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Mons Rafael Palmero, Transmitir la Fe en la Familia
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Transmitir la fe en la familia

Carta pastoral de monseñor Rafael PaImero, obispo de Palencia, en el Adviento de 2002

La familia, en el corazón

Queridos diocesanos:

Hace tiempo que deseaba escribiros sobre la familia. ¡Quién no lleva a la familia, a su familia, en el corazón! Las encuestas nos dicen que también los jóvenes de hoy estiman a la familia como una de las cosas a las que más importancia dan en su vida. No es para menos. La familia es el hogar de la existencia de cada persona y, por eso, la célula básica de la sociedad.

La familia es muy apreciada. Pero todos sabemos también que hoy corre un serio peligro, pues la vemos continuamente atacada, a veces de un modo despiadado y crudo. Por un lado, sufre un ataque abierto de parte de ciertas ideologías que, quiéranlo o no, se ponen en contradicción con la verdadera condición del ser humano. Ahí está, por ejemplo, la propaganda constante del matrimonio "a prueba" o "a plazo": "mientras dure el amor", como se dice; o el reciente "descubrimiento" de los llamados diversos "modelos de familia", expresión con la que se pretende dar un buen nombre a situaciones social y éticamente tan anómalas como son -entre otras- la convivencia pseudo-conyugal de personas del mismo sexo o las "parejas de hecho". Por otro lado, la familia sufre hoy también un ataque solapado de parte de las nuevas condiciones del trabajo, de la vivienda y de la convivencia que, si no se organizan bien, pueden ser igualmente destructoras de su unidad y de su buena salud.

En esta carta no puedo abordar toda esta compleja situación. La Conferencia episcopal ha publicado recientemente . una valiosa Instrucción pastoral en la que analiza de manera amplia y profunda las raíces de los problemas que afectan hoy a la familia y en la que propone con precisión y claridad la comprensión cristiana del matrimonio y de la familia. Se titula "La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad", del 27 de abril de 2001 (cf. BOCEE 66 [2001] pp. 12-61). También se han publicado diversos materiales que facilitan el estudio y la utilización de esta Instrucción en grupos de reflexión o en la catequesis. Ojalá que la doctrina clara y profética de los obispos españoles, propuesta en estrecha comunión con el Papa y secundando su preocupación por este asunto tan importante, ayude a nuestras familias y a los jóvenes que se preparan para el matrimonio a comprender mejor la situación que nos ha tocado vivir y a dar sentido y dinamismo a sus vidas de novios, cónyuges, padres o hijos con la fuerza y con la alegría del Evangelio.

La carta que hoy os dirijo quiere también ayudaras a todos a profundizar en vuestro aprecio por el matrimonio y la familia. Pienso en especial y con mucho afecto en los esposos y padres cristianos que luchan contra viento y marea por mantener su palabra de mutua fidelidad, dada un día ante el altar de Cristo, y por educar a sus hijos en la fe. En alguna ocasión pueden sentirse desalentados o desorientados, no sólo por los ataques que le vienen a la familia de fuera, de las ideologías no cristianas y de la situación social y económica, sino también por la conducta de personas que han perdido la fe o que han roto los compromisos adquiridos con su matrimonio. Con no poca frecuencia esas personas y los medios de comunicación proponen sus conductas como si fueran un ejemplo a seguir, haciéndolas pasar por "modernas" o por más "humanas" y "tolerantes". Nada más falso y engañoso. Todos sabéis en qué suelen acabar estas buenas palabras.

Quiero, pues, animaros en vuestro empeño de vida familiar cristiana, llamando especialmente vuestra atención sobre el papel insustituible que vuestras familias han de jugar en la transmisión de la fe cristiana a las nuevas generaciones. Deseo alentaros a asumir esta misión cada vez con mayor empeño y paciencia, sin desanimaras por las dificultades. La Iglesia os necesita. El obispo os convoca y os apoya. Vuestros hijos esperan también de vosotros que les dejéis la mejor herencia posible: el gran capital de vuestra fe, de la fe de Cristo, que ha de dar sentido a su vida, a sus luchas y alegrías, y también, a sus penas y a su muerte.

Comparto, pues, con vosotros, para empezar, unas reflexiones acerca de la nueva situación en la que nos encontramos, que dificulta la misión de la familia como transmisora de valores y, en concreto, como transmisora de la fe. Luego os propongo algunas ideas acerca del sentido que tiene la familia como cause privilegiado para transmitir la fe. Y, por fin; tal vez lo más importante: algunas sugerencias prácticas acerca de lo que se puede hacer a este respecto.

Una situación nueva: la honda crisis de la familia y de la fe

¿Qué nos pasa? Con demasiada frecuencia nos encontramos con padres o madres de familia, o con abuelos y abuelas, que se quejan y que sufren porque sus hijos o sus nietos no valoran la fe cristiana de la familia, la ignoran o incluso la contradicen de palabra y de obra. Muchas veces esos padres o abuelos se sienten culpables de no haber sido capaces de transmitir a los jóvenes miembros de sus familias la vida cristiana, que ellos aprecian tanto, aunque a veces tampoco la vivan con suficiente coherencia. Está bien que hagan un examen de conciencia para ver en qué han podido fallar y en qué pueden hacerla mejor. Espero que esta carta pastoral les ayude.

Pero no hemos de engañarnos. No basta el examen de conciencia personal, que -repito- habrá que hacer también. Porque la situación que vivimos es realmente muy nueva. No podemos seguir suponiendo que la experiencia cristiana se vive y se transmite hoy exactamente igual que ayer, y que los problemas de la educación en la fe se deben sólo a la tibieza o a las culpas de los padres o de los educadores. Tibieza y culpas ha habido siempre. Sin embargo, aun con defectos y pecados, en tiempos no demasiado lejanos la fe se transmitía de una generación a otra con cierta naturalidad. Hoy día, en cambio, la transmisión generacional de la fe se ha interrumpido o está en peligro no en una ni en dos familias, sino en muchas.

No podemos ni queremos resignarnos ante esta situación. Hemos de tomar conciencia de lo que sucede, con valentía, con realismo y con esperanza. Seguro que muchos estáis dispuestos a hacer todo lo que sea necesario por que las cosas cambien. Es el bien de vuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad lo que está en juego. Pero hay que acertar. Comenzando por acertar con el diagnóstico de lo que sucede y de lo que va mal. Luego, con la ayuda de Dios y de su gracia, todos pondremos de nuestra parte lo que se nos pida.

Pues bien, lo que va mal no es tan difícil de detectar. Las familias viven hoy en un mundo muy cambiado y muy cambiante, que las ha descolocado bastante en su función general y básica de socializar a los hijos, es decir, de introducirlos a los valores y a los usos que les permitan integrarse positivamente en la convivencia social. Al mismo tiempo, la fe cristiana ha sufrido, en todos los niveles, institucionales y personales. el Impacto de la secularización y del secularismo que la ha debilitado notablemente. Son dos fenómenos que se condicionan mutuamente: la debilitación de la familia como cauce de socialización ha contribuido a la debilitación de la fe y. al revés, la fe debilitada y mal vivida ha acelerado y acentuado la crisis de la familia. Detengámonos un poco en cada una de estas dos caras de la situación en que nos encontramos, tan nueva y tan desafiante.

La familia no transmite con facilidad los valores

Se ha repetido mucho que la familia no tiene ya, en general y no sólo en lo religioso, la fuerza educadora que tuvo en el pasado. Los sociólogos están de acuerdo en constatarlo y a nosotros no nos viene mal recordarlo. Cuesta transmitir la fe, pero cuesta también transmitir otros valores, desde el afecto a los parientes hasta los principios éticos más elementales. Está bien recordarlo para situar las cosas en su justo punto. Se trata de un fenómeno de hondo calado histórico y social, que todavía no sabemos bien en qué parará. Los cristianos lo vivimos y lo sufrimos, como lo viven y lo sufren también otras personas. No se trata simplemente de nuestra culpa o de nuestra falta de fe. No me voy a extender en análisis sociológicos que no son de mi competencia especifica. Permitidme, sin embargo, una palabra que nos facilite valorar la compleja situación actual con lucidez y serenidad.

Algunos especialistas hablan de que se ha ido gestando un nuevo tipo de relaciones familiares, que dan lugar a lo que se llama la "familia fusional" o la "familia club", distinta de la familia tradicional. Esta se caracterizaba, o se caracteriza, por una articulación sólida entre la continuidad de las relaciones personales apoyada en estructuras sociales e institucionales, y la solidaridad afectiva entre los miembros del grupo familiar. Es decir, que lo propio de la familia era precisamente constituir un ámbito en el que las personas podían encontrar apoyos sociales para sus relaciones afectivas y, a la inversa, estas relaciones contribuían a vitalizar y consolidar la institución social que les da estabilidad y continuidad. He ahí el lugar antropológico de realidades tales como la monogamia, la indisolubilidad del contrato matrimonial o, en otro orden de cosas, de las costumbres y ritos sociales vinculados al noviazgo, la educación de los hijos, etc.

En cambio, la llamada "familia fusional" se basa en la primacía casi absoluta de los intereses afectivos: la familia tiende a parecerse cada vez más a un grupo de amistad, en el que prima la mera simpatía o el sentimiento amoroso. Esta primacía sucede a costa de lo institucional y de la continuidad y estabilidad social de las relaciones familiares, que se hacen muy sensibles a los sentimientos y, por tanto, mucho más cambiantes e inestables. Porque una cosa es el mero sentimiento y otra realidades complejas y profundas como el amor y la fidelidad.

Al mismo tiempo, se desarrollan las relaciones llamadas de "familia club", que tiende a asemejarse a los clubes o grupos en los que se asocian quienes comparten unos determinados gustos o intereses. La familia tradicional se basa ante todo en la transmisión de la vida y en las relaciones conyugales y paterno-filiales y de parentesco. En cambio, la familia club descansa sobre una evaluación de tipo económico acerca de las ventajas y de los inconvenientes que reporta o puede reportar la vida en común con determinadas personas, como serían los padres o los hijos, o la segunda esposa del padre de mi medio hermano..., digamos, por caracterizar de una manera gráfica determinadas situaciones cada vez más comunes. Se trata, pues, de relaciones que tienden a ser tan móviles o inestables como suelen, ser las relaciones comerciales o de intereses de diverso tipo entre individuos más o menos autónomos. Si el cálculo de beneficios que la relación familiar aporta al individuo resulta negativo, no se duda en suspender o romper la relación (cf. D. Hervieu-Léger, La réligion pour mémoire, París 1993, pp. 192 ss).

No entro a analizar los factores sociales e ideológicos que han venido dando lugar a estos cambios en las relaciones familiares. Nos bastan los apuntes trazados para caer en la cuenta de que la creciente inestabilidad y comercialización de las relaciones familiares dificulta o incluso imposibilita su carácter de ámbito educativo básico. Si la familia educa y socializa como ninguna otra institución social, es precisamente en virtud de su peculiar capacidad de articular armónicamente lo más personal con lo institucional, dando estabilidad y continuidad a las relaciones entre las personas y las generaciones en un hogar. Ahora bien, si las relaciones familiares se debilitan y se disuelven, haciéndose cada vez más parecidas a las de un grupo de amigos o a las de un club social, su fuerza personalizadora tenderá también a desaparecer. Lo que sucede entonces es que aparecen otras instancias que pasan a ocupar el lugar o las parcelas dejadas vacías por la familia. Así, por ejemplo, se constata hoy que la televisión y los grupos de amigos ejercen un influjo cada vez mayor en la configuración de la mentalidad de las nuevas generaciones, en detrimento de la educación familiar.

La fe, progresivamente debilitada por el secularismo

La debilitación social de la familia ha ido acompañada de una debilitación interna de la fe cristiana, que seguramente ha tenido también su incidencia en la disolución de las relaciones familiares. No sería acertado pensar sólo en una dirección, es decir, desde los cambios sociales hacia las transformaciones de la vivencia de la fe. Porque se ha dado sin duda también una secularización interna en todos los ámbitos de la vida eclesial que, aunque influida por el ambiente cultural general, tiene sus causas propias en la vida de la Iglesia, que no se pueden remitir simplemente a lo que ha sucedido en la sociedad. Hay que sacudirse el fatalismo que supone pensar que si el mundo va mal, la Iglesia también. Los discípulos de Cristo somos libres y no queremos abdicar de nuestra responsabilidad. Por eso, es muy importante caer en la cuenta de lo que constata con acierto y valentía el actual Plan pastoral de la Conferencia episcopal; "La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera" (LXXVII Asamblea plenaria, Plan pastoral de la Conferencia episcopal española 2002-2005. Una Iglesia esperanzada: "¡Mar adentro!" [Lc 5, 4], Madrid, 19-23 de noviembre de 2001, n. 10).

Quiero decir, queridos padres y madres de familia, abuelos y abuelas, queridos sacerdotes y educadores, que es necesario reconocer que, en lo que toca al tema que nos ocupa, influidos por una cultura secularizada y secularista, no siempre hemos acertado a la hora de vivir, comprender y proponer nuestra fe cristiana; que ahí se halla una de las causas principales de la debilitación de la misma y, por consiguiente, de las grandes dificultades que experimentamos en su transmisión a nuestros hijos. Permitidme concretar un poco, para que todos podamos hacer examen de conciencia.

Si el secularismo es "esa mentalidad dominante en muchos centros de creación de las ideas, de las noticias y en diversos ámbitos del poder, que da por sentado que la palabra Dios es un vocablo vacío, Sin ningún contenido verdadero" (Conferencia episcopal española, Dios es amor. Instrucción pastoral en los umbrales del tercer milenio, Madrid, 27 de noviembre de 1998, n. 8), ¿no hemos de reconocer que esa mentalidad nos ha afectado a todos de una u otra manera, debilitando nuestra fe en sus mismas raíces? Así parecen darlo a entender algunos síntomas tan preocupantes como los que enumero a continuación.

1) Con triste frecuencia no hay sitio para Dios en nuestra vida diaria, porque desconfiamos de su realidad y nos avergonzamos de nuestra fe en él. Es como si la propaganda secularista y la vida secularizada hubiera hecho mella en nuestra mente y en nuestro corazón. Entonces nos queda una fe llena de reservas, de dudas sistemáticas y arreglada a nuestra manera, pero nada segura de que su apoyo firme no son nuestras luces ni nuestros gustos, sino el mismo Dios vivo, que es poderoso y bueno para acercarse a nosotros en su revelación y que, en realidad, lo ha hecho y lo hace en Jesucristo de un modo admirable, acompañándonos e iluminándonos con su Santo Espíritu.

2) En cambio, hay demasiado sitio para la duda y la indecisión. Hoy día el secularismo ya no es abiertamente agresivo, como hace algunos años. El llamado Muro de Berlín se ha venido abajo. Era el símbolo de las ideologías que pretendieron construir en la tierra un cielo del hombre, porque suponían que el cielo de Dios era un mero consuelo ilusorio que nos habíamos creado nosotros a causa de la injusta organización de este mundo. Al comenzar el siglo XXI, casi nadie cree ya tampoco en aquella utopía inmanentista del cielo en la tierra y ya no se ataca abiertamente a la fe en Dios como una pura ilusión. En cambio, se ha extendido la desconfianza y la desesperanza y, de su mano, la duda y la indecisión con respecto al sentido último que pueda tener la existencia humana. Este escepticismo - ambiente impide que la fe en Dios pueda arraigar y robustecerse. Porque escepticismo no es lo mismo que realismo ni que humildad. La duda como sistema de vida no es más que otra manifestación del orgullo del hombre que confía sólo en sí mismo y que se cierra a reconocer que tiene la suerte de no hallarse solo en el universo, sino ante un Dios que ha salido a su encuentro desde el fondo de su misterio. No tenemos por qué quedarnos solos con nuestras dudas e inseguridades. Ahí está la respuesta del Dios con nosotros.

3) No nos preocupamos de alimentar nuestra fe nuestra fe. Con frecuencia la fe se apaga porque abandonamos aquello que podría nutrirla y darle vida. ¿Por qué no dedicamos más tiempo a la oración y al silencio? ¿Por qué tenemos tantas cosas que hacer y tantos compromisos que todas nuestras energías las gastamos en ir de un sitio a otro con los pies y con la cabeza? ¿Por qué estamos tan dispersos en mil cosas, al parecer todas indispensables? ¿Por qué nos perdemos en lo superficial, sin tiempo para cultivar el espíritu? No cabe duda: estamos bastante dominados por esa mentalidad mundana que pone ilusamente el sentido de la vida en lo exterior, en las cosas, en las actividades, en los placeres más o menos efímeros. Los cristianos amamos la creación y las cosas de este mundo de Días, pero no podemos perdernos en ellas hasta el punto de olvidarnos del Creador. ¿Será que la mentalidad materialista nos va haciendo perder el sentido de Dios? ¿Será que tenemos miedo a que el diálogo silencioso con él nos pueda despertar de nuestro sueño? ¿Será que tememos no poder soportar lo que él nos diga y que, a pesar de todo, preferimos seguir encerrados en nuestro pequeño y asfixiante mundo?

4) Tenemos miedo a lo que Dios nos exige: la conversión. Él es la fuente de la vida y de la felicidad verdadera, pero, precisamente por eso, no es un mero reflejo de nuestros gustos ni de nuestras ideas. En cambio -según precisa con acierto el arzobispo de Pamplona- "en el diálogo con el mundo contemporáneo nos hemos dejado colonizar excesivamente por la cultura laica, por los gustos de los jóvenes; con la mejor buena voluntad hemos seleccionado los temas de la catequesis, de las charlas, de la formación, a la medida de sus gustos. Y así, poco a poco, nos hemos quedado con un mensaje que retiene una parte del mensaje cristiano, consecuencias sociales muchas veces, pero que ha debilitado demasiado la presentación de sus raíces: soberanía de Dios, creación, iniciativa salvadora de Dios, muerte y resurrección de Cristo, salvación eterna, primacía de las virtudes teologales, exigencias de la moral cristiana nacida de la caridad sobrenatural, entendida como amor de Dios y del prójimo, etc.". Como consecuencia de este predomino de los gustos contemporáneos, "la fe se queda reducida a una opinión por la que no conviene sacrificar mucho. Ni tiene fuerza tampoco para justificar ninguna renuncia o decidir un determinado comportamiento. Muchos querrían creer, pero sin molestarse, sin tener que cambiar de vida, sin tener que aceptar las enseñanzas de la Iglesia, sin tener que dedicar tiempo a la propia formación... sin apuntarse a nada, sin tener que dejar otras cosas que les gustan más" (F. Sebastián, Una asamblea sinodal para Europa: RCI Communio 15 [1992:1] 23 s).

Podríamos seguir enumerando otros síntomas del debilitamiento de la fe en nuestros días. Pero bastan estos, que son tal vez los principales, para que caigamos en la cuenta de que nuestra responsabilidad como miembros de la Iglesia nos exige poner los medios necesarios para atajar tal situación. De nosotros depende. Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará. No podemos ni debemos esperar que el mundo cambie. Nosotros, con la ayuda de Dios, y en nuestra pequeña medida, podemos cambiar el mundo. Nuestros primeros hermanos cristianos cambiaron el mundo pagano de su época. Pero, naturalmente, debemos empezar por nuestro propio mundo personal y familiar. Las pistas que daremos en la tercera parte de esta carta desean ayudar en este empeño a nuestras familias y a quienes las atienden pastoralmente. Si los miembros de la familia, en particular los esposos, se preocupan de fortalecer su fe, respondiendo con decisión y serenidad al influjo nocivo del secularismo, no cabe duda de que no será sólo la fe la que acabará por fortalecerse, también su familia saldrá robustecida con ello y la desorientación de nuestra sociedad comenzará a dar pasos hacia la verdadera esperanza.

La familia, cauce privilegiado para la transmisión de la fe

¿Se transmite la fe?

Lo primero que es necesario tener claro para que la fe se transmita en la familia es que la fe puede y debe transmitirse. Corre la idea de que la fe es un asunto estrictamente individual. Que un joven haya de creer o no creer sería una cuestión exclusivamente suya y nadie debería inmiscuirse en ello, tampoco sus padres. Pretender que los hijos sean cristianos sería, según este modo de pensar, un atentado contra su libertad personal. Por el contrario, unos padres respetuosos de sus hijos deberían dejarles libertad para que, cuando sean mayores, ellos mismos puedan elegir su fe o su increencia. Lo único que podrían hacer estos padres respetuosos sería darles o procurarles la información necesaria para que su elección futura sea lo más responsable posible. Así, mientras se abstienen de introducirles a la vida cristiana, les habrían de abrir los ojos a la posibilidad de elegir otra religión o de vivir sin religión alguna, según ellos decidan responsablemente. Algunos pretenden que la misma fe cristiana exigiría que se actuara de este modo, ya que la fe no puede concebirse más que como una adhesión personal y libre a la gracia de Dios.

Se trata de un modo de ver las cosas que se inspira con frecuencia en un sincero deseo de no violentar a los hijos y de respetar al máximo su libertad. Sin embargo, tanto la antropología general como la experiencia de la tradición cristiana nos dicen que, en realidad, por muy cargada de buena voluntad que venga, se trata de una ilusión que nada tiene que ver con la auténtica educación en la libertad.

En efecto, no es nada realista pensar que la libertad de los hijos crece por si misma sin influjo ninguno del exterior. Habría que dar por bueno el individualismo robinsoniano más extremo para creer que los seres humanos se forman ellos solos, como si vivieran en una isla perdida en el océano. La antropología contemporánea, y en particular las filosofías personalistas, enseñan con claridad hasta qué punto el hombre es un ser social. La libertad no se desarrolla por si misma en solitario, sino en relación con los demás. Sólo por esto se puede decir que los individuos son personas: porque son constitutivamente sociales. De modo que la libertad queda marcada en su mismo interior por lo que recibe de su entorno, para bien y para mal. Esto no quiere decir que el entorno determine absolutamente a las personas. Lo que decimos es que no se puede concebir la libertad personal sin tener en cuenta que se configura en las relaciones interhumanas y, muy en particular, en las relaciones familiares.

¿Serán, pues, más libres nuestros hijos para elegir su credo o su increencia cuando sean mayores si nos abstenemos de educarles en la fe? En modo alguno. Lo que sucederá es que su libertad estará absolutamente subdesarrollada en lo tocante a la fe y se encontrarán indefensos ante las influencias de signo contrario que necesariamente habrán modelado su libertad en un sentido no cristiano. No nos engañemos: los padres que no educan a sus hijos en la fe deben saber que, con independencia de su buena voluntad, lo que hacen es predisponerlos en contra de ella. Porque la libertad de los niños y de los jóvenes no es como una especie de juez insobornable, absolutamente inatacable para las ofertas y seducciones que se les presenten. Mientras no reciben de los suyos un apoyo de vida cristiana, nuestros hijos son asaltados por la amplia gama de estímulos del modo de vida pagano propio de nuestra cultura posmoderna: desde el gusto por la droga y el individualismo hasta las ideas más peregrinas acerca de la sexualidad, el matrimonio, el ocultismo o la reencarnación.

Ahora bien, educar en la fe es algo muy distinto que indoctrinar. La educación en la fe ha de ser acorde con la fe, no puede emplear medios contrarios a ella. Por tanto, nunca recurrirá a la violencia física ni psíquica, ni a ningún tipo de coerción o de chantaje. Al contrario, los educadores en la fe han de hacer gala del respeto más exquisito a la dignidad y a la libertad de los niños y de los jóvenes. De lo contrario, ya los estarían maleducando. Porque, efectivamente, la fe es adhesión libre de la persona a la gracia de Dios. Es más, podemos decir que la fe no es sólo un acto libre más, entre otros muchos, sino la raíz misma de la libertad verdadera. Por la fe el ser humano se reconoce como elegido y amado por Dios y ese reconocimiento gozoso es el que le da la capacidad de ser él mismo, pues le libera de las ataduras, naturales o culpables, que le ligan al mundo, a las criaturas e incluso a su propio yo, malentendidos como algo absoluto. Por tanto, educar en la fe no puede ser indoctrinar, es decir, imponer con cierta violencia una determinada visión de las cosas. Educar en la fe es, más que nada, propiciar el reconocimiento libre y gozoso de que todos hemos sido elegidos por Dios y constituidos por él como hijos suyos queridos.

Pues bien, nosotros sabemos que la elección de Dios es asombrosamente plena en Jesucristo. Eso es lo que hay que contar a nuestros hijos. Ellos han de poder ver en nuestra existencia cristiana lo que eso significa. Para lo cual será necesaria la palabra y la práctica silenciosa. Ambas cosas constituyen lo que llamamos el testimonio de la vida cristiana. Por la palabra anunciamos, explicamos, agradecemos, alabamos lo acontecido en Jesucristo, según lo hemos recibido en la Iglesia. Por la práctica silenciosa, dejamos que nuestra vida se vea transfigurada por la caridad y la esperanza. Ambas dimensiones del testimonio son imprescindibles: la dimensión doctrinal y la dimensión práctica.

La fe se transmite porque se educa. Nosotros la entregamos a nuestros hijos como nosotros la hemos recibido de nuestros padres y educadores. Nadie puede inventar la fe. Su "contenido"es la elección y la redención de Dios por Jesucristo; hemos de tener noticia de este mensaje: hemos de aprenderlo. Nadie podrá elegir libremente la fe si no se ha capacitado para ello en el momento oportuno. Es cierto que la fe es libre, la raíz misma de la libertad. Pero, al mismo tiempo, es recibida, como también la libertad la recibimos del perdón y del amor de Dios. La fe la recibimos de Dios por Jesucristo y por su Espiritu. La Iglesia y cada uno de los bautizados, según nuestra misión y nuestra responsabilidad, somos los cauces por los que se transmite la vida cristiana de generación en generación, en virtud del testimonio eclesial y personal de todos nosotros. Sin este testimonio, nadie se acordaría ya hoy de Jesús de Nazaret y nadie viviría ni moriría con la esperanza que comunica su Espíritu.

La familia, Iglesia doméstica

"La familia es la única comunidad en la que todo hombre es amado por si mismo, por lo que es y no por lo que tiene. La norma fundamental de la comunidad conyugal no es la de la propia utilidad y del propio placer. El otro no es querido por la utilidad o placer que puede procurar: es querido en sí mismo y por sí mismo". Con estas palabras tan hermosas les hablaba Juan Pablo II de la esencia de la familia a los millares de familias que invadían literalmente las grandes avenidas del centro de Madrid el 2 de noviembre de 1982 (Homilía durante la misa para las familias cristianas celebrada en la plaza de Lima, en Madrid, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de noviembre de 1982, p. 16). Ahí está, en efecto, el corazón de lo que es la familia: una comunidad de personas en la que cada una es aceptada y querida por lo que es de un modo radical.

Esa realidad humana fundamental se ha convertido en uno de los sacramentos de la gracia de Dios revelada por Jesucristo. El matrimonio, en efecto, base sobre la que se constituye la familia, es mediación eficaz del amor de Dios a toda la humanidad y, en particular, para el esposo y la esposa, así como para los hijos. Sabemos bien que san Pablo asimila la relación que el matrimonio cristiano establece entre los esposos a la relación existente entre Cristo y la Iglesia. En ambos casos, y según su modalidad específica, se trata de una relación de entrega mutua, incondicional y fiel, incluso hasta la muerte. Como Cristo entrega su vida por la Iglesia, así los esposos se entregan su vida el uno al otro de manera incondicional. Por eso se le llama al matrimonio "el gran sacramento" (cf. Ef 5, 32). Reciben las energías necesarias para ello de la misma entrega de Cristo.

Se puede decir que las relaciones familiares por la que los cónyuges y los hijos- se aman tan generosa y gratuitamente que se quieren y acogen por lo que son, y no por lo que tienen o por lo que hacen, constituyen un modo específico de participar en la vida del mismo Dios. Porque la vida divina se realiza precisamente en la mutua entrega del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por la cual el Dios vivo y verdadero es ni más ni menos que el Amor creador, absolutamente generoso y gratuito, del que procede y participa todo amor entre los hombres (cf. Conferencia episcopal española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 84).

Siendo esto así, difícilmente se puede imaginar un lugar mejor que la familia para el crecimiento en la fe de todos sus miembros y, en particular, para la iniciación y educación de los hijos en la vida cristiana. Los pequeños y los jóvenes encontrarán en la familia que vive su fe el ambiente natural en el que, por así decir, verán y palparán lo que es el misterio de la gracia de Dios, del amor originario del Padre, del amor liberador y redentor del Hijo y del amor vigorizador e iluminador del Espíritu Santo. Porque la vida misma de la familia es una especie de icono de la Trinidad santa.

Así se explica también que desde muy pronto se introdujera en la Iglesia la costumbre de admitir al bautismo a los niños pequeños a quienes los padres cristianos presentaban para ser engendrados también en la vida divina de la gracia. Esos niños no saben lo que reciben, no pueden todavía prestar su consentimiento a la elección amorosa de la que son objeto. Pero sus padres lo saben muy bien, porque lo están viviendo ellos mismos. Y del mismo modo que los han engendrado para la vida en el mundo, quieren hacer lo posible para que, con su testimonio de fe, alimentado por la gracia matrimonial, el germen de vida divina que el bautismo les otorga a sus hijos se desarrolle y se robustezca en ellos al compás de su crecimiento corporal y espiritual. Nada extraño, pues, que, si es primordialmente la Iglesia la que nos engendra para la vida cristiana, la familia haya sido llamada por el Concilio "Iglesia doméstica", porque sin su insustituible ser y misión, no le nacerían hijos al nuevo pueblo de Dios:

"En efecto, de esta unión conyugal procede la familia, en la que nacen los nuevos miembros de la sociedad humana. Estos, por la gracia del Espíritu Santo, se convierten en hijos de Dios por el bautismo para perpetuar el pueblo de Dios a través de los siglos. En esta especie de Iglesia doméstica los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de favorecer la vocación personal de cada uno, con un cuidado especial, la vocación sagrada" (Lumen gentium, 11. Cf. M. Sánchez Monge, La Iglesia doméstica, icono de la trinidad. Toletana 3 [2000] pp. 9-71).

Estas últimas palabras del Concilio nos recuerdan que la familia no sólo puede y debe transmitir la fe, haciendo posible la vocación de todo cristiano a la santidad, sino que ha de cuidar también la vocación especial que el Señor pueda poner en el corazón de los niños y de los jóvenes. Hablamos con frecuencia de "escasez de vocaciones"para el sacerdocio, para la vida religiosa y otras de especial consagración. Pero, en realidad, no podemos dudar de que Dios llame siempre a un número suficiente de jóvenes que dediquen especialmente sus vidas a la causa del Evangelio. Lo que sucede es que esas vocaciones de Dios no encuentran el eco ni el cultivo apropiado ni en la familia, ni en la parroquia, ni en la escuela. Si necesitamos y deseamos más sacerdotes, religiosos y consagrados, hemos de quererlos de verdad, es decir, hemos de estar dispuestos a que el Señor los llame de entre nuestros hijos y a ayudarles, en ese caso, a responder a su vocación (cf. mi carta pastoral de Adviento de 1996 sobre Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, desafío a nuestra esperanza, Palencia).

Una misión obligada y gozosa: fe y apostolado

Siempre que la fe es vida auténtica, fuente de esperanza y de amor divino, los que disfrutan de ella sienten el impulso casi natural de hacer a otros partícipes de su tesoro. Este es el sentido primario en el que la transmisión de la fe constituye una obligación: porque es algo que viene exigido por la misma naturaleza de la fe, que tiende a darse y a propagarse. De ahí dimana la obligación moral que los creyentes tenemos de comunicar nuestra fe a los demás.

Si esto es válido para todos, lo es de manera especifica para los padres. En ellos la obligación y el gozo de la transmisión de la fe van particularmente unidos, como observan muy bien los obispos de las Baleares:

«Pero la educación cristiana de los hijos no es únicamente una obligación. Para los padres creyentes es también, y de manera muy significativa, un gran gozo y una de las mayores y más entrañables gratificaciones que reciben como padres. Nadie puede discutir que la experiencia admirable y misteriosa de engendrar una nueva vida, prolongando así la de los progenitores, es la mayor alegría y la más grande satisfacción para cualquier pareja humana normal. El gozo es aún mayor cuando los padres pueden constatar cómo los hijos van desarrollando todos los complejos aspectos de su condición humana y que esto les hace felices. Los padres que creen que en Cristo el hombre y la mujer alcanzan su plenitud verdadera, viven como el mayor don, como una oportunidad excepcional de hacer lo mejor por los hijos, su condición de transmisores y educadores de la fe. Ello les permite poner, en lo más profundo de la existencia del hijo, los más sólidos fundamentos de la plenitud humana y de la felicidad, sea lo que sea lo que le depare la vida que acaba de estrenar. Al mismo tiempo, disfrutan del gozo inmenso de amarlo con el mismo amor de Dios y compartir con él la ternura, la fortaleza y la paz del amor de Dios que ellos mismos experimentan. La misión de transmisores y educadores en la fe se convierte, entonces, en el ejercicio más alegre, amoroso y apasionante de su condición de padres» (Obispos de las islas Baleares y Pitusas, carta pastoral La familia transmisora y educadora de la fe. Pautas de educación cristiana para las familias ante el nuevo milenio. Mayo de 2000, pp. 65-66).

Lo que llamamos "apostolado" no es otra cosa que la fidelidad consecuente a la fe, la cual tiende a propagarse. No hay fe auténtica que se quiera quedar en casa, solamente en la intimidad de la persona. Al contrario, si somos fieles a su dinamismo y no le ponemos barreras, la fe se da con naturalidad a los demás, eso es lo suyo y lo que la vigoriza: la fe se fortalece al darse.

Caminos prácticos

La reflexión que hemos hecho acerca de la difícil situación en la que se encuentran muchas familias para vivir y transmitir la fe a las nuevas generaciones nos ha permitido volver a percatarnos algo mejor del papel insustituible de la familia como cauce de evangelización. Ahora quiero ofreceros algunas sugerencias concretas para ayudaros a llevar a la práctica esa misión propia de la familia.

Hemos hablado del escaso sitio que hay para Dios en nuestra vida y de la excesiva presencia que, en cambio, hay en nuestro mundo de la duda sistemática y de la superficialidad. La familia, esa comunidad original y entrañable, que sigue siendo tan capaz de "imprimir carácter" a las personas, tiene grandes recursos para ofrecer a los niños y a los jóvenes una alternativa religiosa y verdaderamente humana al inmanentismo secularista que seca las fuentes de la esperanza y, al incapacitarlas para la fe viva, deja inermes a las personas ante la vida y ante la muerte (cf.. Dionigi Tettamanzi, Famiglia, dove sei?, Casale Monferrato 2002). Veamos, pues, algunos recursos importantes de los que puede valerse la familia en este empeño.

Creación de un clima humano por el testimonio de la fe vivida

Quiero repetirlo una vez más. La familia no es una academia ni un centro de catequesis. Es mucho más que eso, pues constituye el hogar del existir humano. De ahí que el clima, el modo de vida que se hace, sea lo más determinante en las relaciones familiares. Ese clima, guiado y bañado por la fe, es lo primero que se ha de cuidar:

"Los padres no han de situarse ante sus hijos principalmente como maestros o como catequistas, sino sencillamente como padres. Sus medios de enseñanza no son esquemas ni libros. Lo que han de saber comunicar es, ante todo, sus propios valores y creencias, sus convicciones y actitudes. Han de hacerla de modo reflexivo y explícito, en las ocasiones que ofrece el contacto de la vida familiar y también por el testimonio silencioso de una conducta coherente con su fe. Esta tarea de los padres tiene una importancia especial en lo relativo al "despertar religioso" de los niños. Cuando los hijos pequeños van abriendo los ojos a la vida y descubriendo el mundo que les rodea, han de encontrar al Dios cercano a su propia existencia. Sólo los padres a través de las manifestaciones de ternura y protección pueden hacer este servicio fundamental en la educación en la fe. El nombre de Dios, su rostro bondadoso, la gratitud hacia él, la necesidad de su ayuda, se van transmitiendo de padres a hijos con toda naturalidad en la vida de un creyente" (Obispos de Pamplona, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Redescubrir la familia, San Sebastián 1995, n. 16).

Pero el clima de fe que los hijos respirarán con naturalidad difícilmente se dará si los padres cristianos no aciertan a dejar a Dios el lugar que le corresponde en sus vidas. No es demasiado difícil. No hay que buscarle tres pies al gato. Se trata simplemente de vivir las relaciones conyugales como lo que son: signo e instrumento del perdón, del amor y de la ternura de Dios. Es decir, que se trata de vivir sin alharacas, pero también sin complejos, la gracia del sacramento del matrimonio. De ahí brotará, igual que el agua de la fuente, el ambiente humano y cristiano que formará como la atmósfera respirada por todos en la familia, en particular por los hijos.

Es, pues, necesario que se renueve continuamente entre los esposos la visión creyente de su amor conyugal, al paso que la vida avanza y que los tiempos pasan, a veces tranquilos y a veces más agitados. ¿Celebráis los aniversarios de vuestra boda? No hace falta gastar para celebrar. Pero quien no celebra difícilmente valora, renueva y vive. El recuerdo festivo y orante, sencillo y familiar, de estos aniversarios ayudará mucho tanto a los padres como a los hijos a crecer en la fe y a darle tono cristiano y humano a su convivencia. Toda ella ha de ser lugar de la presencia de Dios, atmósfera en la que se respire su sublime compañía de Padre creador, de Redentor y de Amigo.

La iniciación a la oración y a los sacramentos

La presencia divina que se acoge en la fe, ha de ser interiorizada y expresada. Esto es lo que hacemos en la oración y en las celebraciones litúrgicas. "La oración es la expresión normal de una fe viva -explica Dionisio Borobio-, y el culto, su consecuente celebración". Iniciar en la oración no es sólo enseñar unas fórmulas para que el niño las repita de memoria. Eso está muy bien y no debe ser descuidado, como hoy, por desgracia, sucede con demasiada frecuencia. Pero iniciar en la oración es más que eso: es ayudar al niño a entablar un diálogo personal con Dios, su Padre, que tanto le quiere. O con Jesús, nuestro hermano mayor, que sigue hablándonos en el Evangelio y desde el Sagrario. O con el Espíritu Santo que comunica fuerzas y alegría a todos los discípulos del único Maestro.

El rosario sigue siendo un método fácil para cumplir en familia todos esos objetivos: familiarizarse con las fórmulas básicas de la oración cristiana, como son el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria; conocer y meditar los misterios de la vida de Jesucristo y de María, figura y madre de la Iglesia; iniciarse en la contemplación sosegada con el recurso de la repetición pausada y rítmica, que está demostrado que ayuda a la interiorización; y todo ello, en familia, como comunidad básica de vida y de oración (Luminosa y magisterial, la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae que, con fecha 16 de octubre del año 2002, nos ha ofrecido Juan Pablo 11).

La oración se hace con fórmulas y con el corazón. Por eso los padres pueden enseñar también a orar con sus silencios y con sus palabras, con sus gestos y con sus actitudes. Para ello es preciso vencer falsos pudores y superar una concepción estrecha de lo que es la oración cristiana. ¿Quién no recuerda la anécdota que cuenta el p. Duval, jesuita francés conocido por sus canciones religiosas? Todas las noches, antes de acostarse, se reunían sus padres y hermanos para hacer la oración familiar. Rezaban el rosario. Él, un niño de ocho o nueve años, llegó a pensar:

"Mi padre que es tan valiente, que manda en casa..., que no se inmuta ante el alcalde..., ahora se hace un niño pequeño ante Dios... Debe ser muy grande Dios para que se arrodille mi padre ante él y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa... En cambio a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, con el más pequeño entre sus brazos... Debe ser muy sencillo Dios, cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos, y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta. Las manos de mi padre -cubriendo con ellas la frente- y los labios de mi madre, me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo. Dios es una persona, muy cercana, a la que se habla con gusto después del trabajo" (J. Sanz Vila, ¿Por qué me hice sacerdote?, Salamanca 1965, pp. 98-100).

¡Qué testimonio, tan sencillo como elocuente! Y ¡qué vivencia inolvidable la de este comunicador!

"La oración ocupa un lugar importante en la vivencia familiar de la fe y forma parte también de ese proceso de educación al que nos estamos refiriendo. Es deseable que los padres inicien a sus hijos, desde los primeros años, en el diálogo con Dios. Hay momentos y oportunidades en la vida familiar en los que la sugerencia de una expresión de gratitud o de petición de ayuda a Dios, son la mejor manera de enseñar al niño a orar. Los hechos de la vida cotidiana familiar, con sus alegrías y sus preocupaciones, han de llegar a ser los contenidos de la oración con los hijos. No se trata sólo de transmitir fórmulas de plegaria, sino también de educar para una actitud de confianza y un deseo de comunicación con Dios.

Este estilo de oración, cultivado en los momentos en que la familia se reúne, puede arraigar tan hondamente que perdure con naturalidad cuando los hijos ya han crecido, y que llegue a constituir una expresión significativa de los fuertes lazos familiares" (Obispos de Pamplona, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Redescubrir la familia, San Sebastián 1995, n. 119).

Los padres cristianos saben que la oración más típicamente cristiana es la que los discípulos de Cristo hacemos como cuerpo vivo de él, todos juntos, es decir, como Iglesia. Cuando oramos en comunión con la Iglesia oramos en comunión con el Espíritu Santo de Jesucristo es decir, con Dios mismo. Pues bien, la Iglesia expresa su oración en la liturgia y en los sacramentos. La familia cristiana alimenta su fe de la fe de la Iglesia y se convierte de este modo, como dice el Concilio en un "santuario doméstico de la Iglesia":

"La misión de ser la célula primaria y vital de la sociedad la ha recibido la familia directamente de Dios. Cumplirá, por tanto, esta misión, si, mediante el afecto entre sus miembros y la oración hecha a Dios en común, se muestra como un santuario doméstico de la Iglesia; si la familia entera se incorpora al culto litúrgico de la Iglesia" (Apostolicam actuositatem, 11).

No dejéis, queridos padres, de dar ejemplo a vuestros hijos participando en la liturgia de la Iglesia. No descuidéis, en particular, la eucaristía de cada domingo. Vale más el ejemplo que mil palabras. Vuestros hijos aprenderán por experiencia que el fin de semana tiene algún sentido más que la diversión, aunque esta sea buena y necesaria. Más necesaria es aún la unión divina que robustece nuestro espíritu en la mesa a la que el mismo Señor Jesucristo nos invita.

Dadles también ejemplo de aprecio del sacramento de la reconciliación. No tengáis miedo de que os vean acercaros al abrazo que Dios nos ofrece, por el Espíritu de Jesucristo, en la confesión sacramental de nuestros pecados. Con eso no menguaréis en estima ante los ojos de nadie. Al contrario, es grande saber reconocer los propios límites y pecados ante el Dios del perdón. Es un signo de veracidad y de humildad que vuestros hijos serán los primeros en apreciar. Os abrirá, sin duda ninguna, nuevas puertas al diálogo de corazón con vuestros hijos, porque no os verán envarados e incapaces de poneros en el mismo nivel humano en el que. todos somos igualmente mendigos de la gracia ante Dios: ellos, vosotros y yo. Y, sobre todo, yendo vosotros por delante, les facilitaréis a los más jóvenes el gran regalo del perdón sacramental, les abriréis el camino para que también ellos se acerquen a la fuente de la misericordia, que en tantas ocasiones será decisiva para orientar, curar y fortalecer sus espíritus.

Catequesis formal y ocasional, con toda su novedad y sus exigencias

Juan Pablo II dice de la catequesis familiar que "precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis" (Catechesi tradendae, 68).

En efecto, la catequesis familiar precede a cualquier otra forma de catequesis, no sólo porque se realiza previamente y antecede en el tiempo a la catequesis institucional de la parroquia, sino porque la posibilita eficazmente, cuando la familia acompaña el despertar religioso de los más pequeños. La catequesis familiar acompaña porque, sin suplir ni sustituir la catequesis de la comunidad cristiana o escolar, la complementa adecuadamente. Por fin, la catequesis familiar enriquece las demás formas de catequesis porque hay aspectos de la educación en la fe, como es, por ejemplo, la personalización, que se enseñan y aprenden mejor en el ámbito personal de la familia (cf. E. Carbonell Sala, La familia, Iglesia doméstica, educadora de la fe: Teología y Catequesis 79 [2001] pp. 43-65).

Los objetivos de la catequesis en familia son "el despertar religioso, la iniciación en la oración personal y comunitaria, la educación de la conciencia moral, la iniciación en el sentido del amor humano, del trabajo, de la convivencia y del compromiso en el mundo, dentro de la perspectiva cristiana" (Catechesi tradendae, 273).

Además del apoyo a la catequesis formal que los hijos reciben normalmente en la parroquia o en la escuela, y de la catequesis vital del testimonio, a la que ya nos hemos referido, en la vida familiar se presentan también muchas ocasiones que ofrecen la oportunidad de una catequesis ocasional. Esta catequesis ocasional es especialmente valiosa, pues puede dejar honda huella, ya que suele darse en condiciones óptimas: como consecuencia de una experiencia fuerte ("papá, ¿dónde está la abuela ahora que ha muerto?"), de una interrogación vital "mamá, ¿de dónde ha venido mi nuevo hermanito?"), o del proceso inicial de búsqueda de sentido "pero ¿por qué hay tantos niños en el mundo que pasan hambre?). Muchos pasajes del Evangelio nos muestran cómo Jesús aprovecha las situaciones vitales para referirse, por ejemplo, a la providencia del Padre "no andéis preocupados por qué comeréis o con qué os vestiréis...") o a su cercanía, que en ocasiones no percibimos por nuestra falta de fe (tempestad calmada). Quizá falte esta catequesis ocasional más a causa del activismo de los padres, que no les permite "perder" un momento con los hijos, cuando la ocasión es propicia, porque eso trastorna sus planes, lo que están haciendo. O acaso sea que preguntas tan comprometidas como las mencionadas son despachadas con rapidez y hasta con cierta frivolidad porque cuestionan e inquietan a quienes las deberían responder con cariño, tacto y paciencia. Los padres cristianos deben estar preparados para responder. Es de vital importancia para sus hijos. Sería bueno que pensaran de vez en cuando: ¿hemos aprovechado las circunstancias oportunas para una catequesis ocasional con nuestros hijos?

Ver la televisión juntos puede ser ocasión de comentar después determinadas imágenes, comportamientos insólitos, criterios novedosos..., desde la perspectiva siempre del mensaje de Jesús. No olvidemos que la cultura televisiva pasa hoy, con frecuencia, por el mismo rasero todas las realidades. Tras las imágenes más duras del tercer mundo, puede aparecer en la pantalla un reportaje sobre un elegante desfile de modas. Ese paso tan rápido impide que muchos puedan reflexionar, interrogarse sobre nuestro modo de vida superficial e incluso sobre la parte de responsabilidad que tenemos en las tragedias actuales. Los padres, y en su caso también los hijos, pueden aportar la iluminación ética que viene del Evangelio, cuando hay diálogo e interés compartido.

En cualquier caso, sea en su apoyo de la catequesis formal, en la vital o en la ocasional, los padres no tendrán nunca miedo a presentar a sus hijos la realidad de la fe tal como ella es, aunque su novedad perenne y sus exigencias no dejen nunca de extrañarles algo o mucho a ellos mismos. Lo malo es ocultar, maquillar o aderezar a nuestro modo la verdad de la fe de Jesucristo, en su autenticidad eclesial, es decir, según nos la transmite la Iglesia, que es hoy para nosotros la voz viva del Señor. Si lo hacemos así será poco útil o inútil del todo el esfuerzo que hagamos. Porque sólo la fe en Jesucristo ilumina y salva; sólo ella ofrece un apoyo realmente trascendente al ser humano, que le permite hacer pie en esta vida, a pesar de los fallos y miserias en las que nos vemos; y sólo ella ofrece también la promesa cierta de vida eterna, con su anticipo ya aquí, más allá de nuestra caducidad y de nuestra muerte. Nosotros podemos tratar de suavizar la extrañeza o las exigencias de la fe pensando que así la hacemos más aceptable. Pero lo que en realidad hacemos de ese modo es dar agua en vez de vino: echamos a perder la fiesta. Porque nuestras ideas y nuestras teorías podrán ser buenas y coherentes, pero no son la doctrina divina de la salvación. De opiniones y filosofías más o menos acertadas está lleno el mundo. Pero lo que nuestros hijos necesitan y obligación sagrada nuestra procurarles es el encuentro con Jesucristo, el único Salvador del hombre.

El estímulo para el compromiso cristiano

El encuentro con Jesucristo llevará consigo un modo especial de vivir y de comportarse. Quien se ha encontrado con él por la fe vive con el corazón en Dios y en la gloria que él nos da. Su conducta no será ya la misma de aquellos que viven con el corazón apegado a este mundo y a sus bienes caducos. Los cristianos son libres de los ídolos, es decir, de todo aquello que, sin ser el Dios vivo, nos pide que le entreguemos el corazón. Su comportamiento será llamativo para quienes carecen de esa soberana libertad; les parecerá raro y hasta "poco moderno". Porque los cristianos, aun siendo muchas veces pecadores, aman y cumplen los mandamientos de Dios, es más, están enamorados de las Bienaventuranzas de Jesús. La moral cristiana no es una moral "de mínimos", centrada sólo en evitar el mal; es una moral "de máximos", es decir, que sabe que el ser humano sólo puede evitar el mal cuando se ha encontrado con el Bien, o sea, con Dios, y le ha dejado a él ser el Señor de su vida. Entonces los Mandamientos se cumplen desde las Bienaventuranzas. El Señor nos invita a todos en el Evangelio a compartir nuestros bienes, lo cual es evidentemente más que no robar; a perdonar, a amar a los demás, incluso cuando son enemigos nuestros, lo cual es mucho más que no hacerles daño o que no matar, etc. Educar en la moral cristiana es preparar para suscitar escándalo en determinados ambientes, porque los valores evangélicos "chocan" profundamente con los valores vigentes en nuestra sociedad hoy. Pero son esos valores, mejor dicho, es su fuente, Jesucristo, quien salva a las personas y humaniza la sociedad.

La familia educa la conducta cristiana de los hijos ante todo conduciéndose ella de modo cristiano. El Concilio ha sido concreto al sugerir lo que se puede hacer en este campo. Lo primero, naturalmente, es lo referente a la vida familiar misma. ¡Qué importante es esto hoy día! ¡Y qué "chocante" para quienes se creen los garantes del "progreso" y de la "modernidad"!:

"Siempre fue deber de los cónyuges, y hoy constituye la parte más importante de su apostolado, manifestar y demostrar con su vida la indisolubilidad y santidad del vínculo matrimonial; afirmar y defender enérgicamente el derecho y el deber de los padres y tutores de educar cristianamente a la prole; defender la dignidad y la legítima autonomía de la familia" (Apostolicam actuositatem. 11).

Y por lo que respecta a otras Obras de justicia en las que la fe se acredita como fe viva, el Concilio no olvida enumerar algunas como las siguientes:

"Adoptar como hijos a niños abandonados, acoger benignamente a los extranjeros, ayudar en la dirección de las escuelas, asistir a los adolescentes con el consejo y con recursos económicos, ayudar a los novios a prepararse mejor para el matrimonio, colaborar en la catequesis, sostener a los cónyuges y a las familias que están en peligro material o moral, proporcionar a los ancianos no sólo lo indispensable, sino también las justas ventajas que derivan del progreso económico" (ib.).

La generosidad que inspira la moral cristiana se ha probado siempre de modo especial en la disponibilidad para llevar el Evangelio a otros lugares del mundo donde la Iglesia y los hombres necesitan especialmente de la caridad fuerte y entregada. El Concilio parece que -pensaba que esta obra misionera no era sólo propia de los que, siguen vocación de especial consagración en el sacerdocio o la vida religiosa, sino también de las familias. De, hecho hoy día conocemos a no pocas familias enteras, y por lo general bastante numerosas, que Han hecho las maletas para irse con, este fin a los países más pobres, o también a los más ritos, porque todos necesitan el testimonio de la familia cristiana. Dice el Concilio:

"Siempre y en todas partes, pero de modo particular en las regiones en que se esparcen las primeras semillas del Evangelio, en donde la Iglesia está en sus principios o se halla en algún peligro grave, las familias cristianas, adhiriéndose con toda su vida al Evangelio y ofreciendo un ejemplo de matrimonio cristiano, dan al mundo el testimonio valiosísimo de Cristo" (ib.).

Si no se trasmite la fe, es ante todo porque no se vive. La moral cristiana no es ni más ni menos que la fe vívida. Estimular el modo de vida cristiano es transmitir la fe. ¿Quién lo puede hacer mejor que la familia?

La colaboración con la parroquia y con la escuela

Ya hemos aludido a la necesaria colaboración de la familia con la parroquia y con la escuela. Deseo terminar estas propuestas prácticas subrayando esta necesidad. La familia tiene su propia autonomía y los padres no pueden delegar en nadie su responsabilidad de padres y de educadores primeros de sus hijos. Pero la familia no es capaz ella sola de todo. Es "iglesia doméstica", pero no es ella sola la Iglesia católica. Es escuela familiar, pero no una institución académica. La familia necesita aunar sus esfuerzos con la Iglesia y con la escuela para que su misión pueda realizarse bien. Se trata de colaboración, lo cual es distinto tanto del aislamiento de la familia en su propio mundo como de la abdicación de sus propias capacidades y tareas. El del aislamiento no es hoy, por lo general, el peligro mayor, simplemente porque muchas veces resulta prácticamente imposible. Habrá que vigilar más bien en él otro polo: el de la abdicación o inhibición.

Los padres habrán de emplear tiempo y energías en enterarse de lo que sus hijos hacen en la escuela y en la parroquia. El mero hecho de que muestren interés, de un modo discreto y cariñoso, ya es educativo para los hijos, que se abrirán de buen grado a comunicar a sus padres lo que les sucede fuera de casa.

Si se trata de la transmisión de la fe, hoy, por desgracia, no se podrá dar .por descontado que ningún ambiente, ni. siquiera los educativos, sea favorable. Por el contrario, lo más común será que no lo sea. De ahí que la colaboración habrá de realizarse con frecuencia como vigilancia atenta, que no nerviosa ni obsesiva. El acompañamiento de los padres puede ser aquí decisivo a la hora de alentar a los hijos que sufren la influencia negativa de medios indiferentes, descreídos u hostiles a la fe.

Conclusión: ¡Adelante: "mar adentro"!

Queridos padres, la situación de la familia no es hoy fácil, pero tampoco está perdida ni debemos darla por tal. Es verdad que las ideologías y los cambios sociales la han desestabilizado y debilitado. Todas las personas atentas a la situación actual y futura de la sociedad ven con preocupación cómo la familia se encuentra con frecuencia tan débil, que se muestra incapaz de integrar a los hijos en la convivencia social de un modo positivo. Por no hablar, claro está, de un gravísimo problema que no he abordado en esta carta, pero que no deja de estar en intima relación con su temática. Y es que muchas familias no es sólo que se vean incapaces de socializar a los hijos, es que se han mostrado impotentes para traerlos al mundo. No pocos matrimonios no tienen hijos; otros no llegan a tener los necesarios ni siquiera para el recambio generacional, es decir, que no tienen más que uno. España es en estos momentos uno de los países con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. ¿Es que nuestra generación ha perdido la confianza en el futuro? ¿Es que nuestras familias han perdido la confianza en sí mismas?

Quiero terminar con una palabra de aliento, queridos padres: como cristianos que sois, no tenéis por qué dejaras arrastrar por la desconfianza que impregna el ambiente de la cultura llamada posmoderna. Si amáis vuestra fe, vosotros y vuestros hijos tenéis futuro. Tenéis un futuro tal, que ni la muerte lo podrá frustrar. Vosotros, si queréis, podéis cambiar vuestro mundo con la fuerza del Evangelio. Que nadie os engañe: no hay nada prefijado ni por los astros, ni por las encuestas sociológicas, ni por la descristianización creciente de nuestra sociedad. Cristo os ha liberado para la verdadera libertad. Haced uso de ella.

El Santo Padre Juan Pablo II ha exhortado y animado a toda la Iglesia a comenzar el nuevo milenio de la era cristiana mirando hacia adelante, con la valentía y la esperanza de la fe. Con las mismas palabras elegidas por él os animo yo también a todos: "Duc in altum: ¡Mar adentro!" (Lc 5, 4) (Novo millennio ineunte, 1). Si llevamos en la mano y en el corazón el Evangelio de Jesucristo, no hay razón ninguna para el miedo ni para los complejos. Con el Evangelio, "lo fundamental es el entusiasmo, la creatividad y la fidelidad de los evangelizadores" (Antonio Marra Rauco Varela, La Iglesia en España ante el siglo XXI, Retos y tareas, 111, 1). "Sólo Cristo buscado y amado con amor sincero -aseguraba el Papa a los jóvenes de México en el año 1979- es fuente de alegría, de serenidad y de paz".

No nos faltará la guía y el apoyo materno de santa María. Ella sabe bien lo que es la familia y la educación de los hijos; ella nos presenta, junto con su casto esposo san José, el modelo ideal de familia que vive de la fe en el misterio del Dios con nosotros: la familia santa que ha sido el cauce realmente único de la transmisión de la vida divina para la humanidad. Bajo su advocación de la Virgen de la Calle, cuyas fiestas jubilares del año pasado todavía están frescas en nuestra memoria, seguirá acompañándonos en nuestro camino.

Palencia, 1 de diciembre de 2002, primer domingo de Adviento

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