José Gros y Raguer, San Juan de la Cruz
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San Juan de la Cruz

Nacido el día 24 de junio de 1542 en Fontiveros (Ávila). A la edad de veintiún años, y en Medina, entra en la Orden del Carmelo. Destinado a Salamanca, es ordenado sacerdote en 1567. Después reside en Valladolid, Duruelo, Alcalá, Ávila, Toledo, Sierra Morena, Baeza, Granada, Segovia, Serranilla de Jaén y Úbeda, donde muere a sus cuarenta y nueve años. — Fiesta 24 de noviembre. Misa propia.

Dentro de la Mística española, lo mismo que entre las figuras más importantes de la universal, en el campo de la santidad y en el literario, figura y destaca de manera especial Juan de la Cruz: Juan de Yepes antes de entrar en la Orden carmelitana.

Como en todos los Santos, mucho hay que admirar en él, y mucho que imitar. Porque no hemos de imaginarnos a los Místicos como personas a las que la gracia de Dios haya invadido tan coactivamente que casi por necesidad sea la vida santa su elemento, sin que por su parte exista una auténtica colaboración. Entonces resultarían inaccesibles para nosotros, y su valor de ejemplaridad sería prácticamente nulo. Ciertamente, no es así San Juan de la Cruz, aunque nos hayamos acostumbrado a contemplarle en las cumbres del vivir extático. Se imponen con gran relieve a nuestra consideración sus valores humanos en activo, correspondiendo y cooperando a la obra de la gracia sobrenatural. Ahí está, precisamente, el interés particularísimo que ofrece su vida.

Sus años de niño, huérfano de padre al poco tiempo de nacer, mal alimentado y mal vestido por su madre, con el escaso dinero que la pobre se ganaba cosiendo; su época de adolescente, yendo a buscar trabajo manual a los pueblos vecinos y siendo despedido de todas partes, por las pocas dotes naturales con que la Providencia divina le había favorecido; los tiempos de su juventud en que, recordando sus amarguras pasadas y previendo las que Dios le reservaba, cambia su nombre terreno, al abrazar la vida religiosa, acogiéndose al de la Cruz del Señor; sus períodos de paz, fecundos en escritos admirables: («subida al Monte Carmelo»; «Noche oscura del alma»; «Cántico espiritual»; «Llama de amor viva»; cartas, poesías, etc.); sus largas temporadas de desasosiegos, fundaciones, luchas interiores, que son preparación de su madurez sazonada y de los desprecios y acíbares de su postrera etapa... Todo, en este conjunto de su existencia, es una urdimbre de lecciones.

Lecciones de austeridad personal, de constancia en las labores arduas, de providencialismo dinámico, de serena energía, hermanada con una inefable suavidad evangélica... Y las fulgencias de sus encumbramientos son las recompensas del Señor a sus siervos, ante las cuales se despierta en nosotros el deseo de las alturas, donde la glorificación nos espera.

En Medina, en 1567, se encuentra Juan con Teresa de Jesús, que ha comenzado ya la reforma del Carmelo. Pronto se da cuenta Teresa, a pesar de contar Juan de la Cruz solamente veinticinco años de edad, del valor de aquel «santico», como le llama, para la obra iniciada. Será este encuentro decisivo para la vida de Juan, quien, en vez de retirarse a la Cartuja, como deseaba, se vera obligado a llevar una vida agitada por las fundaciones, encarcelamientos, visitas y retiros forzados, como se puede advertir en las notas biográficas antes apuntadas.

Cinco años confesor en el convento de la Encarnación de Ávila, de la Madre Teresa y de sus hijas reformadas; cinco años de experiencia en el trato de almas, en los que la Reforma del Carmelo se lleva adelante con vigor y decisión. Cinco años que no podían acabar más que como lo hicieron: rapto violento del Santo y confinación en un convento de Toledo, en el que Juan de la Cruz comienza a hacer honor a su nombre.

Desde Toledo Fray Juan es enviado como superior al Convento del Calvario, en la serranía de Jaén.

Nueva época de paz y tranquilidad en aquellas soledades, en las que a la vez que recoge los frutos de los atropellos anteriores, se prepara para lo que su finísimo espíritu intuye, con plena aceptación de su voluntad, que poco a poco se va adaptando a la misión que Dios le ha confiado.

Tras el convento del Calvario, Baeza, capítulo general en Alcalá, Granada. Años muy ricos para Juan, los del incomparable paisaje granadino. Años en que escribe mucho y reza mucho.

Y a medida que avanza su vida —recordemos que tenía vocación de cartujo—, se va ella complicando más y más. Nuevos viajes, con la Santa de Ávila, nuevas fundaciones, visitas a conventos, capítulos generales y provinciales.

Después, Segovia; tres años más de paz, que presagian la futura tempestad de las «potencias del Maligno».

Pero Juan, en aquellos días de triunfo, no se ensoberbece. En cierta ocasión en que se le aparece Jesús queriéndole recompensar la sencillez de su corazón y su amor sin decaimiento, Juan le pide «padecer y ser menospreciado por Vos».

Retirado del convento de Segovia por discrepancias de pensamientos, es arrinconado en un lugar cercano a Jaén, teniéndose que refugiar, al poco tiempo, por enfermedad, en un convento de Úbeda.

Mientras tanto, el proceso contra el Santo, por el que se le intenta expulsar de la Orden, continúa adelante. Sin embargo, poco le falta va para que Dios le llame al Cielo: el 13 de diciembre de 1591 entraba en la agonía, muriendo al día siguiente.

“Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. Una bienaventuranza que se cumple año por año, día por día en los cristianos que se confiesan tales y quieren practicar como tales.

No, la vida de los Santos, aun la de aquellos que han llegado a las más altas cimas de la mística, no es una vida fácil, sin tropiezos. Es una vida que pone a prueba su heroísmo y que les hace merecedores de las gracias extraordinarias que Dios, en su amor infinito, les tenía reservadas desde toda la eternidad, si ellos, con su actuación, se mostraban dignos de ellas. Y he aquí porqué estos Santos son modelos para nosotros y su vida es capaz de ser imitada.

Terminemos anotando que Juan de la Cruz fue declarado Doctor de la Iglesia Universal en 1926 y que había sido canonizado doscientos años antes. Y acotemos su silueta biográfica con la trascripción de unos versos inmortales de su pluma, que le perfilan mejor que todas las noticias de su vida. (De las «Coplas del alma que pena por ver a Dios»:)

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Esta vida que yo vivo
es privación del vivir;
y así, es continuo morir
hasta que viva contigo;
oye, mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero;
que muero porque no muero.

El pez que del agua sale
aun de alivio no carece,
que en la muerte que padece,
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerto habrá que se iguale
a mi vivir lastimero
pues si más vivo más huero?

Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor:
viviendo en tanto pavor,
y esperando como espero,
muérome porque no muero.

Sácame de aquesta muerte,
mi Dios, y dame la vida,
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.

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