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José Gros y Raguer, San Guillermo, Prior
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San Guillermo, Prior

Vivió durante la primera mitad del siglo XII. Flor de los Alpes, tan olorosa que, después de ocho siglos, despide aún el perfume de sus ejemplos en los encumbrados montes que le vieron nacer y que conservan vivo todavía el recuerdo de sus virtudes. — Fiesta: 31 de marzo.

Sus padres eran pobres, y él había venido al mundo falto de la mano derecha. Muy joven, dedicóse ya al oficio de pastor. En medio de los rebaños que se le confiaron supo santificarse con la oración y la práctica de hermosas virtudes. Educado desde sus primeros años en el santo temor y amor de Dios, los fomentó en su corazón.

Los monjes del Monasterio de Calme, situado en los altos parajes de donde era nativo, se prendaron de él por su modestia y piedad, y le tomaron a su servicio. El Monasterio poseía abundantes pastos en aquellas cumbres, y algunos rebaños. Una parte de éstos fue confiada a Guillermo. El virtuoso joven solía vigilarlos largos ratos desde un pico que más tarde recibió su nombre. El imponente silencio de los montes y la constante visión de tan grandioso espectáculo levantaban su espíritu a la más sublime contemplación. Y cada día sentíase mejor dispuesta el alma y se acercaba más a Dios.

En las alturas de aquellos peñascales y bajo la nitidez del firmamento, bien puede decirse que vivía entre los ángeles. El Señor le concedió poder entablar con ellos, a menudo, deliciosos coloquios.

Un día se le apareció un ángel para decirle que se presentase al Prior del Monasterio y le intimase este aviso del Cielo «Los dos ríos —el Duranzo y el Guil— en cuya confluencia estaba situado el edificio, se desatarían dentro de poco y saldrían de madre durante una tempestad, invadiendo todo el llano y sumergiendo el poblado. Era, pues, preciso que los monjes se precaviesen trasladando su residencia a otro sitio».

El pastor cumplió el encargo que en nombre de Dios le acababan de hacer. Pero el Prior no dio crédito a sus palabras, creyendo que, dado su candor, había sido víctima de una sugestión. Precisamente tenía el plan de ensanchar la casa para que pudiese albergar una comunidad más numerosa.

Por segunda vez viose favorecido Guillermo con la misma visión y recibió los mismos avisos. No se mostró ya tan indiferente el Prior y comenzó a preocuparse del asunto. Si era cierto aquello, tal vez no había tiempo que perder. ¿Cuándo acontecería la inundación?...

El Señor se dignó sacarle de su angustiosa perplejidad. Por tercera vez, avisó el ángel al pastor; mas antes de enviarle al Prior le proveyó de un don precioso, que había de ser un testimonio inequívoco de su misión. Ya hemos dicho que a Guillermo le faltaba una mano. Pues bien: el ángel le agració con una mano milagrosa, la cual más tarde fue llamada la mano bajada del Cielo, y también la mano angélica.

Presentóse entonces Guillermo al Prior y le dijo así: «¿Recordáis que yo tenía una sola mano? Pues bien, para polleros demostrar que vengo de parte de Dios, Él mismo me ha mandado esta que estáis viendo».

Maravillado el Prior, y no pudiendo dudar del milagro, se dispuso a obedecer la voz del Cielo, comenzando por construir un nuevo Monasterio.

Apenas terminado y alojados los monjes, sobrevino la inundación predicha. El desastre fue tan enorme, que no sólo quedó destruido el antiguo Monasterio, sino que aquella llanura quedó para siempre convertida en un pedregal. Jamás se ha intentado edificar allí; tan sólo se erigió una cruz de madera en memoria del cenobio desaparecido.

No tardó mucho tiempo Guillermo en solicitar la admisión como monje, a la que se accedió gustosamente. Pero, habiendo el Prior descubierto en Guillermo excelentes disposiciones para las letras, determinó dedicarlo a los estudios. Fue enviado a la ciudad de Avignon, donde se consagró activamente al estudio de la Filosofía y la Teología.

Ordenado sacerdote, regresó al Monasterio, donde con sus ejemplos contribuyó a mantener vivas la piedad y la observancia monacal de toda la comunidad. Era recordado, con entusiasmo, el milagro de aquella mano que le permitía ofrecer el santo Sacrificio.

Sentíase veneración por el antiguo pastorcillo, por parte de los monjes y de los pobladores de los lugares vecinos. Llamábanle el Santo, con gran confusión de Guillermo que se esforzaba por hacer comprender a cuantos se le acercaban para contemplar aquella mano celeste, que no habían de ver en ella sus méritos, sino la misericordia y largueza de Dios.

Algunos años más tarde fue elegido prior. Y no hay por qué decir que desempeñó el cargo con admirable diligencia, edificando a todos sus súbditos.

Fuera del convento, estaba confiada a los monjes, especialmente en los días festivos, la dirección de muchas parroquias vecinas, a causa de la escasez de sacerdotes. Así, pues, el campo de acción del Prior y la ejemplaridad de sus virtudes se extendieron por toda la comarca.

Y llegó el momento de su muerte, después de la cual quiso Dios manifestar claramente la gloria de su siervo. Al día siguiente del sepelio, vieron los monjes una mano encima del sepulcro: era la diestra del Prior difunto. La enterraron de nuevo, mas el milagro se reprodujo otras dos veces.

Entonces, temerosos de resistir a la voz divina, notificaron el hecho al Arzobispo de Embrún, quien ordenó que guardasen la mano para que fuese venerada por los fieles.

Esta reliquia ha obrado muchos prodigios. Salvada de las profanaciones de los herejes hugonotes, que devastaron aquellas alturas alpinas, trocóse en precioso tesoro de la parroquia de Eygliers, al ser suprimido el Monasterio.

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