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José Gros y Raguer, San José Oriol
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San José Oriol

Nacido en Barcelona, en 1650. Fallecido en la misma, a la edad de cincuenta y dos años. A pesar de los muchos milagros acontecidos por su valimiento, diversas circunstancias azarosas de los tiempos retardaron su glorificación canónica. Fue beatificado por Pío VII en 1806 y canonizado por San Pío X en 1909. — Fiesta: 23 de marzo.

José Oriol nació de padres honrados y modestos en el barrio de San Pedro de las Puellas, de la Ciudad Condal. Cuando tenía un año y medio, falleció su padre; y habiendo quedado la viuda en suma pobreza, contrajo segundo matrimonio con un hombre muy bueno, zapatero de oficio. Madre e hijo se fueron, pues, a la casa del nuevo esposo, situada en la parroquia de Santa María del Mar.

El cristiano zapatero amó al niño como hijo propio, a pesar de tenerlos suyos, y cuando tuvo la edad suficiente le hizo entrar de monaguillo en Santa María, donde aprendió a leer y escribir, y también algo de solfeo. Distinguióse entre los demás monaguillos por su espíritu devoto. Pasaba muchos ratos arrodillado ante el altar del Santísimo y tenía un acendrado amor a la Virgen.

Llegado a los doce o trece años, los beneficiados del venerable templo, viendo en él cualidades para los estudios, le enviaron a la Universidad, para que aprendiera la lengua latina y las principales letras humanas que allí se enseñaban.

Fue por aquellos tiempos cuando falleció su padrastro, dejando a su madre pobre como antes y con la carga de varios hijos. Mucho les ayudaron entonces los sacerdotes de la Parroquia. Y les ayudaron, asimismo, la antigua nodriza de José y su marido, los cuales hospedaron en su casa al jovencito. Le arreglaron un pequeño aposento en el desván, muy a propósito para la vida de estudio y oración que llevó siempre. No salía apenas del mismo, más que para ir a la iglesia o a las aulas.

Al poco tiempo sus estudios se convirtieron para él en carrera eclesiástica, pues con el fin de llegar al sacerdocio los hacía. En el transcurso de aquellos años le probó Dios con la parálisis de una pierna, que le retuvo en cama largo tiempo. Pero la soportó con gran dulzura y ejemplar resignación. Los cursos que siguió en la Universidad fueron los de Humanidades, Filosofía y Teología. Terminados los cursos de la Facultad de Teología, obtuvo el título de Doctor. Recibió el Presbiterado el 30 de mayo de 1676, y celebró su primera Misa el 29 de junio siguiente.

Al poco tiempo de su Ordenación se le ofreció el cargo de preceptor de los niños en una casa noble de Barcelona. Afligido por la estrechez en que tenían que vivir su madre y sus hermanastros, parecióle que podía aceptar la plaza, pues así podría socorrerlos con el sobrante de sus honorarios.

Para su austeridad significaba un verdadero sacrificio convivir con una familia rica y dada a todas las comodidades. Como el único móvil de su aceptación había sido el poder cumplir mejor sus obligaciones filiales, Dios le premió de un modo inesperado, llamándole milagrosamente a una vida de penitencia heroica, en aquellas circunstancias tan poco favorables a la penitencia.

Un día, en la regalada mesa de los señores, alargó el brazo para servirse un plato exquisito, pero una fuerza irresistible se lo retuvo, impidiéndole de hacerlo; segunda y tercera vez sucedió lo mismo. Con lo cual su espíritu, celestialmente iluminado, comprendió que el Señor le llamaba a un ejercicio perpetuo del ayuno.

Desde aquel momento comenzó a practicar una abstinencia tan rígida como la que en otros tiempos practicaron los solitarios del desierto, y perseveró en ella hasta la muerte.

Renunció a la mesa señorial e hizo la resolución de ayunar toda la vida a pan y agua. Él mismo salía a comprarse el pan a fin de poderlo escoger del peor y más seco. Después, bebía agua de una de las fuentes de la ciudad. Los días festivos se permitía añadir al pan algunas hierbas, que iba a buscar en la montaña de Montjuich.

Podemos decir que con la ejemplaridad de aquellas abstinencias inauguró el Doctor Oriol su gran apostolado en Barcelona. Resultaban ellas más eficaces que elocuentes sermones. Las conocía toda la ciudad. Era por ellas el Santo una continua exhortación a la mortificación cristiana.

A los nueve años de desempeñar su cargo, lo dejó, con gran sentimiento de los señores y de sus hijos, que le hubieran querido retener para siempre. Pero había fallecido su madre, y no era ya precaria la situación de sus hermanastros, por lo cual se creyó relevado del deber de ayudarles. Por otra parte, tenía el proyecto de visitar la Ciudad Eterna para venerar los sepulcros de los Apóstoles y ofrendar su homenaje al Padre Santo, que era a la sazón Inocencio XI, elevado en nuestros días al honor de los altares.

En efecto, obtenido el permiso de todos sus superiores y provisto de letras de recomendación altamente honoríficas, emprendió el viaje a pie y vestido de peregrino, en 1686. Estuvo en Roma ocho o nueve meses. Y el Papa le otorgó un beneficio de la Parroquia del Pino de Barcelona.

Hasta la muerte formará parte de tan preclara comunidad de Beneficiados. Vivió siempre en los alrededores de la iglesia, pero nunca en casa o piso propios, sino en alguna buhardilla realquilada.

Sus muebles y enseres eran pocos: una mesa de estudio, un banco y una estera para dormir; una silla de brazos, una caja de madera para la ropa, un Crucifijo para la oración, algunos libros, un cántaro y una palangana. Era extremadamente limpio. Se lavaba y cosía la ropa... No puede concebirse más sobriedad y modestia.

¿Qué decir de su caridad? Repartía a los pobres todo el dinero que no le era absolutamente necesario.

Estando un día en el coro, manifestó cierta desazón que extrañó al beneficiado que se sentaba a su lado. Preguntóle qué le ocurría, y contestó: «Es que me he encontrado un diablillo en el bolsillo». Era una moneda de plata que no sabía llevara encima y que, saliendo inmediatamente, fue a entregar a un mendigo, continuando después su rezo coral con la devoción acostumbrada.

Frecuentaba los hospitales y las cárceles; predicaba a los soldados; reunía a los niños en algún patio y les enseñaba el Catecismo; conversaba con los pobres; su trato con todos era siempre dulcísimo. Con esta suavidad conquistaba innumerables corazones. Su apostolado caritativo fue para Barcelona una bendición inmensa.

Digamos algo, finalmente, de su espíritu de oración y su vida extática. Se le veía rezar en diversas iglesias y por las calles.

En su aposento, los raptos durante sus meditaciones eran frecuentes, y muchas veces los acecharon por las rendijas varios sacerdotes y fieles.

El Señor le sublimaba, levantándolo del suelo.

Cuatro años antes de su muerte, encendido en grandes deseos de martirio y en una inmensa caridad para con las almas de los infieles, resolvió el Santo partir otra vez a Roma y presentarse para que la Santa Sede le destinara a las Misiones de Oriente.

Salió de Barcelona el 2 de abril de 1698. Un buen obrero, que le apreciaba mucho, quiso acompañarle un trecho. A pocas horas, entraron en una posada, donde el obrero comió con vivo apetito, creyendo que el Santo pagaría el gasto.

En el momento del pago se convenció de que el sacerdote peregrino no llevaba encima ni una sola moneda. Entonces, el Doctor Oriol, compadecido de su confusión, cogió un rábano de la mesa y lo fue cortando en rodajitas, que se convirtieron en las monedas necesarias.

Con muchas incomodidades, comiendo de caridad y caminando, siempre a pie, llegó a Marsella, donde enfermó gravemente. Durante su dolencia se le apareció la Santísima Virgen y le mandó que regresara a Barcelona. Así lo hizo, por mar, embarcándose en una pequeña nave de un patrón de Blanes, que le profesó en adelante grande afecto, porque fue testigo de sus virtudes y también de un rapto maravilloso, a bordo, que le levantó en el aire, con estupefacción de todos los tripulantes.

Barcelona se alborozó de alegría al retorno del Doctor Oriol. Y desde entonces empezó un nuevo período de su vida —el último—, durante el cual se manifiesta a sus conciudadanos con un nuevo poder celestial: el de «curar de gracia», como se decía muy teológicamente, es decir, el de sanar a los enfermos por don gratuito de Dios, mediante su bendición.

Los prodigios podemos decir que fueron innumerables. La hora establecida para curar a los enfermos era terminadas las Vísperas del coro de la iglesia del Pino, hacia las tres de la tarde, en la capilla del Santísimo.

Hacía oración un cuarto de hora ante una imagen de San Pedro y salía hacia los enfermos, alineados en la barandilla del comulgatorio. Les hacía rezar tres Credos o tres Salves, les exhortaba al arrepentimiento y a la confianza en Dios. Acompañábale un monaguillo con el calderillo del agua bendita y el aspersorio.

Puesto que tenía también el don de penetrar los corazones, a algunos les aplazaba la curación hasta que se hubiesen reconciliado con Dios, a otros les dejaba sin curar porque así convenía a su bien espiritual.

Muchos eran los enfermos que iban a la iglesia del Pino unos, barceloneses; otros, venidos de diversas poblaciones de Cataluña... Con frecuencia las curaciones tenían el carácter de estupendos milagros.

Entre ellos, alcanzaron singular resonancia la súbita curación de un muchacho apodado el Trempat, evitándole la amputación de una pierna ya gangrenada; y, la más instantánea, de un deforme paralítico, llamado el Bergant, que pedía limosna a las puertas de la Parroquia.

José Oriol profetizó su próxima muerte y enfermó a principios de marzo de 1702, de pleuresía. Pidió a un cuchillero de la calle de la Daguería una habitación donde pasar sus últimos días. Desahuciado de los médicos, recibidos los Sacramentos con gran consolación espiritual, rodeado de buena gente del barrio y de amigos sacerdotes y seglares, asistido por su confesor, dulcificada su agonía por la escolanía de la capilla del Palau, de cuyo maestro solicitó le fuese cantado el Stabat Mater en memoria de los Dolores de la Virgen, con la dulce rememoración de Jesús agonizante en la Cruz, expiró en las primeras horas del día 23 del mismo marzo.

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