Nacido en el año 354 y fallecido en 430, pervive todavía su presencia y prestigio en la Iglesia Universal. Fue una personalidad tan gigantesca, que en pleno siglo XX nos sentimos plenamente atraídos por su palabra y su grandeza. No nos extraña que sus escritos hayan estado en manos de todos los estudiosos y cultos, desde sus días y durante toda la Edad Media. Pero también preside San Agustín nuestro tiempo y tiene ahora plena actualidad. Es un genio, que trasciende tiempos y espacios. Obispo difícilmente parangonable, lumbre del Occidente, creador y Padre de la Teología en sus países estructurada, formidable dialéctico de la Historia, alto filósofo del espíritu, eminente Doctor de la Iglesia. — Fiesta: 28 de agosto. Misa propia.
Pocos hombres han sido tan unánimemente y con tanto calor elogiados. Por todos los críticos es tenido como «el más genial y completo de los Padres de la Iglesia y uno de los varones más extraordinarios de la Humanidad». Dijo San Buenaventura: «Nadie ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín». «Se ha escrito también que después de San Pablo y San Juan Evangelista, a nadie debe la Iglesia tanto como a él”. El preclaro filósofo Leibnitz le llamó «varón de veras grande y de estupendo talento»; y no han faltado apologistas del admirado Obispo de Hipona, entre los pensadores más modernos, incluso entre los heterodoxos. El racionalista Harnack lo comparó a un «árbol plantado a las márgenes de las aguas vivas, cuyas hojas jamás se marchitan y en cuyo ramaje anidan las aves del cielo». Otro escritor, no católico, lo ha llamado «el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo».
Agustín era natural de Tagaste, pequeña ciudad del África del Norte, al sudoeste de Cartago. Su padre, Patricio, funcionario público, fue siempre pagano; su madre, Santa Mónica, fervorosa cristiana. Aunque recibió de la madre su primera educación y entró en la Iglesia como catecúmeno, no fue bautizado enseguida, siguiendo la costumbre de aquellos tiempos.
No tardó en revelarse como un niño prodigiosamente superdotado, aunque perezoso. Él mismo nos dice que odiaba los libros y que todo su afán era divertirse. Sin embargo, su inteligencia y memoria eran tales, que muy pronto aprendió todo lo que podía enseñársele en Tagaste. Por lo cual, su padre, haciendo un esfuerzo, pues no era rico, lo llevó a las escuelas de la ciudad de Madaura. Allí, a sus dieciséis años, sabía tanto como todos sus maestros. Fue preciso volver a Tagaste, donde una temporada de vida ociosa resultó fatal para su alma. Abandonado gran parte del tiempo a sí mismo, se entregó a los placeres y diversiones con toda la vehemencia de su temperamento. Nos dice él que al principio rezaba aún, pero sin deseo verdadero de ser oído, como si dijera: «Dame, Señor, la castidad, pero no ahora». Pronto —cuando estaba finalizando el año 370— fue enviado a la Retórica, a la Elocuencia, a la Filosofía y Polémica. Entraba en la vida universitaria tan fascinado por la sensualidad y la vanidad, que no tardó en verse envuelto en el frenesí de las pasiones y los errores.
Contrajo una relación culpable con una mujer que le dio un hijo, y a la que estuvo atado desde 371 a 384; años de tormento y tiranía, en realidad, de los cuales le costó librarse. Dramáticamente nos lo describe, declarando la necesidad que sentía de salir de lo que llamó «el pantano de la carne». Un primer impulso para liberarse de tales lazos se lo dio la lectura de un libro de Cicerón, hoy perdido: el «Hortensio». «De repente —dice— toda vana esperanza apareció vil a mis ojos, y con un ardor increíble del corazón empecé a desear la inmortalidad de la sabiduría”.
Va creciendo en él este amor ciego del saber y se entrega apasionadamente a la filosofía.. Poco tiempo después, en 374, caía en la herejía de los maniqueos y se adhería a su secta. Pero al cabo de nueve años la abandonó, porque no satisfacía su anhelo de la Verdad y porque le repugnaba la vida orgiástica de algunos de sus dirigentes.
Libre ya de ambos impedimentos, le encontramos en Roma, primero, y después en Milán, como profesor de Retórica. Allí se va abriendo camino a su conversión. Bajo el influjo del Obispo San Ambrosio y de sus elocuentes sermones, se acostumbra a ver con nuevos ojos a la Religión y a la Iglesia. La venida de Mónica, que había abandonado su patria africana para poder influir más en la conducta de su hijo, fue el segundo factor de su evolución hacia la Verdad y la Virtud. Más tarde, se llamará Agustín a sí mismo «hijo de las lágrimas de mi madre». Por él rezaba ella sin descanso y lloraba sin consuelo. La frase de Agustín fue pronunciada, sin duda, pensando en la que el Obispo Ambrosio había dicho a Mónica: «Un hijo que cuesta tantas lágrimas a su madre no puede perderse».
Le hicieron bien, en tercer término, las lecturas de filosofía griega, principalmente neoplatónica, que le despertaron un deseo cada día creciente del conocimiento de Dios y le fueron desviando cada vez más de los impulsos sensuales. Por fin, las epístolas de San Pablo inclinaron definitivamente la balanza. Meditando las palabras del Apóstol llegó a la comprensión de la doctrina sobre la Gracia divina y su actuación en el corazón del hombre. Sólo faltaba la decisión, que nunca acababa de producirse. Él mismo, en las «Confesiones», relata aquel drama íntimo. «Sufría —dice— dando vueltas a las cadenas, que no me retenían más que por un débil eslabón, pero que, sin embargo, me retenían. Yo me decía: «¡Ea, vamos, ahora mismo, inmediatamente! Me resolvía a comenzar y no comenzaba..”.,
Llamado, estando un día en su jardín, por una voz infantil misteriosa, que le repetía: «Toma y lee», cogió el libro de las «Cartas paulinas» y fijó su vista en un párrafo de la dirigida a los Romanos, que fue la ocasión utilizada por la Providencia de Dios para remover su espíritu.
Sucedió esto en el otoño del año 386. Sin embargo, no se decidía a cambiar de vida. Demoraba su decisión, «Mañana, mañana». Pero, ayudado de la gracia, supo preguntarse: «¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo?». Y la decisión se impuso. Sentíase invadido de las palabras leídas: «No viváis... en el libertinaje, sino revestíos de Jesucristo».
Buscó a su madre y le contó lo sucedido. «Alegróse al escucharme —escribe—. Triunfaba y te bendecía, Señor, a Ti, que eres poderoso para concedernos más de lo que pedimos y pensamos”. Inmediatamente renunció Agustín a su cátedra y retiróse a una quinta de las cercanías de Milán para prepararse al Bautismo, al lado de su madre y de su hijo Adeodato. Éste había de morir a los quince años de edad, adornado de las mejores cualidades. De la madre del niño se había separado Agustín hacía dos años.
En la noche de Pascua del 387, Agustín, Adeodato y Alipio, amigo de la infancia del gran converso, eran admitidos en la Iglesia. Enseguida se encaminaron todos a África. Mónica murió en el viaje de su regreso a la patria, en el puerto de Ostia.
Después de haber llevado unos años de vida monástica con algunos amigos, en su ciudad natal, y ayudado con un intenso apostolado seglar a los hermanos de la Comunidad cristiana tagastina, fue escogido el antiguo retórico para el sacerdocio y ordenado presbítero en 391. Cuatro años más tarde era promovido Obispo auxiliar de Hipona (Hippo Regius), ciudad portuaria de estirpe cartaginesa. Y a poco quedaba solo en el oficio de Pastor de aquella grey, pues moría el Obispo Valerio y era proclamado Agustín sucesor suyo.
Su vida estuvo desde entonces consagrada al desempeño de sus deberes prelaticios, entre los cuales, la lucha incesante contra las herejías, la correspondencia constante con las grandes figuras eclesiásticas de la época y la redacción de admirables obras teológicas y escriturísticas. ¿Quién sabría ponderar la ejemplaridad de su pontificado? Modelo en la administración de su diócesis, en la suavidad y a la vez energía de su gobierno, en sus predicaciones, en el socorro magnánimo dado siempre a los pobres, en su acción exterior combatiendo a los herejes todos —maniqueos, donatistas, priscilianistas, pelagianos, arrianos—, en el apostolado de su pluma, que ha legado a los siglos obras numerosas e inmortales.
¿Quién podría asimismo calibrar su influencia pastoral en todo el Occidente? En su momento histórico, era tenido por todos como el mayor Doctor católico y brillaba doquiera su prestigio de profundo teólogo —singularísimo en los tratados de la Trinidad, de la Gracia, del Libre Albedrío—, de exegeta e intérprete magistral de las Sagradas Escrituras, de predicador maravilloso de la palabra de Dios.
Dos libros se destacan entre los de San Agustín: «La Ciudad de Dios» y «Las Confesiones». Deseable sería que todos los cristianos cultos las conociesen, si no para otro fin, con el de admirar hasta dónde llegó su profundidad en el conocimiento de la Historia en grande, la de tiempos anteriores y la del mundo suyo, y de embelesarse ante el imponente autobiógrafo, humano, humilde, sincero hasta la más absoluta lucidez.
En su vejez, vio el Santo Prelado a su patria víctima de la barbarie de los vándalos, que llegaron a sitiar a Hipona. Su corazón no pudo soportar tanta calamidad y falleció bajo el peso de sus sentimientos de caridad y compasión hacia sus conciudadanos y fieles. Había regido la diócesis durante treinta y cinco años. Fue enterrado en la Basílica de San Esteban. Devastada Hipona y exilados varios obispos de África por los vándalos, éstos se llevaron el santo cuerpo a Cerdeña. Más tarde pudo ser rescatado, y fue sepultado en la iglesia de San Pedro de Pavía.
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