sentido exige más fuerza y más coraje que lo que la mayoría de las personas tiene o cree que tiene.

Si es verdad que la desadaptación es con frecuencia señal de algún tipo de disturbio mental o el efecto de tendencias "reprimidas", es también verdad que la actitud opuesta —la de adaptación a cualquier costo— puede causar serios problemas, pues es verdad que no sólo aquellas tendencias incompatibles con el código moral generalmente aceptado son relegadas al inconsciente. En el caso de sobreadaptación, se hace violencia a tendencias que, como tales, no son todas inmorales —o amorales, si se prefiere—, sino tan sólo de tipo contrario al modelo social predominante. Las necesidades del hombre no están exclusivamente enraizadas, como pensaba Freud, en unos pocos instintos básicos; la vida humana "quiere más vida y más que vida", como dijo George Simmel 22 . El nivelar la individualidad a un modelo común puede tener consecuencias desastrosas. En efecto, muchos de los así llamados bien adaptados, personalidades bien rodeadas, deben ser llamados con justicia insanos. Y ocurre, no con poca frecuencia, que esta insania oculta irrumpa repentinamente de una manera trágica y catastrófica. Tal individuo en apariencia "bien adaptado, bien rodeado" puede cometer muy inesperadamente un acto extraño y poco razonable; puede sufrir una "crisis nerviosa", dejar su familia y desaparecer. Leemos una y otra vez sobre esa conducta; en la mayoría de los casos, ocurre con hombres que viven en una posición segura, que han tenido éxito y gozan de la aprobación de sus compañeros. Tienen mediana edad y son considerados por sí mismos y por los demás perfectamente "normales". Pero han llegado a un punto en el que la vida ya no promete nuevas cosas; han logrado lo que se propusieron lograr. Y ahora la vida ha perdido el sentido. No hay ya metas por delante. Todo lo que los espera es la monótona repetición del único y mismo modelo de existencia.

Frente a esta situación, algunos se resignan y siguen como siempre, tan sólo para existir más como autómatas que como personas vivientes. Otros reaccionan volviéndose neuróticos; "escapan hacia la enfermedad", como dicen los psiquiatras. Pero algunos encuentran el coraje para romper con su pasado y empezar nuevamente. Su comportamiento, entonces, con no poca frecuencia bordea lo inmoral o pasas sus límites. Revelan a menudo una total indiferencia frente a los que de él dependen. Del ángulo de la psicología, sin embargo, su comportamiento es comprensible.

Pero resignación, neurosis, fuga, no son otra cosa que el precio que se debe pagar por el anhelo, demasiado difícil de alcanzar, de conformarse, acceder a las exigencias de un entorno tiránico. No se tendría que pagar el precio si la persona entendiera suficientemente lo que está haciendo y encontrara la fuerza interior para ser o volverse lo que realmente es.

Los factores que han conducido a esta tan indeseable situación son demasiados para abarcar en un breve análisis. Podemos, sin embargo, mencionar dos de ellos. Uno es esta identificación equivocada del modo de vida democrático con el igualitarismo. Se ha llegado a creer que la idea de democracia equivale a la eliminación de diferencias personales. El segundo factor es la idolatría de la comodidad. No que la comodidad no sea un bien a ser buscado; sino que es, al fin y al cabo, un bien de menor rango. La búsqueda de la comodidad se ha vuelto un peligro real cuando se extiende más allá del ámbito externo de la vida, de tal modo que todo lo "incómodo" se presenta no sólo como algo a ser evitado, sino como indicativo de algún tipo de defecto.

Los conflictos interiores, así como los conflictos con los compañeros, se consideran ahora "anómalos"; son vistos más o menos como "síntomas" y, por lo tanto, necesitados de tratamiento. El hombre de hoy es extremamente intolerante a los conflictos, dificultades y problemas. Cree que aparentemente su vida personal debe permitir un arreglo comparable al que la tecnología logra con la materia. Una expresión característica de esta mentalidad es la existencia de una voluminosa literatura sobre "cómo" hacer esto o aquello.

Se ha vuelto muy común la idea de que una persona acosada por conflictos debería buscar la ayuda de un psiquiatra. Si alguien reclama sobre sus problemas, sobre estar involucrado en conflictos, encontrarse con dificultades, en la mayor parte de las veces será aconsejado por algún conocido bien intencionado: "Deberías hacerte psicoanalizar".

Este consejo puede ser, bajo ciertas circunstancias, más dañino que útil. Supongamos que un hombre descubre en el psicoanálisis que sus problemas se originan en su fracaso en "ser él mismo" y en haberse sometido demasiado fácilmente a la presión del grupo; entonces, para recobrar su equilibrio mental, tendría que antagonizar con el grupo. Esto no sólo exige más coraje que la que posee, sino que a menudo tiene consecuencias sociales, económicas y políticas muy serias.

Aquí surgen varios cuestionamientos serios y nada fáciles de resolver. No los podemos discutir, pero debemos mencionarlos, pues la popularidad del tratamiento mental y la popularización de las ideas médico-psicológicas han alcanzado una influencia demasiado grande en las mentes.

Es en parte por el interés generado por estas ideas que actualmente muchas personas están profundamente interesadas en lo que asumen que pasa desapercibido o inconsciente en lo profundo de sus mentes. Hay razones adicionales, este deseo de descubrir sobre sí mismo no es pura curiosidad. Las enseñanzas de la psicología moderna, especialmente del psicoanálisis, han hecho que las personas desconfíen de sus propias ideas, deseos y acciones. Se les ha enseñado que siempre hay algo "por detrás" o "por debajo" de las cosas de las cuales son conscientes. Así como el físico nos dice que las cosas de este mundo no son "en realidad" lo que parecen ser, que la mesa no es el cuerpo sólido que creímos, sino una masa de partículas que giran frenéticamente, así los psicólogos quieren que creamos que los fenómenos de nuestra consciencia no son lo que asumimos que son, sino disfraces, transformaciones de los contenidos que a menudo son mucho menos respetables que lo que creemos.

Consecuencia de tales doctrinas y su popularización, muchas personas empezaron a dudar de su propia sinceridad. "Sí", dirán, "quiero ser caritativo; mas ¿quién sabe? Talvez mi caridad no sea sino el disfraz de mi deseo de poder o una compensación por algún anhelo instintivo insatisfecho; ¿Cómo puedo saber si soy realmente caritativo?".

Muchos han perdido completamente la natural confianza ante la experiencia interior. Buscan algo distinto por detrás de todo —y no sólo en el propio interior—; interpretarán los susurros y acciones de sus compañeros según los mismos principios.

Esta es una situación peligrosa, y que está estrechamente relacionada con otras características de la mentalidad contemporánea, especialmente a lo que se puede llamar un subjetivismo excesivamente exagerado. Tal actitud destruye toda evaluación objetiva. Todo se vuelve relacionado con las necesidades subjetivas. De manera especial, esta actitud amenaza con destruir las bases para cualquier amor verdadero. Y es que amor significa en primer lugar reconocimiento del otro como individuo, como una persona única. Pero el psicoanálisis ve a la otra persona, así como toda la realidad, tan sólo como una oportunidad para lograr la satisfacción instintiva. De eso es prueba patente la expresión utilizada por Freud y sus discípulos para designar la persona amada: el "objeto sexual".

El hombre sólo es responsable de los pensamientos, palabras y acciones de las cuales es consciente. Si hay o no otras fuerzas "por detrás" no tiene nada que ver con la evaluación moral. La búsqueda por motivaciones ocultas no debe ser emprendida sin razones convincentes; y ciertamente no sólo por mera curiosidad.

Hemos hablado del significado que la noción de inconsciente tiene para la psicología y la teoría de la mente y también, aunque brevemente, de lo que esta noción puede significar para nuestro comportamiento práctico. No nos hemos referido aún al significado que esta noción pueda tener para la filosofía.

A ese respecto, se debe distinguir entre la noción de inconsciente, es decir, de contenidos y operaciones ocultas a la consciencia por un lado, y por otro, las formas particulares que esta noción asume en las diferentes escuelas de psicología.

La noción del inconsciente como tal no es, como hemos visto, ni nueva ni incompatible con la filosofía tradicional. Muy al contrario, se ha hecho claro que esta noción ha jugado también allí un rol definido, incluso cuando no ha sido ni discutida ni afirmada de manera explícita. Consecuentemente, no se necesita cambiar nada en nuestra concepción de la mente humana a cuenta del reconocimiento de la noción de inconsciente como legítima, o incluso como una hipótesis explicativa indispensable. Si algunos autores han creído en la necesidad de oponerse a esa idea, ha sido probablemente por que no comprendieron su naturaleza y significado. Algunos importantes psicólogos católicos no han visto, en efecto, razón alguna para rechazar esta noción.

Así, si reconocemos la idea del inconsciente como legítima, no nos vemos forzados a modificar en sentido alguno nuestras concepciones sobre la metafísica de la persona humana o nuestra antropología filosófica. El único efecto que tal reconocimiento tendrá, y ha tenido hasta cierto punto, será el de proveer un necesario correctivo a un intelectualismo excesivamente exagerado. Pero esta concepción no es en absoluto esencial a la filosofía tradicional. Está más bien en contradicción con ella, pues nunca se ha pasado por alto el rol de las fuerzas irracionales —o mejor, tal vez, sub-racionales— en el hombre. Que el hombre sea un "animal rationale" no significa que siempre actúe racionalmente, sino tan sólo que es capaz de hacerlo. Sin embargo, si sigue la razón y decide libremente, depende de muchos factores incidentales cuya importancia ha sido acentuada por la filosofía tradicional, aunque algunos puedan haberse inclinado a subestimar su influencia. A ese respecto, podemos estar agradecidos a la psicología contemporánea.

Si la idea del inconsciente no conduce a ninguna reconstrucción adicional en la metafísica, podría parecer que su significado es mucho más grande para la filosofía moral, y más aún respecto de cómo el hombre individual ve su conducta moral —o inmoral—.

Encontramos hoy en día dos extremos, ambos falsos, como lo suelen ser todas las afirmaciones extremas. Toda aproximación unilateral corre el riesgo de engañarse. Una de esas opiniones defiende que el hombre casi nunca es plenamente responsable por sus acciones pues están determinadas o por lo menos codeterminadas por factores inconscientes de los cuales el hombre no tiene conocimiento y sobre los cuales no tiene control. Esta concepción, en sus últimas consecuencias, termina adoptando una filosofía determinista y un rechazo de la libertad. Pocas personas llegan a ese extremo 23 ; pero la referencia a la determinación inconsciente da a algunos una excusa bienvenida para aquellas acciones que ellos mismos desaprueban o saben que deben desaprobar. Es verdad que es posible que la libre decisión esté dificultada o incluso hecha inefectiva por la influencia de factores inconscientes. Si ese es o no el caso es algo que no se puede establecer por una regla general; se debe averiguar separadamente en cada caso particular.

Por otro lado, hay personas que creen que son responsables por lo que pueda estar en su mente, incluso si no lo saben. Evidentemente, la noción de pecado inconsciente es contradictoria en si misma. Pero puede muy bien existir culpa inconsciente —aunque no en el sentido en que el psicoanálisis freudiano utiliza el término—. Se ha señalado que el inconsciente puede contener no sólo memorias reprimidas, que remontan a la temprana infancia, sino también memorias de origen mucho más reciente. Puede ocurrir que una persona se convenza —o persuada— de que determinada acción no ha sido contraria a ningún mandamiento, aunque sepa al mismo tiempo que esto no es verdad; Logra, no obstante, relegar el sentido de culpa correlacionado con este conocimiento indeseado al inconsciente. Algunas personas "cabeza-dura" —para utilizar esta expresión de William James 24 — no se molestarán; vivirán contentas y despreocupadas. Otros, sin embargo, pueden ser acosados por alguna malaise indefinida, por la impresión de que algo no está bien con ellos, sin ser capaz de descubrir cuál es realmente el problema. Puede ser también que esa culpa inconsciente, o sentimiento de culpa al cual es negado el acceso consciente, se vuelva la fuente de disturbios definitivamente neuróticos.

Estos cuestionamientos —y hay otros más— son de gran importancia para la evaluación moral. Son también importantes para la conducta de la vida personal. Hablar más de ellos alargaría este artículo. Tal discusión, además, iría más allá de una reflexión sobre el inconsciente del punto de vista de la filosofía.

Hemos resaltado hace un momento que el reconocimiento de la idea del inconsciente como una idea legítima no supone la adopción de las concepciones que tienen las psicologías actuales sobre este problema. Tanto la concepción de Freud como la de Jung están abiertas a serias dudas.

Sería bueno añadir una palabra sobre la segunda de estas concepciones. Muchos lectores de Jung han sido engañados al verlo hablar sobre el alma y la religión. Creen haber descubierto un evidente acercamiento a ideas católicas. Esta interpretación es bastante sorprendente, pues uno se puede fácilmente convencer de que las concepciones de Jung y las del catolicismo están separadas por un abismo infranqueable. La religión no es, a los ojos de Jung, un cuerpo de verdades, ya sean descubiertas por la razón o reveladas; no hay referencia a ninguna realidad sobrenatural. La religión se presenta, en el marco de la psicología analítica, como una actitud puramente psicológica y subjetiva, que es, efectivamente, útil, pues provee al individuo la idea de una existencia llena de sentido; mas no más que eso 25 . Aunque difieren en muchos aspectos de la concepción de Freud de la religión, y ciertamente son menos crudas o ingenuas que aquella, las ideas de Jung no son menos naturalistas, y consecuentemente no menos incompatibles con la fe.

Una sana teoría del inconsciente queda por elaborarse. Pero lo que se dijo puede mostrar que la psicología moderna ha derramado algunas luces sobre problemas que, en realidad, el pasado no ignoraba totalmente, aunque no les haya dado la atención que merecían.

Nos encontramos nuevamente con el misterio de nuestro propio ser. Y admiramos la sabiduría de la Grecia Antigua, pues el adagio "conócete a ti mismo" no estaba escrito en los muros del Ágora en Atenas, sino en la entrada del recinto sagrado de Delphi. No en medio de los trajines y la confusión de la vida ordinaria descubriremos lo que somos y lo que debemos ser, sino en el silencio de la meditación. E incluso entonces, se nos podrá recordar otra palabra que nos ha llegado de tiempos muy antiguos, una palabra que puede muy bien servir de lema para todos los cuestionamientos de que hemos hablado.

Un fragmento de Heráclito reza: "Nunca encontrarás los límites del alma, aunque vayas en todas las direcciones, tan profunda es su medida". 26


1

Es debido a este proceso sociológico que Freud es comunmente llamado "descubridor del inconsciente". Sin embargo, examinando más de cerca, se demuestra que esta denominación carece de sentido.

2

Novum Organon, L, 38.

3

Ernest Jones, The Life and Work of Freud (New York, 1953-1957), III, pp. 375-407.

4

R. Allers, "Vom Nutzen und den Jefahrem der Metapher in the Psychologie." Jahrub. F. Psychol.u.Psychoter. (1956) IV, 1-15.

5

Este es un resumen muy simplificado de la doctrina de Freud. Mas si queremos tratar tan sólo la noción del inconsciente, debemos contentarnos con estas breves referencias.

6

S. Freud, Traumdeutung (trans. Brill; Leipzig, 1901).

7

Para una historia detallada de la sociedad psicoanalítica, ver Ernest Jones, op. cit.

8

Para un breve resumen de la psicología de Freud, cf. I. Jacobi, The Psychology of C. G. Jung (New York, 1944), F. Fordham, An Introduction to Jung’s Psychology (London, 1955). Freud parece haber adoptado, por lo menos en sus últimos años, una visión similar, a tal punto en que habla de una "memoria racial" –mejor tal vez denominada "memoria tribal"– en Moses and Monotheism (New York, 1939).

9

En otras palabras, Jung habría tenido que adoptar o bien una concepción traducionista del origen del alma o bien asumir que el alma individualmente creada es dotada con ciertos contenidos innatos. Se puede intentar, aunque no sin serias dificultades, reconciliar las ideas de Jung con las de San Agustín, pero ciertamente no con las de Aristóteles o Santo Tomás.

10

El análisis de los sueños es llamado por Freud la via regia, el camino real, al inconsciente. La mayor parte de sus ideas sobre las operaciones del inconsciente se derivan del análisis e interpretación de los sueños.

11

P. Schilder, "Zur Psychologie epileptischor Ausnahmezustaende", Zschr. Ges Neurol. U. Psychiatric 31, 174 (1925).

12

Condiciones similares predominan en casos de así llamada personalidad múltiple.

13

Confesiones, viii. 8. Hemos tratado la cuestión de las "verdades eternas" y la forma de su conocimiento en "Illumination et vérites éternelles; une étude su l’á-priori Augustinien" Augustinus Magíster (Paris, 1955), 477; see also "The Notions of Triad and of Mediation in the Thought of St. Augustine" New Scholasticism, 1957, XXXI, 499.

14

Cf. Loc. cit.

15

Gaston Grua, G. E. Leibnitz, Textes inédits (Paris, 1948), 560. Una nota de Leibnitz muestra que él sólo leyó las Confessiones muy tardiamente.

16

Nouveaux Essais, II, 1, 11.

17

De ahí el énfasis en la "magia". Este término ha sido completamente malinterpretado por algunos críticos que tenían muy poca simpatía y aún menos comprensión del Romanticismo. Cf. Th Haering, Novalis als Philosoph (Stuttgaft, 1954), 336-381.

18

Die Symbolik des Traumes, (4th ed., Bamberg, 1862).

19

Die Genschichte der Seele, (5th ed., Stuttgart, 1878).

20

David Riesman a.o., The Lonely Crowd (New Haven).

21

Abraham Maslow.

22

George Simmel, Lebensanschauung (Berlin, 1918). Ortega y Gasset tiene un comentario similar; ver su Hacia la Filosofía de la Historia (Nueva York, 1941). Ciertos aspectos de la filosofía "existencial" contemporánea pueden ser interpretados como reacciones contra la influencia despersonalizante de una sociedad que ha hecho de la conformidad un ídolo.

23

Freud, en efecto, siempre sostuvo que sólo el determinismo es compatible con una aproximación verdaderamente "científica" a la realidad.

24

N. del T.: La expresión original en inglés es "tough-minded", que tiene como correspondiente la expresión en castellano "cabeza dura", aunque una traducción más literal podría ser "de mente fuerte", o "de mente dura".

25

Muchos se han impresionado por la afirmación de Jung de que entre sus pacientes hay muy pocos católicos. Pero Jung y sus lectores parecen haber pasado por alto el hecho sencillo de que los católicos serán bastante reacios a consultar un hombre cuyas ideas sean tan discrepantes de las enseñanzas de la fe. Para una evaluación de la psicología de Jung, cf. A. Gemelli, Psychoanalysis Today (New York, 1955), p. 58ss. (La traducción del italiano infelizmente es muy inadecuada).

26

H. Diels, Fragmente del Vorsokratiker (8th ed., Berln, 1955), Vol. I. J. Burnet, Early Greek Philosophy (4th ed., London, 1948), 138. [N. del T.: Allers comenta aquí que la traducción que él utiliza del pasaje es la hecha por Burnet, con una ligera modificación. Así cita originalmente en inglés: "You will never find the boundaries of the soul even if you go in all directions, so deep is her measure"].

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