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Jos茅 Gros y Raguer, San Antonio de Padua
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San Antonio de Padua

Fernando, que tomar谩 el nombre de Antonio al ingresar en la Orden Franciscana, naci贸 en 1195 en Lisboa, que acababa de ser reconquistada a los musulmanes. Si hay que dar cr茅dito a ciertos cronistas, sus padres estaban emparentados con la familia de Godofredo de Bouillon. Lo cierto es que contaban a m谩s de un cruzado en su ascendencia y que nuestro Santo hered贸 de ellos, seguramente, su magnanimidad y su fortaleza. Falleci贸 en Padua, a los treinta y seis a帽os de edad. Al a帽o siguiente era canonizado por Gregorio IX; y en 1946, P铆o XII le proclamaba Doctor de la Iglesia Universal. 鈥� Fiesta: 13 de junio. Misa propia.

Poco sabemos de la juventud de este gran predicador popular, pero s铆 que se consagr贸 pronto al Se帽or en el convento de Can贸nigos Regulares de San Agust铆n, de San Vicente extramuros de su ciudad natal; y que, disgustado sin duda por el poco recogimiento que pod铆a gozar all铆, a causa de las visitas que ten铆a que recibir de familiares y amistades, solicit贸 y consigui贸 trasladarse a otro convento que ten铆a la misma Orden en Coimbra, que era considerada como la capital intelectual de la naci贸n portuguesa. Era una casa fervorosa, cuyo prior de entonces, Tectonio, hab铆a sido 铆ntimo amigo de San Bernardo. Nuestro Santo fue muy pronto la admiraci贸n de todos por su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura. Le era familiar, pues la estaba leyendo d铆a y noche, en cuanto los deberes se lo permit铆an; y acab贸 por saberla casi literalmente, tanta era la memoria de que estaba dotado. Estudi贸 tambi茅n extensamente a los Santos Padres de los cuales el convento pose铆a, como todos, met贸dicas selecciones. As铆 se comprende c贸mo la palabra de Dios, fue desde su juventud alimento constante de su alma, ser谩 despu茅s la luz y el vigor irresistible de su elocuencia.

Algunos a帽os pas贸 entre los Regulares. Pero un suceso inesperado cambi贸 el rumbo de su vida. La reciente Orden de San Francisco hab铆a obtenido de la reina Urraca un peque帽o convento en Coimbra. Sus frailes llevaban una vida muy pobre, y nuestro Santo les conocer铆a, precisamente, por la frecuencia con que acud铆an a mendigar a las puertas de su comunidad. El acontecimiento a que nos referimos fue la traslaci贸n triunfal a Coimbra de los restos mortales de los primeros m谩rtires franciscanos, decapitados en Sevilla, adonde hab铆an ido a predicar el Evangelio a los musulmanes. Las dos cajas que conten铆an las reliquias fueron por breve tiempo depositadas en la iglesia de los Can贸nigos Regulares.

El Santo pudo rezar a su placer ante las mismas, implorar el valimiento de los gloriosos confesores de Cristo, o铆r el relato de los milagros obrados por su intercesi贸n, o tal vez ser testigo de alguno de ellos. Lo cierto es que ya desde entonces no tuvo otro deseo que el de derramar su sangre por la Fe y por amor al Redentor divino. He aqu铆 por qu茅 a poco tiempo lo encontraron entre los Menores y vistiendo su h谩bito, con el nombre de Antonio.

Hab铆a entrado en la Orden Franciscana con el expl铆cito deseo de ser enviado a Marruecos, para as铆 tener ocasi贸n de sufrir el martirio. Y fueron atendidas sus ansias, por parte de los Superiores; sali贸, en efecto, con otro fraile, durante el verano de 1220, embarcado para las tierras africanas. Pero Dios no lo ten铆a destinado a la anhelada inmolaci贸n. Una enfermedad le atac贸 a su llegada y le retuvo en cama hasta m谩s all谩 del invierno. La prudencia aconsej贸 su reembarco. Pero entonces una tempestad le arroj贸 a las costas de Sicilia. All铆 residi贸 una temporada 鈥攅n el convento de Messina鈥� y despu茅s se dirigi贸 hacia As铆s, donde ten铆a que celebrarse el cap铆tulo general de la Orden.

Tuvo all铆 el gozo de conocer a San Francisco. Pero, en relaci贸n con las incidencias del cap铆tulo, su presencia pas贸 casi inadvertida. Ning煤n Superior o Guardi谩n le pidi贸 para su Casa. Fue entonces 茅l quien rog贸 a Fray Graciano, Ministro de la provincia de la Roma帽a, que le tomase consigo para ense帽arle detenidamente los principios de la vida espiritual. Consinti贸 en ello Fray Graciano, conquistado por la humildad y la piedad del joven religioso.

Algo m谩s tarde, en Lombard铆a, pidi贸 licencia para retirarse a una ermita de Monte Paolo situada junto a Forli. Seg煤n su pensar, del todo conforme al del Poverello, nada prepara mejor que una larga soledad a los trabajos apost贸licos.

Muy pronto, sin embargo, el Se帽or iba a poner en evidencia los dones de Antonio. Un d铆a en que los menores y varios j贸venes dominicos se hallaban reunidos fraternalmente en Forli, con motivo de una Ordenaci贸n, el Superior local mand贸le a Fray Antonio que predicase a todos algo que el Esp铆ritu Santo quisiera inspirarle. Fue una revelaci贸n sorprendente. Aquel frailecillo insignificante, a quien se consideraba m谩s apto para fregar la vajilla que para disertar teol贸gicamente, resultaba ser un formidable orador, lleno de ideas esplendorosas, expresadas con perfecto orden y rara habilidad, lleno, sobre todo, de fuego y entusiasmo divino.

No se tardar铆a en enviarle a predicar a las localidades vecinas, y pronto resonar铆a en Francia y en Italia, conmoviendo a las muchedumbres, su palabra de fuerza arrebatadora.

Empez贸 por combatir a los herejes de Lombard铆a. Parece que fue en R铆mini donde redujo a uno de ellos, que negaba la presencia real de Jes煤s en la Eucarist铆a, con un famoso milagro: el mulo del hereje, en vez de echarse a devorar el haz de heno que se le puso delante, con todo y estar hambriento, se arrodill贸 ante Antonio, que llevaba colocada en un c谩liz una hostia consagrada.

De la misma 茅poca es el prodigio de la predicaci贸n de Antonio a los peces. Las gentes de la ciudad hab铆an rehusado escucharle. Convoca a los peces, y ellos vienen y salen al borde de la orilla, asomando sus cabezas atentas...

Seg煤n algunos de sus bi贸grafos, San Antonio, en sus predicaciones en Francia, tom贸 parte directa en la ruda campa帽a emprendida por Santo Domingo de Guzm谩n y sus hijos contra los albigenses. Parece que por ello, principalmente, sus contempor谩neos le llamaron 芦Martillo de los herejes禄.

Sin embargo, durante aquellos a帽os no se desinteres贸 de la vida de su Orden. Nombrado por los Superiores, fue profesor de Teolog铆a de los suyos en m谩s de un sitio: probablemente, en Toulouse y en Montpellier. Le encontramos Guardi谩n del convento de Puy; le encontramos en Bourges, en Limoges, en Brive, donde funda un nuevo convento. Y en todas partes predicando y sembrando milagros. En Limoges estaba perorando al aire libre cuando estall贸 una tormenta de agua. P谩nico de la multitud. Pero el predicador les detiene dici茅ndoles: 芦No tem谩is nada, no os mov谩is, continuad escuchando la palabra de Dios. Yo espero de 脡l, que jam谩s defrauda nuestra esperanza, que la lluvia no nos alcanzar谩禄. En efecto, cuando, terminado el serm贸n, los oyentes se retiraron, pudieron constatar con admiraci贸n que hab铆a permanecido seca y sin recibir una gota de agua la explanada donde Antonio predic贸.

Otro prodigio. Fue Fray Antonio a un cap铆tulo de menores celebrado en Arles-en-Provence y en 茅l predic贸 un serm贸n sobre la cruz de Jesucristo. Poco tiempo m谩s tarde ir铆a San Francisco. Durante el serm贸n, un fraile, levantando los ojos, vio al Poverello apareci茅ndose sobre la asamblea con los brazos abiertos y retir谩ndose despu茅s de haber bendecido al predicador.

Ignoramos cu谩ndo el Santo dej贸 el suelo franc茅s. Pero es cierto que en 1228 predic贸 la Cuaresma en Padua, donde residi贸 hasta su muerte, acaecida en 1231.

Padua era en aquella 茅poca una ciudad rica y pr贸spera. Se acababa de fundar all铆, en 1222, una Universidad, que hab铆a de ser una de las m谩s c茅lebres de Europa. Pero la poblaci贸n era devorada por dos males: la usura y las luchas incesantes con su vecina, Verona, encuadradas en la larga guerra de los 芦g眉elfos禄 y 芦gibelinos禄, o sea, entre los partidarios del gobierno del Papa y los del gobierno del Emperador germ谩nico. Padua figuraba en el primer partido y Verona en el segundo.

Buen campo de acci贸n para la elocuencia de Antonio. Su palabra atrajo tal afluencia de auditorio, que muy pronto fue preciso salir de las iglesias y hacer las predicaciones al aire libre, en plena plaza o campi帽a. Se acud铆a de todas partes a o铆r al prestigioso orador. Los comerciantes cerraban las tiendas para ir al serm贸n. Se ven铆a a media noche a tomar sitio para la ma帽ana siguiente. Y pronto precis贸 montar una guardia para defender al Santo de las importunidades de la gente, 谩vida de tocarle o cortar pedazos de su ropa.

No han quedado de esos sermones m谩s que algunos esquemas en lat铆n. Pero es vivo en Padua el recuerdo de los prodigios obrados por aquella palabra, penetrada de Dios. Usureros, que renunciaron a sus ganancias; ladrones, que se convirtieron en hombres honestos; enemigos que se reconciliaron; pecadores, de toda especie, que volvieron a las buenas costumbres...

S煤bitamente, empero, tuvo que interrumpir el Santo su campa帽a. Agotado por sus austeridades y su labor apost贸lica, refugi贸se en la soledad, en la cual tantas veces hab铆a renovado su vida espiritual, utilizando una caba帽a que se hab铆a adaptado, cara a la ciudad.

A los quince d铆as, sintiendo cerca la muerte, se hizo transportar al convento. No lleg贸 a. Fue preciso pararse en el camino. Llena de gozo celestial su alma, invocando a la Virgen y exclamando en 茅xtasis: 芦Ya veo a mi Se帽or禄, entr贸 en las delicias eternas. Padua entera se visti贸 de duelo. Gritaban las gentes por las calles de Padua: 芦隆Ha muerto el Santo...!禄.

Y cuarenta y siete milagros comprobados por la comisi贸n pontificia dieron r谩pido empuje, abrieron sorprendente atajo, a la glorificaci贸n can贸nica del Hijo predilecto del Seraf铆n de As铆s.

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