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Santa Sede, P. José María Rubio
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P. José María Rubio, sacerdote jesuita

Nació en Dalias (Almería) el día 22 de julio de 1864, el mayor de doce hermanos del matrimonio compuesto por don Francisco y doña Mercedes, campesinos. En su pueblo natal acudió a la escuela y, después de las clases, le gustaba leer las vida de santos. Con diez años, un canónigo, José Maria, tío suyo. Le hizo estudiar en un instituto de bachillerato en la capital, pero, viendo que tenia vocacional sacerdotal, lo envió al seminario diocesano de Almería. En 1879 se traslado al seminario de San Cecilio, en Granada, donde terminó los estudios filosóficos, los cuatro de teología y dos de derecho canónico, siendo alumno aventajado de otro canónigo, don Joaquín Torres, quien al pasar a Madrid, se llevo consigo a José Maria. En 1887 lo inscribió en el seminario diocesano de la inmaculada y de San Dámaso, de Madrid, y el 24 de septiembre de ese mismo año fue ordenado sacerdote, incardinado en esa diócesis. Celebro su primera misa el 8 de octubre siguiente en la entonces catedral de San Isidro, en la capilla de la Virgen del Buen Consejo.

El 1 de noviembre de 1887 fue nombrado coadjuntador de la parroquia de Chichón (Madrid), donde en tan solo nueve meses empezó a tener fama de santo, mientras continuaba haciendo dos cursos facultativos de teología en el seminario, para obtener en 1888 la licenciatura en derecho canónico en 1897. Antes del amanecer ya estaba en la iglesia orando, y dedicaba a todos por su austeridad y pobreza y por su caridad con los mas pobres.

El 24 de septiembre de 1889 fue nombrado administrador parroquial de Estremera (Madrid); en su apostolado parroquial se caracterizo por compaginar su vida de oración con la atención a los pobres y enfermos, dando cuanto tenia a los demás. Se dejo convencer para presentarse a unas oposiciones de canónigo en Madrid, que perdio, y a consecuencia de eso fue nombrado profesor de latín, filosofía y teología pastoral en el seminario madrileño; por ellos tuvo que trasladarse a la capital de España.

Fue nombrado notario del obispado y mas tarde encargado del registro. Se le designo tambien capellan de las religiosas. Bernardas y como tal permanecio durante trece años; este cargo le facilitaba entregarse a un intenso apostolado, que seria la característica principal de toda su vida: atendia a muchísimas personas en el sacramento de la penitencia como excelente confesor, daba catequesis a niños pobres, en las «escuelas dominicales»; se dedicaba a los «traperos», «parados» y a los llamados «golfos», y a la vez dirigia continuamente tandas de ejercicios espituales. Pasaba muchas noches en oración. Quienes le veían celebrar la misa decían: «Parece que habla con alguien».

En 1904 peregrino a Roma y Tierra Santa. Le impresionaron para siempre las dos visitas. De Roma, el Papa Pio X, las catacumbas y la tumbas de Pedro y Pablo; y de Jerusalén, el santo Sepulcro y el Calvario.

Siendo sacerdote diocesano secular, tenia una gran admiración por la Compañía de Jesús. SE llamaba a si mismo «jesuita de afición». Toda su vida se centraba en «cumplir la voluntad de Dios». Y el 11 de octubre de 1906 entro en el noviciado de la compañía de Jesús de Granada. Hizo sus primeros votos el 12 de Octubre de 1908 y permaneció en Granada para profundizar en sus estudios teológicos, mientras a la ves predicaba misiones populares y daba tandas de ejercicios espirituales. Seguidamente trabajo en obras apostólicas en la residencia jesuítica de Sevilla, dirigiendo en la congregación mariana de jóvenes, la comunión reparadora de los militares, el apostolado de la oración, las conferencias de San Vicente de Paúl y una escuela vespertina para obreros. Atendía también el confesionario de la Iglesia y la predicación a los miembros de la Adoración nocturna. Era exigente, pero siempre con dulzura. «Se cazan mas moscas con una gota de miel que un barril de vinagre», decía con gracia. En Septiembre de ese año se traslado a Manresa (Barcelona) para su «tercer año de probación», desde donde fue destinado a Madrid, y allí, el 2 de Febrero de 1917, emitió sus votos perpetuos.

Desde entonces Madrid fue el campo de su intenso apostolado. Vivía en la residencia jesuítica de la calle de la Flor y era buscado y requerido por todo el mundo. Con sotana y roquete, la cabeza ligeramente inclinada, irradiaba tal bondad que atraía sobrenaturalmente. Aunque no hablaba retóricamente como otros oradores, sin embargo sus sermones atraían a la gente y convencía por que vivía lo que predicaba. Repetía como lema:«Haced lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace». Organizo, predico y atendió distintas personalmente distintas misiones populares en distintos pueblos de Madrid. Espiritualmente vivió una temporada de escrúpulos, pero eso no le impidió dedicarse a promover obras de apostolado que hicieran bien a cuanta más gente pudiera; por eso su fama de santidad era extraordinaria en todo el Madrid de su Tiempo. Intentó fundar «los discípulos de San Juan» e incluso fue sometido a un registro policial acusado de crear un nuevo instituto religioso. Cuando los superiores le prohibieron esta actividad, lo acepto de buen grado diciendo «No busco mas que cumplir la santísima voluntad de Dios» Cuando le removieron de su cargo de director de las Marías de los Sagrarios y de un boletín del Sagrado Corazón, manifesto: «Debo ser tonto. No me cuesta obedecer»

Mientras tanto, había que permanecer mas de tres horas en la fila para confesarse con él. Atendía a todos por igual y por orden, lo mismo a marquesas que a pobres. Gozaba de dones místicos e incluso de gracias sobrenaturales especiales, como el don de profecía y de videncia. Comprobaron que estuvo a la vez y a la misma hora en el confesionario y visitando a un enfermo. Escuchaba íntimamente llamadas de socorro a distancia y hasta el aviso de una madre fallecida, para ir a atender a su hijo incrédulo. Un día de carnaval, un grupo de comparsa le había preparado una trampa, llamándolo a una casa de citas para administrar los últimos sacramentos a un enfermo. Uno de ellos, en la cama se hacia pasar por moribundo para que se rieran los demás y dar ocasión de fotografiar al Padre Rubio en esta ocasión «ridícula». Al entrar el en el prostibulo con intención de atender al enfermo, descubrió que estaba realmente muerto. Fue tal la impresión que dos miembros de aquel grupo se hicieron religiosos poco después.

Ejercio su ministerio pastoral con una dimensión social en los suburbios más pobres de Madrid, singularmente en el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios soliviantaban a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían mártires durante la persecución religiosa en España.

Su testamento, en una charla a las «Marias de los sagrarios», fue exhortar a realizar una «liga secreta» de personas que vivieran la perfección en medio del mundo, promoviendo asi una forma de consagración que mas tarde se concretaria en los intitutos seculares. Presintió su propia muerte y hasta llego a despedirse de sus amigos. A finales de Abril de 1929, viéndolo debilitado por su intenso trabajo y por su dolorosa enfermedad, los superiores lo trasladaron al noviado de Aranjuez para que reposara. Alli, después de haber rot, por humildad, sus apuntes espirituales, decia: «Señor, si quieres llevarme ahora, estoy preparado». «abandono, abandono». Tres dias después de su llegada, el 2 de mayo de 1929, en una angina de pecho. En todo Madrid no se hablaba de otra cosa: «Ha muerto un santo». Miles de personas asistieron a su funeral inhumados en el cementerio del mismo noviciado, pero en 1953 fueron trasladados a la nueva Casa de Profesa de Madrid

Fue beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II el 6 de Octubre de 1985. Sus reliquias estan en el claustro de una casa de la Compañía, junto a la Iglesia parroquial del Sagrado Corazon y San Francisco de Borja, y su memoria liturgica se viene celebrando el 4 de Mayo.

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