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Jos茅 Gros y Raguer, San Hugo el Grande
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San Hugo el Grande

Naci贸 en Semur, junto al Loira, a principios del siglo XI. Su padre, Dalmacio, se帽or feudal de la primera Edad Media, sin ley y sin conciencia, intent贸 formar a su hijo en sus mismos principios, pero Hugo, formado por su santa madre, logra primero irse al lado de su t铆o, el Obispo de Ch谩lons; mas no encontrando tampoco all铆 ambiente adecuado, refugi贸se al fin en Cluny, en donde lleg贸 a ser Prior a los veinte a帽os, y cuatro a帽os m谩s tarde, Abad General de toda la Orden. Desde entonces, y durante m谩s de sesenta a帽os, no hay acontecimiento importante en la Iglesia en el que no intervenga con su prestigio singular: le vernos en Concilios, junto a reyes y emperadores y al lado de los Papas. Bajo su gobierno lleg贸 la Orden Cluniacense a su m谩ximo apogeo, y a 茅l le debe su organizaci贸n definitiva. Muri贸 en 1109. 鈥� Fiesta: 26 de abril.

En Semur, desde cuyo castillo se dominan las llanuras de Borgo帽a, vino al mundo en el a帽o 1024, de padres nobles, Hugo, que hab铆a de ser con el tiempo una de las mayores glorias cluniacenses.

Su padre, Dalmacio, se帽or feudal sin freno ni caridad, viv铆a explotando a las sencillas gentes borgo帽esas, y pretend铆a ense帽ar a su hijo todas las malas artes de su vida. Si bien observaba, con sorpresa, que el peque帽o Hugo ten铆a horror a todo aquello; es m谩s, secretamente alentado por su virtuosa madre, que cristianamente iba formando y modelando su tierna alma, ya de natural recta, logra trasladarse a Ch谩lons, junto a su t铆o, obispo de la ciudad; y como tampoco all铆 encuentra ambiente propicio a su inclinaci贸n al recogimiento, lo abandona despu茅s y se refugia en Cluny.

El se帽or de Semur, que hab铆a visto en su hijo un joven despierto, de buena presencia y dotes envidiables, mont贸 en c贸lera ante aquella decisi贸n. No obstante, y contra la voluntad paterna, Hugo qued贸se en Cluny.

Aquel esp铆ritu brav铆o y desp贸tico lleg贸, sin embargo, a sentirse luego orgulloso de su hijo, pues pasando una vez cerca de la Abad铆a, quiso por curiosidad verlo con el 谩spero sayo monacal. Y su amor paternal, renacido, vio tantas gracias en el joven Hugo, que confes贸 no haberlo visto nunca tan digno de aprecio.

Desde entonces no volvi贸 a molestarle con reflexiones ni reprimendas.

A los veinte a帽os Hugo era Prior, y cuatro a帽os m谩s tarde fue elegido, por aclamaci贸n un谩nime, Abad General de toda la Orden.

A partir de aquel momento y durante una muy larga existencia, se consagr贸 por entero a las dos obras fundamentales de su vida: la defensa y pureza de la fe y la organizaci贸n definitiva cluniacense.

Le encontramos en los Concilios, en las elecciones pontificias, animando la cruzada, poniendo paz entre los emperadores y los pueblos que se agitan en la frontera oriental del imperio; al lado de los reyes y pr铆ncipes, confundiendo a los herejes, recorriendo en su mulilla abacial todos los pa铆ses, para implantar los principios renovadores, emanados de Roma, deponiendo, si era preciso, a los abades y obispos indignos.

Le hallamos en la cuesti贸n m谩s grave de aquella 茅poca: las investiduras; y en su momento culminante, en Canosa, Hugo se presenta para servir de puente mediador entre el emperador rebelde, Enrique IV, y la voluntad indomable del Pont铆fice, San Gregorio VII.

El emperador Enrique III le miraba con veneraci贸n profunda: 芦Recibir tus cartas 鈥攍e escrib铆a鈥� es uno de mis mayores contentos y satisfacciones. S茅 muy bien el ardor con que te entregas a las cosas divinas; nada tengo que decir a tu negativa de venir a la Corte, alegando las distancias; te disculpo, con la condici贸n de que vengas a Colonia para sacar de pila y dar tu bendici贸n paternal al hijo que me acaba de nacer禄.

Accedi贸 Hugo: santific贸 al ni帽o en las fuentes bautismales y 茅ste, m谩s tarde Enrique IV, lo llamar谩, por ello, su padre. Tales eran las relaciones del Abad de Cluny con el perseguidor de Gregorio VII; mas tal amistad no le hizo jam谩s vacilar en su deber, hasta el punto de poder asegurarse que, aparte de San Pedro Dami谩n, su gran amigo, no tuvo el Papado m谩s poderoso auxiliar y generoso defensor.

Gregorio VII lo invitaba por ello para consultarle en sus grandes apuros y recibir el consuelo en sus tribulaciones.

Sus mejores sentimientos de gratitud fueron, en todo momento, para Alfonso VI de Castilla, que se hab铆a mostrado espl茅ndido con la gran Abad铆a borgo帽ona.

Hab铆a anexado a ella las principales abad铆as de su reino, como N谩jera, Due帽as y Carri贸n, y hab铆a colocado monjes cluniacenses en casi todas las sillas episcopales de Le贸n y Castilla. Durante su reinado, los cluniacenses del Abad Hugo eran due帽os de los monasterios, obispados y casi hasta de la Corte del monarca.

Todo ello era posible porque nuestro Santo, de un esp铆ritu muy superior a su 茅poca, sab铆a dominar a los m谩s fuertes caracteres; vigilar la vida de miles de monjes; y hacerse cada d铆a m谩s merecedor del apelativo de 芦Grande禄.

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