Nacido en Reims, en 1651, primogénito entre diez hijos. Su padre era un rico magistrado. Él y su esposa, lo mismo que los abuelos, muy exigentes en materia de obediencia, muy severos en la conducción del hogar. La abuela paterna leía a Juan las vidas de los Santos y el abuelo rezaba el Breviario acompañado del niño. A los once años recibió éste la tonsura clerical y a los dieciséis era nombrado canónigo, por haber renunciado en su favor un primo llamado Pedro Dozet. Inmediatamente se preparó para el sacerdocio, cursando Teología en Reims y en París. No recibió la Ordenación hasta 1678, porque en 1672, habiendo quedado huérfano, se había tenido que encargar de la primera formación de sus hermanos y hermanas. Vivirá hasta sus sesenta y ocho años constantemente consolado por el incesante despliegue de su Obra (el Instituto de Hermanos de las Escuelas Cristianas), a través de la superación de innumerables dificultades. — Fiesta 15 de mayo. Misa propia.
El «gran siglo» de Francia (el XVII) vio oscurecidas sus glorias por dos negros baches: la miseria engendrada por las guerras y la ignorancia de los hijos del pueblo. Para remediar estas necesidades suscitó Dios a dos grandes varones: en la primera mitad del siglo, San Vicente de Paúl, que organizó ampliamente lo que hoy llamaríamos «el Socorro Católico»; después, San Juan Bautista de la Salle, el padre de la Escuela Gratuita.
Soñaba el novel sacerdote La Salle en consagrarse a la evangelización de los pobres de alguna parroquia, cuando se le manifestó claramente la voluntad de Dios acerca de una misión suya inmediata. Fallecía su Director de conciencia, Nicolás Roland, legándole el encargo de cuidar de las Religiosas del Niño Jesús (llamadas después Damas Negras), institución fundada hacía poco tiempo por el mínimo P. Nicolás Barré, para la educación de las niñas.
El abate La Salle puso el corazón en lo que se le confiaba y logró para el naciente Instituto la aprobación del Arzobispo de Reims y el beneplácito del Parlamento de París. Pero no había de ser éste su campo: pronto fue dado otro Director a la nueva Congregación, mientras él recibía otro mensaje celeste por mediación de dos maestros de escuela enviados a Reims por una noble dama de maravilloso espíritu apostólico y originaria de esta ciudad, que había creado ya en Rouen, donde residía, numerosas escuelas gratuitas para niños.
Así fue como, el 15 de abril de 1679, el joven canónigo, ayudado por los dos maestros ruaneses, abría su primera escuela gratuita en una barriada de Reims: la escuela de la Parroquia de San Mauricio. Con el fin de estar en continuo contacto con sus colaboradores, les albergó en su propia casa.
Podemos decir que desde entonces se ha de considerar nacido el Instituto de Hermanos de las Escuelas Cristianas. Sin embargo, son todavía seglares. Para convertirlos en religiosos faltan dos cosas: la emisión de votos (que tendrá lugar en el momento oportuno) y, sobre todo, una austera formación en las virtudes que requiere la consagración a la juventud. No tan esencial, pero sí conveniente, será darles un hábito. No tardarán el propio La Salle y los compañeros que se le vayan adhiriendo, en vestir la sotana recia, el tricornio y el manto con mangas flotantes, símbolo del trabajo, tan popularmente conocidos.
El ejemplo del Fundador fue el mejor impulso de su institución. Renunció a su canonjía; distribuyó a los pobres casi todo su patrimonio; abandonó su rica residencia paterna, para establecerse con su comunidad en una casa modestísima.
Y su austeridad, su oración prolongada, su humildad profunda, fueron la inmejorable escuela de aquellos «maestros de los cobres» que él quería fuesen también «religiosos modélicos».
En los primeros tiempos, hicieron voto de obediencia por un solo año cada vez; y tan activa y generosamente imitaron al Santo, que de los quince primeros hermanos, seis fallecieron prematuramente, agotados por su labor incesante.
A poco el abate La Salle inauguraba un pequeño noviciado-escuela para los jóvenes que desearan ser maestros dentro del Instituto. Era el embrión de lo que después se ha llamado una «escuela normal» o «escuela del magisterio». Apreciaba él este medio como uno de los recursos mejores para conseguir su ideal de cubrir a Francia entera con sus escuelas de niños. Más tarde, la Institución se hará vastísima y famosa.
Las escuelas se multiplicaron pronto, pero lo mismo ellas que el Instituto, le proporcionaron no pocas amarguras. En París, donde entró con dos Hermanos en 1688 y obtuvo se le confiasen diversas escuelas parroquiales, la primera entre todas la de San Sulpicio, sufrió ataques por parte de varios maestros seglares. En cierto conflicto por algunos de ellos provocado, se le citó para que diese explicaciones al Parlamento.
En Reims. el problema fue más punzante. Ciertos novicios se quejaron de la dureza con que se les trataba. Y la queja era justificada: el maestro de novicios no brillaba por su prudencia.
El Arzobispo tomó la causa en sus manos, y su resolución fue una gran sorpresa: la remoción del abate La Salle como Superior de la Congregación. Presentado ante el Prelado, le dijo éste: «No sois ya Superior; he provisto de otro a vuestra Comunidad».
La Salle se sometió a él sin replicar. Pero cuando el Vicario General se presentó en la Casa-madre a dar posesión al nombrado. el disgusto y la actitud de protesta fueron unánimes. Forrado por las circunstancias, el Arzobispo accedió a que La Salle continuase rigiendo de hecho a los Hermanos, haciendo tan sólo alguna circunstancial aparición el nuevo Superior.
Otros conflictos le afligieron, pero, a pesar de todo, la Obra prosiguió su camino.
Pronto tuvieron «Escuelas Cristianas» las principales poblaciones de Francia, y todo el país sintió los beneficios de la pedagogía lasalliana.
El Fundador completó su creación con la redacción de sabios libros para los maestros y para los alumnos; con el establecimiento de un vasto noviciado, de donde los pedagogos habían de salir perfectamente preparados —como han demostrado los hechos— para su tarea de educadores católicos; con la apertura, en Rouen, de un primer pensionado, que constituyó el prototipo de todos los centros de «enseñanza media y especial»; y, con otra iniciativa muy adelantada a su siglo: una escuela profesional para jóvenes delincuentes...
Debilitada su salud por la edad, la penitencia y la aflicción, sintióse próximo a su postrer día; por esto reunió en la Casamadre a los más significados Hermanos y les rogó eligiesen Superior General al Hermano Barthélemy. Inmediatamente retiróse a París, hospedándose en la Casa Sacerdotal de San Nicolás del Chardonnet.
No se resignaron en Reims a su ausencia, y el nuevo Superior le suplicó afectuosamente que regresara. Obedeció él una vez más, rogando se le dejase ocupar el último puesto. «No quiero preocuparme —dijo— de otra cosa que de pensar en la muerte y de prepararme para comparecer ante Dios”.
Multiplicó sus oraciones... Muy pronto le semiinmovilizó el reumatismo... No tardó en verse impedido de celebrar la santa Misa... Era el día del Viernes Santo cuando rindió su alma al Creador.
Fueron un triunfo sus exequias y lo fueron los elogios que por doquier se tributaron a su santidad. El Instituto se dio cuenta de los frutos que recogía de tantas pruebas aceptadas heroicamente. En aquellos inicios del siglo XVIII contaba éste con 26 Casas y 274 Hermanos.
A fines del siglo, en vísperas de la Revolución francesa, tenía un millar de Hermanos y 125 Casas. La Revolución entorpeció sus progresos; pero el Concordato subsiguiente renovó su vitalidad.
Antes de la persecución combista, bajo el generalato del Hermano Felipe, se fundaron mil nuevas Casas y los Religiosos pasaron de 2 700 a 11 500.
Pasada la crisis, los Hermanos volvieron a Francia y es de esperar que puedan ir multiplicando sus centros de enseñanza, extendidos, a través de los últimos cien años, a diversas naciones.
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