La vida de un ilustre vástago de la nobleza romana, consagrado por entero al amor de Dios. Entretejida de rezo, trabajo y pobreza, alcanza una trascendencia social de primer orden, pues no era otra que la del Padre de una inmensa familia de monjes, paladines de la cultura occidental. — Fiesta: 21 de marzo.
«Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre Benito, dotado desde su más tierna infancia de una cordura de anciano..”.
Así empieza el relato de su vida San Gregorio Magno, resumiéndola en pocas palabras y dando los trazos característicos de su personalidad.
El padre de los monjes occidentales fue varón de vida venerable, totalmente equilibrada, rico en toda clase de virtudes sobrenaturales y lleno de la sabiduría del Espíritu Santo.
Benito nació en Nursia, en los confines de la Sabina, no lejos de Roma, hacia el año 480. De familia acomodada, pronto fue mandado a la Ciudad Eterna para ampliar sus estudios. Benito entró con ilusión en el ambiente estudiantil de la gran urbe y frecuentó algunas aulas, pero, de natural bueno y con la intensa formación religiosa recibida de su familia, no quiso avenirse con la corrupción que se ocultaba tras la pompa de los grandes edificios paganos y cristianos y la seriedad de las aulas. En aquellos momentos tan peligrosos para la virtud de los jóvenes estudiantes, Benito determina dar el paso definitivo que ha de orientar toda su vida y le hará hallar su verdadera vocación; abandona las aulas y se retira al Subiaco para vivir como los tan renombrados Padres del Desierto, solo, o mejor dicho, solo con Dios.
Esta decisión, que pasó totalmente inadvertida a sus contemporáneos, tendrá más tarde gran importancia. Benito va a emprender el largo camino de la perfección; empezará viviendo unos años como anacoreta, más tarde se convertirá en fundador de cenobios ; y su Regla, fruto maduro de su propia experiencia, será durante toda la Edad Media el código sublime que seguirán miles y miles de monjes europeos.
En la soledad del Subiaco, Benito se encierra en una cueva sólo conocida por el monje Román, que le llevará los pocos pedazos de pan que hurta a su propia ración a escondidas de su abad. En su cueva, Benito vive tan ajeno a las cosas del mundo, que incluso llega a desconocer en qué día se celebra la Pascua, y se entrega al más riguroso ascetismo siguiendo el sistema de vida ya practicado por San Antonio.
Es en esta cueva donde, viviendo de continuo ante los ojos del Creador, aprenderá a gustar las experiencias de la contemplación. Vivió casi unos tres años este género de vida, adquiriendo el más absoluto dominio de sí mismo.
Pero pronto, obligado por la necesidad, tuvo que abandonar su precioso retiro. Descubierto por unos pastores y un sacerdote, la fama de su santidad se extendió pronto y afluyeron a él numerosos discípulos, deseosos de seguir su ejemplo y buscando su dirección espiritual. Por necesidad se convirtió en su Abbas, o Padre.
Después de algunas experiencias, alguna de ellas tristemente célebre, Benito, hacia el año 529, seguido de los discípulos más adictos, entre ellos Plácido y Mauro, se dirigió hacia Cassino, a medio camino de Roma a Nápoles, para fundar un nuevo monasterio.
Derruido el templo pagano, la antigua fortaleza, empezó a construir el monasterio de Montecassino. Ahí escribió su celebérrima Regla monástica que es al mismo tiempo resumen de todo cuanto se había dicho y escrito sobre la vida monástica y principio de un sinfín de nuevas comunidades, que se extenderán por todo el mundo.
Con Benito y su Regla, el movimiento monástico queda no sólo organizado, sino en cierta manera canonizado.
En Montecassino los monjes reparten el tiempo equilibradamente entre la oración común, reglamentada según las costumbres romanas, el trabajo, del que viven, el reposo y todo cuanto es necesario para el progreso del cuerpo y del alma.
El genio romano de Benito se manifiesta en todo. Se duerme y come lo necesario, se trabaja sin impedir dedicar largas horas a la oración y a la lectura de los Libros Sagrados y de las obras maestras de los Santos Padres.
Se intenta reproducir la vida de los primitivos cristianos de Jerusalén tal como la relata San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, procurando la comunidad de bienes y de mesa y haciendo que todo quede envuelto por la caridad. Y encima de todos está Benito, el verdadero Abbas, el Padre que no sólo atiende al bien espiritual, sino también al material de sus hijos. Es su padre espiritual, sabe sus interioridades, sus problemas, sus tentaciones, aparta de ellos el espíritu maligno y les conduce con mano al mismo tiempo enérgica y suave, por el camino de la perfección. La comunidad de Montecassino busca a Dios y está segura de hallarlo porque su jefe, el Santo Abad, ya lo posee.
Nuevos discípulos afluyen y la comunidad se convierte en el modelo de su género. También numerosos peregrinos subirán al monasterio para ver, hablar, pedir consejo, a Benito. Entre éstos, encontraremos obispos, abades, sacerdotes, campesinos e incluso al feroz rey de los godos, Totila.
Y todos ellos vuelven con lo que esperaban: el consejo, el alimento, el enfervorizamiento y, cuando es necesario, incluso el milagro. Así, con la sencillez que caracteriza toda su vida, Benito esparce el bien, no sólo entre sus monjes sino también entre los habitantes de las regiones circundantes.
Más tarde, cuando su ejemplo y su Regla se extiendan entre los pueblos bárbaros, vencedores del que parecía inmortal Imperio romano, los benedictinos, los cristianicen e inicien en la cultura, merecerá también el nombre de «Padre de Europa».
Entre los muchos episodios significativos de su vida, sobresale el último encuentro con su hermana Escolástica, poco antes de que ésta subiera al cielo. Sólo se entrevistaban una vez al año y aún fuera del monasterio, pasando largo rato conversando de cosas espirituales que llenaban de consuelo el alma de Escolástica, ya consagrada al Señor por la virginidad.
La última vez que se entrevistaron, Benito se despidió pronto para volver al monasterio. En vano intentó Escolástica disuadirle; pero Dios oyó su súplica: empezó a llover torrencialmente. Benito, viendo en ello la voluntad divina, continuó los santos coloquios hasta el amanecer.
Tal como había vivido, murió. Rodeado de sus discípulos que le sostenían en pie en la iglesia del monasterio, confortado con el cuerpo y la sangre de Cristo y elevando sus brazos en señal de súplica, rindió su alma al Señor el 21 de marzo del año 547.
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