José Gros y Raguer, San Agapito, Obispo

San Agapito, Obispo

Cristiano de los primeros siglos de nuestra Era. Por su adelanto en las buenas obras, fue escogido como sacerdote; luego obispo. Tiene fama de haber sido un gran taumaturgo. La conversión de muchos gentiles, y sus milagros, le valieron el odio de los soldados romanos. Murió mártir, en la ciudad de Sinnade (Frigia - Asia Menor), cuya diócesis regía y de donde, parece, era nativo. — Fiesta: 24 de marzo.

De la vida de este santo obispo conocemos lo que es de más relieve: sus milagros. Parece que vivió entre los siglos III-IV. Su comportamiento era la admiración de quienes le rodeaban. Se distinguía por la caridad: su ideal era servir a los demás. En esto comprendió la verdadera esencia del cristianismo procurar que los demás vivan felizmente, hacerles una vida agradable, animosa; en él, gran tarea...

Debemos procurar la felicidad del prójimo; tenemos que trabajar para que los hombres vivan decentemente, sin agobios, una vida propia, digna; y que no haya odios en el mundo, sino que la persona humana sea, ante todo, respetada; que todos puedan desplegar un pleno ejercicio social de sus facultades. Éste fue el gran ideal y la misión de aquel ejemplar creyente.

La comunidad cristiana en que vivía descubrió en él cualidades aptas para el sacerdocio. Al cabo de poco tiempo incluso se le proclamó obispo. Efectivamente, tenía las dotes del gobernante que lo supedita todo al bien de la comunidad. Por eso todos le amaban.

El propio ejercicio de las funciones episcopales, como antes las de sacerdote y laico, le procuraron méritos extraordinarios. Poco después llegó a descubrirse que la potencia y la santidad divinas se comunicaban palpablemente a través de Agapito, el obispo sencillo, servicial para con todos.

Es de advertir que todos sus milagros estuvieron igualmente marcados con el signo de la caridad o beneficencia, a imitación del mismo Jesucristo. En efecto, ni uno solo de sus portentos fue obrado por otro afán que el de curar enfermedades, o socorrer a huérfanos, o atender a las necesidades de quienes sufrían.

Eusebio de Pamfilia, que escribió sobre él, le elogia por sus obras extraordinarias. Podemos distinguirle tres categorías de prodigios: primero, los llevados a cabo en los cuerpos enfermos, de cristianos o de paganos, indistintamente.

La mano de Dios estaba con él, y por esto la curación era repentina. Más admirables y grandiosos fueron los de retornar la vida a varios muertos. En ellos no cabía alucinación, sugestión, ni magia a que pudiesen ser atribuidos.

Finalmente, se cuenta, por lo menos, la traslación de una montaña, al modo de San Gregorio Taumaturgo. En ello tampoco cabía la excusa del incrédulo, que todo lo quiere negar.

Fue precisamente con un poder sobrenatural que convirtió a muchos gentiles. En último término, era con su santidad, ya que a través de ella obraba los prodigios. Pero también ellos —los milagros— o ella —su santidad—, se captaron no sólo la envidia, sino aun el odio de los paganos. Y un día éstos le dieron muerte, si bien desconocemos los detalles de su martirio.

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