San Feliciano, juntamente con San Primo, su hermano, aunque criados en la idolatrÃa, fueron convertidos a la fe de Cristo por el celo del Papa San Félix I; y después de una larga vida de intrepidez en la defensa de sus creencias, y de caridad, repartiendo todos sus bienes a los pobres y acompañando y alentando a los santos mártires y confesores, sufrieron también ellos el martirio, con atroces tormentos, en el monte Celio de Roma, en tiempos de los emperadores Maximiano y Diocleciano. — Fiesta: 9 de junio.
Vivió nuestro Santo a lo largo del siglo III, en Roma. Formados él y su hermano San Primo en las supersticiones de la idolatrÃa, pronto conocieron la falsedad de las mismas y. convertidos a la fe de Cristo, fueron fortaleciéndose en ella durante el tiempo de varias persecuciones, burlando la crueldad de sucesivos emperadores, no obstante su celo e intrepidez en socorrer con crecidas limosnas y reparto de sus bienes a gran número de cristianos.
Durante más de treinta años, Feliciano y Primo, desafiando constantemente a los tiranos, hacÃan triunfar la caridad cristiana en medio del más abyecto paganismo; y cuando los sacerdotes de los Ãdolos, conocedores de las maravillas que obraban, publicaron por todas partes que los dioses no querÃan revelar oráculos hasta que los cristianos Primo y Feliciano fuesen castigados o se les obligase a ofrecerles sacrificios, Diocleciano y Maximiano, ante tales amenazas y denunciaciones de los dioses, hicieron sublevar la ciudad y toda la corte contra los dos hermanos, los cuales, cargados de cadenas, fueron llevados a su presencia.
Ambos confesaron valerosamente que no habÃa otro verdadero Dios que el Dios de los cristianos, y al no hacer caso de las amenazas e intimidaciones, exasperados Diocleciano y Maximiano Hercúleo, mandaron despedazarlos con crueles azotes y que después les arrancaran la piel con unas tenazas.
No obstante la avanzada edad de los dos hermanos y el espantoso dolor de tan terrible suplicio, sufriéronlo con alegrÃa y el Señor curó luego milagrosamente sus heridas. Al saber esto, los Emperadores, para no sufrir la vergüenza de ser vencidos por la firmeza de aquellos dos ancianos, mandaron entregarlos al gobernador Promoto, que odiaba ferozmente a los cristianos.
Llamó el gobernador aparte a Feliciano intentando seducirlo con halagos, primeramente; pero irritado luego al ver su constancia en confesar a Cristo, ordenó que en el mismo calabozo fuese enclavado en un madero, dejándole asà por espacio de tres dÃas enteros, sin alimento ni alivio alguno, en la esperanza de que le harÃan perder el ánimo los agudÃsimos dolores de tal suplicio. Después dijo a Primo que su hermano Feliciano habÃa abierto los ojos y ofrecido sacrificios a Júpiter y Hércules, hallándose colmado de gracias y beneficios con que le habÃan honrado los Emperadores.
San Primo, a quien Dios por medio de un ángel habÃa revelado todo lo sucedido con Feliciano, le respondió: «AdmÃrome de la seriedad y serenidad con que mientes; sé muy bien la constancia con que mi hermano Feliciano toleró los más crueles tormentos y no ignoro las celestiales e indecibles dulzuras con que Dios le está consolando en este mismo punto en que te hablo; espero que Su bondad me conceda la gracia de que no le sea yo menos fiel ni menos generoso».
Enfurecióse Promoto; .y lleno de rabiosa cólera al verse vencido por tal firmeza, mandó que le moliesen a palos y que aplicasen hachas encendidas a las llagas sangrantes.
Después de varios tormentos a los que fue sometido juntamente con Feliciano, fueron llevados ambos a las fieras en el anfiteatro; salieron dos furiosos leones asustando a todos con sus rugidos; y cuando se esperaba ver a los valerosos Mártires despedazados por sus garras y devorados, la gente contempló estupefacta cómo se echaban aquéllos a sus pies, cual mansos corderos, halagándolos blandamente con sus colas.
Asombrado el pueblo a la vista de tal prodigio, adoró y aclamó a Cristo como verdadero y único Dios, convirtiéndose allà mismo a la fe mas de 1500 personas.
Aturdido e irritado a la vez el gobernador Promoto por el vocerÃo de la muchedumbre, y humillado por la conversión de tanta gente, antes de que pudieran intentar rescatar a nuestros héroes, mandó cortar la cabeza a los dos hermanos, que consiguieron asÃ, por fin, la corona del martirio el dÃa 9 de junio del año 297.
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