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José Gros y Raguer, San Isidoro de Sevilla
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San Isidoro de Sevilla

En la «Divina Comedia», Dante ve en el Paraíso «llamear el espíritu ardiente de Isidoro». El espíritu de aquel gran varón que fue lumbrera de España, Padre de la Patria, «puente entre dos edades, depositario del saber antiguo y heraldo de la ciencia medieval», proclamado más tarde Doctor de la universal Iglesia. Grandeza, hermanada con una admirable humildad. Cuando, ya octogenario, se siente morir, se hace trasladar a la Basílica hispalense de San Vicente. Colocado ante el altar, reza en voz alta con toda la multitud, que solloza por la pérdida de su Pastor, y después dirige al pueblo estas palabras: «Perdonadme todas las faltas que he cometido contra vosotros: si miré con ira a alguno; si, irritado, molesté a alguno con mis palabras..”.. Dos obispos, por voluntad suya, le vistieron un cilicio y derramaron sobre él un puñado de ceniza, en forma de cruz, mientras el Prelado suplicaba «indulgencia» y volaba enseguida a recibir el premio inmarcesible. — Fiesta: 4 de abril. Misa propia.

Huyendo de Justiniano y de los invasores bizantinos, y después de abandonar sus posesiones de Cartagena, llegaron a Sevilla los padres de Isidoro, hacia la irritad del siglo VI. En dicha ciudad y hacia el año 556 nació el hijo menor del matrimonio, por cierto muy cristiano, que había de ser el hombre más docto de su tiempo. Fueron hermanos suyos otros tres Santos: Leandro, Florentina y Fulgencio.

De los padres, poco nos dice la Historia. Él, llamado Severiano, más orgulloso de su lealtad al rey que de conservar sus posesiones, antes que faltar a aquélla se condenó voluntariamente al destierro; debió fallecer poco después del nacimiento de Isidoro. La madre bendecía el providencial exilio, «porque le había hecho conocer a Dios».

De Florentina sabemos que, dócil a la vocación religiosa, entró en un monasterio sevillano. Fulgencio fue Obispo de Écija. Leandro, el mayor, ocupó la Sede de Sevilla desde el año 578.

Bajo la dirección espiritual y el mecenazgo de Leandro, se educó Isidoro, desde su infancia, en el Monasterio que aquél había fundado y del cual era Abad. Educación severa y rígida, honda y compleja, en convivencia con otros jóvenes que venían de toda la Península, atraídos por la fama de santidad y sabiduría de tan eximio guía de espíritus.

Leandro procuró que ya, desde sus primeros años, llevara Isidoro una vida regular perfecta, sometida a una disciplina prudente y esmerada. De ahí que se pueda afirmar que el hermano menor siguió casi al detalle las huellas del mayor, entregado en todo momento al servicio del culto, del saber y trabajo.

Muy joven aún, se consagra Isidoro al Señor, lleno de santo entusiasmo, y recibe de manos de su propio hermano y Obispo el hábito monacal, entregándose enseguida, con ardor, al estudio de todas las ciencias y resultando un lector infatigable de prodigiosa memoria.

Cuando estalla la última lucha entre el arrianismo y el catolicismo, al apoyar el rey Leovigildo la herejía y ser desterrado por éste el Obispo Leandro, Isidoro empieza a distinguirse como defensor de la fe, y pronto se le persigue y amenaza.

Muerto el Rey —586—, y decidida la victoria del catolicismo al abjurar Recaredo de la herejía, regresan a Sevilla los dos hermanos: Leandro como Obispo, e Isidoro, apenas cumplidos treinta años, para encargarse, por delegación de aquél, de la dirección del Monasterio, como Abad sucesor.

A partir de este instante, tres facetas principales pueden considerarse en la vida de nuestro Santo

I. Padre y forjador de monjes. Al hacerse cargo de la dirección monacal, observó que para la perfecta «vida de perfección» monástica, era preciso instituir un código de leyes que regularan la vida en comunidad, los derechos y deberes de superiores y súbditos, señalando los elementos fundamentales de la vida conventual, resumidos así por Isidoro: «La renuncia completa de sí mismo, la estabilidad en el monasterio o perseverancia, la pobreza, la oración litúrgica, la lección y el trabajo».

Prohíbe los peculios particulares, causa de relajación en la vida monacal y motivo de muchos abusos; en contra de ellos formula el siguiente aforismo: «Todo cuanto el monje adquiere, para el Monasterio lo adquiere».

Como quiera que en la ociosidad, «madre de todos los vicios», ve también otro mortal enemigo de la vida monástica, determina la obligatoriedad del trabajo para todos sus monjes. Trabajo no sólo manual y físico —debiendo procurarse ellos con cultivos adecuados y demás, lo necesario para su sustento— sino, sobre todo, intelectual.

Para ello determina que sea la biblioteca el lugar más importante del Monasterio, después de la Iglesia, y no escatima medio ni sacrificio alguno para dotar a aquélla de todos los códices y libros posibles conocidos, antiguos y coetáneos, religiosos y profanos, que tenían para él casi carácter sagrado, llegando a imponer castigo y penitencia si algún monje estropeaba o deterioraba alguno. Por éste su interés en el estudio, reglamenta que, aparte del de cada cual en privado, se añadan lecturas durante otros ratos, así como en el refectorio.

Igualmente establece conferencias en determinados días de la semana y obliga a los monjes a la copia de códices y manuscritos, especialmente de los Libros Sagrados, ya que la Biblia ocupa siempre en el pensamiento y estudios de Isidoro, puesto destacado de honor; pues ella «encierra la suma de los misterios y sacramentos divinos; es el arca sagrada que guarda las cosas antiguas y las nuevas del tesoro del Señor».

II. Doctor universal y escritor fecundo. Aparte su alta dirección espiritual en la formación y santidad de sus monjes, él siempre delante con el más sublime ejemplo, es también modelo de ellos en el trabajo intelectual, de una actividad y fecundidad asombrosas, hasta en el supuesto que pudiéramos considerarlo trasladado a nuestra época.

Conocidos son los esfuerzos que hiciera para unificar el texto latino de las Sagradas Escrituras; contándose entre sus obras principales el «Libro de los Proemios», que contiene una breve introducción a cada uno de los Libros Sagrados. El más importante y de inmortal memoria, su libro de las «Etimologías», enciclopedia completa de todas las ciencias y materias hasta entonces conocidas.

También dedica su enorme e inagotable estudio y saber a las ciencias históricas, habiéndonos legado como testimonio de ello, su «Historia de los godos, vándalos y suevos», «La Crónica Mayor» y el «Libro de los varones ilustres».

Es San Isidoro, por su inmensa capacidad asimiladora y asombrosa realidad transmisora, el verdadero salvador de la literatura de la Antigüedad, «ocupando por ello un lugar singularísimo en la historia de la cultura europea».

III. Obispo de Sevilla y Padre de Obispos. En el año 600 sucede a su hermano Leandro en la sede hispalense, al igual que antes le sucediera en el gobierno monástico, pero también, como entonces, elevando y superando la actividad y perfección en el cargo.

Predica por doquier, gobierna con energía y celo máximo la Diócesis, reúne concilios —uno en 619, otro en 625—, promulga sabios decretos para promover la cultura del clero («la porción más escogida de la heredad del Señor», según sus palabras), y mejorar las costumbres en general.

Convierte a un obispo oriental que predicaba el eutiquianismo, y confunde a un prelado godo que intentaba resucitar el arrianismo. Y pues la herejía arriana intentaba penetrar de nuevo en las filas clericales, realiza una depuración a fondo entre los sacerdotes de su magisterio dependientes, prefiriendo pocos y buenos a muchos carentes de espíritu sacerdotal.

Cuenta para ello con la escuela catedralicia, donde los aspirantes al sacerdocio, viviendo en comunidad, son educados religiosa e intelectualmente en forma adecuada.

Su magisterio pastoral llega incluso a Toledo e irradia desde allí a toda la Península; en el año 633 se celebra en Toledo el IV Concilio, convocado por Isidoro y por él presidido, a fin de dotar a la Iglesia hispana de una legislación que asegure el porvenir de la misma, la estabilidad y continuidad de sus instituciones, y reorganice al propio tiempo la vida religiosa y clerical.

El obispo era, en aquella época, investido de doble personalidad, política y religiosa, influyendo notablemente en los actos de los gobernantes; él aconseja, en las instrucciones que dictó a los obispos de España, anteponer las obligaciones episcopales sobre las de cualquier orden, debiendo visitar anualmente las iglesias confiadas a su pastoral cuidado, por sí o por delegados, velando de esta manera por la buena marcha espiritual y aun material de aquéllas.

Esta política de buen celo pastoral se inspira, sin embargo, en el más ferviente patriotismo, armonizando y hermanando perfectamente las obligaciones pastorales con los deberes patrios; se siente orgulloso de ser español y vivir en la época de los grandes Reyes y Concilios toledanos.

Era tal su amor y pasión por España, que de ello dejó constancia en uno de sus más hermosos libros, «Laudes Hispaniae». «De todas las tierras que hay desde el Océano a la India, tú eres la más hermosa, oh Hispania sagrada, madre siempre feliz de príncipes y pueblos. Tú eres la gloria y el ornamento del orbe, la reina de las provincias, la parte más ilustre de la tierra, la que fue amada para crear en ella un imperio glorioso por la majestad real y el brillo de las riquezas”.

Así escribió, con visión anticipada y profética, sobre la grandeza y destino históricos de nuestra Patria.

En medio, sin embargo, de sus abrumadores trabajos como maestro, escritor y obispo, consejero de reyes, director de Concilios, organizador del reino y defensor constante de la fe y de la Iglesia, Isidoro parecía sentir la nostalgia y añoranza del retiro monacal.

«Ay, pobre de mí —exclama en el tercer libro de las «Sentencias»— pues me veo atado por muchos lazos que es imposible romper. Si continúo al frente del gobierno eclesiástico, el recuerdo de mis pecados me aterra, y si me retiro de los negocios mundanos, tiemblo más todavía, pensando en el crimen del que abandona la grey de Cristo”. Estas palabras son el más claro testimonio de la intensa y mística vida espiritual que aquel sin par sabio y sabio gobernante llevaba.

Cumplidos ya los ochenta años, aún predicaba a su pueblo y aconsejaba a sus hijos, con amor y humildad; mas agotado de tantos y tan continuados trabajos y esfuerzos, sucumbe a causa de una maligna enfermedad y, devorado por la fiebre, se despega de su fecunda vida corporal hacia la eterna, el día 4 de abril del año 636.

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