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Santo Domingo Savio
Hijo espiritual predilecto de San Juan Bosco, y, como él, de la región de Turín. Hijo de un sencillo herrero, Carlos Savio, y de Brígida Gaiato, modélico matrimonio. Nacido en 1842 y fallecido en 1857. Su población natal fue Riva de Chieri, pero con miras a ir mejorando de condición económica, su padre trasladó el hogar, sucesivamente, a Murialdo y a Mondonio. Fecha de la canonización: 13 de junio 1954. - Fiesta: 9 de marzo.
A sus cuatro años, Dominguito sabía rezar con fervor. A sus cinco era monaguillo de Murialdo y ayudaba a Misa todas las mañanas al madrugador párroco. Dom Bosco, en la biografía que escribió de su discípulo, anota el testimonio del padre, referente a cómo Dominguín era la delicia del hogar. Muchas tardes, al terminar el herrero su jornada, iba el pequeño a echarse en sus brazos, diciéndole: "Papá: ¡Has trabajado mucho ! ¡Te fatigas tanto por mí... ! Pero yo rogaré al Señor que te dé salud y me haga muy bueno".
El párroco de Murialdo, que en cuestión de admitir a la Primera Comunión a los niños se había adelantado de cincuenta años a los decretos de Pío X, admitió a Dominguito, como a otros muchos, a los siete. ¡Con cuánta más razón sabiendo, como sabía, todo el Catecismo de memoria! ¿Cómo podríamos ponderar el fervor con que el niño recibió a Jesús? "La blancura del Pan eucarístico se le pegó al alma" -ha dicho uno de sus biógrafos más recientes-. Los propósitos de Primera Comunión que el niño dejó escritos, son la declaración categórica de su invencible voluntad, que dice: "Quiero ser santo".
Savio aprendió las primeras letras en Murialdo. El cura del lugar le dio clase hasta los diez años. Amplió su instrucción en la vecina villa de Castelnuovo, donde había un buen colegio. Al poco tiempo fue cuando Carlos Savio determinó trasladarse a Mondonio. Y allí encontró Domingo un excelente maestro en el sacerdote don José Angliero, amigo y confidente de Dom Bosco, a quien no tardó en hablar cariñosamente de su nuevo alumno, suplicándole quisiera admitirlo en su magnífica escuela: el Oratorio salesiano de Turín, fundado por él hacía unos trece años. El maestro se entrevistó con el Santo en Turín mismo. "Puede ser -le dijo- que tenga usted en su Oratorio chicos que igualen en talento y en virtud a Domingo, pero dudo que ninguno le supere. Haga la prueba, y verá que ha encontrado usted a un San Luis". Dom Bosco acogió la recomendación con una sonrisa, y contestó: "Voy a pasar una temporada en Murialdo; mándemelo allí por la fiesta del Rosario". Y en Murialdo, y en día tan señalado, tuvo lugar el primer contacto entre los dos Santos. Fue allá Dominguito, acompañado de su padre; entusiasmados con la idea que el maestro les había propuesto. Dom Bosco interrogó detenidamente a los dos y se enamoró de la modestia, despejo y buen aspecto de Domingo. "Me parece que hay buen paño", dijo. Y preguntó el muchacho: "¿Y para qué puede servir?" Y ofrecióse el Santito con estas memorables palabras: "Bueno, yo soy el paño y usted el sastre. Lléveme y podrá hacer a Dios ese regalo". Inquirió después Dom Bosco si el niño acariciaba alguna ilusión para después de terminados sus estudios de Humanidades, y contestóle él: "Si el Señor me concede gracia tan señalada, es mi deseo más ardiente abrazar el sacerdocio". Después de someterle a una prueba de aptitud intelectual, a la que respondió muy satisfactoriamente, le despidió el gran fundador, diciendo: "Vendrás conmigo a Turín; desde ahora te cuento en el número de mis queridos hijos".
Las bases sobre las cuales fundamentó Domingo Savio en el oratorio salesiano el edificio de su santidad, fueron las siguientes:
Elección de un confesor fijo (el propio Dom Bosco). - Recepción frecuente de los Sacramentos. - Devoción ardiente al Santísimo. - Amor entrañable a la Virgen. - Cultivo, a todo trance, de la alegría espiritual. - Diligente aplicación a los estudios. - Práctica de la penitencia, bajo la rigurosa dirección del confesor. - Se había propuesto ayunar a pan y agua todos los sábados en honor de la Virgen Santísima, pero el director se lo prohibió, así como también otros ayunos. Sin embargo, no dejaba de sujetar su cuerpo a la mortificación, aceptando con espíritu de penitencia, según le decía Dom Bosco, las incomodidades que provenían de causas inevitables. Bajo esas siete preciosas normas llegó Domingo hasta las cumbres de la vida perfecta. "Yo he desafiado a sus compañeros -escribió San Bosco- a que me dijeran si, en los tres años que Savio estuvo entre nosotros, habían encontrado en él algún defecto de qué avisarle o alguna virtud que sugerirle; todos acordes aseguraron que jamás vieron en él cosa alguna que tachar, y que no acertaban a descubrir virtud que no le adornase".
Domingo ejerció en Turín un vivo apostolado entre sus compañeros. Aprovechaba las horas de recreo para conquistar a los más reacios hacia la oración y la frecuencia de Sacramentos. Vigilaba los corrillos sospechosos, y alguna vez tuvo que reprenderles al cazarlos mirando alguna lámina inhonesta o conversando de cosas menos puras. Tenía una habilidad especial, generalmente sin reprensión directa alguna en aquel momento y sólo desviando la charla hacia temas correctos y aun piadosos, o bien contando alguna historieta graciosa, que todos acogían con gusto.
Hubo también maravillas de Dios en vida. Ya en sus días de Murialdo y Castelnuovo, un joven misterioso -seguramente un morador del cielo en figura humana- le había transportado, en cierta ocasión, para evitarle el cansancio del camino. Más tarde, una señora no menos misteriosa -¿la misma Santísima Virgen?- le acompañó de Castelnuovo hasta Mondonio, desapareciendo repentinamente.
Desde Turín, y de manera milagrosa, se entera de que su madre está gravemente enferma. Pide permiso para ir a visitarla. Convencido Dom Bosco de hallarse ante un caso de intervención divina, le da crédito y le concede la licencia pedida. Al abrazar a la madre, ésta queda completamente sana. Otro día se le revela el lugar donde se halla una enferma apestada de cólera, ignorada de todos, y avisa a un sacerdote que llega a tiempo de confesarla y extremaunciarla. Tuvo, asimismo, los dones de éxtasis y de profecía. De sus profecías diremos que la más famosa fue la que hizo al mismo San Juan Bosco sobre la conversión de numerosos ingleses y el restablecimiento del culto católico en Inglaterra.
Domingo Savio se rindió a la muerte después de una prolongada dolencia y una suavísima agonía.
En octubre de 1914, burlando la vigilancia de los campesinos de Mondonio, que se turnaban día y noche para que no se les llevasen el cuerpo de su Santo, las autoridades eclesiásticas y civiles intervinieron para trasladar los huesos del siervo de Dios al Santuario de María Auxiliadora, de Turín.
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