José Gros y Raguer, San Lucas
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San Lucas

Nacido en Antioquía de Siria en los primeros decenios del Cristianismo. Pagano, convertido por San Pablo, según parece. Trabajó a su lado durante largos años. La tradición lo tiene por Mártir. Escribió una obra inspirado por el Espíritu Santo, dividida en dos partes: Evangelio y Hechos Apostólicos. — Fiesta: 18 de octubre.

Con sólo decir que la vida de María, Madre de Dios, nos viene relatada casi exclusivamente por San Lucas, ya habría suficiente para tenerle un aprecio especial. Pero, es que la misma narración mariana está incluida en un todo, un gran escrito de inapreciable valor: el tercer Evangelio.

Sucede en las cosas que hay muchas que, con el tiempo pierden, para nosotros, algo de importancia: y no debe ser así con el Evangelio, que tiene por autor principal a Dios, al Espíritu Santo y al escritor humano como autor secundario.

San Lucas se nos hace altamente simpático, puesto que escribió una vida de Jesús muy parecida y nunca contraria a las que escribieron los otros tres Evangelistas, y, sin embargo, personalísima. En ella nos contó la infancia del Hijo de Dios encarnado; por ello tuvo que hablarnos forzosamente de María. ¿Quién era San Lucas? Un pagano converso, ante todo. La tradición lo hace originario de Antioquía de Siria (en el Asia Anterior), la primera ciudad griega donde los seguidores de Jesús comenzaron a multiplicarse y a tomar el nombre de cristianos.

No sabemos a ciencia cierta —seguramente que no— si conoció a Jesús «materialmente», ni cuándo comenzó a verle con los ojos de la fe. La primera señal del convertido la tenemos cuando, en Tróada, se unió a Pablo, que acababa de recorrer el Asia Menor —que hoy llamamos Turquía— y se disponía a entrar en Europa, por Macedonia, para predicar la salvación universal traída por Jesucristo. Ya no abandonará al gran Apóstol, a quien acompañará siempre, a menudo en calidad de médico personal, hasta que el martirio le separe de él.

Podemos afirmar, en líneas generales, que la vida de nuestro Evangelista comienza a florecer en torno de la figura arrolladora de Pablo, y que con él se desvanece, puesto que las noticias que se cuentan de su actividad posterior, sobre el año 67, son menos ciertas. Hay quien da como seguro que evangelizó Acaya y Bitinia: donde habría hallado su verdadera vida, donde habría sellado con el martirio la verdad firme de su Evangelio.

Hasta aquí, a modo de biografía natural, humana, histórica, su vida externa. Intentemos penetrar en el verdadero mundo interior.

¿Por qué Lucas fue Santo? ¿Por qué Dios le escogió para que nos transmitiera parte de su mensaje salvador? ¿Por qué fue gran confidente de María y de San Pablo?...

Las noticias que nos son conocidas de su vida de cristiano auténtico se apoyan en las cartas de San Pablo y en sus propios escritos. Pablo, camino de Damasco, dice escribiendo a los Colosenses: «Os saluda Lucas, médico carísimo». En la segunda carta a Timoteo, escrita durante la segunda prisión romana del mismo San Pablo, cuando éste daba ya por consumada su carrera, se queja de la poca fidelidad de muchos que le abandonan; pero Lucas se mantuvo fiel al Apóstol, y, siempre, al divino Maestro.

Fiel, fidelísimo a Cristo, a quien conoce profundamente por ciencia y por adhesión de amor. Con sus propias obras, «Evangelio» y «Hechos Apostólicos» —obra propiamente una, dividida en dos partes: vida de Jesús y vida de la Iglesia primitiva— podría trazarse su verdadera silueta, espiritual, delicada.

Es su visión de grandes horizontes: Cristo murió por todos los hombres. El Evangelio es católico, universal. Va dirigido a los gentiles o paganos y a los judíos.

Para escuchar y comprender a Jesús, que nos habla por los Apóstoles y sus sucesores, es preciso purificarse, arrepentirse de los pecados. Explica luego que la humanidad ha sido como el hijo que abandona a su padre y se aleja; gasta su fortuna y salud en vicios. Después, no obstante, se arrepiente, puesto que ha sufrido mucho lejos de su casa paterna, y vuelve: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». El Señor es Dios de Misericordia. La Redención es un poema inefable del Amor compasivo.

También insiste en la renuncia de sí mismo. En la pobreza: dichosos los que siendo pobres no buscan su felicidad quedándose en las cosas de esta vida, sino en Dios, donde se hallan las verdaderas riquezas. Desdichados de los ricos, en cambio, cuando sus bienes no les mueven a las obras de misericordia.

La obra de San Lucas, en fin, es un tratado de oración, contemplativa y serena; el sentido cristiano de la alegría: quien se sabe en posesión de Dios comienza a ser feliz desde ahora. Y una descripción inigualable sobre el Espíritu Santo, alma de la Iglesia. A los Hechos Apostólicos se ha venido en llamarlos con razón: «Evangelios del Espíritu Santo». Y cuanto alienta y palpita en la luminosa urdimbre de sus escritos, es, a la vez que inspiración divina, una continua vivencia teologal del alma del Evangelista, que supo vivir lo que escribió y predicó, hasta dar la vida por Aquel a quien amaba: Jesús.

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