Soporte
José Gros y Raguer, San Jorge
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

San Jorge

M√°rtir en la persecuci√≥n general de Diocleciano, a principios del siglo IV. Hab√≠a nacido hacia el a√Īo 280, en Oriente, siendo su patria Siria, seg√ļn unos, y Capadocia, seg√ļn otros. Sus padres eran cristianos, probablemente naturales de Palestina. ‚ÄĒ Fiesta: 23 de abril.

Ya a partir de la misma √©poca de su martirio, fueron tan numerosos los relatos sobre San Jorge, que necesariamente ocurri√≥ lo que suele ocurrir cuando son muchos, y de distintos pa√≠ses, los autores de una narraci√≥n determinada. Unos por carecer de datos precisos, otros por descuido o ligereza, otros por una devoci√≥n mal entendida, cambian o a√Īaden pormenores y episodios, en perjuicio de la primitiva y ver√≠dica historia. As√≠ ha sucedido con San Jorge. Claro est√° que semejante abundancia de narraciones, m√°s o menos divergentes, son la mejor demostraci√≥n de la popularidad del Santo y de la general veneraci√≥n que todos los pueblos le han profesado. Diremos lo que puede ser considerado como cierto, por proceder de las fuentes m√°s autorizadas, prescindiendo de todo aquello que m√°s bien tiene car√°cter legendario.

Había recibido Jorge una educación cristiana, al par que una instrucción muy esmerada, en consonancia con su familia, que era rica y poderosa. Siguió, como su padre, la carrera militar; y, por su comportamiento, su ingenio y modales, no tardó en granjearse el aprecio en el ejército romano, donde servía, siendo nombrado capitán de la guardia del palacio que el emperador Diocleciano poseía en la ciudad de Nicomedia.

Eran numerosos los oficiales cristianos, especialmente en el ej√©rcito de Oriente. Al decretar Diocleciano la famosa persecuci√≥n que hab√≠a de ensangrentar todas las tierras del Imperio, fueron muchos, entre ellos, los que abandonaron la milicia. Otros prefirieron continuar en el ej√©rcito, profesando ocultamente la religi√≥n verdadera, dispuestos a sufrir el martirio, si alg√ļn d√≠a eran descubiertos.

El edicto persecutorio, promulgado en Nicomedia, ordenaba derribar todos los templos cristianos (hab√≠anse construido algunos, sobre todo en Oriente, en el intervalo de paz que precedi√≥ a esta persecuci√≥n) y privar a todos los fieles al cristianismo, de cualquier dignidad o cargo p√ļblico.

No contenía el decreto otra medida de mayor violencia. Pero la persecución fue arreciando poco a poco.

Dos veces se produjo un incendio en el palacio imperial, y Galerio César, adjunto de Diocleciano y gobernador de gran parte de aquellas regiones, acusó del incendio a los cristianos, tomando contra ellos las más duras represalias. Pronto salió un nuevo decreto ordenando que todos los fieles adorasen a los ídolos del paganismo.

Jorge, sinti√©ndose con br√≠os, crey√≥se en el deber de defender p√ļblicamente su Religi√≥n contra tama√Īa tiran√≠a.

A la sazón se hallaba Diocleciano en Nicomedia, junto con la emperatriz Alejandra.

Lo primero que hizo Jorge fue distribuir todo su dinero a los pobres. Despidió a sus criados y se dispuso al martirio, muy animoso.

Presentóse al emperador, declarando que era cristiano y protestando, con gran sabiduría y elocuentes razonamientos, contra los decretos persecutorios.

Diocleciano le contest√≥: ¬ęJoven capit√°n, reflexionadlo bien y pensad en vuestro porvenir¬Ľ.

Y para estimularle a la adoración de los falsos dioses, le prometió grandes distinciones y dignidades, amenazándole, a la vez, con durísimas penas si no se decidía a ejecutar sus mandatos.

Replic√≥le Jorge que eran in√ļtiles aquellas promesas y amenazas. Indignado Diocleciano ante tan inesperada respuesta, mand√≥ encerrarle en una tenebrosa c√°rcel.

Comenzaron enseguida los tormentos del M√°rtir: azotes, garfios de hierro que le arrancaban la carne, ba√Īos de cal viva, introducci√≥n en un tonel lleno de agudos clavos. Pero el esforzado capit√°n lo sufri√≥ todo sin exhalar una sola queja, con sobrenatural entereza, contemplando con admiraci√≥n c√≥mo se curaban milagrosamente sus llagas...

El juez encargado del proceso de Jorge orden√≥ que le propinaran una p√≥cima venenosa, la cual no le caus√≥ da√Īo alguno. Creyendo entonces que todos aquellos prodigios eran debidos a un desconocido y maravilloso arte m√°gico, le invit√≥ a que resucitase a un muerto, para probar el poder de Dios.

Jorge fue conducido ante un sepulcro, invoc√≥ all√≠ el nombre del Se√Īor, y sali√≥ inmediatamente el difunto que en el mismo estaba enterrado.

Tan grandes milagros no consiguieron vencer la obstinación pagana. Diocleciano intentó una vez más convencer a Jorge, prometiéndole los honores más encumbrados si sacrificaba a los dioses del Estado.

¬ę¬ŅA qu√© dioses? ‚ÄĒpregunt√≥ Jorge‚ÄĒ. Vamos a verlos‚ÄĚ. Y pidi√≥ que le acompa√Īasen a un templo pr√≥ximo.

Habiendo entrado en √©l, increp√≥ a uno de los √≠dolos, intim√°ndole a que proclamase la existencia de un solo Dios. La estatua respondi√≥ con una se√Īal afirmativa, con gran asombro de todos los presentes. Entonces hizo Jorge la se√Īal de la Cruz, y los √≠dolos cayeron de sus pedestales.

Este estupendo suceso ocasionó la conversión de muchos gentiles y la de la misma emperatriz Alejandra.

Diocleciano, en un acceso de furor, la hizo decapitar, juntamente con tres de sus pajes, llamados Apolino, Isaac y Crótalo, cuya fiesta se celebra en muchas partes de Oriente, el día 21 de abril.

Renunci√≥ el emperador a nuevas tentativas; y persuadido de que era invencible la fe de Jorge, pronunci√≥ la sentencia final. El Santo fue atado a la cola de un brioso caballo y arrastrado as√≠ por las calles de la ciudad. Despu√©s fue b√°rbaramente decapitado, en las afueras. Su cuerpo fue trasladado m√°s tarde a Lydda, poblaci√≥n de Tierra Santa, tal como √©l mismo, seg√ļn parece, hab√≠a dispuesto.

El culto a San Jorge se extendió pronto por todo el Oriente, y fueron numerosas las peregrinaciones a su sepulcro. A ellas se debe principalmente la veneración que también en el Occidente se le profesa. Todos los peregrinos que iban de aquí a Palestina, visitaban la tumba del Santo, que estaba en una magnífica basílica, construida probablemente por Constantino, el primer emperador cristiano, muy entrado ya el siglo IV.

Muchas otras iglesias han sido dedicadas a San Jorge, en diversos lugares de la cristiandad. Constantinopla tenía antiguamente cinco o seis. Diversos monasterios orientales reconocían por Patrón a San Jorge.

A fines del siglo VII, el Papa León II dedicó en Roma un templo a los mártires San Jorge y San Sebastián, capitanes uno y otro de la guardia imperial.

Un siglo m√°s tarde era transportada a Roma la cabeza de San Jorge y desde entonces creci√≥ notablemente su culto en la Ciudad Eterna y difundi√≥se pronto por Francia, por Espa√Īa y otros pa√≠ses vecinos.

Son muchos los reinos y naciones que tienen a San Jorge por Patrón, por haberles auxiliado en sus luchas contra los sarracenos u otros enemigos.

Durante la Edad Media le invocaban todos los guerreros en los momentos de mayor peligro. Inglaterra, Lituania, Suecia, Rusia, Génova y otros estados se han honrado con su dicho patrocinio.

Los reinos de la gloriosa Corona de Arag√≥n le veneraron siempre con gran entusiasmo. Valencia, Catalu√Īa y Arag√≥n le dedican todav√≠a solemnes festejos, y es singularmente famosa la tradicional feria de las rosas con que celebra su d√≠a todos los a√Īos Barcelona la Ciudad de los Condes.

Son esas devociones nacionales y locales las que, a través de los siglos, han creado en torno de la figura del Santo hermosas leyendas, celosamente transmitidas hasta nuestros días.

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico