José Gros y Raguer, San Juan Crisóstomo
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San Juan Crisóstomo

Nació en Antioquía hacia el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria. Muerto muy joven, tuvo qué encargarse de la educación de Juan su madre, viuda a los veinte años. El famoso patriarca Flaviano de Antioquía le ordenó sacerdote y le hizo su ayudante de confianza. Fallecido el patriarca Nectario de Constantinopla, en 397, fue elegido el «Crisóstomo» —«boca de oro»— para sucederle. Después de un decenio de aflictivo pontificado, falleció en el destierro, en 407. — Fiesta: 27 de enero. Misa propia.

Las tierras de Oriente, fueron durante los primeros siglos de la Iglesia un inmenso vergel de santos. ¡Qué contraste más vivo, por ejemplo, entre el Crisóstomo, de quien vamos a hablar, y los dos más célebres habitantes del desierto, San Pablo Ermitaño y San Antonio Abad! ¡Qué diferencia entre las soledades de Egipto y las ciudades de Antioquía y Constantinopla, donde se santificó y santificó a innumerables almas el prodigioso predicador!

Antusa —la madre de Juan Crisóstomo— era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: «¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!». La frase era de pura admiración de un carácter. Libanio, pagano de pies a cabeza, maestro y amigo de Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y estaba orgulloso de la aplicación de su discípulo. Pero el muchacho evadió su peligrosa influencia, gracias a las decisiones y consejos de Antusa, principalmente. Fue ella la que más velo para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes.

Tanto penetró el espíritu cristiano en el corazón de Juan, que, en plena juventud, una vez fallecida su madre, determinó consagrarse a una vida de soledad. Retiróse a una cueva de los próximos montes, pasando allí unos cuatro años, entregado a la oración, a la meditación de las santas Escrituras y a los ejercicios de la más rigurosa austeridad. Su salud, empero, resintióse de ello notablemente. No estaba hecha para tal vocación. Por esto, siguiendo el consejo de un viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad.

En aquella larga temporada de aislamiento había escrito algunos libros espirituales, por ejemplo uno sobre la penitencia, en los cuales se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo, juntamente con su sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros asuntos.

Desde los primeros momentos fue admirado como un gran orador elegante y enérgico en la dicción, hondísimo en los pensamientos, penetrador sutil de las máximas cristianas. Su auditorio se puede decir que lo componía toda la ciudad. La iglesia principal de Antioquía resultaba pequeña para tan grandes multitudes. Solía predicar sobre puntos del Evangelio. La finalidad de su oratoria era el mejoramiento o la reforma de las costumbres. De ahí que insistiera mucho en la explicación de las obras de misericordia, en la virtud de la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de la frecuencia de Sacramentos, la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales. En 387, con motivo de un impuesto extraordinario, estalló en Antioquía una sedición popular, en la que la curia imperial fue asaltada, maltratado el prefecto, destruidas las estatuas del emperador, la emperatriz y sus hijos. El emperador, que era el español Teodosio, conocido por muy violento, parecía disponerse a una fuerte represalia, y el pueblo estaba amedrentado. En aquellos días fue cuando el Santo pronunció sus célebres discursos llamados de las estatuas, con el fin de imponer la serenidad a todos, mientras el patriarca se había dirigido a Constantinopla en demanda de perdón. Estos discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad.

Vacante unos años más tarde la silla episcopal de Constantinopla, el emperador Arcadio, enterado de la elocuencia y el saber del Crisóstomo, logró que él fuese el elegido para ocuparla. Mucho hubo de trabajarse para vencer la resistencia del humilde y pregonado sacerdote, y fue grande su disgusto por verse arrancado de su ciudad nativa.

Veámosle, pues, trasplantado a la metrópoli imperial, la lujosa ciudad de Bizancio; la de los jardines y maravillosos palacios, la de los grandes templos y las cúpulas de oro, la de las ciencias y las artes, la placentera residencia de la corte... El nuevo Patriarca se ganó muy pronto el afecto de sus sacerdotes, de las familias distinguidas y, más aún, del pueblo, por la amabilidad y deferencia con que trataba a todos y por la santidad de su vivir. Se hizo el más sencillo de los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus continuas penitencias y de sus generosas limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor grado que sus mismos admirables sermones.

La energía con que azotaba los vicios y pecados, sin miedo a las iras de los poderosos, le valió la antipatía de algunos elementos de la corte, los cuales no cesaron de intrigar contra él.

A causa de ciertas predicaciones sobre el lujo femenino y la ostentación de las grandes damas, provocó el odio de la propia Emperatriz, quien, aliada con herejes y viciosos, no se dio reposo hasta conseguir que Arcadio, tomando pie de ridículas y falsas acusaciones contra el Patriarca, firmase el decreto de su exilio. Salió, pues, éste de la ciudad, despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadero momento de victoria. Una vez salido, el pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió en paz; y a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz —Eudoxia— alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.

La paz no duró mucho. A los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no haber cedido a las caprichosas exigencias imperiales y haber predicado, como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto episcopal y le arrestó en su propia residencia, rodeando de grandes fuerzas el edificio. El pueblo iba a sublevarse para liberarle. Pero él, con el fin de evitar la sanare que hubiera costado semejante sedición, escapóse (año 404) por una puerta falsa, otra vez, y ahora para siempre, camino del destierro. Estaba terminado su ministerio en Bizancio. Constantinopla no le había de ver más actuando. Pero cuando, después de muerto, su cuerpo fue traído del Asia Menor para ser sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó los más fervorosos honores, deseosa de reparar la pasada injusticia.

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