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S.S. Juan Pablo II, Homil√≠a de S.S. Juan Pablo II en la Solemnidad del Corpus Christi, a√Īo 2000
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Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Solemnidad del Corpus Christi

1. La institución de la Eucaristía, el sacrificio de Melquisedec y la multiplicación de los panes es el sugestivo tríptico que nos presenta la liturgia de la Palabra en esta solemnidad del Corpus Christi.

En el centro, la instituci√≥n de la Eucarist√≠a. San Pablo, en el pasaje de la primera carta a los Corintios, que acabamos de escuchar, ha recordado con palabras precisas ese acontecimiento, a√Īadiendo: "Cada vez que com√©is de este pan y beb√©is del c√°liz, proclam√°is la muerte del Se√Īor, hasta que vuelva" (1 Co 11, 26). "Cada vez", por tanto tambi√©n esta tarde, en el coraz√≥n del Congreso eucar√≠stico internacional, al celebrar la Eucarist√≠a, anunciamos la muerte redentora de Cristo y reavivamos en nuestro coraz√≥n la esperanza de nuestro encuentro definitivo con √©l.

Conscientes de ello, despu√©s de la consagraci√≥n, respondiendo a la invitaci√≥n del Ap√≥stol, aclamaremos: "Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu resurrecci√≥n. ¬°Ven, Se√Īor Jes√ļs!".

2. Nuestra mirada se ensancha hacia los otros elementos del tríptico bíblico, que la liturgia presenta hoy a nuestra meditación: el sacrificio de Melquisedec y la multiplicación de los panes.

La primera narraci√≥n, muy breve pero de gran relieve, est√° tomada del libro del G√©nesis, y ha sido proclamada en la primera lectura. Nos habla de Melquisedec, "rey de Salem" y "sacerdote del Dios alt√≠simo", que bendijo a Abraham y "ofreci√≥ pan y vino" (Gn 14, 18). A este pasaje se refiere el Salmo 109, que atribuye al Rey Mes√≠as un car√°cter sacerdotal singular, por consagraci√≥n directa de Dios: "T√ļ eres sacerdote eterno, seg√ļn el rito de Melquisedec" (Sal 109, 4).

La víspera de su muerte en la cruz, Cristo instituyó en el Cenáculo la Eucaristía. También él ofreció pan y vino, que "en sus santas y venerables manos" (Canon romano) se convirtieron en su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos en sacrificio. Así cumplía la profecía de la antigua Alianza, vinculada a la ofrenda del sacrificio de Melquisedec. Precisamente por ello, -recuerda la carta a los Hebreos- "él (...) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Hb 5, 7-10).

En el Cenáculo se anticipa el sacrificio del Gólgota: la muerte en la cruz del Verbo encarnado, Cordero inmolado por nosotros, Cordero que quita el pecado del mundo. Con su dolor, Cristo redime el dolor de todo hombre; con su pasión, el sufrimiento humano adquiere nuevo valor; con su muerte, nuestra muerte queda derrotada para siempre.

3. Fijemos ahora la mirada en el relato evang√©lico de la multiplicaci√≥n de los panes, que completa el tr√≠ptico eucar√≠stico propuesto hoy a nuestra atenci√≥n. En el contexto lit√ļrgico del Corpus Christi, esta per√≠copa del evangelista san Lucas nos ayuda a comprender mejor el don y el misterio de la Eucarist√≠a.

Jes√ļs tom√≥ cinco panes y dos peces, levant√≥ los ojos al cielo, los bendijo, los parti√≥, y los dio a los Ap√≥stoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que hab√≠an sobrado (cf. Lc 9, 17).

Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.

El pueblo de Dios lo recibe con devota participaci√≥n. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y m√°rtires, obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han cre√≠do en las palabras que Jes√ļs pronunci√≥ un d√≠a en Cafarna√ļm: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivir√° para siempre" (Jn 6, 51).

4. "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo".

Despu√©s de haber contemplado el extraordinario "tr√≠ptico" eucar√≠stico, constituido por las lecturas de la liturgia de hoy, fijemos ahora la mirada del esp√≠ritu directamente en el misterio. Jes√ļs se define "el Pan de vida", y a√Īade: "El pan que yo dar√©, es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

¬°Misterio de nuestra salvaci√≥n! Cristo, √ļnico Se√Īor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salv√≠fica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucarist√≠a. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participaci√≥n en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Como los disc√≠pulos, que escucharon con asombro su discurso en Cafarna√ļm, tambi√©n nosotros experimentamos que este lenguaje no es f√°cil de entender (cf. Jn 6, 60). A veces podr√≠amos sentir la tentaci√≥n de darle una interpretaci√≥n restrictiva. Pero esto podr√≠a alejarnos de Cristo, como sucedi√≥ con aquellos disc√≠pulos que "desde entonces ya no andaban con √©l" (Jn 6, 66).

Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro: "Se√Īor, ¬Ņa qui√©n iremos? T√ļ tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Con la misma convicci√≥n de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el Sacramento del altar y renovamos nuestra profesi√≥n de fe en la presencia real de Cristo.

Este es el significado de la celebraci√≥n de hoy, que el Congreso eucar√≠stico internacional, en el a√Īo del gran jubileo, subraya con fuerza particular. Y este es tambi√©n el sentido de la solemne procesi√≥n que, como cada a√Īo, dentro de poco se desarrollar√° desde esta plaza hasta la bas√≠lica de Santa Mar√≠a la Mayor.

Con legítimo orgullo escoltaremos al Sacramento eucarístico a lo largo de las calles de la ciudad, junto a los edificios donde la gente vive, goza y sufre; en medio de los negocios y las oficinas donde se realiza su actividad diaria. Lo llevaremos unido a nuestra vida asechada por un sinfín de peligros, oprimida por las preocupaciones y las penas, y sujeta al lento pero inexorable desgaste del tiempo.

Lo escoltaremos, elevando hacia √©l el homenaje de nuestros cantos y de nuestras s√ļplicas: "Bone Pastor, panis vere (...) Buen Pastor, verdadero pan -le diremos con confianza-. Oh Jes√ļs, ten piedad de nosotros, alim√©ntanos y defi√©ndenos, ll√©vanos a los bienes eternos.

"T√ļ que todo lo sabes y todo lo puedes, que nos alimentas en la tierra, gu√≠a a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Am√©n.

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