En otra ocasión decía el electo Pontífice: «Yo he sido y soy, y ante todo, un párroco. ¿Recuerda la parábola del Buen Pastor? Pues bien, ese ha sido siempre mi programa»...
El Papa Juan Pablo I se proyectaba como un hombre de diálogo, de escucha, y se mostraba en todo momento cercano, dialogante, tan conciliador como coherente, muy humilde y sonriente. Su tarea —así lo entendía él— era la del pastoreo de la Iglesia en fidelidad a lo que el Espíritu había ido suscitando ante los «signos de los tiempos». Para el la responsabilidad de gobierno era servicio: «Nosotros los obispos gobernamos sólo si servimos: nuestro gobierno es adecuado si se concreta en servicio o se ejerce con miras al servicio, con espíritu y estilo de servicio». Y servir es eseñar, exhortar, es guiar, ejercer la sacra potestad.
Hablando de las catequesis de los miércoles de Pablo VI, decía: «Trataré de imitarlo, con la esperanza de poder yo también de alguna manera ayudar a la gente a hacerse más buena. Pero para ser buenos es necesario estar en regla con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos». En sus catequésis se trató de la bondad y la humildad, y luego de cada una de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.
Sin embargo, Juan Pablo I, elegido por el Espíritu Santo para ser «párroco del mundo» en la sucesión de la cátedra de San Pedro, por los misteriosos designios de Dios sería llamado pronto a la Casa del Padre, el 28 de septiembre de 1978, habiendo transcurrido escasamente un mes de su pontificado.
Hablando del excepcional pontificado del Papa Juan Pablo I, Luis Fernando Figari escribía en junio de 1979, mostrando algo de lo que por aquel entonces se experimentaba en la comunidd eclesial: «La Iglesia Católica da otra respuesta al mundo. Y es que con la también providencial elección de Albino Luciani como Juan Pablo I, la Iglesia de Cristo había respondido a las inquietudes del mundo de este segundo milenio. Sí, el Papa Luciani fue una hermosa y sorprendente respuesta para un mundo anhelante de amor, de alegría, de esperanza, de confianza. Desde su aparición en los balcones del Vaticano, el Papa Juan Pablo I cautivó a todos cuantos contemplaban la escena. ‘El Papa de la sonrisa’, ‘el Papa de los niños’, como se le ha llamado, fue una respuesta generadora de entusiasmo. El Espíritu Santo que vela por la Iglesia suscitó a través de la elección del Patriarca de Venecia una corriente mundial de entusiasmo religioso, de fervor, de sencillez. El corto reinado del Papa Luciani fue como una muestra pública de que hoy, en medio de la secularización, en medio de los conflictos, de las traiciones de tantos, es posibles ser cristiano; simple y sencillamente cristiano.
«Esto fue Juan Pablo I: modelo de cristiano. Su atrayente figura; su palabra calma y segura; su doctrina firme, sólida, tradicional, devolvieron a muchísimos el entusiasmo que se había perdido en medio de la rebeldías y contestaciones que por doquier se venían levantando contra el anciano Pablo VI, quien fiel a sus intenciones y al llamado de Dios seguía predicando la sana doctrina sin que muchos le escucharan, y ante el entusiasmo de pocos. Al dejar la dolida y sufrida figura de Paulo VI a la esperanzadora y cálida imagen de Juan Pablo I, el mundo católico, el mundo de aquellos que buscan realmente ser fieles al Señor Jesús y al Evangelio íntegro, se alegró. Alegría nacida no por un rechazo a Pablo VI, a quien también se amó, y mucho, sino por la esperanza de luz, de orden, de paz que un nuevo hombre en la Cátedra de Pedro podía traer.
«La alegría y esperanza en torno a Juan Pablo I no fue vana. Su corto reinado, ¡su imperecedero reinado!, es un firme testimonio de ello. ¡Es posible ser cristiano hoy! ¡Es posible ser sencillo, humilde, comprometido con los que sufren, feliz, y ser al mismo tiempo consecuente testigo de la milenaria tradición católica! Pero, el Papa Juan Pablo I, que daba testimonio de este esperanzador mensaje, fue convocado por el Señor a su presencia. Y el mundo, una vez más, se detuvo ante la incertidumbre.
«Momentos como aquellos sirven para comprobar la solidez de la fe. Por ella sabemos que el Espíritu Santo está con la Iglesia, que es su vida misma, y que Santa María guía y dirige la acción de sus hijos. Pero en momentos difíciles aparece para muchos ‘un margen de falta de certeza incluso en algunos corazones se abre camino la corrosiva duda… (Por eso la elección del Papa Juan Pablo II) es una reafirmación de la fe que no debe flaquear: la ‘Iglesia Católica da otra respuesta al mundo’» (tomado del libro Voz de esperanza: S.S. Juan Pablo II).
¿Quién podrá agotar los inescrutables designios divinos? Unas explicaciones y el percibir los signos de los tiempos nos hacen ver algo del misterio, profundizar un poco, y nos ayudan a avivar la confianza, pero alguna transitorio incógnita puede quizá aún quedar. ¡Y es que, precisamente, está en la naturaleza del misterio que no se agota! Ante ello, mostrémonos agradecidos por lo que comprendemos y recordemos que los caminos del Señor, ciertamente, no son siempre los caminos que según nuestro entendimiento o nuestro gusto serían los más lógicos o deseables. Sobre la importancia de este brevísimo pontificado, aunque algo hemos podido intuir y barruntar, como bien lo hemos hecho a través de la cita, sólo Dios la conoce en plenitud. A nosotros nos basta lo que entendemos, y lo agradecemos de corazón.
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