Nace en 1193 en el castillo de Bollsdädt, asiento de su familia, sobre el Danubio, cerca de Lauingen, ciudad de Baviera. Después de algunos años de permanencia en Milán, estudia Derecho en Pavía y entra en la Orden de Predicadores, recién fundada. Pasa la mayor parte de su vida en Colonia, donde fallece en 1280. — Fiesta: 15 de noviembre. Misa propia.
Poco podemos añadir a los datos que acabamos de dar de su vida exterior. Como acontece con casi todos los grandes maestros del pensamiento humano, es la vida interior lo que interesa de él: es decir, su enorme labor intelectual y el desplegamiento de su espíritu. Ahora bien: el alma de Alberto de Bollsdädt es, ante todo, la de un santo esplendoroso; y también la de un sabio de primer orden.
Completemos, sin embargo, la que podríamos llamar su ficha, su curriculum vitae, como se dice corrientemente ahora. Su estancia de niño y adolescente en Milán se explica teniendo en cuenta que allí residía un tío suyo, que ejercía el cargo de virrey, en nombre del emperador. El blanco hábito de Santo Domingo, lo toma después de oír un sermón de Jordán de Sajonia, general de los Predicadores. Cuando Jordán bajó del púlpito, Alberto cayó a sus pies, suplicándole la admisión en la Orden. Tenía entonces treinta años de edad. Desempeñó funciones docentes en diversas escuelas de la misma y en distintas ciudades. Pero su profesorado brilló, sobre todo, en Colonia y en la Universidad de París, centro de la vida intelectual en aquellos días. Otros cargos tuvo como miembro de la Orden Provincial de Alemania, predicador de las Cruzadas con especiales poderes del Papa, etc. En 1260, un mandato del Pontífice le separó de los libros, consagrado a los cuales vivía casi exclusivamente, para investirle Obispo de Ratisbona. Fue un breve paréntesis. Dos años más tarde, se le permitía dejar la mitra y volver a sus libros... En 1277, a los ochenta y cuatro años de edad, todavía emprendió el viaje de Colonia a París, para defender allí la obra científica de su más célebre discípulo, Santo Tomás de Aquino (fallecido tres años antes), contra los ataques e incomprensiones de que estaba siendo objeto.
Alberto el Magno (bien expresivo es el sobrenombre con que se le ha honrado) fue tenido como el más grande sabio de su tiempo. Su ciencia abarcó todas las ramas de la Filosofía, la Teología y las Ciencias Naturales, de las cuales modernamente se le considera el padre. En su época se llegó a llamarle mago, por sus sensacionales estudios y descubrimientos. Como filósofo preparó el camino al glorioso aristotelismo de Santo Tomás. Como teólogo, fue proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI, de feliz memoria.
Por su ciencia verdaderamente universal, por su aguda potencia investigadora, por su profundidad de talento y juicio, por su inagotable capacidad de trabajo, Alberto Magno fue el hombre apto para la reforma del saber de su siglo. .No contento con establecer las leyes de la investigación, recoge todos los frutos de la experiencia antigua, la empalma con la nueva. Cultiva la observación directa de la Naturaleza, explica multitud de fenómenos, hace interesantes experimentos químicos en su laboratorio, presenta teorías audaces. Y en el campo de las ideas, se le puede considerar como el primero que ha separado con precisión el dominio de la filosofía del de la teología, como el primer conquistador de los derechos de la razón y de su independencia rectamente entendida.
La cantidad de sus conocimientos fue asombrosa. En las escuelas de la Edad Media se decía de él: «Iluminaste al mundo, porque supiste todo lo que se puede saber» (Mundo luxisti, quia totum scibile scisti). Sus contemporáneos leyeron y comentaron sus escritos con afán; sus escritos, que llenan veinte volúmenes en folio. Rogelio Bacon, uno de ellos, dice de él estas palabras: «Vale más que todo un ejército de sabios, porque ha trabajado mucho, ha visto infinitas cosas, ha revuelto muchos libros y ha sacado innumerables cosas del océano infinito de los hechos».
Respecto a sus grandes virtudes, se ha dicho con razón que «fue uno de los más santos entre los hombres, y también uno de los más humildes entre los santos». Recto en los pensamientos, delicado en los sentimientos, leal de corazón, sincero en las palabras, al mismo tiempo que de genio alegre y siempre de buen humor, por todo ello se explica el ascendiente que ejercía sobre la juventud estudiosa. Fervorosamente piadoso, sus devociones eran las de más marcado carácter universal y social: la Eucaristía, la Misa, la Pasión de Cristo, la santísima Madre de Dios. Sabio santo, pues fue la suya una ciencia para los demás, y en sí misma libre de toda vanidad. «Adora a Dios en todo cuanto descubre, y como sabe cuán vastas son las fronteras de la ciencia, está lejos de vanagloriarse del terreno que ha logrado conquistar”. Sabe someterse a la inteligencia de otro, cuando ve en ella la verdad. Su humildad profunda se hace visible, finalmente, en la satisfacción que manifiesta por la ascensión de Tomás a las cumbres del prestigio humano. Sonríe complacido cuando le ve escuchado por estudiantes de todos los países... Pocos años antes, cuando el Aquinatense empezó a sentarse, en Colonia, a los pies de fray Alberto, los escolares le llamaban «el Buey mudo de Sicilia», por silencioso y melancólico. Ahora siente Alberto una inmensa alegría al recordar lo que entonces les había dicho oponiéndose a la burla «Vosotros le llamáis el Buey mudo. Pero yo os digo que un día él alzará su voz, y ella resonará en toda la Cristiandad».
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