Nacido en el año 1225, en el castillo de Rocca Secca, en la risueña Campania. Por parte de su padre, el Conde de Aquino, estaba emparentado con los emperadores de Alemania: Federico Barbarroja era su tÃo y Federico II su primo. Por parte de su madre, la condesa de Teano, descendÃa de Roberto Guiscardo y demás prÃncipes normandos que se habÃan establecido en las dos Sicilias, fundando allà sus reinos. — Fiesta: 7 de marzo. Misa propia.
Sus padres le confiaron desde la más tierna infancia a los benedictinos de Montecassino. A los seis años de edad, daba ya pruebas de una gran profundidad de espÃritu. Sus maestros no estaban acostumbrados a oÃr que un niño se plantease esta grave cuestión: «¿Qué es Dios?». En 1239, Federico II, excomulgado por el Papa Gregorio IX, hizo desalojar la famosa abadÃa; y entonces, Tomás, que habÃa cumplido los catorce años, fue enviado por su padre a Nápoles, por consejo de los benedictinos mismos, para que siguiese los cursos de la Universidad.
El conde, fallecido cuatro años más tarde, contribuyó sin pensarlo a la vocación de su hijo. Porque habÃa en Nápoles un convento de la Orden de Santo Domingo, fundada veinticinco años antes. El fervor de aquellos frailes, su culto del saber, agradaron tanto a Tomás, que resolvió vestir su blanco hábito. SucedÃa esto en 1244: tenÃa el Santo diecinueve años.
La noticia llegó a Rocca Secca. Y acogióla con despecho la condesa, pues no podÃa concebir que se hiciera «fraile mendicante» aquel hijo en el cual su orgullo de madre habÃa puesto las más brillantes esperanzas de grandeza humana. Por esto corrió al momento a Nápoles, para disuadirlo de la determinación tomada.
Comienza entonces un amargo drama. Mientras la condesa fuerza los ánimos, con imperiosa violencia, en el convento, Tomás huye a Roma, para refugiarse en otro convento de dominicos. La terrible madre descubre su paradero y llama también a las puertas del convento romano. No se le abren. Lleva ella sus quejas al emperador y al Papa. El hijo no aguarda la decisión: por segunda vez se escapa y emprende el camino hacia ParÃs...
Pero en el momento en que sale de los Estados Pontificios, es apresado por una estratagema de sus propios hermanos, que le conducen al castillo paterno, acompañados de una ostentosa escolta. Allà sufre los asaltos de toda la familia: de la madre, que sorprendida por la invencible calma de Tomás, le hace encerrar en una de las torres; de las hermanas y de los hermanos, los cuales, para matar su vocación, introducen en su cárcel a una mujer liviana... Ignoraban que un alma del todo entregada a Dios es inderrotable. El casto joven coge de la chimenea un tizón encendido, y con arma tan singular pone en fuga a la desgraciada tentadora. Y trazando enseguida, con el mismo tizón, una cruz en el muro, se arrodilla y renueva el don de sà mismo a Cristo. A continuación es recreado por un sueño reparador, durante el cual ve a dos ángeles que le ciñen con un cordón blanco, que era el sÃmbolo de que desde aquel dÃa iba a quedar —como asà fue—inmunizado contra toda tentación del demonio de la carne. El drama terminó al año de prisión, por la intervención del Papa y del emperador, que se impusieron para que el prisionero fuese soltado. Queriendo la madre salvar las apariencias, cuidó ella misma de que Tomás se escapase de noche muro abajo, metiéndolo en una cesta... Estamos en 1245.
Recobrada su libertad, se acoge nuevamente en Nápoles; pero al poco tiempo reemprende su camino hacia ParÃs, «la ciudad de los filósofos, la primera sede del saber teológico», donde estudia tres años bajo la principal dirección y enseñanza de San Alberto Magno, ya entonces esclarecido teólogo de la Orden dominicana. Cuando éste es trasladado a Colonia, en el año 1248, con motivo de la creación de una mueva universidad, Tomás sigue a su querido Maestro y pasa allà cuatro años más, dedicado a graves estudios de FilosofÃa y de Ciencia Sagrada. Por su corporeidad y su taciturnidad, los estudiantes le llaman divertidamente «el gran buey mudo». Pero fue el mismo maestro Alberto quien les decÃa: «Gran buey, si queréis; mas tened por cierto que un dÃa impresionará al mundo entero con sus mugidos».
Antes de reemprender el viaje a ParÃs, liberado de la prisión materna, se le habÃa autorizado para hacer su profesión religiosa, considerando que el tiempo de cautiverio habÃale sido un suficiente noviciado. En Colonia, al cumplir sus veinticinco años, el Arzobispo le confirió la ordenación sacerdotal. Cuantos le vieron subir en su primera misa las gradas del altar, admiraron la intensidad de su devoción eucarÃstica, como cuantos le conocÃan habÃan admirado su devoción mariana. Los estudios no le secaban el alma, ni le produjeron aridez espiritual en toda su vida. Tuvo siempre una exquisita sensibilidad piadosa. No podÃa meditar la Pasión del Señor sin llorar: al celebrar el santo Sacrificio, las lágrimas humedecÃan su rostro...
Desde sus veintitrés años ejerció Tomás de Aquino la docencia privada. Pero a causa de diversas intrigas y envidias de los hombres, no se le confiere la licenciatura, que daba derecho a la enseñanza pública, hasta el año 1256, en el mismo dÃa en que fue conferida a su amigo franciscano San Buenaventura. SucedÃa ello en ParÃs, adonde habÃa ido nuevamente Tomás para terminar sus estudios reglamentarios. En cambio, al año siguiente —1257— conseguÃa Fray Tomás gloriosamente su doctorado, y con él la plenitud legal en el magisterio. Y a la docencia pública independiente se entregó con verdadero ardor en ParÃs mismo. TenÃa treinta y dos años; hasta sus treinta y cinco solamente se prolongará este perÃodo de su magisterio parisiense. Durante aquel trienio, explicó el joven catedrático las más sublimes cuestiones teológicas, con tan admirable originalidad, con tan profunda sabidurÃa, que en torno suyo se congregó constantemente un enorme número de discÃpulos.
Desde 1260 a 1268 está el Doctor Angélico en Italia, su patria, que no habÃa visto hacÃa quince años. Continúa enseñando TeologÃa, escribe mucho, es retenido larguÃsimos meses al lado del Papa Urbano IV como teólogo de la corte pontificia. En este perÃodo toma parte en la institución de la festividad del Corpus con la composición de su Oficio litúrgico. Por los mismos tiempos compone, a instancia de San Raimundo de Peñafort, la Summa contra gentes; y en el convento de Santa Sabina de Roma, donde ejerce una larga temporada el cargo de profesor, en los ratos que le deja libre la tarea docente comienza su obra cumbre: la Summa Theologica, la más sustanciosa sÃntesis que se ha escrito de la doctrina católica.
Nuevamente está en ParÃs, ocupando una cátedra de TeologÃa, al finalizar el año 1268. Dura esta etapa unos cuatro años y señala el perÃodo de mayor intensidad en el trabajo cientÃfico del Santo. En 1272, dos años antes de su muerte, es separado de la cátedra por los superiores de la Orden y se le encarga la fundación y dirección de un Estudio general de TeologÃa en Italia, dejando a libre elección el señalamiento del lugar. Tomás se decide por Nápoles, y allà se dirige. Pero el Papa Gregorio X le llama para que acuda al Concilio Ecuménico de Lyon, en el que va a tratarse la unión con la Iglesia Oriental. No quiere el PontÃfice que el Concilio se vea privado de los consejos del célebre Doctor, que en varias de sus obras se habÃa mostrado profundo conocedor del problema. El viaje hacia Lyon es para él la ruta de la muerte. Enferma antes de llegar a Roma, y fallece el dÃa 7 de marzo, a los cuarenta y nueve años de edad, en el monasterio cisterciense de Fossanova, donde se habÃa detenido.
En torno de su tumba se multiplicaron los milagros, atestiguando la santidad del grande y humilde dominico, que ante el mundo se habÃa hecho imponente por su talla mental y corpórea, por su prestancia humana, pero mucho más por su espiritualismo acendrado y fulgente. Jesucristo crucificado le habÃa dicho un dÃa: «Bien has escrito de mÃ, Tomás». Medio siglo después de su fallecimiento, el Papa Juan XXII —eminente teólogo— lo canonizaba con gran solemnidad.
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