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Cardenal Antonio Cañizares Llovera, La Iglesia ante Europa
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La Iglesia ante Europa

Conferencia en el Club Siglo XXI. Madrid, 19 de enero de 2004

1. Saludo e introducción al tema

Señoras y Señores: La invitación a participar en este por tantas razones y méritos prestigiado y acreditado Foro de opinión constituye para mí un alto honor, que agradezco a su dirección y responsables en lo más profundo y sincero de mi persona. Mi agradecimiento también a todos ustedes por su presencia, y de modo particular a las palabras tan cercanas y entrañables de D. Ángel Acebes Paniagua, que expresan la amistad que nos une desde nuestros tiempos comunes y de colaboración estrecha de Ávila, él como Alcalde de aquella queridísima Ciudad y un servidor como Obispo que iniciaba allí su andadura en este nada fácil ministerio pastoral.

El Foro "Club Siglo XXI" dedica este ciclo de conferencias a "España ante la Constitución Europea". Cuando se me invitó amablemente a intervenir en él, consideré que un Arzobispo de Toledo, en esta ocasión, después de la extraordinaria Exhortación Apostólica postsinodal del Papa Juan Pablo II, "Ecclesia in Europa", de junio pasado, no podía hablar de otro tema que de la "Iglesia ante Europa".

Además, quiero y debo hacerlo como homenaje al Santo Padre, en su veinticinco aniversario de pontificado, donde encontramos un testimonio y un magisterio tan amplio, tan neto y de tan largo alcance en favor de Europa. Sin exageración alguna, su doctrina y su obra le hacen merecedor de ser considerado uno de los padres principales de la nueva Europa que se está construyendo. Y, aunque los separe un largo espacio de años y las circunstancias sean diversas, bien merecería un lugar destacado al lado de Schuman, Adenauer y De Gasperi : su contribución a la desaparición del muro que dividía y separaba Europa y su preocupación constante y sus permanentes alientos y enseñanzas en favor de la unidad europea y de su futuro, así lo demuestran.

"No es fácil, como diría Guardini, decir algo digno de oírse sobre la idea de Europa, después que se han dicho tantas cosas importantes, de palabra y por escrito" (Europa, realidad y tarea, 13), y sobre todo para un Obispo, después de lo que el Papa ha dicho y reiterado tan magistral como proféticamente en tantísimas ocasiones. Por eso mi intervención, espero que fielmente, va a tratar de rastrear y seguir muy de cerca su pensamiento.

En estos momentos se está debatiendo el proyecto de Constitución Europea. No ha sido posible su aprobación durante la Presidencia de Italia por las razones de todos conocidas en las que España ha aportado las suyas, muy de peso e importantes. En el 2001, se aprobó la "Carta de los Derechos fundamentales de la Unión Europea". Tanto entonces como ahora, como en otros momentos cruciales de la construcción de la Nueva Europa, la Iglesia, el Papa, los Obispos, también los españoles, no han permanecido como meros espectadores : han intervenido, hablado y aportado su manera propia de ver las cosas, siempre en servicio a esa misma construcción.

Cabe preguntarse, por lo demás: ¿por qué la Iglesia se ocupa de este tema y entra tan decididamente en él?¿No es acaso un tema político y social, que pertenece al mundo secular, autónomo, llamado a orientarse por sí mismo y con la competencia propia de los Estados?¿No se ha superado de manera definitiva en los países europeos la sociedad confesional, y estamos instalados en una sociedad laica, multicultural y plurirreligiosa? ¿No se tratará, pues, de una ingerencia eclesiástica en un campo que no sería el propio?. Nos encontramos en una sociedad democrática, libre y plural, en la que personas e instituciones con todo derecho pueden pronunciarse en libertad sobre los temas que atañen a la misma sociedad. Además, no podemos olvidar, por otro lado, que "la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia y que nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GS 1) y que, en virtud precisamente de lo que es y de su misión en el mundo, está llamada y obligada a salir en defensa del hombre y su dignidad, y aportar, recordar y reclamar aquello incondicional que precede a la misma Iglesia y a todo derecho estatal para el servicio del hombre y su dignidad, en lo que el mismo hombre y la sociedad se juegan su propio destino personal y comunitario.

2.- ¿Qué es Europa? ¿Hacia dónde se encamina? Identidad y Proyecto

Antes de pasar adelante, cuando decimos "Europa", ¿qué estamos diciendo?, "¿qué es en realidad Europa?... ¿dónde comienza, dónde termina Europa?¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa, aunque esté predominantemente habitada por europeos, que viven y piensan de manera claramente europea?¿Dónde se pierde Europa por el Sur de la comunidad de Estados rusos?¿Por dónde discurre su frontera atlántica?¿Qué islas son de Europa, cuáles no, y por qué?... Europa sólo de forma secundaria es un concepto geográfico: Europa no es un continente geográficamente aprehensible con claridad, sino un concepto cultural e histórico" (J. Ratzinger, "Europa, política y religión", en Nueva Revista, 73, enero-febrero, 2001, 66).

Podríamos añadir que la identidad de Europa va más allá incluso de sus orígenes temporales y de la evolución misma de la configuración política y de las relaciones que, a lo largo de los siglos hasta el presente, han asumido o puedan asumir los diversos territorios a los que hoy consideramos en su conjunto "Europa". Tiene una identidad propia. Así lo reconoce, de hecho, el borrador o Proyecto de Constitución Europea, cuando pretende no limitarse a un articulado de preceptos y de normas que regulen empíricamente las relaciones entre sí de los Estados miembros y articulen derechos y deberes de los individuos que los integran; sino que, tanto en su articulado como sobre todo en su preámbulo, pretende delinear los grandes rasgos de un proyecto de comunidad política y ética.

Como señala el constitucionalista y gran estudioso de la convergencia europea J.H.H. Weiler, profesor en Harvard y Nueva York, en su reciente obra Una Europa cristiana, "la actual circunstancia política, de definición y adopción de una Constitución para Europa, no es sólo una búsqueda, por ejemplo, del reparto óptimo de competencias entre la Comisión y el Consejo de la Unión Europea... Es -o al menos debería ser- un momento para volver a pensar, y probablemente para volver a definir, Europa: su telos, su identidad, su autocomprensión... Europa, la construcción europea, no sería nada si no fuese también expresión y vehículo de una cierta civilización, que comprende nuestra cultura y nuestros valores; una expresión de quienes somos, un instrumento para realizar lo que querríamos ser" ( J.H.H. Weiler, Una Europa cristiana. Ensayo exploratorio, Ed. Encuentro, Madrid 2003, 27). Y añade, el mismo autor un poco más adelante: "Europa no es sólo una realidad empírica. Es también una idea, un ideal: un proyecto de comunidad política -...- mejor, de sociedad mejor... E igual que la democracia supone la existencia un demos (sea como fuere definido éste), también la Comunidad y la identidad presuponen la existencia de la memoria, es decir, de la historia" (J.H.H. Weiler, Una Europa cristiana..., 39-40). Como decía Ortega y Gasset, " Europa como sociedad existe con anterioridad a la existencia de las naciones europeas (...) En este sentido, las naciones de Occidente se han ido formando poco a poco, como núcleos más densos de socialización, dentro de la más amplia sociedad europea que, como un ámbito social, preexistía a ellas" (J. Ortega y Gasset, Meditación de Europa, p. 35), y empezó a formarse desde hace más de veinte siglos en la cultura griega, el derecho romano, y la religión cristiana.

Europa ha sido definida como "un acontecimiento espiritual", en el que "nadie que aprecie más el bien y la verdad del ser personal del hombre que cualquier posesión material" se siente extranjero : "ser europeo significa ser enviado a los demás" (S. Grygiel, "El hombre nuevo recreado por Cristo reconstruye la nueva Europa (¡Europa es la morada y la morada es un acontecimiento!)", en P. Poupard, (Coord.), Cristianismo y Cultura en Europa : memoria, conciencia y proyecto, Ed. UCAM-Encuentro, Madrid 2000, 18). Europa se define, así, por su unidad cultural por su ser "acontecimiento espiritual" : ella es, en efecto, cuna y morada de las ideas de persona, verdad y libertad. "Hace, por ello, referencia a un punto de partida, o, mejor aún, a una proveniencia, a una tradición viva que permanece y que incluye la filosofía griega, el derecho romano y el cristianismo. Hace asimismo referencia a una misión hacia otros pueblos que mira hacia el futuro. Pero ese mirar al futuro y esa misión no implican una continua superación o creación de la nada que deja totalmente atrás el pasado, sino que en su tradición se refleja el desarrollo de una verdad originaria, de una 'arché', que establece un inicio, que se actualiza y revitaliza siempre de nuevo. Los elementos de esa 'arché' logran su unidad por obra de la Iglesia sobre la base del Evangelio de Jesucristo. En este sentido, el cristianismo constituye el alma más auténtica de Europa" (G. del Pozo, "La 'Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea'. Una valoración", en Revista Católica Internacional de Teología, Communio, tercera época, año 23, julio septiembre, 2001, 323).

Si bien es verdad que "Europa y cristianismo no coinciden" (Sínodo especial para Europa, 1992, Declaración final, 2), ni han coincidido nunca del todo, también lo es con toda evidencia que la matriz cristiana ha sido lo que ha dado su impronta peculiar a la "humanitas" europea. Hasta cuando ciertos sectores de la modernidad se apartaban de la Iglesia, los valores que defendía --la solidaridad, la justicia, o la libertad- eran valores de cuño cristiano. Esos valores habían penetrado las capas más profundas de la conciencia europea al hilo de la consideración de la persona humana surgida en la experiencia de la Iglesia. Las "raíces cristianas" son una verdad histórica, empíricamente comprobable, y apelar a ellas en este momento de una cierta confusión espiritual y cultural es algo perfectamente legítimo, aunque quepa a veces un mal uso de esta verdad, tanto desde dentro como desde fuera de la Iglesia.

Para ser ella misma, en efecto, para impulsar su integración plena, con todo lo que esto significa, que vaya más allá de unas relaciones funcionales o económicas, Europa tiene necesidad de reconocer su propia historia, sin la cual no puede identificarse a sí misma, ni lograr su "integración" y construcción de su "unidad en la diversidad", ni tener ningún relato en torno al que reunirse, ni ningún ethos ni ningún telos para su edificación. "En esta historia, que es parte integrante, indispensable, de la idea y de la identidad de Europa, del mismo modo que lo son sus recursos naturales y humanos, la cristiandad ha estado siempre presente, la mayoría de las veces con un importante papel crítico... En esa historia hay momentos cristianos gloriosos y momentos por los que pedir perdón. Pero no se puede eliminar al cristianismo de la historia de Europa, antigua y contemporánea" (J.H.H. Weiler, Una Europa cristiana... 41). No resulta, pues, exagerado decir con palabras de De Gasperi, que "la matriz de la civilización contemporánea se halla en el cristianismo".

En el mismo sentido se expresa el Papa Juan Pablo II en Ecclesia in Europa al afirmar que "no se puede dudar que la fe cristiana es parte, de manera radical y determinante, de los fundamentos de la cultura europea. En efecto, el cristianismo ha dado forma a Europa, acuñando en ella algunos valores fundamentales. La modernidad europea misma, que ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos, toma los propios valores de su herencia cristiana. Más que como lugar geográfico, «pues» se la puede considerar como un concepto predominantemente cultural e histórico, «espiritual» que caracteriza una realidad nacida como Continente gracias también a la fuerza aglutinante del cristianismo, que ha sabido integrar pueblos y culturas diferentes, y que está íntimamente vinculado a la cultura europea" (EE 108).

Estas afirmaciones no son pretensiones vaticanistas o reminiscencias de una situación medieval superada, ni anhelo de ningún sueño de pasado confesional. Que nadie vea en ello, ni en las palabras de De Gasperi, o del resto de los padres de Europa, y menos aún en las del Papa, atisbo de manejo o intento de dominio eclesiástico de la sociedad europea, que nadie interprete ahí la menor reivindicación de "una especie de monopolio" ni pretenda adivinar intenciones ocultas, inexistentes, "clericales o teocráticas que serían, además, perfectamente utópicas" (R. Schumann, "Conference Sainte Odile", 15 de noviembre, 1954).

Hay quienes, como Oswald Spengler, piensan que esa cultura ya ha muerto o va camino de morir, que a lo sumo podría hoy "trasmitir sus dones a una nueva cultura ascendente, como ha ocurrido en anteriores decadencias, pero como tal sujeto había dejado atrás su vigencia vital"; el futuro europeo estaría en otra parte. Otros, como Toynbee, aceptan que Europa, la cultura suya donde radica su identidad, se encuentra en una crisis, cuyas causas descubre, en último término, en la secularización; y que el futuro europeo está en "regresar al momento religioso, que para él comprende la herencia religiosa de todas las culturas, pero especialmente 'lo que ha quedado del cristianismo occidental'". Pero en última instancia, como tercia Ratzinger, "entre Spengler y Toynbee la cuestión queda abierta, porque no podemos atisbar el futuro. Pero con independencia de ello se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro y por aquello que sea capaz de mantener la identidad interna de Europa a través de las metamorfosis históricas. O más sencillamente aún: por aquello que hoy y mañana prometa mantener la dignidad humana y una existencia conforme a ella"(J.Ratzinger, "Europa, política y religión"...78-79;J. Ratzinger," Perspectivas y tareas del catolicismo en la actualidad y de cara al futuro, en, AA.VV. El Concilio III de Toledo.XIV Centenario 589-1989, Ed. Arzobispado de Toledo, Toledo 1991, 107-118).

Estimo que podríamos fácilmente ponernos todos de acuerdo en esto : en que no cualquier tipo de unificación o integración europea que sobrevenga equivale por sí misma a un futuro europeo, si no salvaguarda "la dignidad humana y una existencia conforme a ella". Por ejemplificar de algún modo : Una mera centralización de competencias económicas o legislativas podría conducir a una rápida disolución de Europa si, por ejemplo, se orientase a una tecnocracia cuyo criterio fuese el aumento de consumo o de poderío. Una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión quedase superada como reliquia del pasado o recluida a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese quedase garantizada por el funcionamiento de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de Europa.

Esto último ha sido el caso de los países del socialismo real o comunismo. Ahí se ha dado un dogmatismo intolerante: "el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y tiene que ser definida y puesta en práctica conforme a los fines de la sociedad; todo lo que sirva para alcanzar el feliz estado final, es moral. Esto culmina la perversión de los valores que habían construido Europa. Más aún; aquí se lleva a cabo una ruptura con toda la tradición moral de la Humanidad. Ya no hay valores independientes de los fines del progreso, en un momento dado todo puede estar permitido o incluso ser necesario, moral en un nuevo sentido. Incluso el ser humano puede convertirse en un instrumento, no cuenta el individuo, sólo el futuro que se convierte en una terrible divinidad, que dispone de todo y de todos. Actualmente, los sistemas comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero se pasa por alto con demasiada complacencia el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda por su desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades del sistema y sus promesas de futuro. La verdadera catástrofe no es de naturaleza económica; es la desolación de los espíritus, la destrucción de la conciencia moral.(...) La problemática religiosa y moral, que es de lo que verdad se trataba, ha quedado casi completamente desplazada. Pero la problemática legada por el marxismo sigue vigente hoy: la liquidación de las certidumbres originarias del ser humano acerca de Dios, de sí mismo y del Universo, la liquidación de la conciencia de unos valores morales que no son de libre disposición, sigue siendo ahora nuestro problema, y es lo que puede conducir a una autodestrucción de la conciencia europea que (...) tenemos que contemplarla como un peligro real" (J. Ratzinger "Europa, política... 82).

La edificación de la "casa común " de la nueva Europa, su integración, o la verdadera unidad entre sus pueblos, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto por la identidad y los derechos de los hombres y de los pueblos. Es decir, ha de construirse sobre la posibilidad de una respuesta verdadera a las cuestiones de fondo que han sacudido dramáticamente, en estos dos últimos siglos, la cultura europea. La armónica sociedad prevista por la Ilustración como fruto de un abandono de los "prejuicios cristianos", y de una aplicación sistemática de la razón inmanente nunca ha llegado. Más aún ha dejado tras de sí una larga secuela de todos conocida, incluso de destrucciones y de guerras. Esta problemática no afecta sólo al mundo que estuvo dominado por el marxismos, porque el ateísmo y el materialismo práctico, que llevan dentro de sí el mismo error antropológico que el marxismo, están muy difundidos en todas partes. "Realmente toda Europa se encuentra hoy ante el desafío de tomas una nueva decisión a favor de Dios" (Sínodo especial para Europa, 1992, Declaración final, 1). Es verdad que existe en Europa un sincero deseo de unidad, pero no es posible ignorar las dificultades históricas que existen para que esa unidad pueda ser una realidad efectiva. La unidad y la convivencia sólo serán posibles si surge, en el horizonte presente de la historia europea, un sujeto social capaz de construirlas pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase social o adscripción política.

Aquí es donde, a mi modesto entender, radica una cuestión fundamental de supervivencia de Europa. Desde aquí se entiende el porqué de la insistencia en las raíces espirituales, inseparables de la fe cristiana, de Europa y de su identidad. En esto se juega su ser o no ser. Se está discutiendo ahora la Constitución Europea con la que se pretende caminar hacia el futuro a partir de una definición o redefinición de su identidad; previamente se aprobó la "Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea", en la que también se expresa, de algún modo, cómo se ve o se trata de ver dicha identidad. Estamos en un momento crucial: ¿Hacia dónde nos encaminamos, queremos o debemos encaminar Europa? ¿Hay en tantos cambios de todo tipo como ha experimentado y experimenta Europa o los países de la Unión Europea actual o futura una identidad de Europa, un fundamento para ella, que tenga futuro y que podamos o debamos respaldar? Dentro de unos meses probablemente, si se superan las dificultades existentes, nos será sometido a referéndum europeo el texto de la Constitución, ¿qué habrá que mirar y decir?.

Como señala, una vez más, el Cardenal Ratzinger con la lucidez, honestidad y rigor intelectual y con la libertad de espíritu que le caracterizan: "Para los padres de la unificación europea tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial -...- estaba claro que ese fundamento existe, y que descansa en la herencia cristiana de lo que el Cristianismo había hecho nuestro continente. Para ellos estaba claro que las destrucciones a las que nos habían enfrentado la dictadura nazi y la dictadura de Stalin se basaban precisamente en el rechazo de esos fundamentos, en un monstruoso orgullo que ya no se sometía al Creador, sino que pretendía crear él mismo un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el mundo malo del Creador en el mundo nuevo que surgiría del dogmatismo de la propia ideología. Para ellos estaba claro que esas dictaduras, que habían puesto de manifiesto una cualidad del Mal enteramente nueva, reposaban, más allá de todos los horrores de la guerra, en la voluntad de eliminar aquella Europa, y que había que regresar a aquella concepción que había dado su dignidad a este continente, a pesar de todos los errores y sufrimientos. El entusiasmo inicial por el retorno a las grandes constantes de la herencia cristiana se ha esfumado rápidamente, y la unión europea se ha llevado a cabo casi exclusivamente en aspectos económicos, dejando a un lado en gran medida la cuestión de los fundamentos espirituales de tal comunidad. En los últimos años ha vuelto a crecer la conciencia de que la comunidad económica de los Estados europeos necesita también un fundamento de valores comunes. El crecimiento de la violencia, la huída hacia la droga, el aumento de la corrupción hacen muy perceptible que la decadencia de los valores también tiene consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo" (J. Ratzinger, "Europa política... 83).

Con la mencionada Carta de los Derechos Fundamentales y con la futura Constitución europea se responde a esto. Pero, ¿se responde suficiente y satisfactoriamente?¿Lo que nos ofrecen uno y otro texto normativo y programático como proyecto político y ético es apropiado para "dotar de un núcleo espiritual al cuerpo económico de Europa"?. Lo que el Papa Juan Pablo II tantas y tan reiteradas veces reclama, como hizo en su último e importantísimo viaje a España, de la "Europa del espíritu" se refiere precisamente a esto : no es, por supuesto, a un espiritualismo a lo que convoca, sino a una construcción de la nueva Europa edificada sobre el respeto y la realización de la dignidad de la persona humana, de todo hombre, que no se contenta con nada menos que Dios, abierta siempre a los otros y para los otros, y de una existencia conforme a esa dignidad. Así que, cuando el Papa habla de la "Europa del espíritu" está recordando y exigiendo la vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política. Y esto sí que es decisivo para el futuro de Europa y de los europeos, y de todos.

3.- Lo que la Iglesia, con el Papa, pide para la Nueva Europa y reclama de su Constitución

3.1. La Iglesia reclama la concordia sobre los valores que se exprese en el derecho y en la vida, resumidos en la dignidad de la persona humana y en los derechos fundamentales, como elementos imprescindibles e incondicionales de la identidad de Europa

Europa necesita un inmenso esfuerzo de construcción cultural y social. La Iglesia es consciente de que una Europa con una crisis de identidad caminaría sin rumbo y hacia su propia destrucción. Por eso afirma el Papa que, "en el proceso de transformación que está viviendo, Europa está llamada, ante todo, a reencontrar su verdadera identidad. En efecto, aunque se haya formado como una realidad muy diversificada, ha de construir un modelo nuevo de unidad en la diversidad, comunidad de naciones reconciliada, abierta a los otros continentes e implicada en el proceso actual de globalización. (...) En el proceso de integración del Continente, es de importancia capital tener en cuenta que la unión no tendrá solidez si queda reducida sólo a la dimensión geográfica y económica, pues ha de consistir ante todo en una concordia sobre los valores que se exprese en el derecho y en la vida" (EE 109).

Según el segundo párrafo del preámbulo de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, "en la conciencia de su herencia religioso-espiritual y moral, la Unión se fundamenta sobre los valores indivisibles y universales del ser humano: la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y del Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación". En parecidos términos, aunque con diferencias o matices distintos importantes, en los que no es el caso entrar, se expresa el proyecto de Constitución en el texto que dispongo:

"Conscientes de que Europa es un continente portador de civilización, de que sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos, han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón. // Con la inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa, cuyos valores, aún presentes en su patrimonio, han hecho arraigar en la vida de la sociedad el lugar primordial de la persona de sus derechos inviolables e inalienables, así como el respeto al Derecho".

¿Quién va a negar estos valores? Por supuesto, no será la Iglesia, máxime cuando la raíz y la cuna de estos valores es fundamentalmente cristiana, sin negar tampoco otras raíces que el mismo cristianismo asume y ensancha. "Es importante en principio la incondicionalidad con la que la dignidad y los derechos del hombre aparecen aquí «en esos grandes textos europeos» como valores que preceden a todo derecho estatal. Günter Hirsch ha recalcado con razón que esos derechos fundamentales no son ni creados por el legislador ni concedidos a los ciudadanos, sino que 'más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores'. Esta vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política remite en última instancia al Creador: sólo él puede crear derechos que se basan en la esencia del ser humano y de los que nadie puede prescindir. En este sentido, aquí se codifica una herencia cristiana esencial en su forma específica de validez. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza del ser humano; la fe ve en ello el misterio del Creador y la semejanza con Dios conferida por él al hombre" (J. Ratzinger, "Europa, política...84). Ciertamente, podría decirse, de alguna manera, que así se protegería "un elemento esencial de la identidad cristiana de Europa en una formulación comprensible también para el no creyente" (Ibid).

Pero pienso que sería necesario ir más allá para el bien, perpetuación y consolidación cada vez mayores de Europa y de la democracia en que se apoya. Es propio de la democracia, y de la Europa que la asume como instrumento para su realización, el derecho y la justicia no manipulables al arbitrio de los poderes. El reconocimiento y valoración de la razón y de la libertad, que están en la entraña misma de Europa por la herencia griega y cristiana, sólo pueden tener consistencia como dominio del derecho. "La limitación del poder, el control del poder y la transparencia del poder son los constitutivos de la comunidad europea. Se presupone necesariamente la no manipulación del derecho, el respeto de su propio espacio intangible. Se presupone igualmente lo que los griegos denominaban como eunomía, es decir, la fundamentación del derecho sobre normas morales" (J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política, Ed. BAC, Madrid 1987, 256).

La democracia, en efecto, patrimonio preciado de Europa como ordenamiento de la sociedad y expresión en su realidad más genuina del "alma" europea, se asienta y fundamenta en unos valores fundamentales e insoslayables sin los cuales no habrá democracia o se la pondrá en serio peligro. "Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana" (Juan Pablo II Centessimus Annus, 46). No puede haber democracia sin dedicación al bien común , y sin respeto a los derechos de los demás y de todos, y sin sensibilidad para las necesidades de los demás. Eso significa que la democracia, más que ningún otro sistema social y político, tiene necesidad de una sólida base moral. En palabras de Juan Pablo II, "si no existe una verdad última, que guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 46). La democracia, en efecto, entraña el reconocimiento, la afirmación y respeto del valor y la dignidad trascendente e inviolable del ser humano, de todo ser humano, la afirmación de la libertad, igualdad y solidaridad como valores y principios insoslayables, una opción moral y una idea del Derecho que en modo alguno se entienden por sí mismas. El sistema democrático, la democracia si se prefiere, está al servicio del hombre, de cada ser humano, de su defensa y su dignidad. Los derechos humanos no los crea el Estado, no son fruto del consenso democrático, no son concesión de ninguna ley positiva, ni otorgamiento de un determinado ordenamiento social. Estos derechos son anteriores e incluso superiores al mismo Estado o a cualquier ordenamiento jurídico regulador de las relaciones sociales; el Estado y los ordenamientos jurídicos sociales han de reconocer, respetar y tutelar esos derechos que corresponden al ser humano por el hecho de serlo, a su verdad más profunda común a todos los seres humanos que los hace iguales y solidarios -destinados a los otros y al Otro-, en la que radica la base y la posibilidad de realización en libertad. El ser humano, su desarrollo, su perfección, su felicidad, su bienestar es el objetivo de toda democracia, y de todo orden jurídico. Cualquier desviación o quiebra por parte de los ordenamientos jurídicos, de los sistemas políticos, en este terreno nos colocaría en un grave riesgo de totalitarismo. Por eso mismo, la democracia para crecer y fortalecerse necesita una ética que se fundamenta en la verdad del hombre y reclama el concepto mismo de la persona humana como sujeto trascendente de derechos fundamentales, anterior al ordenamiento jurídico. La razón y la experiencia muestran que la idea de un mero consenso social que desconozca la verdad objetiva y fundamental acerca del hombre y su destino trascendente es insuficiente para un orden social justo. El problema de la dignidad de la persona humana y de su reconocimiento pleno es piedra angular de todo ordenamiento jurídico de la sociedad; afecta, por ello, a los fundamentos mismos de la comunidad política que necesita de una ética fundante; la misma libertad, "elemento fundamental de una democracia es valorada plenamente sólo por la aceptación de la verdad" (Juan Pablo II, A los Obispos Portugueses, 27, 11, 92) del ser humano. "Los antiguos griegos habían descubierto ya que no hay democracia, sin la sujeción de todos a una Ley, y que no hay ley que no esté fundada en la norma trascendente de lo verdadero y lo bueno" (Juan Pablo II, en su visita al Parlamento Europeo).

3.2. La Iglesia pide "dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César" : Dios no puede quedar relegado al ámbito de lo privado

3.2.1. ¿Es posible un Estado ateo?

Por eso, bien podemos decir que "quien lucha por Europa lucha también por la democracia, pero bajo el indisoluble vínculo de la eunomía", de la fundamentación del derecho sobre normas morales incondicionales. Por esto, todo el dilema de Europa, de cara al futuro, está contenido aquí: o Europa tiene el valor de afrontar de nuevo las preguntas sobre el significado de la vida y los fundamentos de la moralidad, y asentarse en consecuencia sobre la eunomía, o puede que que vea resurgir viejos fantasmas, viejos conflictos, teniendo que abordar la "cosas nuevas de hoy" con viejas ideas, cuya esterilidad ya ha sido manifiesta. ¿En ese caso no perecería Europa como sujeto cultural?. "Si la eunomía es el fundamento que da vida a la democracia, como antídoto a la tiranía, y a la demagogia, el fundamento a su vez de la eunomía es el respeto, común y vinculante, por el derecho público, respecto a los valores morales y Dios". Merece la pena recordar aquí unas palabras del Papa Juan Pablo II al Parlamento Europeo que pueden arrojar no poca luz a este asunto, glosando la frase evangélica "dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César": "Después de Cristo, decía el Papa, ya no es posible idolatrar la sociedad como un ser colectivo que devora la persona humana y su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen a un orden que es cambiante y siempre susceptible de perfección en este mundo. Las estructuras que las sociedades establecen para sí mismas no tienen nunca un valor definitivo. En concreto, no pueden asumir el puesto de la conciencia del hombre ni su búsqueda de la verdad y el absoluto. Los antiguos griegos habían descubierto ya que no hay democracia sin la sujeción de todos a una Ley, y que no hay ley que no esté fundada en la norma de lo trascendente de lo verdadero y lo bueno. Afirmar que la conducción de lo que 'es de Dios' pertenece a la comunidad religiosa y no al Estado, significa un saludable límite al poder de los hombres. Y este límite es el terreno de la conciencia, de la 'últimas cosas', del definitivo significado de la existencia, de la apertura al absoluto, de la tensión que lleva a la perfección nunca alcanzada, que estimula es esfuerzo e inspira las elecciones justas. Todas las corrientes de pensamiento de nuestro viejo continente deberían considerar a qué negras perspectivas podría conducir la exclusión de Dios de la vida públia, de Dios como último juez de la ética y supremo garante contra los abusos del poder ejercidos por el hombre sobre el hombre" (Juan Pablo II, Al Parlamento Europeo)."La negación de Dios priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona" ( Juan Pablo II, Centessimus Annus, 13; cfr, 14, 17, 18, 41, 44).

Qué acertada es a este respecto la expresión del teólogo y filósofo R. Bultmann : "Es posible un Estado no cristiano, pero no es posible un Estado ateo". "No lo es en ningún caso en cuanto tal, añade J. Ratzinger, en cuanto Estado de derecho duradero. Esto implica que Dios no quede relegado incondicionalmente a la esfera de lo privado, sino que también sea reconocido públicamente como valor supremo. Esto incluye ciertamente -y quiero subrayarlo muy claramente- la tolerancia y el espacio para las personas ateas, y no tiene nada que ver con una coacción que pretendiera imponer la fe. Sin embargo, las cosas tendrían que producirse al contrario de lo que está ocurriendo ahora: el ateísmo comienza a ser el dogma público fundamental, y la fe es tolerada como opinión privada, pero de este modo no es tolerada en su verdadera esencia. Este tipo de tolerancia privada se lo concedió a la fe la misma Roma; el sacrificio en honor del emperador sólo perseguía el reconocimiento de que la fe no representaba ninguna pretensión de carácter público, al menos de importancia significativa. Estoy convencido de que, a largo plazo, no existe la posibilidad de supervivencia de un Estado de derecho bajo un dogma ateo en vías de radicalización y que aquí es necesario una reflexión fundamental para poder sobrevivir. Igualmente me atrevo a afirmar que la democracia funciona únicamente si funciona la conciencia, y que esta conciencia enmudece si no está orientada conforme a los valores éticos fundamentales del cristianismo, que pueden ser puestos en práctica incluso sin una explícita profesión del cristianismo, e incluso en el contexto de una religión no cristiana" (J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo,... 257; Cfr J. Ratzinger, Fede, Verità, Tolleranza. Il Cristianessimo e le religione del mondo, Ed. Cantagalli, Siena, 2003, 223- 275)

Igualmente hay que añadir que la democracia no funciona si no es sobre la base de la afirmación y reconocimiento real y efectivo, con sus consecuencias derivadas, de aquellos derechos fundamentales de la persona humana anteriores a cualquier ordenamiento, y que éstos tienen su fundamento último en Dios, como tantas veces se afirma en el magisterio social de la Iglesia, en la enseñanza de los Papas, sobre todo Juan Pablo II, y como tan agudamente ha mostrado el Cardenal Antonio María Rouco en su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas ( Cf. A. Mª Rouco, "Los fundamentos de los Derechos Humanos. Una cuestión urgente", recogido en A.Mª Rouco, Teología y Derecho, Ed. Cristiandad, Madrid, 2003, 665-772. Cfr. A. Cañizares, Los derechos humanos en el pensamiento de Juan Pablo II(Discurso en la toma de posesión como Aacadémico de Honor en la Real Academia de Jurisprusdencia de Granada, junio 2003).

3.2.2. La mención o referencia al nombre de Dios en la Constitución de Europa

Al hacer estas afirmaciones, sin embargo, puedo ciertamente comprender al mismo tiempo que el Proyecto de Preámbulo de la Constitución Europea no mencione directamente el nombre de Dios, como hacen las Constituciones alemana y polaca, ni las raíces cristianas de nuestra identidad europea, en virtud de que no se quiera imponer desde la Unión Europea una convicción religiosa, al no ser esa unidad supranacional estatal un absoluto ni tampoco fuente de la verdad ni de la moral: no puede dar origen a la verdad a partir de sí mismo o de una ideología, ni tampoco de una mayoría ( Cfr. Vitorio Possenti, La societá liberali al bivio. Lineamenti di filosofia della società, Ed. Marietti, Milan, 1991, 308; J. Ratzinger, "La significación de los valores religiosos y morales en la sociedad pluralista", en Revista Católica Internacional Communio, 15, 1993, 353; J. Ratzinger,Fede,Veritá, Tolleranza..., 223-275 ). Comprendería que se quisiera ser neutral en el Preámbulo y que así, en consecuencia, no se incorporase ninguna visión religiosa, pero lo que no puedo entender ni aprobar es que dicho Preámbulo del Proyecto de Constitución para Europa, como ya ocurrió, con "la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea", de hecho, sí tome partido positivamente, en favor de tesis laicistas haciendo derivar la igualdad, la libertad y el respeto de la razón del humanismo en cuanto contrapuesto a la religión, apostando así por la herencia humanista ilustrada y laica, claramente en contraposición a la fundamentación de la igualdad y de la libertad en una visión religiosa, que queda reducida al ámbito privado. Resulta significativo, al respecto, que mientras el segundo párrafo del Preámbulo incluye una referencia a la herencia religiosa, el primero, en cambio, se refiere exclusivamente al humanismo cuando se trata de explicitar el fundamento de los valores de igualdad, libertad y respeto a la razón. Si no hay intencionalidad, hay, cuando menos, prejuicio que es preciso señalar; no es algo secundario ni formal el que no haya espacio para el nombre de Dios, es que hay además una renuencia a reconocer estatuto propio a la sensibilidad religiosa. Y esto sí que es grave : un grave riesgo para el hombre y para el futuro de la sociedad.

No se puede identificar ni confundir la legítima laicidad con laicismo. El Papa acaba de decirlo al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado lunes : "La laicidad no es laicismo"( Osservatore Romano, 12-13 enero, 2004). Puede pesar esta ideología reductora del laicismo o la lectura de la historia bajo su prisma para olvidar o silenciar el nombre de Dios y la referencia a las raíces cristianas en la Constitución Europea. Sin embargo, a partir de una legítima laicidad, no habría que temer a la inclusión del nombre de Dios y a la responsabilidad ante él, a hacer referencia a él -y al cristianismo- en la Constitución Europea, al contrario. él entraña lo último, lo incondicional, lo que concierne de manera decisiva, el definitivo sentido de todo, el "último juez de la ética y supremo garante contra todos los abusos de poder ejercidos por el hombre y sobre el hombre" (Juan Pablo II). él es y manifiesta "lo sagrado, lo santo", lo que reclama respeto por encima de todo y siempre. Por eso no debería faltar la referencia a Dios -y al cristianismo- en la Constitución, y no como una inclusión formal y vana, sino con toda la fuerza de sacralidad que comporta y que se extiende a toda sacralidad, sobre todo a la sacralidad que es la persona humana, que es cada uno de los seres humanos, que son los otros y las cosas últimas y decisivas. Hay algo, por ello, que no debiera faltar en la Constitución Europea: "el respeto a aquello que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios, un respeto perfectamente exigible incluso a aquel que no está dispuesto a creer en Dios. Allá donde se quiebra ese respeto, algo esencial se hunde en la sociedad. En nuestra sociedad actual se castiga, gracias a Dios, a quienes escarnecen la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se castiga también a quien denigra el Corán y las convicciones básicas del Islam. En cambio, cuando se trata de Cristo y lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión se convierte en el bien supremo, y limitarlo pondría en peligro o incluso destruiría la tolerancia y la libertad. Pero la libertad de opinión tiene sus límites en que no debe destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad para la mentira o para la destrucción de los derechos humanos. Aquí hay un autoodio, que sólo cabe calificar de patológico, de un Occidente, que sin duda (y esto es digno de elogio) trata de abrirse comprensivamente a valores ajenos, pero que ya no se quiere a sí mismo; que no ve más que lo cruel y destructor de su propia Historia, pero no puede percibir ya lo grande y puro que hay en ella. Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación -sin duda crítica y humilde-. A veces el multiculturalismo que, con tanta pasión, se promueve es ante todo renuncia a lo propio, huída de lo propio. Pero el multiculturalismo no puede existir sin constantes comunes, sin directrices propias. Sin duda, no podrá existir sin respeto a lo sagrado. Eso incluye salir con respeto al encuentro de lo que es sagrado para el otro; pero es algo que sólo podremos hacerlo si lo que es sagrado para nosotros, Dios, no nos ajeno para nosotros mismos. Desde luego que podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para otros, pero nuestra obligación, precisamente ante los otros y por los otros, es alimentar en nosotros mismos el respeto a lo sagrado y mostrar el rostro del Dios que se nos ha aparecido: el Dios que acoge a los pobres y los débiles, a las viudas y a los huérfanos, a los extranjeros; el Dios que es tan humano que él mismo quiso ser hombre, un hombre doliente, que sufriendo con nosotros da dignidad esperanza al sufrimiento. Si no lo hacemos, no sólo negaremos la identidad de Europa, sino que dejaremos de hacer a los otros un servicio al que tienen derecho. La absoluta profanidad que se ha construido en Occidente es profundísimamente ajena a las culturas del mundo. Esas culturas se fundamentan en la convicción de que un mundo sin Dios no tiene futuro. En ese sentido, el multiculturalismo nos llama a volver a nosotros mismos" ( J. Ratzinger, "Europa, política ..., 87).

3.2.3. No habría que temer a la inclusión del nombre de Dios en la Constitución

Por eso, no se entiende bien, al menos el que les habla, esa actitud -a la que J.H.Weiler llama "cristofobia"- de resistencia a la inclusión de la referencia a Dios y al cristianismo en los textos constitucionales de la Unión Europea, siendo así que de suyo no habría razones constitucionales en contra de principio, y sí razones objetivas y fuertes a su favor. Sin duda que puede ser que haya motivos de tipo psicológico, sociológico, emotivo o, incluso, ideológico para su rechazo, y tal vez cierta confusión, como señalé antes, entre neutralidad y laicidad, entre lo que es un Estado no confesional, neutral, y un Estado laico, de confesión laicista en definitiva, o entre "libre pensamiento" y secularidad, o que se contraponga fe y razón, religiosidad y ciencia, como si la fe y la religiosidad fuese algo superado, que queda para la individualidad y la privacidad, que no es universalizable para la organización social y para el progreso, y que, por supuesto, debe dejar todo el espacio a la razón humana abandonada a sí misma o a la ciencia y sus avances. No pretendo entrar en polémica sobre este punto, pero la verdad es que creo que no se ha dado -al menos no conozco- una reflexión rigurosa y verdadera que entre a fondo en este asunto.

No entro en si hay o no prejuicios, lo que sí me atrevo a decir en este Foro de libertad, noble Areópago de la España moderna de las libertades, con toda sencillez y con respeto pleno a las convicciones ajenas y reclamando el mismo respeto para las propias, que la afirmación de Dios conduce a la afirmación del hombre, es raíz y fundamento de la dignidad e inviolabilidad de todo ser humano y lleva consiguientemente a la paz y a la cohesión de la sociedad, basadas siempre en el respeto y promoción de la dignidad de todo hombre. Y como más vale un gesto que mil palabras , me remito, entre tantos y tantos, al testimonio de una persona : el anciano Papa cuando en el fragor de la incertidumbre del terrible 11 de septiembre de 2001 y de la amenaza de la violencia desatada, no se quedó en casa al abrigo seguro, sino que marchó a hacerse presente en un país de mayoría musulmana para allí mostrar la esperanza y alentar el encuentro entre los hombres y las religiones que brota de la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo. Allí, en el corazón de Asia, en Kazajstan, Juan Pablo II salió al encuentro de los jóvenes universitarios, musulmanes, ortodoxos, y ateos, y ante las grandes y graves preguntas del hombre, les dijo cosas como éstas que deben hacernos pensar ante el drama de la humanidad y ante la necesidad apremiante de la edificación de la nueva Europa unida en la diversidad: "Mi respuesta, queridos jóvenes, sin dejar de ser sencilla, tiene un alcance enorme: Mira, tú eres un pensamiento de Dios, tú eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto equivale a decir que tú tienes en cierto modo un valor infinito, que cuentas a los ojos de Dios en tu irrepetible individualidad ... Tenéis cada uno a vuestras espaldas distintos avatares, no exentos de sufrimientos. Estáis aquí sentados, uno al lado de otro, y os sentís amigos no por haber olvidado el mal que ha habido en vuestra historia sino porque, justamente, os interesa más el bien que juntos podéis construir. Y es que toda reconciliación auténtica desemboca forzosamente en un compromiso común. Sed conscientes del valor único que cada uno de vosotros posee, y sabed aceptaros en vuestras convicciones respectivas, sin dejar por ello de buscar la pleniutd de la verdad. Vuestro país sufrió la violencia mortificante de la ideología. Que no os toque ahora a vosotros caer presa de la violencia -no menos destructiva- de la 'nada'. ¡Qué vacío asfixiante, cuando en la vida nada importa y en nada se cree!.Es la nada la negación del infinito, de ese infinito que vuestra estepa ilimitada poderosamente evoca, de ese infinito que el hombre irresistiblemente aspira... El Papa de Roma ha venido a deciros precisamente esto: hay un Dios que os pensó y os dio la vida. Que os ama personalmente y os encomienda el mundo. Que suscita en vosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Permitidme confesar ante vosotros con humildad y orgullo la fe de los cristianos: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre vino a revelarnos esta verdad con su persona y su enseñanza".

El silencio de Dios o el abandono de Dios, el reducirlo a la esfera de lo privado, es con mucho el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias deshumanizadoras. Ni siquiera la pérdida del sentido moral. Como dijo el Papa en Huelva, en junio de 1993, el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para la asumpción de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida. Un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que funda su dignidad, y de aquel amor primigenio e infinito que es la raiz de su libertad. Afirmar a Dios es afirmar al hombre. Me remito con toda sencillez a la persona de Jesucristo, acontecimiento real de nuestra historia. Toda su existencia, todo su ser, todo su obrar, es una manifestación de Dios. Todo en él nos remite a Dios. Su querer, su pensar, su sentir, conforme a su propio testimonio, es el de Dios; y, por eso, su actuar es enteramente el de Dios, implicado por completo en nuestra historia. En una carne como la nuestra, ha gustado el abismo de la injusticia y de la traición, de la soledad y de la muerte. Pero hasta eso ha servido para revelarnos el amor más fuerte que la muerte. Vencedor de la muerte, nos ha revelado que Dios es Amor y, así, nos ha desvelado la verdad grande nuestro ser de hombres.

Es un hecho de nuestra historia -y contra los hechos no valen invenciones humanas, son lo que son y como son-: Jesús mostró el rostro de Dios, cumpliendo su voluntad en todo, y así nace pobre, vive para los pobres; mira con ternura a todos y a cada uno de los hombres, los ama con pasión y se entrega por ellos sin reserva alguna, se acerca al sufrimiento de los hombres, como el Buen Samaritano, y comparte ese mismo padecer con los hombres, se inclina para curar y no pasar de largo de cualquier hombre robado, herido y tirado fuera del camino; cura de dolencias y enfermedades; nunca condena, siempre perdona, incluso a quienes lo llevan a la cruz; se hace último para servir a todos, está en medio de nosotros sirviendo como esclavo de todos, no busca ser servido; ama a los hombres hasta el extremo, y se entrega por ellos en su Cruz, obra de la violencia y de la injusticia humana, de quienes no toleran que Dios sea misericordia y perdón, ni sea Dios de todos y para todos. Esa Cruz es, precisamente, signo de la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo. Así trae la paz y la reconciliación, y planta en la tierra la misericordia que va más allá de la justicia; nos muestra de este modo que la convivencia y la unidad consisten fundamentalmente en la misericordia. Así, de esta manera tangible, visible, Jesús nos manifiesta a Dios como amor incondicional por el hombre y la vida de todo hombre. La Iglesia mira a los hombres con la misma ternura y con la misma libertad con la que Jesucristo actúa, que no es otra que la libertad para amar al hombre, la que refleja el rostro de Dios. Mira a los hombres con la misma misericordia de Jesucristo y, a partir de ahí, les abre la esperanza de que todas las cosas pueden empezar siempre de nuevo y reemprenderse el camino que tiene en Dios una meta cierta: la del triunfo sobre toda violencia y toda muerte.

Este dato es el núcleo de la fe cristiana. Esta fe no es una construcción humana; sino que es un hecho, que la inteligencia puede reconocer, ya que la fe del cristiano es un acto de inteligencia, que se adhiere a un hecho, a una gracia presente y verificada en la experiencia. La inteligencia reconoce la verdad del anuncio que la Iglesia hace de Jesucristo, a pesar de todos los errores y los pecados de los cristianos a lo largo de toda la historia, en el cambio que se opera en la vida cuando se acoge con verdad la fe de la Iglesia (cómo la persona crece en su inteligencia de la realidad, cómo crece en su razón, en su libertad y en su capacidad de amar, cómo crece en su ser persona); lo reconoce en el tipo de sociedad y cultura que nace del pueblo cristiano -y que no se da donde ese pueblo no ha existido o no existe ya-; y lo reconoce sobre todo en la humanidad y la verdad de los testigos que la proclaman, en los santos, públicos o desconocidos, que llenan la historia de la Iglesia. Nada de esto podría suceder sobre la base de una mentira, de una falsedad, de un montaje humano.

A partir de Jesucristo Dios sólo puede ser afirmado afirmando al hombre; nunca al margen o a costa del hombre; y el hombre no puede ser afirmado y reconocido plenamente al margen y, menos aún, en contra de Dios. Un mundo sin abertura a Dios carece de aquella holgura que necesitamos los hombres para superar nuestra menesterosidad y dar lo mejor de nosotros mismos. La fe, la religiosidad, no es una merma del ser del hombre, sino que lo conduce a lo más alto de la condición humana. No puede extrañarnos que una cultura del silenciamiento de Dios esté muy unida a una cultura de la insolidaridad, y que un mundo más propenso al olvido de Dios que a su reconocimiento sea, al mismo tiempo, más proclive al pragmatismo que a la esperanza, al egoísmo que al amor y a la generosidad.

Esto es lo que la Iglesia, experta en humanidad, y nacida para servir y ser enviada a los hombres, ofrece a quien quiera escucharla. Desde aquí no debería caber la intransigencia ni la autosuficiencia, ni la prepotencia que conduce a la exclusión y al desprecio de los demás, sino únicamente el inclinarse ante todo hombre y elevarlo a su dignidad más alta, encontrarse con todos con el amor fraterno y amigo. Esta es la gozosa esperanza con la que mira el destino de la Humanidad. Nada hay genuinamente humano que no le afecte. La fe en Cristo rechaza la intolerancia y obliga a un diálogo respetuoso, a no excluir a nadie, a ser universalistas, a buscar la unidad, a trabajar por la paz basada en la justicia, en el real reconocimiento de la dignidad inviolable de todo ser humano y en el respeto inconmovible a todos sus derechos fundamentales e inalienables y la promoción de todas las libertades, incluida la religiosa.

3.3. La Iglesia espera que se recoja la referencia a las raíces cristianas, precisamente para garantía de la fundamentación e incondicionalidad de los derechos humanos en la Constitución

No dejo de ser consciente también de que existen en Europa a propósito de los derechos humanos, de su fundamentación y jerarquía, posiciones y tradiciones diversas; por mencionar a las dos principales, podemos señalar la "tradición racionalista e ilustrada", que aparece como preámbulo en la Constitución de la Revolución Francesa (26 de agosto, 1979), y "la yusnaturalista clásica", que se inspira, en diverso grado, en la revelación bíblica y en la cultura grecolatina, o si se quiere en el patrimonio o herencia judeocristiana. Podría entender que se hubiese intentado optar por mantener aquí una pretendida aunque imposible neutralidad, como muestra de hecho su inclinación por la "tradición ilustrada". Ahora bien, esta "tradición ilustrada, sobre todo en su actual derivación posmoderna, da muestras de serias dificultades para encontrar una fundamentación universal de los derechos humanos y para establecer una jerarquía de objetiva de los mismos, porque ha perdido su confianza en la capacidad de la razón para conocer la verdad objetiva y universal en el campo moral, antropológico y metafísico. Precisamente por eso, uno de los peligros que aquejan al hombre y a la sociedad actual es el nihilismo metafísico: negar la capacidad de un conocimiento objetivo y universal del ser comporta inevitablemente perder el contacto con la verdad objetiva y, por consiguiente, con el fundamento de la dignidad humana y de todos sus derechos. Negando su capacidad para el conocimiento de la verdad objetiva, 'se hace posible borrar del rostro del hombre los rasgos que manifiestan su semejanza con Dios, para llevarlo progresivamente o a una voluntad destructiva de poder o a la desesperación de la soledad' (Juan Pablo Ii, Fides et Ratio 90). Desgraciadamente, hoy se tiende a hacer planteamientos más bien historicistas, relativistas y contractualistas. Frecuentemente se acaba diciendo que lo importante es proteger los derechos humanos más que justificarlos. Se considera imposible la demostración fuerte de los derechos humanos, es decir, válida para todos, y acaba recurriendo a demostraciones probabilistas, entre las que destaca el consenso mismo en torno a los derechos humanos(...) No cabe duda que la Carta «también el Proyecto de Constitución» intenta salvaguardar valores morales fundamentales. Pero, en la práctica, dicha tradición no está en condiciones de evitar el deslizamiento hacia una debilitación de los derechos humanos fundamentales como el derecho a la vida. Lo pone de relieve la Carta en algunas de sus formulaciones inadecuadas y en las puertas abiertas que deja a posibles atentados contra la dignidad de toda persona humana (...) «En un derecho fundamental» está en juego un valor del que no se le puede privar al hombre sin grave daño e injusticia, y en el que se expresa algo de la esencia del hombre" ( G. del Pozo, "La Carta de los derechos... 318-319).

La pérdida del sentido de esa esencia del hombre es donde podemos encontrar la raíz de la actual crisis política y social de los derechos humanos; o lo que es lo mismo, la desaparición de un concepto de persona que no esté sometido a las decisiones cambiantes y de poder de los hombres sobre qué es la persona. Este es el mismo problema con que se enfrenta la moral y la ética hoy : ha desaparecido la conciencia de la verdad de la persona como algo que nos precede y que no está sometida a nuestro arbitrio, a nuestras decisiones subjetivas, aunque esta subjetividad sea expresión de una colectividad humana en una cultura -e incluso en una pseudocultura- determinada.

Esta crisis política y social a la que me estoy refiriendo de los derechos humanos es "fácilmente constatable para cualquier observador imparcial de la actual hora histórica de la humanidad se manifiesta, en toda su hondura moral y en su trascendencia crucial para el futuro del hombre, a través del nuevo planteamiento del derecho a la vida, que ha precedido, acompañado y seguido a los cambios legislativos en torno al aborto - (cuya aceptación social 'es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en el siglo XX')... Sus consecuencias, en el plano estrictamente jurídico-constitucional no se hicieron esperar. La duda sobre el sujeto del primer derecho fundamental de la persona humana, del derecho a la vida -postulado antropológico imprescindible de todos los demás derechos fundamentales-, quedaba instaurada en el corazón mismo del sistema ético-jurídico tan laboriosamente elaborado a lo largo de siglos de purificación constante de la experiencia jurídica de la humanidad, en medio de innumerables contratiempos y dificultades.¿Quién es el sujeto del derecho fundamental a la vida?¿El ser humano simpliciter ut talis?. La praxis jurídica y social que se ha impuesto por desgracia, en los ámbitos legislativos y jurisdicionales de la mayoría de los Estados hasta ahora, es la de la negación al ser humano del derecho fundamental a la vida en el periodo inicial que sigue a su concepción. El precio antropológico no podría ser otro que el poner en cuestión su carácter de humano, llevando la argumentación, en no pocos casos, hasta el extremo, abiertamente insostenible desde todos los puntos de vista científicos, de que el embrión - e, incluso, el feto en determinadas hipótesis- es una cosa, un algo que forma parte del cuerpo u organismo de la madre; y no, en feliz expresión de Julián Marías, un alguien, un quien, al que no se le puede sustraer la condición de ser personal, inherente a todo ser humano. Con lo cual, no sólo queda gravemente cuestionado el derecho fundamental del hombre a la vida, sino también la persona misma. Quién, y cuando, y cómo se es hombre?¿Quién lo decide?¿O es que está en manos del hombre -de su poder- el decidir cuándo se es persona?" (A.Mª Rouco).

Como señala la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública,"la historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral -«tampoco tendría por qué haber unos derechos fundamentales universales y comunes»- arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado" (n 2). No podemos negar la evidencia de que "existe actualmente la tentación de fundar la democracia en el relativismo moral que pretende rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida del hombre, su dignidad, sus derechos y deberes fundamentales. Cuando semejante mentalidad toma cuerpo, tarde o temprano se produce una crisis moral de las democracias. El relativismo impide poner en práctica el discernimiento necesario entre las diferentes exigencias que se manifiestan en el entramado de la sociedad, entre el bien y el mal -«lo justo y lo injusto»-...Cuando ya no se tiene confianza en el valor mismo de la persona humana, se pierde de vista lo que constituye la nobleza de la democracia : ésta cede ante las diversas formas de corrupción y manipulación de sus instituciones" (Juan Pablo II, Discurso a los líderes de partidos demócrata-cristianos, 23, 11, 1991). Cuando se dice que "el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondiente a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 46), se está cayendo en el "pensamiento débil" de nuestros días. "Pensamiento débil", al que correspondería una moral subjetivista y una política pragmática que, tras la crisis de las ideologías políticas, convertiría a la democracia misma en una ideología y dejaría el conjunto de la vida política al resultado azaroso de la lucha de intereses o de poder. ¿No es este pensamiento el que se ha apoderado de las legislaciones europeas u occidentales al legislar sobre el derecho a la vida en el caso del aborto o de la eutanasia, o en otros ámbitos biomédicos, como los referentes a la experimentación con embriones?¿No sucede algo parecido con respecto al matrimonio y a la familia, en donde aparece la identidad europea, no lo olvidemos?.

Por esto precisamente la doctrina social de la Iglesia sobre los derechos humanos propuesta por el Papa Juan Pablo II. Por esto también, entre otras razones, su insistencia en la inclusión de la referencia a las raíces cristianas en la Constitución Europea: estas raíces, si se toman en consideración, son garantía y defensa de la incondicionalidad de estos derechos humanos fundamentales, porque muestran cómo su fundamento es la verdad del hombre, que es la que es y que no nos es disponible: Lo que está en juego es el hombre.

En la base, en efecto, de todo el pensamiento del Papa Juan II -de la Iglesia- sobre los derechos humanos se encuentra la verdad y la prioridad del hombre en cuanto persona y de la moral. Así él afirmará con toda claridad y rotundidez que "el hombre "no es una 'cosa' o un 'objeto' del cual servirse; sino que es siempre un 'sujeto', dotado de conciencia y de libertad, llamado a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia, ordenado a valores espirituales y religiosos" (Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 5). Juan Pablo II, y esto es básico, afirmará con toda firmeza y nitidez que "entre todas las criaturas de la tierra sólo el hombre es 'persona', sujeto consciente y libre y, precisamente por eso, 'centro y vértice' de todo lo que existe sobre la tierra. La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual supera en valor todo el mundo material... No cuentan tanto los bienes de la tierra, cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma" ( Christi Fidelis Laici, 37).

Todavía dice más el Papa como fundamento de los derechos humanos inalienables e inviolables. "A causa de su dignidad personal , el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando la familia humana...Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad personal es también el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí : el diálogo y la comunión radican, en última instancia, en lo que los hombres 'son', antes y mucho más que en lo que ellos 'tienen'". "La dignidad personal, acabará diciendo el Papa, es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un número, no es un eslabón más de una cadena, ni un engranaje del sistema" (Christi Fidelis Laici, 37).Sólo podrá establecerse una justicia social, o lo que es lo mismo el derecho, sobre la base del respeto a la dignidad de la persona humana, a su sacralidad y trascendencia. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad como hombre. " El respeto a la persona humana supone respetar este principio : 'Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (Catecismo de la Iglesia Católica, n 1931, cfr. nn 1929-1930).

Esta es la verdad y la prioridad del hombre que defiende Juan Pablo II; verdad que, si cabe, hay que subrayarla todavía más hoy en medio de un mundo o de un universo cultural dominante en el que, también es preciso reconocerlo, una beneficiosa corriente penetra y atraviesa los pueblos de la tierra, cada vez más conscientes de la dignidad del hombre. Por todo ello el Papa, con ocasión del 30º aniversario de la Declaración Internacional de los Derechos humanos, se remitirá a esta fundamentación, como base y fuente de tales derechos humanos fundamentales e inviolables. A este propósito Juan Pablo II se pregunta y responde : " En el mundo, como lo encontramos hoy, ¿qué criterios podemos utilizar para ver que los derechos de todas las personas quedan protegidos?¿Qué bases podemos ofrecer como terreno sobre los que puedan prosperar los derechos sociales e individuales?. Indiscutiblemente esta base es la dignidad de la persona humana. El Papa Juan XXIII lo explicaba en la Pacem in terris: 'En una convivencia ordenada y fecunda está puesto como fundamento el principio de que todo ser humano es persona...; y además es sujeto de derechos y deberes, que brotan inmediata y simultáneamente de la misma naturaleza : derechos y deberes que son, por ello, universales, inviolables, inalienables. Totalmente semejante es el preámbulo de la Declaración Universal misma cuando dice : 'el reconocimiento de la dignidad personal y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana constituye el fundamento de la libertad y de la paz en el mundo'. Es en esta dignidad de la persona donde los derechos humanos encuentran su fuente directa. Y es el respeto por esta dignidad lo que da origen a su efectiva protección. La persona humana, hasta cuando se equivoca, sea hombre o mujer, mantiene siempre una dignidad inscrita en su ser más propio, y jamás pierde su dignidad" (Juan Pablo II, 30º aniversario de la Declaración de los Derechos humanos 30).

El tener presente la verdad de la persona humana, su dignidad sagrada, es fundamental para una convivencia entre los hombres, imposible, por lo demás, sin un derecho establecido. Por eso mismo recuerda el Papa : " La historia contemporánea ha evidenciado de modo trágico el peligro que se deriva de olvidar la verdad de la persona humana. Están delante de nuestros ojos los frutos de las ideologías como el marxismo, el nacismo, el fascismo, y también de los mitos como la superioridad racial, el nacionalismo y el particularismo étnico. No menos perniciosos, aunque si no siempre tan evidentes, son los efectos del consumismo materialístico en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales se convierten en el objeto último de la vida" (Juan Pablo II, Mensaje en la Jornada Mundial de la paz, 1999, 2).

Por lo demás, y aunque es una obviedad, es preciso situar cuanto afirma la Iglesia sobre los derechos humanos en aquello que la sustenta : la persona de Jesucristo, realidad y palabra a la que no puede renunciar, so pena de traicionar al hombre. La Iglesia confiesa que "Jesucristo es su camino principal". Es el camino hacia Dios, pero también es el camino hacia cada hombre. En este camino por el que Cristo se une a todo hombre, "la Iglesia no puede ser detenida por nadie". Así la Iglesia "no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que le amenaza". En la base del retoñar de las naciones y de toda la familia humana, hay que situar al hombre en toda su verdad y en toda su dignidad. El esfuerzo para reparar el mal, para restablecer la paz entre las naciones, los continentes, los sistemas, debe fundarse en los derechos objetivos que retornan al hombre, por la simple razón de que es hombre. Esto es fundamental para el futuro de Europa; pero es que, además, por sus raíces propias pertenece a la entraña más propia de su identidad.

"La Iglesia nunca se cansó ni se cansará de proclamar los derechos fundamentales del hombre" (Juan Pablo II, En la Eucaristía del Congreso eucarístico de Brasil, 9, 7, 1980). Y esto porque tales derechos corresponden al hombre por el hecho de serlo; sin el respeto y salvaguardia de los mismos, el hombre está amenazado en su logro y dignidad. Cuando esta dignidad de cada ser humano por el hecho de serlo no se reconoce, cuando el hombre no es reconocido y amado en su dignidad, "el ser humano queda expuesto «en efecto» a las formas más humillantes y aberrantes de 'instrumentalización', que lo convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y 'el más fuerte' puede asumir diversos nombres : ideología, poder económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a multitud de personas, hermanos y hermanas nuestros, cuyos derechos fundamentales son violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes civiles : el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho a la familia y a la procreación responsable, el derecho a la participación en la vida pública y política, el derecho a la la libertad de conciencia y de profesión religiosa. ¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados y maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto ni educación?. En algunos países, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar una vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos humanos.

Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más que sea despreciada y violada tan a menudo" ( Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 5).

Se entiende perfectamente que cuando el Papa Juan Pablo II visitó por vez primera la sede de las Naciones Unidas, sin petulancia alguna, se presentó, como Cristo ante el juez romano Poncio Pilato, para "dar testimonio de la verdad"; así, no se dirigió a la Asamblea como un diplomático o un político más, hablando el lenguaje del poder de acuerdo con las reglas de esta asociación de países, sino como testigo de la verdad sobre "el hombre en su conjunto, en toda su plenitud y la riqueza plural de su existencia espiritual y material" ( Juan Pablo II, Discurso a la ONU).

Por ello, les recordó a los miembros de las Naciones Unidas que la política tiene que ver con seres humanos; sólo el bienestar de éstos, su realización en dignidad como seres, como personas humanas justifica la política nacional e internacional, porque toda política legítima "proviene del hombre, es ejercida por el hombre y está hecha para el hombre" (Ibid). Cuando la política deja de ser fiel a ese criterio de humanidad y de humanización en su sentido más genuino y pleno, pierde gran parte de su razón de ser, hasta el punto de que podría "llegar a contradecir a la propia humanidad" (Ibid). Por eso reconocerá en aquella sede que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que puede considerarse la Carta Magna de la ONU, y que a decir del Papa es "un hito en el largo y difícil camino de la humanidad"; aquella Declaración sólo podía contribuir a la causa de la paz "a través de la definición, el reconocimiento y el respeto a los derechos inalienables de los individuos y las comunidades de los pueblos" ( Ibid). Por ello, "no es por oportunismo y por instrumentalización, por lo que la Iglesia, 'experta en humanidad', se levanta en defensa de los derechos humanos. Es por un compromiso evangélico auténtico, al que permanece fiel, manteniéndose libre frente a los sistemas opuestos y optando sólo por el hombre considerado en su ser integral" (Juan Pablo II, Discurso al Colegio Jurídico en la Universidad Lateranense, 14, 1, 1984).

Así, el Papa se muestra en todo momento, no sólo un fiel y respetuoso cumplidor de estos derechos - ¡bastaría más!-, sino un heraldo y paladín, un defensor radical de estos mismos derechos, de los que afirma que son "imprescriptibles" y "deben ser salvaguardados en toda circunstancia" (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8, 12, 1979). Son, además, inviolables; "incluso en las situaciones excepcionales que pudieran surgir a veces, nunca se puede justificar la violación de la dignidad fundamental de la persona humana o de los derechos básicos que salvaguardan esa dignidad" (Juan Pablo II; Mensaje al Presidente de Filipinas, 17, 2, 1981); nunca se puede aceptar que la dignidad humana sea violada o mutilada de una forma o de otra ( Cfr. Discurso en Asís, 12, 3, 1983). "El conjunto de los derechos del hombre corresponde a la sustancia de la dignidad del ser humano, entendido integralmente y no reducido sólo a una dimensión; se refieren a la satisfacción de las necesidades esenciales del hombre" (Discurso a la ONU, 2, 10, 1979). Se trata de derechos comunes a todos, "todo ser humano tiene derechos inalienables que deben ser respetados por todos, de tal modo que la paz quedaría amenazada siempre que uno de estos derechos es violado" ( Homilía en Drogheda, Irlanda, 29,9,79). "El respeto de estos derechos, inviolables, de la persona humana es el fundamento de todo" (Discurso a la Unesco, 2,6, 1980).

Estos derechos que llamamos fundamentales, que, en expresión de Juan Pablo II, son el "fundamento del orden social y de la convivencia humana, de la paz", son, como ya dijimos, anteriores al reconocimiento por parte del Estado: "No es el Estado el que define, otorga o limita estos derechos; ellos están por encima de todo poder" (Discurso al Cuerpo Diplomático, 11, 1, 1986). "Todo hombre es sujeto de derechos fundamentales, con anterioridad al reconocimiento que de ellos haga la autoridad política o independientemente de ella" (Discurso al XXI Simposio de la Unión Europea de Radiodifusión, 3,10,1985). El ser humano, la persona humana, digamos con toda claridad con el Papa, es el sujeto de derechos inalienables y de obligaciones de conciencia, y "no en cambio el objeto de 'derechos' concedidos por el Estado, al arbitrio del interés público tal como él lo determine" (Discurso al Cuerpo Diplomático, 9, 1, 1988). La persona humana "no recibe estos derechos desde fuera, sino que brotan de su misma naturaleza; nada ni nadie puede destruirlos; ninguna constricción externa puede anularlos, porque tienen su raíz en lo que es más profundamente humano" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1,1, 1988). Garantizar estos derechos de modo que lleguen a ser reconocidos y garantizados en todo el mundo y para todas las personas, es "principio fundamental del esfuerzo por el bien del hombre" (RH 17). "La paz se reduce al respeto de los derechos inviolables del hombre -opus iustitiae pax- mientras la guerra nace de la violación de estos derechos y lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos" (RH 17). La violación de estos derechos en tiempo de paz representa un fenómeno incomprensible de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse en absoluto con ningún programa que se defina humanístico.

Estas afirmaciones no son fruto, o son exclusivas, de un determinado Credo religioso, aunque en el caso del Papa son inseparables del pensamiento que se origina en la fe que, como dije antes, es inseparable de Jesucristo. Como él mismo afirma en su Encíclica programática, tenemos "la firme convicción de que no hay en el mundo ningún programa en el que, incluso sobre la plataforma de ideologías opuestas acerca de la concepción del mundo, no se ponga siempre en primer plano al hombre. Ahora bien, si a pesar de de tales premisas, los derechos del hombre son violados de distintos modos, si en la práctica somos testigos de los campos de concentración, de la violencia, de la tortura, del terrorismo o de múltiples discriminaciones, esto debe ser una consecuencia de otras premisas que minan, o a veces anulan casi toda la eficacia de las premisas humanísticas de aquellos programas y sistemas modernos. Se impone entonces necesariamente el deber de someter los mismos programas a una continua revisión desde el punto de vista de los derechos objetivos e inviolables del hombre" (RH 17).

Observemos bien estas últimas palabras : "objetivos e inviolables". ¿Por qué el Papa habla de ellos en esos términos? ¿Cuál es el fundamento de estos derechos que llamamos fundamentales? El Papa sitúa el fundamento de los derechos fundamentales del hombre en la verdad y en la dignidad de todo ser humano, o, mejor aún, de la persona humana ( Cfr. Juan Pablo II, Redemptor Hominis 17), en el hecho de que cada ser humano es una persona. "La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando la familia humana" (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christi Fidelis Laici, 37). "Esta dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta afirmación, que se basa en la unicidad e irrepetibilidad de cada persona humana" (Ibid).

Por ello, vemos en la doctrina de la Iglesia expresada por el Papa Juan Pablo II que lo que está en juego sobre el asunto que nos ocupa es una cuestión antropológica: El hombre es persona, a la que es inherente una dignidad por encima cualitativamente de cualquier otra realidad física y biológica. Su valor es trascendente: "La dignidad de la persona humana es un valor trascendente, reconocido siempre como tal por cuantos buscan sinceramente la verdad" ( Juan Pablo II, Mensaje en la Jornada Mundial de la Paz, 1,1,199); Discurso en la audiencia especial del 4 de noviembre de 2000 a los Parlamentarios y Políticos). Por ello, "no es únicamente -ni siquiera principalmente- una cuestión socio-jurídica ni ético-jurídica la que se discute, sino una cuestión antropológica, de raíz metafísica y de un decisivo impacto existencial : el concepto de hombre; la preocupación y pasión por el hombre" (A.Mª Rouco, Los fundamentos..., p 78). Lo que está en juego y en crisis es el hombre y la concepción sobre el hombre, lo que hace cuartearse la concepción, aplicación y regulación de los derechos humanos en el momento actual y en el futuro. Por eso es tan importante la aportación del Papa Juan Pablo II a este asunto tan decisivo para el hoy y el mañana de la humanidad. Y por eso también, entiendo yo, es tan importante la referencia a las raíces cristianas en el texto constitucional europeo.

Para la Iglesia, por lo demás, lo que está en la base última de todo, en fidelidad a la tradición judeo-cristiana es que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios; ha sido querido directamente por Dios; ahí radica en último término su carácter de persona, su unicidad e irrepetibilidad, su dignidad inviolable, la sacralidad de la persona que no puede ser aniquilada. "Al tener su indestructible fundamento en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre" (Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 5).Ciertamente, "si el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza, tiene una dignidad innata que ningún Imperio o Estado «nadie» puede obstaculizar o negar" (Discurso al XXI Simposio de la Unión Europea de Radiodifusión, 3, 10, 85). "Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo (Christi Fidelis laici). La inviolabilidad de la persona humana es reflejo de la inviolabilidad de Dios mismo. "Sólo a la luz de Dios se pueden valorar toda la grandeza y toda la dignidad y, por tanto, también los derechos del hombre" (Discurso a los obreros en Génova, 21, 9, 1985).

"La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino, Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser 'hijo en el Hijo' y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre" ( Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici 37)."Con todo, "la afirmación que exalta más radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios encarnándose en el seno de una mujer" (Juan Pablo I, Christi Fidelis Laici 37), y derramado su sangre por los hombres, porque es esa sangre, la sangre misma de Dios, lo pagado como redención y salvación del hombre.

Todo esto es lo que aportaría la inclusión de la referencia a las raíces cristianas en el texto Constitucional. ¿Es algo confesional, es algo que daña, es algo que desfigura la verdad, que impida la libertad, el progreso o el futuro en unidad dentro de la diversidad de la nueva Europa? La Iglesia, el Papa Juan Pablo II, no pretende hacer política con esta referencia que pide, ni trata en la correlación de poderes tener o ejercer un poder ideológico o espiritual sobre nadie. No se presenta como un Estado más de la Unión Europea o en representación de ningún Estado, sino, como hizo el propio Papa en la ONU, mostrarse como "testigo de la verdad", no siendo ella la Verdad ni creadora de la misma, sino, como tal testigo remitiéndose a la verdad "sobre el hombre en su conjunto, en toda su plenitud y la riqueza plural de su existencia espiritual y material". No anima a la Iglesia otro afán en todo esto que contribuir, con las Instituciones Europeas, a construir la "Europa de los valores y del derecho". Para esta Europa, nueva y vieja, para que "pueda edificarse sobre bases sólidas, necesita apuntalarse sobre los valores auténticos, que tienen su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de todo hombre" (Ecclesia in Europa, 116).

La Iglesia no está pidiendo de esta forma volver a formas de Estado confesional; pero también, lamenta, al mismo tiempo, todo tipo de laicismo ideológico. En la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder ofrecer y dar una contribución singular a la construcción de una nueva Europa. No se trata pues, una vez más, de volver, si es que alguna vez la hubo, a una vieja cristiandad ni de revivir ningún "sueño de Compostela" (Delumeau). La Iglesia hoy no sueña con una Europa sociológicamente cristiana, ni sabe si es posible. Lo que importa, recordando palabras del Papa en el acto europeísta de Santiago de Compostela en 1982, es que Europa se vuelva a encontrar a sí misma, que sea ella misma, que descubra sus orígenes y avive sus raíces, que son cristianas; que reviva aquellos valores que hicieron gloriosa su historia y benéfica su presencia en los demás continentes; que supere, en definitiva, lo que P. Hazard ha llamado "la crisis de la conciencia europea.

4.- El servicio principal de la Iglesia a Europa : anunciar y testimoniar a Jesucristo, volver a Cristo, fuente de toda esperanza

Europa necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. La Iglesia, los cristianos, no podemos estar ausentes, en cuanto cristianos, en cuanto Iglesia, de esta reconstrucción, en último término, humana y espiritual. Ni la Iglesia ni los cristianos podemos omitir nuestro servicio a la nueva Europa. Es un servicio al hombre que la Iglesia, desde la clave de humanidad que encuentra en Jesucristo, que posee en él, no puede dejar de hacer en esta encrucijada de la historia. Este servicio se llama Evangelio, y evangelización.

La Iglesia no tiene otra riqueza, ni otra fuerza que Cristo. No posee ninguna otra palabra que "Cristo" : pero ésta ni la puede olvidar, ni la quiere ni debe silenciar, ni la dejará morir; porque, con El, ha apostado enteramente y sin condiciones ni intereses extraños por el hombre. Esa es la riqueza de los cristianos, y hemos de ofrecerla con tanta sencillez como transparencia, sabedores por la propia experiencia de que es un bien inestimable para la vida de las personas.. Esta experiencia vivivida de Jesucristo, Redentor, es un don, una gracia, y por eso sólo puede ofrecerse humildemente, como un gesto de amistad. No se impone, se muestra. Se ofrece como una invitación a la libertad. Tiene como métodos propios de comunicación el testimonio y el diálogo, y como criterio el amor y la misericordia ( Cfr. Juan Pablo I, Redemptoris Missio, cap. V). Busca en todas las circunstancias el bien integral de la persona y trata de cooperar lealmente con todos en el esfuerzo por el bien común. Estos métodos separan al cristianismo de las ideologías; con ellos puede el cristianismo ofrecer una auténtica novedad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Así, anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es su mejor y mayor servicio a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos del Dios vivo, no es "sacralizar" ni "dominar" el mundo: es servirle y dar a Aquel que es la Buena Noticia para los pobres y que nos hace libres y hermanos. Se trata de ser coherentes hoy con la fe y la experiencia de Jesucristo que es paz y esperanza para todos. Lo que los cristianos, la Iglesia, han de hacer y pueden ofrecer a los hombres de la Europa de hoy, como en todos los tiempos, es Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo. Hacia él únicamente se ha de orientar su espíritu. El es la única dirección de su entendimiento, de su voluntad y de su corazón. Hacia él siempre y especialmente en nuestro tiempo, ha de volver su mirada. La Iglesia vive de la certeza, clara y apasionada, de que ella "ha de ofrecer a Europa el bien más precioso y que nadie más puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en él, y en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de la esperanza, para Europa y para el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del corazón traspasado del Redentor" (Ecclesia in Europa 18).

Si quiere la Iglesia -y ciertamente debe- servir a la nueva Europa, si quiere "ayudarla a reconstruirse a sí misma, revitalizando las raíces que le han dado origen" (Ecclesia in Europa, 25) es preciso que vuelva con renovado vigor a Jesucristo, que reavive la experiencia de Cristo, que profundice en su conversión a Jesucristo y que llame a esa conversión a todos sus miembros e instituciones. Somos nosotros, los cristianos, en primer lugar, los que tenemos necesidad de conversión, porque la luz que hay en el cristianismo no es nuestra, sino que la recibimos de Cristo como don y gracia. Y sólo permaneciendo abiertos constantemente a esa gracia podemos ser, para el hombre y la sociedad concreta propuesta de esperanza, testimonio vivo y veraz de una humanidad nueva. "Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los habitantes de Europa podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre" (Ecclesia in Europa, 21).Así, sólo rehaciendo el tejido cristiano de las comunidades eclesiales, se podrá colaborar en rehacer el tejido cristiano de la sociedad ( Cfr. Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 34). "El camino de la Iglesia es el hombre" (Juan Pablo II, Redemptor Hominis), y el testimonio más necesario de los cristianos en estos momentos es sin duda el testimonio en favor del hombre y de su esperanza. Ese testimonio debe partir de la certeza de que el hombre está hecho para la verdad y el bien; asimismo debe caracterizarse por el respeto a la vocación de la persona y por el trato justo a su dignidad en todos los ámbitos del obrar hunmano, y en toda circunstancia. Y ha de expresarse en iniciativas concretas de solidaridad. La misión de la Iglesia no es alimentar conflictos, sino aportar a su solución la luz y la verdad de la Redención de Cristo. Su vocación y su aportación ha de ser la unidad, la comunión: por ello la unidad de los cristianos, todo lo que está entrañado en el auténtico ecumenismo, en el camino hacia la unidad de las Iglesias es fuente de integración de Europa, avivamiento y fortalecimiento de sus raíces e identidad más propia. No podemos silenciar y pasar por alto que los cambios producidos a partir de 1989 en Europa, su camino hacia esta nueva Europa de hoy, "a través de una lucha pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y de la justicia"; a través del "compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez formas eficaces de dar testimonio de la verdad" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 23). Estos cambios "ofrecen un ejemplo de éxito de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el derecho y la moral" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 25). En nombre de la verdad y el bien, y con los métodos propios de la verdad y el bien, "apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la común dignidad humana" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 23), es posible orientar la historia hacia una sociedad mejor, y mostrar en la práctica la falsedad de "la idea de que la lucha por la destrucción del adversario, la contradicción y la guerra misma sean factores de progreso y de avance de la historia" (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 19). Es vano contraponer este testimonio en favor del hombre al testimonio de la fe en Dios vivo y de la esperanza en Jesucristo, o al testimonio de la comunión eclesial. El primer fruto del encuentro con Jesucristo es el arraigo del amor de Dios en el corazón del hombre y, consecuentemente, el aprecio por cada hombre concreto en su dignidad única, por encima de cualquier otra identidad racial o nacional, de su condición moral, de su historia o de cualquier circunstancia, que tan fuertemente ha marcado lo mejor de la historia y de la cultura europea.

La Iglesia, en consecuencia, teniendo en cuenta la "sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que animen a los pueblos del Continente", habrá de "proponer con renovada energía la novedad que le anima" (Ecclesia in Europa, 21), esto es, Jesucristo. Y esto siempre desde el respeto exquisito y pleno a las convicciones ajenas, sobre todo a las personas y a su libertad. Nunca desde la imposición, exclusión o avasallamiento. Por eso las palabras del Papa Juan Pablo en Cuatro Vientos ante setecientos mil jóvenes el pasado mayo: "Testimoniad con vuestras vidas que las ideas no se imponen, sino que se proponen" (Juan Pablo II, Encuentro con los Jóvenes en Cuatro Vientos (Madrid), mayo 2003). "¿Cómo podrán quienes son testigos del Evangelio y viven la experiencia del amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ser promotores o colaboradores de nacionalismos exasperados, racismos e intolerancias?¿Cómo podrán no entender que la espiral de la violencia, el terrorismo y la guerra no hace sino provocar odio y muerte?" (A. Mª Rouco, A la LXXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, 16 de junio, 2003, 8).

Con esta propuesta y este servicio del Evangelio, de una nueva evangelización, no se pretende, como algunos tal vez teman, la restauración del pasado. "El interés que la Iglesia tiene por Europa deriva de su misma naturaleza y misión (...) En cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuído a difundir y a consolidar los valores que han hecho universal la cultura europea" (Ecclesia in Europa, 25), impregnada, como todo en Europa, "amplia y profundamente por el Evangelio" (Ecclesia in Europa). La Iglesia, pues, se pone al servicio, como Iglesia, para contribuir a aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones europeas. A la Europa próspera y desarrollada económicamente, pero moral y culturalmente desconcertada, la Iglesia aporta la savia del Evangelio, la riqueza de la humanidad que brota del encuentro con Jesucristo y de la comunión con la Iglesia. Los católicos ante Europa tienen el deber de aportar a la vida social de europea estos bienes en el marco de las libertades democráticas, promoviendo aquellos valores sociales que derivan del Evangelio. Creo sinceramente que urge hoy en Europa hablar del valor social y humanizador de la fe, para que se despierte la conciencia pública respecto a los nuevos pobres, y a los pobres de siempre, a la pobreza extrema del tercer Mundo, y para que se perciba la necesidad de renovación moral, de conversión, de liberación de una vida materialista y hedonista que nos está llevando a un callejón sin salida demográfica. De otro modo, el fantasma de una sociedad dura, cruel, egoísta y violenta pudiera convertirse en dura realidad.

No deberíamos olvidar, en este sentido, una vez más, como recuerda el Papa en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, que son múltiples "las raíces ideales que han contribuido con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana y el papel central de la familia, de la importancia de la educación y la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también a la tutela legal de los individuos y los grupos, a la promoción de la solidaridad y el bien común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos. A este propósito se han de recordar el espíritu de la Grecia antigua y de la romanidad, las aportaciones de los pueblos celtas, germanos, eslavos, ugrofineses, de la cultura hebrea y del mundo islámico. Sin embargo, se ha de reconocer que estas influencias han encontrado históricamente en la tradición judeo cristiana una fuerza capaz de armonizarlas, consolidarlas y promoverlas. Se trata de un hecho que no se puede ignorar; por el contrario, en el proceso de construcción de la 'casa común europea', debe reconocerse que este edificio ha de apoyarse también sobre valores que encuentran en la tradición cristiana su plena manifestación. Tener esto en cuenta beneficia a todos" (Ecclesia in Europa, 19).

No podemos, precisamente por servicio a Europa, dejar de aportar la riqueza del Evangelio. No podemos, refiriéndome ahora a España en concreto olvidar o silenciar nuestro rico patrimonio espiritual obra de la aceptación y experiencia enraizada del Evangelio. Fué este un mensaje y una llamada incesante del último viaje del Papa a España, su a modo de testamento de padre para nosotros : "estoy seguro de que España -dijo el Papa ante SS.MM. los Reyes, el Presidente del Gobierno y autoridades, y la Conferencia Episcopal a su llegada a Barajas- aportará el rico legado cultural e histórico de sus raíces católicas y los propios valores para la integración de una Europa que, desde la pluralidad de sus culturas y respetando la identidad de sus Estados miembros, busca una unidad basada en unos criterios y principios en los que prevalezca el bien integral de sus ciudadanos" (Juan Pablo II, En su llegada a Barajas, mayo 2003). El Papa sabe que España puede y debe contribuir a la formación e integración de Europa, una en la diversidad, aportando sus raíces cristianas, que son las mismas raíces de Europa, rasgo más sobresaliente de nuestra propia identidad. "¡No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia" (Juan Pablo II, En la Eucaristía de canonizaciones, Madrid 4 de mayo 2003); "así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas" (Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes, Cuatro Vientos 3 de mayo 2003). En el centro de su viaje, al finalizar la Eucaristía de canonización de cinco santos españoles, antes del rezo del Regina Coeli, nos dejó estas palabras : "Sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana, unida al gran amor a la Iglesia y al sucesor de Pedro (...) Nos encontramos en el corazón de Madrid, cerca de grandes museos, bibliotecas y otros centros de cultura fundada en la fe cristiana, que España, parte de Europa, ha sabido luego ofrecer a América con su evangelización y después a otras partes del mundo. El lugar evoca, pues, la vocación de los católicos españoles a ser constructores de Europa y solidarios con el resto del mundo. España evangelizada, España evangelizadora, ése es el camino" (Juan Pablo II, En el regina Coeli, Madrid, Plaza de Colón, 4 de mayo, 2003). Ese es el camino también para Europa: "Europa evangelizada, Europa evangelizadora".

Hago mías las palabras del cardenal Antonio Mª Rouco Varela: "La evangelización de Europa va, sin duda ninguna, mucho más allá de los textos que regulan la nueva institucionalización de su convivencia. En ella estamos empeñados y a ella dedicaremos nuestras mejores energías. Sin embargo, queremos indicar (...), en plena sintonía con los deseos expresados por el Santo Padre, que también estos textos habrían de ser tales, que permitieran y favorecieran el desarrollo de Europa en íntima conexión con las raíces que le aportan la savia nutricia del verdadero respeto por el hombre, por todo hombre, así como el vigor de su identidad secular y de su contribución propia, actual y futura al concierto internacional de la convivencia entre los pueblos. En este sentido esperamos que el borrador de la futura Constitución europea, (...), sea completado y enriquecido con la mención expresa de la fe cristiana, la cual constituye, sin duda ninguna, uno de los elementos de la irrenunciable identidad de Europa" (A.Mª Rouco, A la LXXX Asamblea Plenaria, 16 de junio, 2003, 10; Cfr. Giovanni Paolo II, Profezia per l'Europa, Ed. Piemme, Casale Monferrato, 1999; T. Stenico, Giovanni Paolo II, Padre dell'europa. Dall'Atlantico agli Urali nel segno di Cristo Ed. Shalom, Roma 2003)

5.- Una cuestión muy concreta a tener en cuenta en la nueva Europa desde la perspectiva de la Iglesia: la libertad religiosa, el pluralismo religioso y el encuentro entre religiones.

Uno de los aspectos cruciales para la construcción de la nueva Europa es la atención a la libertad religiosa, el respeto a este derecho fundamental con todas implicaciones a él inherentes. La misma mención o no mención de las raíces cristianas tiene que ver también con ello. El hecho, por otra parte, del pluralismo religioso de Europa creciente, debido de manera principal a las inmigraciones y a la intercomunicación entre los países y sus gentes con todos sus problemas, hace de esta cuestión algo urgente que no se puede soslayar a la hora de reflexionar sobre Europa y sobre la Iglesia ante Europa. Recientemente, en octubre pasado hubo en Roma un encuentro de Ministros del Interior y de Justicia de Europa con representantes de la Iglesia católica, Ortodoxa Griega, Anglicana, de la religión Judía y de la Musulmana para tratar del encuentro y del diálogo interreligioso como factor de integración de Europa y de convivencia en ella. Soy consciente de que para algunos hoy - así se está afirmando en comentarios o escritos recientes, sobre todo a partir del 11 de septiembre de 2001- la afirmación de Dios hecha y vivida en las religiones, sobre todo monoteístas, generan irremediablemente intransigencia, intolerancia, dogmatismo excluyente, violencia. En consecuencia, habría que proceder sin más dilación a que desapareciese Dios del horizonte del hombre, ya maduro y adulto, y se superase la religión y las religiones que, por su parte, corresponderían a un estadio del desarrollo de la humanidad ya sobrepasado por la razón científica y tecnológica, y el progreso.

El Papa se ha referido a este asunto en muy diversas ocasiones; ha vuelto sobre él el pasado lunes, en su audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Su testimonio ha sido decisivo: su contribución a la paz y su defensa de ella, precisamente por la fe cristiana que le anima por su misión de confirmar esa misma fe, su acercamiento y unidad hacia otras confesiones cristianas y hacia las grandes religiones, son prueba evidente de cómo la fe, lejos de generar violencia, es fuerza para construir la paz. Se trata de la fe cristiana, pero también de la fe en otras religiones, es decir de la fe sencillamente en Dios, porque la afirmación de Dios conduce al respeto del hombre. Así lo afirmaba el pasado lunes con estas palabras: "Aunque hable aquí en nombre de la Iglesia católica, sé que las diversas confesiones cristianas y los fieles de las otras religiones se consideran testigos de un Dios de la justicia y de la paz. Cuando se cree que toda criatura humana ha recibido del Creador una dignidad única, que cada uno de nosotros es sujeto de derechos y de libertades inalienables, que servir al prójimo significa crecer en humanidad, mucho más cuando se cree en aquél que ha dicho: 'En esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros' (Jn 13,35), se puede comprender fácilmente qué capital representan las comunidades de creyentes en la construcción de un mundo pacificado y pacífico. Por parte de la Iglesia católica pone a disposición de todos el ejemplo de su unidad y de su universalidad, el testimonio de tantos santos que han sabido amar a sus enemigos, de tantos hombres políticos que han encontrado en el Evangelio el coraje de vivir la caridad en los conflictos. En cualquier lugar en el que la paz esté en cuestión, los cristianos estamos para testimoniar con palabras y hechos que la paz es posible" (Juan Pablo II, Al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede, 12 de enero 2004).

La fe y el encuentro interreligioso ciertamente es, y puede y debe serlo más en el futuro, factor de cohesión social en Europa e instrumento de paz en todas las partes, y en concreto, en nuestra área mediterránea. Las tradiciones religiosas tienen, en efecto, recursos necesarios para superar rupturas y favorecer la amistad recíproca y el respeto entre los pueblos. Es preciso y urgente alentar, promover y llevar a cabo el diálogo y la colaboración entre las religiones, siempre con la mirada de sumo respeto entre sí, con fidelidad a la verdad y excluyendo la mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso y moral; y siempre al servicio de la paz, la convivencia, y la cohesión social entre los pueblos. En nuestros días y particularmente en Europa, por sus especiales circunstancias y situación, "es necesario que se establezca un diálogo interreligioso profundo e inteligente, en particular con el hebraísmo y el islamismo" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 55 y ss).

Conviene recordar lo que dijo el Papa en el encuentro con los líderes de diversas religiones en la plaza de San Pedro: (Los líderes religiosos) "como hombres de fe, decía, tenemos el deber de demostrar que...cualquier uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden la identidad religiosa, cultural y étnica. La religión y la paz van juntas... Los líderes religiosos deben mostrar claramente que están comprometidos en promover la paz, precisamente a causa de su creencia religiosa. Por tanto, la tarea que debemos cumplir consiste en promover una cultura del diálogo. Individualmente y todos juntos debemos demostrar que la creencia religiosa se inspira en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia y sostiene la libertad. Sin embargo, la enseñanza sola, por muy indispensable que sea, nunca basta. Debe traducirse en acción... Estoy convencido de que el creciente interés por el diálogo entre las religiones es uno de los signos de esperanza presentes... Pero es necesario ir más lejos aún. Una mayor estima recíproca y una creciente confianza deben llevar a una acción común más eficaz y coordinada en beneficio de la familia humana. Nuestra esperanza no se funda sólo en las capacidades del corazón y de la mente humana; tiene también una dimensión divina, que es preciso reconocer. Los cristianos creemos que esta esperanza es un don del Espíritu Santo que nos llama a ensanchar nuestros horizontes, a buscar, por encima de nuestras necesidades personales y de las de nuestras comunidades particulares, la unidad de toda la familia humana. La enseñanza y el ejemplo de Jesucristo han dado a los cristianos un claro sentido de la fraternidad universal de todos los pueblos. La convicción de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere (Cf. Jn 3,8) nos impide hacer juicios apresurados y peligrosos, porque suscita aprecio de lo que está escondido en el corazón de los demás. Esto lleva a la reconciliación, la armonía y la paz. De esta convicción espiritual brotan la compasión y la generosidad, la humildad y la modestia, la valentía y la perseverancia. La humanidad necesita hoy más que nunca estas cualidades".

Ante la terrible lacra de la violencia y del terrorismo que azota de manera tan cruel la sociedad los líderes religiosos tenemos una responsabilidad específica. En palabras del Papa : "Las confesiones cristianas y las grandes religiones de la humanidad han de colaborar entre sí para eliminar las causas sociales y culturales del terrorismo, enseñando la grandeza y la dignidad de la persona y difundiendo una mayor conciencia de la unidad del género humano. Se trata de un campo concreto del diálogo y de la colaboración ecuménica e interreligiosa, para prestar un servicio urgente de las religiones a la paz entre los pueblos. En particular, estoy convencido de que los líderes religiosos, judíos, cristianos y musulmanes, deben tomar la iniciativa, mediante condenas públicas del terrorismo, negando a cuantos participan en él cualquier forma de legitimación religiosa o moral. Al dar testimonio común de la verdad moral, según la cual el asesinato deliberado del inocente es siempre un pecado grave, en cualquier sitio y sin excepciones, los líderes religiosos del mundo favorecerán la formación de una opinión pública moralmente correcta. ésta es la condición necesaria para la edificación de una sociedad internacional capaz de alcanzar la tranquilidad del orden en la justicia y en la libertad. Un compromiso de este tipo por parte de las religiones no puede dejar de adentrarse en la vía del perdón, que lleva a la comprensión recíproca, al respeto y a la confianza. El compromiso que las religiones pueden ofrecer en favor de la paz y contra el terrorismo consiste precisamente en la pedagogía del perdón, porque el hombre que perdona o pide perdón comprende que hay una Verdad más grande que él y que, acogiéndola, puede trascenderse a sí misma".

Para la cohesión social y la convivencia en la sociedad es fundamental e imprescindible respetar la conciencia de todo hombre: el respeto de la conciencia de cada persona es fundamento necesario para la paz en el mundo. Para que haya paz, en efecto, todos han de respetar la conciencia de cada uno y no tratar de imponer a nadie la propia "verdad", respetando el derecho a profesarla, y sin despreciar por ello a quien piensa de de modo diverso. La verdad no se impone sino en virtud de sí misma. Para esto es necesario la formación de la conciencia, en la que las confesiones religiosas, junto con la familia y la escuela -sin olvidar los medios de comunicación- juegan un papel decisivo.

En la tarea común en favor de la convivencia y la cohesión social, las religiones han de colaborar en este tema con la escuela ayudando a los jóvenes en su itinerario escolar, en sintonía con la naturaleza y la dignidad de la persona humana y con la ley de Dios, a que disciernan, busquen, descubran la verdad, a que acepten las exigencias y límites de la verdadera libertad, y a que respeten y acepten el correspondiente de los demás."La formación de la conciencia queda comprometida si falta una profunda educación religiosa. ¿Cómo podrá un joven comprender plenamente las exigencias de la dignidad humana sin hacer referencia a la fuente de esta dignidad, a Dios creador? A este respecto, junto al de la familia, continúa siendo primordial el papel de la Iglesia católica, de las comunidades cristianas, de las otras instituciones religiosas ; y el Estado, conforme a las normas y declaraciones internacionales, debe asegurar y facilitar sus derechos en este campo. A su vez, la familia y las comunidades religiosas deben valorar y profundizar cada vez más su preocupación por la persona humana y sus valores objetivos" (Juan Pablo II).

Un capítulo importante en el tema que nos ocupa es el de la intolerancia, una de las más serias amenazas para la paz. "Por lo que se refiere a la intolerancia religiosa, no se puede negar que, a pesar de la constante enseñanza de la Iglesia Católica, según la cual nadie puede ser obligado a creer, en el curso de los siglos han surgido no pocas dificultades y conflictos entre los cristianos y los miembros de otras religiones... Todavía hoy queda mucho por hacer para superar la intolerancia religiosa, la cual, en diversas partes del mundo, va unida a la opresión de las minorías. Por desgracia, hemos asistido a intentos de imponer una particular convicción religiosa, bien directamente mediante un proselitismo que recurre a medios de de coacción verdadera y propia, bien indirectamente mediante la negación de ciertos derechos civiles y políticos. Son bastante delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa viene a ser, o trata de serlo, una ley del Estado, sin que se tenga en cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa, e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables... Aun en el caso de que un Estado atribuya una especial posición jurídica a una determinada religión, es justo que se reconozca legalmente y se repite efectivamente el derecho de libertad de conciencia de todos los ciudadanos, así como de los extranjeros que residen él, aunque sea temporalmente, por motivos de trabajo o de otra índole. Esto vale también para los derechos civiles y políticos de las minorías y para aquellas situaciones en que un laicismo exasperado, en nombre del respeto a la conciencia, impide, de hecho, a los creyentes profesar públicamente la propia fe. La intolerancia puede ser también fruto de un cierto fundamentalismo, que constituye una tentación frecuente... Para eliminar los efectos de la intolerancia... ha de ser reconocido y garantizado el derecho insoslayable de seguir la propia conciencia y de profesar y practicar, solos o comunitariamente, la propia fe, con tal de que no sean violadas las exigencias del orden público... La libertad de conciencia, rectamente entendida, por su misma naturaleza está siempre ordenada a la verdad. Por consiguiente, ella conduce no a la intolerancia, sino a la tolerancia y a la reconciliación. Esta tolerancia no es una virtud pasiva, pues tiene sus raíces en un amor operante y tiende a transformarse y convertirse en un esfuerzo positivo para asegurar la libertad y la paz a todos" (Juan Pablo II). Las tradiciones religiosas y los líderes religiosos estamos llamados a colaborar estrechamente en este punto.

Tras todo esto, como se ha podido apreciar, está esta convicción de la Iglesia : toda persona humana tiene una dignidad inviolable que nadie puede conculcar y que todos debemos respetar y promover, a la que corresponde unos derechos humanos fundamentales a cuyo logro todos hemos de prestar nuestra colaboración decidida y total. Uno de esos derechos es el de la libertad religiosa, que no es uno más entre los derechos sino el más fundamental, piedra angular en edificio de los derechos humanos. Es necesario que en todos los países se abra paso a la libertad religiosa, también en los de mayoría de una determinada religión, como en los de otras mayorías religiosas en el que el resto de las religiones es respetado. Que se fortalezca el diálogo y el encuentro entre las Religiones. Que nadie tema, ni vea menoscabo, ni amenaza para el hombre, la paz y la convivencia en el acercarse a Dios, porque cuando uno se aproxima de verdad a El -no a una teoría ni, a una idea- uno se aproxima al Misterio, al Amor, a la grandeza del hombre, se aproxima al respeto, y se abre a la esperanza. Ni las religiones en su verdad, y menos aún Dios, amenazan la paz; al contrario, son apoyo y garantía ineludibles para la misma.

Acaba de decir el Papa en su alocución, ya mencionada a los Diplomáticos ante la Santa Sede el pasado lunes : "las comunidades de creyentes están presentes en toda la sociedad, expresión de la dimensión religiosa de la persona humana. Los creyentes esperan por tanto poder participar en el debate público" (Juan Pablo II, A los Diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, 12 de enero, 2004), que se les tenga en cuenta en toda la amplitud y exigencias que requiere el derecho fundamental de la libertad religiosa. Este derecho no siempre es reconocido, al menos en la amplitud que tal derecho reclama y que le es inherente. De hecho, refiriéndose a nuestra área, es decir a Europa, en el mencionado discurso constató lo siguiente, que ciertamente es grave: "En los últimos tiempos, somos testigos, en ciertos países de Europa, de una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad de religión. Si bien todo el mundo está de acuerdo en respetar el sentimiento religioso de los individuos, no se puede decir lo mismo del hecho religioso, es decir, la dimensión social de las religiones, al olvidar los compromisos asumidos en el marco de lo que entonces se llamaba la 'Conferencia sobre la Cooperación y la Seguridad en Europa'". Sin pronunciar ningún nombre de ningún país, pero sabiendo todos a qué se refería y por qué lo decía, añadió a continuación: "Con frecuencia se invoca el principio de laicidad, en sí mismo legítimo, si es comprendido como la distinción entre la comunidad política y las religiones. Pero ¡distinción no quiere decir ignorancia!¡La laicidad no es el laicismo!. No es otra cosa que el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diferentes tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones Iglesia-Estado pueden y deben dar lugar a un diálogo respetuoso, que transmita experiencias y valores fecundos para el porvenir de una nación. Un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias -que no son rivales, sino socios- puede sin duda favorecer el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. La dificultad de aceptar el hecho religioso en el espacio público se ha manifestado de modo emblemático con ocasión del reciente debate sobre las raíces cristianas de Europa. Algunos han hecho una relectura de la Historia a través del prisma de ideologías reductoras, olvidando lo que ha aportado el cristianismo a la cultura y a las instituciones del continente: la dignidad de la persona humana, la libertad, el sentido de lo universal, la escuela y la universidad, las obras de solidaridad. Sin infravalorar a las demás tradiciones religiosas, es un hecho que Europa se afirmó al mismo tiempo en que era evangelizada. Y es un deber de justicia recordar que, hasta hace poco tiempo, los cristianos, al promover la libertad y los derechos del hombre, han contribuido a la trasformación pacífica de regímenes autoritarios, así como a la restauración de la democracia en Europa central y oriental" (Juan Pablo II, A los Diplomáticos ante la Santa Sede, 12 de enero, 2004; "En las relaciones con los poderes públicos, la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional. Al mismo tiempo, deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas": Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 117).

Sin duda alguna, con estas palabras, el Papa ha tocado puntos nucleares que están en juego en la definición y construcción de la nueva Europa. Es verdad que los textos europeos -Carta de los Derechos Fundamentales, proyecto de Constitución de Europa, Constituciones de los diversos Estados, otros textos legislativos- garantizan las libertades de conciencia y de religión y su práctica; los Estados se declaran neutrales, pero después no saben muy bien qué hacer con ella. No está bien definido, en general, el lugar que reservan a las religiones o a las Iglesias. Es necesario que se defina mejor este lugar. "En efecto, estamos ante el afianzamiento de aquella tendencia que quisiera 'privatizar' cada vez más a las Iglesias y transformar la libertad de religión en una especie de tolerancia aséptica. Se argumenta que cada uno es libre de hacer lo que quiera y, por consiguiente, puede adherirse a una fe, profesar determinadas confesiones religiosas, pero lo importante es que esto no se vea públicamente. El equívoco de fondo, que no puede ser aceptado ni por los creyentes ni por los no creyentes, es reducir la libertad religiosa al ámbito exclusivo de la conciencia personal -por lo cual, ordinariamente, se habla de religión como de un 'asunto privado'- y considerar a la Iglesia del mismo modo que cualquier organización no gubernamental" (J.L. Tauran, Discurso ante la Conferencia Episcopal Española, 27 de febrero, 2002).

Nunca insistiremos suficientemente, más en nuestro tiempo, en lo preciso que es respetar el derecho de libertad religiosa para que se dé una verdadera y necesaria vertebración o integración de la sociedad europea, y de las distintas sociedades de los Estados miembros que la configuran. En efecto, entre las libertades, cuyo ejercicio se ha de garantizar para aquella integración, la religiosa es fundamental, deriva de la dignidad inherente a la persona humana y es esencial para su desarrollo libre e integral. Todo lo que impida o ponga en peliro, o recorte, el reconocimiento real y pleno de la libertad religiosa es desfigurar y destruir la sociedad. Una sociedad sana necesita del reconocimiento de este derecho, como derecho fundamental de todas y cada una de las personas en el plano individual, y como derecho social. El reconocimiento pleno del verdadero ámbito de lo religioso es completamente vital para una adecuada y fecunda presencia de la Iglesia en la sociedad. Lo religioso va más allá de los actos públicos de la predicación y del culto; repercute y se expresa por su propia naturaleza en la vivencia moral y humana que se hace efectiva en los campos de la educación, del servicio y compromiso sociales, del matrimonio y de la cultura. Todo ello supone una aceptación no recortada jurídicamente y tutelada suficientemente de su significación pública. Es inaceptable reducir la religión al ámbito estrictamente privado, olvidando paradógicamente la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana; es impensable pensar en una libertad de religión vivida en el anonimato, en la clandestinidad, o sin incidencia en la vida pública; se trata sencillamente de vivir en libertad lo que significa ser creyente, ser cristiano, ser religioso y trasparentar lo que es esa vida religiosa, cristiana, en todas sus dimensiones; la fe afecta a la totalidad de la vida, también a los distintos aspectos de la vida pública: al ámbito de la familia, del mundo profesional, a la esfera social, económica, cultural y política. El acto de fe, personal y libre, debe poder manifestarse externamente y expresarse públicamente. Así, "la libertad religiosa se expresa mediante actos que no son solamente interiores ni exclusivamente individuales, dado que el ser humano piensa, actúa y comunica con los demás; la 'profesión' y la 'práctica' de la fe religiosa se expresan a través de una serie de actos visibles, tanto personales como colectivos, privados o públicos, que son el origen de una comunión con las personas de la misma fe y establecen un vínculo de pertenencia del creyente a una comunidad religiosa orgánica" (Juan Pablo II, Sobre el documento de libertad religiosa enviado a los jefes de Estado de los Países que firmaron el Acta final de Helsinki, 1 de septiembre de 1980).

Sobre lo importante y decisivo de este derecho de libertad que debe salvaguardarse y definirse en toda su amplitud, ha escrito el Papa Juan Pablo II, con motivo de una de las Jornadas Mundiales de la Paz: "El derecho civil y social a la libertad religiosa, en la medida en que alcanza el ámbito más íntimo del espíritu, se revela un punto de referencia y, en cierto modo, llega a ser un parámetro de los demás derechos fundamentales" (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 1988). El papel de los Estados, por tanto, no puede reducirse a una simple tolerancia, sino que debe inspirarse en el reconocimiento, el respeto, la justa valoración y la creación de condiciones de posibilitación e un fenómeno que los supera, ya que afecta a una dimensión innata de la persona, a su esfera más íntima y, por consiguiente, a lo "universal" del espíritu humano. Sobre esta base se construirá la nueva Europa del espíritu.

Este derecho no se refiere no sólo a las personas, sino también e inseparablemente a las comunidades o instituciones religiones en cuya comunión se hallan y a las que pertenecen. Las Instituciones y los Estados de Europa han de reconocer las Iglesias, las comunidades eclesiales y las demás organizaciones religiosas, con la misma o más razón con que reconocen los diversos cuerpos sociales. "Con mayor razón aún, cuando ya existen antes de la fundación de las naciones europeas, éstas no se pueden reducir a meras entidades privadas, sino que actúan con un peso institucional específico que merece ser tomado en consideración. En el desarrollo de sus tareas las instituciones estatales y europeas han de actuar conscientes de que sus ordenamientos jurídicos serán plenamente respetuosos de la democracia en la medida en que prevean formas de 'sana cooperación' con las Iglesias y las organizaciones religiosas" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 114). Por eso el Papa, a la luz de esto, pide a los redactores del texto constitucional europeo "que figure en él una referencia al patrimonio religioso y, especialmente, cristiano de Europa". Respetando plenamente el carácter laico de las instituciones, Juan Pablo II espera que se reconozcan, "sobre todo, tres elementos complementarios: el derecho de las Iglesias y de las comunidades religiosas a organizarse libremente, en conformidad con los propios estatutos y convicciones; el respeto de la identidad específica de las Confesiones religiosas y la previsión de un diálogo reglamentado entre la Unión Europea y las Confesiones mismas; el respeto del estatuto jurídico del que ya gozan las Iglesias y las instituciones religiosas en virtud de las legislaciones de los Estados miembros de la Unión" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 114; cfr. Discurso al Cuerpo diplomático ante la Sede, 13 de enero, 2003).

Con pleno respeto a la autonomía del orden temporal, sin ingerencias abusivas que traspasarían su propia misión y papel que le corresponde, "la Iglesia católica, una y universal, aunque presente en la multiplicidad de las Iglesias particulares, puede ofrecer una contribución única a la edificación de una Europa abierta al mundo. En efecto, en la Iglesia católica se da un modelo de unidad esencial en la diversidad de las expresiones culturales, la conciencia de pertenecer a una comunidad universal que hunde sus raíces, pero no se agota, en las comunidades locales, el sentido de lo que une, más allá de lo que diferencia" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 116). La Iglesia católica, por otra parte, no puede permanecer ajena a los problemas que se planten en el campo social, cultural, económico, político, porque nada verdaderamente humano, en virtud del designio de Dios Creador y Redentor y en virtud de la Encarnación le es ajeno. Consciente asimismo de sus responsabilidades para con los hombres y el recto ordenamiento de la sociedad en convivencia y libertad, la Iglesia católica ni puede ni quiere eximirse cuando se trata de hacer que la vida humana se haga cada vez más humana y de orientar las conciencias para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad de la persona. "En la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder dar una contribución singular al proyecto de unificación, ofreciendo a las instituciones europeas, en continuidad con su tradición y en coherencia con las indicaciones de su doctrina social, la aportación de comunidades de creyentes que tratan de llevar a cabo el compromiso de humanizar la sociedad a partir del Evangelio, vivido bajo el signo de la esperanza. Con esta óptica, es necesaria una presencia de cristianos, adecuadamente formados y competentes, en las diversas instancias e Instituciones europeas, para contribuir, respetando los procedimientos democráticos correctos y mediante la confrontación de las propuestas, a delinear una convivencia europea cada vez más respetuosa de cada hombre y cada mujer y, por tanto, conforme al bien común" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 117).

La Iglesia católica no propone un modelo concreto de sociedad, sino que indica un camino para su vertebración o unificación. Y lo hace en función de su misión evangelizadora, en función del mensaje evangélico que tiene como objetivo el hombre en su dimensión escatológica, pero también en el contexto concreto de su situación histórica contemporánea. No tiene, pues, ningún proyecto de naturaleza política o económica, pero sí que aporta y ofrece a la sociedad y a la vida de las naciones y de las relaciones sociales e internacionales unos criterios, unos contenidos, unos objetivos y una forma de vida capaz de elevar la conciencia moral de la gente por lo que se refiere a las exigencias de la justicia, del amor social y de la colaboración solidaria y fraterna exaltando y promoviendo el desarrollo integral de las personas. El compromiso a favor de la justicia y en favor de la defensa de la persona humana y su dignidad ha de ser considerado como parte integrante de la misión de la Iglesia. Así, la Iglesia ofrece una aportación valiosísima para la integración y edificación de Europa y para la convivencia en ésta: las que se derivan del reconocimiento pleno de la dignidad de la persona, como piedra angular de la sociedad y de los Estados, así como del ordenamiento jurídico de éstos. Ofrecer esto es deber de la Iglesia y cumplimiento de su misión. Ella no puede ni quiere quedar al margen de la construcción europea, ya que "es consciente del lugar que le corresponde en la renovación espiritual y humana de Europa (...) se pone al servicio (...) para contribuir a la consecución de aquellos fines que procuren un auténtico material, cultural y espiritual a las naciones" (Juan Pablo II, Al Parlamento europeo, 11 de diciembre 1988)

6.- Conclusión

Quiero concluir con palabras del Papa Juan Pablo II, Padre de Europa, en el Acto Europeísta de Santiago de Compostela en 1982, y en la Exhortación postsinodal, tantas veces citada, Ecclesia in Europa, que podrían ser el mejor resumen y el mejor reflejo de la intención de cuanto he dicho o he pretendido decir. "Yo, Juan Pablo II, hijo de la nación polaca, que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos. Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo. 'Lo puedo'" (Juan Pablo II, En el Acto Europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela, 9 de noviembre, de 1982).

"Con la autoridad que le viene de su Señor, la Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del tercer milenio, que 'no desfallezcan tus manos (So 3,16)', no cedas al desaliento, no te resignes a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en la sólida certeza de la Palabra de Dios (...) A lo largo de los siglos has recibido el tesoro de la fe cristiana. ésta fundamenta tu vida social sobre los principios tomados del Evangelio y su impronta se percibe en el arte, la literatura, el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero esta herencia no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir que se ha de transmitir a las generaciones futuras, puesto que es el cuño de la vida de las personas y los pueblos que han forjado juntos el Continente europeo. ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino en tu favor. Lo confirma el hecho de que la inspiración cristiana puede transformar la inteligencia política, cultural y económica en una convivencia en la cual todos los europeos se sientan en su propia casa y formen una familia de naciones, en la que otras regiones del mundo puedan inspirarse con provecho. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras. Es una esperanza fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. él ha querido que esta victoria sea para tu salvación y tu gozo. ¡Ten seguridad!¡El Evangelio de la esperanza no defrauda! En las vicisitudes de tu historia de ayer y de hoy, es luz que ilumina y orienta tu camino, es fuerza que te sustenta en las pruebas; es profecía de un mundo nuevo; es indicación de un nuevo comienzo; es invitación a todos, creyentes o no, a trazar caminos siempre nuevos que desemboquen en la 'Europa del espíritu', para convertirla en una verdadera 'casa común' donde se viva con alegría" (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 120-121).

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