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José Gros y Raguer, San Bartolomé
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San Bartolomé

Del siglo I, poco más sabernos de él que no sea su elección por parte de Cristo, para que fuese uno de los doce Apóstoles que debían continuar su misión. — Fiesta: 24 de agosto.

Ciertamente es una lástima que los Evangelistas no nos hayan transmitido más noticias acerca del Apóstol Bartolomé. Mas, los pocos pero valiosos datos consignados en la Sagrada Escritura nos permiten conocer su personalidad, a pesar de la brevedad de la relación. Los tres sinópticos se contentan con incluirlo en la lista de «los Doce», presentándolo como el «hijo de Tholmai», que es lo que significa Bartolomé, y lo colocan siempre a continuación de su amigo Felipe.

San Juan es ya más explícito y además de su nombre propio —Natanael—, y lugar de nacimiento —Caná—, nos da a conocer algún detalle de su vocación apostólica.

«Al día siguiente determinó Jesús salir para Galilea, y halla a Felipe y le dice: Sígueme. Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Halla Felipe a Natanael y le dice: “Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas igualmente, le hemos hallado: Jesús, hijo de José, el de Nazaret”. Y le dijo Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Dícele Felipe: “Ven y lo verás”. Vio Jesús a Natanael venir hacia sí y dice de él: “Ahí tenéis verdaderamente un israelita en quien no hay dolo”. Dícele Natanael: “¿De dónde me conoces?”. Respondió Jesús y le dijo: “Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi”. Respondióle Natanael: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. Respondió Jesús y le dijo: “¿Porqué te dije que te vi debajo de la higuera, crees? Mayores cosas que éstas verás”. Y le dice: “En verdad, en verdad os digo, veréis el cielo abierto y a los ángeles del cielo que suben y bajan sobre el Hijo del hombre”».

¿Qué había sucedido debajo de aquella higuera, que bastó la sencilla mención de Jesús, para que el hijo de Tholmai le reconociese inmediatamente como al Hijo de Dios, el rey de Israel? No lo sabemos, y siempre continuará siendo un secreto entre Jesús y Natanael, pero sea lo que fuere, vemos que el conocimiento manifestado por Jesús fue suficiente para que Aquel corazón generoso se le entregase sin reservas. En verdad, bien merecía la alabanza que le acababa de dirigir Cristo: Natanael era un israelita sin doblez ni engaño. Hacía sólo unos instantes que preguntaba irónicamente a su amigo Felipe: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Y ahora, ante el destello de la sabiduría divina cree, y se da enteramente. Entrando, en el acto, a formar parte del Colegio apostólico, para seguir al Maestro. Seguramente que sus compañeros no tardarían en sentir simpatía hacia él, por su veracidad y transparencia, que alejaban de su alma todo lo que pudiese tener relación con la falsedad y la malicia. Junto con ellos seguirá el largo camino de su transformación hasta llegar a ser, por obra de la gracia, un verdadero Apóstol.

Con los otros Once, y siguiendo a Jesús, recorre pueblos y aldeas, predica a las gentes. Por dos veces. es enviado junto con otro compañero a evangelizar los poblados galileos, concediéndoseles poderes de arrojar demonios y realizar milagros. Conoce lo que es la falta de tiempo para comer, y también para dormir.

Pero junto a todas las penalidades está el convivir íntimamente con Jesús, el ser testigo de sus prodigios y de su sed insaciable de hacer el bien. Ello va dejando su huella en aquel corazón abierto a la verdad, y aun cuando pasará momentos de duda terrible al ser testigo de la Pasión y Muerte del Maestro, su fe sabrá sobreponerse, y merecerá ser testigo también de su resurrección. Bartolomé está allí en el Cenáculo, cuando a través de las puertas cerradas se les aparece a los discípulos Jesús: «La paz sea con vosotros. Yo soy; no temáis. Mirad mis llagas». ¡Qué emoción! ¡Cristo está vivo! Aún le volverá a ver e incluso comerá con él: es cuando después de una noche de pesca infructuosa, Jesús se presenta en la ribera del mar de Tiberíades y les dice: «Muchachos, ¿tenéis algo de vianda? Respondiéronle: “No”. Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis”. Echáronla, pues, y ya no podían arrastrarla por la gran cantidad de peces. Cuando saltaron a tierra, vieron brasas puestas y un pescado sobre ellas, y pan. Díceles Jesús: “Venid, almorzad”. Y toma el pan y se lo reparte y asimismo el pescado».

Cuando hubieron almorzado, Bartolomé presenció cómo Jesús confería el primado a Pedro. También está luego presente en el monte Olivete el día de la Ascensión del Señor a los cielos. También sobre él descienden la fortaleza y el fuego del Espíritu Santo el día de Pentecostés. A partir de aquí los Evangelios callan, y ya no conocemos nada más de la historia de nuestro Santo. Ni siquiera sabemos exactamente dónde predicó, ni qué tierra se vio fecundada con su sangre. Según la leyenda, llevó el Evangelio hasta la India, Mesopotamia, Locoavia, Armenia y el país de los Partos. En Armenia, y por orden de Astiages, fue cruelmente martirizado por causa de su fe. Se le arrancó la piel y fue decapitado.

Poco debía pensar Natanael, en su primer encuentro con Jesús, las fatigas y penalidades que sufriría por su nombre. Pero al final de su vida aún debieron parecerle pocas, cuando abrió los ojos a la eternidad para encontrarse definitivamente con el «Hijo de Dios y Rey de Israel».

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