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San Diego de Alcalá
Nació en San Nicolás del Puerto (Andalucía). Ingresado en la Orden de Frailes Menores, residió en los Conventos de Arrizafa, Sevilla, Canarias, Sanlúcar de Barrameda, Ara Coeli de Roma y Alcalá de Henares, donde falleció en 1463. Fue canonizado por Sixto V en 1588. Se había incoado el proceso a instancias de Felipe II, cuyo hijo Carlos fue curado instantáneamente en gravísimo trance, por invocación del Santo. - Fiesta: 13 de noviembre. Misa propia.
Una vez más cumplióse exuberantemente la promesa del divino Maestro sobre la exaltación de los humildes. La Bula de canonización se complace en hacerlo resaltar, recordando cuán ensalzado ha sido ese lego español, que quiso anonadarse en toda suerte de humillaciones.
Sus padres, de modesta y cristianísima condición, le impusieron el nombre de Diego, sinónimo de Tiago o Santiago, con los que conocemos al que fue Apóstol de España. Desde muy joven dio muestras de su futura santidad, entregándose a largas oraciones y acerbas penitencias. No queriendo otra ciencia que la preconizada por San Pablo: Jesucristo crucificado. Fue después de haber alcanzado grandes progresos en todas las virtudes, cuando solicitó el hábito del Poverello en Arrizafa (Córdoba), uno de los conventos de España restituidos a la primitiva y rigurosa observancia franciscana, hacia 1409, por Fray Pedro Santoyo. Había pasado Diego varios años de su vida alternando los ejercicios ascéticos con las tareas de artesano.
Nadie le sobrepasó en la mortificación, en la obediencia, en la pobreza, en la caridad; nadie, sobre todo, en la intensidad de la oración, en la cual a menudo los éxtasis le transportaban a un profundo conocimiento de las verdades de la fe, que dejaba estupefactos a los teólogos que acudían a interrogarle. Los raptos le elevaban principalmente ante el Crucifijo ,y ante el Sagrario.
Puede contársele también entre los grandes devotos de María. Detalle curioso: de su lámpara solía sacar las gotas de aceite con que curaba a numerosos enfermos, atribuyendo así los milagros a la Santísima Virgen. A medida que avanzó en edad, esos milagros fueron creciendo en número; y en los últimos años de su vida fueron cosa diaria.
Fray Diego estaba repleto de caridad para con los pobres, los pecadores y todos cuantos acudían a él. Fue designado Portero del convento, lo cual le daba continuas ocasiones de repartir comida, de aconsejar a los desorientados, de confortar a los afligidos. Con respecto a los socorros materiales, algunos frailes le reprocharon a veces su prodigalidad. Respondía humildemente: "No teman, Dios no puede dejar de bendecir esta clase de abusos, lejos de arruinar a la comunidad, esas limosnas atraerán hacia ella las gracias del Cielo, pues el bien hecho a los pobres es caridad hecha a Jesucristo".
De sus tiempos de Arrizafa es el hecho de haber salvado a un niño que imprudentemente se había metido y dormido en un horno, el cual fue encendido mientras tanto, sin que nadie se diera cuenta de la inevitable desgracia. Aconteció el día que el Santo fue a Sevilla. Cuando la madre del muchacho, la panadera dueña del horno, que era una pobre viuda, advirtió la tragedia por los gritos y chillidos desesperados que desde el fondo el niño daba, salió a la calle pidiendo socorro. Fray Diego le dijo en el acto: "Vete a la iglesia, de prisa, arrodíllate ante el altar de la Virgen y reza con fervor". Y mientras ella obedecía, él, acompañado de otro religioso y de un numeroso grupo de personas, se postró ante el horno, dirigió al Cielo una brevísima plegaria, y después, levantándose, dijo: "Niño, yo te lo ordeno: en nombre de Jesucristo Crucificado, sal enseguida". El pequeño avanzó decidido y sin miedo sobre los tizones ardientes y a través de las llamas, y apareció ante todos, fuera del horno, sin la menor quemadura. Los presentes aclamaron al Santo; y éste, atribuyendo el milagro a la Virgen, condujo al niño ante el altar donde todavía la madre estaba rezando.
Durante cuatro años desempeñó el cargo de Guardián en las Islas Canarias; en el convento de Fuerteventura. Habían sido descubiertas las islas en 1402 por Juan de Béthencourt e inicialmente evangelizadas por franciscanos. Muy pronto prosiguieron la tarea los frailes Menores de la Observancia, fundando, en 1422, en Fuerteventura su primer convento, de aquellos parajes. A la muerte del primer Guardián y "Vicario de la Misión de Canarias", todos los ojos recayeron en Fray Diego, que fue elegido sucesor y tuvo que trasladarse allí. Los dirigentes de la Orden se habían saltado la norma legal de no conferir ningún cargo de gobierno a un Hermano lego. Dijéronse: "La ciencia infusa suplirá lo que falta a la ciencia adquirida". En efecto, el nuevo Guardián nada dejó que desear. Fue la Regla viviente del convento. Lleno de celo por la salvación de las almas, comunicó a todos sus hermanos la generosidad y el ardor apostólico de su corazón, al cual alentaba en todo instante la esperanza de sufrir el martirio por Jesucristo en medio de aquellos indígenas entregados casi unánimemente a la idolatría. Embarcó para la Gran Canaria, con el fin de llevar allí, antes que otro misionero, la luz del Evangelio. Pero una tormenta le obligó a retroceder a Fuerteventura, donde, al poco tiempo, recibió la orden de regresar a España, yendo a Sanlúcar de Barrameda.
En 1450 celebróse en Roma el Año Jubilar y la canonización de San Bernardino de Siena. Millares de Frailes Menores se trasladaron a la Ciudad Eterna, entre ellos nuestro Santo. Es cosa imposible explicar sus fervores y la piedad con que visitó las Basílicas e iglesias. Más imposible, si cabe, describir el heroísmo con que ejerció la caridad. Gran número de religiosos venidos a Roma cayeron enfermos, víctimas de una epidemia que azotó la ciudad, y el amplio convento de Ara Coeli fue convertido en enfermería. Conocedor el Guardián del convento de las aptitudes y virtudes de Fray Diego, le confió la dirección del improvisado hospital, donde durante tres meses desplegó su celo infatigable, curando a los apestados, socorriendo a los hambrientos que allí acudían y realizando actos de admirable abnegación, al par que obrando milagros.
Encontramos al Santo otra vez en Sevilla y poco más tarde en Alcalá de Henares, donde pasa el resto de su vida, más de diez años, aureolado como siempre de fulgencias taumatúrgicas. Tendría algo más de sesenta, cuando murió besando ardientemente el Crucifijo de madera que había llevado siempre consigo. Al expirar pronunció las palabras Dulce lignum, dulces clavos, dulcia ferens pondera ("Dulce madero, que sostienes tan dulces clavos y tan dulce peso"), del himno litúrgico a la Cruz, que concluyó en el Cielo.
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