Poco después del tránsito del Papa Pío X a la casa del Padre Eterno, estallaba la gran guerra. Ciertamente fue en medio de una situación de gran tensión internacional cuando él asumía el timón de la Barca de Pedro. Dotado de una gran destreza y habilidad diplomática, Su Santidad Benedicto XV buscaría con singular empeño poner este don al servicio de la paz de las naciones. Su gran deseo era el de prestar su mediación para lograr una pronta distensión y un justo acuerdo de paz, y para ello declaró la imparcialidad y neutralidad total de la Iglesia.
Además de elegir a un hombre de extraordinarias cualidades para conducir firmemente la barca de Pedro en medio de las tormentosas aguas del conflicto mundial, los Cardenales habían elegido también a un hombre de gran corazón. El Papa Benedicto se distinguía por un gran amor paternal: su misión —así lo entendía él— era la de ser un apóstol de la paz, un promotor de comunión y reconciliación en medio del odio y del irracional conflicto. S.S. Benedicto XV quiso ser para todos un padre, un hermano solidario, un cristiano coherente. Y, ciertamente, muchas fueron las muestras de su solidaridad afectiva y efectiva, especialmente para con las víctimas de la gran guerra. Por ello el Papa Benedicto XV ha sido calificado —con mucha justicia— como el buen samaritano de la humanidad.
Asimismo, por su gran amor a los hombres, por su incansable tarea en favor de la comunión y reconciliación entre las naciones, y por su eficaz solidaridad para con la sufriente humanidad, la Iglesia recordará siempre a este Pastor como el Papa de la paz. Es también un justo homenaje para este sucesor de Pedro que, al acercarse ya la hora de su tránsito a la casa del Padre Eterno, elevaba su ofrenda al Señor con estas palabras: «Nos ofrecemos nuestra vida a Dios en nombre de la paz del Mundo.»
Algunos sucesos saltantes del pontificado de S.S. Benedicto XV al interior de la Iglesia fueron:
En 1917 fue promulgado el nuevo Código de Derecho de Canónigo, fruto de varios años de trabajo iniciados durante el pontificado de su predecesor, S.S. Pío X. Se puede decir que éste fue el acontecimiento intraeclesial más importante de su pontificado, dado que el nuevo Código se constituyó en el elemento decisivo para la organización eclesiástica.
En 1917 el Santo Padre funda la Congregación para las Iglesias Orientales.
En 1919 publica su encíclica Maximum illud, conocida como «la carta magna» de la actividad misionera. «La Iglesia de Dios es católica y, por lo tanto, no puede ser extraña a ningún pueblo», decía en ella el Santo Padre. En esta encíclica da ciertas directrices que se constituyen en hitos fundamentales para la posterior acción misionera y evangelizadora de la Iglesia.
Al estallar el conflicto generalizado en Europa, la labor del Papa Benedicto XV se presentaba como muy delicada y ardua. Desde el principio se pronunció por la paz y proclamó la absoluta neutralidad e imparcialidad de la Iglesia. Lamentablemente sus reiterados llamados a la paz mundial quedaron sin ser escuchados.
En un nuevo intento de lograr la paz, y juzgando el Papa que había llegado un momento favorable para intentar una mediación papal entre las naciones beligerantes, envió en 1917 una carta a sus líderes, proponiendo un serio plan de paz. Por la terca cerrazón de algunos esta sensata propuesta tampoco prosperaría.
Mientras tanto S.S. Benedicto XV orientó los esfuerzos de la Iglesia hacia el ejercicio de la caridad efectiva, dirigida a ayudar a los que más sufrían como consecuencia de la guerra: repartió víveres y material sanitario, donó dinero, organizó un servicio de búsqueda de desaparecidos por el que, gracias a sus denodados esfuerzos y gestiones, muchos presos de guerra pudieron retornar a sus hogares.
Terminada la guerra el año 1919 el bondadoso Pontífice continuó con su oficio de buen samaritano: entre otras muchas acciones caritativas, intercedió en favor de los alemanes, para que los aliados desistiesen del cruel bloqueo que habían impuesto, y que venía ocasionando un innecesario sufrimiento a muchas mujeres y niños. El Santo Padre mandó realizar asimismo una colecta en los templos católicos de todo el mundo para ayudar a niños hambrientos.
También en la Unión Soviética, cuando la hambruna azotó a sus pueblos el año 1921, pondría a disposición de los necesitados la ayuda solidaria de la Iglesia.
Debido a los esfuerzos pacificadores del Papa Benedicto XV, la Santa Sede experimentó por entonces un avance muy positivo en lo referente a las relaciones internacionales: recibió el reconocimiento diplomático del gobierno de Inglaterra (1914) y de Francia (1921); con el gobierno italiano se abría un camino de negociación cuando Su Santidad hizo explícito que la Iglesia no pretendía recuperar los estados pontificios que había perdido, con lo que se sentaban las bases para que, en el futuro, se llegase a una plena reconciliación con el estado italiano.
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