José Gros y Raguer, San Vicente Ferrer
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San Vicente Ferrer

Nacido en Valencia en 1350. Ingresó en la Orden de Predicadores en 1367. En 1412, como representante del Reino de Valencia, tiene una importancia decisiva su intervención en el Compromiso de Caspe. Murió en 1419. — Fiesta: 5 de abril.

Dios está presente constantemente en la historia de la humanidad; y sin duda que una de las manifestaciones de esta divina Presencia llega a nosotros a través de sus Santos. Podemos afirmar que en la fecunda vida de San Vicente Ferrer, tenemos un claro exponente, entre nosotros, de esta Presencia; vida que polariza todo un determinado período de la historia de la Europa de finales del Medievo. La influencia espiritual y social de su obra fue extraordinaria.

Niño aún, se manifiestan ya en él los carismas del taumaturgo, con los cuales el Señor había de favorecerle en múltiples ocasiones a lo largo de su vida apostólica. De inteligencia despierta, a sus catorce años ha concluido los estudios filosóficos. Dominico, alterna la cátedra y el púlpito, y frecuenta las Universidades más famosas de Europa.

En 1391, siendo Prior de la Orden dominicana en Valencia, el cardenal Pedro de Luna, más tarde antipapa Benedicto XIII, dándose cuenta de las extraordinarias cualidades del futuro Santo, le agrega a su séquito y lo pasea de corte en corte, introduciéndole en aquella sociedad que siente ya en su alma los primeros rasguños del Renacimiento que se avecina.

Todo el mundo augura para fray Vicente Ferrer un glorioso futuro; llegará a ser, afirman quienes conocen sus dotes, uno de los hombres más influyentes de la Iglesia. Pronto conocerá aquella Europa, que ha de acabar vibrando al influjo de su ardiente palabra, la extraordinaria altura de su espíritu. El Señor le tiene destinada una gran misión: remover aquel mundo en que le ha tocado vivir, recordándole una vez más el Evangelio con la palabra y con la vida.

San Vicente Ferrer se enfrenta con una sociedad en la cual la predicación sagrada había caído casi completamente en desuso; peor aún, la mayoría de veces, se subía al púlpito tan sólo con la intención vana de captar la atención del pueblo fiel con rimbombantes y huecas composiciones retóricas. Desde el primer momento, fray Vicente rompe con todos estos abusos, consagrándose exclusivamente a combatir el vicio y la ignorancia religiosa. Su palabra es como látigo de fuego que abrasa e ilumina.

Hallándose todavía a las órdenes del cardenal De Luna, consigue la conversión de un rabí en Valladolid, el que más tarde ha de ser el ilustre Pablo de Cartagena, obispo de Burgos. En una gran misión tenida en Valencia logra la conversión de diez mil judíos.

En 1394, el cardenal es elegido Pontífice y, temiendo perder el favor de tan esclarecido colaborador, le ofrece la púrpura cardenalicia, a la cual el Santo renuncia modestamente.

Cuando Francia retira su obediencia al antipapa, y las tropas de Carlos IV ponen sitio a la ciudad papal de Aviñón, un ataque de fiebre le lleva hasta las puertas de la muerte; pero al tercer día se siente repentinamente sanado y le parece escuchar la voz de Jesucristo que le dice: «Levántate y ve a predicar; lucha contra el pecado, convierte a los pecadores y anuncia el día del juicio».

Y es entonces cuando Vicente Ferrer despliega su gran obra misional... Durante veinte años recorre la mayoría de las naciones del viejo Occidente predicando una auténtica renovación de la vida cristiana.

El Santo hace su camino acompañado de una numerosa comitiva; a menudo, son más de diez mil las personas que forman “su ejército de pan. Son gentes que, siguiéndole, colaboran a su obra, rezando, haciendo penitencia y trabajando; todos viven de la labor de sus manos. Los hombres van delante presididos por la imagen del Santo Cristo; las mujeres detrás, con el estandarte de la Virgen; y fray Vicente Ferrer, en medio, junto con los clérigos y sacerdotes que le ayudan en los ministerios. Avanzan a pie, vestidos de pardo y con el bordón de peregrino en la mano. Les llaman el monasterio ambulante. Para recibir a aquel hombre, general del ejército más extraño que se haya podido reunir, acuden pueblos enteros, con sus obispos y nobles al frente. Su labor ha de ser efectuada en las plazas públicas, debido a las muchedumbres que acuden a escuchar su palabra. Predica siempre y en todas partes, con la variante del catalán correspondiente al dialecto valenciano, pues es la única lengua viva que conoce, y no obstante, todo el mundo entiende su mensaje; y es que actúan la gracia del Cielo además de su palabra, la vibración de aquella voz, el magnetismo de su mirada, la gracia del ademán. Su elocuencia ha sido, sin duda, una de las más poderosas que se han oído jamás. Y es que todos sabían que aquel hombre era puro como un ángel y austero como un anacoreta.

Vannes, fue la última ciudad que escuchó su palabra: la palabra que estremeció de presencia de Dios los ámbitos de la cristiandad europea.

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