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Tertuliano, Exhortación a los mártires
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Exhortación a los Mártires (Ad Martyres)1

"La Exhortación a los Mártires" más que un tratado es un discurso dirigido por Tertuliano a los cristianos encarcelados por la fe en la ciudad de Cartago, por los meses de enero y febrero del año 197 para animarlos a perseverar en su confesión y a, merecer la gracia del martirio.

Es la más antigua de las obras, de las que han llegado hasta nosotros, de este fecundo autor. Precede en algunos meses a su "Apología" que tanta celebridad le alcanzó no sólo entre sus contemporáneos, sino también ante la posteridad.

Quizá no haría mucho que se había convertido a la Religión Cristiana, abandonando con el paganismo una vida disoluta y también un porvenir brillante en el foro, atraído precisamente por el espectáculo de valiente serenidad y heroica resistencia ofrecido por tantos fieles, de toda edad y condición, que preferían morir entre los más horrorosos tormentos, antes que renegar de su fe en Cristo, y luchando para alcanzarles a todos los hombres del futuro una libertad de conciencia, que el despotismo imperial romano no toleraba.

El sacrificio por él realizado de una segura fama forense, iba a proporcionarle a través de todas las edades otra celebridad más noble e inmortal, la de abogado de los fieles de Cristo.

La presente obrita es el glorioso pórtico de esta su fama imperecedera.

Antes de dirigir su alegato a los jueces imperiales y antes de redactar aquel otro documento a todos los pueblos -Ad nationes-, en defensa de miles de inocentes, parece que hubiera sentido la necesidad de volverse hacia los que quería defender para consagrarles todo su ingenio, su elocuencia y su afecto.

Aún no había alcanzado la dignidad del sacerdocio. Es un laico que desea asociarse a los demás fieles que, bajo la guía de su obispo, acuden ante los confesores, ante los encarcelados y perseguidos por la fe, para llevarles lo que habían podido ahorrar con sus ayunos y lo ganado con el comercio de su trabajo, y aliviar así sus necesidades y, a la vez, testimoniarles su afecto, adhesión y homenaje.

Pero esto a él no le basta. Quería además ofrecerle no tanto recursos materiales, cuanto un don espiritual que contribuyese al sostenimiento de sus almas estimulándolas a perseverar en la lucha hasta alcanzar su glorioso destino.

Con tal propósito, escribe la "Exhortación a los Mártires", delicada joya de la primitiva literatura cristiana, que posteriormente ejercerá una influencia enorme en la producción de este mismo carácter y finalidad.

Comienza su discurso lamentando la humildad de su persona e indicando el carácter de su ofrenda. Pídeles que mantengan entre ellos la paz y la concordia para poder gozar de la fortaleza del Espíritu Santo y proporcionar con su conducta esos mismos bienes a la Santa Iglesia.

Como atletas de Cristo deben considerar la cárcel, en la que se encuentran, como la palestra donde con enérgico entrenamiento han de prepararse para el certamen final y la victoria definitiva. Ahí debe fortalecerse su fe considerando que el mundo es una prisión más dañina para el alma, de lo que pueda ser la cárcel material para el cuerpo. Ahí debe acrecentarse el espíritu de oración como si se hallasen en la soledad tan amada de los profetas.

El recuerdo de las arduas acciones realizadas por tantos hombres movidos por el afán de gloria, de lucro o vanidad, ha de servirles de estímulo para ganar la corona inmarcesible de la dicha sempiterna.

Pero los sufrimientos corrientes de la vida, las sorpresas dolorosas, que de continuo acechan, hora tras hora, a toda clase de personas, ocultan una lección de la Providencia con la cual los exhorta a la lucha por la verdad y la salvación.

Tal es en síntesis la estimulante consolación que les dirige para confortarlos. No se encuentra en ella la enérgica combatividad de sus otras obras. Por el contrario, la perfuma un respetuoso sentido de humildad, la anima un afectuoso interés por su triunfo, y la compenetra una emoción viril, totalmente ajena al sentimentalismo; pero que patentiza el entusiasmo de un alma grande que conoce y avalora toda la poderosa importancia y la suprema belleza moral del sacrificio que estas almas ofrendan en el ara de su fe.

Esta entonación emotiva está impregnada de una cierta nostalgia de no ser él también uno de estos afortunados distinguidos por Dios, de no poderlos emular en la serena tranquilidad con que avanzan hacia un morir de los más afrentosos e implacables.

Después de haber leído el tratado de Tertuliano acerca de la paciencia, ningún otro de sus escritos queda mejor que esta "Exhortación a los Mártires". El martirio, en efecto, es la más gloriosa corona y el supremo triunfo de la paciencia cristiana sobre la debilidad y el terror al sufrimiento de la naturaleza humana. Es el reflejo de la divina e insuperable paciencia del Mártir máximo, Cristo Crucificado, que ilumina con destellos de inmortalidad la débil carne de los hombres, elevada por la gracia a las cumbres mismas de la fortaleza.

Además, estas preciosas páginas, escritas hace dieciocho siglos y medio, parecen traer de los mártires de entonces a los fieles de hoy, el eco grandioso de un canto de verdad y heroísmo que invita a unos a contemplar con serenidad el momento crucial que atraviesan, tan al borde de la persecución; para otros, para los hermanos que gimen tras las cortinas comunistas, en las angustias de la Iglesia del Silencio, traen unas palabras consolatorias, un ejemplo de constancia y una esperanza de triunfo; y para todos, el mandato de proclamar, cada uno en su medio y según sus fuerzas, los derechos de la criatura humana a la libertad de los hijos de Dios, y que Cristo -ayer, hoy y siempre- vive en su Iglesia para salvación de los hombres de todas las épocas y de todos los pueblos.

Arsenio Seage

Capítulo I: Necesidad de la concordia

Entre los alimentos que para el cuerpo ¡OH escogidos y dichosos mártires! Os envía a la cárcel la señora Iglesia, nuestra madre, sacados de sus pechos y del trabajo, de cada uno de los fieles, recibid también de mí algo que nutra vuestro espíritu; porque no es de provecho la hartura del cuerpo cuando el espíritu padece hambre2. Y si todo lo que está enfermo debe ser curado, con mayor razón ha de ser mejor atendido lo que está más enfermo.

No soy ciertamente yo el más indicado para hablaros; sin embargo, los gladiadores, aun los más diestros, sacan ventaja no tan sólo de sus maestros y jefes, sino también de cualquier ignorante e incapaz, que desde las graderías los exhortan, y no pocas veces sacaron provecho de las indicaciones sugeridas desde el público.

Por tanto, en primer lugar ¡OH bendecidos de Dios! No contristéis al Espíritu Santo (Ef., IV, 3), que entró en la cárcel con vosotros; que si no hubiese entrado con vosotros, nunca la hubieseis podido aguantar. Esforzaos, pues, para que no os abandone y así, desde ahí, os conduzca al Señor.

En verdad la cárcel es también casa del demonio, donde encierra a sus familiares y seguidores; pero vosotros habéis entrado en ella para pisotearlo precisamente en su propia casa, después de haberlo maltratado afuera cuando se os perseguía.

¡Atentos! Que no vaya ahora a decir: "En mi casa están; los tentaré con rencillas y disgustos, provocando entre ellos desavenencias".

¡Que huya de vuestra presencia y escóndase deshecho e inutilizado en el infierno, como serpiente dominada y atontada por el humo! De modo que no le vaya tan bien en su reino que os pueda acometer, sino que os encuentre protegidos y armados de concordia, porque vuestra paz será su derrota.

Esta paz debéis custodiarla, acrecentarla y defenderla entre vosotros, para que podáis dársela a los que no la tienen con la Iglesia y suelen ir a suplicársela a los mártires encarcelados3.

Capítulo II: La cárcel del mundo

Los demás impedimentos y aun vuestros mismos parientes os han acompañado tan sólo hasta la puerta de la cárcel. En ese momento habéis sido segregados del mundo. ¡Cuánto más de sus cosas y afanes!

¡No os aflijáis por haber sido sacados del mundo!

Si con sinceridad reflexionamos que este mundo es una cárcel, fácilmente comprenderíamos que no habéis entrado en la cárcel sino que habéis salido. Porque mucho mayores son las tinieblas del mundo que entenebrecen la mente de los hombres4. Más pesadas son sus cadenas, pues oprimen a las mismas almas. Más repugnante es la fetidez que exhala el mundo porque emana de la lujuria de los hombres. En fin, mayor número de reos encierra la cárcel del mundo, porque abarca todo el género humano amenazado no por el juicio del procónsul, sino por la justicia de Dios5.

De semejante cárcel ¡OH bendecidos de Dios! Fuisteis sacados, y ahora trasladados a esta otra que, si es oscura, os tiene a vosotros que sois luz6; que, no obstante sus cadenas, sois libres delante de Dios7; que, en medio de sus feos olores, sois perfume de suavidad8. En ella un juez os espera a vosotros, a vosotros que juzgaréis a los mismos jueces9.

Ahí se entristece el que suspira por las dichas del mundo; pero el cristiano, que afuera había renunciado al mundo, en la cárcel desprecia a la misma cárcel. En nada os preocupe el rango que ocupáis en este siglo, puesto que estáis fuera de él. Si algo de este mundo habéis perdido, gran negocio es perder, si perdiendo habéis ganado algo mucho mejor. Y ¡cuánto habrá que decir del premio destinado por Dios para los mártires!

Entre tanto sigamos comparando la vida del mundo con la de la cárcel.

Mucho más gana el espíritu que lo que pierde el cuerpo. Pues, a éste no le falta nada de lo que necesita, gracias a los desvelos de la Iglesia y a la fraterna caridad de los fieles10. Además, el espíritu gana en todo lo que es útil a la fe. Porque en la cárcel no ves dioses extraños, ni te topas con sus imágenes, ni te encuentras mezclado con sus celebraciones, ni eres castigado con la fetidez de sus sacrificios inmundos. En la cárcel no te alcanzará la gritería de los espectáculos, ni las atrocidades, ni el furor, ni la obscenidad de autores y espectadores11. Tus ojos no chocarán con los sucios lugares de libertinaje público. En ella estás libre de escándalos, de ocasiones peligrosas, de insinuaciones malas y aun de la misma persecución.

La cárcel es para el cristiano lo que la soledad para los profetas (Mt., 1, 3, 4, 12 y 35). El mismo Señor frecuentaba los lugares solitarios para alejarse del mundo y entregarse más libremente a la oración (Lc., VI, 12); Y finalmente, fue en la soledad donde reveló a sus discípulos el esplendor de su gloria (Mt., XVII, 1-9)12.

Saquémosle el nombre de cárcel y llamémosle retiro.

Puede el cuerpo estar encarcelado y la carne oprimida, pero para el espíritu todo está patente. ¡Sal, pues, con el alma! ¡Paséate con el espíritu, no por las umbrosas avenidas ni por los amplios pórticos, sino por aquella senda que conduce a Dios! ¡Cuantas veces la recorras, tantas menos estarás en la cárcel! ¡El cepo no puede dañar tu pie, cuando tu alma anda en el cielo!

El espíritu es el que mueve a todo el hombre y lo conduce a donde más le place, porque "donde está tu corazón, allí está tu tesoro" (Mt., VI, 21). Pues bien, ¡que nuestro corazón se halle, donde queremos que esté nuestro tesoro!

Capítulo III: La cárcel, palestra de la victoria

Sea así ¡OH amados de Dios! Que la cárcel resulte también molesta para los cristianos. Pero, ¿no hemos sido llamados al ejército del Dios vivo y en el bautismo no hemos jurado fidelidad?

El soldado no va a la guerra para deleitarse; ni sale de confortable aposento, sino de ligeras y estrechas tiendas de campaña, donde toda dureza, incomodidad y malestar tienen asiento.

Y aun durante la paz debe aprender a sufrir la guerra marchando con todas sus armas, corriendo por el campamento, cavando trincheras y soportando la carga de la tortuga13.

Todo lo prueban con esfuerzo para que después no desfallezcan los cuerpos ni los ánimos: de la sombra al sol, del calor al frío, de la túnica a la armadura, del silencio al griterío, del descanso al estrépito.

Así pues, vosotros ¡OH amados de Dios! Todo cuanto aquí os resulta dañoso tomadlo como entrenamiento, tanto del alma como del cuerpo. Pues recia lucha tendréis que aguantar.

Pero en ella el agonoteto14 es el mismo Dios; el xistarco15 es el Espíritu Santo; el premio, una corona eterna; los espectadores, los seres angélicos; es decir, todos los poderes del cielo y la gloria por los siglos de los siglos.

Además, vuestro entrenador es Cristo Jesús16, el cual os ungió con su espíritu. Él es quien os condujo a este certamen y quiere, antes del día de la pelea, someteros a un duro entrenamiento, sacándoos de las comodidades, para que vuestras fuerzas estén a la altura de la prueba.

Por esto mismo, para que aumenten sus fuerzas, a los atletas se los pone también aparte, y se los aleja de los placeres sensuales, de las comidas delicadas y de las bebidas enervantes. Los violentan, los mortifican y los fatigan porque cuanto más se hubieran ejercitado, tanto más seguros estarán de la victoria.

Y éstos -según el Apóstol- lo hacen para conseguir una corona perecedera, mientras que vosotros para alcanzar una eterna (1 Co. IX, 25).

Tomemos, pues, la cárcel como si fuera una palestra; de donde, bien ejercitados por todas sus incomodidades, podamos salir para ir al tribunal como a un estadio. Porque la virtud se fortifica con la austeridad y se corrompe por la molicie.

Capítulo IV: Ejemplos paganos de heroicidad

Si sabemos por una enseñanza del Señor que "la carne es débil y el espíritu pronto", no nos hagamos muelles; porque el Señor acepta que la carne sea débil, pero luego declara que el espíritu está pronto para enseñarnos que a éste debe aquélla estarle sujeta. Es decir, que la carne sirva al espíritu, que el más débil siga al más fuerte, y participe así de la misma fortaleza.

Entiéndase el espíritu con el cuerpo sobre la común salud. Mediten, no tanto sobre las incomodidades de la cárcel, como sobre la lucha y batalla finales. Porque quizás el cuerpo teme la pesada espada, la enorme cruz, el furor de las bestias, la grandísima tortura del fuego y, en fin, la habilidad de los verdugos en inventar tormentos.

Entonces el espíritu ponga, ante sí y ante la carne, que si todo esto es ciertamente muy grave, sin embargo ha sido soportado con gran serenidad por muchos; y todavía por otros muchos más tan sólo por el deseo de alcanzar fama y gloria. Y no sólo por hombres sino también por mujeres. De modo que vosotras ¡OH bendecidas de Dios! Habéis de responder también por vuestro sexo.

Largo sería, si intentase enumerar todos los casos de hombres que por propia voluntad perecieron17. De entre las mujeres está a la mano Lucrecia que, habiendo sufrido la violencia del estupro, se clavó un puñal en presencia de sus parientes para salvar así la gloria de su castidad. Mucio dejó que se quemara su mano derecha en las llamas de un ara, para con este hecho conseguir fama.

Menos hicieron los filósofos. Sin embargo, Heráclito se hizo abrasar cubriéndose con estiércol de ganado. Empédocles se arrojó en el ardiente cráter del Etna. Peregrino no hace mucho que se precipitó a una hoguera18.

En cuanto a las mujeres que despreciaron el fuego está Dido, que lo hizo para no verse obligada a casarse nuevamente después de la muerte de su marido, por ella amado tiernamente. Asimismo, la esposa de Asdrúbal, enterada de que su esposo se rendía a Escipión, se arrojó con sus hijos en el fuego que destruía a su patria, Cartago.

Régulo, general romano, prisionero de los cartagineses, no consintiendo ser canjeado tan sólo él por muchos prisioneros enemigos retorna al campo adversario para ser encerrado en una especie de arca llena de clavos, sufriendo así el tormento de muchísimas cruces.

Cleopatra, mujer valerosa, prefirió las bestias, y se hizo herir por víboras y serpientes -más horribles que el toro y el oso- antes que caer en manos del enemigo.

Pero pudiera creerse que más es el miedo a los tormentos que a la muerte. En este sentido, ¿acaso aquella meretriz de Atenas cedió ante el verdugo? Conocedora de una conjuración, fue atormentada para que traicionara a los conjurados; entonces, para que entendiesen que con las torturas nada le podrían sacar aun cuando siguiesen atormentándola, se mordió la lengua y se la escupió al tirano.

Nadie ignora que hasta hoy la mayor festividad entre los espartanos es la de la flagelación. En esta solemnidad los jóvenes de la nobleza son azotados delante del altar y en presencia de sus padres y parientes, que los animan a perseverar en el suplicio. Consideran que no hay renombre y gloria de mayor título que perder la vida antes que ceder en los sufrimientos.

Luego, si por afán de terrena gloria tanto puede resistir el alma y el cuerpo de llegar hasta el desprecio de la espada, el fuego, la cruz, las bestias y todos los tormentos, y tan sólo por el premio de una alabanza humana; entonces puedo afirmar que todos estos sufrimientos son muy poca cosa para alcanzar la gloria del cielo y la merced divina.

Si tanto se paga por el vidrio, ¿cuánto no se pagará por las perlas?

¿Quién, pues, no dará con sumo gusto por lo verdadero, lo que otros dieron por lo falso?

Capítulo V: Lección de los juegos

Dejemos estos casos motivados por el afán de gloria.

Hay también entre los hombres otra manía y enfermedad del alma que los lleva a soportar tantos juegos llenos de sevicia y crueldad.

¿A cuántos ociosos la vanidad no los hizo gladiadores, pereciendo luego a causa de las heridas?19

¡Cuántos otros, llevados del entusiasmo, luchan con las mismas fieras y se juzgan más distinguidos cuantas más mordeduras y cicatrices ostentan!

Algunos otros se contratan para vestirse por algún tiempo con una túnica de fuego20. No faltan los que se pasean calmosamente, mientras van recibiendo en sus pacientes espaldas los latigazos de los cazadores21.

Todas estas atrocidades ¡OH bendecidos de Dios! No las permite el Señor en estos tiempos sin motivo. Con ellas trata ahora de exhortarnos, o quizás de confundimos el día del juicio, si tuviéramos temor de padecer por la verdad y para nuestra salvación, lo que estos jactanciosos realizaron por vanidad y para su perdición.

Capítulo VI: Los padecimientos de la vida

Dejemos ahora también estos ejemplos que nos vienen de la ostentación.

Volvamos nuestras miradas y consideremos las adversidades que son ordinarias en la vida humana. Ella nos enseñará con cuánta frecuencia sucede a los hombres, de modo inevitable, lo que sólo algunos soportaron con ánimo invicto.

¡Cuántos han sido abrasados vivos en los incendios! ¡A cuántos otros devoraron las fieras, y no sólo en la selva sino en el mismo centro de las ciudades, por haberse escapado de sus encierros!22

¡Cuántos fueron exterminados por las armas de los ladrones o crucificados por los enemigos, después de haber sido atormentados y vejados con todo género de ignominias!

No hay hombre que no pueda padecer por la causa de otro hombre, lo que algunos dudan de sufrir por la causa de Dios.

Para esto, los acontecimientos presentes han de servirnos de lección23.

Porque, ¡cuántas y cuán distinguidas personalidades de toda edad; ilustres por nacimiento, dignidad y valor han encontrado la muerte por causa de un solo hombre! De ellos, unos fueron muertos por él mismo porque eran sus adversarios; y otros, por serIe partidarios, lo fueron por sus adversarios.


1

La presente traducción fue realizada sobre el texto de la P. L. de Migne (Tomo 1, colum. 691-702). Se ha conservado la misma enumeración de capítulos, a los cuales, sin embargo, el traductor le ha puesto títulos con el fin de facilitar su manejo.

2

En tiempo de persecución, la Iglesia por medio de sus obispos, sostenía en sus necesidades materiales a los confesores de la fe: encarcelados, perseguidos, a los que habían huido dejándolo todo ante el temor de apostatar y a los que se les habían confiscado sus bienes por ser católicos. En una obra antiquísima, la "Didascalia de los Apóstoles", escrita probablemente en Siria, antes del año 250, se lee: "Si alguno de los fieles por el nombre de Dios o por la Fe o por la Caridad fuese enviado al fuego, a las fieras o a las minas, no queráis apartar de él los ojos... procurad suministrarle, por medio de vuestro obispo, socorros, alivios y alimento... el que sea pobre ayune y de a los mártires lo que ahorre con su ayuno... si abunda en bienes proporcióneles de sus haberes para que puedan verse libres... porque son dignos de Dios; han cumplido en absoluto con aquello del Señor: «A todo el que confesare mi nombre delante de los hombres, lo confesaré yo delante de mi Padre», (V, 1).

3

Se refiere en primer lugar, a la paz de todos los fieles con Dios, alcanzada por los méritos de los mártires y de los confesores para toda la Iglesia y para la conversión del mundo pagano. Secundaria y principalmente se refiere aquí a la reconciliación de los cristianos, que por algún grave pecado habían sido excomulgados. Éstos recurrían a los confesores de la fe pidiéndoles escribiesen a los obispos intercediendo por ellos a los efectos de que se les levantara la pena o se les acortara la penitencia impuesta.

4

Prudencio (348, + 405), que muy bien conocía los horrores de las cárceles romanas, describe así aquella en que fue arrojado San Vicente después del tormento: "Es arrojado a un ciego subterráneo... En el fondo hay un lugar más negro que las mismas tinieblas, un cobacho formado por las piedras de una bóveda inmunda"... (Peristph., V, 238/44). Ésta de Cartago está descripta por estas palabras de Santa Perpetua, que se leen en su Pasión: "Nos metieron en la cárcel. ¡Qué horror! Jamás había sufrido tal oscuridad. ¡Terrible aquel día! ¡Insoportable estrechez por la aglomeración!"... (Pass., 111).

5

De aquí se deduce que estos mártires se hallaban encarcelados en Cartago, ciudad gobernada por un procónsul, por ser capital de una provincia proconsular.

6

Jesús dice: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt. V, 14); Y San Pablo: «Un tiempo erais tinieblas, mas ahora luz en el Señor» (Ef. V, 8).

7

«Si el Hijo os libertare -dice Jesús- seréis realmente libres» (Jn VIII, 36)

8

«Somos buen olor de Cristo» (II Co. 11, 15).

9

«Y Jesús les dijo: En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido... os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt., XIX, 28).

10

Véase la nota número 2.

11

Tertuliano escribió por el año 200, un opúsculo De spectaculis (Migne, P. L, 1, 701-738) repudiando estos juegos y espectáculos paganos, tan frecuentes por aquellos tiempos, y todos ellos desbordando crueldad y lujuria; donde el nombre de Dios era blasfemado, donde tantos cristianos eran martirizados y donde todo crimen y refinada maldad era aplaudida. Muchos autores paganos los repudiaron en sus obras sin mayor éxito. Antes que Tertuliano, ya Taciano, entre el 170 y 172, los había escarnecido (Orat. Adv. gr., 22-24).

12

Y además: Mc., IX, 2-10; Lc., IX, 28-36 y II Pe, I. 17-18.

13

La tortuga, en el lenguaje militar romano, era un blindaje formado por los soldados estrechamente juntos entre sí y sosteniendo cada uno su propio escudo sobre la cabeza. Formaban así un techo defensivo contra el enemigo. A veces, para atacar un fuerte, sobre el primer techo de escudos se levantaba un segundo y hasta un tercero, con gran agobio de los de abajo (Conf., T. Livio, XLIV).

14

El agonoteto era el presidente del certamen y el que daba los premios.

15

El xistarco era el que hacía cumplir las leyes del juego, el juez.

16

Al entrenador se lo denominaba epistato.

17

En este lugar insinúa Tertuliano que el verdadero mártir debe dejarse llevar no de su voluntad sino de la de Dios. El martirio es una vocación; por tanto, el provocar al perseguidor y ser por éste muerto, podría considerarse como una forma de suicidio.

18

Peregrino o Proteo es un personaje, cuya biografía escribió Luciano de Somosata por el año 170. Lo presenta como un tipo impostor, filósofo de la escuela cínica. Aulo Gelio, por el contrario, en sus Noches Áticas (XII, 11) lo pondera como varón sabio y honorable. Se le tributaba culto como si fuera un dios; Conf., Athenagorae Supplicatio pro Christianis, 26.

19

Los gladiadores eran casi siempre reos condenados a las bestias; pero no faltaban voluntarios. Tanto unos como otros, al hacerse gladiadores, estaban condenados a una muerte violenta y prematura. Petronio, en su Satyricon (CXVII), nos ha dejado su juramento: "Juramos sufrir la esclavitud, el fuego, los azotes, la misma muerte, todo lo que quiera de nosotros (¿el lenista, el patrón?), declarándonos suyos en cuerpo y alma como gladiadores legalmente contratados".

20

La túnica de fuego era un suplicio -algunos, sin embargo, se ofrecían voluntariamente a ponérsela en los juegos para ganarse los aplausos de la plebe-, que condenaba al reo a ser vestido con una túnica empapada en materias combustibles: pez, resina, betún. Algunos mártires tuvieron que sufrirla antes de ser arrojados a la hoguera, como San Erasmo. De este suplicio hace mención Séneca, Epist., 14.

21

Entre los juegos del circo había la caza de bestias feroces. Los cazadores perseguían a los animales con látigos de cuero y nervio de buey. No faltaban los que se ofrecían en espectáculo desfilando con sus espaldas desnudas, entre dos filas de cazadores que zurraban sin piedad estas "pacientísimas espaldas" como las llama Tertuliano.

22

Las ciudades que poseían circo, debían tener cuevas donde se encerraban y cuidaban las fieras para los juegos. Hubo veces que, por descuido de los cuidadores o por ferocidad de los animales, consiguieron escaparse de su encierro realizando verdaderas matanzas entre la población de la ciudad.

23

Alude Tertuliano a un acontecimiento de aquellos días. Se trata de las ejecuciones realizadas en todo el Imperio Romano por causa del emperador Septimio Severo contra los partidarios de sus rivales Clodio Albino y Pescenio Níger. A su vez, los seguidores de éstos llevaron a cabo igual procedimiento contra los secuaces del emperador. De esta referencia se deduce que la presente obrita haya sido escrita en los primeros meses del año 197, algunos años antes de su famoso Apologeticum. Conf., Monceaux P., Histoir Littér. de l´Afrique chrétienne, I, pág. 197. París, 1901.
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