Jos茅 Gros y Raguer, San V铆ctor I, Papa

San V铆ctor I, Papa

San V铆ctor, el primero de los Papas de este nombre, era oriundo de 脕frica y de padres nobles; ocup贸 la Silla Apost贸lica desde el a帽o 192, en que sucedi贸 a San Eleuterio, hasta el 202, en que 鈥攕eg煤n opini贸n general鈥 fue martirizado en una sublevaci贸n popular. De car谩cter vigoroso y en茅rgico, fulmin贸 con todo el rigor de los anatemas condenatorios de su Suprema Autoridad las varias herej铆as brotadas durante su pontificado. Reform贸 y unific贸 la celebraci贸n de la Pascua; y de su sabio gobierno han llegado hasta nosotros otras importantes constituciones. En premio a tan relevantes trabajos y por su indomable energ铆a e intrepidez ante los enemigos de la Iglesia, mereci贸 la corona del martirio en el a帽o indicado, y a 28 de julio, d铆a en que se celebra su Fiesta.

Poco sabemos de los primeros a帽os y juventud de este gran Papa; solamente consta que era oriundo de 脕frica, hijo de un noble llamado F茅lix; y que mereci贸 por su virtud y talento ser elevado a la Silla Apost贸lica de Roma, como sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo, en las postrimer铆as del siglo II.

Los tiempos dif铆ciles que atravesaba la Iglesia y las frecuentes herej铆as que, una tras otra, iban apareciendo y pretend铆an minar la santidad de la misma, atentando contra la pureza de la fe, para relajar las costumbres y unidad establecidas por los Ap贸stoles y sus sucesores, requer铆an un Papa en茅rgico, adornado a la par de ciencia, santidad y talentos excepcionales; V铆ctor fue elegido por aclamaci贸n un谩nime.

Una de las principales herej铆as, que m谩s adeptos iba logrando, era la de los Montanistas, nacida de la apostas铆a de Teodoro de Bizancio, quien no pudiendo resistir las reprensiones de los cristianos, por su cobard铆a ante la persecuci贸n, separ贸se de la fe y, queriendo justificar su apostas铆a, manifestaba que Jesucristo s贸lo hab铆a sido puro hombre; y en su osad铆a, mientras sus costumbres eran cada vez m谩s depravadas, arrastrando tras de s铆 a los d茅biles en la fe, al error o a pecaminosas libertades, atrevi贸se a llegar hasta Roma y dogmatizar sus ense帽anzas her茅ticas en el propio centro de la Cristiandad.

Anatematiz贸le San V铆ctor y persigui贸lo tan viva y tenazmente, que Teodoro hubo de desaparecer de la ciudad y hasta del Imperio, pues no se oy贸 luego hablar de 茅l.

Poco despu茅s, otro ap贸stata tambi茅n, Pr谩xeas, inventa la herej铆a de los Patripasianos, precursores del sabelianismo, que negaba en Dios la distinci贸n de personas.

Apenas iniciada la divulgaci贸n y propagaci贸n de tal ciza帽a entre los cristianos, sin dejarla prosperar, el celo infatigable y vigilancia constante del supremo Pastor, V铆ctor, la arrancan de cuajo, logrando a la vez su bondadosa diligencia que, reconociendo Pr谩xeas su error, lo deteste, y, al entregar su retractaci贸n en Roma, obedezca y acate sumiso al Pont铆fice, ocasi贸n que aprovecha 茅ste para convocar luego un Concilio sinodal.

Otra de las actuaciones que reflejan la sapiencia y el elevado esp铆ritu apost贸lico del Santo Papa, fue la fijaci贸n y unificaci贸n, para toda la Iglesia, de la conmemoraci贸n ritual de la Pascua.

La mayor parte de los Obispos de Asia la celebraban, seg煤n costumbre tolerada hasta entonces, el d铆a 14 de la luna de marzo, acomod谩ndose con esto al rito de los jud铆os: el resto de la cristiandad la celebraba el domingo despu茅s del d铆a 14 de aquella luna, por haber resucitado Cristo Nuestro Salvador en tal d铆a.

Temiendo San V铆ctor que la diferencia de fechas y la posible diversidad de significado de los consiguientes ritos podr铆an ocasionar divisi贸n entre los fieles y hasta inducir a errores y aun cismas, para prevenir a tales males decret贸 que todas las Iglesias se acomodasen a este respecto a la costumbre romana, no debiendo celebrarse la Pascua, en parte alguna, el d铆a 14 referido, sino el domingo siguiente.

Esta determinaci贸n papal encontr贸 varios opositores, sobre todo entre los Obispos de Oriente, capitaneados por Polycrates, Obispo de 脡feso; sin embargo, la constituci贸n papal fue recibida y acatada al fin por toda la Iglesia; demostrando el acierto de esta determinaci贸n el hecho de que, 129 a帽os despu茅s, el Concilio de Nicea ratific贸 y renov贸 la constituci贸n victoriana.

Otros muchos testimonios de su sabio gobierno han llegado hasta nosotros, as铆 como muchas constituciones y 贸rdenes salidas de su prudente r茅gimen en los dif铆ciles tiempos que viv铆a la Iglesia; sirva de ejemplo, entre otros muchos, por su trascendental importancia y pervivencia, la constituci贸n apost贸lica decretando que 芦en caso de necesidad pod铆ase bautizar con cualquier agua natural, sin que fuera preciso estuviese previamente bendita禄.

Su pontificado, de unos diez a帽os, entre tales luchas en defensa de la pureza e integridad de la fe recibida y del tesoro completo de las creencias apost贸licas, le enfrent贸 con m煤ltiples enemigos que, si bien vencidos y anatematizados enseguida por San V铆ctor, no le perdonaban tan en茅rgico celo. Por esto viose coronado gloriosamente con el martirio, pereciendo durante un tumulto que aqu茅llos provocaron.

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