Cardenal Paul Poupard, La misi贸n de los centros culturales cat贸licos, un servicio al Evangelio que refuerza la identidad cat贸lica
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1.- Cultura de la emoci贸n

Un primer t茅rmino que quisiera proponer es el de la emoci贸n. Esta voz, viene empleada de modo preferencial por el sector juvenil de la sociedad. La emoci贸n es el nuevo nombre de la 鈥渆videncia鈥. Cuanto m谩s intensa es la emoci贸n, tanto m谩s fuerte es la certeza de la 鈥渧erdad鈥 experimentada. La emoci贸n, dentro del campo epistemol贸gico, toca dos v铆as de conocimiento, el emp铆rico o experiencial y el subjetivo o racional. La emoci贸n abre de alguna manera detr谩s de s铆 un efecto objetivo, una sensaci贸n irrefutable, cuya verificaci贸n en cambio, es campo casi exclusivo de la subjetividad; sus datos vienen de este modo asignados a eventuales producciones internas. La aplicaci贸n o identificaci贸n de las causas de tal efecto, de sus consecuencias y de sus l铆mites permanecen en la elaboraci贸n circunstancial e interna del sujeto.

Culturalmente las manifestaciones afectivas entre familiares, amistades o parejas de prometidos, para no hablar de algunos lamentables espect谩culos urbanos, han tenido un notable crecimiento en la exterioridad p煤blica. Dejando de lado la dimensi贸n moral de estas expresiones, las caricias como formas publicas de socializaci贸n, expresan otro indicio de esta nueva forma cultural occidental de generar de modo sensorial emociones que muestren con cierta velocidad y sin dilaci贸n, el estado interno de la persona.

La palabra emoci贸n se ve en muchos campos polarizada a dos estados casi antag贸nicos: la depresi贸n, como ausencia de una carga estimulante para vivir, y el placer, realidad de intensa gratificaci贸n sensorial, que abruma la inteligencia con el peso intenso de un presente arm贸nico, con un deseo insaciable de felicidad que comienza a ser satisfecho.

De este modo, la emoci贸n no s贸lo viene conectada con la epistemolog铆a moderna, sino con la 茅tica: 鈥渃onocer el modo menos doloroso y m谩s veloz de gozar un instante, se vuelve una m谩xima sapiencial de nuestra era鈥. Lo fugaz, lo contingente, la veleidad, deviene principio absoluto de veracidad y bondad. Lo transitorio sustenta ahora la estructura de la raz贸n y de la voluntad, y el ser, la entidad, no aparece sino exclusivamente en los rasgos del sentir. Los bienes inmediatos y verdades pasajeras conforman ahora el paisaje de lo contempor谩neo, un paisaje tanto polifac茅tico como absurdo.

La eternidad como trascendencia de toda veleidad, no requiere ni siquiera ser negada, ya que no entra en el campo conceptual del lenguaje contempor谩neo, no es sino a lo sumo un arca铆smo figurativo para hablar de indeterminaci贸n, o en t茅rminos emotivos, una sin贸nimo de aburrimiento perfecto.

La inmortalidad existe precisamente en la convicci贸n individual de un indeterminado presente, de permanecer igual, mientras no llega la experiencia violenta de un ser querido, que modifica la certeza de no verle m谩s, precisamente porque esa persona muri贸, mientras que el yo jam谩s morir谩 y 鈥渆stoy condenado a ser inmortalmente solo鈥.

Una vez que el concepto de eternidad ha sido extirpado del horizonte lingu铆stico y consciente de la mentalidad dominante, es posible caminar con paso libre a la nulificaci贸n de la historia. Lo fugaz, lo ef铆mero, no dejan lugar a la continuidad, la fragmentaci贸n cronol贸gica de la vida humana, carente de cualquier sentido objetivo viene superada por la absurdidad del instante, permaneciendo como 煤nico medicamento, el paliativo de la 鈥渟ugesti贸n鈥 o la alienaci贸n fantasiosa de lo sublime, cuyas 鈥渆mociones m铆sticas鈥 viene a reivindicar el desprecio que sufriera durante las tres d茅cadas pasadas.

La forma regular de vida burguesa o anquilosada ha llevado a nuestras sociedades a inventar juegos y diversiones que rayan en lo temerario o grotesco. Tirarse de una altura de m谩s de 20 metros con ca铆da libre para ser luego levantado como un mu帽eco de trapo por una liga, simulando o provocando la sensaci贸n de la muerte, no puede ser visto como indiferente o ajeno a esta forma cultural de tedio de la vida.

La depresi贸n como enfermedad o como estado an铆mico, viene pesada con este criterio de la emoci贸n. La incapacidad de ofrecer una estructura perseverante ante este mal end茅mico de nuestra 茅poca, cuyas expresiones se confunden con los rasgos de una sociedad adicta, que busca en la 鈥渢erap茅utica鈥 una plataforma gratificante del sentido de la vida.

Al colocar la emoci贸n como criterio de veracidad, las caricias reemplazan a la fidelidad y la honestidad recibe el relevo de la oportunismo. Se puede decir que el hombre y la mujer contempor谩neos se perciben a s铆 mismos como realizados, cuando la intensidad de las emociones gratificantes rebasa, en su duraci贸n, el impacto de las sensaciones de insatisfacci贸n, frustraci贸n o fracaso. No es el fracaso en su objetividad lo que m谩s agobia, cuanto la sensaci贸n de dolor de la que se pretend铆a escapar la que destruye. Lo sensitivo de la subjetividad importa m谩s que la falta objetiva.

De este modo el hombre moderno, sediento de vida, nada en una pecera donde la 煤nicas opciones de sobre vivencia son la alienaci贸n idealista de tipo religioso, o el cinismo hedonista, que tarde o temprano arrastra al suicidio fisiol贸gico o existencial.

No es extra帽o entonces que el criterio dominante en la elecci贸n de la religi贸n, sea precisamente la emoci贸n, fuente de verdad, bien y trascendencia, entendiendo como trascendencia la mera exteriorizaci贸n de la interioridad, y no como paso o apertura a una realidad radicalmente diversa o externa. El argumento del pluralismo sectario vendr谩 desarrollado en la Conferencia de Mons. Jos茅 Angel Rovai, por ello no me detendr茅 en el argumento.

Los efectos de esta fragmentaci贸n polivalente, de rasgar la vida con placer o depresi贸n, son la absurdidad de la existencia y la tristeza profunda de la vida; el cansancio y desilusi贸n de un placer que tarda m谩s en ser conseguido que en ser disfrutado parece injusto e inhumano. De alguna manera el ciclo letal de Shopenhauer encuentra una nueva manifestaci贸n epocal.

Pero, 驴qu茅 desea profundamente el hombre cuando busca la emoci贸n? 驴Busca en la emoci贸n solamente la fugacidad o persigue m谩s bien la intensidad que le gratifica? Y si busca la fugacidad, 驴es en funci贸n de la fugacidad misma o del placer que genera la intermitencia? 驴Qu茅 busca el hombre al querer tocar los umbrales de la muerte en medio de fuertes cargas de adrenalina?

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