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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre durante su visita al Campo de Concentración de Auschwitz
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Discurso del Santo Padre durante su visita al Campo de Concentración de Auschwitz

(Auschwitz-Birkenau. Domingo, 28 de mayo de 2006)

Viaje Apostólico de Su Santidad Benedicto XVI a Polonia

Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulaci√≥n de cr√≠menes contra Dios y contra el hombre que no tiene parang√≥n en la historia, es casi imposible; y es particularmente dif√≠cil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo s√≥lo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¬ŅPor qu√©, Se√Īor, callaste? ¬ŅPor qu√© toleraste todo esto?

Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante.

Hace veintisiete a√Īos, el 7 de junio de 1979, se encontraba aqu√≠ el Papa Juan Pablo II; y en esa ocasi√≥n dijo: "Vengo aqu√≠ hoy como peregrino. Se sabe que he estado aqu√≠ muchas veces... ¬°Cu√°ntas veces! Y muchas veces he bajado a la celda de la muerte de Maximiliano Kolbe y me he parado ante el muro del exterminio y he pasado entre las escorias de los hornos crematorios de Birkenau. No pod√≠a menos de venir aqu√≠ como Papa" (Homil√≠a en el campo de concentraci√≥n de Auschwitz, n. 2: L'Osservatore Romano, edici√≥n en lengua espa√Īola, 17 de junio de 1979, p. 13).

El Papa Juan Pablo II estaba aqu√≠ como hijo del pueblo que, juntamente con el pueblo jud√≠o, tuvo que sufrir m√°s en este lugar y, en general, a lo largo de la guerra: "Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la naci√≥n", record√≥ entonces el Papa (ib.). Luego aqu√≠ hizo el solemne llamamiento al respeto de los derechos del hombre y de las naciones, que anteriormente hab√≠an hecho al mundo sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI, y a√Īadi√≥: "Pronuncia estas palabras (...) el hijo de la naci√≥n que en su historia remota y m√°s reciente ha sufrido de parte de los dem√°s m√ļltiples tribulaciones. Y no lo dice para acusar, sino para recordar. Habla en nombre de todas las naciones, cuyos derechos son violados y olvidados" (ib., n. 3).

El Papa Juan Pablo II estaba aquí como hijo del pueblo polaco. Yo estoy hoy aquí como hijo del pueblo alemán, y precisamente por esto debo y puedo decir como él: No podía por menos de venir aquí. Debía venir. Era y es un deber ante la verdad y ante el derecho de todos los que han sufrido, un deber ante Dios, estar aquí como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio.

S√≠, no pod√≠a por menos de venir aqu√≠. El 7 de junio de 1979 yo me encontraba aqu√≠, como arzobispo de Munich-Freising, entre los numerosos obispos que acompa√Īaban al Papa, que lo escuchaban y oraban juntamente con √©l. En 1980 volv√≠ una vez m√°s a este lugar de horror con una delegaci√≥n de obispos alemanes, turbado a causa del mal y agradecido por el hecho de que sobre estas tinieblas hab√≠a surgido la estrella de la reconciliaci√≥n.

Esta es tambi√©n la finalidad por la que me encuentro hoy aqu√≠: para implorar la gracia de la reconciliaci√≥n; ante todo, a Dios, el √ļnico que puede abrir y purificar nuestro coraz√≥n; luego, a los hombres que aqu√≠ sufrieron; y, por √ļltimo, la gracia de la reconciliaci√≥n para todos los que, en este momento de nuestra historia, sufren de modo nuevo bajo el poder del odio y bajo la violencia fomentada por el odio.

¬°Cu√°ntas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta: ¬ŅD√≥nde estaba Dios en esos d√≠as? ¬ŅPor qu√© permaneci√≥ callado? ¬ŅC√≥mo pudo tolerar este exceso de destrucci√≥n, este triunfo del mal?

Nos vienen a la mente las palabras del salmo 44, la lamentaci√≥n del Israel doliente: "T√ļ nos arrojaste a un lugar de chacales y nos cubriste de tinieblas. (...) Por tu causa nos deg√ľellan cada d√≠a, nos tratan como a ovejas de matanza. Despierta, Se√Īor, ¬Ņpor qu√© duermes? Lev√°ntate, no nos rechaces m√°s. ¬ŅPor qu√© nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y nuestra opresi√≥n?

Nuestro aliento se hunde en el polvo, nuestro vientre est√° pegado al suelo. Lev√°ntate a socorrernos, red√≠menos por tu misericordia" (Sal 44, 20. 23-27). Este grito de angustia que el Israel doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda de todos los que a lo largo de la historia ‚ÄĒayer, hoy y ma√Īana‚ÄĒ han sufrido por amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos tambi√©n hoy.

Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su destrucción. No; en definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: "Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre". Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo.

Elevemos este grito a Dios; dirijámoslo también a nuestro corazón, precisamente en este momento de la historia, en el que se ciernen nuevas desventuras, en el que parecen resurgir de nuevo en el corazón de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y, por otra, el cinismo que ignora a Dios y que se burla de la fe en él.

Nosotros elevamos nuestro grito a Dios para que impulse a los hombres a arrepentirse, a fin de que reconozcan que la violencia no crea la paz, sino que s√≥lo suscita otra violencia, una espiral de destrucciones en la que, en √ļltimo t√©rmino, todos s√≥lo pueden ser perdedores. El Dios en el que creemos es un Dios de la raz√≥n, pero de una raz√≥n que ciertamente no es una matem√°tica neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien. Nosotros oramos a Dios y gritamos a los hombres, para que esta raz√≥n, la raz√≥n del amor y del reconocimiento de la fuerza de la reconciliaci√≥n y de la paz, prevalezca sobre las actuales amenazas de la irracionalidad o de una raz√≥n falsa, alejada de Dios.

El lugar en donde nos encontramos es un lugar de la memoria, el lugar de la Shoah. El pasado no es s√≥lo pasado. Nos ata√Īe tambi√©n a nosotros y nos se√Īala qu√© caminos no debemos tomar y qu√© caminos debemos tomar.

Como hizo Juan Pablo II, he recorrido el camino de las l√°pidas que, en diversas lenguas, recuerdan a las v√≠ctimas de este lugar: son l√°pidas en bielorruso, checo, alem√°n, franc√©s, griego, hebreo, croata, italiano, yiddish, h√ļngaro, holand√©s, noruego, polaco, ruso, rom, rumano, eslovaco, serbio, ucraniano, judeo-hisp√°nico e ingl√©s. Todas estas l√°pidas conmemorativas hablan de dolor humano; nos permiten intuir el cinismo de aquel poder que trataba a los hombres como material, sin reconocerlos como personas, en las que resplandece la imagen de Dios. Algunas l√°pidas invitan a una conmemoraci√≥n particular.

Est√° la l√°pida en lengua hebrea. Los potentados del Tercer Reich quer√≠an aplastar al pueblo jud√≠o en su totalidad, borrarlo de la lista de los pueblos de la tierra. Entonces se verificaron de modo terrible las palabras del Salmo: "Nos deg√ľellan cada d√≠a, nos tratan como a ovejas de matanza". En el fondo, con la aniquilaci√≥n de este pueblo, esos criminales violentos quer√≠an matar a aquel Dios que llam√≥ a Abraham, que hablando en el Sina√≠ estableci√≥ los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son v√°lidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de √©l, entonces ese Dios finalmente deb√≠a morir, para que el dominio perteneciera s√≥lo al hombre, a ellos mismos, que se consideraban los fuertes que hab√≠an sabido apoderarse del mundo. En realidad, con la destrucci√≥n de Israel, con la Shoah, quer√≠an en √ļltimo t√©rmino arrancar tambi√©n la ra√≠z en la que se basa la fe cristiana, sustituy√©ndola definitivamente con la fe hecha por s√≠ misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte.

Luego está la lápida en lengua polaca: en una primera fase, y ante todo, se quería eliminar la élite cultural y borrar así al pueblo como sujeto histórico autónomo, para reducirlo, en la medida en que seguía existiendo, a un pueblo de esclavos.

Otra l√°pida que invita particularmente a reflexionar es la que est√° escrita en la lengua de los sinti y de los rom. Tambi√©n aqu√≠ se quer√≠a hacer desaparecer a un pueblo entero, que vive emigrando en medio de otros pueblos. Era considerado como un elemento in√ļtil de la historia universal, en una ideolog√≠a en la que ya s√≥lo deb√≠a contar lo √ļtil mensurable; todo lo dem√°s, seg√ļn sus conceptos, se clasificaba como lebensunwertes Leben, una vida indigna de ser vivida.

Despu√©s est√° la l√°pida en ruso, que evoca el inmenso n√ļmero de vidas sacrificadas entre los soldados rusos en el enfrentamiento con el r√©gimen del terror nacionalsocialista; sin embargo, al mismo tiempo, nos hace reflexionar sobre el tr√°gico doble significado de su misi√≥n: libraron a los pueblos de una dictadura, pero sometiendo tambi√©n a los mismos pueblos a una nueva dictadura, la de Stalin y la ideolog√≠a comunista.

También todas las demás lápidas, en muchas otras lenguas de Europa, nos hablan del sufrimiento de hombres de todo el continente. Si no nos limitáramos a hacer memoria de las víctimas de modo global, sino que, además, viéramos los rostros de cada una de las personas que murieron aquí, en lo más lóbrego del terror, nuestro corazón se sentiría profundamente afectado.

He sentido en mi interior el deber de detenerme en particular ante la lápida en lengua alemana. Allí emerge ante nosotros el rostro de Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, judía y alemana, que juntamente con su hermana murió en el horror de la noche del campo de concentración nazi alemán; como cristiana y judía, aceptó morir junto con su pueblo y por él.

Los alemanes que entonces fueron traídos a Auschwitz-Birkenau y que murieron aquí eran considerados Abaschaum der Nation, la basura de la nación. Sin embargo, ahora nosotros los reconocemos con gratitud como testigos de la verdad y del bien, que en nuestro pueblo tampoco habían desaparecido. Damos gracias a estas personas porque no se sometieron al poder del mal y ahora están ante nosotros como luces en una noche oscura. Con profundo respeto y gratitud nos inclinamos ante todos los que, como los tres jóvenes frente a la amenaza del horno de Babilonia, supieron responder: "Sólo nuestro Dios puede librarnos; pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido" (Dn 3, 17-18).

Sí; detrás de estas lápidas se oculta el destino de innumerables seres humanos. Sacuden nuestra memoria, sacuden nuestro corazón. No quieren provocar en nosotros el odio; más bien, nos demuestran cuán terrible es la obra del odio. Quieren hacer que la razón reconozca el mal como mal y lo rechace; quieren suscitar en nosotros la valentía del bien, de la resistencia contra el mal.

Quieren despertar en nosotros los sentimientos que se expresan en las palabras que Sófocles pone en labios de Antígona ante el horror que la rodea: "Están aquí no para odiar juntos, sino para amar juntos".

Gracias a Dios, con la purificaci√≥n de la memoria, a la que nos impulsa este lugar de horror, crecen en torno a √©l m√ļltiples iniciativas que quieren poner un l√≠mite al mal y dar fuerza al bien. Hace poco he bendecido el Centro para el di√°logo y la oraci√≥n. En las cercan√≠as se desarrolla la vida oculta de las religiosas carmelitas, conscientes de estar particularmente unidas al misterio de la cruz de Cristo; nos recuerdan la fe de los cristianos, que afirma que Dios mismo ha descendido al infierno del sufrimiento y sufre juntamente con nosotros. En Oswiecim existe el Centro de San Maximiliano y el Centro internacional de formaci√≥n sobre Auschwitz y el Holocausto. Adem√°s, est√° la Casa internacional para los encuentros de la juventud. En una de las antiguas Casas de oraci√≥n existe el Centro jud√≠o. Por √ļltimo, se est√° constituyendo la Academia para los derechos humanos. As√≠ podemos esperar que del lugar del horror surja y crezca una reflexi√≥n constructiva, y que recordar ayude a resistir al mal y a hacer que triunfe el amor.

En Auschwitz-Birkenau la humanidad atraves√≥ por "un valle oscuro". Por eso, precisamente en este lugar, quisiera concluir con una oraci√≥n de confianza, con un Salmo de Israel que, a la vez, es una plegaria de la cristiandad: "El Se√Īor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me gu√≠a por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por ca√Īadas oscuras, nada temo, porque t√ļ vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. (...) Habitar√© en la casa del Se√Īor por a√Īos sin t√©rmino" (Sal 23, 1-4. 6).

S.S. Benedicto XVI
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